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"La
Palabra Indecisa"
Traje
del verano para publicar en este espacio, un texto nostálgico en el
que hablaba de playas, de cuerpos al sol y de esos días en
los que, por un instante, tuvimos la sensación de que éramos
dueños de nuestro propio tiempo. Sentía en ese momento que la vaga
amenaza del otoño se cernía como una sucesión de desayunos
apresurados, citas a las que llegaría tarde y amigos a los que vería
demasiado poco.
Pero los acontecimientos a los que
asistimos en directo el once de Septiembre hicieron que se borrase
de golpe el resplandor del mar en la retina, la huella de las
pisadas en la arena y que la nostalgia se convirtiese en un lujo que
de pronto no podíamos permitirnos.
A partir de esas imágenes me he estado
preguntando que lugar le queda a la escritura en un mundo en el que
ese espectáculo es posible.
Decía George Steiner en su visita a
Madrid el invierno pasado que a partir de la Primera Guerra Mundial
y de los horrores del nazismo la literatura
había cambiado de sentido. Hay que preguntarse también
ahora si ante unos hechos
que nos estremecen de esta manera quedan palabras por decir o si sólo
es posible el silencio.
Cuál
es el lugar de los escritores en un planeta convulso en el que los
políticos enseguida convierten las palabras en armas para alimentar
la venganza y herir a inocentes que tienen que abandonar sus hogares
muertos de miedo antes aún de que las armas reales hayan abierto
fuego. Qué papel le toca en este drama al hombre solitario sentado
en su mesa provisto de un folio en blanco y un bolígrafo o un
ordenador como única impedimenta para tan cruel batalla. Esta
guerra que nos están preparando y en la que la mayoría de los
ciudadanos no queremos participar.
Recordé
estos días lo que vi hace muchos años con mis hijos en el zoológico
del Bronx cerca de Nueva York donde entre los demás animales había
un cartel que decía: “¡Precaución! No Acercarse. Este es el
animal más fiero que existe, el más cruel, el más sanguinario, el
único capaz de destruir en masa a su propia especie.” Junto al
cartel había un espejo.
Por
eso hoy, cuando nuestra mirada ya ha cambiado sin remedio y este
siglo recién nacido se ha vuelto viejo de repente, reivindico para
la literatura no solo
la libertad para hablar del otoño o de nuestros más íntimos
sentimientos sino la fuerza para crear una inmensa muralla de
palabras que detenga el odio y la matanza inexorable de más
personas inocentes.
©
Maria Tena
Septiembre 2001


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