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 FERIA INTERNACIONAL DEL LIBRO BUENOS AIRES, TEMA: “LOS ARGENTINOS Y LOS LIBROS”

 

 

por

 ©Clara Mengolini

Presentación

 La Feria del libro es un fenómeno sociocultural que ha convocado en veintiocho años a más de veinticinco millones de personas. Este año, en su vigésimo novena edición, nuevamente nos llenó de orgullo a todos los argentinos. En medio de la crisis que vive nuestra sociedad y de la terrible situación que atraviesa la humanidad entera, seguimos apostando por la cultura y por los libros.

            Una vez más la Feria se abrió a la diversidad cultural que le fue siempre característica. Todo el arco del quehacer intelectual estuvo presente, porque en la Feria está reflejada la pluma de todos los escritores argentinos, desde los más pequeños hasta los más encumbrados.

            En el inmenso predio ubicado en Palermo Viejo, del 17 de abril al 5 de mayo se fueron sucediendo numerosas y variadas exposiciones fotográficas, muestras de artes plásticas, concursos literarios y teatrales, foros, mesas redondas, talleres de poesía, historia, música folklórica y narrativa argentina. Actividades infantiles, diálogos abiertos, espectáculos y congresos.

            La Fundación El Libro está a cargo de la organización general y este año al igual que los anteriores, convocó a más de ciento treinta expositores. Editoriales, academias, asociaciones, fundaciones, librerías y bibliotecas fueron algunas de las entidades presentes. Entre las embajadas, ocuparon su espacio la de Alemania, Armenia, El Salvador, Brasil, Canadá, Chile, Cuba, Finlandia, Francia, España, Grecia, Israel, Italia, México, Noruega, Panamá, Portugal, Ucrania, Irán y Japón. La federación de gremios de editores de España reunió a más de treinta editoriales, entre ellas: Acribia, Alba, Anaya, Caritas española, Carroggio, Combel, Didaco, etc.

 

Advertencia

       Con la ayuda del grabador, la lapicera y un cuaderno de apuntes, he armado un breve, simbólico y figurativo “diario de Feria”. El material excesivo y abundante ha sufrido algunos recortes y ajustes. Sería muy pretencioso y utópico de mi parte, pretender describir con precisión y exactitud lo que la Feria del libro significó para todos los que amamos la literatura y que seguimos confiando en la cultura, a pesar del olvido y de la indiferencia estatal. Es por eso que me he limitado a seleccionar algunas de mis visitas, elegidas un poco por azar y otro poco con amor. He aquí, mis días en la Feria...

  

Miércoles 23 de abril 2003

 Lectura continuada de textos de Julio Cortázar: “Homenaje a 40 años de la publicación de Rayuela”.

         Julio Cortázar no estuvo nunca presente en la Feria del libro. Este espacio de cuatro horas continuadas de lectura fue un modo de tenerlo presente y homenajearlo, a ya cuarenta años de su obra maestra Rayuela.

            En una inmensa sala, fanáticos cronopios, famas y esperanzas esperaron ansiosos durante casi media hora que comiencen las lecturas de un grande querido por todos. Cuando ya la impaciencia empezaba a inquietar el ambiente, las luces se apagaron y una voz grave y profunda empezó a leer Continuidad en los parques. Una vez finalizado el cuento, apareció en escena Héctor Yanover, querido actor argentino. Durante más de tres horas, se fueron sucediendo conocidos artistas tales como Cecilia Milone, Cristina Banegas, Mirta Busnelli y Enrique Pinti. Con profesionalismo, sensibilidad y pasión leyeron relatos de cronopios y famas, instrucciones para llorar o subir una escalera, cuentos de La vuelta al día en ochenta mundos y demás obras memorables.

 Fue un espacio dedicado no sólo a recordar y aplaudir al más grande de los escritores que nuestro país ha tenido, sino también un lugar en donde miles de amantes de Cortázar volvieron a escuchar todos aquellos cuentos y todas aquellas historias que probablemente ya han leído más de un millón de veces.

 

Encuentro Nacional “La Argentina en el espejo de sus libros”. Tema: La realidad y los mitos. Los siete locos (Roberto Arlt) y Ficciones (Jorge Luis Borges) Participantes: Blas Matamoro y Sylvia Saitta. Coordina: Mario Goloboff.

