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INVENTARIO PROVISIONAL O CANARIAS, ¿TIERRA SÓLO DE POETAS? 

 APROXIMACIÓN ACTUAL A LA NARRATIVA EN LAS ISLAS CANARIAS  (España)

por 

 ©Sabas Martín

  SABAS MARTÍN. Santa Cruz de Tenerife, 1954, escritor y periodista, es autor de una amplia obra que abarca los diferentes géneros literarios así como otras manifestaciones diversas de la escritura, entre ellas el periodismo o los guiones audiovisuales. En su bibliografía destacan los libros de poemas Títere sin cabeza (Premio Julio Tovar. 1978), Indiana Sones (1987), Peligro intacto (Premio Tomás Morales. 1991) y edición francesa, Péril intact (2001), Navegaciones al margen (1994), Mar de fondo (1996) y Cuánto necesaria (2000). Ha escrito igualmente las prosas poéticas de La luz del silencio en Tenerife (2002) y Música en las sombras (2003), ambos con fotografías de Tarek Ode . Como novelista ha publicado Nacaria (Premio Alfonso García Ramos. 1990), Los trabajos de Esther (1999), La heredad (2001) y La noche enterrada (2002).  Es autor de los libros de relatos Rastros sobre las olas (1991), La mano entre las líneas (1995) y Caja de ecos (2000). Una muestra de su teatro, representado en Canarias y Venezuela, está recogida en los volúmenes Las cartas de los náufragos (1987) y Teatro de maniobras (Premio Ángel Guimerá.1990).  Entre sus obras de ensayo figuran Ritos y Leyendas Guanches (1985, 1988, 1993, 1998 y 2001), José Mª de la Rosa, como un rayo de sombra (1993) y La Danza de la Muerte (2001). La Academia Nacional de la Historia de Venezuela publicó una selección de sus ensayos latinoamericanos con el título de Territorios del verbo (1992). Es autor de la edición de Noticias del cielo, de José de Viera y Clavijo (1993), del Estudio Previo de la antología de jóvenes narradores españoles Páginas amarillas (1997 y 1998), y coordinó el volumen Radio 3: 20 años. Una crónica de la cultura pop en España (1998). Ha sido traducido al francés, inglés, italiano, búlgaro y croata y figura en diversas antologías. Colaborador en numerosas publicaciones insulares, nacionales e internacionales, es columnista habitual de distintos periódicos.     

            Fue Director del Teatro de Cámara del Círculo de Bellas Artes de Tenerife y del Teatro Experimental Universitario de Canarias. Jefe de Redacción en Radio Nacional de España, ha obtenido por su labor los premios nacionales de periodismo radiofónico Justicia y Paz (1983) y Amigos de la Tierra (1984). Actualmente es Coordinador de Programas Especiales de Radio 3 y ejerce diariamente la crítica literaria en su programa Los Libros en Radio 5.

 

“Canarias es tierra de poetas”. La preeminencia de esta afirmación es tal que, a lo largo del tiempo, desde la Edad Media o Prerrenacimiento –que es cuando Canarias es incorporada al suceder histórico español- hasta bien entrado el siglo XX, el sentir general que se encierra en esa frase ha llegado a convertirse en sentencia categórica asumida como una realidad natural pocas veces cuestionada. Una sentencia que, fuera de las fronteras insulares, ha contribuido a propagar la idea de que en Canarias la novela, la narrativa, la prosa, en general, no existe. O, cuanto menos, que nos hallamos ante un fenómeno más episódico que continuo. No en vano, la primera muestra de la literatura canaria aborigen que se conserva es la célebre Endecha guanche de la isla del Hierro, recogida por el ingeniero italiano Leonardo Torriani. No en vano también, el primer ejemplo de literatura canaria en castellano pertenece asimismo al dominio de la poesía: los triestrofos monorimos de las Endechas a la muerte de Guillén Peraza. Y no en vano igualmente, y como ejemplo de la permanente proyección americana del Archipiélago, fue un canario, José de Anchieta, nacido en La Laguna, Tenerife, en 1534, quien dio carta credencial a la lírica –y la dramática- de Brasil. Y, aún más, fue otro hijo de las islas, Silvestre de Balboa, venido al mundo en Gran Canaria veintinueve años después que Anchieta, quien a mediados del siglo XVII fundó la poesía cubana, al decir de Lezama Lima, con su obra Espejo de paciencia, compuesto en octavas reales. Y éstos son sólo algunos ejemplos entre tantos otros posibles.

            A partir de ahí, la memoria literaria insular cifra sus logros más universales fundamentalmente en el dominio de la lírica contemporánea: del Modernismo con Tomás Morales como máximo exponente, hasta el Surrealismo, que alcanzó en Canarias una de sus más altas y originales cotas expresivas  vertebradas en torno a la generación que hizo posible esa extraordinaria aventura vital, artística y literaria que fue la revista Gaceta de Arte –aunque muchos años después Domingo Pérez Minik tuvo que recordárselo a la España peninsular con su Facción española surrealista de Tenerife (Tusquets Editor, Barcelona, 1975)-, y que truncó la guerra civil. Antes, cabe la mención obligada de neoclásicos e ilustrados como Tomás de Iriarte, casi el único escritor canario presente en los manuales de literatura española por mor de sus Fábulas literarias –en verso, no lo olvidemos-, y José de Viera y Clavijo, el gran historiador, pensador enciclopedista, amigo de Voltaire.

