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ENTREVISTAS 2000
-2002
Lorenzo
Silva
Por
©Luis
García
Lorenzo Silva. Madrid 1966. Ha sido
proclamado ganador del Premio Nadal 2000 con El alquimista
impaciente. En 1997 quedó finalista del mismo premio con La
flaqueza del bolchevique. Es autor también de algunas obras
para el público juvenil, y de las novelas La sustancia
interior, El lejano país de los estanques,
con la que obtuvo el premio Ojo crítico en la modalidad de
narrativa, El ángel oculto y El urinario.
Autor de Del Rif al Yebalà. Viaje al sueño y a la
pesadilla de Marruecos (Destino, 2001). Más información
en su página personal www.lorenzo-silva.com

Introducción.-
Es Lorenzo Silva, Premio Nadal 2000 por su novela El alquimista impaciente,
el creador de una de las parejas de investigadores mas castizas y
peculiares de cuantas se hayan podido dar en los últimos años. El
sargento Bevilacqua y la Guardia Chamorro, que ya van por su segunda
entrega, dan lo mejor y lo peor del Cuerpo
e inevitablemente de quien les procuró la vida (literaria). Falta
hacía que la renovación de las letras alcanzase al género
negro, uno de los mas denostados y menos valorados de la
literatura. Y aunque no hay mal que cien años dure, que para eso se
encarga la Semana
Negra de Gijón, Lorenzo Silva lleva camino de convertirse
en un clásico. El tiempo lo dirá.
Luis García.-
Empecemos por el principio. ¿Cómo ha visto la
Semana
Negra de Gijón 2001?.
Lorenzo Silva.- La he visto interesante y
alocada, como de costumbre. Creo que son sus dos rasgos distintivos.
Interesante por la variedad de los escritores invitados (desde el
guionista de Theo Angelopoulos hasta un ex militar argelino, pasando
por un policía antimafia siciliano en activo). Alocada porque la
semana parece siempre un caos, aunque quizá lo sea más aparente
que real.
L.G.-
Se lo pregunta porque me consta que existe mucho
"purista" que la encuentra un tanto... prostituida y
desvirtuada de sus orígenes.
L.S.-
Siempre me han importado un bledo los puristas, con perdón.
La vida es bastarda.
L.G.-
El
lejano jardín de los estanques, El
alquimista impaciente.... ¿Cómo nació la pareja
protagonista?. Quiero decir, ¿qué le hizo a usted fijarse en dos
tricornios como arquetipo de investigador hispano?.
L.S.-
En primer lugar, la lógica. El primer crimen que seme ocurrió
sucedía en una zona rural. La policía legalmente encargada de eso
es la Guardia Civil. Después por dificultad y novedad: a ningún
escritor español (salvo quizá, Aldecoa) le había dado por
escribir de guardias civiles más que para denigrarlos. Y tercero,
por interés: un cuerpo jerarquizado, militar, en el que acaba de
entrar la mujer, y que lidia con los asuntos que lidia, es una
fuente inagotable de situaciones novelescas.
L.G.-
¿Entraba en sus planes el ganar el Nadal
con una novela negra?.
L.S.-
En mis planes nunca entró nada más que escribir, y en eso
llevo ya más de veinte años. Pero ¿por qué no podía ser? La
novela negra, o policial, o de misterio, o como quieran llamarla,
puede ser tan digna como cualquier otra. Como decía Raymond
Chandler, depende del escritor y de lo que tenga adentro para
escribir.
L.G.-
Porque no es precisamente un Certamen que premio ese tipo de
novela...
L.S.-
Pues no, pero tampoco soy el primero. Ya lo ganó García Pavón
con "Las hemranas coloradas", una novela de su detective
Plinio, hace mucho tiempo.
L.G.-
Sorprende la frescura de su narrativa, de sus diálogos,
aunque por otra parte muchos otros lo ven mas como un defecto que
como una virtud. ¿Cree que está el género negro infravalorado?.
L.S.-
Infravalorado, depende por quién. Por los críticos ceñudos,
tal vez. Por los lectores, no lo creo. Mis novelas policíacas son
con mucha diferencia las que más lectores han conseguido. Me
interesan naturalmente otras historias, y por eso las escribo, pero
no puedo dejar de constatar lo que es un hecho. Y visto ese hecho,
lo de los ceñudos se vuelve bastante irrelevante. Y si alguno cree
que la frescura es un problema, bueno, hay mucha literatura
polvorienta en la que zambullirse. Cada uno debe buscar su inclinación.
L.G.-
Y son asimismo novelas muy cinematográficas. De hecho se van
a llevar al cine y está usted colaborando en los guiones. ¿Le
atrae ese mundo?.
L.S.-
¿A quién no le atrae el cine? O dicho de otro modo: ¿A quién,
interesado por la narración, puede no atraerle la forma en la que
se cuenta hoy historias al mayor número de personas? En todo caso,
acepto que son dos mundos diferentes, y el mío es el de la
literatura. Asisto con curiosidad a estas películas, y mi excursión
como coguionista de una de ellas es un experimento personal que me
apeteció hacer (y quizá me apetezca repetir), pero no quiere decir
que vaya a cambiar mis prioridades creativas.
L.G.-
¿Cuáles son los
referentes literarios de Lorenzo Silva, que seguro tendrá?.
L.S.-
Alguno tengo, sí. No por haber escrito algunas novelas
policiacas soy analfabeto, como algunos deben de creer. No quiero
aburrir a nadie con listas largas u obvias: puedes citar a Kafka,
Chandler, Proust, Sender, Stendhal, Sabato, Conrad, etcétera.
L.G.-
¿Le ayuda su verdadera profesión (abogado) a la hora de
escribir sus novelas, o es de
los que se definen como abogado en sus ratos libres?.
L.S.- Mi
verdadera profesión es la de escritor. Durante mucho tiempo, sin
perjuicio de lo anterior, me he ganado la vida como abogado, y eso
me ha ayudado mucho en varios sentidos. Siempre he escrito lo que
creía que debía escribir. No he escrito una sola línea por dinero
en toda mi vida. Y creo que eso es un privilegio. Por otra parte,
tener una profesión en el "mundo real" me ha protegido
del ensimismamiento estúpido al que a veces puede conducir la
exclusiva dedicación a la literatura.
L.G.- Siempre
mantuve que el género negro, junto con el cómic, era uno de los más
adecuados para incentivar a la lectura a una juventud excesivamente
dependiente del videojuego y de la televisión. Sin embargo, ¿a que
cree que se debe ese desinterés de las Editoriales por el género?.
L.S.- Estoy de
acuerdo en que el género negro, por su amenidad y por el recurso de
la intriga, es ideal para estimular la lectura. Y no sólo de la
juventud. Yo no sé si hay desinterés de las editoriales por el género.
Si tomo mi caso, no he percibido ese desinterés respecto de mis
novelas policiacas. Creo que lo que no hay es un interés organizado
e institucionalizado, tipo Série Noir en Francia. Pero no sé si
eso es bueno o si es una etiqueta artificial que propicia la inercia
escritora y editorial.
L.G.- ¿Ayudó
la Semana
Negra de Gijón a dignificar el género?.
L.S.- Ayudó a
difundirlo, a propiciar que se hablara de él en serio, y no con
condescendencia. Por lo demás, a dignificarlo ayudan los buenos
libros, que los hay.
L.G.- ¿Para
cuando la tercera entrega de la serie?.
L.S.- Sin prisa,
esto no es ni quiere ser una fábrica de churros. Escribí la
primera novela en el 95, la segunda en el 99, y creo que hay que
dejar que madure una idea diferente, que los personajes evolucionen.
Es posible que el año que viene esté la cosa madura y pueda salir
una tercera. Estoy en ello. Pero quiero que sorprenda, no quiero
reeditar lo ya hecho en busca de los frutos inmediatos. No me
importa mucho la gloria literaria, que sus expendedores la
administren como mejor les parezca, pero sí quisiera que el lector
que ya lo es, y los nuevos, percibieran que en el empeño, dure los
años y los libros que dure, hay honestidad, rigor y respeto hacia
ellos.
L.G.- Leyendo El
nombre de los nuestros, su última obra publicada, sorprende
la variación del registro utilizado, así como el conocimiento de
una de las épocas mas olvidadas de la historia de España. ¿Cómo
nació la novela?. ¿Cuál fue su génesis?.
L.S.- Es que yo
no creo que un escritor deba tener un registro. Cada historia tiene
su registro, y el escritor debe adaptarse a ella, y no a la inversa.
A mí me aburren los escritores que suenan igual cuando cuentan una
historia de gángsteres o una expedición al Kilimanjaro;
esos que pretenden imponer su sonsonete más que servir con
lealtad y eficacia a la historia que cuentan. La novela nació hace
muchos años, cuando mi abuelo, veterano de la guerra de África, le
contó a su hijo, que era mi padre y todavía un niño, muchas de
las cosas que allí vivió. Luego esas historias me llegaron a mí,
también de niño, en parte a través de mi propio abuelo pero sobre
todo a través de mi padre. De ahí nació el interés. Luego estudié
y leí todo lo que pude y busqué la historia concreta para esta
novela. Sin prisa, a lo largo de muchos años. Era una deuda
demasiado importante con los míos como para improvisar las cosas.
L.G.- Usted,
como hijo y nieto de militares que es, ¿se sintió en algún
momento condicionado por ello a la hora de elaborarla?.
L.S.- Me sentí
favorecido. Mi padre nunca me inculcó un respeto reverencial por
nada, sino una visión crítica de las cosas, basada en el
razonamiento y en la exigencia ética. Eso quiere decir que no me
cuesta nada criticar lo mucho que de criticable tenía aquel ejército.
Pero por otra parte, tener militares en la familia me permite
conocerlos mejor, y sobre todo, no participar de la visión a veces
un poco simplista que se tiene de ellos. El ejército no es un
monolito. Hay una razonable biodiversidad dentro de él.
L.G.- Es una
novela dura, que arranca con un hecho dramático que sorprende por
su crudeza. ¿Se la podría considerar antibelicista?.
L.S.- ¿Qué imbécil
puede contar una guerra y dejar de deplorarla?
LG.- ¿Cómo
eligió a los personajes?.
L.S.- No diré
que me eligieron ellos a mí, pero casi. Son representativos de los
españoles de aquel tiempo y de los que allí fueron enviados. El
sargento Molina representa la extracción de mi abuelo, por ejemplo,
un campesino andaluz enviado allí a la fuerza y que por razones
probablemente inexplicables decide quedarse. Otros representan a los
oficiales, a quienes siguieron siendo hostiles a quienes los
mandaban mientras empuñaban el fusil y luchaban sólo por su vida,
a los héroes, a los cobardes, incluso a los miserables que sacaban
tajada de aquello. Quise que todos tuvieran voz.
L.G.- También
se ha introducido en la novela juvenil. ¿Cómo se encuentra en ese
terreno?.
L.S.- Me
encuentro extraordinariamente a gusto. Los jóvenes son magníficos
lectores, no sólo generosos, sino también intensos y profundos. Se
los conoce poco, y se hace poco por conocerlos. Cuando sales a su
encuentro, y cuando sienten que no los defraudas ni intentas
utilizarlos, sino que te los tomas en serio, responden siempre.
L.G.- ¿Para
cuando un libro de relatos, que seguro que tendrá guardado en algún
cajón?.
L.S.- Tengo
relatos guardados en el cajón. Pero no me considero un buen
cuentista. Sólo practico el relato corto por compromiso, y con esto
quiero decir cuando me ofrecen alguna historia interesante por algún
motivo particular o me lo pide un amigo. Por eso soy escéptico
respecto de la conveniencia de publicar ese libro de relatos, aunque
incluso tengo un título para él. Lleva mucho tiempo durmiendo en
el cajón, creciendo lentamente, y puede que siga todavía bastante
tiempo ahí. Quizá
para siempre.

José
Maria Guelbenzu
Por
©Luis
García
Madrid
14 de Abril de 1944.
Estudios universitarios de Derecho y Dirección de
Empresas, que abandonó en 1964. Trabajó en la revista Cuadernos
para el Diálogo y como jefe de producción de la editorial.
Codirector de cineclub Imagen, comenzó a colaborar en diversos periódicos
y evistas literarias. En 1967 fue finalista del Premio Biblioteca
Breve con El Mercurio, su primera novela. Ha
publicado hasta la fecha diez novelas, La noche en casa
(1977), El esperado (1984), La mirada
(1987), La tierra prometida (1991, Premio Plaza & Janés),
El sentimiento (1995) y Un peso en el mundo
(Alfaguara, 1999), El río de la luna fue galardonada con el
Premio de la Crítica 1981 y La Tierra Prometida (Alfaguara,
2001).

