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"Retrato de Luis Landero desde cerca"

 

¿Qué pasa cuando el narrador se convierte en personaje? Cuando se leen las biografías de los grandes escritores es frecuente que sus vidas sean paralelas a las obras que escribieron. Cervantes fue herido en Lepanto y escribió parte del Quijote en una cárcel. No tuvo a mano un ordenador, sólo con una masa bien cocida de talento, ingenio, imaginación y memoria urdió la trama o las tramas de lo que sería la primera novela moderna. Lampedusa vivió una vida retirada, aparentemente aburrida, Svevo era un comerciante, un burgués  de Trieste,  Kafka un funcionario de Praga, Walser vivió los últimos años en un manicomio, Anthony Burgess empezó a escribir para dejar un patrimonio a su mujer porque un diagnóstico equivocado le pronosticó que sólo viviría un año más y le dio tiempo a casarse otra vez y a escribir muchos libros... and so on.

No es la vida sino el talento lo que les une. Lo que les hace semejantes es esa otra existencia, la vida de la literatura.

¿Qué pasa en el caso de Luis Landero? Su última novela El Guitarrista ha sido elegida por los críticos de los suplementos culturales de El Mundo y el ABC como la mejor novela del año pasado. El autor que nos sorprendió a todos con sus Juegos de la Edad Tardía  desde entonces no ha hecho más que confirmar su potencia como narrador, la fuerza de sus personajes, la verdad transparente y trabajada de su prosa. Desde que salió por primera vez a la calle Luis Landero es uno de esos grandes que se pueden contar con los dedos de una mano de la narrativa española contemporánea.

Si hubiese que retratarle como si fuese uno de sus personajes sería entonces el afán la palabra que mejor le caracterizaría. María Moliner nos la define como la: “Actitud de alguien que se entrega a una actividad con todas sus energías e interés” y más adelante como ”Esfuerzos que se realizan para hacer algo o para vivir” Si algo destaca en este autor es el compromiso inequívoco con su obra. Confiesa él mismo que si no escribe todos los días no se encuentra bien, no duerme bien, no es capaz de ser feliz. Por eso huye de los actos públicos y de los saraos literarios que le robarían horas a su vocación. Sólo la docencia le aparta cada semana durante unas horas de la novela que esté escribiendo.

Ese trabajo continuo y sosegado, ese esfuerzo ininterrumpido, es lo que hace que sus novelas se lean como si se hubieran escrito sin trabajo, sencillas, transparentes. Se trata de la enorme dificultad de la sencillez que es lo que convierte a una obra en clásica y única. Es además una obra que bebe de las fuentes más antiguas y por eso mismo más valiosas de la literatura universal: se nutre de los recuerdos, de los deseos, de la invención, y sobretodo, del afán.

Si hubiera que caracterizar al personaje físico habría que decir que tiene los brazos fuertes, rudos, con vello abundante y que sus manos desmienten esa rudeza de los brazos. Sus manos son también fuertes pero elegantes, blancas y muy limpias aunque las uñas están cortadas con poca devoción, desiguales como si se hubiera hecho deprisa, sin dedicarle atención. Manos de guitarrista.

Se podría decir también que sabe moverlas. Las mueve en clase y con ellas completa lo que dice, le da un sentido distinto a las palabras, las redondea. Cuando lee un texto con una mano coge el libro y con la otra señala lo expresivo de lo que está leyendo como diciendo que cree en lo que lee y que quiere que sus alumnos también se lo crean. En esas ocasiones acerca mucho los ojos al papel porque no usa gafas (coquetería de cincuentón) aunque confiesa que las necesita cuando escribe.

Con la misma armonía que sus brazos y manos conviven en el dos personas distintas.

Una es el niño aquel de pueblo que escuchaba las historias submarinas que solía contarle su  abuela y que él ha sabido mantener despierto. Ya mayor, ese niño  sigue añorando el campo y la vida sencilla de los sitios pequeños. Le gustan ahora las sobremesas largas, los cuadernos de hule, los bares con  amigos, el fútbol de los domingos y todas esas cosas que también disfrutaría si nunca hubiera venido a Madrid.

 Sigue siendo en cierto modo el chico más listo de la clase. El que llegó a Madrid a los diez años desde Alburquerque y estuvo interno en el Claret. Aquel que iba los domingos a jugar al fútbol con los curas al campo de los Alemanes o a cines de doble sesión. El joven que fue recadero en una tienda de ultramarinos del barrio de Salamanca, que más tarde se levantaba muy temprano para trabajar en Clesa, que iba a la salida de los colegios de niñas pijas para ligar y mientras tanto estudiaba en academias nocturnas. El que para huir de esos trabajos oscuros se hizo guitarrista profesional y  escribió muchos poemas. El mismo que tarde, mucho más tarde encontró su camino y decidió dedicarse con afán ( = Entusiasmo, ahínco, interés, ardor, brío, empeño, decisión, deseo) a la literatura. De aquel tiene todavía el pelo negro abundante, sin apenas una cana, peinado sin agua y por supuesto sin gomina y la sonrisa directa como una camisa recién planchada. Una forma de sonreír que suele perderse con los años.

El otro es profesor  de literatura y escritor y como tal viste de sport: jerseys con cuello redondo, camisas de viyela, pantalón de pana. A veces chaqueta de tweed, nunca corbata. Siempre limpio, nunca atildado. Tiene una cierta torpeza en el vestir, un  descuido aparente  que se agradece en los hombres, que les hace elegantes.

Pero la elegancia no está sólo en su manera de vestir. En ese cuerpo alegre que ha crecido proporcionado de figura, habita una mente sofisticada, compleja, nada simple, nada banal. Una inteligencia no precisamente  rural sino más bien propia de un filósofo alemán o de un diplomático del Congreso de Viena, que combina sin estridencia con el sutil humor que tienen algunas personas muy cuidadosamente educadas junto con  el refinamiento estético de ciertas ciudades antiguas.

 Una cabeza así debe tener  meandros, túneles, pasillos de ida sin vuelta, algunas aciagas tardes de Domingo, algún momento en que la niebla baja, aunque no nos lo parezca.

Del escritor tiene la destreza en el manejo del idioma. Incluso después de muchas horas de charla es capaz siempre de utilizar la palabra precisa, el verbo justo, la imagen clara.

Cuando habla de literatura su discurso es especialmente seductor. Contagia ganas de leer, ganas de escribir. Sus clases, sus conferencias, son un verdadero acontecimiento para quien las escucha. Incluso se sabe de algunas personas que después de escucharle han decidido dedicarse profesionalmente a la literatura con mayor o menor fortuna.

Por supuesto no es consciente de su poder o si lo es, hace como si no se diese cuenta, pero lo que es seguro es que las aulas deben estar llenas de cadáveres incorruptos y exquisitos de alumnas que un día cayeron en la clase de este señor aparentemente tan corriente sin percatarse de los peligros a los que se exponían.

Pobrecillas.

 

   © Maria Tena 2003

mariatena@wanadoo.es

 

 

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