METALENGUAJE  

El metalenguaje es el lenguaje utilizado para hablar del lenguaje 


Revista de Ideas, Opinión y Debate sobre España Hoy

 

 

Temas Expuestos


El editor propondrá un tema cada CUATRO meses. Aquí se irán  exponiendo las cuestiones a debate y las opiniones recibidas.

Normas para la participación: Los textos enviados nunca podrán exceder de los 2.500 caracteres.

 

Enero - Abril 2006

Tema: 

"La corrupción transversal  poder publico - influencias privadas"

(en preparación, puedes enviarnos tu opinión)

Agosto - Diciembre 2005

Tema: 

"Momento dominante de la televisión hoy" (Hay 6 documentos)

 

Doc 6 Juan Lucio, Doc 5 Rafa Rodríguez, Doc 4 Beatriz Pérez-Moreno, Doc 3 Víctor Claudín, Doc 2 Joaquín María Aguirre, Doc 1 José Ignacio Fernández

Si quieres opinar sobre este tema lo puedes hacer en Correo electrónico o a través de nuestro Foro

© Ferva 2003

 

Agosto - Diciembre 2005.- Doc 6

por Juan Lucio. Es periodista. Redactor Jefe de la revista española Psychologies. Madrid - España

“Momento dominante de la televisión hoy”.- "La marea que no cesa" La marea rosa no cesa; es más, no para de crecer. Cada vez es más grande, gigante, majestuosa, y cada vez más sucia, más repugnante, más... ponga el calificativo que quiera porque no desentonará. El chapapote del insulto se convierte en audiencias millonarias que es lo que le importa a los teleprogramadores y también, parece, a los millones de telespectadores que alrededor de la televisión se hipnotizan con las bodas, separaciones, cuernos, hijos, amantes, sobrinos, nietas y muertos que son ajusticiados sin piedad por ruínes ¿amigos? ¿parejas? ¿compañeros? en busca de unos cuantos euros que echarse a la faltriquera para ir pasando el invierno

Pero el poder catódico es superior a las fuerzas del ser humano. Temporada tras temporada se suceden los programas llamados del corazón, que siempre son tildados como bodrios y, sin embargo, son devorados por las masas con avidez. No nos vamos a engañar, nos gusta cotillear, rebuscar, rebañar por la vida de los demás, y si son famosos mejor, que mejor. ¿Qué tendrá de interesante la vida de menganita que se lo hacía con fulanito, que era el ex de menganita II y primo de zutanito, que en su día salió con fulanita y cuya asistenta trabajó en casa de perenganito, donde tenía un lío con el jardinero de la casa de al lado? Nada. Todo está vano, pero se exprime de tal manera que una rondita por las televisiones supone unos miles de euros (antes llamados kilos), y eso es lo que importa. Además, el que venga detrás que arree, porque en esta telebasura a rey muerto, rey puesto; es decir, uno se aprovecha al máximo, es engullido por las audiencias, se quema al aparecer por ahí y por allí, desaparece... y resurgirá cuando la libreta de ahorros empiece a tener un tono rosado

Estos programas responden a un esquema muy claro: larga duración (hasta que el cuerpo aguante y la publicidad siga entrando en caja que es lo que importa), enfrentamiento periodistas contra famosos (a veces el periodista es sustituido por esa nueva especie de pseudofamoso listillo procedente de GH, que sabe de todo), famosos sin escrúpulos que bajo el auspicio de un talón bien sustancioso te cuentan lo que sea de pe a pa, y voces, muchas voces entre todos. En medio, un periodista hace de árbitro, pero en realidad, su misión es avivar la polémica cuando los regidores avisan que el muermo se avecina. 

Las voces son deformación profesional del tertuliano. Se chillan, braman, se irritan, pegan alaridos, son agresivos, no se escuchan, se insultan si es necesario y el más perjudicado, aparte claro está de los telespectadores, es el castellano que queda por los suelos. No saben hablar, coño. Que si super, super; que si los niños vienen con un brazo debajo del pan; que si son divinas de la muerte; que o sea; que a nivel de lo que sea; que si el olor de multitudes (¡que guarros!), que si lo veo alejao, que si Marrokech por Marrakech; que si eres una vacaburra, y tú un calvo cabrón, que si, que si... y todos los disparates que ustedes quieran porque no se cortan ni un pelo.