Introducción.-
Es
José María Guelbenzu un autor que inspira el respeto de un
profesor. Quizás sea su académico porte (recortada barba incluida)
lo que le confiere ese aspecto de hombre ilustrado recién salido de
algún manual de historia. Autor de una extensa obra literaria que
iniciara con El Mercurio
en 1968, novela que habría de quedar finalista el año anterior en
el Premio Biblioteca Breve,
no se puede decir que goce del fervor popular de otros colegas. No
es un asiduo de los saraos ni de las tertulias literarias, y como
otros, generalmente los grandes, prefiere quedarse en un segundo
plano y demostrar su talento escribiendo. Si que es cierto que puede
que no resulte un escritor fácil de leer, ya que une a su
cripticismo un bagaje de novelista experimental que poco o nada
ayuda a popularizar su obra. No importa. Fiel a su esquema, han
tenido que pasar casi treinta años y varias novelas para que se le
reconociera en la arena aquello que ya se le había otorgado en
otros foros. La novela Un peso en el mundo
pasará a la historia, a su pequeña historia, como la del
definitivo pistoletazo de salida de un escritor con oficio que
seguro aún tiene mucho que contar.
Luis García .- José María Guelbenzu, un nombre propio dentro de la
narrativa española de los últimos años, y sin embargo un perfecto
desconocido, salvando a cuatro puristas, hasta que publicara en 1999
la novela Un peso en el mundo.
¿Por qué es tan cruel a menudo el mundo de la farándula
literaria?.
No se entiende muy bien, porque creo recordar que usted ya se había
alzado con el Premio Plaza y Janes...
José
María Guelbenzu.-
Creo que exagera usted un poco con ese salto tan fulminante.
De hecho hay muchas más ediciones de otros libros míos que de Un
peso en el mundo. No puedo considerar la idea de crueldad en el
trato porque no es mi caso, no la he sentido nunca; estupidez, sí;
crueldad, no. En fin, en todo caso creo que debemos diferenciar
entre popularidad y éxito; y lo mismo que hay éxitos populares, yo
le diría que Un peso en el mundo ha sido un éxito
no-popular en la misma medida que lo fue en su día El río de la
luna.
P..-
Leí su novela Un peso en el mundo con el
escepticismo de quien desconoce su obra anterior (tan sólo la conocía
a ella y usted de referencias, y de la Escuela de Letras de
Madrid) y la sorpresa que me causó fue proporcional a la
polvareda que levantó en todos los círculos literarios de este país.
¿Sintió que por fin alcanzaba aquello que se le había negado
durante tanto tiempo?. El ser un escritor público, la fama...,
J.M.G.-
Yo
lo único que deseo alcanzar es un libro, un solo libro, del que me
quede satisfecho; y aún no lo he conseguido. El resto me resulta
indiferente. Pero le voy a recordar una frase de José Lezama Lima
que para mí ha sido una regla de oro y de prevención. Le
preguntaron, tras el éxito de Paradiso, qué era lo que sentía
ahora, como famoso; y Lezama contestó: “Como soporté la
indiferencia con total dignidad, soporto la fama con total
indiferencia
P..
Hay una frase en la novela, que a mi juicio es demoledora, de
esas susceptibles de convertirse en máximas. "Si no
puedes cambiar el mundo, entonces cambia de conversación". ¿Hasta
que punto se identifica con ella?.
J.M.G..-
Prefiero
no identificarme con ella; es una frase cínica, lúcida y amarga.
Es la frase de alguien que, vencido, al menos no se resigna a perder
el humor ni la lucidez. Yo todavía no me he dejado derrotar
P..-
1968 es para usted un año mágico: Acababa de quedar
finalista del Premio Biblioteca Breve con El mercurio
(le superó Carlos Fuentes con Cambio de piel). Era El
mercurio una novela nueva (vanguardista se diría ahora) que
enlazaba con Tiempo de silencio de Luis Martín Santos
y que aventuraba una regeneración literaria que llegaría mas tarde
junto a otros autores como Félix de Azua o Javier Marías. ¿Cómo
se ve esa su primer obra ahora desde la distancia?.
J.M.G.-
Como la obra de un escritor que lo que prometía con ella aún
no ha sido capaz de cumplirlo. Pero, aparte de eso –las
expectativas siempre son más generosas que la realidad- la recuerdo
como un momento mágico, maravilloso, irrepetible, porque en esa
escritura y en su entorno había una ingenuidad tan generosa como el
acto mismo de la creación. Y una ilusión semejante a la de Sir
Perceval cuando llegó a Camelot.
P..-
Salvando algunos títulos de transición,
La noche en casa, El esperado y La tierra prometida
aventuraban su primer éxito, pequeño pero éxito, con El río
de la luna, novela con la que ganaría el Premio de la
Crítica. Ahora que aprovechando el tirón de Un peso
en el mundo comienzan a reeditarse estas novelas, ¿no
siente la tentación de rescribir alguna de ellas?.
J.M.G..-
Es
imposible reescribir una novela. Es posible escribirla de nuevo,
pero no reescribirla. En todo caso, a mí, en cuanto a mi obra de
creación, sólo me interesa lo que está por delante. Lo que sí he
hecho es ir fijando ediciones definitivas, que contienen
correcciones y ajustes que en nada alteran la novela en sí, de El
mercurio, El río de la luna y La tierra prometida. Para volver a escribir una novela tendría que concebirla de
nuevo y eso sería siempre otra novela: entonces, sí; entonces lo
haría.
P..-
Siempre se ha sentido admirador de la obra de Juan Benet, a
quien considera como uno de los "grandes" narradores españoles
de este siglo. ¿Cuál fue su gran aportación a la literatura española?.
J.M.G..-
Juan
Benet fue, ante todo, algo que se ha perdido en parte con su muerte:
fue un referente para la narrativa española; el único
novelista que, en su escritura, no estaba preso del mal del
encierro, de la autarquía (también la literaria) en que
desgraciadamente vivía España, lo cual quiere decir que pudo ser
un ejemplo y una referencia desde el castellano para quienes
vinimos detrás, pues al fin disponíamos de un gran autor no
necesariamente extranjero ni necesariamente latinoamericano que podía
medirse con la mejor literatura de nuestro tiempo. Además, no ha
habido nadie que haya unido cultura y escritura en una misma persona
como lo hizo él. Y, por fin, hizo entrar en España, no por la vía
de la traducción sino de la lengua castellana misma, a dos figuras
seminales de la literatura moderna como son Proust y Faulkner,
perfectamente asimilados en su propia escritura.
P.-
Si eso es así, ¿por qué fue tan maltratado por la crítica?.
¿O cuando menos relegado a un segundo puesto?.
J.M.G..-
Porque
la crítica en España es mayoritariamente naturalista y está
incapacitada para entender un texto de Benet o de cualquier otro
escritor posterior al naturalismo y que no sea un mero imitador de
éste. El crítico, por lo general,. prefiere insultar, despreciar o
rebajar lo que no comprende, como le ocurre a cualquier bruto. El
criterio de la mayoría de los críticos es: “lo bueno es lo que
yo entiendo”. Como la literatura española es de lo más
naturalista en general, pues disfrutan muchísimo los unos con los
otros y se exasperan ante quien venga a romper el idilio.
P.-
¿Qué novela suya rescataría e impondría como lectura
obligatoria a los bachilleres de este país?.
J.M.G..-
¿Imponer?.
No me creerá usted capaz de eso...
Yo estaría dispuesto a enseñar a leer a cualquiera que lo
deseara, siempre que me den un aula y me paguen, claro está. Y
entonces no tendría que imponer nada, no sería necesario. Tengo
bastante experiencia en este asunto. Leer es un problema de
curiosidad, disciplina y concentración; y no es difícil
engancharse a ese esfuerzo si la oferta es capaz de mostrar sus
encantos. El problema es cómo hacer el enganche y, créame, no será
leyendo cosas obligadas; es más: yo empezaría haciéndoles
escribir para poder explicarles cómo escriben; no cómo se
escribe, sino cómo escriben ellos.
P.-
Usted, fue novelista a la par que editor. Si conjugamos ambas
facetas con la de lector, se produce un cóctel de impredecibles
consecuencias. ¿Cómo se conjugan las tres profesiones?. Se lo
pregunto porque salvando las distancias, cuando un escritor se mete
a editor es un poco como un jugador de fútbol que se mete a
entrenador, y combina las dos profesiones, algo que está muy de
moda últimamente, creando una imagen nueva dentro del deporte. Pero
uno siempre se pregunta dónde termina el entrenador / figura y
comienza el futbolista / figura.
Porque de profesiones estamos hablando.
J.M.G..-
Leer
no es una profesión, al menos para mí, de manera que quedan dos. Y
la solución es fácil: ¿Ha leído usted “Dr. Jekyll y Mr. Hyde”?.
Pues sólo le queda adivinar quién es el editor y quién el autor.
P.-
Y cuando se disponía a leer un manuscrito,a valorar su
futura publicación, ¿el ser escritor, novelista en su caso, le
confería cierta ventaja a la hora de rechazarlo o aceptarlo?.
J.M.G..-
Un
buen editor no es más que alguien con criterio suficiente como para
rodearse de buenos lectores, ayudantes, directores de colección y
colaboradores. Yo tuve, entrené y exigí a lectores muy variados y
sólo tomaba las decisiones cuando, tras la o las lecturas previas,
leía yo el manuscrito o el libro de que se tratase. Quiero decir
que lo que llegaba a mis manos estaba ya trabajado, por eso la
importancia del equipo. En algunos casos ni leía los libros porque
ya sabía lo que eran y significaban y por qué los buscaba. Un
editor se ocupa de crear un proyecto cultural y una imagen que lo
represente. En todo caso, le recuerdo que yo fui, sobre todo, editor
de ensayo en Taurus. Mi incursión en la literatura, al frente de
Alfaguara, fue sólo de cinco años.
P..-
También estuvo vinculado en sus inicios con la Escuela de
Letras de Madrid junto a Alejandro Gándara, Juan José Millas, etc.
¿Cómo fue su experiencia como "profesor"?.
J.M.G..-
Buena
mientras tuvo sentido el proyecto pedagógico.Luego lo dejé.
P..-
Cuando un novelista como es su caso, se transforma en lector,
que
seguro que lo hará en algunos momentos, ¿le resulta complicado
el
metamorfosearse?.
J.M.G..-
No. ¿Por qué?. Es como si me dijera que un director
de cine sufre alguna especie de transformación al ir al cine. O que
Duke Ellington tenía que hacer violencia sobre sí mismo para
escuchar a Woody Herman. Para mía son dos operaciones perfectamente
diferenciadas.
P..-
Usted es autor de novelas sobremanera, es decir, no suele
escribir, o al menos publicar, relato corto. Dice Luis Landero, otro
gran novelista que tampoco se prodiga en el relato corto, que esto
es debido a que é es un autor de mundos novelescos.
¿Es ese su caso?.
J.M.G..-
En
efecto; cuando tengo una idea –y no creo que vaya a tener muchas a
largo de mi vida- prefiero aprovecharla para una novela. Pero,
hablando en serio: yo creo que una novela es la representación
literaria de una idea, de una idea poética, se entiende. Una
regla de oro de la novela es que en ella debe de haber pensamiento
“pero no se le debe notar”. Y cuando hablo de una idea poética
me refiero, por tanto, a aquella que se manifiesta por medio de una
imagen sugerente y abarcadora, no de un discurso lógico. En cuanto
a la representación, pues, para mí, es algo que necesita espacio y
desarrollo. Yo no sé escribir cuentos; quizá algún día aprenda,
cuando me canse de escribir novelas. Pero los leo con mucho gusto.
P.-
¿Tiene algo de autobiográfico Un peso en el mundo?.
J.M.G..-
Procuro huir de lo autobiográfico porque no me considero
especialmente interesante. Lo que sí habrá, como en cualquier otro
escritor desde que la escritura es la escritura, es el trabajo sobre
dos experiencias: la experiencia personal de lo real
y la experiencia literaria
P.-
No es España, aunque lo parezca, un país de tradición
novelesca, al menos como se entendía
en el siglo XIX y comienzos del XX en Inglaterra y Francia.
¿A que cree que es debido?. Porque salvando dos períodos (la
Generación del 27 y El Grupo poético de los 50) tampoco se
puede afirmar que esto fuese debido a que estuviésemos volcados en
la poesía o en el teatro.
J.M.G..-
No
hay tradición novelesca y si hay tradición literaria. No hablo de
mejor o peor literatura sino de tradición. ¿Por qué no hay
novelas?. Yo creo que porque se consideraba un género poco noble en
un país de analfabetos. Al menos la poesía y
el teatro poseían la oralidad; la novela, no. En fin, que no
compensaba escribir novela. Y luego hay otras muchas razones que sería
pesado de exponer para mí y tarea mucho más fácil para un buen
historiador de la literatura.
P.-
Volviendo a Un peso en el mundo, he de
reconocer que su lectura me ha reconfortado como pocas novelas lo
habían hecho en los últimos años. Ese conflicto que se plasma
desde el principio, el inesperado desenlace... ¿Para cuando tiene
previsto presentar una nueva obra?.
J.M.G..-
Creo
que en este mes de Septiembre aparece una nueva novela bajo el título
No acosen al asesino. Es una novela policiaca “a la
inglesa”, que es un género que me enseño a leer después de los
primeros escarceos con Salgari, el capitán Gilson y Richmal
Crompton, y que me enseñó mucho sobre el arte de escribir. Es un
homenaje que espero que no desluzca los originales. Es también en
libro escrito entre medias de un proyecto muy ambicioso del que
llevo la escrita una tercera parte.
P.-
Y ya que hablamos de esta novela, tengo la impresión de que
estuvo mejor tratada por la crítica que por los lectores. No era fácil
verla en las listas de las obras mas vendidas. ¿Siente alguna
frustración saberse autor de una pequeña obra maestra, y que se
vea incapaz de hacerla llegar a mas gente?.
J.M.G.-
Ninguna.
Un solo buen lector es suficiente. Uno sólo que vea lo que tú has
querido poner ahí y, de ese modo, te reconozca y te devuelva tu
trabajo, mejorado y ampliado con su lectura, te compensa
sobradamente. En cuanto a lo demás, le remito al sentido de la
frase de Lezama. A todo el mundo le gusta ser reconocido, claro,
pero en mi caso, no por cualquier causa ni por cualquier gente. Un
escritor define con su estilo al público que busca.