    

Fue en la sala “Jorge Luis Borges”, en donde estudiantes, profesores y críticos lectores, con cautelosa atención  escucharon a una de las figuras femeninas más comprometidas e inteligentes de la literatura argentina, Sylvia Saitta. En esta oportunidad expuso un rico, polifacético y condensado trabajo acerca de Los siete locos, destacada obra de Roberto Arlt.

            He aquí algunos fragmentos de su admirable labor:

             Los siete locos habla de un mundo que ha perdido su fe y que por lo tanto ha perdido el sentido de sus actos. De una sociedad que ha perdido sus valores y sus creencias. Habla también del desencanto de una sociedad ante las formas democráticas de gobierno (...)

Esto se lee en relación con las circunstancias históricas de la época en la que la novela fue escrita y es evidente que las características de los personajes están estrechamente ligadas al momento particular de la historia argentina (...) Los meses previos a la segunda presidencia de Yrigoyen fueron meses muy conflictivos, meses en los cuales se consolida una alianza entre los sectores conservadores y un sector del radicalismo que busca evitar la llegada de Yrigoyen a la presidencia.  Esta alianza presiona y como último recurso apela al ejército.

En estos comienzos es cuando Arlt empieza a escribir la novela y es en estos momentos cuando se corre el rumor de que Juan Agustín B. Justo, ministro de guerra, conspiraba para instaurar una dictadura militar. Juan B. Justo escribe una carta a La Nación en la que desmiente el fantasma de la dictadura. Finalmente hay elecciones e Yrigoyen asume la presidencia en octubre de 1928.

Los diarios subrayan la existencia de un escenario institucional amenazado no por una dictadura militar, sino por una dictadura yrigoyenista. Arlt entonces termina de escribir Los siete locos  en este momento de importantísima confrontación política. Y es allí en donde estas condiciones sociales y políticas están entretejidas en la acción de la novela y  presuponen el clima de la novela, pero no aparecen representadas como realistas de la novela. Se podría decir que Arlt capta mejor que nadie una sociedad al borde del estallido y es por eso quizás, entre muchas razones, que la novela alcanza niveles de recepción muy altos. Al año siguiente, después del golpe de estado de 1930, se lanza la segunda edición y en marzo de 1931, bajo la dictadura de Uriburu, se publica la tercera edición. Es en esta tercera edición Arlt aclara en una perturbadora nota: “Esta novela fue escrita en 1928 y 1929 y editada en el mes de octubre de 1929.”

No sería irrisorio creer que las manifestaciones del mayor han sido sugeridas por el movimiento revolucionario de los años 30. Indudablemente resulta curioso que las declaraciones de la revolución del 6 de septiembre, coincidan con tanta exactitud con aquellas que hace el mayor y cuyo desarrollo confirman los sucesos acaecidos después del 6 de septiembre.

Arlt entonces agrega esta nota después de la incorporación de un militar, el mayor, en la sociedad secreta liderada por el astrólogo. Es decir, esta nota aparece en el texto en el momento en el que el mayor afirma la posibilidad de infiltrarse en el ejército por estar minado de oficiales descontentos que descreen de las teorías democráticas y del parlamento. El mayor en su discurso postula la posibilidad de una dictadura, porque el ejército se considera un estado superior dentro de una sociedad inferior representada por políticos ignorantes y mentirosos. Su propuesta entonces es generar un clima de desestabilización social a través de atentados y bombas que instauren en el país una inquietud revolucionaria. La pregunta que uno podría hacerse es por qué Arlt introduce esta nota de autor en marzo del 31, cuando todo lector sabía que se trataba de una tercera edición. ¿Por qué esta necesidad de aclarar fechas y de dar precisiones sobre los tiempos reales de la escritura de Los siete locos ? Se podrían pensar varias respuestas. La más obvia y la más verosímil es que Arlt busca de alguna manera evitar la censura en un momento en el cual el gobierno de Uriburu estaba censurando todos los medios. Esta podría ser una explicación. Otra respuesta es que por medio de esta nota, Arlt adjudica a su literatura la capacidad de decir y de profundizar el futuro. Arlt convierte en profética su táctica literaria. Sin embargo, creo que a la luz de los discursos políticos y sociales que efectivamente estaban circulando en la sociedad argentina en el momento en que Arlt escribe su libro, más que profética, uno podría pensar esta novela como una caja de resonancias, de discursos realmente existentes. Arlt al incorporar esta nota, busca más bien inscribir las palabras del mayor en el marco del golpe de 1930. Arlt actualiza los contenidos ideológicos de su novela en el momento de reedición de la novela, pero paradójicamente genera el efecto contrario de lo que su literatura busca. Porque al señalar que las declaraciones de los golpistas del 30 coinciden con las palabras del mayor, Arlt convierte los delirios de un loco o de un impostor ( porque al final nunca se sabe si el mayor es un capitán en serio o un impostor) convierte estas palabras en un discurso realístico. Al actualizar el discurso, incorpora un discurso realmente existente. Es por eso que quizás el mayor desaparece como personaje en la segunda parte Los lanzallamas.

