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"De
perdidas y ganancias: Leyendo a un clásico"
Al leer la obra y la biografía del
autor de “El Gatopardo” se percibe un aroma de
otra época y debe estar todo el tiempo recordando que se trata de
un contemporáneo muerto hace menos de cincuenta años. Su vida fue
la típica existencia ociosa de un aristócrata siciliano que sería
vulgar si no se hubiera distinguido por el entusiasmo que le marcó
que fue la pasión por la literatura. Lampedusa era un solitario:
paseos, conversaciones con su madre, el cuidado de los perros, las
cartas a su mujer, cortas excursiones al campo y algún encuentro
ocasional con conocidos en el café que frecuentaba después de visitar cada día las
librerías de Palermo. No se trata precisamente de
una vida feliz. Su incipiente carrera de Derecho fue
interrumpida por la
primera guerra mundial y, ya mayor, quiso iniciar la carrera de
Letras pero no lo llegó a hacer. Sólo en los años antes de morir
empezó a impartir a un reducido grupo de alumnos lecciones de
literatura y finalmente, cuando se decidió a escribir, su vida
adquirió un sentido nuevo a pesar de que el Gatopardo no fue
publicado hasta después de su muerte.
Como ha dicho algún comentarista, el suyo fue un matrimonio
epistolar, sólo vivió con su mujer unos meses a causa de los lazos
que unían al escritor con su madre que nunca aprobó del todo su
matrimonio con una divorciada. La ausencia de hijos hizo que fueran
una pareja muy unida intelectualmente como demuestran sus cartas
pero con pocos signos de ternura y ninguno de pasión. Su afecto se
concentraba en los perros que tuvieron a los que trataban como niños.
Ya mayores, cuando ella perdió su casa natal en Letonia volvió a
vivir en Palermo definitivamente pero sus vidas discurrían en
horarios paralelos salvo algún rato al día en que hablaban de
literatura. Después fue
su viuda 20 años durante los cuales impidió a los investigadores
acceder a los papeles de su marido ¿Algún secreto inconfesable?.
Lo
que más unía a Lampedusa con su mujer fue la pérdida de sus
casas: el castillo de Stomersee en Letonia, Santa Margherita en el
campo siciliano, la Casa Lampedusa en Palermo. La desaparición de
estas mansiones significan respectivamente para ambos la pérdida
del mundo de la infancia y también de un determinado modo de vida y
constituye también el símbolo de la desaparición del mundo
anterior a las dos guerras mundiales.
En la vida y obra de Lampedusa se observa, como en tantos
escritores, el valor literario que adquiere la pérdida. Si
escribimos, si se escribe literatura, es para intentar fijar en la página
lo que se pierde, para retener los recuerdos que el tiempo nos
quitará, para reflejar ese brillo dorado de la tarde sobre la
piedra o la expresión de unos ojos que nos miran, para imaginar,
para intentar obtener también
lo que perdimos incluso antes de tenerlo. Ese abuelo que inspiró la
novela y al que el escritor nunca conoció. ¿Quién se lo devolverá
si nunca lo tuvo? Sólo la literatura. El consuelo que la literatura
proporciona. Eso es lo que le unía con su mujer.
Y es
esa nostalgia unida a sus innumerables lecturas lo que produce una
de las cumbres de la literatura italiana, quizás la mayor: “El
Gatopardo”
La
novela no se limita a una nostalgia estética sino que es la evocación
del momento histórico preciso que marca ese cambio. Para el autor,
el Risorgimento es la oportunidad
en que si la burguesía y la aristocracia hubieran actuado de
otro modo el país se habría modernizado. Se habla en la novela no
sólo de la vida y el declive de una familia con imágenes bellísimas
sino de una ocasión histórica perdida.”Príncipe, ¿realmente en
serio se niega a hacer lo posible para aliviar, para intentar
remediar el estado de pobreza material, de ciega miseria moral en
los que yace este pueblo que es el suyo? El clima se vence, el
recuerdo de los malos gobiernos se disipa. Los sicilianos quieren
mejorar. Si los hombres honrados se retiran, el camino quedará
libre para la gente sin escrúpulos...” le dice a Don Fabrizio el
funcionario que viene a proponerle ser senador del nuevo gobierno.
La Sicilia retratada es la isla autocomplaciente y perezosa con sus
nobles tomando helados en las carrozas de las que ni siquiera se
bajan para hacer compras y el carácter de sus gentes mirándose el
ombligo fascinados y anestesiados con el calor y la belleza del
paisaje.
También
ahora nuestra generación debería darse cuenta de que son momentos
históricos en los que la opción política de las clases cultas
tendría que manifestarse. La literatura debería ser capaz
de narrar lo que se pierde y lo que se gana en la época que
vivimos. No una literatura comprometida en el sentido clásico del término
sino una literatura de largo alcance en el momento en que algunos de
los valores más genuinos de nuestra civilización parecen peligrar.
Esta es para mí la mejor lección del Gatopardo.
©
Maria Tena 2002


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