            Sea como fuere, lo cierto es que hasta Galdós, la conciencia histórica literaria apenas concede crédito, con capacidad de irradiación foránea, a la narrativa canaria. (Otra cuestión es si el autor de los Episodios nacionales es más madrileño que canario, algo que podría extrapolarse, entre otros, al dramaturgo Ángel Guimerá y Cataluña. En cualquier caso, y lo aviso desde ahora, en esta aproximación que aquí apuntamos, al hablar de literatura canaria englobamos tanto la literatura hecha en Canarias como la debida a escritores canarios radicados fuera del marco geográfico insular). Como digo, el tópico insiste en que en Canarias sólo ha existido la poesía como tendencia dominante hasta generosamente andado el siglo XX. Y esto, como se puede sospechar, es una media mentira sustentada tanto en rutinas clasificatorias acomodaticias como en el desconocimiento o el olvido. Pero también es -¿a qué negarlo?- una media verdad. Y como toda verdad a medias, algo tiene de cierto.

 ALGUNOS ANTECEDENTES

No es momento ni oportunidad ahora de hacer una revisión crítica de la imagen transmitida de la Historia de la Literatura Canaria para deshacer tópicos y, no contraponer, sino acompañar o completar esa imagen del abundante caudal poético que impregna las letras canarias desde su origen. Pero sí es ocasión propicia para, aunque sólo sea a manera de apunte recordatorio, señalar algunas características y momentos singulares en la configuración del devenir literario insular.

            Como por ejemplo, que después de la conquista normanda y castellana, la cultura de las islas se abrió a la relación intelectual con Italia, Francia y Países Bajos, además de la Península, al tiempo que en el Archipiélago se recreaban, con aportaciones vernáculas, manifestaciones populares de la literatura hispánica, como ocurrió con el Romancero. Con el Romanticismo, y al igual que toda Europa, Canarias recibe los ecos de los mundos germánico, nórdico y anglosajón, que se simultanean con el gusto clásico y oriental. El modernismo afirma, hasta hoy mismo, la permanente vinculación americana, incidiendo en un fecundo mestizaje que, junto al universalismo y el talante liberal, constituyen algunos de los rasgos de impronta superior de la literatura canaria.

            En ese acontecer literario, y hasta el siglo XIX, además del continuo fluir poético, habría que constatar la importancia de la prosa histórica (Juan Abreu y Galindo, Marín y Cubas, Núñez de la Peña, Viera y Clavijo...) y la obra conceptual y de pensamiento de autores como el Vizconde del Buen Paso, Cristóbal del Hoyo, y el casi legendario José Clavijo y Fajardo, antecedente de Larra y el 98 y uno de los fundadores del periodismo español. El Romanticismo canario subraya un acentuado isleñismo regionalista, además de un liberalismo que transciende lo estrictamente político para integrarse como profunda actitud literaria, según ha señalado Antonio de la Nuez Caballero en Breve Historia de la Literatura Canaria (El Museo Canario, Las Palmas de Gran Canaria, 1977). Las sátiras de Graciliano Afonso, que tuvo que expatriarse a América, son claro exponente de este último aspecto. Con Nicolás Estévanez, sólido realista en prosa, además de poeta, la ironía isleña, no exenta de estoicismo, alcanza una intensa definición. La escritura memorialística de Domingo José Navarro y la vocación historiadora de Francisco Fernández de Betherncourt, preparan el culmen del Realismo galdosiano.

            Los inicios del siglo XX literario en Canarias transcurren bajo la sombra de los Millares y su célebre tertulia y “teatrillo” en donde poetas, novelistas, dramaturgos y periodistas avivaron fuertemente el quehacer cultural sin que tampoco les fueran ajenas disciplinas como la historia, el folklore, o la lingüística. La ciencia europea tenía igualmente una clara implantación insular con el que fuera fundador del Museo Canario, el doctor Gregorio Chil y Naranjo. Junto a la labor de los intelectuales agrupados en el círculo Millares en Las Palmas de Gran Canaria, en la crónica no poética de la literatura del Archipiélago, hay que mencionar las narraciones y la prosa de ensayo y crítica de Francisco González Díaz. Ángel Guerra es ejemplo de la presencia de un crítico canario en la literatura universal a través de la prensa. A él debemos, además, La lapa, que descuella entre todas las novelas regionalistas. Emparentado con la generación de Ortega, Domingo Doreste, “Fray Lesco”, es exponente del ensayo isleño, tarea que sumó a la creación, en 1917 con Juan Carló, de la Escuela Luján Pérez, enclave de creación artística, promotora de fructíferas aventuras estéticas. Por otra parte, el periodismo atento a los nuevos movimientos literarios contó con Prudencio Morales. Y el teatro, con Santiago Tejera, músico también, y autor de La hija del Mestre, la que fuera primera obra teatral llevada al cine en Canarias.