Para Arlt, los personajes realistas son poco interesantes  y el discurso del mayor ha dejado de ser el discurso de un alienado para convertirse en el discurso mimético de un militar. Si bien Arlt nunca creyó en las promesas de la democracia representativa del régimen capitalista, también es cierto que la llamada Revolución de 1930, fue en palabras de Arlt, una revolución sin ser revolución.”

             La sala aplaudió con entusiasmo la exposición de Sylvia Saitta y a continuación Mario Goloboff, coordinador de la mesa, presentó a Blas Mattamoro, uno de los invitados más especiales de este año. Blas Mattamoro reside actualmente en Madrid y es director de la revista “Cuadernos hispanoamericanos”. En esta ocasión, exhibió un inteligente y original análisis sobre Ficciones, de Jorge Luis Borges.

 “ En primer lugar hay una pregunta que nos debemos plantear, ¿por qué se llama “Ficciones”? (...) Para Borges la realidad no es verbal, no se deja decir. Tiene una cantidad de elementos que la palabra no puede dar cuenta. Las palabras tampoco pueden dar cuenta de sí mismas, porque siempre tienen que ser explicadas por otras palabras y así hasta el infinito. De modo que cuando decimos algo estamos eligiendo alguno de los elementos que consideramos representables, esa elección es moral y le estamos dando forma y esa conformación es estética.

Borges no finge que está contando algo, sino que finge que finge. Finge que va a contar un cuento policial por ejemplo, y termina en “El jardín de senderos que se bifurcan” o en “La muerte y la brújula”. El finge que nos va a contar la biografía de un escritor que no existió nunca y examina sus obras. Está fingiendo que está fingiendo y está fingiendo que está escribiendo. Para resolver formalmente todo esto - que es una elección moral de tercer grado - hay que acudir a una retórica. Borges va a encontrar esta retórica en el barroco español que es a su vez lo que le sirve a él para traducir sus lecturas del barroco inglés, que le sirven a él para enterarse a través de las traducciones inglesas de los clásicos griegos y de la Biblia, qué era la Ilíada.

En Ficciones está todo el catálogo de obsesiones borgeanas. De modo tal que si quisiéramos decir dónde está el Borges canónico, podríamos afirmar que está en Ficciones. Voy a demostrar por qué.

Recuerdan ustedes que “Pierre Menard, autor del Quijote”, es la historia de un señor que intenta escribir el Quijote en 1930. Copia todas las palabras y los signos de puntuación de la primera edición del Quijote de 1605 y le sale un libro distinto, porque la clave de lectura de 1930 no es la misma de 1605. La lectura es producida a lo largo de la historia en distintas circunstancias, en este sentido la literatura es histórica.
            Aparentemente en “El milagro secreto” pasa lo contrario (...). En un caso la literatura es historia, en el otro caso es intemporal. Estas dos postulaciones parecen inconciliables, sin embargo se pueden sintetizar diciendo que la creación o la intención es intemporal, que va a existir en el tiempo, que el tiempo no la va a afectar, que juega a pertenecer al momento congelado de la eternidad, pero que la recepción de ese producto sí ocurre en la historia. La historia interviene y modifica. Hay entonces, un elemento de determinación y otro elemento de indeterminación en la literatura.

Otro tema borgeano es el pasado. El pasado para Borges es un cuento. Recordemos “Tlon, Uqbar, Orbis Tertius”. La enciclopedia británica es falsificada por una serie de escritores que consiguen persuadir a los lectores que ese planeta inventado existe en la realidad. Lo mismo en “Tema del traidor y del héroe”. Un traidor en la guerra civil de Irlanda, en el momento en que descubren que ha traicionado a los suyos, pide que lo maten pero que lo hagan morir como un héroe para que la gente crea que fue un héroe. La gente cree que es un héroe y finalmente el cuento que escribe su sobrino se expone como la verdad de la historia.

El pasado no es un objeto que exista y que podamos estudiar, es un cuento que inventamos de acuerdo a las necesidades del presente, por lo tanto es imaginario e inestable.