Viene a cuento este telecabreo porque una noche sí y otra también uno se las y se las desea en encontrar algo que merezca la pena para echarse al coleto televisivo. No hay nada, es un erial... como será que muchas veces lo mejor es ver al hombre del tiempo (por cierto, gran trabajo donde te equivocas y no te echan): Son bien hablados, no pegan voces y  el mapa, las nubes y los soles se entienden a la perfección. Y en su defecto, el bendito fútbol. Le quitas el sonido y estás en la gloria... sobre todo si juega Zidane.

   

 

Agosto - Diciembre 2005.- Doc 5

por  Rafa Rodríguez. Es redactor del programa "Punto de Mira" de Canal 9 en Valencia - España 

“Momento dominante de la televisión hoy”.- "Yo no veo la tele". Presumo de ser una persona tolerante, paciente y tranquila. Cualidades, sin embargo, que he de reconocer se evaporan con supina velocidad cuando se sienten amenazadas por lo que yo llamo "agentes externos". Verbigracia, un
artículo de Vizcaíno Casas, el olor del vinagre, un filete poco hecho, Jiménez Losantos todo él, el futbolista John Carew, la actriz Mónica Randall, las gomas elásticas, el claxón de un coche a primera hora de la mañana y La Frase. Sí, La Frase.


"Yo no veo la tele".

Aún no conozco a nadie que después de pronunciarla, no se te quede mirando por encima del hombro, como si esperara un aplauso eterno por mi parte o que promoviera su candidatura al premio Nobel de qué-sé-yo. También mi respuesta es siempre la misma. "¿Y te sientes orgulloso de ello? ¿qué tampoco lees? ¿Ni vas al cine? ¿ni oyes música?". Y es que me parece insultante que existan personas que todavía no consideren la televisión como una manifestación cultural más. Se ve que "La cabina", "Un, dos, tres", "Cheers", "Doctor en Alaska", "Los Munster", "Vivir cada día" o "Los Munster" no son suficientes argumentos para ellos. Pobrecitos.

Cierto es, que si uno lanza una ojeada a la parrilla con las programaciones, puede tener el impulso de depositar el mando a distancia en el cubo de la basura. Sucesos, programas del corazón, concursos aburridos, gente contando con pelos y señales toda su vida, fútbol, culebrones,... Sí, pero ¿no ocurre lo mismo si giramos nuestra mirada hacia otras disciplinas artísticas? Las listas de música las pueblan propuestas descafeinadas y vacías como David Bisbal, Melon Diesel, El Canto del Loco o la del Papi Chulo. Los libros más vendidos llevan las firmas de escritores tan prescindibles como el mesiánico Paolo Coelho, la repetitiva Isabel Allende o el plomizo Ken Follet. En los cines, la gente hace cola para ver "Este barco es un peligro", "Canguro Jack trinca y brinca" o "Papá Canguro". Y aún no he visto que nadie (incluido
nuestro siempre inoportuno presidente del gobierno) alce la voz para condenar el cine basura, la literatura basura o la música basura. ¿Por qué?

Es muy fácil desprestigiar a la televisión, acusarla de todos los males de la sociedad y despreciarla como si de un leproso se tratara. Es muy fácil exigir una tele sin la última información del caso Wanninkhof, sin la nueva pelea del clan Pajares, sin señoras que cuenten los maltratos padecidos. Es muy fácil, sí, pero tremendamente injusto, discriminatorio y anti-democrático.

Nadie se ha parado a pensar que hay gente a la que les gustan esos programas tanto como a otros les puede interesar una tertulia sobre actualidad política, una película lituana o un documental sobre Isaac Newton. ¿tiene más derechos el fan de Muñoz Molina que el de Beckahm? ¿Por qué? ¿Por qué, en lugar de anatemizar ciertos productos televisivos, no se dirigen esos esfuerzos en exigir, crear y explicar las necesidades de otros complementarios? ¿No es viable una televisión con Jesulín de Ubrique, Tony Alexander King, Billy Wilder y Tom Waits como protagonistas?

"Yo no veo la tele". Y si es cierto, ¿de qué se quejan?. Si no la ven, ¿por qué la critican? ¿qué les importa lo que allí se emita? Si no la ven, ¿cómo saben que "Seinfeld", "Los Simpson", "Documentos tv", "El día después", "Los conciertos de radio 3", "A dos metros bajo tierra", "Metrópolis", "Frasier"... (¿seguimos?) no valen la pena?

