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"ZUMO
DE MIRADAS"
Nacemos
bajo la mirada tierna de una madre.
Los ojos atareados de un médico, de
una comadrona asisten a nuestro primer
contacto con la vida exterior. Más
tarde el ritmo de otras miradas,
abuelos, hermanos, compañeros de
pupitre, profesores marca el impulso
de nuestro crecimiento.
Estas
visiones cruzadas, esas expectativas,
lo que los demás van descubriendo en
nosotros, nos va conformando de tal
manera que cuando llegamos a ser
adultos, un día nos preguntamos quiénes
somos de verdad. Qué queda de
original, de profundamente propio
después de haber jugado tanto tiempo
a responder a las esperanzas que puso
en nosotros nuestro padre, aquel
primer novio, el jefe, nuestros hijos.
Sabemos que si llegásemos a
descubrirlo seguramente conseguiríamos
ser felices. “Conócete a ti
mismo” rezaba el frontispicio del
Partenón.
También para escribir quizá
sea necesario desandar muchos caminos
y volver a sentir igual que lo hacíamos
antes de que tantos espejos se
apropiaran de nuestras ilusiones.
“Los
escritores prolongan la infancia...”
decía estos días un escritor enorme,
Luis Landero, y continuaba: “Por
ejemplo Cervantes, parece que no
crecen nunca Don Quijote y Sancho.”
Esa
mirada ingenua o diferente como la que
tienen los
locos y
los niños es seguramente lo
que
hace grande a un escritor. Lo
que le permite atravesar los velos y
las máscaras, distinguir lo auténtico
de lo impostado, ir a la esencia de
las cosas, tocar con las palabras el núcleo
mismo del corazón humano. Esa
capacidad de asombro que sólo algunos
poseen
y saben transmitir, es lo que
produce la magia de la literatura. La
visión que otorga el poder de crear
mundos imaginarios que sin embargo están
anclados en recuerdos, deseos o sueños
que alguna vez existieron, realidades
tan tangibles y fuertes como aquello
que fuimos o
que quisimos ser.
Para
conseguirlo quizá habría que desear
a algunos de nuestros literatos
oficiales que por un momento volviesen
la vista a
su pasado. Aquella edad feliz
en que vivían para escribir y no
escribían para vivir, cuando aún no
sabían de premios literarios, de
ferias, anticipos, agentes o editores.
Que fueran capaces de mirar a la
realidad desde aquel paraíso perdido,
aquella patria, el manantial que
poseyeron y que todavía no llevaba en
su cauce pedruscos y rastrojos.
Sencillamente
pedirles que al sentarse a escribir
recordasen que alguna vez fueron niños.
©
Maria Tena 2002


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