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LA NARRATIVA CORTA DE LOS OCHENTA TAMBIÉN CUENTA EN LA REPUBLICA DOMINICANA

 

 

por 

 

©René Rodríguez Soriano

 

RENÉ RODRÍGUEZ SORIANO nació en Constanza, República Dominicana, en 1950. Ganador del Premio de Cuentos Casa de Teatro, 1996 y Premio Nacional de Cuentos "José Ramón López", 1997. Titular de la Escuela de Comunicación Social de la Universidad Autónoma de Santo Domingo, desde principios de los setenta se dedica a la creatividad publicitaria y a la docencia universitaria en el área del Periodismo el Marketing Comunicacional y la Literatura. Así mismo a la producción y realización de reportajes, spots, documentales y otros materiales para radio, televisión y cine. Actualmente es Subdirector de la Agencia de Noticias Literarias Librusa en Miami EEUU. Más información sobre René Rodríguez en su página personal:  http://www.rodriguesoriano.com/ 

 

Primera estación:

Podría comenzar con los conocidos versos de León Felipe, porque, a decir verdad: no sabré mucho de volar chichiguas, pero lo que es cuentos me sé bastantes... Ya desde el amanecer de mis días, en las noches frías de mi natal Constanza, Junto a una fogata de leña y cuaba, me disfruté sin bordes todas las aventuras de Juan Bobo, Pedro Animal, Pedro el cruel y sus contornos. (Recuerdo que, por boca de Manuelico me transporté por los senderos maravillosos de las más fantásticas y fascinantes historias que hayan sido contadas jamás). Luego, con las primeras y segundas letras, vendrían las historietas ilustradas, las vidas ejemplares de Domingo Savio, Juana de Arco y, sin telón de fondo, sin fanfarria, habría de caerme un día en manos y mente un ejemplar arrugado y desleído de las Mil y una noches. Ahí fue Troya. Ya nunca más he podido sustraerme del deseo de saber qué me cuentan los que cuentan y, de una u otra forma, he dejado dicho por ahí, mis gustos y disgustos con unos o varios de los más destacados contadores dominicanos de todos los tiempos. Pero, vayamos al asunto, hablemos de lo que, en definitiva nos convoca. Dejemos por sentado que ya he dejado dicho por ahí mis consideraciones sobre los precursores y amplificadores de la narrativa breve de la mediaisla. Borremos un pasado que, por pasado, nos nubla y nos anega alrededor de la noria y el cuento de nunca empezar, haciéndonos retornar siempre y sin fuerzas a los sobados apuntes[i] que ya se nos pudren en la ingle y en el seso. Abramos de par en par nuestros portales al mundo con toda su lozanía y ese desmán de horca y cuchillo del perredeísmo[ii] de los ochenta. Dejemos que el horizonte se nos desparrame en ciernes con una nueva visión del mundo, más crítica, más adulta y lozana. Olvidemos los listados, las guías telefónicas, los índices abultados, e insertémonos en los meandros del texto: su hacer y su decir. Transitemos esos ochentas, millonariamente publicitados a todo pulmón. Ochentas que, en vez de desencanto, podríamos llamar del desengaño, con un Balaguer fortalecido, dispuesto a abofetearnos por ingenuos y crédulos, ante la chata arrogancia del mesianismo televisivo que, a fuerza de spots y prebendas, intentó salvarnos la vergüenza y nos hipotecó hasta el cubito... en fin, no es un problema de hombres ni de hambres, hablemos de obras, ¡ya es tiempo!

 

Segunda estación:

Habría de venir de otra galaxia un ser innominado, puntilloso y zumbón que nos pusiera en blanco y negro nuestras mentiras de Perogrullo y nos llamara a reflexión; habría de venir, con el más ingenuo y mordaz de los humores, un ser sin tamaño, color ni señas de identidad, que nos diera por el peludo pelado, presentándonos, ante nosotros y las galaxias vecinas y más allá, tales y como jamás hemos querido que se sepa que somos.