Arturo
Arango
Por
©Luis
García
Manzanillo (Cuba) 1955. Entre 1989
y 1991 fue director de la revista Casa de las Américas. En la
actualidad es jefe de redacción de la revista La Gaceta de Cuba. Es
autor de un libro de ensayos, Reincidencias (1987),
de los volúmenes de relatos La vida en una
semana (1989), La Habana elegante (1995) y ¿Quieres
vivir otra vez? (1997), así como de la novela Una lección
de anatomía (1997). En El libro de la
realidad (2001), Arango aborda uno de los temas más
polémicos de la reciente historia de Cuba
Introducción.-
Vivimos tiempos de bonanza literaria dentro de la lengua
hispana, de rejuvenecimiento
y regeneración. No es casual la irrupción de La
Generación de Crak en el panorama internacional ni de otros
movimientos similares en un momento en el que el decaimiento del boom es mas que evidente.
A pesar de sus múltiples connotaciones, que las tiene, la narrativa
hispanoamericana despierta pasiones, pero también recelos. Sólo así
se puede entender que dentro de toda esta tendencia, a la literatura
cubana siempre se las haya considerado como el patito feo, la gran
olvidada de los últimos cuarenta años salvedad expresa de
puntuales y tardías recuperaciones (aunque bien es cierto que nunca
es tarde para ello) como el caso de Virgilio Piñera. El boom
nació de la pluma de García Marquez, Vargas Llosa y Carlos
Fuentes, pero también del barroquismo de Alejo Carpentier y de la
precisión poética de Lezama Lima. Ahora, prestos a iniciar el
nuevo siglo, nuevos y jóvenes narradores irrumpen con fuerza hasta
el punto de llegar a ser considerados casi como un lobby, o dos. Ya que inmersos en plena vorágine, y posiblemente
como una aventura empresarial mas, los editores diferencian entre
los autores del interior y los del exterior. Si tradicionalmente los
del exterior, o del exilio, eran los grandes conocidos, ahora por
fin ha llegado la hora de los del interior.
Pregunta.-
Arturo Arango, un nombre a seguir en los próximos años,
aunque no por ello un perfecto desconocido. ¿Qué nos puedes contar
de ti, de tus comienzos literarios?.
Arturo
Arango.- Comencé a
escribir a mediado de los 70, en una época muy mala dentro de la
Isla, un período de contracción
ideológica, de dogmatización extrema. Me inicié dentro de la poesía,
y como parte de un grupo de poetas (muy jóvenes entonces,
naturalmente) que pretendíamos renovar el género, hablar de la
realidad cubana del hoy, sin idealizaciones, sin las imposiciones de
la política o la ideología. Muy pronto abandoné la poesía, donde
no me sentía cómodo, y comencé a escribir cuentos, y también me
convertí en uno de los críticos, de los voceros de esa generación
(Leonardo Padura, ya conocido en España, era otro). Aunque trabajé
durante nueve años en la revista Casa
de las Américas, de la que fui director entre 1989 y 1991, mi
pertenencia literaria, mis relaciones, se establecían más en los
cotos de la revista El Caimán
Barbudo. Quizás por todos esos conflictos que caracterizaron
esos años, por esos esfuerzos nuestros por lograr que los espacios
de difusión se abrieran, por lograr un clima de auténtica
realización literaria, mi obra inicial estuvo mucho más volcada al
periodismo y a la crítica, es decir, a géneros que Alfonso Reyes
llamó ancilares. Mi primer libro de cuentos data de 1989, y se
titula La vida es una semana. Esa
salida tardía fue algo común a los narradores de mi generación.
P.-
Acabas de publicar novela en la Editorial Tusquets, -El
libro de la realidad-. ¿Cómo te sientes?.
A.A.-
Feliz, como es previsible. Tusquets es una editorial
ejemplar, por la seriedad de sus propuestas, por el respeto con que
trata a sus autores, por la belleza de sus diseños.
P.-
¿Ha sido un parto doloroso?.
A.A.-
Toda escritura lo es, o debía serlo. Desconfío de la obra fácil,
lo cual no quiere decir que a la vez no lo escriba para divertirme.
Pero, al menos a mí, también las dificultades me divierten, me
hacen feliz. No se trata de masoquismo: descubrir las dificultades
me llena de angustia, de desasosiego, pero vencerlas, dejarlas atrás,
me hace inmensamente feliz.
P.-
Es innegable la abundancia de narradores cubanos.
Actualmente, me vienen a la memoria además de los ya conocidos
Cabrera Infante y Zoé Valdes, los de Karla Suárez, Ronaldo Menéndez
y tantos otros. ¿Cómo se vive la literatura desde el ostracismo?.
A.A.-
No sé exactamente a qué se refiere en la pregunta el término
“ostracismo”. Yo, como la generalidad de los escritores cubanos,
viajo con frecuencia fuera de la Isla (también, como es lógico,
dentro de ella), he publicado libros en México e Italia, y cuentos
y artículos en revistas de muchísimos países, y aparezco en una
veintena de antologías de cuentistas cubanos aparecidas fuera de
Cuba. He escrito, además, el guión de una película (basada en un
cuento mío), “Lista de espera”, estrenada comercialmente hasta
ahora no sólo en Cuba, sino además en España, Francia, Italia,
Alemania, México, y que se ha presentado, entre otros, en los
festivales de Cannes, Málaga, Cartagena y Chicago. De manera que la
palabra ostracismo me resulta extraña.
P.-
¿Te has sentido en alguna ocasión mediatizado por los
narradores del exterior?.
A.A.-
El exilio cubano es muy diverso. Por ejemplo, admiro mucho la
obra de Cabrera Infante, a quien no conozco personalmente, y de
quien lamento su actitud intolerante (por ejemplo, se ha negado a
figurar en un panorama del cuento cubano publicado en Cuba). Admiro
también mucho la obra de Gastón Baquero, a quien tuve la oportunidad de conocer en Madrid, poco antes
de su muerte. Me deslumbra la personalidad y la obra de Reinaldo
Arenas, sobre todo sus novelas El
mundo alucinante y El
color del verano (mientras la película Antes
que anochezca me parece muy manipulada, muy falsa, a pesar de la
soberbia actuación de Bardem). Le hablo de obras que he leído en
Cuba, que están en mi biblioteca. Hay otro exilio de autores que
son mis compañeros de generación, o cercanos a ella, y en algunos
casos mis amigos, con los que mantengo la comunicación normal (o
anormal) que se mantiene con los amigos o conocidos: les envío mis
libros, recibo los de ellos, nos escribimos, discutimos, nos
criticamos o atacamos. En la última década, en algunos espacios de
la cultura cubana (yo trabajo en una revista, La
Gaceta de Cuba, que ha sido paradigmática en este sentido),
hemos tratado de “normalizar” nuestras relaciones con la cultura
cubana que se hace fuera de la Isla, y hemos ido publicando sobre
todo a aquellos escritores que se dieron a conocer fuera de Cuba, y
que para nosotros eran desconocidos por completo. Por supuesto, son
autores cubanos, pertenecen a nuestra literatura, a nuestra cultura,
y, más que una “mediatización”, tengo con ellos una “relación”,
diversa, según los casos, como son todas las relaciones.
P.-.-
Eres un perfecto desconocido, y sin embargo acabas de
publicar en Tusquets la novela El
libro de la realidad. Todo un éxito, y una apuesta de la
Editorial. ¿Qué podemos encontrarnos los lectores en la misma?.
A.A.-
Te confieso que no me gusta intervenir en el juicio de mis
posibles lectores. El libro de la realidad es
una novela que ocurre en el ambiente histórico e ideológico de la
Cuba de los 60. Sus protagonistas son jóvenes que viven inmersos en
un estado de fe, pero cuyas existencias transcurren también, como
suele ocurrirnos a las personas de carne y hueso, en la
cotidianidad: con las dificultades, con los trastornos, con las
pasiones que habitualmente ocupan la vida diaria de las criaturas
vivas.
P.-
¿No pasa por ser una novela de iniciación, un concepto muy
recurrido actualmente en literatura?. Iniciación a la vida, a la
realidad que te rodea...
A.A.-
La novela de iniciación es un tópico, casi un subgénero
dentro de la novela. El
libro de la realidad tiene algo de eso, como lo tienen todas
las novelas cuyos protagonistas son jóvenes, personas que están
todavía en edad de aprendizaje (en edad en que el aprendizaje es más
intenso). Pero las novelas de iniciación suelen contar períodos
muy largos de la vida de sus personajes, mientras que en ésta, por
la naturaleza misma de su argumento, sólo se cuentan unos meses. La
novela de iniciación suele acercarse a lo biográfico: niñez,
adolescencia, juventud... Aquí es un fragmento, una instante de
intensidad inusual dentro de un conjunto de vidas.
P.-
Una novela
escrita en la Cuba de Castro sobre la Cuba de Castro, y desde el
interior. ¿Es un acto de valentía, de justicia...?.
A.A.-
Es un acto literario, ni más ni menos. Yo te aseguraría que
la inmensa mayoría de la literatura que se ha escrito en Cuba en
los últimos quince años tiene como referente a la realidad cubana
posterior a 1959. Y créeme que en esas obras hay todo lo humano y
lo divino que suele encontrarse en cualquier literatura.
P.-
¿Hasta que punto es una novela autobiográfica?. Y caso de
serlo (o no) ¿con qué protagonista te identificarías?.
A.A.-
No es autobiográfica, aunque sí, como ocurre siempre,
inevitablemente, hay allí contadas muchas experiencias que son mías.
Yo soy un poco menor, en edad, que esos personajes. Cuando ellos,
digamos, vivían esos episodios, a sus diecisiete o dieciocho años
yo tendría unos doce o trece. Soy, digamos, su hermano menor. De
ellos, me gusta la soledad de Alejandro, su fortaleza, como también
el escepticismo de Rolando. Es decir, me hubiera gustado ser el
hermano menor de cualquiera de ellos dos.
P.-
¿Te sientes heredero de algún autor en concreto?.
A.A.-
Uno suele ser heredero de un conjunto de autores, de sistemas
literarios, más que de un escritor en específico. Incluso, es
heredero de cineastas, de pintores, de músicos: de un ambiente
cultural. Yo me formé en la admiración a esa gran novelística
latinoamericana que se ha llamado boom, y, en general, me siento parte de una comunidad lingüística
que en la segunda mitad del siglo pasado dio obras excepcionales.
Pero las afinidades literarias se establecen de otra manera: por
ejemplo, Borges me interesa por encima de todos; prefiero Palinuro
de México antes que La
región más transparente, y me arrodillo ante Gran
sertón, veredas. Y en esa comunidad espiritual también incluyo
el cine de Tomás Gutiérrez Alea, las canciones de Silvio Rodríguez
o de Chico Buarque, la pintura de René Portocarrero o de Julio Le
Parc. Pero esa comunidad cultural puede ser más amplia: el
descubrimiento de los Beatles por el adolescente que fu marcó
definitivamente mi sensibilidad, como más tarde a Led Zeppelin o a
Joan Manuel Serrat, o el cine de Buñuel, de Fellini o de Tarkovski.
Hablo de obras formativas, y trato de darte referencias contemporáneas.
P.-
Literariamente te has iniciado en el relato corto, habiendo
conseguido algunos premios. ¿En que terreno te mueves con mas
fluidez?.
A.A.-
No escribo cuentos desde 1994 porque no se me ocurre ninguna
idea que pueda contar en menos de cien páginas. Debe ser
incapacidad, y que la novela te permite
establecer asociaciones, a inventar mundos que a mí me
resultan más cómodos. Suelo estar durante varios meses preparando,
almacenando dentro de mí los ingredientes de ese universo en el que
voy a entrar, y después que logro conformar sus rasgos primigenios,
a esbozarlo, cada vez me puedo mover mejor dentro de él. Cuando
cada mañana me siento frente a la pantalla no me la encuentro en
blanco: hay cosas que revisar, que rehacer, que me van llevando
hacia lo que está por escribir. Esa angustia del inicio, de la
primera frase, del ¿valdrá la pena?, en la novela se resuelve de
una sola vez para muchos meses. Es como encontrar un contrato de
trabajo a largo plazo, en un lugar hecho a tu gusto, a tu medida.
Con el cuento es como salir todas las semanas a buscar empleo.
P.-
A pesar de ser un tema tan atractivo, no es corriente salvo
en los autores cubanos del exterior el recurrir al periodo histórico
revolucionario como argumento literario. ¿A que crees que es
debido?.
A.A.-
Como te dije antes, sí es frecuente, y más que frecuente,
común. Por ejemplo, todas las novelas de Padura ocurren en los 70 y
80. Lo mismo con las obras de dos autores que respeto muchísimo,
como Reinaldo Montero y Miguel Mejides. En España se ha publicado
también El pájaro: pincel y
tinta china, de Ena Lucía Portela, que ocurre en los 90
cubanos. Lo que ocurre es que circulan muchos esquemas sobre Cuba, y
su literatura se conoce mal, y se suele comprender a partir de esos
esquemas.
P.-
¿Qué estás preparando en estos momentos?.
A.A.-
Estoy trabajando una novela que se llama Muerte
de nadie, y que es un proyecto largo, y complicado. Es una
mezcla de tipologías diversas: novela de aventuras, policial, histórica,
del dictador...
P.-
¿Acudirás al Salón del Libro Hispanoamericano a celebrar
en Gijón en Octubre próximo?.
A.A.-
No tengo idea.
P.-
¿Podrías recomendarme algunos autores cubanos desconocidos
para el lector español?.
A.A.-
Obviamente, pienso
que te refieres a los que no han sido publicados en España. Para
ordenar un poco cronológicamente, me gustaría que en España
conocieran las novelas de José Soler Puig, ya fallecido, y con una
obra monumental, El pan
dormido. De los más cercanos a mí, ya te mencioné a dos que
me parecen magníficos: Reinaldo Montero y Miguel Mejides. De ellos
recomendaría Las afinidades (Montero,
ya que su obra principal, Misiones,
alcanza las 1200 cuartillas) y Perversiones en el Prado (Mejides). En España han publicado a
Padura, a Abilio Estévez (ambos en Tusquets), a Abel Prieto, a
Senel Paz, Eliseo Alberto. No sé si conocen a Carlos Victoria, que
vive en Miami, y es excelente. De los más jóvenes que nosotros, a
Ronaldo Menéndez, Ena Lucía Portela,
Atilio Caballero y Pedro de Jesús, ya dados a conocer allá
(aunque a veces en editoriales menores), habría que añadir a Waldo
Pérez Cino, que vive en Madrid, y de quien me acabo de leer el
manuscrito de una novela interesantísima, El puente sobre el río cual;
Alberto Garrido, autor de muy buenos cuentos reunidos en El muro de las lamentaciones y
una novela bellísima, La
leve gracia de los desnudos. Y ahí detengo la lista de mis
preferencias.
Rodrigo
Brunori
Por
©Luis
García
Como no podía ser de otro modo, uno encuentra en Rodrigo
Brunori, Premio
Jaén de Novela 1999, Premio Tigre Juan 2000, el perfil de un hombre
pausado y tranquilo, indudablemente el de un músico. Así era también
el gran narrador Daniel Moyano, con quien Rodrigo guarda muchas,
quizás demasiadas, similitudes, además de su ascendencia argentina.
Como él, Rodrigo también es músico, violinista en su caso. Como
él, la sensualidad que trasmite al escribir va más allá de lo
expuesto en esta su primera novela. Me manda Stradivarius
(Editorial Debate) es ante todo una obra de iniciación, y como tal
hay que verla. Pero, ¡cuántos quisieran con su primera novela
alcanzar el clímax con el que el autor impregna las casi 200 páginas!.
Estamos sin duda, ante alguien que dará que hablar, y mucho, en próximos
años, salvo que el estigma de Bartleby, y el propio camino que
elija el autor, lo aparten de la literatura. Esperemos que no.

