¿Sabías qué?



 





























 
 

 

     

 

 

 

 

 
 

 

EL GUITARRISTA

por

©LUIS LANDERO

 

Emilio, un adolescente obligado a trabajar por las mañanas como aprendiz
de mecánico en un lóbrego taller y a estudiar por las tardes en una
academia, vive esos años decisivos como «un laberinto de instantes, de
promesas» en sus encuentros con los tipos a los que su madre alquila una
habitación. Pero, un día, aparece su primo Raimundo, que vuelve de
París y le cuenta sus éxitos como guitarrista de flamenco. Emilio se
deja arrastrar por el señuelo de la vida bohemia que éste le promete y
aprende a tocar la guitarra con la esperanza, que no la convicción, de
escapar del taller y las clases. Lo que no puede imaginar es que su
recién adquirida pericia con las cuerdas le pondrá en contacto con la
mujer de su patrón, Adriana, una joven despampanante y extrañamente
fatal, a quien se ve obligado a dar clases de guitarra. Emilio intuye que
su vida puede caer en una trampa aún más traicionera que la del propio
taller, pero gustoso acepta por una vez el reto que se le presenta.

 

Fragmento de "El guitarrista", parte del diálogo al comienzo del libro, que tiene Emilio, el adolescente protagonista, con su primo recién llegado de París.

        La voz de Raimundo fluía desde la oscuridad, igual que ahora fluye desde el fondo del tiempo. Era para mí una voz nueva. Había en ella una música nunca oída hasta entonces. Una voz que parecía rendida de antemano a los prodigios que contaba y que aún le quedaban por contar. Yo había escuchado o soñado la voz irónica y abstracta del profesor de filosofía, y ahora, algunos días después, me salía al encuentro esta otra, más próxima y sencilla, más cálida, más llena de fe, y que poco a poco se iba convirtiendo en monólogo, porque a veces Raimundo parecía hablar para sí mismo, para su propia y absorta y maravillada memoria, todavía no convertida en conciencia, poblada de hechos no hollados aún por la palabra.

       Aquel local tenía su historia. Lo había fundado en los años veinte un tal Ferrer, al que todos llamaban el Gran Ferrer, o más sencillamente el Fundador. Ya el primer día la mujer le dijo: «Ven que te enseñe algo», y lo llevó a un cuartito que servía de vestuario y camerino, y le mostró el Libro de Oro. Era muy grande, con cubiertas de terciopelo, y estaba lleno de dedicatorias, de firmas, de fotos, de dibujos. La historia del Barcelona desde su fundación. «Éste es Picasso», le fue diciendo la mujer, «y éste, Unamuno»; «y éste, Gene Kelly»; «y éste Hemingway»; «y ésta es Greta Garbo»; «y éste es Manuel Azaña». Y le dijo: «Apréndete bien estos nombres porque ellos son el orgullo del Barcelona y pronto serán también el tuyo. Estos nombres te acompañarán el resto de tu vida, y en los malos momentos velarán por ti, los invocarás y ellos te devolverán el orgullo y te ayudarán a estimarte a ti mismo, que es el único y verdadero secreto de la felicidad».

       —Eso me dijo. Y el Libro de Oro estaba todo lleno de celebridades. Y también aparecían allí, en antología, los mejores artistas que habían pasado por el Barcelona. Aquel lugar había sido muy famoso en París, y todavía lo era. «Ahora ya sabes dónde estás, y el respeto que debes a esta casa», me dijo la mujer. La mujer se llamaba Dorita Salvat, y llevaba casada más de veinte años con el señor Burriac. Formaban pareja artística desde entonces. Pepe Reus y Dorita Salvat.

       —¿Y era guapa?