Por cierto, que servidor trabaja en uno de esos programas de sucesos, de igual título que una estupenda novela del escritor valenciano Joan Francesc Mira. Bonita paradoja, ¿no creen?

 

Agosto - Diciembre 2005 .- Doc 4.

por  Beatriz Pérez-Moreno. Es realizadora en una productora española. Madrid. beatrizpm@latinmail.com 

“Momento dominante de la televisión hoy”.- Como a todo, en España llegamos tarde al fenómeno televisivo y una eternidad mucho mayor tuvo que transcurrir para que tuviéramos una variada oferta de canales. Primero con la introducción de las autonómicas y posteriormente con la autorización de algunas privadas, la televisión en España dejó de ser Una, Grande y Libre. Casi ya no nos acordamos de aquella hegemonía, sólo de vez en cuando para preguntarnos si alguno de esos programas, como el “Un, dos, tres”, de emitirse hoy en día, con la competencia que existe, habría tenido la misma acogida.

             Si nos centramos en los últimos meses o los pocos años que llevamos de década, podremos observar que el mayor cambio que se ha producido en las televisiones es la proliferación exagerada de programas del corazón. Siempre los ha habido y el tema siempre ha interesado, pero ahora su número es mucho mayor que hace siete o diez años. Y esto no se debe a que haya más canales. Junto a los espacios del cotilleo han aparecido otros que se pueden llamar del morbo o, digamos, la no ficción, como “Crónicas marcianas”, “Gran Hermano” y tantísimos más. Pero esto no es un fenómeno aislado, sino que probablemente tiene razones ajenas y repercusión en otros ámbitos, que sería interesante analizar.

 La televisión como un sinónimo de la vida

 Hoy en día la vida es tan frenética como una sesión de zapping televisivo. No puede haber ni una sola pausa. El tiempo se aprovecha al máximo. A la hora de comer, acudes al gimnasio y, cuando sales del trabajo, vas leyendo los informes en el coche que te tocan para mañana. Recoges a los niños y luego te tomas una cerveza, aunque sabes bien que deberías estar ya durmiendo. Preferimos engancharnos a una cosa nueva mientras la que estábamos viendo está detenida que esperar. Las esperas ya no existen. Y tampoco la constancia, no aguantamos mucho tiempo seguido en el mismo sitio. O en el mismo canal.

 Inconstancia, prisa, estrés, tareas amontonadas, acumuladas, simultáneas. ¿Quién no tiene estos ingredientes en su vida? En el acto de zappear podemos encontrarlos también a todos. Y por supuesto, la persona que maneja el mando a distancia en casa, seguro que es quien manda en casa.

 El otro día, haciendo zapping...

            Un amigo mío pronunció una frase que me gustó mucho: “El otro día, haciendo zapping leí el Hola...”. El zapping es una excusa tan habitual para confesar sin confesar que se ha visto en la tele lo que avergüenza ver, que es bonito extrapolarlo a otras acciones de la vida igual de bochornosas. Esta frase, tan oída ya que delata a cualquiera, la seguimos oyendo a diestro y siniestro. Nadie quiere confesar que ve los programas que se llaman telebasura, sin embargo, a todo el mundo le gustan y todo el mundo los ve. De nada sirve ya que jures y perjures que jamás has aguantado más de medio segundo “Hotel Glamour” o que no sabes ni qué aspecto tiene Dinio, pues nadie te creería. Sería como entrar en una cárcel siendo blanquísimamente inocente y decir que no has cometido el crimen que se te imputa. Da igual, allí todo el mundo proclama lo mismo y no puede haber ni un alma que dé crédito a tu afirmación.  