            El lenguaje, preocupación borgeana, es el motivo de varias de estas ficciones. En “La biblioteca de Babel”, por ejemplo, no se sabe cuántos libros hay, porque contiene todos los libros. Es una biblioteca infinita, como lo es la textualidad. Esta biblioteca infinita tiene una hoja central que se va abriendo constantemente, es una hoja central que carece de centro. Así como no hay una lengua de las lenguas, no hay un código de los códigos, no hay un significado final de ningún sistema de palabras. En “El jardín de los senderos que se bifurcan”, a medida que avanzamos estamos cada vez más lejos de lo que podría ser la meta. El camino es una parodia de camino, una tela de araña laberíntica y es de algún modo lo que pasa con el lenguaje cuando las palabras intentan buscar los significados de otras palabras.

            Vamos ahora a “Funes, el memorioso”. Trata acerca de un hombre con una exagerada memoria que no puede olvidar nada de lo que ha percibido. Cuando Borges intenta describir cómo es ese proceso, se encuentra con que no hay palabras como para enumerar todo aquello que el ser humano es capaz de no olvidar. El funcionamiento del lenguaje exige el olvido, el límite y por otro lado, está señalando que el lenguaje es más pobre que la realidad. El lenguaje es un instrumento pobre y por lo tanto, siempre hay un déficit entre las palabras y las cosas.

            Y por fin dos elementos de los cuales Borges permanentemente se escabulle y por eso mismo, porque se escabulle, es fácil seguirle la pista. Uno es el elemento corporal y es lo que podríamos insinuar como erotismo borgeano. Los cuerpos en Borges, a diferencia de Arlt, son escasos y aparecen pudorosamente imaginados. Sin embargo, hay una corporalidad en su literatura y en el caso de Ficciones de una manera categórica, es la corporalidad masculina. Ficciones es un libro donde no hay mujeres. En la literatura de Borges no hay casi encuentros corporales, salvo uno, el duelo. Es un encuentro entre dos cuerpos masculinos. En Ficciones aparecen en “El sur” y “El fin”. 

            Los duelos de Borges se caracterizan siempre porque son encuentros singulares que repiten la guerra homérica. Es un duelo entre dos varones que no se conocen, que se desafían sin argumento concreto. No hay venganza, ni codicia, ni disputas amorosas, ni enfrentamientos políticos. Es la dura y ciega religión del coraje. Es un sacrificio, cuyo resultado es un resultado erótico, en el cual el que muere le transmite su identidad al vencedor. El vencido cede su alma.

            Otro tema obsesivo es la religión. Borges es un hombre religioso en el sentido que le preocupan los temas de los creyentes, pero sin serlo. Por eso la continua especulación acerca de las preocupaciones religiosas no de una determinada religión, sino de todas las religiones. Tiene un acercamiento ilustrado y escéptico. Es un agnóstico que está muy preocupado por las posibles huellas de la divinidad en el mundo real. El dios de Borges es un dios que no existe, que no es y que no está. Pero hay un Dios en forma de búsqueda, de búsqueda infinita. Alguien busca a alguien y alguien a su vez es buscado y en esa búsqueda infinita está la divinidad infinita.

            Borges es una constelación de espacios cerrados, centrales, simétricos, infinitos y conjeturables y por último, es un espacio de soluciones barrocas. El lenguaje para Borges es lo mismo que para los barrocos, de movida, metáfora y de llegada, semántica. La infinidad de la palabra es el único lugar de la verdad borgeana.”

             Nuevamente aplaudieron con entusiasmo el ensayo de Mattamoro y después se armó un diálogo abierto entre el público y los expositores.

            

Viernes 25 de abril 2003

 Presentación del libro: Mercedes Sosa, la negra, de Rodolfo Braceli. Participantes: Cristina Banegas, Rodolfo Braceli, Patricio Contreras, Liliana Herrero y Mercedes Sosa. Espectáculo musical, a cargo de Los Sosa de Tucumán, Los Sosa de Mendoza, León Gieco, Víctor Heredia, Teresa Parodi y Julia Zenko.

 

             En la enorme sala José Hernández los amigos más íntimos de Mercedes Sosa presentaron el libro de Rodolfo Braceli, leyeron algunos fragmentos y después el cálido encuentro se cerró con un alegre espectáculo musical en donde el público acompañó las canciones al son de las palmas y gritó el nombre de la homenajeada aclamando su voz.