       —Qué va. Iba ya camino de los cincuenta años y era más bien fea, muy poquita cosa, y lo único llamativo en ella era la cara, que parecía de niña. Y unas pestañas que le ponían un mirar hondo y misterioso. Y era y hablaba también como una niña. A mí me decía que estaba loco. «¡Estás loco, Raimundo!», me dijo en el cuartito, bajando la voz. «Lo que pasa es que tú no lo sabes, porque los locos son los últimos en enterarse. Pero, en cuanto te vi, me di cuenta de que estabas loco y de que tienes alma de nómada.» Otra palabra que yo no conocía. «¿Y sabes lo que también descubrí nada más verte? Que eres un seductor. Lo supe desde que entraste por la puerta. Con esa cara campesina que tienes y esos ojos azules. ¿O es que no sabes todavía que eres un seductor?» Yo estaba confundido con aquellas palabras. «¿Lo sabes?» Creí que se estaba burlando de mí. «No.» «Pues lo eres. A mí me sedujiste a la primera, en cuanto te miré y te vi allí parado con ese aire de loco y de nómada que tienes. ¿No lo notaste? ¿No notaste que me quedé embobada al verte?» Y yo qué iba a decir. Estábamos muy juntos, sentados en banquitos bajos, con el Libro de Oro abierto sobre nuestras rodillas. Pero luego de pronto le cambió la voz y la expresión. «Pero conmigo no debes usar tus artes de donjuán. No debes tocarme, nunca. Prométeme que no intentarás nunca tocarme. Porque el día que lo hagas, te ocurrirá alguna desgracia.»

       —¿Eso te dijo?

       —Eso mismo. Luego me dio el traje de camarero y se fue del cuartito para que me vistiera. Y cuando me vio vestido y con la faja bien ceñida y el pecho todo esponjado de encajes, se puso muy seria y volvió a decirme, como si me lo echara en cara: «Eres un seductor». Y luego: «Un miserable seductor».

       —¿Y te hiciste camarero?

       —Sí, y esa misma noche empecé a trabajar. Servía mesas, fregaba platos y perolos, barría, y cuando me di cuenta todo el mundo, para abreviar, me llamaba ya Raimon. La especialidad era la paella, unas grandes paellas mixtas, tan rojas y amarillas que se veían venir de lejos, pero antes, al retirar los aperitivos, se juntaba todo el elenco de artistas y hacían una ronda por las mesas cantando un popurrí de coplas regionales, muchas españolas, pero también otras francesas y algunas catalanas, y si era el cumpleaños de alguien y sus amigos querían festejarlo, avisaban en secreto y los artistas iban luego a la mesa y le cantaban Las mañanitas, sacaban una tarta con velas, apagaban las luces, y todos alrededor entonando y meciéndose, y resultaba todo tan emocionante que siempre había alguien que acababa llorando. Luego se servían las paellas y, cuando el plato iba mediado, comenzaban las actuaciones. Los artistas eran en total cinco. Estaban Dorita y el señor Burriac; estaba Puchi Puchi, el guitarrista de cabellera rubia, que era francés, muy joven, y tocaba flamenco como si fuera clásico, y siempre encogido y con un pie en el palo de la silla; estaba el tenor, Navarro, que era muy serio y educado y cantaba Granada, Valencia, y algunas piezas de zarzuela; y por último un gitano que se llamaba Rafael. ¿Me escuchas, primo?

       —Sí, un gitano que se llamaba Rafael.

