|
|
Rafael
Reig

Por
©Luis
García
Rafael
Reig. Cangas de Onís (Asturias)
1963.Ha realizado estudios de Filosofía
y Letras en Madrid y Nueva
York. Su trayectoria docente, comenzó
como profesor de universidad, continuó
en diversos colegios y academias y se
consolidó más adelante en el
prestigioso circuito de las clases
particulares. Entre otros trabajos
de investigación, ha editado y
prologado la novela colectiva decimonónica
Las Vírgenes locas.
Ha publicado las novelas Esa
oscura gente (1990),
Marilyn Monroe: autobiografía
apócrifa (1992), y La
fórmula Omega (1998).
También colabora asiduamente en
publicaciones de papel y de Internet,
donde editó a lo largo de 1999, la
novela por entregas Razón de
más. Su ultima novela Sangre
a Borbotones fue nominada por los
editores como mejor novela del 2003.
Introducción.-
Difícil es imaginarse un Paseo
de la Castellana navegable, o a un Partido Comunista
ganando unas elecciones. Difícil es
convertir a Madrid en la Ciudad de
Veraneo de Blade Runer, pero un joven
(o no tan joven) autor, Rafael Reig,
lo ha conseguido en apenas 170 páginas.
Que duda cabe que Sangre
a borbotones
es una disparatada novela en la que
nada parece tener sentido, pero
posiblemente las letras españolas
necesitaban de un autor como Rafael.
Muchos otros, preferirán al
“rescatador” de Las
vírgenes locas,
también obra suya, pero es que dichas
actividades literarias no son
excluyentes, algo que no acaban de
entender todos los críticos
literarios de este país.
Luis
García.-
Rafael Reig, un nombre a seguir
que contra todo pronóstico ha quedado
finalista del II Premio Fundación
Lara a la mejor obra publicada en el año
2003. ¿Casualidad o méritos de la
novela Sangre a borbotones?.
Rafael Reig.-
Hombre, espero que las dos
cosas y una tercera: el mérito de la
editorial Lengua de Trapo. Creo que el
jurado, al seleccionar como finalista
a un libro publicado por una pequeña
editorial independiente, ha querido
defender la bibliodiversidad y
la labor de esos editores ajenos a los
grandes grupos e interesados
heroicamente por la calidad literaria.
Me tocó a mí, por pura casualidad y
suerte, aunque confío en que algún mérito
de mi novela hayan desempeñado también
algún papel.
L.G.-
Desde luego, sus compañeros de
“viaje” no pueden ser más...
lucidos...
R.R.-
Por cierto que sí. Es como si
a un chaval de barrio le dejan jugar
un segundo tiempo decisivo con el
equipo titular. No he marcado un gol
de cabeza, pero me siento honrado de
todas formas. Además, la concesión
del premio a Terenci Moix me alegró
de corazón. El resto de los
finalistas son todos goleadores de
primera y, lo que también es
importante, entre todos representan
muy bien algunas de las principales
tendencias de la narrativa contemporánea.
L.G.-
¿Cómo nació la novela?. ¿Cuál
fue su génesis?.
R.R.-
Pues ya que hablas de
“nacimiento”, digamos que la
concepción fue un encuentro muy
placentero y apasionado con una imagen
(el río de la Castellana), a la que
sucedió una gestación lenta y
trabajosa (de mucho más de nueve
meses). Escribo muy despacio y pienso
con las manos, tecleando, así que sólo
cuando acabo me doy cuenta de lo que
en realidad quería decir, por lo que
tengo que volver a empezar... y así
varias veces.
L.G.-
Sangre a borbotones
es una novela que puede pasar por ser
un tanto loca (si me permites la
expresión) pero que rebosa
surrealismo humorístico. ¿En que o
en quien pensaba cuando la escribía?.
R.R.-
Te la permito, claro. Puede
parecer loca, aunque se trata de una
locura de alta precisión, lograda con
un control férreo. Me gusta la idea
de Gabriel Ferrater, que decía que
escribir es como una conversación en
una fiesta, cuando se sube el tono de
voz para que te oiga, no sólo tu
interlocutor, sino también esa otra
persona que está a tus espaldas y a
la que quieres seducir. Se escribe
para alguien, pero como si Flaubert
estuviera leyendo por encima del
hombro. En ese sentido, yo escribí
para mis seres queridos, pero pensando
que por encima del hombro me leían
(seguramente exasperados) Laurence
Sterne, Faulkner y don Juan García
Hortelano.
