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Álvaro Enrigue
Por
©Luis García
Álvaro
Enrigue México 1969.Ha sido
profesor en el Departamento de Letras
de la Universidad Iberoamericana.
Actualmente enseña composición
y traducción en la Universidad de
Maryland. Ha publicado la novela La
muerte de un instalador, que
ganó en México el Premio Joaquín
Mortiz 1996. y del libro de realtos Virtudes
capitales, además de varios
cuentos en distintas publicaciones
periódicas y en las antologías Dispersión
multitudinaria, Una ciudad mejor que
esta, Se habla español, y El
cementerio de sillas.
Luis
García.-
Álvaro Enrigue, un autor a
seguir muy de cerca de partir de ahora
en España, y sin embargo no es ningún
neófito en esto de la literatura. ¿Qué
es El cementerio de sillas?.
Álvaro
Enrigue.- Si me hubieras
preguntado hace unas semanas te
hubiera
respondido inmediata y brevemente: una
novela. Todavía creo que es una
novela, una zaga ridícula en todo
caso, pero las primeras reacciones de
la crítica han sido más o menos
sorprendentes: inclasificable es el
adjetivo que utilizan. Supongo que
porque no es precisamente ni histórica,
ni de aventuras, ni meditabunda. Hay
una voluntad de pariodar esos géneros,
eso sí lo puedo afirmar.
L.G.-
Sátira sobre la búsqueda de
la identidad, su protagonista se mueve
entre el desconcierto inicial y la
necesidad de encontrarse a si mismo.
¿Cómo nació la novela?. ¿Cuál fue
su génesis?.
A.E.-
Fue
un libro trabajoso desde el principio.
Terminé mi primera novela y se sacó
un premio que causó mucho revuelo.
Era 1994, un año brutal para la
economía mexicana y fatal para
industria editorial, así que fue uno
de los pocos libros editados de un
autor nuevo; los medios reaccionaron
de más. Me costó mucho reponerme de
tanta atención, de modo que me puse a
reescribir un grupo de novelas cortas
que tenía en el cajón y a editarlas
como libro. Mientras lo hacía empecé
a sondear la posibilidad de escribir
una zaga familiar con aventuras
carnales y espirituales. El golpe vino
de un pie de página de Los mitos
griegos de Graves, en el que hablaba
del Garamante, el oasis del Djado, la
ciudad legendaria de Djerma y las
salinas del Fezán en el África
Proconsular, todas palabras de
sonoridad extraordinaria. Entonces me
puse a alzar las distintas etapas de
la zaga: el padre que casi vuelve al
África, el hijo que espera la
iluminación en un departamento del
barrio de Mixcoac en la
ciudad de México, el nieto que vuelve
al territorio mítico y lo encuentra
repleto de guerrilleros. Además de
ellos están los auténticos
garamantes, que peregrinan de vuelta a
la ciudad mítica de Djerma, el primer
Garamantez americano ?que es un
aventurero flamenco que llega a América,
como llegaron todos, en busca de una
utopía idiota- y los garamantes de
Canarias, que llegan a Sevilla en
calidad de esclavos tras la conquista
de las islas. Es una novela de
migraciones, escrita durante mi propio
proceso de migración a los Estados
Unidos, y una novela de padres e
hijos, escrita a partir del nacimiento
de mi hijo. También es una novela
sobre una familia cuyo apellido es
casi un equívoco, como el mío.
L.G.-
Una novela muy borgiana, por
otra parte... ¿tan determinante es
este autor en su obra?.
A.E.-
Borges
es un ancestro elegido, sin duda. Me
parece que con el tiempo vamos a
confirmar que fue el prosista más
influyente de la lengua en el siglo
XX, algo que ya todas las literaturas
no hispanas saben desde hace tiempo.