       —Rafael. De este gitano aprendí yo algunas cosas. Cantaba y tocaba algo la guitarra, y tenía una guitarra muy buena, de Ramírez, de pinabete y palosanto, barnizada como un caramelo, una auténtica joya, pero a ese hombre siempre le pasaba algo y, por una cosa o por otra, raramente actuaba. Eso sí, siempre estaba allí, dejándose ver, apartado de los demás, en un recodo de la barra que ya era suyo y todos respetaban. Allí vivía bien arranchado. Y siempre iba impecable, con traje de corte, corbata, zapatos como espejos, brillantina en el pelo, gemelos, pasador y sortija. Y siempre limpio como un escarlate. Era un espectáculo verlo. Estaba allí como expuesto, embebido en sí mismo, con la barbilla desdeñosa, sin dignarse mirar a los demás. Y no había día que no le ocurriera algún percance. A veces no podía cantar porque andaba mal de la garganta. Se la señalaba, carraspeaba, intentaba arrancarse y, como no le salía, meneaba la cabeza y volvía a engolfarse en su rincón. Su garganta era un caso. Incluso cuando no quería o no le convenía hablar, se tocaba también la garganta y hacía una morisqueta de dolor. Y, para demostrarlo, sacaba una pastilla de la tos, la enseñaba para que se viese que allí no había trampa ni cartón, se la echaba a la boca y se ponía a chupar. Y mientras chupaba, si le exigían algo, él se sacaba la pastilla en la lengua y se la señalaba con el dedo. Así que nadie le exigía nada ni se atrevía con él. Y cuando se veía en la obligación de cantar, lo hacía muy bajito, como esbozando, y el guitarrista tenía que acariciar sólo las cuerdas y apartarse del micrófono para no comerle la voz. Eso sí, tenía mucha gracia, y una hondura que daba escalofrío escucharlo. Así que, a las dos por tres, tenía que sustituirlo Navarro, que cantaba con grandes facultades pero con impostados y floreos de ópera, y entre él y Puchi Puchi hacían un flamenco muy raro, bonito pero raro, y como decía el señor Burriac cuando se ponía borracho y farfantón, aquello era como dos emisoras de radio que se interfieren y mezclan músicas de distintos países. Y, con la guitarra, le pasaba lo mismo. Hasta que se ponía a tocar, pasaba un mundo. Primero tenía problemas con las uñas. Entonces sacaba una lima y se las retocaba, pero siempre le quedaba alguna rebaba y no había modo de encontrar el punto. Y luego estaba la afinación. Ésa era otra. Podía estarse muy bien diez, quince, veinte minutos, afinando. Pero como era muy exigente, siempre había algo que no le convencía. Si afinaba los primeros trastes, le desafinaban los últimos. «Hace mucha humedad», decía. Si afinaba en do, le desentonaba en la. «Es el ambiente, que está muy cargado.» Si conseguía afinar por fin todo bien y a su gusto, al poner la cejilla se le volvía a destemplar. «Es que las cuerdas están todavía nuevas.» Y a empezar otra vez. Así que el público terminaba desentendiéndose de él. Y había noches en que decía: «Se ha destronado», y eso era ya lo máximo que se podía decir, y contra eso nada se podía hacer. Total, que a veces sólo tocaba las palmas, pero aun así con muchos escrúpulos, bajito, en sordina, y con la cara vuelta porque le parecía que los otros no iban bien a compás. De modo que muchas noches estaba allí sólo de adorno. Pero el señor Burriac decía: «Es un artista y necesita inspiración. Dejadle, que cante y toque cuando él quiera». Y por eso lo toleraba. Porque, por lo demás, era muy orgulloso. Más de una vez salía a cantar, o a tocar, y enseguida se mosqueaba porque la gente no atendía ni respetaba el arte sino que iba a lo suyo: hablaba, reía, comía, se removía, chupaba el marisco, y él se callaba entonces hasta que se hacía un gran silencio en el salón, todos desconcertados, y él miraba al público por encima, con desprecio, y luego se retiraba sin prisas, lleno de pompa y majestad. No le gustaba nada aquello de tocar en un restaurante, donde la gente iba a comer y a beber, y todavía menos actuar en el popurri de apertura. Para él aquello era rebajarse. Cuando yo llegué allí, él había conseguido ya el derecho de no engrosar la ronda. «Sólo participa», me dijo una vez un camarero, «cuando viene el Holandés. Entonces sí.» Fue la primera vez que oí hablar del Holandés. «¿Y ése quién es?», le pregunté yo. Y él se echó a reír. «¿Que quién es? ¡Mira lo que pregunta éste, que quién es el Holandés! Ya te enterarás cuando venga», y se alejó riendo. ¿Te va gustando mi historia, primo? ¿A que parece una novela?

