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"Raúl Rivero: Ausente"

por

 ©Ernesto Sotomayor y  ©Orlando Fondevilla

 

“Sólo por escribir. Nada más que por escribir lo que piensa”, repite Blanca Reyes, la mujer del poeta y periodista cubano Raúl Rivero. Sólo por escribir. Como si aún hoy no fuera capaz de creerse la sentencia que el pasado día 7 de abril condenaba al escritor, autor de Herejías Elegidas, a 20 años de confinamiento en una cárcel del Oriente de Cuba. No es la primera vez que el gobierno de Fidel Castro estrecha su mordaza sobre un poeta al que acusa de traición y conspiración. Lo ha hecho durante décadas con las voces más incómodas, con los artistas y periodistas desafectos a su causa. Heberto Padilla, que murió en el exilio estadounidense, o Maria Elena Cruz Varela y Eliseo Diego, aún hoy refugiados en España, lo saben bien. Ni siquiera ésta es la primera vez para Raúl Rivero, que ya en 1991 dio con sus huesos y sus versos en prisión. La firma de La Carta de los Diez (intelectuales) lo convirtió en oveja negra del régimen y uno de sus opositores más perseguidos. Las requisas, las detenciones, los chantajes, las amenazas, las presiones de sus vecinos, eran ya parte de la vida cotidiana de Rivero en su barrio de Centro Habana, tanto que el escritor ha sabido incorporarlos durante años a su universo poético, con rabia, pero con la misma naturalidad irónica con la que escribe de la memoria, de la muerte, o del amor.

¿Qué buscan en mi casa/ estos señores?/¿Qué hace este oficical/leyendo la hoja de papel/en la que he escrito/las palabras ambición, liviana y quebradiza?/ ¿Qué barrunto de conspiración/le anuncia la foto sin dedicatoria de mi padre en guayabera (lacito negro)/en los predios del Capitolio Nacional?/¿Cómo interpreta mi certificado de divorcio?, escribía Rivero después un registro en su casa en 1997. Hoy, como entonces, -cuenta Blanca Reyes-una losa de silencio ha caído sobre él y sobre su casa, ese oasis blanco de la literatura en el corazón de la Habana. De los libros de Rivero, atesorados, heredados, llegados de solidaridades remotas, recibidos a hurtadillas aprovechando la ignorancia de los censores,  compartidos, -los amigos de todo el mundo se los enviaban y él los hacía rodar por toda la isla- sólo unos pocos reposan inermes y huérfanos en los estantes blancos. Los otros, los más, los “subversivos”, tan “contrarrevolucionarios” como las fotos de su madre muerta, como los discos de Serrat, o su “amenazante” máquina de escribir, duermen el sueño de las mordazas en alguna de las mazmorras que el régimen destina a las “armas” de los poetas. Entre ellos, si el garfio del censor no ha fallado, habrá encontrado un final a medida el tiránico Trujillo de La Fiesta del Chivo que dejé en manos de Raúl-deseoso de leer a Vargas Llosa, prohibido en la isla- un mes antes de su detención.

“Nuestra próxima batalla es la de la cultura nacional”, me comentaba Raúl antes de su detención, ilusionado con nuevos proyectos para recuperar las tradiciones cubanas y gestar un periodismo profesional no politizado en La Isla. Sólo intuía quizá el zarpazo que le aguardaba. No imaginaba que, entre los 78 intelectuales y defensores de los derechos humanos detenidos por el gobierno cubano el pasado mes de marzo, la mitad iban a ser los periodistas independientes con los que él engendró la revista De Cuba, con los que puso en marcha agencias en todas las provincias.

