
"Elogio
de lo pequeño"
Me
fascinaron mis hijos recién nacidos,
sus dedos pequeños, sus zapatitos
claros, sus calcetines blancos.
Me
gusta el perfume francés, los
compartimentos para el veneno que
tienen algunos anillos, las
cucharillas de plata,
las perlas cultivadas, los
vasos de licor, las pestañas
especialmente cuando caen sobre el
lavabo, los lápices, las gomas, los
bolígrafos, los cuadernos de hule,
los guantes de ante, las mariposas,
los peces colorados, los gorriones,
las hojas colgadas de los árboles,
las amapolas al borde de la
carretera, los paisajitos holandeses
al fondo de los cuadros, la carta que
lee esa mujer, la caligrafía
japonesa, esa esquina de sus ojos
cuando sonríe.
Creo
que ser escritor es eso: fijarse en
lo pequeño, en lo ínfimo, en el
pliegue de una tela, en el borde de
las aceras, en lo que pasa
desapercibido para el común de los
mortales. Eso es lo que me hace
admirar a los escritores, eso es lo
que me hace desear ser como ellos.
Pienso
que escribimos mini ficción no
porque estemos seducidos por
Internet, que lo estamos. No porque
queramos escribir en el tamaño de la
pantalla de nuestro ordenador, que
queremos. No porque no soportemos ser
pesados, hemos leído a tantos
escritores pesados que eso no sería
lo más grave.
Escribimos
mini ficción porque queremos atrapar
esa idea volandera que ahora está ahí
pero tiende a escaparse y que, si nos
demoramos mucho, acabará yéndose
con otro como una amante infiel.
Ese brillo de los zapatos de
los ricos que hiere la pupila de los
pobres. Esos pájaros que se cuentan
las penas en las ramas, esos coches
que juegan a los dados en las
esquinas de la ciudad. A veces no los
valoramos mucho porque no tienen el
recorrido físico de un texto largo,
pero son más, infinitamente más
nuestros que los intentos de
construir una novela. Igual que son más
nuestros los recuerdos de cuando
hacíamos un castillo en la
orilla que el mar borraría a la
tarde o una cabaña de ramas en el
campo
que luego abandonaríamos.
Mucho más verdaderos que lo que nos
costó decorar la casa cuando nos
casamos, aquella enorme casa hecha
con ladrillos y de muchos pisos. Los
micro cuentos son el paraguas que nos
protege de la lluvia, la cerilla que
nos ilumina para meter la llave en la
cerradura
que abrirá la puerta de la
casa. No son el techo de oro del
palacio de los Ponteleone de el
Gatopardo, ni el fuego del infierno
de Dante. Pero son humildes y
brillantes. Ingeniosos y sin
pretensiones por eso los queremos.
Casi nadie se va a hacer famoso por
dar en el clavo en cuatro, cinco o
quince líneas pero seguramente lo va
a pasar mejor que muchos escritores
que se creen serios.
Porque
los micro cuentos son sobre todo eso:
una expresión vital, suelta,
desenfadada e irrespetuosa del placer
de escribir, del placer de leer.
Tienen esa levedad que posee la buena
literatura. Escribir micro relatos es
llevar la renuncia que significa
trabajar en un cuento a sus últimas
consecuencias.
Creo
que desde el Ministerio de Educación
Cultura y Deporte es hora de que
desdramaticemos la lectura. “Nuevos
formas de lectura y escritura...”
puse en la memoria que justifica que
el Departamento contribuya a este
Congreso, que lo apoye con
entusiasmo. Mentía. Son formas tan
antiguas como el refrán, como la
greguería, como el haiku, como la
oración. Expertos más expertos que
yo hablarán sobre ello estos días
por eso es el momento de callarse.
Pero quizá su carácter lúdico y la
capacidad de enganche que tienen para
los jóvenes que quieran empezar
a leer autores de calidad y a
escribir ellos mismos textos
literarios les hace especialmente
apropiados para que el mundo
educativo se preocupe de ellos.
Acabaré
con un micro relatista que promete y
que se llamaba Jorge Luis Borges:
“Creo
que la frase “lectura
obligatoria” es un contrasentido;
la lectura no debe ser obligatoria ¿Debemos
hablar de placer obligatorio?¿Por qué?
El placer no es obligatorio, el
placer es algo buscado. ¡Felicidad
obligatoria! La felicidad también la
buscamos. (...) La lectura debe ser
una de las formas de la felicidad, de
modo que yo aconsejaría a esos
posibles lectores de mi
testamento-que no pienso escribir-
que leyeran mucho, que
no se dejaran asustar por la
reputación de los autores, que sigan
buscando una felicidad personal, un
goce personal. Es el único modo de
leer”(1)
Lo
mismo pasa, digo yo, con la escritura
breve. Nunca será obligación sino
placer, felicidad. Así que señores,
hagan juego. Y, por favor, durante
estos dos días, sean felices.
©
Maria
Tena 2003
mariatena@wanadoo.es
(1)
Borges, profesor Emecé
Barcelona 2002