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ELLOS,
LOS VENCEDORES
 

por
©Joaquín
Leguina
Cuando se inauguró en la Residencia
de Estudiantes de Madrid la exposición que
conmemoraba el centenario del nacimiento de
Luis Cernuda. Distintos medios de
comunicación se hicieron eco de ello, pero
con una casi unánime “ausencia”, la del
hecho más significativo de la vida de
Cernuda: la tragedia bélica (1936-1939) y
la permanente amargura del exilio de quien
fue, sobre todo, un trasterrado. Un hecho al
que, una vez más, se le aplica la sordina
de la amnesia, como si aquí, tan cerca de
nosotros, no hubiera pasado nada, como si la
guerra y sus terribles secuelas concernieran
sólo a los historiadores.
Luis
Cernuda Bidón nació en la calle Conde de
Tójar (hoy Acetres) de Sevilla, el 21 de
septiembre de 1902 y murió en el exilio
mexicano el 5 de noviembre de 1963. Un
infarto en su maltratado corazón lo mató
en el domicilio de la escritora Concha
Méndez (la primera esposa de Manuel
Altolaguirre), donde vivía, en Coyoacán.
Está enterrado en el Panteón Jardín de la
capital mexicana. Un año después, en 1964,
saldrían a la luz sus textos de “Poesía
y Literatura II” que habían quedado
dispuestos para la imprenta cuando le
sobrevino la muerte. También ese año,
1964, Octavio Paz publicó “La palabra
edificante”, un ensayo, quizá el mejor,
sobre la obra del poeta sevillano.
Cernuda fue el menor de los tres
hijos de Bernardo Cernuda Bousa y de Amparo
Bidón y Cuéllar. Su padre, coronel de
Ingenieros, había nacido en Maguabo (Puerto
Rico) y murió en 1920. Luis Cernuda
estudió Letras en Sevilla, donde fue alumno
de Pedro Salinas, y también Derecho,
licenciándose en esta especialidad, que
nunca ejerció, en 1925. En 1927, con la
ayuda de Emilio Prados y Manuel Altolaguirre,
publicó “Perfil del aire”.
En 1928 murió su madre y él
abandonó Sevilla. Tras recalar en Málaga,
en octubre de ese año se estableció en
Madrid, desde donde partió, poco después,
hacia Toulouse, como lector de español, un
trabajo que le consiguió Pedro Salinas. En
la órbita surrealista publicó en 1931
“Los placeres prohibidos” y dos años
después, en 1933, ya en el entorno de la
revista de inspiración comunista
“Octubre”, que dirigía Rafael Alberti,
publicó “Invitación a la poesía”. En
1934 vio la luz “Donde habite el
olvido”.
La primera edición de “La realidad
y el deseo”, libro que construirá y
reconstruirá Cernuda a lo largo de toda su
vida, apareció en Madrid (Cruz y Raya,
Ediciones del Árbol) en 1936. El 21 de
abril de aquel año recibió un homenaje en
un banquete, en la calle Botoneras de la
capital, cuyo brindis pronunció Federico
García Lorca.
Tras
el golpe de Estado militar de julio de 1936,
Cernuda marchó a París como secretario del
embajador de la República, Álvaro de
Albornoz. De Francia regresó en septiembre
para enrolarse en las milicias populares que
combatían contra los franquistas en la
Sierra de Guadarrama. En la primavera de
1937 se trasladó, como tantos, a Valencia.
Allí vivió en la casa de Juan Gil-Albert,
donde también se alojaba entonces Ramón
Gaya.
Cernuda llegó a Londres para dar
unas conferencias en vísperas del acuerdo
de Munich (1938). Reunidos con Hitler y
Mussolini en aquella ciudad bávara, los
gobiernos de Inglaterra y Francia entregaron
Checoslovaquia a la voracidad de los nazis
y, de paso, hundieron para siempre cualquier
esperanza para la República española, que
en aquellos momentos luchaba por sobrevivir
en el Ebro. El Primer Ministro británico,
Neville Chamberlain, volvió de Munich
exhibiendo el papel firmado por Hitler y
asegurando que había conseguido “la paz
de nuestro tiempo”.
Un
año después, el primero de abril de 1939,
se hundía la República en España y tan
sólo cuatro meses más tarde las tropas
alemanas invadían Polonia, iniciando así
la Segunda Guerra Mundial. “La paz de
nuestro tiempo”, como ya había anunciado
Churchill, se había convertido en un
sarcasmo.
Cernuda
ejerció en Gran Bretaña de profesor,
primero en Surrey y más tarde en Glasgow.
En aquellos años en los que Inglaterra
resistió bajo las bombas (1940, 1941 y
1942) compuso las prosas de “Ocnos” y el
núcleo del poemario que llevaría el
título “Como quien espera el alba”. En
1943 y hasta el final de la guerra mundial,
fue lector de español en la Universidad de
Cambridge. Después, en 1947, partió para
los Estados Unidos y entre este país y
México transcurrió, básicamente, el resto
de su vida.