Lo fascinante de tu pregunta es que,
en todo caso, El cementerio de sillas
quiso ser también un exorcismo de
Borges, tal como lo entendería Harold
Bloom: un acto de desesperación
parricida. Si leyeras mi segundo
libro, Virtudes capitales, verías lo
increíblemente pesada que fue su
influencia para mi. En los últimos
meses he vuelto al cuento y me siento
más libre de su tutela, lo cual no sé
si sea bueno, pero sin duda es sano
L.G.-
Mezcla diferentes técnicas -el
diario, diferentes narradores...- para
explicar el origen y la historia de
los garamantes, un pueblo de
ascendencia africana reconvertido en
emigrante. ¿Una crítica a la
actualidad social en México?.
A.E.-
Absolutamente.
Recuerda la fecha en que lo empecé:
1994. Es el año del alzamiento de los
zapatistas y el año que todos los
mexicanos nos
pasamos preguntándonos qué carajos
era México, que no era lo que habíamos
aprendido en la escuela, ni de mayores
en los libros de
Historia más severos que fuimos
leyendo cada quién por su parte. Como
sabrás, a partir de la Independencia,
en 1821, los sucesivos gobiernos
liberales mexicanos ?y
latinoamericanos, con la excepción
rarísima de Paraguay-- se propusieron
convertir al país en una nación
homogénea y moderna, constituida
sobre el mito del mestizaje ?el
mestizaje es un etnocidio a la
hispana, aceptémoslo--. De algún
modo nos habían convencido de que las
cosas eran así y el primero de enero
de 94 nos enteramos de golpe de que la
Nación Mexicana era una abstracción
? tanto como lo es la Española-, de
que en el país conviven una serie de
naciones y de que hasta ese día todos
habíamos sido profunda e inmoralmente
ignorantes de la realidad. El
cementerio de sillas está fincado en
la discusión de ese problema: ¿Cómo
es que hemos constituido tantas épicas
nacionales si la Nación es un puro
artificio? Por eso dialoga
fundamentalmente con Facundo,
civilización y barbarie, de Sarmiento
?otro argentino--, que además de ser
un milagro de prosa ensayística es la
piedra de toque ideológica de todos
los procesos etnocidas
latinoamericanos. La escritura, creo,
es siempre un acto ético, por eso
hice una novela en la que distintos
personajes llegan por distintas vías
a lo que consideran su origen y se
encuentran con que está vacío.
L.G.-
La memoria de los garamantes
se traslada de padres a hijos de una
forma un tanto mística...atesorando
un legado esotérico en un particular
descenso a los infiernos de difícil
interpretación... ¿No teme que la
novela no sea entendida?
A.E.-
Por
eso me estoy extendiendo tanto en
explicarla en esta entrevista. Es un
libro repleto de pasadizos, vasos
comunicantes, rimas, acumulaciones,
que a mi me parecen de lo más obvias,
pero no sé si lo sean tanto. Creo que
la edición que hice con Javier
Azpeitia en Lengua de Trapo lo dejó
bastante claro ?la primera versión sólo
la entendió cabalmente un lector de
los muchos que sometí a la tortura de
ayudarme. En cualquier caso, todo el
mundo entendía algo, a veces cercano
y a veces distinto de lo que yo
pensaba. Y lo más sorprendente es que
lo entendía clara y cabalmente, y me
lo explicaban, y tenían razón. Eso
me gusta. Yo lo veo así: un hombre
?el autor del diario- deja el Siglo
para encontrar la iluminación. En ese
proceso compone las historias de su
estirpe, pero como está un poco loco
?de hambre fundamentalmente- siempre
termina diciendo la verdad: la
indagación sobre nuestros orígenes míticos
es un viaje al vacío y el sentido de
pertenencia territorial e histórica
es una leyenda sostenida con
alfileres. O déjame ponerlo en términos
menos literarios: la Nación es una
mentira propuesta por un grupo de
amigos que gobiernan el Estado para
medrar de nuestros impuestos. Es una
propuesta bastante irresponsable, así
que está mejor que cada quién la
entienda como quiera.
L.G.-
¿Quién es Garamante,
personaje enigmático que planea por
toda la novela?.