            He aquí algunos fragmentos del discurso de Braceli, autor del libro: 

            “ En esta biografía fusioné mi lado periodista, poeta y escritor. Es una biografía oral, en donde Mercedes Sosa cuenta y se cuenta. Aparecen amigos que conocen a la Mercedes que está lejos de la Mercedes del público y de las ovaciones.

            El combustible de este libro es ese olor emocionante de las comidas hechas en casa. Es un libro que se puede leer muy bien en la cocina.

            ¿Por qué elegí a Mercedes como personaje? Porque Mercedes canta como ella y como ninguna, por la gracia de su sangre y la gracia de los padres que la parieron. Elegí escribir este libro porque Mercedes puso su voz al servicio de la conciencia, con coraje y con valor. Mercedes no solo vive de lo que canta, vive lo que canta.

            Ustedes se preguntarán si tiene sentido celebrar un libro en tiempos de genocidios, en un país desolado y en un mundo violado. Sí, tiene tanto sentido como respirar, hacer el amor o amasar el pan. Se trata de resistir, de existir. La esperanza es un derecho, la esperanza es una obligación, por eso estamos aquí.

            Gracias Mercedes, gracias Negra por enseñarnos que hoy la esperanza es una obligación.”

 

Lunes 28 de abril 2003

 Mesa redonda: “La construcción de un canon literario.” Participantes: Tomás Abraham, Germán García y Martín Prieto. Coordina: Luis Gregorich.

 Luis Gregorich: Buenas tarde a todos. Les doy la bienvenida a los participantes, que son Tomás Abraham a mi izquierda, filósofo y escritor. A la izquierda de Tomás, Martín Prieto, profesor de literatura argentina, crítico literario y periodista cultural y a mi derecha, Germán García, escritor y psicoanalista.

Vamos a hablar de la confección de un canon literario. Ustedes saben que esto del canon, se da básicamente a partir de la publicación del libro de Harold Bloom El canon occidental, que sale hace diecinueve años. Ahí se habla de esta especie de cuadro de honor, de lista de libros eminentes que se acumulan a lo largo del tiempo, que tiene que ver con la idea de clásico, pero que no coincide exactamente con la idea de clásico.

Yo busqué en el diccionario de la Real Academia algunas acepciones:

1)      Regla o precepto.

2)      Catálogo de los libros que considera la Iglesia Católica como auténticamente sagrados.

3)      Catálogo o lista.

4)      Modelo de características perfectas.

 

Me parece que son estas acepciones las que tienen que ver con la idea de canon, así como las vamos a discutir hoy.

La pregunta que uno se hace es ¿cómo se construye el canon? Es un fenómeno espontáneo, natural, se construye por decantación. El tiempo nos va dando las obras que se van incluyendo en el canon y que terminan formando ese corpus de obras definitivas que se consultan, que se leen, de libros “buenos”. Pero hay otra forma de abordar el canon. Uno podría decir que se construye a través de ciertas instituciones, como la escuela o la universidad, que también tienen que ver con la construcción del canon y que después influyen en cómo se escribe o cómo se lee. El público influye en el canon, los críticos influyen en el canon. En la concepción de Bloom sólo se puede hablar de un canon a largo plazo – tradicional, por acumulación o decantación – y otra forma, es la ruptura. Un canon es modificado brúscamente por otro y en este caso, por intervención de críticos, instituciones, público.

Lo que les sugiero a los participantes de la mesa es que hablemos del canon en términos generales y si es posible, hablemos también si se va construyendo un canon en la Argentina. Sobre todo en la Argentina después de Borges. Porque es inevitable decir que Borges constituyó por mucho tiempo el eje del canon. Así como Bloom nos dice que Shakespeare constituyó el canon occidental, a lo mejor Borges por mucho tiempo constituyó el eje de la literatura de ficción argentina.

Así que este es el tema que yo lanzo a los integrantes de la mesa. Vamos a empezar con Martín...

Martín Prieto: Bueno, yo voy a empezar leyendo un pequeño trabajito que prácticamente no responde a las consignas de Luis. Pero es muy posible que a partir de las primeras lecturas de cada uno de nosotros, podamos ingresar en la construcción del nuevo canon en la literatura argentina después de Borges.

