
PRINCIPIANTE
A
los lectores de “Tenemos que
vernos”, mi primera novela
Esto
de publicar tiene sorpresas.
Algunas
personas se alegran más que tu de
tus éxitos, recomiendan la novela,
la regalan, van por las librerías
colocándola en un lugar visible. Son
gente, unos pocos, que creen en ti más
que tu misma y que te lo demuestran
hagas lo que hagas. Es decir, si
hubieses publicado un folleto sobre
la pesca con mosca o una entrevista
con Isabel Pantoja, también te
apoyarían sin límite y vivirían
con entusiasmo hasta tus
equivocaciones.
La
mayoría de los amigos, aprovechan la
ocasión para expresarte lo mucho que
te quieren, para celebrar contigo
este paso importante, la boda por
amor con el deseo secreto, apenas
susurrado, que empezó hace muchos años
en esa casa llena de cuentos que es
la infancia.
Otros
se sienten obligados a ser sinceros
cuando tu
sólo esperas un poco de
compasión: No eres Flaubert,
pero... Se nota que es una primera
novela, pero... Le gustarás a mucha
gente sólo por el hecho de que te
haya publicado Herralde...
A los menos,
les molesta
que hayas sido capaz de hacer
un esfuerzo que ellos todavía no han
hecho. Si yo me pusiera...piensan,
Si yo tuviera tantos amigos como María...deciden.
Qué suerte has tenido, te
dicen para ocultar sus pensamientos
oscuros, algo insólito. Esos
jamás reconocerían que la novela
está trabajada, que es digna, que
puede que no esté tan mal.
Lo
más sorprendente, sin embargo, son
los desconocidos o esas personas que
hace
tiempo
dabas por perdidas. Ese lector
que se molesta en encontrar tu
dirección y te manda una carta o un correo
electrónico, da una dimensión
distinta al acto solitario, incierto
y duro de escribir literatura.
Hasta
ese momento lo hacíamos
para conocernos mejor, poner a
la luz nuestros fantasmas,
un desafío solitario para
rescribir la vida, para imaginar lo
no vivido; o simplemente como una
pasión inexplicable
vinculada a nuestra soledad de
ahora, a las ganas de reflexionar, de
hacer balance.
De
pronto nos damos cuenta de que un
libro en la calle es un hijo que
tiene vida propia, que crece,
tropieza,
hace amigos y enemigos en ese
colegio al que le hemos mandado para
que juegue con otros compañeros de
distintos tamaños y colores que se
sientan con él en las mesas de las
librerías. Y que esa novela que
hemos escrito desde nosotros, es leída
por personas que también le hacen
preguntas, le muestran sus
inquietudes, sus deseos
ocultos. Unos te escriben sobre la
madurez
porque en un párrafo aludes a
ella, otros de la dificultad de las
mujeres para atender a todas sus
expectativas, otros de la pareja, del
amor vivido y el amor soñado... y así
sucesivamente.
Es
entonces cuando te das cuenta de que
esa historia absurda que te ha dado
tanto trabajo, que te sabes de
memoria y que ya casi odias, ha
servido para algo. Porque es verdad
que lo que ellos han visto estaba ahí
aunque tu no lo vieras y porque
sientes, por un momento, que has
conseguido algo único: que
los que lo leen, te estén
ayudando a volver a escribir tu
libro. Ya no es sólo tuyo sino suyo
porque han querido compartir contigo
ese trozo de vida imaginaria, y
nada es ya posible sin ese
lector que es capaz de vivir la
historia que les has contado como si
fuera
suya.
©
Maria
Tena 2003
mariatena@wanadoo.es
"Madrid en Guerra" Abril - Mayo 2003
"Retrato de Luis Landero desde cerca" Marzo 2003