L.G.-
Una novela que se fue haciendo
un sitio lentamente... ¿Cree que en
su casa, como en otros notables,
funcionó en boca oreja?.
R.R.-
Sin duda. He recibido también
apoyo de muchas personas y de mi
editor. En mi caso, no me considero
acreedor, sino deudor. A mí siempre
me han ayudado muchos todo lo que han
podido y sin duda más de lo que
merezco. Será que me ven muy
necesitado e inspiro compasión, no sé,
pero en cualquier caso cuentan con mi
agradecimiento. Los lectores, sin
embargo, son lo decisivo. Y creo que
hay algunos lectores que entienden y
apoyan mis libros con generosidad.
L.G.-
Alguien mantenía en una ocasión
que en realidad era una metanovela, un
género muy en boga actualmente. ¿Premeditada?.
R.R.-
Y alevosa y nocturna. Sin duda.
Pero yo creo que toda novela también
es metanovela. Desde el Quijote, por
ejemplo. Las novelas tratan de las
novelas, pero, bien poco valdrían si
sólo trataran de eso. Creo que las
novelas tienen que tratar de la vida.
No sé si lo habré conseguido, pero
en mis novelas quiero crear en el
lector la misma sensación de asombro,
entusiasmo, desolación y belleza que
a mí me produce la vida.
L.G.-
¿Volveremos a leer las
aventuras de Carlos Clot?.
R.R.-
Creo que sí, pero después de
otra cosa que estoy haciendo. Algo
diferente, mucho más ambicioso.
Pienso que a los escritores de mi edad
a menudo nos falta ambición. Hay que
ponerse a la máquina a escribir, por
lo menos, el Quijote. Si no, ¿para qué?
Prefiero un gran coscorrón, fracasar
en un intento formidable y por encima
de mis posibilidades, que tener éxito
en algo fácil.
L.G.-
¿Qué le animó a iniciar la
recuperación de los Rescatados de
Lengua de Trapo?.
R.R.-
Fue un proyecto ideado por Pote
Huerta y Javier Azpeitia, de Lengua de
Trapo.
Entre copa y copa les mencioné
Las vírgenes locas, que
había leído en una biblioteca
norteamericana, y en seguida se
entusiasmaron. La colección Rescatados
creo que es una de las maravillas de
la editorial y mi formación filológica
(con perdón) me permite contribuir de
vez en cuando en ese empeño
admirable.
L.G.-
¿Cómo escoge aquellos que
deben ser rescatados?.
R.R.-
Bueno, yo me limito a asesorar,
pero el criterio que sigue la
editorial es claro. En primer lugar:
textos que puedan leerse por placer.
Si “sólo” tienen un interés
filológico o erudito o cultural, se
descartan de inmediato. Buscamos, en
primer lugar, literatura, libros que
produzcan un impacto emocional en el
lector. Cumplido este requisito
previo, han de tener además un interés
cultural notable. La tercera condición,
la vigencia, se aplica a las dos
anteriores: que sean lecturas
atractivas todavía hoy y que
mantengan su relevancia cultural para
los lectores contemporáneos.
L.G.-
Algunos críticos notables de
nuestro país, mantienen que los
libros “nacen” con fecha de
caducidad, como los yogures... ¿Coincide
usted con dicha afirmación?.
R.R.-
En absoluto. Como todo el mundo
sabe, la literatura sólo es palabra
contra el tiempo. Los libros nacen con
el propósito contrario. Otra cosa es
que todos lo consigan. Lo mismo nos
pasa a las personas. Como decía
Joseph Heller: “mi plan es vivir
para siempre o morir en el intento”.
La literatura se propone eso
siempre. Los libros que se proponen
otra cosa (el éxito, aumentar la
cuenta corriente, la fama, etc.), no
son literatura ni siquiera en su
concepción: no pasan de ser simples
impresos; los verdaderos libros tienen
que intentarlo siempre. Cosa muy
distinta es que lo consigan, claro está,
como ya he dicho.
L.G.-
Del anonimato al estrellato, y
de ahí al Trascantábrico. ¿Cómo
fueron los días en el Tren?.
R.R.-
Hombre, Luis, eso de
estrellato, no fastidies. A mí sólo
me conocen donde ya me conocían, en
el bar de abajo a la hora del
aperitivo. El Transcantábrico fue
maravilloso y aprovecho la oportunidad
para agradecer la invitación y, sobre
todo, la cordialidad (y santa
paciencia) de la tripulación. La osadía
de FEVE merece aplauso: meter en un
tren a 25 plumíferos, con barra libre
y una convivencia de una semana, es
algo nunca visto y acaso temerario.