            El Modernismo supuso el otro hito literario del siglo antes de que las vanguardias históricas encontraran en las islas uno de sus territorios más propicios y luminosos. Pero los modernistas no fueron sólo poetas. En este recuento que aquí apuntamos es inevitable destacar a Alonso Quesada, pseudónimo de Rafael Romero, poeta mayor y autor de unas singulares Crónicas de la ciudad y de la noche, así como de Smoking room, colección de cuentos que ofrece un sorprendente retrato de la colonia inglesa en Canarias. Alonso Quesada nos dejó también un drama simbólico, La Umbría, que anticipa el universo sin límites entre la vida y la muerte del Pedro Páramo, de Juan Rulfo. A otro poeta modernista, Saulo Torón, se debe el impulso del teatro insular popular.

            Ya fuera del marco de la generación en que comenzó, Claudio de la Torre, viajero por París y afincado en Madrid, es uno de los mejores representantes del teatro de vanguardia, sobre todo con Tic-Tac, de entre otros de sus muchos títulos, y sin olvidar tampoco su obra como novelista de la que En la vida del Señor Alegre es buena muestra. Y, así, el vértigo de las vanguardias llega a Canarias para adquirir identidad propia y su mayor expresión en la revista Gaceta de Arte. Pintura, poesía, narrativa, crítica ensayo... todos son géneros que alcanzaron cotas superiores de expresividad en los miembros de esta generación: Eduardo Westerdhal, Pérez Minik, García Cabrera, López Torres, Juan Ismael, José Mª de la Rosa, Gutiérrez Albelo, Agustín Espinosa... De Agustín Espinosa es Crimen, la gran novela surrealista española. Quizás la única.

            Detengamos aquí el recuento y recapitulemos. Literatura canaria: poesía, sí, y de primer orden, pero también prosa histórica, obra de pensamiento, periodismo, sátiras políticas, memorialismo, folklore, lingüística, ensayo científico, crítica, teatro... y, por supuesto, narrativa. Todo un amplio repertorio de géneros, con algunas aportaciones señeras y transcendentes que, aún hoy, merecen una más rigurosa y profunda revisión para valorar en su justa medida la calidad que las singulariza en el panorama de la literatura española. Algunas aportaciones, digo, no todas, pero sí bastantes más de lo que la rutina y el tópico han transmitido y siguen haciéndolo. Aportaciones, insisto, que constatan que, junto a la poesía, los rostros múltiples de la prosa se han asomado al espejo de la historia literaria de las islas. Y uno de esos rostros múltiples de la prosa, evidentemente, ha sido la narrativa. Porque pareciera que sólo a partir de los años 70, como veremos, ha sido cuando en Canarias la narrativa ha alcanzado su estruendosa eclosión, si no su nacimiento mayor. Pero ¿por qué esa sensación?

 

DEFINIR Y EXPLICAR

En otro lugar he escrito -siguiendo la terminología de Jorge Rodríguez Padrón- que la poesía es, por esencia, definición, en tanto que la novela es explicación. En un primer momento de nuestra historia literaria contemporánea han sido los poetas los que se han ocupado en definir lírica o míticamente nuestra realidad, nuestro lugar en el mundo y nuestra forma de estar en él. Se trataba de afirmarnos, de confirmar nuestra existencia en los pliegues de la Historia. Pero en los últimos años, sólo esa definición de nuestro ser insular no ha sido suficiente. Hemos comenzado a interrogarnos sobre nosotros mismos, sobre nuestra memoria, sobre la realidad que configuramos, Hemos sentido la necesidad de buscar nuestras más profundas señas de identidad para explicarnos ante nosotros mismos y ante los otros. Entonces ha sido el turno preponderante de los novelistas. Entonces fue el momento de la Nueva Narrativa Canaria. En nuestros días, la búsqueda continúa. A diferencia del período anterior, las nuevas generaciones de escritores han asumido esa búsqueda sin traumas ni complejos y, en ocasiones, con claro carácter reivindicativo de las singularidades que configuran una identidad canaria diferenciada. Ese sentido no lastrado de la creación literaria, esa urgencia para explicar la memoria y la identidad insulares, ha sido lo que marcó en su origen lo que se dio en llamar el “boom” de la narrativa canaria de los 70, y lo hizo con un ímpetu y una nómina de novelistas nunca antes visto. Era un fenómeno inédito en la literatura canaria y de ahí su repercusión, su preponderancia, las expectativas suscitadas. El fenómeno, susceptible de valoraciones diversas con el suceder del tiempo, se prolonga en el presente con unos autores que siguen desarrollando una obra viva y en crecimiento. A ellos se han sumado nuevos nombres, configurando un panorama de coexistencia de generaciones.

            (También he escrito en otra parte que, aunque haya que entenderlo más como el resultado de empeños individuales que de planteamientos plurales o colectivos, transcurridos algunos años del fenómeno del “boom” de la ya bautizada como Nueva Narrativa Canaria, se ha producido un resurgimiento de la poesía frente a la cierta relegación en que había caído tras el auge narrativo de los 70. Una relegación que tenía mucho que ver, dicho sea de paso, con el “espectáculo” promocional editorial que primaba a los novelistas frente a los poetas. En la literatura actual del Archipiélago es ciertamente constatable la abundancia de escritores que simultanean con acierto poesía y narrativa –y otros géneros-, algo que en años anteriores estaba limitado a unos pocos. Entiendo que la asunción sin traumas de la búsqueda de la identidad, acudiendo indistintamente a ambos géneros, a la definición y a la explicación literarias, tiene mucho que ver con esta orientación. Como si los últimos escritores canarios tratasen de componer una imagen más completa y complementaria de sí mismos y de su realidad presente. Pero ésta es otra historia).