Pregunta.-
Con Me manda Stradivarius
has conseguido de alguna forma tocar el cielo con las manos. ¿Cómo
se siente un nuevo autor ante tanto éxito?
Rodrigo Brunori.- Es algo que
se vive con mucha felicidad y con mucha emoción, porque se trata de
un reconocimiento al trabajo de mucho tiempo. Ten en cuenta que,
entre una cosa y otra, tardé casi siete años en escribir la
novela. Además, son acontecimientos que marcan tu vida, creo que la
cambian radicalmente. Esa actividad tan íntima que es escribir
empieza a tener de pronto una proyección pública, y eso a mí me
resulta nuevo y estimulante. Lo que sientes es que efectivamente la
literatura te permite comunicarte con los demás. Yo no creo
demasiado en que los escritores escribamos solo para nosotros
mismos. Hay una parte que efectivamente va destinada sólo a uno
mismo, a la introspección y a la exploración de su interior; pero
pienso que detrás de todo eso hay un afán de comunicación, una
necesidad de hablar con los demás a través de las historias que
contamos. Eso es lo que ves mucho más claro cuando has publicado un
libro. Sientes que te estás abriendo al mundo a través de él.
P.-
Pero no puedes evitar el estar envuelto en toda una suerte de
fastos literarios. (Premio Jaén, Premio Tigre Juan...).
¿Se los imaginaba así?
R.B.- Todo eso
se ha quedado para mí en un nivel muy agradable. Me he encontrado
siempre cómodo, entre otras cosas porque nadie me ha exigido nada.
No sé cómo será la situación de un autor que empieza y, de
pronto, se convierte en famoso y tiene que escribir en poco tiempo
otra novela y empieza a colaborar a la vez en varios periódicos,
pero desde luego no es mi caso. Creo que me espantaría por la presión
que eso supone. Yo a lo único a lo que aspiro es a poder seguir
escribiendo a mi ritmo, que es más bien pausado.
P.-
El alzarte con el Jaén
debió de ser toda una sorpresa. Pero el Tigre Juan,
un certamen tan sólido y respetado, y además compitiendo en la
final con Pablo J. D´ors.
R.B.-
El Tigre Juan fue también una
gran sorpresa porque la novela se había publicado hacía ya casi un
año y yo nunca pensé que a estas alturas me tuviese reservadas más
alegrías, estaba ya con la mente en otra cosa. Se trata,
efectivamente, de un premio muy prestigioso, con una nómina muy
importante de escritores a sus espaldas, y por eso es una gran
satisfacción. Y luego está el asunto de la cena en la que se falla
el premio, eso de que queden seis autores y se vaya eliminando a uno
en cada plato. Hay una cierta tortura en el método, pero está
claro que se consigue una expectación especial.
P.-
¿Cómo nació Me manda
Stradivarius?. ¿Cuál es su génesis?
R.B.-
Originalmente era uno de los últimos capítulos de una
novela que yo empecé a escribir en 1990, un verano que me quedé
solo en Madrid. No había tenido hasta entonces ningún contacto con
la literatura -más que el de lector, evidentemente, pero siempre he
sido un lector desordenado, incluso perezoso-, y un buen día cogí
la máquina de escribir y me puse a contar una historia que se me
había ocurrido a partir de las experiencias de un amigo mío.
Trataba de un violinista que pierde su violín en el autobús y poco
después encuentra otro que acaba cambiando su vida. Al final de esa
novela, debía aparecer la historia de Antonio, Maderatti y Homobono,
narrada al protagonista por un personaje secundario. Lo que me
ocurrió fue que, cuando llevaba ya algunos años de trabajo, me di
cuenta de que la historia que a mí más me interesaba era esta última,
por lo que acabé abandonando la novela original, que por supuesto
nunca llegué a acabar.
P.-
Se trata de una novela marcadamente musical, y era de suponer
su formación en dicho arte, algo que posteriormente me habrías de
confirmar. De ahí que, ¿qué tiene de autobiográfica la obra?
R.B.-
No demasiado, la verdad. La autobiografía está en
determinados sentimientos que aparecen allí más que en los hechos
concretos. Yo nunca he construido un violín ni sé trabajar la
madera, de hecho soy bastante torpe para ese tipo de labores
manuales, pero sí tuve un profesor de violín que estaba
obsesionado con defenderse del resto del mundo y que vivía los
acontecimientos propios de su profesión como una amenaza; fue un
hombre que me marcó mucho, que en determinado momento de mi
juventud tuvo sobre mí una gran influencia y que, en cierto modo,
puede parecerse a Antonio Silverius. También utilicé muchas cosas
de la relación que mantuve con mi padre y recuerdos de mi infancia
en Argentina, donde pasaba mucho tiempo en el campo, en un contacto
con la naturaleza similar al que tiene Homobono. Pero eso no es
autobiografía, simplemente son las experiencias vitales que, de una
forma u otra, utilizamos todos los escritores.
P.-
¿Con cuál de los dos personajes principales te identificas,
no como escritor, sino como músico?
R.B.-
Yo he dejado de ser músico hace mucho tiempo, y la verdad es
que tampoco conseguí pasar nunca de ser un estudiante de violín
entusiasta, esforzado y con muy poca suerte. Por eso, aunque
reconozco que me llena de alegría que me llamen músico –es como
una especie de satisfacción infantil, como un piropo que me dicen-
me veo en la obligación de aclarar que no es del todo exacto. Pero,
desde el punto de vista de la música, la identificación mayor es
sin duda con Antonio Silverius, que no es propiamente músico, sino
luthier. Lo que a mí me gusta de él su mimo al trabajar, su afán
de perfección, el cuidado que pone en los detalles, esa necesidad
de apostarse la vida contra esa búsqueda de la belleza. De todas
formas, intentando responder a tu pregunta, sí te puedo decir que
en la última fase de mis estudios musicales –cuando mi fracaso
había quedado más o menos claro y ya me encontraba, por decirlo de
alguna manera, en estado terminal- me dediqué de modo obsesivo a
estudiar armonía, que para un estudiante de música es algo así
como el primer paso de la composición. Me encerré durante un par
de años a hacer ejercicios para aprender a conducir las voces sobre
el papel, como si a esas altura eso fuera a valerme luego para algo,
y creo que es en ese momento cuando más puedo identificarme con el
afán de perfeccionismo de Antonio Silverius. Por otra parte, ese
proceso fue fundamental para que más tarde aprendiese a escribir.
P.-
Se trata, a mi modo de ver, de una novela muy sensual, de
hecho esa es una de las constantes de la música. Pero que puede en
algún momento deslizarse y convertirse en una suerte de historia de
amor / odio entre los tres actores del relato. ¿Nació la historia
de esa forma?
R.B.-
Sí, es un aspecto que yo vi claro desde el primer día. Hay
una historia de seducción de Cecco Maderatti hacia Antonio y
Homobono. Con el viejo es una relación maestro-alumno, en la que
este último empieza a pervertir las enseñanzas que recibe y a
actuar de acuerdo a su personalidad y sus intereses, pero que ha
sido posible porque desde el primer momento se ha tomado el trabajo
de encandilar al luthier, de seducirlo. Con el hijo, en cambio, se
establece para mí una relación mucho más sincera, una relación
totalmente adolescente, en la que Homobono empieza a entender que
hay muchas más cosas en el mundo que las que le ha enseñado su
padre. El descubrimiento de la amistad, de una amistad que se parece
tanto al amor, cambia por completo su vida. Cecco Maderatti es para
él ese personaje que llega en un momento de nuestra vida, nos
seduce, nos abre los ojos al exterior y luego se marcha. El odio que
tú comentabas también existe, pero poco, es más bien desesperación,
la desesperación de un viejo que ve cómo al final de su vida
aparece alguien que le va a arrebatar lo poco que tiene y le va a
recordar su fracaso, no como luthier pero sí como hombre.
P.-
Cecco Maderatti no sólo sabe de construir violines, también
de enfermedades malignas para la época. ¿Por qué introducir la
epilepsia en la historia?
R.B.-
La enfermedad me permitió introducir todo el universo fantástico
de Homobono, que me resultaba muy atractivo, en primer lugar, por
las imágenes en sí mismas –los peces, los pájaros, como
enviados de un mundo fascinante y aterrador-
y luego por la dimensión solitaria, ensimismada, que da al
personaje. La idea surgió de una forma totalmente espontánea, casi
diría que automática: estaba escribiendo y de pronto se me presentó
esa imagen de los peces que vienen a buscarle. Y, aunque de pronto
sentí un cierto temor porque no tenía ni idea de adónde me iba a
conducir aquello, seguí escribiendo sin pensar demasiado. Luego me
gustó también el contraste que creaba con el mundo tan racional de
Antonio, en el que todo se compone de maderas de dimensiones muy
precisas, fórmulas de barniz exactas, etc.
P.-
El violín nace a la vida a medida que languidece la de
Antonio, el maestro, en una de las más hermosas metáforas de la
novela. ¿Cómo diste con ella?
R.B.-
Parte de una idea que siempre me ha obsesionado un poco, la
de que la felicidad de uno, o la consecución de objetivos buenos y
deseables, lleva muchas veces aparejada la desgracia de otro. El
violín aparece al principio como un elemento positivo, de ilusión
para todos, pero pronto empieza a adquirir un carácter más
ambiguo. Para Antonio, pasa de ser una de las obras más importantes
de su vida a convertirse en un calvario, en una experiencia que
acaba destruyendo su mundo; en el violín se refleja todo ese
proceso: su pérdida de vitalidad, la traición de Maderatti hacia
su proyecto inicial y también la creciente independencia de
Homobono, quien, por primera vez y no por influencia de él sino de
Maderatti, se apasiona con la construcción del instrumento. Por
eso, se ve pronto que el hecho de llevar a buen término ese proceso
que al principio todos han deseado va a suponer la ruina para
algunos de ellos. Para Antonio, en primer lugar, porque entiende que
es el último violín de su vida y que está perdiendo a su hijo; y
también para Homobono, quien comprende que, en el momento en que el
violín esté acabado, Maderatti se marchará y le dejará en la
soledad en la que vivía antes.
P.-
¿No parece que es un poco como aquel mito de los indios que
creían que las fotografías captaban el espíritu de los
fotografiados? En esta ocasión, el violín sería la fotografía. A
medida que avanza su construcción.
R.B.-
Sí, es una idea que se le acerca bastante. Antonio se va
dejando la vida en el instrumento, se vacía por completo y se queda
al final sin nada, sólo con el recuerdo de un fracaso.
P.-
¿Cómo ve alguien joven como tu el actual panorama literario
español?.
R.B.-
No tengo una opinión muy formada al respecto porque tampoco
leo demasiado, me gustaría pero trabajo mucho para ganarme la vida
–no con la literatura, claro- y no dispongo de demasiado tiempo.
Creo, no obstante, que es un panorama amplio, con muchísima gente
que escribe desde posiciones totalmente distintas. Sí me parece que
a veces las cosas van demasiado rápido por cuestiones
puramente comerciales y que eso no es bueno para ningún escritor.
Muchos escritores publican una novela, se hacen famosos y, a partir
de entonces, empiezan a sacar casi un libro al año. Eso está muy
bien si pueden hacerlo manteniendo un nivel de exigencia elevado con
respecto a su trabajo, pero muchas veces no es posible. A mi
entender, en la literatura la prisa es mala acompañante.
P.-
Eres de ascendencia argentina, tierra de grandes narradores.
¿Para cuando un libro de relatos que seguro tendrás en algún cajón?
R.B.-
Tengo un par de relatos escritos que me gustan y no descarto
escribir más y con el tiempo hacer un libro, dado que el relato es
un género que me gusta mucho. De hecho, ésta era la idea que tenía
hasta algunos meses, pero una historia que en principio iba a ser un
cuento se ha convertido en el inicio de una novela.
P.-
¿Qué estas preparando en estos momentos?
R.B.-
A comienzos de diciembre comencé a escribir esta novela que
te comentaba. Es una historia también con músicos de por medio,
pero bastante distinta de la anterior. Transcurre más o menos en la
actualidad y será más larga y con bastantes personajes
secundarios.
Roberto
Bolaño
Por
©Luis
García
Santiago
de Chile 1953. Ha publicado Consejos de un
discípulo de Morrison a un fanático de Joyce
(1984), Amuleto, Llamadas Telefónicas, Los detectives
salvajes, Los Perros Románticos, La Pista de Hielo (1992),
La senda de los elefantes (1994), La literatura nazi
en América (Seix Barral, 1996). Monsieur Pan, Nocturno de
Chile, Estrella Distante y Tres

Introducción.-
Introducción.-Quisiera poder quedar con él, pero me es
imposible. Quisiera poder decirle que le
conozco literariamente desde hace... casi veinte años, en
concreto desde que yo un día entrara en la Librería Morgana de
Oviedo, una de esas pequeñas librerías que suplantaban fondo
editorial por culto literario, y me hiciera con un ejemplar de Consejos
de un discípulo de Morrison a un fanático de Joyce,
(Premio Ámbitu Literario de de Narrativa 1984), una novela negra,
negra, escrita en colaboración con Antoni García Porta. Quisiera
poder decirle que no me extrañó que se alzara con el Premio
Herralde de Novela por Los detectives salvajes, ya
que la carrera literaria de Roberto Bolaño, si bien había
comenzado a mis ojos a comienzos de los ochenta, está plagada de
éxitos (Premio
Ciudad de Alcalá de Henares 1992 con La pista de hielo).
Las comparaciones con el otro chileno exiliado ilustre son
inevitables, pero tampoco vienen a cuento. Ahora, presenta dos
nuevas obras, Nocturno de Chile, Editorial Anagrama,
novela con el trasfondo del Chile actual, y Tres, un
curioso poemario editado por El Acantilado que no ha pasado
desapercibido para casi nadie.
Pregunta.- Premio
Herralde de novela con Los Detectives salvajes, pero
pocos le recuerdan en sus comienzos con aquella obra coescrita con
Antoni García Porta Consejos de un discípulo de Morrison
a un fanático de Joyce. ¿Cómo recuerda aquellos
inicios?.
Roberto Bolaño.- Con una alegría un poco insana.
Por aquella época trabajaba en Roses, a medio camino entre
Figueras y Cadaqués, aunque mi vida no tenía nada de glamour,
sobre todo si entendemos la palabra glamour tal como la entienden
y la ejemplifican esos cientos de exiliados latinoamericanos,
sobre todo aquellos que se dedican al arte o al espectáculo (de
hecho, dudo mucho que sepan la diferencia entre arte y espectáculo).
Digamos que entonces yo trabajaba vendiendo bisutería, es decir
que tenía mi pequeño negocio, y vivía como un árabe de las Mil
y una noches, o como un judío del ghetto de Praga, sin frecuentar
el círculo de Kafka, pero aprendiendo esos nombres tan
pintorescos que designan las diversas piezas de bisutería. Los
mediodías solía ir a bucear a una escollera del puerto en donde
aún era posible ver pulpos. Cuando los pulpos me veían se
alejaban y yo los seguía, sin tocarlos, durante un buen trecho.
Por las noches, después de contar las ganancias y las pérdidas
del día, y anotarlas en un cuaderno muy grueso, me ponía a
escribir, tirado en el suelo (no tenía mesa) y a veces pensaba en
el ojo del pulpo que había visto ese mediodía y todo me parecía
magnífico. Si no hubiera sido víctima de una estafa,
probablemente aún seguiría en el mismo negocio.
P.-
¿Se siente cómodo en su papel de triunfador?. Es decir,
ha pasado en veinte años (casi nada) de ser un escritor marginal
a ganar el Herralde de Novela y después el Rómulo Gallegos con
la misma obra. Le repito: ¿cómo se siente en dicho papel?.
R.B.- No creo en el triunfo. Nadie, con dos dedos de frente,
puede creer en eso. Creo en el tiempo. Eso es algo tangible,
aunque no se sabe si real o no, pero el triunfo, no, de ninguna
manera. En el campo de los triunfadores uno puede encontrar a los
seres más miserables de la tierra y hasta allí yo no he llegado
ni me veo con estómago para llegar.
P.-.-
¿Qué hace un chileno como usted en la costa gerundense?.
¿Qué le decidió a quedarse allí?.
R.B.- Me gusta este lugar. Supongo que si viviera en otro
sitio, también acabaría acostumbrándome a él y viviendo más o
menos feliz. Mi familia paterna, por otra parte, es una familia de
emigrantes, mi abuelo era gallego y mi abuela catalana. Mi padre,
que nació en Chile, se ha convertido en un mexicano. Mi familia o
parte de ella es de clase obrera, y la clase obrera sólo necesita
un pequeño empujoncito para dejar de creer en la patria, que es
un invento burgués, y cuando digo burgués estoy pensando tanto
en la burguesía francesa como en la burguesía soviética o la
burguesía china. Por otra parte tengo que aceptar que estoy casi
siempre en contra de la mayoría y la patria es el lugar en donde
la mayoría (los compatriotas) impone con mayor persuasión sus
dogmas y sus castigos y sus premios.
P.-.-
¿Se siente heredero del boom, o se identifica más
con la generación del crak, usted que también pasó y se
quedó un tiempo en Méjico?.
R.B.-No, no, no me siento heredero del boom de ninguna manera.
Aunque me estuviera muriendo de hambre no aceptaría ni la más mínima
limosna del boom, aunque hay escritores muy buenos, que releo a
menudo, como Cortázar o Bioy. El boom, al principio, como suele
suceder en casi todo, fue muy bueno, muy estimulante, pero la
herencia del boom da miedo. Por ejemplo, ¿quiénes son los
herederos oficiales de García Márquez?, pues Isabel Allende,
Laura Restrepo, Luis Sepúlveda y algún otro. A mí García Márquez
cada día me resulta más semejante a Santos Chocano o en el mejor
de los casos a Lugones. ¿Y quiénes son los herederos oficiales
de Fuentes? ¿Y de Vargas Llosa? En fin, corramos un tupido velo.
Como lectores hemos llegado a un punto en donde, aparentemente, no
hay salidas. Como escritores hemos llegado literalmente a un
precipicio. No se ve forma de cruzar, pero hay que cruzarlo y ese
es nuestro trabajo, encontrar la manera de cruzarlo. Evidentemente
en este punto la tradición de los padres (y de algunos abuelos)
no sirve para nada, al contrario, se convierte en un lastre. Si no
queremos despeñarnos en el precipicio, hay que inventar, hay que
ser audaces, cosa que tampoco garantiza nada.
P.-.-
Suele escribir historias crudas, que resultan de difícil
digestión. ¿Qué le deben sus novelas a la vida?.
R.B.- Todo. No hay nada que no le deba todo a la vida.
P.-.-
¿Y su poesía?. ¿De quien se siente heredero?.
R.B.- Una obra poética suele ser el resultado de una
biblioteca y de una vida, de los saltos y sobresaltos de esa vida.
En ese sentido es inútil nombrar a uno o a diez poetas, son
miles, y su influencia, por otra parte, siempre es relativa, está
condicionada por la aventura. Cuando digo aventura no sólo quiero
decir viajes y riesgos sino también enfermedades, amistades,
hechos mínimos y cotidianos, y la amistad, por supuesto, que es
lo único que queda de la época en que los hombres eran dioses y
los dioses hombres. Bueno, no, también queda el amor, pero el
amor tiene la vista un poco más delicada.
P.-.-
¿Cómo ve la reciente poesía española usted que ha
participado en algunas Jornadas Poéticas de esas que tanto gustan
a los amantes del folclore y de la diatriba?.
R.B.-
Para mí la poesía nueva española es, todavía,Leopoldo
María Panero y Pere Gimferrer. La verdad es que la obra de
Gimferrer meinteresa muchísimo, toda la obra de Gimferrer, no sólo
la estrictamente poética.También me gusta Miguel Casado, un
poeta que pareciera buscar la invisibilidad,aunque lo que
realmente busca es la precisión. Cierto que a veces
invisibilidady precisión son la misma cosa.
P.-.-
Leí en alguna entrevista suya, que hubo un momento en que
se convirtió en un profesional de los concursos literarios. De
hecho, su leyenda mantiene que tenía en ellos una forma de
supervivencia. ¿Qué hay de cierto en ello?.
R.B.- Es estrictamente cierto. Participaba en todo tipo de
concursos literarios para ganar dinero. Por lo tanto enviaba mis
poemas y mis dos únicas novelas a cuanto concurso se ponía a
tiro. Todos terminaron ganando algún premio y algunos más de dos
(con títulos distintos, por cierto). Digamos que fue una
actividad alimenticia. Escribí un cuento sobre este asunto,
"Sensini", que aparece en "Llamadas telefónicas",
en donde ponía punto final a esta etapa, que fue básicamente
melancólica pero que también tuvo momentos de gran expectación
que luego no he vuelto a vivir, pese a ganar algunos premios de
los llamados importantes, tanto en España como en Latinoamérica.
P.-.-
Sus libros adolecen de cierto trasfondo político
irrenunciable. (No podría ser de otro modo viniendo de alguien
que fue acusado de terrorista en su país,
y que se considera un exiliado). Pero, ¿a que se debe que
no participe activamente en España en movimientos sociales como
lo hace por ejemplo Luis Sepúlveda?.
R.B.- Bueno, a mí cuando me detuvieron en Chile me
acusaron de "terrorista extranjero", porque mi acento
era mexicano. Lo sentí como una medalla. Lástima que esa medalla
no duró demasiado tiempo. El teniente de carabineros que me
detuvo, en un control de carretera, era claramente un esquizofrénico
y probablemente nadie le hacía caso. En algunas publicaciones
alemanas he leído, con estupor, que estuve medio año preso. En
realidad sólo fueron ocho días. Con respecto a participar en
movimientos sociales, no tengo idea en qué clase de movimientos
sociales participa Luis Sepúlveda, pero seguro que a mí no me
dejarían entrar a ese club. Ni a ese club ni a ningún otro. Así
que podría decir que no participo por cortesía, por delicadeza,
para evitarles el mal trago de mi más que segura expulsión. O
dicho en otras palabras: que se ocupen ellos de esa política que
yo ya tengo bastante trabajo con ocuparme de la literatura y de mi
política. Una última puntualización: yo jamás me he sentido un
exiliado en España, como tampoco me sentí un exiliado en México,
ni en Centroamérica, ni en ningún otro lugar en donde se hablara
español.
Andreu
Martín
Por
©Luis
García
Andreu Martín. Barcelona 1949.
Licenciado en Psicología. Máximo representante de la novela policíaca
en España, es uno de los autores más populares entre el público
juvenil: su serie del detective Flanagan, escrita con Jaume Ribera,
se halla entre las novelas juveniles más vendidas. Destacar de su
extensa obra Aprende y calla (1979),
Prótesis (1980), Momento de
difuntos (1985), El día menos
pensado (1986), Barcelona
connection (1988), Cuidados
intensivos (1990), A martillazos,
El hombre de la navaja (1992), Jugar
a matar (1995), Fantasmas
cotidianos (1996) o Mentiras de
verdad (2000). Merecedora de numerosos galardones nacionales e
internacionales (Premio Nacional de Narrativa Infantil y Juvenil de
1989 con No pidas sardinas fuera de temporada, en colaboración
con Jaume Ribera). Su obra está traducida al francés, italiano,
portugués, alemán y holandés. Bellísimas personas
obtuvo el XXXII Premio de Novela Ateneo de Sevilla. Espera,
ponte así ha obtenido el XXIII Premio La Sonrisa Vertical
(2001).

