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  "Cosas de familia"

 Uno empieza a leer de pequeño y con un poco de suerte, un buen profesor de literatura, unos padres ocurrentes y unas lecturas bien escogidas se le coge pronto el gustillo. Si no se abandona el vicio solitario en época de exámenes, o en la de los amores locos, si se sigue tomando como una medicina para las largas convalecencias y las tardes de Domingo, se acaba descubriendo su poder curativo. No sólo para las enfermedades del cuerpo, sino para cerrar las heridas que dejan las pasiones y cicatrizar las señales de los tropiezos que nos van aconteciendo.

 Muy pronto uno se da cuenta de que puede volar sin tener que esperar los retrasos de Iberia e incluso ver países que ni siquiera existen. Que en vez de soportar a tu suegra o a tus imposibles compañeros de trabajo puedes hablar cada día con personas listísimas a las que puedes escuchar sólo cuando te apetezca y que si se ponen pesados les cortas el rollo sin quedar mal con ellos. Que te puedes tratar de tú a tú con las estrellas y al mismo tiempo cotillear lo de los vivos y lo de los muertos. Acabas sabiendo más de ellos que ellos mismos, sin el menor esfuerzo, tumbado en tu cama como un señor.

La lectura te hace creerte mejor de lo que eres, porque los hombres y las mujeres a los que más admiras te cuentan sus amores, sus fantasías, sus frustraciones, sus temores más secretos. Leyendo cada día novelas, poesía, descubres que los que escriben transitan la memoria y la infancia, la sustancia destilada de lo que fueron pero también que con la literatura a veces consiguen tocar con la mano aquellos juguetes que nunca les trajeron los Reyes Magos.

 Esa mezcla de recuerdos y deseos es para mí también la literatura y el material con el que intento desde hace poco ponerme a escribir. Pero esto ya es una historia mucho más complicada.

Uno sabe a estas alturas que a través de los años ha ido acumulando en una inmensa almoneda ideas, emociones, sentimientos, esperanzas y pasiones como si fueran muebles, y que para escribir quizá sólo sea necesario escoger uno, quitarle el polvo, pasarle despacio una lija fina, darle un poco de cera y con un trapo suave y con mucha paciencia sacar los brillos a la pieza. No vale para esto el barniz. Si brilla demasiado perderá el carácter, la belleza de lo auténtico. Tiene que conseguirse ese fulgor secreto que conserva los colores y la veta natural. Es necesario que la madera respire. Recordará entonces cuando fue árbol y tenía raíces y con ese trabajo cobrará otra vida que no es exactamente la del tronco que fue. Así, lo que escribamos, se parecerá a algo de lo que somos o fuimos, pero quizás le habremos dado una calidad distinta y será un objeto nuevo, restaurado por la mano cuidadosa del ebanista que es el escritor.

 Pero nos ponemos a la tarea y aparecen los problemas. Sin duda hemos leído demasiado, se nos ha ido la mano. Todo lo que escribimos ya está dicho mucho mejor de lo que nosotros conseguimos expresarlo, con más sentido, con más gracia. Y, sin embargo, sentimos la necesidad de hacerlo. Necesidad que curiosamente no va  acompañada del talento para llevarlo a cabo con dignidad.

 “Saber sentir es saber decir” leemos a nuestro bisabuelo más ilustre, Cervantes. Y sentimos mucho y muy a menudo,  pero no nos salen más que banalidades. “El genio lo da Dios, pero el talento nos concierne” nos susurra nuestro abuelo francés por quien hemos llamado Gustavo a nuestro hijo. “El talento es una larga paciencia” completa Buffon. Todo esto nos va consolando. Sí, ahora lo hacemos mal pero con el tiempo, robando horas a la noche, a los fines de semana, conseguiremos  alguna frase estupenda. Pero seguimos sin echarnos al ruedo, esas recetas siguen siendo sólo lectura.

Un día el azar o la necesidad, que nunca sabe uno porqué hace las cosas  importantes de la vida, nos lleva a un taller literario que imparte Luis Landero. “Todos tenemos una voz propia, nos dice con convicción, todos tenemos algo que decir y nos recomienda a Emerson: “¡Alegría, optimismo, confianza!” La mayor originalidad está en lo concreto, en lo que cada uno tiene de distinto. Creemos tanto en él, nos lo cuenta tan bien que nos sentamos a la mesa con apetito e incluso nos creemos que a lo mejor también podemos participar en el banquete, porque tenemos algo que decir.

 Y entonces arrancamos. No vamos a ser genios, pero hacerlo correctamente puede que sí, con naturalidad, sin faltas de ortografía, sin orgullo, vamos a ello.