(Habría que hacer un aparte para incluir lo excluido, hablar con gusto y pasión del amor jugueteando en el texto y resbalándose como fiera herida por los intersticios del placer y el juego; dejándose sentir con fuerza la magia y el encanto con lucidez inusual en nuestra aséptica narrativa, narrada por dos jóvenes adultos con la más cuerda mocedad de la locura: La bella nerudeana y De hombres y de gallos, de Rueda y La fértil Agonía del amor, de Veloz Maggiolo)[iii]. Mejores acompañantes no podría tener El curioso e singularísimo informe de Oxry-Ovnimorom,[iv]  de Rivera Aybar (un no menos excluido y silencioso estructurador de ficciones, a quien no tengo el gusto de conocer, pero que ya quisiera). Texto novedoso e innovador en nuestras babosas y manoseadas letras. Novedoso por el desenfadado humor que resuma en cada línea y ese juguetón manejo de la lengua que habrá de definir este orgullo que nos engrandece de ser los excluidos de siempre; innovador porque nos cuenta sin contarnos una historia que somos, precisamente, cuando no nos dejan ser. Fundacional, si se quiere, texto de tesis -como dirían los que, precisamente, nada dicen de cosas como éstas- porque abre una época que nos lanza sin artilugios al ruedo de la más novedosa forma de contar en breve como debe contarse en estos tiempos. Narrado en primera persona, en forma lineal y con un conocimiento cabal y cachondo del español antiguo sin caer en lo decadente y farragoso, convirtiéndose, como sentencia en el final de su informe esa cosa en “la cosa más bella é taimada que he conocido en luengos años...” Corría, en la pista del ochenta, el ejemplar junio con su apabullante calor y, sin mucha bulla, el país se oreaba a orillas de los huracanados rafagazos de David y Federico.

 

Tercera estación:

Ya, ahora, no hay excusas. Estamos aquí, en la masmédula de nuestra realidad, dentro de nosotros mismos, desnudos en nuestra más íntima desnudez por un ser intergaláctico que nos ha puesto a caminar en firme sobre nosotros mismos, dándole tono y timbre a una nueva forma de contar nuestros propios cuentos, haciéndonos sentir seguros de transitar sin tropiezos por nuestra realidad que, sinceramente, no es tan chata como nos han hecho creer por tanto tiempo. Vuelve junio, es el ochentidós, y una mujer con “dos ojos capaces de sacudir el mundo”, nos interna en las empedradas y entalviadas calles de la Ciudad Colonial, nos empapa en la llovizna tierna que se escapa de su ser y sus encantos y nos voltea a mirarnos más adentro de nosotros. Magia y poesía, en un haz, nos alborotan el placer por la lectura tras un sueño, una invención, un espejismo, una mujer que ha de flamear como estandarte, empinándose, encumbrándose hacia riscos más elevados de nuestro hacer: Mujer que llamo Laura,[v] de Aquiles Julián, nos mantiene en la ruta, nos alumbra y nos dice por dónde soplan vientos más propicios. Pero este texto no venía solo, una voz anónima lo acompañaba. El cine, la música, las más inusitadas lecciones estaban generando en estos carajitos de la época un desproporcionado manejo del instrumental que habría de poner en guardia a las huestes del silencio y el destierro. Desde algún oscuro punto de la isla Una voz en off hizo justicia [vi], de Pedro Camilo. (Reitero que estamos presenciando, lamentablemente no puedo hablar de placidez, el discurrir del ochentidós). Y entramos sin taquilla a una bacanal de la lengua, una fiesta full, lo último de los muñecos, donde el erotismo, la sensualidad y el excelente manejo de la técnica nos dicen de una vez lo que habrá de ser esta década de descreencias que tan cuestionada ha sido.