 

AÑOS 70. NUEVA NARRATIVA CANARIA

Como apuntaba antes, un cúmulo de circunstancias, tanto sociales, como editoriales, como de estricta creación literaria, favorecieron el auge, inusitado hasta entonces, de los narradores canarios en los años 70. El fenómeno ha sido lo suficientemente analizado por Jorge Rodríguez Padrón, tanto en su Una aproximación a la Nueva Narrativa en Canarias (Aula de Cultura de Tenerife, Santa Cruz de Tenerife, 1985) como en su exigente y polémica revisión crítica 30 años después en Narrativa en Canarias: compromiso y dimisiones (Tauro, Canarias, 2002), como para abundar en ello, ya sea desde la ratificación o –seguramente por parte de los escritores implicados- desde la tentación de la discrepancia. Recordemos, sin embargo, algunos puntos esenciales.

            Un poco al socaire del éxito editorial protagonizado por el también onomatopéyicamente bautizado “boom” de la narrativa hispanoamericana (García Márquez, Cortázar, Vargas Llosa, Fuentes...), el mercado editorial español quiso trasplantar el suceso a las fronteras nacionales y tanteó distintas opciones con marchamo de etiqueta. Una fue la de los narradores andaluces y otra la de los de Canarias, en algunos medios calificados estrambóticamente de “narraguanches”. Junto a la oportunidad editorial, otras circunstancias favorecieron el proceso en las islas: la convocatoria del Premio Benito Pérez Armas y del Pérez Galdós; la labor continuada de atención y difusión en revistas y suplementos literarios de periódicos; la aparición de nuevas editoriales insulares y de colecciones auspiciadas por el Gobierno Autonómico; la celebración de jornadas, mesas redondas y debates; la dedicación periodística de muchos de los nuevos narradores, junto a otros con incidencia en los circuitos universitarios y educativos; un incipiente sentimiento nacionalista; el fin de la Dictadura... En aquel caldo de cultivo se gestaron una importante cantidad de novelas surgidas de la pluma de Juan Cruz Ruiz, Fernando G. Delgado, Luis Alemany, Alberto Omar, Víctor Ramírez, J.J. Armas Marcelo, Luis León Barreto, Leopoldo O’Shanahan, Emilio Sánchez Ortiz, Juan Manuel García Ramos, Luis Ortega, Juan Pedro Castañeda, Elfidio Alonso... (Incluso podrían sumarse los nombres de Orlando Hernández, Esperanza Cifuentes, Pedro Perdomo Azopardo, José Luis Morales y hasta el de Alberto Vázquez Figueroa, pero sus planteamientos y estilo de escritura se apartan del espíritu y actitud que caracterizó la entonces nueva narrativa).

Fue el arranque de un vértigo envolvente que, con el paso de los años, se ha ido incrementando, dispersando, fracturando e incluso desapareciendo según cada una de las trayectorias individuales de estos novelistas. Pero aquel momento inicial supuso que, desde fuera de las islas, se concediera una atención esmerada a lo que desde allí venía. Y que los narradores canarios rompieran el tradicional cerco insular del aislamiento apareciendo en editoriales peninsulares: Plaza y Janés, Akal, Noguer, Taller de Edciones J.B., Prometeo... (Editoriales que, andados aún más los años y hasta ahora mismo, incrementan su nómina con la incorporación de Alfaguara, Planeta, Seix-Barral, Argos-Vergara, Fundamentos, Muchnik, Siruela, Ollero-Ramos, Alba, Espasa y algunas otras que también han acogido la obra de autores posteriores: Mondadori, Cátedra, GrupoLibro. La Palma, Toro de Barro, Libertarias, Roger Editor, Del Oeste Ediciones, Celeste, Anaya...).

            La narrativa canaria de los 70 estableció un momento casi fundacional, con una proyección y una repercusión, como se ha dicho, nunca antes vista. Aquellos novelistas –muchos de los cuales aún siguen produciendo obras, no lo olvidemos, junto a otros que permanecen en el silencio-, en un proceso que podría tener su paralelismo con los narradores hispanoamericanos de la época, establecían los cimientos de una tradición, apuntalando o, incluso trascendiendo, los ecos que procedían del pasado. Un pasado que, como hemos señalado, no estaba hecho sólo de poesía. Pero la imbricación con lo anterior no se remontaba demasiado atrás en el tiempo. Y como ocurrió con el “boom” hispanoamericano que propició la revitalización de sus mayores (Borges, Onetti, Asturias...), con los nuevos narradores canarios se recuperaron algunos de los narradores pertenecientes a la generación que había padecido el rigor oscurantista de la postguerra –la denominada generación del bache o generación escachada- que fueron co-partícipes del emerger de la nueva narrativa. Escritores como Alfonso García Ramos, Isaac de Vega y Rafael Arozarena se sumaban a los autores nacidos en los años 40, produciéndose así un punto de confluencia que reunía a quienes,  nacidos en los años 20 y 30,  habían publicado con esfuerzo y discontinuidad en las décadas del 50 y 60. (Este proceso de recuperación y revalorización de autores anteriores tendrá su continuidad, e incluso con mayor empeño, en los años 80 y 90, donde los escritores que suceden a los del 70 se ocupan de una de las corrientes literarias más originales, radicales y sorprendentes de la historia literaria insular: el grupo Fetasa, que toma su nombre de la novela homónima de Isaac de Vega. Éste, junto a Rafael Arozarena, y con Antonio Bermejo, José Antonio Padrón y Francisco Pimentel son el núcleo originario de los fetasianos, cuya irradiación se manifiesta en ciertas tendencias y complicidades de la Narrativa Canaria Última).