Acerca de la guerra civil, Cernuda
escribió: “Al comienzo de la aquélla [la
guerra civil] estuve en la
ignorancia de la persecución y
matanza de tantos compatriotas míos (los
españoles no han podido deshacerse de una
obsesión secular: que dentro del territorio
nacional hay enemigos a los que deben
exterminar o echar del mismo), mas luego
adquirí una consciencia tal de esos
sucesos, que enturbiaba mi vida diaria;
hasta el punto de que, fuera de mi tierra,
tuve durante años cierta pesadilla
recurrente: me veía allá, buscado y
perseguido. Sufrir de tal sueño es cosa
que, simbólicamente, me enseñó bastante
respecto a mi relación subconsciente con
España”.
Esa herida abierta del exilio, como
no podía ser de otra manera, influyó en su
obra y no hay derecho a ocultarlo ni a
edulcorarlo. Traeré a este propósito dos
poemas, el primero de ellos se titula “Un
español habla de su tierra” y fue escrito
durante su primer exilio, el británico.
Pertenece a “Las nubes” y está incluido
en su poemario, continuamente renovado,
“La realidad y el deseo”. Son versos
bien conocidos, porque Paco Ibáñez los
usó en una hermosa canción. Estoy en deuda
con este poema, pues a él se debe el
título de una de mis novelas, “Tu nombre
envenena mis sueños”, que Pilar Miró
llevó al cine en la que fue su última
película.
Las
playas, parameras
Al
rubio sol durmiendo,
Los
oteros, las vegas
En
paz, a solas, lejos;
Los
castillos, ermitas,
Cortijos
y conventos,
La
vida con la historia,
Tan
dulces al recuerdo.
Ellos
los vencedores
Caínes
sempiternos,
De
todo me arrancaron.
Me
dejan el destierro.
Una
mano divina
Tu
tierra alzó en mi cuerpo
Y
allí la voz dispuso
Que
hablase tu silencio.
Contigo
solo estaba,
En
ti sola creyendo;
Pensar
tu nombre ahora
Envenena
mis sueños.
Amargos
son los días
De
la vida, viviendo
Sólo
una larga espera
A
fuerza de recuerdos.
Un
día, tú ya libre
De
la mentira de ellos,
Me
buscarás. Entonces
¿Qué
ha de decir un muerto?
El
trallazo final, esos últimos, terribles y
premonitorios, cuatro versos resumen la
amargura de la ausencia, el dolorido sentir
del maltratado por el destierro, lejos de la
“madrastra de sus hijos verdaderos”, esa
España perdida a la que, sin nombrarla, se
dirige todo el poema para, primero,
describirla y para reprocharle sus
perversidades después, cuando los
vencedores, los “caínes sempiternos”
que de todo lo arrancaron, le dejaron tan
sólo el recuerdo de un nombre que envenena
sus sueños.
Estos
versos de Luis Cernuda nos llegan con todo
el dolor de la nostalgia. En el sentido más
literal de esa palabra, que en griego
significa, precisamente, “el dolor del
regreso”. Un regreso que resultó
imposible, un viaje que, sin embargo, el
poeta emprendió cada día, como Ulises,
durante el resto de su atormentada vida de
exiliado.
“La
existencia en Mount Holyoke,
(Massachussets), lugar de los Estados Unidos
donde Cernuda vivió impartiendo clases
durante algunos años, se me hizo imposible:
los largos meses de invierno, la falta de
sol (un poco de luz puede consolarme de
tantas cosas), la nieve, que encuentro
detestable, exacerbaban mi malestar”,
escribiría en 1958. Se le negaron, en
efecto, “la vida con la historia, tan
dulces al recuerdo”.
El
paso del tiempo le va a traer a Cernuda, a
sus versos, la amarga indiferencia, o el
rechazo, que aparece, sincera o sólo
despechadamente, en uno de sus últimos
poemas, cuyo título, “Es lástima que
fuera mi tierra”, es bien significativo:
Soy
español sin ganas
Que
vive como puede bien lejos de su tierra
Sin
pesar ni nostalgia. He aprendido
El
oficio de hombre duramente,
Por
eso en él puse mi fe. Tanto que prefiero
No
volver a una tierra cuya fe, si una tiene,
dejó de ser la mía,
Cuyas
maneras rara vez me fueron propias,
Cuyo
recuerdo tan hostil se me ha vuelto
Y
de la cual ausencia y tiempo me extrañaron.
La
vida y la historia de España, con el paso
de los años se le inundaron de
desesperanza: “Cuyo recuerdo tan hostil se
me ha vuelto”. Una tierra ya lejana, “la
tierra de los muertos, adonde ahora todo
nace muerto… en medio del silencio”
escribió Luis Cernuda en este mismo poema,
cuyo fragmento acabo de reproducir.
Quizá
los versos de Luis Cernuda expliquen mejor
que cualquier tratado histórico el
profundísimo desgarro moral que significó
la matanza y la subsiguiente persecución
que comenzaron en España un luminoso día
de julio en 1936 y que el retorno de la
democracia, con la deriva amnésica que
acompañó a la reconciliación, no ha
conseguido restañar. Recordar a Cernuda en
su centenario no puede quedarse en la blanda
glosa de sus hermosos versos. En ellos
también late, y late en carne viva, la
tragedia de España.
©Joaquín
Leguina 2002. Escritor,
expresidente de la Comunidad Autónoma de
Madrid y en la actualidad diputado
socialista en las cortes españolas.
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