En un artículo publicado en 1995, Walter Mignolo, lee un trabajo de Rincón del año 1978 titulado “El cambio de la noción de literatura.” Mignolo valora el esfuerzo de Rincón por darle estatuto literario a materiales de segundo orden considerados sub –literatura. Si la materia de los estudios literarios es estudiar literatura, el programa de Rincón puede obedecer a dos directivas diferentes:

a)      Otorgar valor literario a materiales a los que hasta ese entonces se les había negado.

b)      Ensanchar el concepto de literatura o como dice Mignolo, liberar los estudios literarios de las garras del canon para abrirlos a las incertidumbres del corpus.

En Argentina hubo de ambos esfuerzos. Leopoldo Lugones naturalmente, canonizando el Martín Fierro en el año 1913, un texto increíblemente popular en los años 70, pero impugnado por los contemporáneos cultos de José Hernández, para quienes el biógrafo del Chacho Peñaloza escribía mal porque estaba fuera de la norma. 

En el caso b) se inscribe todo lo que se conoce como estudios culturales, para dar un ejemplo conocido, Beatriz Sarlo leyendo literariamente los folletines sentimentales en su libro El imperio de los sentimientos.

En el caso a) fue engarzando nuevos episodios en la historia de la literatura. Ahora por ejemplo, la reedición de El séptimo círculo escapa de los suplementos culturales del diario, pero hace 50 años el policial era todavía sub –literatura. Ahora Rodolfo Walsh es unidad segura de cualquier programa universitario de literatura argentina, pero hace 50 años la literatura testimonial se instalaba más en los vecindarios del periodismo que en los de la literatura.

En cuanto al caso b) los llamados estudios culturales, han hecho metástasis.

Lo que hoy llamamos departamentos de inglés, dijo Harold Bloom, pasarán a llamarse departamentos de estudios culturales y en ellos las historietas de Batman, la televisión, las películas y el rock reemplazarán a Shakespeare, a Chauser, a Milton...

Pero como dijo David Viñas, el prestigio literario funciona como una bolsa, todo lo que sube, baja.

Por lo tanto el furor de los estudios culturales, como todo furor, perecerá. Pero seguramente muchas de las todavía llamadas prácticas discursivas menores dejarán de serlo. Podemos decir que la correspondencia aún glamorosa, la más íntima, los diarios de viajes y hasta el periodismo de firma, ya se encuentran estabilizados como literatura. Y los que no pasen seguramente se convertirán en los paratextos privilegiados para por ejemplo leer la poesía argentina de los años 90, construida casi por completo por afuera de la tradición alta o canónica.

Historietas, pero también papelitos pegados en la heladera, publicidades, cantitos de hinchadas de fútbol, hits radiales, mensajes en el contestador del teléfono y mucha televisión, son la base textual de una poesía que no entabla ninguna relación con los grandes poetas.

Eso en cuanto a la conformación de un canon o de las características que debe reunir un material canonizable.

Hace 14 años concursé un cargo de profesor de literatura argentina en la Universidad del Comahue, cuando pregunté sobre qué base iban los jurados a proponer los temas de la oposición, me contestaron: “Literatura argentina canónica.” Pregunté entonces que podía considerarse literatura canónica. “Todo” fue la respuesta inquietante, para ese joven que yo era entonces y que lo primero que pensé fue: “justo a mí que no sé nada.”  Efectivamente el jurado propuso doce temas en total, de ese todo acrítico que era o es la literatura argentina canónica. Ahí estaban entre otros: Borges, Manuel Puig, Esteban Echeverría, Lugones...

Sucede que como señaló Noé Jitrick la idea del canon ocupa todo el universo imaginario oculto, pero poco a poco va siendo recortado por un nuevo tipo de discurso. La crítica que fue pasando de su papel de vigilante del cumplimiento del canon a productor del canon, de ella misma, ya sea ocupando el lugar de producción, la universidad, ya sea compitiendo con los canones previos y creando otros nuevos, el periodismo.