            Del aquél cúmulo de circunstancias que auspició la aparición de la Nueva Narrativa Canaria –cuyos autores no mantuvieron ni se presentaron con deliberada actitud de grupo- brotó un cierto espacio intelectual en el que confluían varias tendencias: del realismo al experimentalismo, del barroco al despojamiento, del sarcasmo al vacío existencial, de la crónica interiorizada a la evocación lírica, de la lúdica ironía a un irracionalismo onírico, de lo histórico a lo cotidiano, de lo urbano a lo rural... Todo un torrente expresivo, en suma, que conmocionaba el panorama literario peninsular enfrascado en espesos estructuralismos. Y todo ello, expresado con el atrevimiento, frescura y transgresión verbal que supone la indagación en el lenguaje y sus límites. Por diversos procedimientos, aquella novela emergente se aventuraba en los recovecos de la memoria histórica insular y en la recuperación de las señas identificatorias, concitándose en torno a un mismo eje, aunque éste se revistiera de rostros plurales. Ese eje vertebral era la isla, o, más precisamente, según precisó Jorge Rodríguez Padrón, un “universo-isla” que, más allá de los estrictamente geográfico, configuraba una suerte de paradigma de comportamientos, de lenguaje, de moral, de actitud ante la historia y la sociedad. Fetasa, de Isaac de Vega, Mararía, de Rafael Arozarena, Guad, de Alfonso García Ramos, Crónica de la nada hecha pedazos, de Juan Cruz, La canción del morrocoyo, de Alberto Omar, Tachero, de Fernando G. Delgado, Migajas, de Luis Ortega, Cada cual arrastra su sombra, de Víctor Ramírez, El camaleón sobre la alfombra, de J.J. Armas Marcelo, Ulrike tiene una cita a las 8, de Luis León Barreto, Los puercos de Circe, de Luis Alemany, PDMa3S, de Emilio Sánchez Ortiz, Bumerán, de Juan Manuel García Ramos, La despedida, de Juan Pedro Castañeda, Antípodos, de Alfonso O’Shanahan, Con los dedos en la boca, de Elfidio Alonso... fueron los títulos primeros que afianzaron en un corto espacio de tiempo la potencia de aquella narrativa canaria de los 70. Fueron, como digo, títulos inauguradores. La mayoría de sus autores –algunos de los cuales se han radicado fuera de la isla- siguen empeñados en la escritura con dispar resultado y ya sin esa impronta grupal que los envolvió en sus inicios, aún sin pretenderlo. El devenir posterior individual requiere un análisis particularizado de la trayectoria y las novelas de cada uno de estos escritores, con la valoración pertinente –ya sea en sentido positivo o lo contrario- de su evolución. En cualquier caso, es indudable la expectación y la renovación que han aportado a la narrativa insular.

 

DESPUÉS DE LOS 70. NARRATIVA CANARIA ÚLTIMA

No han sido tan propicias, como lo fueron para sus predecesores, las circunstancias extraliterarias que han acompañado la continuidad generacional de la narrativa canaria. En el progresivo empobrecimiento de la temperatura cultural de las islas (algo que parece haber comenzado a remitir, aunque sólo sea parcialmente y a costa de esfuerzos individuales, en los años que marcan el fin y comienzo de siglo), en los 80 hay que anotar: la desaparición de revistas y suplementos culturales así como de sellos editoriales decisivos en la etapa anterior –Inventarios Provisionales, Taller de Ediciones J.B.-, a los que se sumó la colección “Nuevas Escrituras” del Gobierno de Canarias concebida para dar a conocer a jóvenes escritores; la escasa atención crítica a los nuevos narradores; la poca repercusión y difusión de los premios literarios; y, además, la práctica incomunicación y desconocimiento mutuos entre islas. Ciertamente, algunas nuevas editoriales surgen en esos momentos, como Interinsular o Edirca –que configuran su fondo fundamentalmente con clásicos, sin asumir el reto de apostar por lo nuevo-, y también Centro de la Cultura Popular Canaria, Benchomo, Baile del Sol o los cuadernos artesanales dedicados a la Narrativa Canaria Última. Igualmente florecen revistas, pero tienen en lo efímero su signo.  El panorama no es tan halagüeño como en la década anterior, porque, entre otros factores, falta una voluntad aglutinadora, un impulso coyuntural que vuelva favorable la oportunidad. Y, aún más. La industria editorial canaria de a partir de los 80 se ve relegada por el mercado editorial peninsular que somete sus productos a unos determinados baremos en donde prima la banalización comercial frente a la trascendencia, la calidad y el riesgo literario.