A.E.-
Eso sí
lo tiene que decidir cada lector.
L.G.-
¿No es un poco ese mito
que llevamos buscando desde el
principio de los tiempos?.
A.E.-
Cada
familia ?biológica, espiritual, política,
nacional-- tiene su Garamante y
sostiene en él las creencias que la
mantienen a flote. Es
nuestra puerta de toriles, el refugio
ante la irracionalidad del mundo.
Yo me he vuelto de un católico
insoportable desde que me mudé a
vivir en un país protestante, por
ejemplo. Dime si no es ridículo.
L.G.-
¿Se inspiró en alguien en la
confección de la novela?.
A.E.-
Muchos
de los personajes están basados en
personas históricas: los generales
romanos, por ejemplo. Lucio Cornelio
Balbo es Hernán Cortés, Séptimo
Flacco es Stonewall Jackson, el
general gringo que tomó la ciudad de
México en 1847, Tiberio es Felipe II.
Otros personajes están inspirados en
personas que espero que no sepan
reconocerse: siempre termino
maltratando de más a los personajes y
diciendo de ellos cosas que no pienso
de quienes los inspiraron
L.G.-
¿Es posible modificar el
destino o está este escrito?.
A.E.-
Creo
que por eso seguimos leyendo
literatura: nos conforta saber que hay
un universo en el que existe el
destino, aunque sea trágico e
imaginario. La narrativa ?es decir la
novela, pero también el cine o la
tele-- es la aspirina contra la
absoluta falta de sentido del mundo.
No
la resuelve, pero ataca sus síntomas.
L.G.-
¿Qué está escribiendo
actualmente Álvaro Enrigue?.
A.E.-
Es
de mala suerte hablar de eso.
L.G.-
¿Qué nos puede decir de sus
anteriores obras, Virtudes
capitales y La muerte de un
instalador?. ¿Para cuando las
podremos leer en nuestro país?.
A.E.-
No
es una posibilidad que haya
contemplado, pero pienso, después de
mi primer enfrentamiento con el
mercado editorial peninsular ?después
de ver la manera en que mis editores
de allá están tratando de vender El
cementerio... y de las reacciones que
ha sucitado entre los lectores--, que
La muerte de un instalador podría
contar con alguna fortuna. Es la
historia de Aristóteles Brumell, un
dandy millonario que, aburrido de
coleccionar arte, decide coleccionar a
un artista. La sátira, en este caso,
es sobre la bohemia mexicana de fin de
siglo. Creo que tiene la liviandad de
las novelas que se mueven bien de
aquel lado del Atlántico.
L.G.-
La Generación del crak
-Volpi, Padilla...- es una
realidad, existe como colectivo
organizado y como alternativa
literaria al boom. Pero llega
usted tan alejado de sus postulados
que uno se pregunta donde comienza la
literatura en México y donde termina.
¿Se siente identificado con dicha generación?.
A.E.-
No.
Tengo una buena y vieja relación con
ellos --a Nacho Padilla lo conozco
desde la Universidad, por ejemplo--,
pero mi impresión es que soy
demasiado inmaduro y caprichoso como
para participar de un colectivo con
tantas ambiciones. Estoy pendiente de
lo escriben ?los he leído bien- pero
como escritor me parecería imposible
trabajar con programa: siempre termina
ganándome la voluntad de contar, de
pegar un chiste, de decaer aunque sea
sólo un poquito. El cementerio de
sillas es, a fin de cuentas, una
novela con piratas, legionarios,
santos, catapultas, barcos, duelos de
florete, guerrilleros. Una cosa un
tanto infantil si te fijas, o que
viene de lecturas de infancia. Me
siento más cerca de otras caras de la
misma camada: el pintor Victor Rodríguez,
el fotógrafo Mauricio Alejo, el poeta
Julio Trujillo, los críticos
Christopher Domínguez o Ricardo Póhlenz;
todos complicadísimos como personas y
ardorosamente independientes como
autores.
©Luis García 2003
Sumario
Narradores sin Escamas


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