Aquí podría suceder - y yo entiendo que es lo que efectivamente pasa – que ante una literatura nueva, como lo es la argentina, la crítica no se ha estabilizado todavía como institución. Por un lado, uno podría afirmar tajantemente, la crítica no existe, porque las revistas literarias duran poco tiempo, porque la Academia argentina de letras es una vez al año un stand en la Feria del libro. Pero por otro lado, la crítica es incluyamos dentro de la crítica, a escritores leyendo otros escritores, a generaciones leyendo otras generaciones, tiene una incidencia enorme en el tramado del canon culto de la literatura argentina. Y acá, entre otros ejemplos notorios, debemos señalar el de Macedonio Fernández, que corrido al centro de la escena literaria por los jóvenes vanguardistas de los años veinte y que ochenta años después en una operación cuyos resultados habría que ver con los textos colocados a la vista, es colocado en el centro de la historia de la literatura argentina del siglo XX, según se desprende del índice de la historia crítica de la literatura argentina de Noé Jitrick, quien le ha otorgado al estudio de la obra de Fernández un volumen completo del los doce que integran la colección. Claro, uno podría decir: “ese es el canon de Jitrick.”  Y entonces existen tantos cánones como lectores haya, pero una cosa es el canon privado que arma cada lector en su biblioteca y otra es cuando el canon individual pretende intervenir en la conformación del canon social o colectivo. Entonces, arma canon un profesor universitario en el modesto y rutinario acto de preparar un programa de literatura, arma canon un escritor cuando escribe, los periodistas culturales cuando deciden qué libros destacar sobre otros, a cuáles darles una página entera o una columnita, una tapa o una nota. Arma canon el viejo editor de libros o los grandes editores de grandes empresas...

La literatura está todo el tiempo en movimiento. Lo que estaba detrás pasa delante, lo que estaba delante se corre al costado, lo que estaba al costado, desaparece. La historia literaria vendría a ser algo así como el canon del canon, porque es allí donde el ojo del historiador, que es también crítico, debe contemporizar los fervores del público con los de los escritores, con los de los escritores , con los de los editores, con los de los escritores, con los de los periodistas.

Se conforma entonces una larga lista de libros sagrados, con un agregado inquietante: los autores de cada una de esas listas, son también ellos escritores que aspiran legítimamente a que esa historia también pase a formar parte de la historia.

Me parece que eso define toda la potencialidad del canon del canon al mismo tiempo que traza sus límites.

Tomás Abraham: Buenas tardes. Este tema para mí es un poco sorpresivo. Se despliegan unos cuantos puntos.

Uno es la relación entre canon y cultura. El canon en general nos hace sentir ignorantes. Más aún si no leímos Shakespeare,  ni escuchamos Mozart. Sin embargo, todos sabemos algo del canon. Yo por ejemplo, sé que Romeo y Julieta es una obra de Shakespeare, vi películas, creo saber bastante de lo que se trata. Es una especie de conocimiento precario del canon, es lo que todos tenemos. Por ejemplo, el Martín Fierro. ¿Quién no leyó el Martín Fierro? Nadie lo leyó, sin embargo todos conocemos algunos de sus versos más célebres. El canon se vuelve canónico, es como una voz anónima que forma parte de una cultura sin querer.

La tempestad de Shakespeare, estoy casi seguro que la leí. Sueño de una noche de verano, vi un ballet  y la película. De Sarmiento, que es el escritor que más admiro del canon literario argentino, leí sus viajes y no me hace falta leer más. De Borges, leí la décima parte de lo que debería leer, que es casi todo. Sus reportajes son fantásticos y lo conocemos mucho por sus reportajes. Así que sin saber distinguir entre Handel y Bach, Mozart o Schubert, escucho música clásica, no retengo diferencias, pero sé que estoy cerca del canon. Esto por un lado.

Por otro lado, el orden del discurso. Porque el canon tiene que ver con lo que hay que saber o lo que hay que enseñar. Por ejemplo, yo enseño Filosofía y digamos que el canon de la filosofía, queramos o no, es: Platón, Aristóteles, Descartes, Kant y Hegel.

El canon forma parte también de una necesidad de ordenar, legitimar y sancionar. Acá hablaron de Bloom. Bloom habla de una competencia. Qué obra es mejor que otra, quién escribe mejor, cuál está de moda, cuál es inmortal, perdurable.

Otro libro de Bloom – La angustia de las influencias – tiene que ver con cómo zafar del canon. Para pertenecer al canon hay que salirse del canon. Es decir, para ser alguien, hay que faltarle el respeto a los “quiénes”. Cómo salirse de la presión perpetua de los inmortales, se pregunta Bloom. ¿Quiénes son los inmortales?

El siguiente punto, la disolución de las viejas unidades. Obra y autor y la construcción de nuevas unidades en el sentido precario.

Por ejemplo, en Sociología estudié una materia que se llamaba “Formación del campo sociológico”. La introducción a la sociología era: Durkheim, Marx y Weber, los padres de la sociología. En cambio la formación del campo sociológico no comienza, ni se arma sobre la base de grandes autores ni de grandes obras, sino de lo que él llamaba: “la formación del campo del conocimiento social”, que en el siglo XIX se constituye sobre la base de las primeras encuestas. Se trata sobre la constitución de un campo, para después hablar de obras y después de autores.