            Igualmente se produce una “territorialización del yo” –en expresión de Juan José Delgado- como respuesta quizás a la insatisfacción, el descreimiento, la incomunicación, la soledad, que la realidad histórica provoca. Esa actitud, tanto literaria como vital, esa forma de situarse el novelista ante el mundo se traduce en una multiplicidad de tendencias y en una incertidumbre individual que no permite a los nuevos escritores una cohesión semejante a sus inmediatamente predecesores. Asimismo, la fuerte subjetividad que impregna esta postura incide, igualmente, en que en Canarias prolifere, tanto en cantidad como en calidad, el género del cuento, del relato o la novela corta, hasta el extremo de que más de uno de los nuevos escritores no haya transitado aún por la narración de más amplio aliento. (Como anotación al margen digamos que podemos encontrar una lúcida y esclarecedora visión del género cuentístico canario en El cuento literario del siglo XX en Canarias. (Estudio y antología) (Cuadernos de Literatura Ateneo de La Laguna, Tenerife, 1999), debido a Juan José Delgado). Así, con ese acérrimo individualismo, el concepto de grupo, la noción de corriente o movimiento, todo lo que suene a posible comunidad de planteamientos no tiene aquí cabida, al menos desde la sensibilidad particularizada de estos últimos narradores canarios. La independencia aparece como la mejor consigna. Y, junto a ello, una cierta ingenuidad que les llevaba a reclamar la misma intensa atención, editorial y mediática, que tuvieron los del 70. Pero, como digo, las circunstancias eran distintas. Se ha hablado acerca de si desde la narrativa del 70 en adelante se produce un proceso de continuidad o de ruptura. (Véase II Encuentro de Narrativa Canaria. Narradores canarios hacia el fin de siglo, de VVAA. (Ateneo de La Laguna, Tenerife, 1996), una esclarecedora visión del conjunto de la más reciente narrativa canaria). Ni una cosa ni otra. O ambas cosas a la vez. Quizás lo que haya cambiado, y profundamente, sea la sociedad. Quizás la tan traída y llevada postmodernidad haya dejado como legado en el entramado social una desideologización, una abúlica apatía, un mortal desinterés que alcanzó, para su daño, a los agentes culturales.

            En cualquier caso, la nómina de escritores canarios que frecuentan la narrativa a partir de los 80 –varios tenían obra ya en otros géneros- es abundantísima, casi desmesurada. (Por supuesto el término de “generación”, más allá de la comodidad clasificatoria, no implica compartimentos estancos y, en muchos casos, las fronteras entre unas y otras son territorios lábiles.. Entiéndase, pues, que también los narradores de generaciones anteriores han seguido publicando, produciéndose la confluencia simultánea de hasta tres generaciones, y de una aún incipiente despuntando, con libros publicados en Canarias y en la Península). A título de ejemplo, en Narrativa Canaria Última (Baile del Sol/Ayuntamiento de La Laguna, Canarias, 2001) –que es la edición en un único volumen de los cinco cuadernillos coordinados por Ricardo García Luis con ese mismo título en 1987- aparecen 26 cuentos de otros tantos nuevos narradores nacidos la mayoría en torno a los años 50, y algunos otros anteriores de los que tan sólo Luis León Barreto contaba con obra publicada adscrita a la generación precedente. Quede constancia de sus nombres: Roberto Cabrera, Lorenzo Croissier, Juan José Delgado, Ricardo García Luis, José Zamora, José Carlos Cataño, Ignacio Gaspar, Sabas Martín, Manuel V. Perera. Dulce Díaz Marrero, Agustín Díaz Pacheco, David Galloway, Emilio González Déniz, Juan Manuel Torres Vera, Félix Francisco Casanova, Antolín Dávila Sánchez, Ernesto García Cejas, Alberto Linares, Jesús Rodríguez Castellano, Yolanda Soler Onís, Nieves Cubas Armas, Cándido Hernández García, I. Raúl Mora del Castillo, Juan José Bethencourt Rodríguez y Marcelino Rodrígues Marichal... Una nómina apabullante, pero aún incompleta. Porque –sabiendo que me excedo- cabe aún añadir a esta prolija relación otra semejante que incluye a: Víctor Álamo de la Rosa, Nicolás Melini, Domingo-Luis Hernández, Daniel Duque, Luis Junco Ezquerra, Cecilia Domínguez Luis, María Belén Castro, Antonio Perdomo Betancor, Dolores Campos-Herrero, Cristina R. Court, Manuel Espinosa, Miguel Ángel de León, Jaime Mir, María Matilde García Lasso, José Ezequiel Pérez, Anelio Rodríguez Concepción, José Ervigio Díaz Marrero, Álvaro Marcos Arvelo, Paula Nogales, Mª de los Ángeles Teixeira, Sinesio Domínguez, Ana Criado, Mª Teresa de Vega, Ernesto J. Rodríguez Abad, Ricardo Hernández Bravo, Ángel Sánchez, Agustín Quevedo, Ricardo Peyrat...