Introducción.-
Hammett, Chandler, Le Carre, nombres para la historia
literaria dignificados si cabe por el cine. Cuesta creerlo, pero no
será hasta la incursión del Séptimo Arte cuando la Novela Negra comience a
salir del ostracismo. Cuesta creerlo, digo. En España, también los
tenemos. Son los Juan Madrid, los Andreu Martín, nombres que
auparon la novela policíaca española hasta su lugar actual, y que
sólo a base de coraje y trabajo consiguieron que ¡por fin! fuesen
tratados de igual a igual al resto sus colegas por
los suplementos literarios de este país, tan cortos de vista
en multitud de ocasiones. Andre Martín es un auténtico 4X4. Novela Negra, Juvenil, Guiones de televisión... y ahora,
posiblemente en uno de sus más fructíferos años, Novela Erótica. Pocos podían
sospechar que tras aquel seudónimo que firmaba la novela ganadora
del Sonrisa
Vertical 2001, se encontrase quien no hacía ni seis meses
que había ganado el Ateneo de Sevilla con una obra de registro radicalmente
distinto. ¿O no lo era tanto en el fondo?.Pregunta
Pregunta.-
¿Son tan diferentes ambos géneros como a simple vista lo
parecen?.
Andreu
Martín.-
Sí: son muy diferentes porque el público es diferente. Lo
que el aficionado busca en la novela erótica es, evidentemente,
distinto a lo que busca en la novela policíaca. Y el principal
objetivo del escritor de género es satisfacer al aficionado según
las reglas de juego que posee cada género. Ahí está el placer: en
descubrir las reglas, en jugar bien
P.- Andreu
Martín, nombre de inevitable referencia para cuantos seguimos la novela negra en España.
Pero, ¿de donde le viene su pasión por dicho género?.
AM- Me gusta decir que yo aprendí a leer (a leer catalán
y a leer descubriendo el sentimiento que se esconde tras las páginas
de un libro) con una formidable colección de novela policíaca que
se publicaba en catalán en los años 60, La
Cua de Palla, dirigida por un escritor magnífico llamado Manuel
de Pedrolo. Allí descubrí (descubrimos en catalán) a la Highsmith
antes de que fuera famosa, al LeCarré policíaco de Llamada para el
Muerto y demás; al Ira Levin de Un Beso antes de Morir. Allí se
publicó una novela excelente de Stanley Ellin, Dreamful Summit (en catalán: Cal
saber encaixar: Hay que saber encajar), la primera novela que me
leí de un tirón en mi vida. Me entusiasmó. Y de ella sólo se ha
hecho (que yo sepa) una versión al castellano, y era pésima. En
esa colección (a la que luego se añadieron la estupenda Serie
Negra de Bruguera y la colección de Noguer donde apareció El
Chivato de Higgins, por ejemplo, y El
espía que surgió del frío), descubrí que ninguna novela
policíaca es, realmente, sólo una novela policíaca. Que,
queriéndolo o no, a fuerza de hablar de la transgresión de la ley,
del transgresor y sus motivos, del que persigue al transgresor, del
que vigila al vigilante, de policía y de política (que tienen el
mismo origen semántico) te veías forzado a hablar del mundo en que
vivimos y a juzgarlo desde un punto de vista moral y, por tanto, crítico.
Por todo eso, cuando me propuse escribir una novela, me salió
necesariamente una novela policíaca.
P.- Es
conocida y vieja dicha relación, pero no lo es tanto (al menos hasta la fecha) por el género erótico. Su Sonrisa
Vertical 2001 le atesora un brillante futuro. ¿Se sintió cómodo
escribiendo Espera, ponte así?.
AM.- Me lo pasé
muy bien porque, como mi primera novela policíaca, realmente no
estaba pensando en publicarla. Era un experimento, una prueba. La di
a leer a mi agente literaria y estuvo en sus manos cosa de cinco años
antes de que atináramos a qué hacer con ella. En realidad, si fue
a parar a la Sonrisa Vertical fue porque Carina Pons me preguntó:
“Bueno, ¿qué hacemos con Espera ponte así?
¿Quieres moverla o no?”. Me imagino el original en sus
archivos, cubierto de polvo, estorbando. La pregunta, en realidad,
era: “¿Lo tiramos o qué?”. Yo recuerdo que me encogí de
hombros y le dije “Haz lo que quieras”. Con esto quiero decir
que estuve muy cómodo escribiéndola: la incomodidad vino cuando
tuve que darla a conocer. Me daba vergüenza.
P.- Me
llamó la atención esa radiografía autodestructiva de su
protagonista. ¿Cómo dio con el perfil del personaje?.
AM.- Nació así.
Quise mostrar esa reacción enfermiza que suele darse ante una
negativa en el terreno sexual. Después de acostarse con una mujer
(o una mujer con un hombre) muchas personas dan por supuesto que ese
embozo de esa cama estará ya siempre abierto para ellos. Y, ante la
negativa a una segunda vez, se sienten más rechazados y ofendidos
que si no se hubiera dado la primera. Es como si la otra persona si
les hubiera catado y manifestara que no le gustó el sabor. Cuando
la atracción no viene del afecto, de la amistad, del cariño, del
amor (etc: sentimientos positivos y generosos) sino del afán de
posesión y dominio, hay ocasiones en que estas actitudes
depredadoras se vuelven contra el posesivo y dominante.
Y es el caso del protagonista de ESPERA PONTE ASÍ.
P.- ¿Que
siente al estar ensillado en dos de los géneros más infravalorados
por la crítica?.
AM.- No me siento
mal, porque es elección mía. Lamento, eso sí, que la crítica
cometa la estupidez de infravalorar estos géneros. Lamento que la
crítica infravalore nada, porque eso sin duda empobrece nuestro
panorama cultural. Dice muy poco a favor de la crítica, la verdad.
P.- El
Ateneo de Sevilla por Bellísimas personas (Algaida), el Sonrisa Vertical por Espera,
ponte así (Tusquets)..., ¿nos depara Andreu Martín más
sorpresas en el futuro?.
AM.- A un escritor de género le gusta sorprender, sí.
(Ahí está precisamente uno de los placeres del género: sorprender
cuando el lector se cree que ya está curado de sorpresas. Pero ésa
es otra pregunta y otra respuesta.) Si dijera lo que preparo ya no
sería sorpresa. En todo caso, ya es un secreto a voces que estoy
preparándome para la dirección de una película sobre Flanagan.
P.- ¿Qué
opina de los cánones literarios?.
AM.- Que son la
opinión de un señor y, por tanto, discutibles. Lo que pasa es que
un señor que se anima a elaborar un canon se considera indiscutible
y lo malo es que los papanatas que se lo aplauden también lo
consideran indiscutible. ¿Queda clara mi opinión?
P.- ¿Cuáles
son los referentes literarios de Andreu Martín, que seguro tendrá?.
AM.- Leo
continuamente y me dejo influir por todo cuanto leo. Como ha quedado
claro, no creo en los cánones ni en la infalibilidad de nadie y,
por tanto, si John LeCarré es autor de una de las mejores novelas
que he leído en mi vida, El espía que surgió del frío, también es autor de novelas
detestables. Me da un poco de vergüenza decir cuáles son mis
referentes literarios porque he sido poco influenciado por Flaubert
y Dostoievski. Claro que a mis cincuenta y algo años ya tendría
que quitarme manías de encima, pero tengo la sensación de que, en
este ámbito cultural de papanatas, pueden borrarte de muchas
agendas si reconoces que has aprendido de gente como Ed McBain,
LeCarré, la Highsmith (inimitable: nunca trataría de aproximarme a
ella porque su altura es excesiva para mí), Stephen King, Stanley
Ellin, Jardiel Poncela y, naturalmente, Hammett y Chandler. Claro
que también me han influído Baroja y Galdós (igual como me aburre
profundamente Quevedo). Me divierten mucho los dramaturgos románticos
(Don Álvaro o la fuerza del sino es una de mis obras cómicas
preferidas, no sé a qué esperamos para hacer la película). Y,
mira, para hablar de un clásico al que sí tengo respeto, te hablaré
(me da un poco de vergüenza decirlo, pero...) del Quijote. Sí, señor, el Cervantes del Quijote me parece un cachondo
muy ingenioso. En fin, que de todo un poco. Ahora acabo de leer El
Ilusionista de Martyn Bradford, que seguro que me influirá para un
futuro. Me gustan mucho Vila-Matas, Zarraluki y toda esta patulea...
Yo qué sé.
P.- Bellísimas
personas tiene un cierto carácter documental, que recuerda
un poco al Truman Capote de A sangre fría. ¿Cuántos meses de trabajo previo le depara una
novela?.
AM.- Mira: Bellísimas
Personas y A Sangre Fría sólo se parecen en que relatan un hecho real,
como tantas y tantas y tantas otras novelas. Mi estilo y el de
Capote no se parecen en nada, y no añado “Qué más quisiera
yo”, aunque Capote me gusta mucho. Quizá en un principio, Bellísimas
quiso ser como A
Sangre fría pero, precisamente por eso, no me releí el
libro de Capote y celebré con entusiasmo la creación del personaje
(ficticio) de Nuria que
alejaba definitivamente mi novela de cualquier comparación con otra
novela. A partir de la historia paralela de Nuria, lo más
importante de Bellísimas
ya no es el hecho periodístico sino la elucubración sobre la
relación entre ficción y realidad. Creo yo. Y sí: me llevó muchísimo
tiempo escribir la novela. Mucho más que cualquier otra.
P.- ¿Cómo
se introduce un autor en la mente de un psicópata?.
AM.- Ante todo,
sincerándose consigo mismo y descubriendo dónde tiene guardada su
propia psicopatía. Es lo mismo que para meterse en la mente de una
mujer (si se es hombre) o en la de un niño distinto al que fuimos o
en la de un anciano que no sabemos cómo seremos. O en la de un
personaje mucho más inteligente o mucho más tonto que el autor.
Todos los hombres tenemos rasgos femeninos y todas las mujeres los
tienen masculinos, todos tenemos un referente de la infancia y todos
participamos del miedo a la muerte. Las enfermedades mentales no son
más que exageraciones, hipertrofias, de mecanismos de
comportamiento perfectamente normales y necesarios. Todos somos un
poco paranoicos, hemos de serlo, para poder andar prevenidos por la
vida (no es verdad que todo el mundo sea bueno); todos somos un poco
esquizofrénicos, para poder concentrarnos en la lectura, en el
estudio, para ensimismarnos en nuestros placeres y nuestro propio
yo; todos somos un poco psicópatas para alcanzar nuestros objetivos
con satisfacción... Es cuando ese mecanismo necesario crece y crece
y predomina y nos domina que se puede decir que prevalece la locura.
Bueno, pues el escritor debe a) sincerarse reconociéndose un poco
psicópata (que ya es un poco difícil), b) encontrar ese aspecto
repelente de sí mismo y estudiarlo bien, y c) tener la valentía de
sacarlo a la luz y, eso sí, atribuírselo a otro como si no tuviera
nada que ver con uno mismo.
Oye, mira. Y, ya que me he enrollado mucho en las preguntas
anteriores, me permitiré la grosería de dejar sin responder tres
de las que siguen. Esta primera...
P.- Siempre
mantuve que el género negro, junto con el cómic, era uno de los más
adecuados para incentivar a la lectura a una juventud excesivamente
dependiente del videojuego y de la televisión. Sin embargo, ¿a que
cree que se debe ese desinterés de las Editoriales por el género?.
AM- ... No la
contesto porque la respuesta sería muy larga. Merecería un tratado
amplísimo. Y, la verdad: parece que las editoriales vuelven a
interesarse por el género. Al menos me han hablado de dos que están
a punto de sacar colecciones policíacas. A ver qué tal lo hacen.
Mira... A ver, breve: estamos en esto desde los años 80. Veinte años.
Hace poco, fuimos a una radio un importante autor de novela negra
español y yo, y nos preguntaron qué era la novela negra, cuáles
eran los elementos esenciales del género. El otro autor tomó la
palabra para decir que no se sabía, que el género negro era
esencialmente un género urbano y nada más, y que no había
elementos esenciales del género. Me enfadé. Si ya empezamos
nosotros mismos por no analizar nuestro trabajo, ya me explicarás dónde
vamos a parar. Veinte años y aún no sabemos responder a esas
preguntas??? Eso
explica que la vieja guardia de autores policíacos esté
escribiendo lo que escribe, Y NO ME HAGAS HABLAR, NO ME HAGAS
HABLAR. Suerte tenemos de nuevos y buenos valores como Martín
Casariego (Mi precio es
ninguno) o Suso de Toro (Ambulancia,
Land-Rover, Calzados Lola...) .
P.- ¿Ayudó
la Semana
Negra de Gijón a dignificar el género?.
AM.- ¿Dignificar
el género? ¿Está muy
dignificado el género? (Ésta
no es respuesta, sí, ya lo sé. Pero el que avisa... es avisador.)
P.- Y
ya que lo mencionamos... ¿qué le debe Andreu Martín al cómic, si
es que le debe algo?.
AM.- Mucho, le
debo. Más de diez años de mi vida. Pensar en imágenes. La
estructura básica de mi estilo. La concisión en las descripciones.
Quiero volver al cómic porque le debo, sin duda, ser como soy. Y no
me disgusta ser como soy, la verdad.
P.- ¿En
que proyecto o novela anda metido en estos momentos?.
AM.-
En la peli. Ando metido en la pelea. Esperando una firma que
tiene que venir de TVE y que no viene y nos tiene a todos mordiéndonos
las uñas. Esa firma será el pistoletazo de salida para empezar a
correr en todas direcciones pegando gritos.
Espero que te sirva todo esto. He tratado de ser lo más
sincero posible.