 

Cuarta estación:

Dejemos Rodar el calendario y los relojes. Pasemos los años como páginas y leamos, leámonos. Juguemos un poco con nosotros mismos y pongamos en juego nuestros bastos conocimientos sobre el deporte rey. Beisboldaticemos nuestra narrativa y nuestros fantasmosos jevos que se las saben todas y se las dan a todas, a esas reinitas de yogurt y hobbies (las que no recuerdan bien la última obra que han leído, pero que son fanáticas de la lectura, sobre todo de los divertidos chistes del señor Presidente –no precisamente el de Asturias). Vayamos de ronda por los sitios habituales de este divertido lumpen y gocémonos sin mayonesa un texto tan sabroso como Un día en la vida de Joe Di Maggio II, de García Cartagena –una cosa sí, que no nos dé pena de nosotros mismos, nos retratamos de cuerpo y medio, no hay dudas. El humor corrosivo es el arma punzante con la que este texto analiza esta sociedad de yuppies que pretende deslumbrarnos con su cartel de poses, sin mucho aspaviento, con sorna, en tercera persona, con un solo punto de vista y en más de un plano de divertida y jugosa sorna que no nos deja ahí, nos pone de narices frente a una hermosa realidad. Nos empalma en el camino por donde hace rato transitamos: la fusión de prosa y verso, verso y prosa, versa y proso, prover y saso nada sosa... Cartas al espejo, del mismo García Cartagena, nos sitúa ante uno de los más lúcidos momentos del manejo del fluir síquico, un texto que, sin darnos cuenta, de un tirón, nos confronta con la otra realidad que somos, sin signos de puntación alguna, rápido, como un jab a la mandíbula o el cerebro, un texto breve, sustancial y sustancioso[vii].

 

Quinta estación:

Todo está consumado, podríamos recordar al Nazareno y mirar de nuevo hacia los alrededores del mirador, sombrerito en mano, ¿burlón?, cojeando y revitalizado: he ahí al verdugo[viii], pero no es el verdugo, es la consumación del desengaño. Después de doce años, ave fénix de nuestras culpas, han vuelto a su nidal los avechuchos para estrujarnos en la cara que la corrupción se detiene en las puertas del despacho presidencial pero se engendra en sus alrededores, se prohíja y engorda y que, en definitiva, los de atrás pueden llegar tan lejos como los de alante, ¿galimatías? enjuiciamientos, burdas huidas: frustración y engaño. Timo y escamoteo que no es tal y como parece ser: hemos sido vendidos, mercadeados y pesados como reses sin valor y en este ochentisiete nadie quiere entender La verdadera historia de La mujer que era incapaz de amar. Mentida historia que se mueve dentro de un ámbito citadino, que no necesita carnet de identidad, donde los personajes son el germen de otro personaje que se niega a sí mismo, dando origen a otro (s) que, a su vez, se niegan a sí mismos tratando de huir de una realidad que los aplasta y descojona[ix] . (Y a la desolación y desazón de estos años viene a sumarse la suprema y última carcajada del tío julio (en minúsculas), ese irse de entre nosotros para posarse sobre nosotros con su más seria y burlona mirada, "observándonos desde la distancia azul de sus ojos" , librándonos del mal afín y sus confines. Nada mejor que La tercera cara de la moneda para agradecerle sus enseñanzas y nadie mejor que Manuel García Cartagena[x] para representar a sus más aprovechados sobrinos. Pero no sólo los sobrinos habrán de manifestar sus dotes, las huestes del abuelo Borges, entre símbolos y cifras, manejándose en un mundo de sueños y vuelos más allá de lo rasante dejarán sentir su impronta, batallarán en este barril sin fondo que nos sacude hasta la médula. Las transformaciones del retorno[xi] nos sumerge en oscuras lloviznas estivales y nos invita al más lapidario funeral de las utopías y la esperanza que nos vendieron en todos los escaparates de décadas anteriores. "Todo había sido costumbre de muerte en este lugar de miedo y desesperanza...")

 

Sexta estación:

¡Las utopías han muerto! ¡Vivan las utopías!

