|
|
Miguel
Baquero

Por
©Antonio
Paniagua
Miguel
Baquero. Madrid 1996. Es
licenciado en Ciencias de la
Información y, además de haber sido
redactor en diversas publicaciones,
ejerce actualmente como crítico
literario y articulista. En la revista
electrónica Literaturas.com
suscribe mensualmente una columna
titulada "Materia
Cotidiana". Es autor de la
novela Vida de Martín Pijo y
de su fortuna y adversidades
(Madrid, 1999) y su nombre figura en
la antología de relatos hiperbreves Quince
líneas (Barcelona, 1996). Matilde
Borge, aviador es, por tanto,
su segunda obra publicada.
El
autor revindica el “sarcasmo y la
mala leche” en la literatura
Miguel
Baquero: “La anécdota está muy mal
vista, pero es un elemento de primer
orden en la novela”
Desconfía Miguel Baquero de la
literatura pseudopsicológica, de la
imaginación desbordante y del
costumbrismo inane. Con ‘Matilde
Borge, aviador’ (Libro-Hobby), su
segunda novela, el escritor renueva su
apuesta por el realismo y el
compromiso con su tiempo. Si en
‘Vida de Martín Pijo’ recreaba el
lenguaje del Siglo de Oro para contar
las peripecias de un pícaro contemporáneo,
en ‘Matilde Borge’ opta por un
tono más sencillo con el fin de
recuperar la figura de su tío, un
aviador de la II República. “La anécdota
está muy mal vista, pero es un
elemento de primer orden en la
novela”, aduce Baquero,
redactor-jefe y columnista de
Literaturas.com, quien se ha servido
de sucedidos y apuntes curiosos para
construir un relato afincado en la
memoria personal. De aquellos años que vivió su
tío Matilde Borge, al que le pusieron
un nombre de mujer para librarse del
servicio militar, Miguel Baquero añora
el sueño que muchos tenían de ser héroes.
PREGUNTA:
¿Qué es ‘Matilde Borge,
aviador’:
una crónica, unas memorias,
una biografía novelada?
RESPUESTA:
Es una novela que está construida a
partir de recuerdos personales, de
retazos de conversación, también de
sucesos imaginados.... Desde luego no
tiene el rigor ni la objetividad
necesarias para que pueda ser una crónica,
y tampoco pueden llamarse unas
memorias, pues ya digo que hay ciertas
cosas que invento y otras que recreo
un tanto libremente.
P:
¿Es usted un militante del realismo
en la literatura?
R:
Sí, seguro, aunque eso de
“militante” suene tal vez algo
excesivo. Pienso que la literatura
tiene que ser realista, en el sentido
de hacer referencia al tiempo en que
está viviendo el escritor. Puede ser
por medio de una historia ambientada
en el futuro o hace mil años, pero en
todo caso tiene que hablar de lo que
“es” la actualidad. El riesgo está
en que muchas veces, cuando se cuenta
sólo lo que “pasa” en la
actualidad, se cae en el costumbrismo
sin sustancia.
P:
Su novela está hecha básicamente
con materiales proporcionados por la
memoria. ¿No hay ni una sola mentira
en su novela?
R:
Hay muchas escenas inventadas en la
novela, y muchas no tanto mentiras
como recreaciones. He tomado como base
mis recuerdos y varias anécdotas
reales de las que fui testigo o que me
contaron y, a partir de ahí, he ido
reconstruyendo lo que faltaba o he ido
uniendo los espacios en blanco.
Curiosamente, las situaciones que
pueden parecer más fantásticas o
casi inverosímiles son las que están
contadas casi literalmente como
sucedieron en la realidad, no sé si
esto será señal de mi poca imaginación
creativa.
P:
¿Tampoco miente cuando se
autorretrata de joven como un tipo
“de hablar estropajoso” que hedía
a alcohol?
R:
Pues no, no miento, aunque hay que
puntualizar que eso no ocurría todos
los días, sólo ocurría con
frecuencia. Pero sí es verdad que yo,
como muchos otros jóvenes, sobre todo
de mi generación (treinta y pico años),
tuve una adolescencia un tanto
agitada, un tanto golfa y posiblemente
un tanto imbécil. No me enorgullezco
de ello, claro está, pero tampoco
creo que sea un motivo para
avergonzarse. Simplemente, así fue.