Cristina
Fernández Cubas
Por
©Luis
García
Cristina
Fernández Cubas.
Arenys de Mar (Cataluña)
1945. Estudió Derecho y Periodismo. En 1980 publicó su primer libro de
relatos Mi hermana Elba. Otras obras de la
autora, Los altillos de Brumal, El ángulo
del horror, , Con Agatha en Estambul, El Año de
Gracia, El columpio, Hermanas de
sangre y Cosas que ya no Existen. Ha sido traducida a
ocho idiomas.

Introducción.- En
1980, se presentaba en sociedad una joven autora que lentamente fue
ganándose el crédito de los lectores, que no de los críticos. Fue
un trabajo lento y para mi gusto excesivamente maquillado, toda vez
que como ocurre con frecuencia en la vida, los árboles a veces
impiden ver el bosque. Es la trayectoria de Cristina Fernández
Cubas, la de una mujer entregada a una causa en la que por encima de
cualquier otra consideración se refleja un profundo amor por la mal
llamada literatura gótica, eufemismo en el que se incluye no sin
cierto pudor a todos los autores románticos de finales del siglo
XIX, que supieron aunar una particular concepción de la vida y la
literatura, las más de las veces alejados de la racionalidad que
pretendía imperar el mundo del final de siglo. Cristina Fernández
Cubas, autora nacida en Arenys del Mar, forma parte de esa estirpe
de escritoras dotadas como pocas para el relato corto, y de sus
manos han nacido algunos de los más hermosos que hasta la fecha nos
ha dejado la literatura de este siglo, así como
una de las novelas más delicadamente perturbadoras de los últimos
veinte años, El Columpio. Podría parecer pedante
semejante afirmación, pero desde que la descubriera en unas
vacaciones por el Mediterráneo en el verano de 1983, tengo que
decir sin pudor que aguardo cada nueva obra suya con la impaciencia
de quien espera a su primer retoño. Sin embargo, cuando uno creía
saberlo casi todo sobre un autor (cuando menos lo más
significativo) de repente descubre una cualidad desconocida.
Cristina Fernández Cubas se mueve con igual fortuna
en los márgenes del relato ultracorto, como muy bien se
puede apreciar en su relato El viaje, del libro Dos
veces cuento, y en el terreno de la llamemos.... miscelánea,
al hilo de su reciente libro Cosas que ya no existen.
Y es que uno nunca acabará de sorprenderse.
Pregunta.-
Tengo que reconocer que esta entrevista es un más que motivo
de orgullo para mí, ya que la vengo siguiendo desde sus inicios,
concretamente desde que publicara `por 1980 Mi hermana Elba. ¿Que
ha cambiado en su literatura desde entonces, si es que ha cambiado
algo?.
Cristina
Fernández Cubas.- Supongo
que he ido ampliando horizontes. Pero en esencia, el mundo es el
mismo. Elba fue el primer paso.
P.-
Cuatro libros de relatos, dos novelas cortas, una obra de
teatro... No se puede decir que sea usted una autora que se
caracterice por la abundancia de su producción literaria. ¿Por qué
esa demora a la hora de entregar sus obras?.
C.F.C.- No
lo considero demora. Es mi ritmo. Nunca me he sentido apremiada por
fechas. Los libros, como la cocina, necesitan su tiempo. Y los
autores también.
P.- Sus
protagonistas suelen ser mujeres que arrastran un turbio pasado. ¿Por
qué?.
C.F.C.- Muchas
mujeres... y algunos hombres. Y el pasado -unas veces propio y otras
ajeno- me interesa sobre todo por su empecinamiento en modificar el
presente.
P.- Recuerdo la
espera de su novela, El columpio, casi como la del que
espera un Paso de Semana Santa. Y no sólo no defraudó, sino que
fue considerada por algún colega (opinión que comparto) como la
mejor novela de la década de los ochenta. ¿Qué siente al ser tan
querida, pero a la vez me atrevería a decir tan escasamente
difundida?.
C.F.C.- Son
dos preguntas distintas. Me encanta sentirme querida, claro (no soy
una atravesada). En cuanto a la difusión de mis libros... ¿qué
quieres qué quieres que te
diga?. No puedo quejarme. Prefiero llegar a una serie de gente que
me lea, me aprecie y entre de lleno en mis propuestas literarias, a
convertirme en un nombre que decora una biblioteca. Un nombre que está,
pero que, a lo peor, nadie se ha molestado en saber lo que cuenta.
P.- No es
frecuente (yo al menos no lo recuerdo) el verla y leerla en los
diarios, al menos en los nacionales. Esto me recuerda a las formas
de otros amigos escritores cuya escasa presencia en los periódicos
es directamente proporcional a su calidad cuando lo hacen. ¿Por qué
no se prodiga con asiduidad en dichos medios?. ¿No le gustan?.
C.F.C.- Aparezco
cuando acabo de publicar un libro. Me parece normal. En cambio,
cuando estoy en casa, encerrada con una historia, necesito soledad,
sentirme fuera del mundo y que nadie me pregunte por lo que hago o
dejo de hacer.
P.- No ha ganado
premio alguno, al menos de renombre, no flirtea con las capillas
literarias, está al margen de polémicas... ¿Cómo lo consigue?.
C.F.C.- Lo
primero no depende de mí. Lo demás es fácil, basta con proponérselo.
P.- ¿En qué
terreno se desenvuelve mejor, en la novela o en el relato corto?.
C.F.C.- Hasta
ahora me he sentido igual en ambos géneros. Pero está claro que
mis dos novelas tienen bastante de relato corto. No pienso ahora en
la extensión, sino en la intensidad.
P.- Decía un
amigo argentino, escritor, ya fallecido, que si no la vas a
hacer disparar, no pongas una escopeta en el relato. ¿Coincide
con dicha afirmación?.
C.F.C.- Sí,
me parece un ejemplo acertadísimo. Pero tampoco hay que tomárselo
al pie de la letra, A la vista de los resultados, Horacio Quiroga
tiene razón. Es decir, cuando el cuento ya está hecho. Pero
mientras se escribe, si al autor le da por mencionar un rifle, un
jarrón o lo que sea, que lo haga. Quien sabe, a lo mejor aquel
objeto, citado al azar, cobra, desde el reconocimiento de su
existencia, un papel inesperado. En el proceso de la escritura
suceden muchas cosas y nada es... hasta que es.
P.- ¿Cómo nació
el relato El viaje, incluido en la Antología Dos
veces cuentos, a mi juicio una de las más cariño
trasmiten?.
C.F.C.- Se
tarta, como explico allí, de un hecho real. Mi único mérito, quizás,
esté en la mirada. La anécdota de la abadesa me pareció un gran
viaje. Y así lo titulé: El viaje.
P.- Y llegamos a Cosas
que ya no existen, obra que me da la sensación que marcará
un punto de inflexión en su carrera. He descubierto leyéndolo, con
agrado por otra parte, la figura de una enigmática mujer a quien
llamas Totó. Cuénteme algo sobre ella.
C.F.C.- Era
una mujer que dominaba el arte de la tradición oral, poseía un
arsenal de historias y leyendas, y conocía, por pura intuición,
todos los resortes del suspense. He hablado ya mucho de ella
en mi último libro. No quiero insistir. Si se abusa de los
recuerdos (bonitos, como en este caso) termina pareciéndote ajenos.
P.- ¿No podrías
ser tu un poco la reencarnación de la misma?. Se lo digo porque
ahora, después de veinte años, uno descubre en la lectura de su
libro que éste es como la última pieza de un puzzle
que ha estado componiendo durante todo este tiempo, en el que
nosotros, los lectores, estábamos integrados de una forma activa.
C.F.C.- Es
posible que Cosas que ya no existen sea, como dice, la
última pieza de un puzzle. Tengo una sensación parecida, la de
haber concluido un ciclo. Pero todavía es pronto para saber si
estoy en lo cierto, o no es mas que una sensación pasajera. En
cuanto a lo de “reencarnación”... francamente me parece un poco
exagerado. Dejémoslo en que, en mi libro, le rindo un modesto
homenaje.
P.- ¿Alguna vez
imaginó que podría convertirse en una autora de culto?. Y no me
diga que no lo es, porque siento, percibo que sí.
C.F.C.- No
imaginé nada. Mi mayor sorpresa fue comprobar, al publicar por
primera vez, que comunicaba con muchísimos más lectores de lo que
pensaba.
P.- Todos los
personajes de sus relatos y novelas, incluso de Hermanas de
sangre, están inmersos en una atmósfera que raya lo terrorífico.
¿Cuáles fueron sus referentes literarios?.
C.F.C.- Más
que de referentes literarios yo hablaría de un proceso. Una situación,
una idea que va desarrollándose y cobrando forma, y en la que
intento no descuidar en ningún momento algo importantísimo llamado
“verosimilitud”. Los hechos de Hermanas de sangre
son, es cierto, aterradores. Pero posibles.
P.- El hablar y
escribir sobre tu hermana fallecida, Ana Mari, ¿estigmatiza de algún
modo tus temores hacia el más allá?.
C.F.C.- No,
en absoluto. El más allá me sigue inquietando. Lo que logré, al
terminar ese capítulo, fue reconciliarme con la memoria. Someterla
a un pulso. Y poder recordar a mi hermana ya sin angustia. Con todo
el cariño.
P.- Da la sensación,
de que siempre estuvo de un modo implícito en sus obras: en El
Columpio... ¿Es así?.
C.F.C.- Quizás,
pero no de una forma consciente. En El Columpio, como
en muchas otras, es la imaginación la que prevalece.
P.-
Al margen de este hecho, ¿qué hay de autobiográfico en sus novelas y
cuentos, si es que hay algo?.
C.F.C.- Hay
atmósferas. Y un par de personajes.... Poco más. Mi único libro
directamente autobiográfico es Cosas que ya no existen.
P.-
¿Recuerda sus comienzos?. ¿Cómo los ve con la perspectiva
actual?.
C.F.C.- Los recuerdo perfectamente. Estaba insegura. No de lo que escribía,
sino de que aquello pudiera interesar a alguien más que a tres
amigos complacientes. Pero, como te he contado ya, la acogida del
primer libro me supuso un gran estímulo. No estaba sola. Había un
montón de “miembros difusos de la misma calaña” que celebraban
mis historias.
P.-
¿Qué está escribiendo en estos momentos?. Deme una
primicia...
C.F.C.- Imposible.
Cuando acabo un libro lo que menos me preocupa es lo que voy a hacer
luego. Me gusta darle tiempo al tiempo. Y además ahora, quizás
porque Cosas que ya no existen es para mi un libro muy especial,
estoy viviendo un momento dulce. Y quiero disfrutarlo.

Jorge
Herralde
Por
©Rafa
Rodríguez
Editor
y fundador de la editorial Anagrama. Publica su primer libro
-una traducción al catalán de Cesare Pavese- en 1969. Ha
consolidado un modelo empresarial editorial en Latinoamérica
y España. Algunos de sus títulos son bien reconocibles para
sus lectores - Patricia Highsmith, Julian Barnes, Samuel
Beckett, Paul Auster, Javier Marías, Belén Gopegui, Alvaro Pombo y
una larga nomina de estupendo creadores-. Autor del libro Opiniones
Mohicanas (2000) donde recoge su experiencia personal
reafirmándose como editor independiente.