"Al principio tenía vergüenza, alguien podría vernos cuando hacíamos cosas en la cama. Después advertí que la casa estaba solitaria en el mundo. Enjambres de abejas bordan panales de miel alrededor de los tallos de los claveles, grillos verdes y cocuyos recogen polen para hacer sus hogares. ¡ah, las malvas me fascinan con su sangre vino tinto retenida con primor en sus corolas. Aconséjenme ustedes: ¿Qué hacer con un jardín desenfrenado? ¿Qué haremos si las flores continúan encaramándose en el techo y llegan a ocultar el sol? Él podría abandonarme. Sabe que el jardín crece sólo para mí. ¿Qué trágico placer! ¡Qué amable mortificación!"

Era Faride, con todos los geranios y malvones en las cuerdas vocales y la vida, quien nos hablaba. Faride, lúcida de locura, encontró un grifo por donde salir hacia adentro y sacudirse todo este sarpullido y orines de funcionarios, papanatas  y tecnócratas que nos acoña los días. Angela Hernández, en ¿Cómo recoger la sombra de las flores?[xii] pone en escena a una Faride hermosa y tronante que, no hace otra cosa que confirmar la conciencia con que desde los ochenta se está asumiendo el acto narrativo en sí. Y como la desgracia, las cosas buenas no andan solas. Los sesgos tempo-espaciales, la narrativa poética o la poética narrativa, común a casi todos los excluidos, está presente también en Los límites de la realidad futura,[xiii] de García Romero y Sueños de naftalina, de Constanza Colmenares[xiv].  Pero no todo es dulce evasión, constante huir y rehuir la realidad. Manuel Llibre Otero le clava el cuchillo a esa podredumbre que nos zahiere con un irrealismo grotesco, retrotrayéndonos a nuestra cruda existencia. Anatomía de un desmayo presentido tras dos besos que fueron felices[xv] es un ejemplo de la diversidad de puntos de vista y terrenos en que se mueve esta camada de escritores que se ha propuesto enfrentar el acto de narrar con un lector más avispado y deseoso de participación y asombro.

 

Sétima estación:

El fondo se va totalmente a negro, sin mediotonos. (Ojalá que en este momento no venga y se aparezca un apagón, caería como anillo al dedo). Se prepara el escenario y sube el más corrosivo carajo de este barrio. Todo gira en torno a New York: ropa, música, el amor, el sexo, todo lo mejor viene desde allá. Lo peor es estarse aquí, tostarse. Vivir esta vida gris y sosa esperando que le manden a uno la moneda o el pasaje para echar el pie o, por el contrario, enrolarse de polizón, saltar y caer allá, de aquel lado, a como dé lugar, o seguir aquí, bien, mantenido. Pero este no es el caso, este es Frank, un tipo ácido, punzante y mordaz que se burla de todos, en todos los tiempos verbales habidos y por haber, que pasa del Yo al Él y al Nosotros sin tropiezos en un fluir de conciencia que nos deja mal parados a todos. Un texto altamente sicológico, maltratado y maldito que, utilizando El recurso de la cámara lenta,[xvi] nos proyecta la película que nos retrata de cuerpo entero a nosotros que "seguiremos siendo el tema de fondo, una metáfora incomprensible, extras malpagados". Ramón Tejada Holguín vuelve a la carga aquí y nos enfrenta con estos personajes huidizos que somos y no somos para demostrarnos que no somos nadie y que "a nadie le importamos. Esta es la época de lo nimio."

 

Octava estación:

No hay fronteras que valgan. No hay barreras. "Los recuerdos no envejecen, lo que muere es la memoria"[xvii]. Una década no es medida para arrojar un hilo conductor, un cordón que va propagándose y definiendo un modo, una búsqueda de expresión que puede diferenciarse por una serie de señales visibles que se encuentran, se fortalecen y se ramifican, engendrando más y más codos y uniones de un macito que algún día habrá de ser un mazo. Unos gatos empujan la pared[xviii]   no tiene ninguna pared de por medio con los textos que han desfilado por estas líneas. Se mueve por las mismas zonas, centra su línea de acción sobre coordenadas similares y goza de buena salud de lengua. Razón por demás para demostrar que hay una semilla que se expande, burlando cercos y confesionarios, asimilando y apropiándose de hechos y elementos de su entorno cotidiano para convertirlos en ficción, trabajando a fondo no sólo los hechos que narran, sino cómo tales hechos inciden en el comportamiento de sus personajes. Y esta enfermedad, este mal, este estilo de abordar el hecho narrativo, no es propiedad de una capilla, de un grupito, es del dominio común. Tienen acceso a él, eso sí, los más aventajados, los que han asumido el reto del oficio y, más que un galardón anual, tienen un compromiso contraído con la página en blanco, sin límite de tiempo y sin árbitros. Por eso, en el más recóndito rincón, de uno y otro lado del océano alguien puede levantar su voz bilingüe y decir algo[xix]. Pero que nadie se llame a engaño, aunque se extraiga del más sucio fango y sea la postrera, la última flor de loto, no se puede cantar victoria. Hay que demostrarlo en el ruedo, desgastando las puntas de los anacrónicos lápices, engendrando pequeños monstruos que sean capaces de comerse todas las frutas del bien y del mal. Y, mal que bien, este es un juego, un juego sabroso y devastador donde a cada instante se ponen a prueba los temples y los estómagos. La imaginación, más que nada o la capacidad de asombro, también están en prueba. Y es bueno que se sepa. Sin esa visa o salvoconducto en sus haberes, no podrán montarse en la nave vikinga que habrá de transportarlos a Invi`s paradise[xx]. En cambio, podrán seguir alegres, no alucinados, de no tener la mala suerte, no serán excluidos junto a los que hace tiempo se desengañaron y dejaron de esperar que los reyes pongan.

 


[i] Referencia al folleto del profesor Juan Bosch que se publicara en la primera edición de su libro Cuentos escritos en el exilio

[ii]  Gobierno del Partido Revolucionario Dominicano que, entre finales de los setenta y principios de los ocheta sustituyó por un par de períodos el despotismo ilustrado del Dr. Joaquín Balaguer, dejando a muchos dominicanos con más frustraciones y con menos credibilidad y respeto por la democracia, la socialdemocracia y demás desgracias.

 

[iii] . Véase Tejada Holguín, Ramón y Rodríguez Soriano, René: Blasfemia Angelical (Hay una nueva narrativa dominicana que cuenta). Editora Taller, 1995. Pág. 163

[iv] . Léanse además, de Ricardo Rivera Aybar: Problemas de Conciencia; Cómplice de Subversión; Un matrimonio feliz pero desquiciado por falta de hijos; Donoso, jocoso por lo goloso e Inocencia regresó para quedarse. Todos textos premiados en el certamen anual de Casa de Teatro. El curioso e singularísimo informe de Oxry-Ovnimorom ganó el primer lugar en 1980. Rivera Aybar no tiene libros publicados. No hace mucha bulla, no tiene quien le escriba. Tiene una novela ganadora del Premio Siboney, también silenciada –no se sabe por qué ni por quiénes (aunque se advierte), sería justo leernos El reino de Mandinga.

[v] .Mujer que llamo Laura, de Aquiles Julián, ganador del Premio Casa de Teatro 1982, un texto sin desperdicios –escrito con todo el rigor y el estilo de los más clásicos cánones de los maestros del género, es el primer cuento de un carajito de los ochenta que derrumba las fronteras entre prosa y verso.

[vi] . Una voz en off hizo justicia (Mención de Honor en Casa de Teatro 1982), texto en el que Camilo demuestra un excelente manejo de la técnica, violentando a su antojo las coordenadas espacio temporales y jugando, más allá del fonicinco con los planos y puntos de vista, puede leerse en su libro (ganador del Premio Nacional de Cuentos “José Ramón López”, 1994): Ritual de los amores confusos.

[vii] . Manuel García Cartagena, excelente poeta y narrador que ya había presentado carta de ciudadanía con sus libros y premios de poesía y novela, viene dejando su impronta en el quehacer cuentístico desde el 1980, cuando obtiene una mención de honor con Las maletas del forastero; segundo lugar en 1984 con Visitación y Un día en la vida de Joe Di Magio II y Cartas al espejo, menciones en 1985.