“El poeta lleva a sus espaldas un continente”, anunciaba el chileno Pablo Neruda. A Raúl Rivero el compromiso lo cogió de lleno, sin dejar espacio a la duda o el miedo. Hoy, detrás de las rejas del Ciego de Ávila, con el horizonte de la nada de aquí a veinte años, el autor de Puente de Guitarra ha perdido la voz,. pero destila la indignación, el silencio y la afrenta para engendrar desde ellos nuevos versos. Poesía de presidio, la llamarán quizá un día los teóricos. Literatura de compromiso, arte social, dirán tal vez para ponerle nombre a una vida en la que cada día es ahora una mala palabra bajo llave. Versos silentes, al fin y al cabo, que el poeta hilvana y almacena, paciente, en la memoria. Ni el papel en blanco le ha sido permitido. Tampoco la luz, ni la compañía. Sólo las visitas de su mujer cada mes y medio rompen el aislamiento de Rivero en esa tierra de nadie del exilio interior y le hacen llegar- entre el miedo y la vigilancia -  palabras de aliento de todo el mundo allí donde ni los libros de Nicolás Guillén han podido pasar.  “La poesía es salvación”, prometía  Octavio Paz. En una celda de tres metros cuadrados de Ciego de Ávila, hoy también es resistencia y libertad. Al fin y al cabo, el poeta se va y se quedan sus versos. “La poesía no usa pasaporte ni necesita permisos de la policía”, escribió el propio Rivero acerca de Heberto Padilla, consciente de que amordazar al artista es estéril, de que sus versos claman en carne viva lo que él no tiene cómo decir. Los viejos amigos de Rivero fuera de Cuba distribuyen algunos poemas inéditos y la memoria rescata del olvido o la distancia los que, ya publicados, aguardaban desde hace años su momento de gloria.

Los guardias vigilan a Rivero, lo escrutinan mientras revuelve versos consigo mismo, y los atesora callado en un estante de la memoria. Miran al arte “como los bueyes a un piano”, decía Rivero. “Tengo para mis detractores y enemigos/ estos versos que lleno de ternura”, escribía Rivero en la Oda a la intriga.

Sabe que el silencio y el tiempo son sus mejores aliados. Nadie mejor que él mismo para decirlo: “El totalitarismo es más fuerte que la belleza. Sólo que la belleza y el soneto son eternos y es su perdurabilidad lo que doblega el señorío oscuro y provisional de un gobernante”.

©Ernesto Sotomayor 2003

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Raúl Rivero Castañeda (Morón,Cuba, 1945) ha publicado nueve libros de poesía y cuatro de crónicas y reportajes.  Fundador de la revista Caimán Barbudo y secretario del poeta  Nicolás Guillén, trabajó como corresponsal de Prensa Latina en Moscú y su obra fue difundida y reconocida en los mejores medios de su país:  recibió en 1969 el Premio David por Papel de Hombre y en 1972 fue galardonado con el Premio Nacional Julián del Casal por Poesía sobre la Tierra. Pero en 1991 firmó la Carta de los Diez intelectuales pidiendo reformas en la isla y eso convirtió a Rivero en uno de los poetas malditos para el régimen de Fidel Castro. Fundador y director desde 1995 de la agencia Cubapress de periodismo independiente, es corresponsal del Nuevo Herald de Miami, vicepresidente regional de la  comisión de libertad de prensa de la SIP, colaborador de los más prestigiosos medios de América y Europa y Premio de Reporteros sin Fronteras 1997. Ha publicado los poemarios Papel de Hombre (La Habana 1969), Poesías sobre la Tierra (La Habana 1972), Corazón que Ofrecer (La Habana 1980), Cierta Poesía (La Habana 1981), Poesía Pública (la Habana 1984), Escribo de memoria (La Habana 1985), Firmado en La Habana (Miami 1996), Herejías Elegidas(Madrid 1998) y Puente de Guitarra (México 2002). La FNAC y Reporteros sin Fronteras acaban de editar algunos de sus versos en la antología Censurado, junto a otros cinco poetas cubanos prohibidos dentro de la isla cubana. 

 

Orlando Fondevilla

El poeta, el vate (adivino), escribe con prisa. El verso delicado y breve. El poema perfumado de tristeza. Alusivo o elusivo. Lleno de ráfagas de hermosas claridades. El poeta, el vate (adivino) sabe que todas las furias penden sobre él. Presiente la cercanía de la tormenta. Ni teme ni provoca, simplemente escribe. Ha elegido y asumido su destino. La poesía y la verdad no admiten transacciones o servidumbres. La poesía sólo será ancilar de sí misma. El poeta sólo admitirá los dictados de su conciencia.

Raúl Rivero presentía, sabía que venían a por él. El poder totalitario únicamente admite obediencias o silencios, y teme como el diablo a la cruz al Poeta y a la Poesía (así, con mayúsculas). Veinticuatro horas antes de ser encarcelado su única obsesión fue salvar su poesía. Que no cayera en las bastas manos de los esbirros. Lo consiguió, y ahora respira tranquilo en la infame celda en que le han confinado. El poeta está feliz, porque su poesía está libre. Porque sabe que la poesía le salva y nos salva.