Pregunta .- ¿Qué llevó a
un ingeniero industrial a adentrarse en la aventura de
editar libros?
Jorge Herralde.- Ingeniero
por accidente y editor por vocación podría ser la respuesta
abreviada.
P .-¿Recuerda el primer libro que editó? ¿Qué relación
mantuvo con el autor?
J.H.-El primerísimo de los 1500 títulos editados fue
“L’ofici de viure” de
Cesare Pavese, en una efímera colección en catalán. Mi relación
con el
autor fue escasa, esataba muerto. Casi simultáneamente salió el
primer
libro en castellano, “Detalles” de Hans Magnus Enzensberger,
afiladísimo
intelectual y gran amigo personal, de quien he publicado muchísimos
títulos.
P .-En sus inicios, ¿tuvo algún problema con la censura
franquista? ¿Piensa
que el lector de aquella época era más inquieto que el actual?
J.H.-Incontables.
Innumerables libros prohibidos, ocho o nueve secuestros,
varios procesos. En fin, cosas del pasado que ni siquiera el Partido
Popular podrá resucitar. Los lectores de entonces eran más
inquietos, lo
leían todo, pero eran escasos: se les podía fichar casi uno por
uno en
cada ciudad, “Triunfo” en ristre. Ahora se leen más libros,
pero
posiblemente con otra intensidad. Aunque, como siempre, es posible
que
un libro cambie la vida de un lector.
P .- ¿Existe en Anagrama la dicotomía entre editor
literario y dueño, como
puede ocurrir en otras editoriales?
J.H.-En Anagarama soy al
menos bicéfalo: director editorial por vocación y
empresario por obligación. Hace años fui también, simultáneamente,
jefe
de producción, jefe de prensa, telefonista, etc. O sea que el
exceso de
trabajo y yo somos viejos amigos. Pero lo tengo a raya, sigo
divirtiéndome.
P .- En una ocasión creímos escucharle que usted lee
previamente todo lo que
va a publicar, ¿es cierto?
J.H.-Casi. Desde luego, a
todos los autores en lengua española, sin
excepción. Me “salto” ciertos ensayos especializados, o, alguna
vez, por
falta de tiempo, sólo hojeo alguna novela extranjera de algún
autor bien
conocido en la casa.
P .- ¿Le queda tiempo para leer autores de otras
editoriales?
J.H.-Ensayos, documentos,
biografías, pero cada vez más raramente novelas, ya
me quedo empachado con las propias: las publicadas y las
descartadas.
Espero a que los autores que me interesan las publiquen en Anagrama.
O
no, como diría Andreu Buenafuente.
P .- ¿Cuántos manuscritos con aspiraciones a convertirse en
libros recibe
semanalmente? ¿Los lee todos?
J.H.-Se reciben más de
1500 manuscritos al año no solicitados y, como en
todas las editoriales, hay un equipo de lectores de preselección.
Con
severas instrucciones, claro está. Yo hago la última lectura, los
últimos descartes, después del descremado.
P .- ¿Se puede hablar de una coherencia editorial en
Anagrama, a pesar de
editar a autores tan dispares como Kureishi, Monzó, Echenique o
Auster?
J.H.-Creo que hay
coherencia dentro de la pluralidad, rigor sin rigor mortis,todos
estos autores pueden defenderse con criterios de exigencia, por
razones culturales y literarias. Y se parecen muchísimo más entre
sí que
a Vizcaíno Casas, Sánchez Dragó o Susana Tamaro, por ejemplo.
P .- ¿Cual es el libro que más le satisfizo publicar? ¿Por
qué?
J.H.-Quizá “El heroe de
las mansardas de Mansard” de Álvaro Pombo. Porque es
una novela extraordinaria y personalísima de uno de los mejores
escritores españoles de nuestro tiempo y porque tuvimos la suerte
que se
presentara a nuestro primer premio de novela, en 1983. Que
naturalmente
ganó.
P .- ¿Se siente descubridor de algún autor en concreto?
J.H.-Los buenos autores, a
la corta o a la larga, se descubren por sí mismos.
Un editor puede acelerar el proceso.
P .- Y al contrario, ¿hay algún autor al qué pudiendo, no
acabó publicando?
J.H.-Hay algún escritor
rechazado que luego ha tenido un gran éxito
comercial. Me alegro por ellos, pero los motivos literarios del
rechazo
siguen pareciéndome válidos. No problem.
P .- ¿A qué editores del pasado admira más? ¿Por qué?
J.H.-Admiro a muchísimos.
Una lista abreviadísma: José Janes, Carlos Barral,
José Martínez (Ruedo Ibérico) o, en América Latina, Armando
Ofila (Siglo
XXI). Y, naturalmente, la labor editorial de Minuit, Maspero,
Feltrinelli, Einaudi.
P .- ¿Mantiene, actualmente, relaciones amistosas con otros
editores, tipo
Formentor? ¿Cree que hoy en día sería posible?
J.H.-Tengo gran amistad con
editores “en sintonía” cultural y literaria,
algunos de los cuales son también escritores y autores de la casa
como
Roberto Calasso (Adelphi), Michael Krüger (Hanser) o François
Maspero.
También Christian Bourgois, Klaus Wagenbach, Christopher Mac Lehose
(Harvill), los Feltrinelli. Me temo que un premio tipo Formentor es
inviable tal como está el panorama, tan endurecido, donde las
editoriales literarias escasean cada vez más. Yo mismo participé
en el
último intento hasta la fecha, con Bourgois, Feltrinelli, Wagenbach,
Van
Gennep y otros, pero tuvo una vida efímera. Sólo se concedió una
vez, en
1976, a “Cien poemas apátridas” del gran poeta austríaco Erich
Fried.
P .- ¿Es cierto que cuando existe un excedente de libros no
vendidos, la
única solución económica es quemarlos?
J.H.-Las piras de libros
tienen un carácter “ejemplar”, utilizado por las
dictaduras militares. Las modernas tecnologías aconsejan
trincharlos. Un
final tristísimo, desde luego: final del sueño. Aunque luego, a
veces,
si no el libro, el texto resucita.
P .- ¿En qué proporción, a la hora de editar un libro,
pesa más la calidad
literaria que la comercial? ¿Publicaría Anagrama un libro tipo
“Persefone” de Bofill como hizo Planeta, malo literariamente,
pero con
una carrera comercial asegurada?
J.H.-Lo absolutamente
fundamental es la calidad literaria. He rechazado
muchos libros de figuras populares, a veces admirables en su ámbito,
que
no eran buenos escritores. En cuanto a Bofill, ni siquiera vende.
P .- Aprovechando la pregunta anterior, ¿a la hora de
publicar a El Gran
Wyoming o David Trueba, pesaron más sus nombres que su valor
literario?
J.H.-En sus dos novelas había
humor y talento, por eso las publiqué. Dicho
sea de paso, eran mucho menos famosos que ahora, en especial David
Trueba, entonces tan sólo un joven guionista y ya se sabe el
prestigio
social de los guionistas: “Existe un viejo chiste en Hollywood
sobre una
starlette que era tan estúpida que creía que el mejor modo de
triunfar
era acostarse con el guionista”, dice su hermano Fernando Trueba
en su
“Diccionario de Cine”.
P .- En el trato personal con los autores, habrán surgido
miles de anécdotas,
¿puede contarnos alguna?. Por cierto, ¿Belén Gopegui es tan tímida
como
dicen?
J.H.-Así, a bote pronto,
la primera anécdota que se me ocurre la protagoniza
Patricia Highsmith. Cuando visitó por primera vez España, el
entonces
alcalde de Madrid, Enrique Tierno Galván, tuvo mucho interés en
conocerla y nos invitó a una cena privada. Tierno estuvo muy solícito
y
encantador, pero utilizando un francés bastante indescifrable.
Después
en el hotel, le comenté que Tierno había recibido al Papa hablando
en
latín. La Highsmith, que por otra parte quedó encantada, comento
muy
“deadpan”, con su voz aguardentosa: “Confío en que su latín
sea mejor
que su francés”. En cuanto a la timidísima Belén Gopegui, la anécdota
espectacular es oír su voz. Con dedicación se consigue.
P .- ¿Sigue el mismo tipo de contacto con los autores nóveles
que cuando
usted empezó a editar libros? ¿Qué papel juega para un editor la
figura
de los agentes literarios?
J.H.-Empiezo con la lectura
minuciosa del manuscrito, comentada después con
el autor. Luego, superviso de cerca aspectos que antes llevaba a
cabo
personalmente: la producción y la promoción. La relación entre
autor,
editor y agente es la de triángulo: a veces el tercero, el agente,
puede
ser catastrófico; otras, con autores muy complicados, puede ser
estabilizador.
P .- ¿Ha escrito alguna vez algo? ¿Lo ha publicado? ¿Escribirá
alguna vez sus
memorias?
J.H.-He “publicado”
algunos artículos, bastantes notas a pie de página y
muchas contraportadas. No pienso en escribir mis memorias, sí
algunos
relatos autobiográficos relacionados con mi experiencia editorial,
como
podría considerarse esto que estamos haciendo.
P .- Llegó el momento de confesarse, ¿cual es el libro que
nunca se atrevió a
reconocer que le gustó?
J.H.-Me han gustado y he
publicado autores muy “incorrectos”, muy poco
apreciados por el “Establishment” más cejialto y cejijunto :
Bukowski,
Copi, Hunter S. Thompson, Dennis Cooper, Irvine Welsh. O sea, que no
tengo problemas de confesión, lo he confesado todo en el catálogo.
P .- ¿Se guarda algún as en la manga? ¿Puede anticiparnos
algún autor
extranjero que vaya a publicar?
J.H.-Necesitaría unas
mangas holgadísimas. Entre otras cosas el año próximo
publicaré una cosecha de novelas y memorias de inquietantes “bad
girls”:
Kathryn Harrison, A. M. Homes, Slavenka Drakulic, exploradoras
audaces.
Abróchense los cinturones. Y también quiero destacar un excelente
estudio sobre el situacionista Guy Debord, el corrosivo y profético
autor de “La sociedad del espectáculo”.
P .- En los últimos cinco años, ¿qué tres autores le han
sorprendido más?
J.H.-Vikram Seth, el autor
de “Un buen partido”, una novela india, a la vez
monumental e ingrávida, un prodigio y una delicia. Marie
Darrieussecq y
sus “Marranadas”, una voz tranquilamente insolente entre la
ensimismada
narrativa francesa. Irvine Welsh y “trainspotting”: la mirada
justa, la
escritura exacta, sin moralina ni “literatura”. Y en cuanto a
libros aún
sin publicar: “Hand to Mouth” de Paul Auster, un texto autobiográfico
extraordinario sobre su relación con el dinero, entre el dinero y
su
vocación de escritor.
P .- ¿Viaja mucho? ¿Es el avión su segundo salón de
lecturas?
J.H.-Me encanta el avión:
no hay teléfono. Aparte de viajes españoles y
europeos, he ido a menudo a Estados Unidos y América Latina y he leído
mucho en esos viajes trasatlánticos. Así, de regreso de San
Francisco,
leí los dos primeros libros de Bukowski que me dieron en la
editorial
City Lights. O en otro larguísimo viaje empecé el trato con Tom
Ripley,
el protagonista de “Apleno sol” y “El amigo americano” que
luego
publiqué.
P .- Como lector y editor, ¿le gustan los cuentos?, ¿le
parece un género
menor?
J.H.-Como lector, me gustan
muchísimo los cuentos y naturalmente no me
parecen un género menor, sino todo lo contrario. Como dijo hace
poco
Julian Barnes, tras escribir “Al otro lado del Canal”, su primer
libro
de cuentos: una buena novela admite baches, un cuento debe ser
perfecto.
Como ejemplos de cuentistas perfectos, sí están Chéjov,
Maupassant,
Borges, Carver, el mejor Hemingway o el mejor Cortazar.
Y como editor, quizá he publicado demasiados libros de cuentos, ya
que
el lector español es muy reticente al género. Pese a todo, los
sigo
publicando: el último, espléndido, “Amigos que no he vuelto a
ver” de
Ignacio Vidal-Folch. Y en cartera, dos maestros: Álvaro Pombo y
Javier
Tomeo.

Cristina
Sánchez-Andrade
Por
©Luis
García
Cristina
Sánchez-Andrade 1968, Santiago de Compostela -Galicia- España.
Licenciada en Periodismo y Derecho. Publicó su primera novela
Las lagartijas huelen a hierba en 1999. Trabaja como
colaboradora de la prensa local gallega. Ha escrito relatos que le
han valido diversos premios literarios como el de Cuentos de las
Bibliotecas de la Comunidad de Madrid. En la actualidad compagina su
trabajo con la escritura. Su segunda novela lleva por título Bueyes
y rosas dormían (2001)