Que no hubiera ni puñaladas ni
un solo coma etílico ya es un éxito.
A grandes rasgos, nos dividimos en
tres grupos: herméticos, poemáticos
y etílicos. Los herméticos tenían más
espesor filosófico, más interés en
la historia y en la leyenda y en
general bebían cosas con burbujas.
Los poemáticos gozaban de una
sensibilidad privilegiada, se
exaltaban y estremecían a menudo y
siempre se dejaban algo de comida en
el plato. Los etílicos (a los que me
adscribí sin reservas) viajamos en el
vagón-bar casi todo el trayecto, nos
pusimos con frecuencia en ridículo,
nos reímos a mandíbula batiente y a
mediodía intercambiamos pastillas
contra la resaca de nuestros
respectivos botiquines personales. Había,
desde luego, francotiradores y también
gente que se pasó de bando a mitad de
viaje. Todos llevábamos cuadernos y,
en el vagón, cada uno escribía
mirando de reojo a los demás y
tapando su página con el brazo: se
mascaba la tensión. Lo más
interesante ha sido la relación
personal. He aprendido muchísimo, he
conocido a escritores a los que
admiraba de antemano y de quienes sólo
conocía la foto de la contraportada.
Estoy deseando leer los cuentos, la
verdad. Y tengo la sensación de que
esto va a ser un punto de partida, de
aquí puede surgir algo de más
importancia.
L.G.-
¿No resulta un tanto pedante
eso de la unión de renglones y raíles?
R.R.-
No, ¿por qué? Al contrario,
creo que es una iniciativa muy
interesante. Pone en contacto a un
grupo de escritores que en general no
nos conocíamos y, además, nos obliga
a escribir con un pequeño pie
forzado, que siempre es algo
apasionante y revelador. Personalmente
no he visto ni pomposidad ni
rimbombancia ni nadie nos la ha
reclamado en las ruedas de prensa. Se
han limitado a dejarnos a nuestro aire
y lo cierto es que hemos hablado mucho
más de banalidades que de literatura.
Para que te hagas una idea, en la
mayoría de las fotos de la prensa han
salido siempre las parejas de los
escritores y escritoras: eran los que
de verdad tenían pinta de
intelectuales. Nosotros parecíamos un
viaje de fin de curso y nos hemos reído
como enfermos y eso, en mi opinión,
es el mejor antídoto contra la
pedantería. Nadie puede ser pedante a
carcajadas
L.G.-
Hágame una confesión... ¿con
quien o quienes se sintió más
cercano en el trayecto?.
R.R.-
La verdad es que fue un poco
estilo campamento, con peleas de
almohadas, chistes, coqueteos, apodos,
etc. Y esa misma sensación de grupo,
de unión con todos, que surge en los
viajes de grupo. A mí, y si no fuera
así lo diría, nadie de la expedición
me cayó mal y me divertí con todos,
en todos había algo interesante o
divertido para mí.
L.G.-
¿Y mas... digamos.... alejado?
R.R.-
Humanamente, de ninguno. En el
terreno literario, es obvio que allí
nos juntamos escritores muy distintos:
había poetas, escritores de ficción
histórica,
novelistas policíacos y de
humor, etc. Eso precisamente es parte
del atractivo del viaje.
L.G.-
¿Se considera Rafael Reig un
“enfant terrible” de las
letras españolas?.
R.R.-
A punto de cumplir cuarenta
tacos sería patético que creyera
eso. Si con ese término te refieres a
una deliberada voluntad de
escandalizar y provocar, tampoco. Yo
creo que lo único provocador es hacer
tu trabajo con precisión y disciplina
y lograr el mejor resultado posible.
Cuando no estoy a la Olivetti, yo no
me considero escritor en absoluto.
Quiero decir que odio ir de escritor,
en cuanto dejo de teclear soy un padre
de familia, un vecino, un peatón, lo
que sea, pero no un escritor.
L.G.-
¿Qué nos depara Rafael Reig
para el futuro?
R.R.-
Creo que lo que he hecho hasta
ahora ha sido una preparación para
lograr hacer por fin una novela de más
calado y más ambición. A ver si lo
consigo. Lo que sí te puedo asegurar
es que, igual que hasta ahora, haré
siempre lo mejor que pueda, con todo
el esfuerzo del que sea capaz y con
absoluta indiferencia a cualquier otro
objetivo que no sea el de lograr la
mejor novela que yo pueda hacer.
©Luis
García 2003
Sumario
Narradores sin Escamas


|
|