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Miriam
Stein
recuerda
a
Tony
Flowers
Por
©Lilliam
P. Rivers
Editora
de algunos de los más talentosos
escritores estadounidenses de los últimos
treinta años, Miriam Stein está
hoy más interesada en su jardín que
en el mundo de los libros. Pese a su
retiro, aceptó recordar brevemente a Tony
Flowers, tal vez su pupilo más
controversial, hoy en proceso de
reivindicación .En Lincoln, capital
de Nebraska, un grupo de jóvenes de
ascendencia hispana descubrió que Tony
Flowers, uno de los escritores
estadounidenses más exitosos y
debatidos de los años setenta,
estudió, como ellos, en el Roosvelt
Institute, y con el apoyo de diversas
entidades, convocó a través de la
red a unas jornadas sobre su tiempo y
su obra. Para sorpresa de todos, la
respuesta es multitudinaria. Lectores
de todas las condiciones han
manifestado su admiración por Strike
y Shadows Over London,
sus clamorosos sucesos de librería,
mientras los medios académicos alaban
su Último diario, documento
póstumo que es objeto de culto desde
su aparición en 1981. No deja de ser
irónico que un escritor talentoso
pero frívolo, que anglicanizo su
nombre por razones equívocas –era
hijo de un inmigrante español–, sea
rescatado por un puñado de
adolescentes que quiere reivindicar
sus ancestros. En el aniversario de su
nacimiento, el próximo 14 de junio,
admiradores y críticos se reunirán
para ver si insisten en el regreso o
lo dejan languidecer en su tumba.
¿Cómo
conoció a Tony Flowers?
No
recuerdo bien la circunstancia; creo
que en una fiesta en el Village, en
1974 o 75. Lo que no he perdido es su
apariencia; se veía feroz, listo para
devorar el mundo, ansioso de ver y
sentir, interesado en el jazz, la
televisión, los periódicos, el
cine... Y no respetaba a nadie; a cada
quien le decía lo que se merecía,
sin pensar en que apenas llegaba de
Nebraska y, prácticamente, carecía
de formación.
¿Qué hacía
en New York?
Se
dedicaba al teatro, era lo que le
interesaba más en ese momento. Cuando
hablaba de un montaje, lo hacía con
tal énfasis que parecía un loco
furioso y, sin embargo, también podía
ser la persona más cortés del mundo.
¿Era buen
actor?
Normal,
diría yo. A veces pienso que el
teatro fue simplemente su excusa para
salir de Nebraska, donde lo
consideraban, especialmente su
familia, un rebelde sin causa. Era más carismático en la
vida normal que sobre las tablas.
Hasta su irreverencia resultaba
encantadora. Y ya publicaba pequeños
cuentos en revistas independientes.
¿Cómo
decidió dejar el teatro y convertirse
en novelista?
Creo que yo
influí un poco en esa determinación.
Comenzamos a vernos con frecuencia y
escuchándolo, yo detecté que estaba
dirigiendo su talento en la dirección
equivocada. Hicimos algunas pruebas y
ejercicios, un poco jugando, y él
mismo halló su camino. Tras unos
meses, comenzó a trabajar como un
poseso en Strike, su primera
novela, que fue un gran suceso. Tony
tenía una forma muy particular de ser
brillante, una sensibilidad que no he
visto en otros.
No es ningún
secreto que en los Estados Unidos los
editores participan activamente en los
procesos de escritura de los autores.
¿Qué tanto debe Strike a su
labor?
Es una
pregunta que me molesta, pero que me
alegra responder. Tony era un gran
escritor, y la gente se niega a
reconocerlo porque sus libros tenían
mucho éxito y él se dejaba llevar,
asistiendo a fiestas, protagonizando
una y otra vez romances absurdos,
exhibiéndose, estropeándose... Su
frivolidad era una forma de inocencia,
de alguna manera típica del final de
los años setenta, pero era un gran
escritor. Quien lo dude, que lea su último
diario; es un documento impresionante.
Yo fui su primera editora, nada más,
y mi reemplazo, tengo que decirlo, era
un pobre mercachifle incapaz de
redactar correctamente un telegrama.
Mucho se ha
escrito sobre las circunstancias en
las que se publicó el último diario.
¿Cuál es su opinión?
Es obvio
que todo se hizo mal, y con pésimas
intenciones. Algunos pasajes los
censuraron porque las personas
implicadas pagaron para que ocurriera;
a muchos de sus amigos, por ejemplo a
mí, nos suprimieron sin ninguna razón.
Es incomprensible lo que pasó y tal
comportamiento del editor lo único
que consiguió fue propiciar leyendas
que han dañado a mucha gente. Hace
unos meses escuché la más increíble:
que en un fragmento del 11 septiembre
que, supuestamente, proviene del
original expurgado, Tony pide que
alguien dinamite el World Trade Center.
Es una locura. Lo maravillo, es que
pese a todo esto, el último diario es
una pieza fundamental de la literatura
estadounidense de los ochenta, si no
del siglo.
Tony Flowers
murió en 1980 y pocos años después
sus obras desaparecieron del mercado y
su nombre de las páginas de los
diarios y las revistas. ¿Vale la pena
rescatarlo del olvido?
No solamente
vale la pena; es necesario. Por fin
vamos a reparar los daños que
hicieron la ambición excesiva y la
estupidez de un mal llamado editor.
Cuando sus libros estén
nuevamente en manos de los lectores,
se verá todo el sentido que tiene
reivindicar su obra.
©Lilliam
P. Rivers
2003
Sumario
Narradores sin Escamas


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