            Quizás esta “guía telefónica” de narradores canarios –incompleta, por demás- sólo nos indique que en Canarias es relativamente fácil publicar cuentos o, cuanto menos,  figurar en antologías del género. Quizás todo este mazacote de nombres sólo nos alerte sobre la visceral necesidad de explicar  -de nuevo la palabra, de nuevo la actitud vital y literaria- la realidad, para intentar comprender el desasosiego y la incertidumbre del tiempo contemporáneo y el lugar que, como isleños, ocupamos en él. O quizás tanta desmesura nominal no implique ningún criterio valorativo y responde sólo a meras razones circunstanciales, sin que literatura y vida, compromiso y autenticidad, se unan necesariamente en la escritura. Porque hablamos de autores de cuentos y no todos los autores de cuentos son, además, novelistas. Es lo que ocurre, como apuntaba antes, con muchos de los aquí citados: que no han abordado –y en absoluto pienso que entre novela y cuento se produzca la diferenciación de “género mayor o género menor”- el relato extenso. Y aún otro factor a considerar: que otros tantos de estos últimos narradores no han manifestado continuidad. Una novela sola no hace a un novelista. (Salvo excepciones, que ahí está Rulfo para contradecir la norma). Y es que lo difícil no es abandonar la condición de inéditos, sino añadir nuevos títulos a los inaugurales. Quizás las precarias estructuras culturales de las islas, los sempiternos problemas de difusión y distribución del libro, la imposible competitividad del sistema editorial canario frente al peninsular, la escasa o nula planificación administrativa, la apatía mediática, todo eso que configura un panorama en donde lo que se da es la improvisación, la errancia y las contradicciones, los movimientos sincopados, haya añadido la desesperanza al desaliento y haya hecho que tantos escritores no consumasen una trayectoria continuada. Eso, y la criba inevitable del tiempo.

            Porque de ese centón de narradores canarios surgidos desde los 80 hasta el presente, algunos muestran una obra lo suficientemente amplia y consolidada –incluso con publicaciones en editoriales peninsulares y, en un par de casos, de fuera del territorio nacional- como para merecer un estudio particularizado. Al margen de ciertas posibles notas comunes que, aunque sea de forma tangencial, puedan relacionar a estos escritores, y abolida, como se ha visto, cualquier otra voluntad de constitución de grupo o movimiento que no sea la dada por la cronología, estos escritores, como digo, reclaman el mismo planteamiento crítico que cualquier otro en igualdad de condiciones. Esto es: el análisis de su obra, su propia coherencia, la calidad que la designa. Eso, en primer lugar. Luego, lo que aporta o significa dentro de la tradición literaria a la que pertenece y, aún más allá, su significación dentro de las corrientes de la literatura universal. Esa tarea nos excede ahora, pero no el apuntar al menos una docena de los nombres y las obras más significativos de esa narrativa canaria actual, viva y emergente pese a todo.

            Juan José Delgado (Valle de San Lorenzo, Arona, Tenerife, 1949) autor de los relatos de Estantigua (1988) y las novelas Canto de verdugos y ajusticiados (1988) y La fiesta de los infiernos (2002). Su narrativa presenta una poderosa ironía y una sorprendente capacidad para transmutar a niveles más profundos la apariencia de la realidad, en una recreación de lo que él mismo denomina como “neo-esperpento”.

            Emilio González Déniz (Gran Canaria, 1951) autor de las novelas Tiritaña, Bolero para una mujer, El llano amarillo, La mitad de un credo (todas en 1985), El obelisco (1986) y Bastardos de Bardinia (1991), muestras de una versatilidad estilística de la que se vale el autor para trazar historias próximas a la novela histórica. El suyo es un universo en el que el pasado insular es mitificado como vehículo de exploración de la complejidad de sus personajes.

            Agustín Díaz Pacheco (La Laguna, Tenerife, 1952) autor de los relatos de Los nenúfares de piedra (1981), La cadena de agua y otros cuentos (1984), La rotura indemne y La red (1986) , La mirada de Plata (1993) y Proa en nieblas (1999) y la novela El camarote de la memoria (1987). Narrador de gran intensidad expresiva y sólido dominio verbal, sus historias remiten a un trasfondo mítico en donde las fronteras entre lo real y lo imaginado se confunden, en una reflexión trascendente del ser.

            Antolín Dávila (Vega de San Mateo, Gran Canarias, 1952), autor de las novelas Una orla para todos (1988), La calle de la concordia y El cernícalo (ambas en 1989),  en donde practica una suerte de mágico realismo en medio del que sus personajes transitan en un incierto destino, sometidos a los avatares de unas fuerzas de oscuro origen.

            Sabas Martín (Santa Cruz de Tenerife, 1954) autor de los relatos Rastros sobre las olas (1991), La mano entre las líneas (1995) y Caja de ecos (2000), de la novela corta infantil La Fuenteviva (1993) y de las novelas Nacaria (1990), Los trabajos de Esther (1999), La heredad (2001) y La noche enterrada (2002, aparecida simultáneamente en España, México, Puerto Rico, Chile y Argentina). Creador del universo mítico de Nacaria, posee un lenguaje proteico y lírico con el que indaga en la identidad y la memoria insulares, en los mecanismos de la escritura y en los abismos de la condición humana.

            Roberto Cabrera (Santa Cruz de Tenerife, 1954) autor de los relatos de Suicidio en Desolación Road (1989), Amor Mora Roma (1986), Viaje a Hero (1988) y las novelas Ídolos de bruma (1979), La nube especular (1989), La yerba negra (1995) y Los lunares del césped (1999), en donde, con un lenguaje liberado de anclajes realistas, configura un mundo urbano en donde a la realidad se superponen las visiones íntimas de los protagonistas, formulando un espacio en conflicto entre lo vivido y lo imaginado, reflejo de un cierto vacío e incertidumbres existenciales.

