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"PAELLA"
Amo
la lectura como amo los viejos
mercados.
Disfruto
siempre que puedo del
placer que proporciona caminar
entre objetos usados que
han sido el paisaje de otros y
que guardan en su color, en el modo en
que reparten las sombras, señales de
las vidas que vivieron. Esas cosas
antiguas y nuevas refugiadas en el
puesto de la acera como en su último
puerto que ahora te miran
intentando llamar tu atención,
no son necesariamente bellas pero
siempre tienen alma. Los que tenemos
el vicio de los chamarileros sabemos
que en algún momento tendremos que
elegir. Antes o después nuestra vista
se quedará fija en algo y, después
de un regateo, el vaso de cristal que
brilla entre tazas de plástico, la
sopera de loza blanca igual que la de
nuestra abuela, el mantel de encaje
amarillento donde seguro que durmió
una princesa, se vendrán con nosotros
a compartir la vida, a convertirse en
parte de nuestra música de fondo.
Igual
me sucede con los libros. ¿Quién no
ha sentido el mismo gozo al visitar
las librerías o al recorrer despacio
los estantes de las bibliotecas? ¿Quién
no ha cumplido el rito
de abarcar los libros primero
con los ojos y de cogerlos luego por
los
lomos abriéndolos con el mismo
respeto que se acaricia a un padre?
Pequeñas ceremonias realizadas con la
certeza de que inexorablemente alguno
de los textos que allí se atesoran
nos seducirá y cuando lo leamos se
transformará en parte de nuestra
memoria y con ello de nuestra sangre y
nuestras emociones.
Ese
es también el oficio del escritor,
pasear lentamente por el mercado de
las palabras, seleccionar los
componentes, mezclarlos con el aliño
apropiado y ser capaz de darles una
forma nueva para que el lector los
saboree convirtiéndolos en carne, en
músculos, en lágrimas. El instante mágico
en que se elige, un tema, una
historia, un modo de decir y se le
toca con la varita mágica de las
palabras bellas, precisas,
oportunas...
Porque
al fin y al cabo en el fondo se trata
de lo mismo preparar una paella o una
novela: cuidar de la calidad en los
ingredientes del caldo, medir bien las
cantidades, vigilar el punto de cocción,
la temperatura, añadirle sal, azafrán,
laurel y su poco de dramatismo cuando
los invitados llegan demasiado pronto
o demasiado tarde.
Siempre
acecha el peligro de que se pase el
arroz.
©
Maria
Tena 2002


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