Durante mucho tiempo he pensado que esto era una muestra de cinismo, pero reflexionando sobre el zapping, me doy cuenta de que a lo mejor es cierto que todas las personas que ven programas de famoseo o sobre la vida íntima de otros lo hagan saltando de un canal a otro. Realmente es esta costumbre lo que aprovechan unos espacios que no están diseñados ni mucho menos para ser vistos de cabo a rabo, sino para ser “pillados” a medias, aguantados un rato y abandonados. Hoy en día el ritmo ha cambiado e, igual que, en cine, los planos debían durar mucho más en las películas de principios del siglo pasado para que sus espectadores “leyeran” la información que se ofrecía en ellos, ahora el  televidente medio está hecho a una cadencia muy frenética de información y está acostumbrado a no aguantar nada que sea demasiado largo. Lo que gusta es lo corto, aunque suene inverosímil, pero es así si se trata de espacios televisivos, películas, novelas... Y si lo que ofrece la caja tonta en ese momento no es corto, nosotros lo hacemos corto con nuestro mando a distancia. Nosotros pasamos a otro sitio y vemos un trocito de una emisión diferente y luego un fragmento más de por allá. Y volvemos a donde antes. El frenetismo de la vida es el mismo que el de nuestra actitud ante los productos audiovisuales.  

Podría ser esta una de las razones por las que los programas de cotilleo y de morbo triunfan tanto. No tienen un hilo que debas seguir hasta el final ni que sea necesario que hayas enganchado desde el principio. Llegues a ellos en el momento en el que llegues, algo está pasando y te pueden atrapar, si te gusta lo que hay. No funcionan de forma global, sino que se trata de minutos casi sueltos, gags sin gracia, sketches carentes de todo ingenio. La telebazofia bebe del cambio aleatorio de canales toda su audiencia, es cierto. Así que quien dice que haciendo zapping vio a Yola Berrocal en determinada posición, no miente. Sólo habría que saber desde qué programa estaba haciendo ese zapping o si es que su única manera de ver televisión es con el dedo sobre el botoncito.  

La excusa del encuentro accidental con la cadena que emitía la telecostra es síntoma, no sólo de que se vio ese programa, sino, de que, además, se quiere hablar de ello, se desea convertir esa información en el tema principal de la conversación. Y ése es otro de los grandes pretextos: “si sólo lo veo para saber de qué habla la gente...” Si nos gusta hablar de ello y sabemos que a quienes nos acompañan también les encanta, ¿por qué tratamos de ocultarlo? ¿Por qué no admitirlo, aunque sea, como placer culpable?  

¿Por qué nos gusta?

            La razón del zapping parece insuficiente para que la telebasura sea lo más visto, pues existen muchos otros programas que puedes pescar a medias, detenerte en ellos un momento y abandonarlos. El motivo no es ni siquiera que llegamos muy cansados a casa y no tenemos ánimo para pensar. Hay muchos espacios, por ejemplo, las series, que son buenos, están bien escritos e interpretados, que no pueden calificarse de telebasura, y que tampoco nos obligan a hacer un excesivo esfuerzo intelectual para verlas. De hecho, casi ninguna emisión televisiva lo requiere. Y a pesar de ello, se eligen los programas que luego nos avergüenza confesar que hemos visto. Todo el mundo se pregunta por qué se emite tanta telerroña. Yo me pregunto por qué gusta. ¿Es por una deficiencia en la educación que hemos recibido? ¿Es porque el ser humano es morboso por naturaleza?  

Complicidad

            No puedo dar respuesta, pero lanzo la pregunta. Y lanzo otra más: cuando nos quejamos de que existe la televisión basura, ¿lo hacemos como espectadores que deseamos que todas las horas las ocupen programas de calidad para tener más entre lo que elegir? ¿O lo hacemos como intelectuales preocupados por la marcha del país y por la falta de cultura reinante, pensando que somos los únicos con derecho a ver esta basura, pues la vemos desde arriba, con socarronería, de forma analítica y cínica? Si es así, me gustaría invitarles a observar que es esa misma actitud la que tienen los programas en sí mismos. Sardá se coloca por encima del freak show que despliega y al que explota. Los periodistas que persiguen famosos por los aeropuertos consideran que se están riendo de ellos con sus ácidas preguntas, cuando lo único que están haciendo es seguirles el juego y ayudarles a vivir de las exclusivas. O se engañan ellos o nos intentan engañar a los espectadores.  

Los mismos que critican la teleinmundicia son los que la ven. No hay ningún otro fenómeno en nuestra sociedad en el que funcione tan bien la ley de la oferta y la demanda. O la democracia, si así lo queremos entender. La celebración de unas elecciones y la colocación de unos señores y unas señoras en sus cargos políticos (sin contar el caso de la Asamblea de Madrid, que sobrepasa las fronteras de lo normal) no es tan automática como el recuento de audiencias y la consecuente programación de espacios según éstas. Cuántas veces hemos sido testigos de la eliminación de una serie al tercer episodio por no tener todos los espectadores que se esperaba, a pesar de que la cadena en cuestión ya se había gastado millones de euros en producir al menos trece capítulos. Si el excremento televisivo no gustara, no se emitiría. Así que les envío una recomendación a quienes echan pestes sobre ella: dejen de verla. Es fácil, si lo intentas, como decía John Lennon.  