       —Sí.

       —Pues espera, que todavía no ha llegado lo bueno. En cuanto a los números, los había de baile, de cante y de guitarra, y mixturados entre sí. Dorita Salvat bailaba una soleá ella sola, con Rafael o Navarro al cante y Puchi Puchi a la guitarra, y unas sevillanas y una guajiras con el señor Burriac. Las guajiras eran bonitas de verdad. El señor Burriac salía de habanero, con un sombrero de paja y una camisa de colorines cerrada sólo con un nudo, y todo era alegre y lleno de nostalgia. Rafael y Puchi Puchi hacían luego un solo de guitarra, a dos voces, que era un vals peruano bastante fácil de tocar, todo en la prima y sin apenas bajos. En fin, que allí todos iban saliendo y cada cual hacía lo suyo. Pero el número estrella era el zapateado de José Manuel Burriac. Era el gran momento de la noche, y sólo lo hacía cuando había mucho público y el ambiente era bueno. Se vestía de campero, con botos y zahones tachonados de plata, cascabeles en la chaquetilla, y muchos colgantes y fanfarrias, y en la faja una fusta con la que, en determinados pasajes, se golpeaba los botos, como si fuese galopando. También, remetida en la faja, una gran navaja cabritera. Y una manta zamorana terciada al hombro, con la que bailaba los primeros compases y de la que luego se desprendía tirándola a un lado, adonde cayera. Y el zapateado duraba exactamente cincuenta minutos de reloj. Era una verdadera prueba de resistencia. Primero Puchi Puchi le hacía un preludio muy suave de arpegio, mientras él salía y se quedaba quieto, perfilado y en pose, en el centro del tabladillo. Luego daba un taconazo y la guitarra se callaba y callada seguía hasta que, ya muy al final, en el último minuto, se incorporaba a la apoteosis para cerrar juntos el número. Era algo digno de verse, y se hacía en todo el local un gran silencio. A los quince minutos empezaba a sudar, por el esfuerzo y por los focos. Allí, en el zapateado, echaba afuera toda su furia y el desencanto de la vida. Toda su biografía, la historia de sus penas y de sus más lejanas ilusiones, la niñez, las dos guerras, la nostalgia y la rabia de España, todo se concentraba y concurría en ese número estelar. Era un alarde de fuerza y virtuosismo. Un día le oí decir: «El baile es la inconsciencia razonada. Todo es desorden y todo va a compás». Tiene miga la cosa, ¿eh? Era un filósofo, primo, te lo digo yo. Y un atleta. A veces un sostenido de tacón podía durar tres o cuatro minutos. Cuando se quitaba el sombrero y movía la cabeza, como torturado por un drama interior, salpicaba de sudor a los espectadores, los platos de comida, las copas, los manteles... Lo ponía todo perdido. Pero a la gente eso no le importaba. Le gustaba incluso. Le parecía auténtico, y que el sudor confirmaba la verdad sincera de aquel baile. Con la cara flaca y angustiada, y aquellos brazos resaltados de venas, recordaba a Cristo en sus últimos trances. Detrás, oculto por la cabellera esparcida, que parecía de oro, Puchi Puchi esperaba, inmóvil como estatua. Luego José Manuel Burriac, aquel gran Pepe Reus, se iba despechugando poco a poco y sacaba la fusta y, dándose con ella, divagaba por el escenario y por entre las mesas zapateando enrabietado. Pero después se sosegaba. Se quitaba la chaquetilla y bailaba con ella en la mano, muy suavemente. Cada vez más, cada vez más, haciendo con las puntas de los pies apenas un susurro. Y cada vez más. Hasta que casi no se oía. Todos aguzábamos la oreja y conteníamos la respiración para seguir aquel como cuchicheo, que luego iba creciendo, también muy lentamente. Y ahora más y más, y parecía que nunca iba a acabar de crecer. Y, de pronto, arrojaba la chaquetilla y el sombrero lejos, donde cayeran, y entonces era la apoteosis. Daba un grito ronco, feroz, entraba la guitarra con toda la fuerza del rasgueo, se encendía otro foco, taconeaba el bailaor que no se le veían los pies, gritábamos y palmeábamos todos desde dentro, jaleándolo, el público se erguía emocionado en sus asientos, hasta que de repente daba dos vueltas de vértigo y caía a plomo con las dos rodillas en tierra y la cabeza sumida en el pecho desnudo. El éxito era unánime. Y, con ese número, se cerraba la función muchas noches. Primo, tú no te puedes imaginar lo que es el éxito en el arte. Cuando te aplauden todos a rabiar, y gritan tu nombre, uno piensa: «Después de esto, ya me puedo morir» —y se quedó callado, como sobrecogido por la evocación.