[viii] El retorno de Balaguer para volver a “gobernar” 12 años más...

[ix] . Ramón Tejada Holguín, había entrado al ruedo de la narrativa breve el año anterior (1986) cuando obtuvo una mención de honor con Así llenamos nuestros espacios temporales. (Había presentado credenciales con uno que otro poema en publicaciones marginales. Ilustre excluido de una que otra crítica antología poblada de chichiguas y una ciudad que ya no volverá a aparecer ni en los más difundidos vuelalápiz de José Cestero. La verdadera historia de la mujer que era incapaz de amar fue merecedor del Premio Casa de Teatro 1987. Obtuvo otras menciones en el 1989 y el 1994 con El recurso de la cámara lenta y Blind Willie, respectivamente. Ha obtenido dos terceros lugares (1991 y 1994) en cuentos escritos a dos y tres voces y una mención de honor en 1993.

[x] . La tercera cara de la moneda, Segunda mención de honor en Casa de Teatro 1987, excelente texto que no tiene mejor carta de presentación que ser uno de los mejores homenajes, que recuerde, dedicados al poco ceremonioso y juguetón tío julio, así en minúsculas.

[xi] . Las transformaciones del retorno, mención de honor en Casa de Teatro 1987, marca la irrupción de César Zapata, polémico poeta de los ochenta que se presenta con un depurado manejo de la técnica del contar y que, en 1990 y 1991, obtendrá sendas menciones con La cualidad del rostro y Bitácora, un día después.

[xii] . ¿Cómo recoger la sombra de las flores?, ganador del Segundo Lugar en Casa de Teatro 1988. Ángela Hernández Núñez ha ganado otras menciones en Casa de Teatro con Loriana (1981); El cuadro (1988); Estaciones (1991) y Ojos aguados (1992).

[xiii][xiii]  En Los límites de la realidad futura (mención de honor Casa de Teatro, 1988), Rafael García Romero, engarza una singular historia en la que demuestra el depurado dominio que posee de la técnica: excelente montaje, trasposición de planos y del “yo” sin necesidad de utilizar aditamentos tipográficos además del aura poético y mágico que envuelve la historia y sus sórdidos personajes que nos recuerdan algunos de los más felices trabajos de Onetti. García Romero obtuvo el Premio Casa de Teatro 1986 con Bajo el acoso. Además, las siguientes menciones: Estaba previsto y Sucede Siempre (1983); Los ruiseñores del murmullo (1992) y, Un hombre, Claudia y los recuerdos (1994) Léanse además, de García Romero, El bocal de seis flores en su libro Los ídolos de Amorgos.

[xiv] . Constanza Colmenares, colombiana, ganadora del Tercer Lugar en Casa de Teatro 1988. Sueños de naftalina es un exquisito texto con un aura poética que hace a uno recorrer las cosas como remanso de agua clara.

[xv] . Manuel Llibre Otero obtuvo mención de honor en Casa de Teatro 1988 con Anatomía de un desmayo presentido tras dos besos que fueron felices. Texto que entronca en algunas zonas con algunas características del realismo neurótico o freudiano que encarna José Donoso

[xvi] . El recurso de la cámara lenta obtuvo una bien merecida mención de honor en Casa de Teatro 1989.

[xvii] . Rafael García Romero, Los límites de la realidad futura.

[xviii] . Unos gatos empujan la pared, Premio Casa de Teatro 1990, de Julio Adames. También Comiéndote los peces de la noche, mención de honor 1992. Excelente nivel de lengua, ruptura tiempo-espaciales, lenguaje poético.

 

[xix] . Véanse Etiqueta negra y Entrevista con la señorita Ulman, de José Carvajal, de su libro De barrio y de ciudad, Nueva York, 1990.

[xx] . Invi´s paradise, Segundo lugar en Casa de Teatro 1994, de Aurora Arias, texto donde la alucinación y el asombro ponen la chispa generadora de un texto descocadamente sabroso y bien escrito.

 

©René Rodríguez Soriano

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