Pero, ¿qué es la telebasura?

            El que algo sea o no sea telebasura se suele determinar por el tema del que trate, no por cómo se trate. No se le da este apelativo a un programa que simplemente es malo por su falta de calidad. Sin embargo, podría decirse que es telebasura un documental mal hecho, un espacio de cine en el que sólo incluyen las imágenes que les ha enviado la distribuidora, un informativo lleno de medias verdades y en el que quienes hablan no saben ni pronunciar el nombre de la ciudad que más de actualidad está (Bagdag, Bajdad, Bagdaz, Bagdaj… Se llama Bagdad, acabado en “d”, como Madrid o Valladolid, no creo que sea tan difícil).  

            A la hora de criticar la televisión, siempre vamos a lo fácil, a lo más obvio: a poner a caldo la telebazofia. Pero sin que falte razón a quien lo hace, creo que hay muchas otras áreas con las que podríamos meternos y que se suelen pasar por alto. Ésta es otra manera de darle un opio al pueblo: se les distrae con esta cuestión, se admite que todo el mal está ahí y, con el resto de la programación, el público baja la guardia. La porquería televisiva, de tanto que ha sido comentada, ya nos ha hecho partícipes a todos de sus armas y contra ella ya estamos prevenidos, igual que contra la publicidad, a la que también se tacha de perjudicial, pero que poco mal puede hacer porque ya cualquier ciudadano tiene una barrera construida delante cada vez que la ve. Sin embargo, contra lo oficial, lo supuestamente serio, lo que no es esa llamada “telebasura”, contra todo eso no tenemos escudos, nos presentamos indefensos. Y por tanto, puede afectarnos más.  

No hay nada en la tele.

            Ésta suele ser otra de las excusas que se ponen para ver los programas vergonzantes. “Ayer, como no había nada en la tele, vi…” ¿Es cierto? ¿Faltan alternativas?  

            Se ha visto que al público le interesan los programas de calidad, incluso los documentales, que parecen lo más difícil de vender, si de verdad están bien hechos y si se les ha dado la promoción suficiente. Por ejemplo, cuando Televisión Española tuvo el valor de emitir en prime time “La odisea de la especie”, el documental sobre el tiempo en el que éramos cavernícolas y no existía la televisión, fue líder de audiencia. Y lo mismo le ocurre a “Los Simpson”, a pesar de que puede ser la trigésimo sexta vez que emiten cada capítulo, serie que compite con “Corazón, corazón”.  

            Las televisiones tienen buenos programas. Pero los tratan mal. No les hacen promoción o los emiten en horarios imposibles, poniendo, cuando se trata de una serie, dos episodios seguidos de temporadas distintas. La cultura se da de forma aburrida, sin el azúcar necesario para que podamos tragarla. Las cadenas que saben que tienen el cometido de aportarnos productos educativos, no extienden la obligación de dar cultura a la de crearnos las ganas de acceder a ella. Y la tienen, al menos las cadenas estatales, que se proclaman servicio público, y que priorizan sobre todo lo demás espectáculos tan poco necesarios para la sociedad como “Operación triunfo”. Que Televisión Española se esté nutriendo de una doble financiación, que sea un pozo sin fondo por su mala gestión de gastos, además de no funcionar, como debería, de servicio público, de aporte de cultura e información; o que se venda fácilmente al gobierno que la gestiona para decirnos lo que tenemos que oír (en otros países, como Inglaterra, la televisión estatal es imparcial), sería tema para un artículo entero. Por lo tanto será mejor no entrar mucho más hondamente en ello.  