        —Pero ¿tú llegaste a actuar en público, a vivir todo eso?

       —¿Que si llegué, que si viví? ¡Ay, Emilio, si tú supieras hasta dónde! ¿Por qué crees si no que te estoy dando tantos detalles de la historia? Ya verás como todos los pormenores tienen más tarde su porqué. ¿No te dije antes que ahora me llamo de otra forma?

       —¿Raimon?

       —No, no, ése es sólo el preámbulo. Ahora verás lo que pasó. Un día, Navarro tenía ronquera, la primera vez en muchos años. Llegó la hora de la ronda y allí Navarro quería cantar y no podía. Vez que lo intentaba, vez que se quedaba paralizado en un gran gesto mudo, como si hiciera figuras de orador. Rafael había sacado ya una pastilla y la chupaba en su rincón. Y el público esperando, y los artistas sin saber qué hacer. «¿Por qué no sale Raimon?», dijo entonces Dorita. Estaba en el taburete revisando las comandas y no levantó los ojos del papel, como si lo dicho no tuviera importancia. Y añadió: «Seguro que se sabe el repertorio». Y era verdad. Yo me lo había aprendido todo de memoria, y además con sus tonos y acordes. El señor Burriac me miró entonces de través, y con la misma mirada enfiló luego a su mujer, que seguía en lo suyo, y otra vez me miró a mí. «¿Te atreves?» «Yo sí.» «Pues andando», dijo él. Y salí. Me prestaron un guitarrucho que estaba colgado de adorno en la pared. Yo iba vestido de camarero, como es natural. Para remediarlo, alguien me puso un sombrero cordobés. Las paellas ya estaban en su punto y había que darse prisa. Salimos, hicimos la ronda, y al retirarnos todos me felicitaron y comentaron mi actuación. «Este Raimon tiene buena voz», decían. «Y flamenca.» «Y resulta gracioso.» «Está sembrao.» «Tiene un don.» Y Dorita: «Es un artista nato».

       —Se ve que esa Dorita estaba enamorada de ti.

       —Quién sabe. Pero el caso es que, desde ese día, salí todas las noches con la ronda. Y aunque al principio yo actuaba escondido en el grupo y con la cabeza gacha, muy pronto empecé a levantarla, y a destacarme, y a atreverme cada día a más. Incluso a veces los demás se callaban y me dejaban solo para que se oyera bien mi voz. Y yo me lucía con un garganteo, sin vergüenza y sin miedo al ridículo, y hasta daba unos pasos de baile en la rumba final, volteando la guitarra y arrastrando una pata como si la tuviera de momia. Y la gente me aplaudía a mí más que a los otros. Y luego, cuando me ponía otra vez de camarero, me llamaban y me entretenían en las mesas para darme la enhorabuena, y a veces me dejaban en la mano una propina al despedirme. Ése fue el principio. Porque un día el señor Burriac (yo ya lo veía venir) me dijo: «¿Te atreves a actuar tú solo?». ¿Y qué crees que le respondí yo, primo?

       —Que sí.