Otro gran poeta cubano, que vivió su largo exilio en España, Gastón Baquero, preguntado en una ocasión cómo recogerían los siglos por venir al dictador Castro, con la agudeza poética que le caracterizaba dijo: “oscuro dictador cubano que vivió en tiempos de Lezama Lima”. Y que encarceló a Raúl Rivero, añadimos nosotros.

Disfrutemos del regalo de este botón de muestra de los últimos poemas salvados de Raúl Rivero.

 

Raúl Rivero

ADIVINANZA PARA MI HIJA

                                                  Con María Karla

 

¿En que se parece la libertad

a un atardecer?

 No sé.

 Yo ha veces confundo

 la caída de la noche

 con la entrada del día

 y hay un instante

 uno solo

 en el que nadie sabe

 si viene o se va la luz.

 He visto tres mil 227 atardeceres.

Nací en el otoño

a mediados de los ochenta.

 No puedo hacer comparaciones.

  

ELOGIO DE LA APERTURA

 Cerrar Una puerta no es un acto inocente.

 Hay mucha maldad en esa coreografía

porque termina cuando uno da la espalda

a un universo desconocido y abandonado.

 Cerrar las puertas es siempre un episodio bárbaro.

 Es una porfiada necedad

y un certificado de pavor

que usamos para dormir en paz.

 Cerrar puertas es una profesión

una especialidad

un crimen que cometemos todos los días

en nombre del temor.

 El pecado mayor es si se ponen cerrojos

sillas, argollas, barras, seguros y cadenas.

Porque ya no habrá brisas, gatos, niños, fantasmas

que resguarden la soledad.

 Ante la tentación del gesto teatral de dar un portazo

recuerda que los peligros están adentro:

los tumores, el ladrón, el asesino, la pasión

la locura y la muerte.

 Deja esa puerta así.

  

MURALLAS 

Se han reunido allá abajo.

 Los pastorean desde motos oscuras

que parecen bestias de los Montes Urales.

 Quieren que nos mate el pánico

pero Blanca y yo tenemos compromisos

con otras agonías.

Mientras ellos encienden las antorchas

y ensamblan las catapultas

le servimos una mesa de lujo

a todos los muertos de la familia

y escribimos mensajes serenos

a nuestros hijos que están lejos.

 El cañonazo de las nueve

anuncia que cerraron la muralla

y se inicia la ofensiva final.

 Esta noche es imposible

dormir en intramuros.

 

DÉCIMAS 

Un hombre enfermo y huraño

Ha puesto todo su empeño

Para verse año tras año

Dueño del país y dueño

Del amor, el odio, el sueño.

¡Qué individuo más extraño!

¿Qué pasión por el rebaño!

¡Cuán fruncido lleva el ceño!

¡Qué látigos y qué leños!

¡Seguro nos hace daño!

 

Hace calor, tengo frío

No hay luz y lo capto todo

Nada tengo, todo es mío

Desde el resplandor al lodo.

De otra manera, a mi modo

Toca la piel y la esencia

La abundancia y la carencia

Lo luminoso y sombrío.

Yo vivo este desafío:

Soy cautivo de tu ausencia.

 

 SEÑAL DE ALARMA

 Una tormenta tropical, un barco de vapor a la deriva

una frecuencia de temblores de tierra

la muerte repentina del trombón mayor

de la banda de música de un colegio de Lima.

 

El suicidio de un hombre sin identidad

que se ahorca en la soledad de un palmar

y deja un papel sucio donde ha escrito con lápiz:

ustedes conocen muy bien a mi asesino.

 Una emoción. 

Dos borrachos que canten a medianoche

o el mes de octubre con todas las cicatrices

y su neutralidad de nube y alga.

 Un foto de Cartier Bresson

que circule en el occidente del país

y se censure sin que oriente la vea.

 Nueve caballos

y el caballo de espadas.

 Un fenómeno natural

con rencores fluviales

y una mujer de traje blanco

en el viaje del agua.

 Algo tiene que venir a salvarnos

de los salvadores.

 

 ©Raúl Rivero 2003

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