 Pero... ¿sobre qué? En este trance se nos había  perdido la historia, se nos olvidaba que además, hay que tener imaginación. Entonces volvemos a pedir ayuda a los parientes. El primo checo de los Kundera de Praga nos cuenta “La novela no examina la realidad, sino la existencia. Y la existencia no es lo que ya ha ocurrido, la existencia es el campo de las posibilidades humanas…” Y, de nuevo, el abuelo Gustavo: “Antes se creía que sólo  podía extraerse azúcar de la caña de azúcar ahora se extrae de casi todo; lo mismo ocurre con la poesía. Extraigámosla de cualquier cosa, ya que ella se encuentra en todo y por doquier: no hay ni un  átomo de materia que no contenga la posibilidad de un pensamiento...” Así que no nos orientan nada sobre el tema, cualquiera vale, pero hay que saber escoger el que más nos inspire, el que saque de nosotros eso que el trabajo cotidiano nos oculta.

 Y parece que para encontrar ese tesoro, ese hilo, esas ideas, hace falta algún otro ingrediente: para eso acudimos a nuestra tía también francesa que nos dejó una herencia de pequeños textos exquisitos, que se llamaba Margarita y que tuvo un amante chino que luego salió en una película: ”La soledad de la escritura es una soledad sin la que escribir no se produce ” O sea que encima tenemos que hacerlo solitos. El papel blanco y el desierto alrededor. Sin el silencio las palabras no salen.

 Pero entonces ¿Para qué escribir?

 Dice entonces Carlos Fuentes nuestro tío mexicano”Amo y escribo para obtener una victoria pasajera sobre la inmensa, poderosísima reserva de lo que está ahí pero no se manifiesta... Sé que el triunfo es fugitivo” Y en el periódico, Caballero Bonald “Escribir nunca ha sido tortura, sino dicha. Para mí escribir ha supuesto una especie de legítima defensa. Escribir en legítima defensa contra las ofensas de la vida”

 Así que era eso.

Pero entonces recordamos el verso de Borges “Eres también aquello que has perdido” y pensamos que quizás es ese mundo perdido lo que buscamos al escribir y vamos de nuevo a nuestro tío Luis: “… resulta muy difícil inventar algo sobre nosotros mismos (si la invención es coherente o sincera) que no esté ya sugerido en el pasado, que la memoria (ella y no la imaginación, es la verdadera loca de la casa) no haya convertido en una certeza más o menos remota. Del mismo modo que un relámpago en la noche le muestra al viajero el abismo por cuyo borde camina, a veces la memoria nos ofrece la visión fulgurante de los vestigios del paraíso que un día fue nuestro y que perdimos...”

Aunque la memoria nos juegue alguna vez una mala pasada como cuenta al final de la novela el lector de Bernhard Schinlink:

“Al principio quise escribir la historia para liberarme de ella. Pero la memoria se negó a colaborar. Luego me di cuenta que la historia se me escapaba, pero eso tampoco hizo surgir los recuerdos…

Los estratos de nuestra vida reposan tan juntos los unos sobre los otros que en lo actual siempre advertimos la presencia de lo antiguo, y no como algo desechado y acabado, sino presente y vívido. Lo comprendo pero a veces me parece casi insoportable. Quizá sí escribí la historia para librarme de ella aunque sé que no puedo.”

O quizás,“Porque hay que aprender a narrarse a sí mismos. Porque sólo podemos ser nosotros mismos mediante un relato que resulte verosímil y comprensible para los demás. Vivimos nuestra propia novela y la escribimos cada día” escribe nuestro primo Félix, el más guapo de todos, desde el mejor barrio de la Barcelona burguesa.

¿Y eso cómo se hace? Sabiendo mirar, nos decía Luis Landero, atendiendo a la invención, mirando las cosas concretas y a la vez, escribiendo con luz larga. Escribiendo las cosas como si las nombráramos por primera vez. Aquí no pongo comillas porque él  decía mucho más y lo decía mejor de lo que yo ahora lo escribo.

Sí es así. Me refugio esta tarde en estas citas de algunos de los escritores que igual que una familia me ayudan a enfrentarme con el cuaderno de hule y mi necesidad de escribir, aunque tengan que pasar los días para que la memoria sea aún más larga de lo que es ahora.

Y pienso en ellos luchando con sus palabras contra el tiempo, desde distintas edades, desde distintos lugares y talentos, sabiendo que una vida apenas alcanza a un balbuceo y en la suerte que tengo de haberles conocido desde hace tantos años y de haber crecido oyendo la algarabía  silenciosa de sus voces.

 Sí, quizá esta tarde me atreva a intentarlo...

 

   © Maria Tena 2002

 

 

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