            Falta valentía. Hay canales locales, como Tele K, de Vallecas, que apuesta por una televisión transgresora, o Barcelona TV, que emite programas culturales más interesantes y mejor hechos que los de la 2; que muestran más agallas que las grandes emisoras. Y lo mejor es que tienen un público. Los propios ejecutivos de Antena 3, cuando se les ofrece una idea de programa, reconocen que no quieren hacer nada nuevo, sólo copiar. Pues ni eso saben, como muestra bastan fracasos del tipo “Academia de actores” o “El bus”. Localia, que debido a su manera de emitir podría ofrecer algo diferente, se suma al carro del corazón y hace los mismos programas que las grandes, pero en cutre, aun a sabiendas de que no puede competir con ellos.  

            Se ha llegado a un momento en el que mayor oferta no significa mayor variedad, en el que da lo mismo que tengamos más canales entre los que cambiar con nuestro mando, porque seguiremos viendo lo mismo. Así que a lo mejor el problema no está en que se emita la telecaca, sino en que no haya alternativa.  

El otro extremo: la censura

            Es de perogrullo decir que la televisión actual es mala. Hasta los políticos lo tratan como problema nacional, pero eso es aún más preocupante. Se han prohibido (posiblemente con razón) spots publicitarios, se trata el tema de la dignidad y de la telebasura en el Parlamento, ¿pero no nos llevaría eso a una situación más peligrosa todavía? La censura. Para el gobierno actual sería perfecto cargarse, con la excusa de la inmundicia televisiva, a Tele 5, la única cadena que no le lleva la corriente en sus informativos. Creo que sumándonos todos a criticar lo que ya está tan criticado se lo estamos poniendo más fácil.  

            Por supuesto, a mí me gustaría que la telemugre dejara de emitirse. Pero me gustaría que no fuera debido a prohibiciones o a leyes reguladoras. Me gustaría que fuera porque en los demás canales hay opciones tan buenas e interesantes que nadie quiere ya conectarse nunca más al programa de cotilleos. Me gustaría que todas las personas tuvieran interés por cuestiones diferentes a las del corazón y que los programas costra perdieran su audiencia. Para llegar a eso no bastará con regular, con legislar. Habría que ir a algo mucho más profundo. Eliminando un síntoma no se cura la enfermedad. Si la telesuciedad deja de emitirse porque ha perdido interés, será motivo de alegría. Si deja de emitirse por las críticas que recibe y porque los partidos políticos hacen algo al respecto, entonces, será, como cuando se prohibió el botellón, otra de esas situaciones que crean incomodidad y descontento y que no resuelven en absoluto el verdadero problema.  

 

Agosto - Diciembre 2005.- Doc 3.  

por Víctor Claudín. Periodista y Escritor. Director del diario gratuito Información Al Día. Madrid-España

“Momento dominante de la televisión hoy”.- La televisión es la expresión más cutre y manipulada de la sociedad que vivimos, una sociedad triste, pero sobre todo correcta según los cánones impuestos por nuestros gobernantes, por tanto correctamente falaz, barriobajera, de un único, incontrovertible y partidista mensaje.

La tv domina el momento. Salvo honrosas, pequeñas y aún discutibles variaciones, la tv mayoritaria en España es la voz de su amo, especializada en el aborregamiento, la tergiversación de los hechos y el ensalzamiento de los valores tradicionales y conservadores que emanan de los estamentos poderosos del país.

La tv española en su conjunto permite contemplar descarnadamente la medida que ofrecen el Partido Popular y los suyos, una medida mediocre hasta la barbarie y tan corta que todo lo que tenga interés, que permita avanzar a la colectividad en una senda de progreso razonable, queda automáticamente fuera, anatematizado.

Por todo ello entrar a analizar la tv es inútil, y continuar escupiendo adjetivos algo superfluo, aunque sano.

 

 

Agosto - Diciembre 2005.- Doc 2

por Joaquín María Aguirre. Madrid. Profesor Titular-Dpto. Filología Española III. Facultad Ciencias Información-Universidad Complutense Madrid- España. aguirre@eucmax.sim.ucm.es .Director de la revista Espéculo

“Momento dominante de la televisión hoy”. Tengo bastantes problemas en la vida, pero no puedo dejar de pensar en los de Sarita, los Pajares, Don Gonzalo y demás familias teleilustres. En ocasiones, el mando de la tele actúa como la espada de la luz: cortando cabezas cuya vaciedad es manifiesta e intolerable su presencia. Cuando ruedan por el suelo del salón, lo hacen con un sonido de nueces huecas. ¡Cloc!