Se inventaron durante décadas, una serie de palabras relacionadas con el canon, palabras como: genealogía, arqueología, episteme, prácticas discursivas, dispositivos, campos, experiencias culturales, todo esto tiene que ver con la formación de espacios.

La pregunta que hago es si hemos perdido el viejo concepto de fábula. ¿Se ha perdido el encanto de la fábula escrita? ¿Cómo volver a ser niño y dejarse encantar? Este encanto de la obra aparentemente un poco anestesiado por el saber y no por el saber adquirido, sino por la voluntad de saber. Lo que nos interesa es saber. Saber también nos abre nuevos territorios, nos nutre de imaginación.

Martín hablaba de los estudios culturales. Más allá de los estudios culturales, el punto es la capacidad de crear mundos a partir de la ficción literaria de hoy en día. ¿La novela tiene capacidad de crear mundos? Creo que la pasión del documento, la voluntad de saber, llega a la imaginación por otros lugares. Gracias al periodismo, al documento y al testimonio. El testimonio del testigo que estuvo, que lo vio, que lo sabe y lo dice. Mejor es un testigo que un personaje. Gracias al crítico literario, la literatura tiene valor de documento. Alimenta nuestra voluntad de saber. Por eso leemos al crítico y no a la obra. Por eso leemos a Bloom y no a Shakespeare. La crítica con valor de documento nos transmite un saber y con eso el crítico cumpliría vastamente su función, sino fuera porque no sé por qué motivo, el crítico varias veces quiere ser escritor, quiere ser inventor, se siente menos, cuando en realidad es más.

Esta fusión del valor documental de la obra muy posiblemente lo transmitían a la novela del siglo XIX, Dostovieski, Tolstoi, Balzac. No había televisión ni cualquier otro medio de difusión masiva. Entonces no sólo se entretenían con la historia, sino que además aprendían con la historia. Era una especie de producción integral.

Germán García: Mis amigos ya lo han dicho todo, así que sólo me ocuparé de algunos detalles. A mí también me gusta mucho Bloom. Dice en el libro que ya citaron, que la modalidad del saber tal como se practica hoy en día, consiste en alentar a todo el mundo a sustituir los placeres difíciles por los placeres fáciles.

Por ejemplo, yo recuerdo haber leído La fenomenología del espíritu de Hegel, porque me dije “nadie debe haber leído esto”, se trataba de un placer difícil para mí que me resultaba atractivo. Lo mismo me pasó con el Ulises, lo mismo con Macedonio Fernández. Me parecían autores ilegibles y por eso mismo quise leerlos. Así que yo comparto la idea de entregarse a los placeres difíciles. 

Otra idea que tiene Bloom es plantear que Freud es una versión pobre de Shakespeare. Hay un capítulo de este libro dedicado a Freud. Dice que no se trata de leer a Shakespeare desde Freud, sino a Freud desde Shakespeare.

Yo creo entonces, que Bloom tiene una idea muy curiosa del canon. Existe el canon porque existen otros libros, y no porque existe un público o una institución que crea listas.

Y por último, ¿qué lugar le da el nuevo en su obra a aquel que ha sido derrotado? ¿Un lugar piadoso, irónico, secreto? Hay como una historia interna entre los autores que luchan por el canon, una historia que no tiene fin.

 Una vez finalizadas las lecturas de los expositores, se abrió un interesante y polémico debate entre el público y la mesa. Después de aproximadamente veinte minutos de discusión, el coordinador Luis Gregorich se despidió con una última frase sintetizadora: “ Seguiremos luchando contra el canon y alimentados por el canon.” 

DESPEDIDA

            Y así fueron mis días en la Feria. Entre laberintos de calles y pabellones de colores, con un incomprensible mapita en la mano, buscando ofertas y escuchando conferencias, disfrutando de espectáculos y participando de talleres.

Llegando la exposición a su fin, me invadió un sentimiento de melancolía y de tiempo perdido. ¿Por qué no me habré anotado en el taller de guión? ¿Cómo no fui al debate de escritores latinoamericanos? ¿Cómo me pude perder el discurso de Ernesto Sábato?  No importa, da igual, el próximo año este sagrado ritual se volverá a repetir, pues como dijo nuestro querido escritor Scalabrini Ortiz “la cultura es nuestro único refugio.”

 

 ©Clara Mengolini 2003

 

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