       —Y sin dudarlo ni un momento. «Pues prepárate un número.» «Ya está preparado.» Eran unos tanguillos de Cádiz con una letra picante que me sabía desde chico, y que yo mismo me acompañaba a la guitarra. A la noche siguiente, debuté. Y ahí, Emilio, es cuando yo comprendí verdaderamente lo que significaba aquella palabra: identidad. Comprendí que yo era un artista y que hasta entonces había vivido sin saberlo. Descubrí que había dentro de mí una fuerza secreta, un poder innato, una identidad que sólo ahora, al verme cara a cara ante el público, bajo la luz exclusiva de un foco, vestido con un traje que me habían prestado y rodeado de silencio, y ya sin vuelta atrás, me salió afuera y me llenó de inspiración y de valor. Canté y toqué de pie, con la vista alta y descarada. Cada vez más seguro, más consciente de mis facultades, de mi poder. Gustándome a mí mismo y recreándome en el número. De pronto me sentí audaz, me salí del tabladillo y me mezclé con el público, repartiendo la canción entre todos. Una mujer muy guapa, una belleza, se volvió en el asiento para verme pasar y yo me detuve y me incliné hacia ella y le canté a ella sola, en voz baja, para que no se enterasen los demás, y ahí la gente lo celebró con aplausos y risas, de modo que yo me animé y, sin haberlo ensayado, guiado sólo por la potencia del instante, me puse a esbozar un bailecito, un pasito aquí y otro allá, enseñando la punta del zapato y recogiéndome el vuelo de la chaqueta, insinuando filigranas que se quedaban en desplantes, y a voltear la guitarra y a pasármela por la cintura, y así me fui retirando hacia la barra entre el aplauso entusiasmado y general. ¿Qué te parece mi debut, primo?

       —No sé, que es extraño, así de golpe, sin haberlo hecho nunca.

       —Tú lo has dicho muy bien, es extraño. ¿De dónde me habrían salido a mí todos esos recursos, toda esa inspiración? Si hay milagros, Emilio, ése fue uno de ellos. Lo que hay dentro de uno, ¿quién lo sabe? Ahí descubrí yo lo que puede llegar a valer un hombre si él mismo pone el precio. En un momento, dejé de ser camarero y me hice artista. Mejoré mucho con la guitarra. Estudiaba cuatro o cinco horas diarias. Aprendí bien los palos y el compás. Aprendí falsetas que les cogía a unos y a otros, o que me inventaba yo mismo. Y Dorita me proporcionó unas cremas para las manos y me enseñó a cuidármelas. Pero, sobre todo, descubrí el secreto de tocar bien. Porque la guitarra tiene un secreto y todo el negocio consiste en dar con él. Si encuentras el atajo, la mitad del camino ya está hecha. En poco tiempo amplié el repertorio. Ahora tocaba y cantaba rumbas, bulerías, tangos, colombianas, y cuplés y boleros aflamencados, que tenían mucho éxito. Y el vals peruano, que a veces tocaba a dos voces con Rafael o Puchi Puchi, y también hacía una cajita de música con armónicos que llenaba de emoción al público. Pero el número estrella era una rapsodia de canciones y poesías de García Lorca que se llamaba precisamente así: Rapsodia lorquiana. Allí cantaba yo Los cuatro muleros, el Anda jaleo, El café de Chinitas, La Tarara, El zorongo, y entre medias recitaba fragmentos de romances. Un número que duraba unos quince minutos, y que hacía llorar y reír al auditorio, y tanto a los intelectuales como a la gente popular. A ti que te gusta la poesía, te hubiera gustado la Rapsodia. Ya me la escucharás. Y a veces, ya puestos, hasta me echaba un párrafo sobre el origen y el porqué del flamenco. Y el público, las burguesitas sobre todo, se quedaban embelesadas con mi disertación. Y más cuando les hablaba del padre del flamenco, de un músico de la Córdoba mora, un tal Ziryab, que quiere decir «pájaro negro», «oiseau noir», les traducía yo, «oiseau pour livre, noir pour tragique». ¿Me has entendido, primo?

 

©LUIS LANDERO


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