P:
Dice García Márquez que “la vida
no es la que uno vivió, sino la que
uno recuerda y cómo la recuerda para
contarla?”. Para contar la vida de
Matilde Borge, ha seguido o se ha
apartado de esta idea.
R:
No conocía esa frase de García Márquez,
pero sí, es la idea que yo he seguido
en ‘Matilde Borge’. Yo he
intentado mantenerme en todo momento
lo más fiel posible a mis recuerdos,
aunque era consciente desde el
principio de que se trataba de
recuerdos, como todos, tergiversados,
mezclados, indecisos, cargados de
prejuicios... No diré que he
intentado depurarlos, porque eso es
imposible, y además me interesaba más
mostrar la memoria que yo tengo de mi
tío, construir un relato íntimo, que
buscar lo que sucedió en realidad y
hacer una crónica objetiva. En otras
palabras, yo no he querido contar la
vida de mi tío, he querido contar lo
que yo recuerdo de la vida de mi tío.
¿Que realmente muchas cosas no
ocurrieron así? Posiblemente, pero el
caso es que para mí sí que
sucedieron así y mi intención era
contar “esa” verdad, no “la”
verdad.
P:
Pasa usted de puntillas sobre dos
hechos: la muerte de su madre y el
encarcelamiento de su padre.
R:
En el caso de la muerte de mi madre,
sencillamente me resultaba demasiado
doloroso contarla. En el del
encarcelamiento de mi padre, se trata
de un hecho inventado, pero que,
enlazando con lo
anterior, si no fue verdad
perfectamente, pudo haberlo sido. Al
menos para mí entonces era un riesgo
cierto el que pudieran encarcelar a mi
padre. Cuando llegaba tarde por las
noches, por ejemplo, para mí era
seguro que le habían metido en la cárcel.
Durante dos o tres horas el
encarcelamiento de mi padre era
“real”.
P:
¿Es exagerado decir que levanta su
novela a partir del encadenamiento de
anécdotas?
R:
Esa era mi intención, desde luego. Ya
sé que la anécdota está muy mal
vista en novela, que se dice que es un
recurso menor, pero yo creo que es un
elemento de primer orden tanto para
atraer al lector como para definir un
personaje, sobre todo si es real, como
Matilde Borge. Desconfío en principio
de esas novelas en que se nos muestra
con un texto preciso y pseudo-psicológico
el carácter de un individuo; prefiero
que me lo describan a través de anécdotas,
curiosidades, sucedidos... porque además
así es como todos conocemos a los demás.
Yo me formo una idea de cómo es una
persona por lo que le he visto hacer y
por lo que me han contado de ella, no
porque me haya introducido en su
interior. En el caso de ‘Matilde
Borge’ todavía más, pues al tener
yo de él una visión fragmentaria, no
venía al caso que me explayara en la
novela s
obre su forma de ser; sólo podía
mostrarla m
ediante pinceladas, en este caso anécdotas.
P:
Con su obra parece querer desmentir a
los que han certificado la defunción
del compromiso político en
literatura.
R:
Pues sí. De un tiempo a esta parte se
ha denostado todo lo que fuera
“mensaje”, no solo político sino
también ético o cualquier otro tipo
de compromiso. Creo que fue Onetti el
que dijo que “el que quiera darme un
mensaje que me envíe un telegrama”.
Eso, en mi opinión, es una soberana
estupidez, aunque sea de Onetti y
aunque sea gracioso. Se ha hablado
mucho desde hace unos años de que la
literatura sólo tiene compromiso con
la estética, y que querer darle un
contenido político, social o moral es
viciarla. En mi opinión, sucede
exactamente lo contrario: el escritor
encerrado en su torre de marfil,
preocupado sólo por juntar bien las
palabras y que no quiere saber lo que
pasa en el mundo, ni mucho menos tomar
partido, es un escritor inútil e
irrelevante. Como también me repele
el escritor “demasiado
comprometido”, que opina sobre todo
y que a todo quiere poner punto final
con su autorizada opinión.
P:
Y, ¿existe alguna buena novela política?