¿Qué pasa con la televisión? Son listos, sí. Parece que todo el problema de la tele es eso que llaman del corazón. Pero no se dejen engañar: la cosa es más profunda. Hay informativos-basura, documentales-basura, concursos-basura y un infinito número de desperdicios informativos que recorren la programación. Los debates sobre la telebasura, en el propio marco televisivo, no son más que una coartada del medio para esconder lo más inconfesable: su propio éxito. ¿Es reciclable toda esta basura?

Me explico: Marshall McLuhan decía que los medios están condenados a pagar su expansión al precio de la banalización. En efecto, el éxito de la televisión es precisamente el causante de este bochornoso espectáculo, sin horario específico, que padecemos.

Nos encontramos ante una especie de colapso mediático en el que a la concentración empresarial sigue la concentración temática. Nunca fue menos original la televisión que en estos momentos en los que precisamente busca con desesperación la originalidad que arrastre a los espectadores hacia su canal. La promesa de la variedad a través de la oferta múltiple de los canales se ve hoy como un gigantesco sarcasmo. Los canales se copian sin pudor y no en lo bueno precisamente, sino en sus peores ofertas. Los mismos programas son vistos por todos los países  con casi los mismos decorados.

El problema, pues, no son esos personajillos que discuten sobre su pasado, presente y futuro precocinados para ser espectáculo, esas vidas de microondas. El problema es más profundo y afecta a una sociedad en la que las vías para la difusión de la cultura pasan necesariamente por los medios de comunicación. De lo que se come se cría. Lo contrario es la independencia, es decir, la soledad de la invisibilidad mediática. Y nadie quiere ser invisible. O muy pocos.

La televisión huye hacia delante y, en su huida, arrastra todo lo que por ella se canaliza trivializándolo. Sentarse ante el televisor es asistir, con un paquete de palomitas, a una larga y estrepitosa agonía, la del propio medio, que ha dado de sí todo lo que podía. Lo que me da más pena es ese grupo de buenos profesionales que dejan aparcado su estómago en la misma plaza que sus empresas ponen a su disposición. Podrían hacer otras cosas, pero ¿qué?

 

Agosto - Diciembre 2005.- Doc 1

por José Ignacio Fernández Vázquez. Madrid. Presidente de la Asociación de Revistas Digitales de España (ARDE) 

"Momento dominante de la televisión hoy". La denominada "televisión basura" en nuestro país está generando un debate sobre los contenidos, la calidad y los limites éticos de privacidad. Una insinuación del presidente Aznar sobre este tema y recurrentemente saltan a la parrilla de agraviados el director de programas de Tele 5, después de la emisión con gran audiencia del vulgar y anodino programa de entretenimiento Hotel Glamour. Actores que no se dan por aludidos y santones del prime time que siguen vertiendo sus polémicas diarias para el disfrute de una audiencia que se consolida y aumenta. A cualquier hora del día la parrilla está llena de programas de dudoso gusto, de extenuantes debates, de malsonantes vocablos en la ahora de todos los públicos. La pregunta es, ¿donde están los límites? Habrá que preguntar a los ejecutivos que programan la realidad social a golpe de mesa camilla con opiniones que pertenecían al pasado. Resulta que ahora ex delincuentes, aristócratas chiflados, bocas flojas sin oficio conocido, dan su visión de todo: del mundo, de la sociedad, de otras vidas privadas.

Se ponen a la venta en un espectáculo de proporciones que rayan lo increíble, "si hay más daremos más". ¿Donde están los límites de las cámaras ocultas siguiendo y allanando la vida privada de actores, músicos, políticos y la nueva y muy rentable caspa hispana?. Personajillos de fotonovela de kiosco cuyo merito es haber aparecido en la televisión insultando, maltratando o haciendo montajes con su vida sexual, su divorcio o con sus hijos. Salen al entorno mediático con una potencia y un seguimiento desmedido para su representación dentro del sociedad española. Vivimos un retroceso y es necesario decir que algunos ciudadanos no aguantamos la presión día a día de todos estos personajes de decadente y ruborizante ejemplo moral. ¿Hasta cuando?, es la otra pregunta. Mientras que los índices de audiencia se muestren altos, la basura catódica en las televisiones generalistas de España seguirá inyectando documentos de escaso valor y nulo ejemplo del trabajo, de dignidad y de compromiso. Creo que asistimos a uno de los peores momentos de la televisión pública y privada en nuestro país. 

 

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