NOVELA NEGRA
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Ser o no ser... novela negra
por ©Fernando
Marías Fernando Marías. Bilbao. 1958. Ha trabajado como realizador publicitario y escribe guiones para cine y televisión. Es autor de las siguientes novelas: La Luz Prodigiosa, Esta noche moriré y un conjunto de relatos en colaboración con el también escritor Juan Bas Páginas ocultas de la historia, que fue llevado a la televisión. Asimismo ha publicado novelas juveniles como Los Fabulosos Hombres Película y El vengador del Rif. Ganador del Premio Nadal 2000 otorgado por la editorial Destino con la novela El niño de los coroneles. En
una reunión reciente de amantes de la novela
negra, alguien propuso un juego que no aportó
conclusiones reseñables pero nos hizo pasar un
buen rato. Lo recomiendo a los aficionados que
padezcan insomnio. La novela negra surge como género en Estados Unidos allá por los últimos años veinte del siglo pasado, y adquiere su denominación gracias a un editor francés que en mil novecientos cuarenta y cinco acuñó el término; hasta aquí, todo el mundo de acuerdo. Pero, y este es el juego, ¿qué obras de la literatura mundial previas a esos puntuales momentos reúnen características que podrían identificarse con alguno de los rasgos que definen a la novela negra? Entre
todas las que, siempre desde la frivolidad del
juego, se citaron destacó Crimen y castigo;
todos estuvimos de acuerdo en que sus elementos
esenciales configuran, lo queramos o no, una
novela negra con todas –o casi todas-
las de la ley. No sólo una de las mejores,
sino también una de las más “negras”:
algo parecido a lo que podría decirse de El
extranjero, de Camus. También es preciso
señalar que, a pesar de nuestra desatada pasión
de contertulios, pareció obvio que La
metamorfosis, El Quijote o Mujercitas
no son ni serán nunca novelas negras: lo
cabal, a pesar de todo, suele volver siempre a
su cauce. Tal vez por eso planeó sobre la reunión la conclusión de que nuestro amado género está verdaderamente vivo, es uno de los pocos capaz, a salvo de modas e influencias nocivas, de renovarse a sí mismo sin perder por ello las esencias que lo han hecho fuerte, querido y respetado. Circulan
en estos días dos novelas españolas que lo
demuestran. Sed de champán, de Montero
Glez, y Alacranes en su tinta, de Juan
Bas, son tan distintas entre sí que casi
llegan a parecerse: las dos son inmisericordes
con todo y las dos saben conciliar la carcajada
con la violencia seca. Las dos crean un estilo
y tono propios, probablemente sin referentes
previos, y las dos obligan al lector a seguir
devorando páginas hasta el final. ¿Son o no
son novelas negras? Lo ignoro. Sólo sé que la
pregunta debería ser otra: ¿Importa que lo
sean? ©Fernando
Marías Volver Página Principal
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