              Dolores Campos-Herrero (Arona, Tenerife, 1954) autora de los relatos de Daiquiri y otros cuentos (1988) y Basora (1989) y de la novela corta infantil Azalea (1993). Su universo literario aparece regido por la ironía, la reflexión sobre la condición femenina y las complejas relaciones entre seres dominados por la monotonía y la costumbre de los sentimientos.

            Domingo-Luis Hernández (Los Realejos, Tenerife, 1954), autor de las novelas Triángulo (1984) y El ojo vacío (1986), en las que indaga en el proceso autodestructivo de los individuos, en un espacio agónico, regido por la soledad y la angustia.

            José Manuel Brito (Arucas, Gran Canarias, 1959) autor de los relatos de Relatos del ocaso desnudo (1997) y Fábulas inversas (1998) y la novela El huésped de su sombra (1999). La obsesión por la culpa y lo prohibido, la mentira y la mediocridad del entorno, los laberintos de la soledad, todo ello abordado desde una sutil ironía, configuran los ejes fundamentales de su narrativa.

            Anelio Rodríguez Concepción (Santa Cruz de La Palma, 1963), autor de los relatos de La Habana y otros cuentos (1990), Ocho relatos y un diálogo (1994) y Relación de seres imprescindibles (1998). Poseedor de un estilo poderosamente marcado por la oralidad en el que confluye una sugestiva variedad estilística, igualmente el humor y la ternura poética impregnan su escritura.

            Víctor Álamo de la Rosa (Santa Cruz de Tenerife, 1969), autor de los relatos de Las mareas brujas (1991), de la narración juvenil El naufragio de los mapas (1998) y de las novelas El humilladero (1994), El año de la seca (1997, aparecida primero en Brasil y luego en Venezuela) y Campiro que (2001). Mediante una escritura potente, llena de resonancias telúricas e impregnaciones del realismo mágico, establece en su obra un territorio mítico en donde se concitan la sexualidad y el drama del aislamiento.

            Nicolás Melini (Santa Cruz de la Palma, 1969), autor de los relatos de Historia sin cariño de Remedios Quiero Besarte (1985) y la novela El futbolista asesino (2000). En su escritura es capaz de conciliar los climas evocadores en los que se despliega el azar o lo imprevisto para modificar la realidad, con una irónica ternura y con la crueldad extrema, desprovista de calificativos morales, espejo de un mundo desolado.

            Evidentemente, la selección podría ampliarse con la inclusión de autores como José Zamora, extraordinario cuentista al igual que Juan Manuel Torres Vera e I. Raúl Mora del Castillo, y con narradores como David Galloway o Jesús Rodríguez Castellano, en cuyas obras late un expectante desarrollo. Detengámonos aquí de momento.

            Habíamos dicho que los últimos narradores canarios se definen en una acendrada actitud individualista, sin intención de grupo. Sin embargo, sí podrían extrapolarse algunos rasgos genéricos. Como que se produce una intensificación del componente mítico, se utiliza la ironía como sistema crítico, se establecen espacios cerrados, se incorporan géneros –relato negro, erótico, la crueldad “caníbal”- que tienden a una homologación o normalización semejante a la de otras literaturas universales, todo ello sin dejar de establecer vínculos con corrientes netamente isleñas como el surrealismo y los fetasianos. Y, casi como aglutinador común, un uso singular del lenguaje –en mayor o menor intensidad según cada autor en particular- que hace que la narrativa canaria –al menos, parte de ella- muestre rasgos de diferenciación peculiar con respecto al resto de la literatura española.

 

PUNTO SEGUIDO

            Como hemos apuntado, el panorama de la actual narrativa canaria presenta un complejo muestrario de encrucijadas, de miserias, glorias y esperanzas. La lucha permanente por conseguir la adecuada distribución y difusión de la obra, ya no sólo en el exterior, sino dentro de las propias fronteras insulares, sigue siendo una empresa imposible. Pese a todo, muchos de los autores aquí citados publican con regularidad en la Península, incorporando así su obra a la perspectiva de la literatura española. El mestizaje, el atrevimiento formal, un lenguaje distintivo cargado de valencias que van más allá de lo meramente denotativo o de la función informativa, la mirada irónica, el tratamiento mítico de la geografía insular y una actitud ética heredera de un arraigado talante liberal, son las notas más reseñables que podrían actuar como caracteres diferenciadores de esa narrativa canaria con respecto a la peninsular. Pero, como dije antes, todo ello habría que aplicarlo en una aproximación crítica a cada autor en particular y a su discurso literario concreto. Quede para más adelante esa tarea.  

              Por ahora, baste todo la hasta aquí escrito para constatar, el generoso caudal narrativo de los últimos tiempos en Canarias, y sus anclajes en el pasado. Canarias no es solamente tierra de poetas. Sólo falta que la narrativa, al igual que la poesía, haga suya la regularidad, la normalidad de su continuidad por sobre los abismos del tiempo, la desidia y el olvido.

 

 ©Sabas Martín . Madrid, abril 2002

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