R:
Todas las grandes novelas de la
literatura son novelas “políticas”,
entendido “político” no como crítica
o alabanza al gobierno y a los
poderosos, sino como compromiso con
unos valores más allá del puro
divertimento. Incluso aquellas novelas
que proponen nuevas estéticas son
novelas “políticas”, pues un
cambio en la estética lleva parejo un
cambio en la forma de pensar.
P:
Su tío abuelo era aviador de la República
y su padre sindicalista en tiempos de
Franco. ¿Añora los tiempos en que se
podía ser héroe?
R:
Añoro los tiempos en que la gente soñaba
con ser un héroe. Hoy todavía se
puede ser un héroe, en muy diversas
facetas, pero a mí particularmente me
han educado con la idea de que querer
hacer algo heroico es una estupidez,
que lo que hay que hacer es intentar
vivir bien y ser feliz sin
preocupaciones. Para la mentalidad de
mi época un héroe era un idiota, y
esa es la forma de pensar que todavía
perdura. No creo, de todas maneras,
que yo tuviese madera de héroe, pero
en todo caso nada me invitaba a
desarrollarla.
Novelas
y tostones
P:
Recurre usted con frecuencia a lo cómico.
¿Es el humor una especie en extinción
en la narrativa española o goza, por
el contrario, de buena salud?
R:
En mi opinión goza de excelente
salud, como creo que demuestra el
hecho de que, hoy en día, una novela
que no tenga algún rasgo humorístico,
algún episodio cómico, enseguida es
tachada de incompleta, o sencillamente
de tostón. Lo que sí tal vez no pasa
por buenos momentos es el libro de
humor, la historia puramente cómica;
y lo que también creo que habría que
revitalizar es el humor “con intención”,
el humor “con segundas”, el
sarcasmo y la mala leche. Hoy el humor
es demasiado “descafeinado”.
P:
En la novela le lee la cartilla a los
“progres”.
R:
Yo entiendo como “progres” a
aquellos que recurren a los discursos
y a las maneras progresistas para
darse tono, quedar bien y construir
frases demagógicas que muchas veces
resultan ser auténticas sandeces.
Como actualmente, la “progresía”
es el comportamiento dominante, el
mejor visto, el de mayor prestigio
social, eso hace que muchas personas
se acojan a él de modo mecánico,
aunque luego con sus acciones vayan en
contra de esa especie de catecismo que
han aprendido de memoria a recitar.
Para mí, la “progresía” se ha
convertido en un disfraz que, aunque
como digo en la novela, sea muchísimo
mejor que tener que alzar el brazo, no
deja de ser una dictadura de las ideas
y de los comportamientos.
P:
¿Qué tienen los tiempos de Franco
para que sean tan novelados?
R:
Seguramente, porque fueron tiempos
intensos. Todos los tiempos son
novelables, pero algunos, como la
Guerra Civil o la época de Franco,
por su intensidad parecen dar mayor
jugo. También sucede que es una época
que solo ahora, desde una perspectiva
de casi treinta años, se puede leer
con una mejor óptica, más libre de
prejuicios inmediatos, más ecuánime,
más neutral.
P:
¿A usted, a quien le gusta tanto la
picaresca,
¿con qué se queda, con ‘El
Lazarillo’ o con ‘El buscón’?
R:
Con el Lazarillo, sin duda, aunque eso
no signifique que desprecie ‘El Buscón’.
Pero ‘El Lazarillo’ es un libro mágico,
al menos para mí. Me parece lo mejor
que se ha escrito nunca en castellano,
lo más fresco, lo más original y lo
más sencillo, pero al mismo tiempo lo
más cargado de malicia e intención.
‘El Buscón’, siendo genial, por
supuesto, ya sigue un modelo y, aun
teniendo una agilidad maravillosa, ha
perdido bastante espontaneidad.
P:
¿Ha leído su libro Clandestino Menéndez,
ese crítico implacable y compañero
de Literaturas.com?
R:
Afortunadamente, todavía no, y me
gustaría mucho conocer su opinión.
Me han contado que es un crítico muy
duro con algunos escritores, sobre
todo los mediáticos, pero que en el
fondo aprecia mucho a los autores
noveles que sencillamente quieren
hacer su pequeña obra desde la
sinceridad. Igual nos caemos bien.
©Antonio
Paniagua 2003
Sumario
Narradores sin Escamas


|
|