Introducción.-
¿Cómo se descubre a un autor?. Difícil pregunta
que me figuro tendría hasta complicada respuesta incluso para los
lectores de manuscritos de los grandes Grupos Editoriales. Uno
siempre queda asombrado y fascinado ante la capacidad de sugestión
de un escritor, pero, en honor a la verdad, ese mérito debería de
estar reservado para aquellos o aquellas que lo descubrieron. Sirve
este pequeño homenaje, porque no es fácil descubrir a un autor o
autora que haga algo distinto hoy en día, y mucho menos,
"sacarlo adelante", incentivarlo, promocionarlo. Cristina
Sánchez-Andrade es autora de una sola novela, Las lagartijas huelen a hierba, pero ya en ella apuntaba un
oficio poco común para una supuesta primeriza. Después, puede
gustar o no lo que escribe, pero en su caso el mérito viene acompañado
de la innovación. Un bien escaso, por otra parte, en las turbias
aguas literarias de este país.
Pregunta.-
Leí tu primer y única novela con el escepticismo propio de
quien desconoce lo que se va a encontrar en ella, aunque avalada por
un buen amigo cuyo criterio literario me merece todo el respeto del
mundo. ¿Cómo fue recibida Las lagartijas huelen a hierba
por la crítica?.
Cristina.-
Las críticas fueron
buenas. En general coincidieron en que era una literatura original,
muy cercana a los instintos y a los sentidos, una escritura que
trabaja con los sentidos, cruel y tierna a la vez.
P.-
¿Cómo nació la
novela?. Esos perfiles tan definidos, esa aureola de fantástica
irracionalidad... que son igualmente válidos para los de su segunda
novela.
C.S-A.-
Virginia Woolf decía
que una novela surge como una isla difusa que luego se va
descubriendo y haciendo nítida en el proceso de escribir. En mi
caso también es así. Las dos novelas surgen a partir de una
nebulosa, en el caso de Las lagartijas huelen a hierba tenía la imagen de dos niños cavando en un jardín y en Bueyes
y rosas dormían fue
un olor lo que me impulsó a escribir: un extraño olor a pétalo de
girasol que todavía tengo en la cabeza.
P.-
Y sin embargo, su
novela recuerda y mucho la esencia caribeña, el realismo mágico...
¿Hasta qué punto estás influida por sus lecturas?.
C.S-A.-
No sé hasta qué
punto mi literatura está influida por el realismo mágico, es difícil
no dejarse influir por escritores de la talla de García Márquez.
En todo caso mi intención no es hacer realismo mágico puesto que
éste, o lo “real maravilloso”, tal y como lo describió Alejo
Carpentier consiste en alterar la realidad, es decir en reflejar
situaciones milagrosas y, salvo lo que la propia realidad tenga de
situaciones mágicas y extraordinarias, creo que todo lo que yo
describo tiene poco de milagroso.
P.-
¿Cuáles son éstas
lecturas o autores?.
C.S-A
Herta Müller, Agota
Kristof, Thomas Bernhard, Juan Rulfo, Italo Calvino, Kenzaburo Oé,
Hrabal....
P.- ¿Tienes la sensación de ser una
autora leída?
C.S-A
No puedo tener esa sensación con sólo un libro publicado y otro a
punto de salir.
P.-
Vas a permitirme una
licencia. Leyendo Las
lagartijas huelen a hierba no pude evitar el recordar a otra
autora también de nombre Cristina, que me deslumbra con igual
fuerza hace veinte años. ¿Qué crees que se van a encontrar los
lectores en Rosas y bueyes dormían?
C.S-A.-
Un libro más amable
que el anterior, menos cruel, pero igualmente sincero.
P.- La historia del ahogado que
regurgitó el mar, nos trae el inevitable recuerdo de El ahogado
mas hermoso del mundo de García Márquez. ¿Le debes algo a
dicho autor?.
C.S-A.-
Como he dicho antes,
seguramente mucho, aunque no soy consciente de ello.
P.-
¿Y a la poesía?.
Se lo pregunto por el lirismo de su prosa.
C.S-A.-
Leo poesía con
mucho placer aunque reconozco que, salvo en el caso de algún poeta
como Cesare Pavese que, por algún motivo que yo misma desconozco,
me llega más directamente, disfruto más con la narrativa.
P.-
De Lengua
de Trapo a Siruela. La primera, la Editorial independiente de mayor
proyección del momento, la segunda una Editorial que cuida sus
libros con especial mimo y cariño, lo cual no quiere decir que la
anterior no lo haga, pero no demasiada especializada en editar
narradores actuales. ¿Por qué la apuesta por Siruela?.
C.S-A.-
Con mi novela y
otras dos que son El
camello salvaje de
Philippe Jaenada y La
Avenida del Sol, de
Thomas Brussig, Siruela inaugura una nueva colección de narrativa
que se llama “Nuevos Tiempos”. La idea es la de dirigirse
a todos aquellos lectores exigentes que demuestran interés por lo
que es distinto y actual y a mí este reto me apetece.
P.-
Hay una pregunta que
siempre les hago a mis entrevistados.
Dado que en mi opinión, el género por excelencia es el relato
corto, ¿para cuando un libro de relatos cortos, que seguro tendrás
en algún cajón?. Te lo pregunto porque creo recordar que en alguna
ocasión resultaste ganadora o finalista de algún certamen de
relatos cortos...
C.S-A.-
Es
cierto que tengo relatos y no en un cajón sino en muchos. Pero
hasta que no tenga un número de ellos que me convenzan de
verdad no pensaré en publicarlos.
P.-
¿Qué estás
escribiendo en estos momentos?.
C.S-A.-
Estoy escribiendo
otra novela pero todavía es una isla difusa de la que poco puedo
adelantar.
P.-
Una pregunta de guión.
¿Qué opinas de esa tendencia sobre el inmediato fin de la novela
como género?.
C.S-A.-
No había oído
hablar de ella. En todo caso, no veo un fin inmediato a la novela
entre otras cosas porque, hoy en día, el propio concepto de novela
es demasiado amplio para que ésta perezca fácilmente.
P.-
¿Y sobre la crítica
en este país?. ¿Te parece objetiva?.
C.S-A.-
No mucho, la gente
tiene miedo a decir lo que piensa, o simplemente no sabe muy bien lo
que piensa. Si un crítico dice “este libro es magnífico” es
muy probable que los demás también lo digan, aunque sea realmente
infumable, porque lo peor de todo es que los críticos copian a los
críticos.
P.-
En principio, tus
novelas no parecen demasiado cinematográficas, al menos tal y como
se concibe el cine hoy en día. ¿Te podría ese hecho restar éxito
en el futuro?.
C.S-A.- No creo. En todo caso, al menos por el
momento, el tener éxito o no, no es un tema que me obsesiona mucho.

Rosa
Montero
Por
©Luis
García
Madrid- España 1951. Estudió Filosofía y Letras, Sicología y se graduó
en Periodismo. Desde 1977 trabaja en exclusiva para el diario
El País, donde ha sido redactora jefe de El País Semanal. En 1970
publicó su primera novela, Crónica del desamor, a la que
siguieron La función Delta (1981), Te trataré como una
reina (1983), Amado Amo (1988), Temblor (1990),
finalista ese año del Premio Europeo de Novela, Bella y oscura
(1993) y La hija del caníbal (Premio Primavera de 1997). Su
obra ha sido traducida a idiomas como el alemán, italiano, inglés,
etc. Ha publicado también La vida desnuda (1994) e Historias
de mujeres (Alfaguara, 1995). En 1998 publica en Alfaguara el
volumen de relatos Amantes y enemigos. Cuentos de parejas.
Su última novela es El corazón del tártaro (2001).

Introducción.-
Rosa
Montero es un poco, junto a otra compañera de profesión cuyo
nombre obviaré en este momento, la Pepito Grillo de una generación
que se acostó con la Dictadura y se desperezó con la democracia.
Rosa es un poco ese Pepito Grillo que todos llevamos dentro pero al
que nunca nos atrevemos a despertar, so peligro de soliviantar
nuestro cómodo tránsito por la vida. Lo siento. Seguro que ya se
habrá repetido en más de una ocasión, pero si Rosa (o Maruja,
ahora sí voy a citarla) no existieran ni se asomaran desde esas
ventanas de El País, seguro que habría que inventarlas.
P.- Periodista y
escritora. ¿Qué
fue primero, el huevo o la gallina?.
Rosa Montero.-
Para mí
el periodismo escrito es un género literario, así es que ,me
considero una escritora que escribe narrativa, ensayo y periodismo.
Empecé escribiendo narrativa, a los cinco años ya escribía
cuentos de ratitas que hablaban y cosas así. Si estudié periodismo
fue porque me gustaba escribir ficción, y no al contrario.
P.- Se
lo pregunto porque soy de los que mantienen que muchos de nosotros
nos hicimos lectores desde el descubrimiento de columnistas como
usted, que consiguieron en un tiempo récord instaurar un nuevo género
que compitiese en igualdad de condiciones con el teatro, la poesía...
R.M.-
Gracias por el elogio, que me encanta, pero nosotros no
instauramos nada. El periodismo como género literario es tan viejo
como Larra.
P.-
Algunas de sus columnas son auténticos cuentos breves. ¿Qué
le debe a dicho género?.
R.M.-
¿Tú crees? Yo eso lo veo más en Millás, que es un maestro del
microcuento. Yo creo que mis columnas son columnas. Creo que son
estrictamente periodísticas, pero ya te digo que para mí el
periodismo es un género tan literario como cualquier otro, como el
ensayo, el drama, la poesía...
P.-
En ellas, suele hablar de lo mundano de lo cercano, pero
también de lo trascendente. ¿Resulta
la vida tan desmaquillada como para mostrárnosla así, desnuda?.
R.M.
No sé si consigo desmaquillar del todo la vida, como dices.
Intento contar, o entender,
lo que hay debajo del tópico. Pero a veces no es fácil
hacerlo.
P.-
Se puede decir que su incursión en la novela es
relativamente reciente. ¿Dónde se encuentra más a gusto?. ¿En
ese género en sus columnas periodísticas?.
R.M.-
Me encanta que te parezca relativamente reciente porque me
rejuvenece, pero mi primera novela salió hace 22 años. Y antes,
sin publicar, ya escribía narrativa, como te he dicho. Para mí las
columnas son trabajo. Me gusta mi profesión periodística, pero no
es más que eso, una profesión. La narrativa, en cambio, es algo
mucho más profundo. Es
mi manera de vivir, lo que estructura mi vida.
P.-
Uno no puede evitar el solidarizarse con lo que trata en su
sección Angeles y monstruos. Historias duras de gentes anónimas pero
muy, muy cercanas. ¿Cómo
bucea en ellas?. ¿Se ve en su posición de Pepito Grillo, como decía
al principio, removiendo conciencias?.
R.M.-
No, no. Mi intención primera no es remover conciencias, sino
aprender, entender un poco mejor la vida y el mundo, rozar la emoción
de la existencia.
P.-
¿Cómo ve a la mujer en este comienzo de milenio tan
desajustado y desarbolado?.
R.M.-
Mejor que nunca. Pero todavía queda mucho camino por andar.
P.-
Personalmente hay un estrato de la población especialmente
olvidado, y que sin embargo se ha demostrado que son consumados
lectores. Me estoy refiriendo a la tercera edad, término que me
disgusta bastante. ¿Cree en la existencia de una literatura para
mayores?.
R.M.-
Ni hablar. Sólo creo en la buena y mala literatura, y también
creo que hay un libro para cada persona. Si alguien no lee, si no le
gusta leer, es porque todavía no ha encontrado ese libro que es su
llave mágica hacia la lectura.
P.-
En estos tiempos del pensamiento
único, y de desarboladas batallas e intrigas palaciegas en
lo literario, ¿no le parece que hay quien pretende instaurar a su
vez la novela
única?.
R.M.-
Pues no. De hecho vivimos un momento posmoderno, es decir, un
momento en el que no existe una única respuesta frente al mundo, ni
ética ni estética. Hoy coexisten todo tipo de novelas. En otras épocas
ha habido una mayor tiranía estética en cuanto al modelo de
narrativa imperante.
P.-
¿Qué opina del tan manido canon literario?
R.M.-
Es una tontería como cualquier otra.
P.-
Premio Nacional de Periodismo, Premio Primavera de Novela...,
¿y El Cervantes?.
R.M.-
¡Cielos! En estos momentos el Cervantes ni aparece por el
horizonte de mi imaginación más desaforada.
P.-
¿Qué opinión le merece, habida cuenta que pocos Premios
están dotados de tanta polémica, a menudo gratuita?.
R.M.-
Todos los premios son arbitrarios, está en su naturaleza. En
cuanto a la polémica, los premios más amañados son justamente los
que no generan polémica. Cuando están arreglados, los jurados no
debaten entre ellos.
P.-
¿Qué está escribiendo en estos momentos?.
R.M.-
Acabo de sacar una novela “El corazón del Tártaro”, y
ahora estoy reposando las ideas. También tomo notas para una novela
medieval y para un libro de ensayos literarios.
P.-
¿Para cuando un nuevo libro de relatos, si me permite la
licencia, o una nueva recopilación de artículos?.
R.M.-
Un libro de relatos va para largo; tengo una idea para uno,
pero iré haciéndolo muy despacio... El anterior libro de relatos
reúne cuentos escritos a lo largo de quince años, de modo que...
En cuanto a la recopilación de artículos, no tengo nada pensado
por el momento.
P.-
Por último, ¿siente que junto a sus colegas de columna,
dignificaron un género que no pasaba por buenos momentos?.
R.M
.- Pues
no, la verdad es que no creo eso. No eran las columnas las que
pasaban por malos momentos, sino el periodismo español en general,
porque salía de una época de dictadura. Pero eso no tiene que ver
con el valor de las columnas o de los columnistas en sí.

Joaquín
Leguina
Por
©Luis
García
Joaquín Leguina. Villaescusa (Cantabria-España) 1941, se licenció en
Ciencias Económicas en la facultad de Bilbao y se doctoró en la de
Madrid. Tiene publicados varios ensayos de economía, demografía,
política y novelas: La fiesta de los locos, Tu nombre envenena
mis sueños , Malvadas y virtuosas: retratos de mujeres
inquietantes, Historias de la calle Cádiz,
Fundamentos de Demografía, La fiesta de los locos, La
tierras más hermosa, 10 Relatos históricos, Carta abiertas a un
lector de periódicos acorralado por la información, El corazón
del viento, Años de hierro y esperanza
y la exclusiva para todos los lectores de Literaturas.com el próximo
libro de relatos que llevará por título Cuernos.

Introducción.-
Pocos
podían sospechar cuando hace años Joaquín Leguina publicó su
primer libro de relatos, Historias de la calle Cádiz, que
había nacido para la literatura un escritor que eventualmente ejercía
de político. La historia, sobretodo en esa franja que ocupa por
derecho propio los años treinta, ha sido generosa con dicha
estirpe, si por tal concepto queremos definirla. Baste para ello
hablar de los Azaña, Unamuno o Azorín. Pero, salvedad expresa del
primer caso, siempre estaríamos hablando de intelectuales que
circunstancialmente se asomaban al patio político en unos tiempos
en los que sin duda se les necesitaba. Por eso, resulta
especialmente significativo el caso de Joaquin Leguina. Por eso, y
por más cosas que intentaremos ir desgranando poco a poco. Pero
vaya por delante mi reconocimiento público ante dos actitudes de
ver la vida aparentemente contrarias, pero, a veces, afortunadamente
convergentes. Y digo afortunadamente, porque guste o no, el Joaquín
Leguina escritor nunca podría haber escrito El corazón del
viento de no haber existido previamente el Joaquín Leguina
político.
P.-
¿Qué siente un político como usted, anterior Presidente de
la Comunidad de Madrid, metido a novelista y escritor de relatos?.
Joaquín
Leguina.- Bueno,
tampoco soy el primero, ni me imagino que seré el último. Ha
habido muchos políticos dedicados en algún momento de sus vidas a
la literatura, incluso con algún éxito. Alguno de ello llegó a
ganar el Premio Nobel.
P.- Bueno,
pero Churchil fue un poco el pago a unos servicios.
J.L.-
Tampoco me estaba refiriendo a Churchil, sino a
Echegaray. Pero ya que lo mencionas, tampoco estoy de acuerdo
contigo, Léete los Diarios de la Guerra. La obra es
excelente. Otra cosa es que él no se dedicara a la literatura
propiamente dicha. Hay una tradición de políticos antiguos que
fueron magníficos escritores.
P.- El mismo Azaña, sin ir mas lejos, aunque mantenga el estigma de ser
un poco el responsable del fracaso de La II República, ya que hay
quien mantiene que fue precisamente su carácter de intelectual
comprometido lo que derivaría en el Golpe de Franco.
J.L.-
Hombre, tampoco es así. El tener a uno, dos o mas
intelectuales en el Gobierno debe de ser motivo de orgullo. Lo que
pasa que a Azaña le tocó la época de los totalitarismos, le tocó
lidiar desde la izquierda con un anarquismo potentísimo aquí en
España y con un ejercito anclado en la Guerra de África, sin
modernizar. No creo que Azaña cometiera mas errores que Largo
caballero por poner un ejemplo.
P.-
Afirmaba Borges, que toda novela de más de 150 páginas
es autobiográfica. Aplicando dicho razonamiento a El corazón
del viento, y una vez que se ha leído con detenimiento, no
cabe duda de que la suya lo es. Máxime a poco que nos detengamos en
el papel que desarrolla Cesar, su protagonista. ¿En o no autobiográfica?.
J.L.
No
tampoco es exactamente así. Efectivamente, el ambiente en el que se
desarrolla la novela si que es mío. Más el de Chile que el caos
que se vivía en España. La fase chilena sí que es autobiográfica,
aunque con reservas. No lo es la peripecia personal de Cesar, ni el
resto de los protagonistas de la novela.
P.
No
pude evitar mientras la leía el revivir con nostalgia (a pesar de
mi edad) los trágicos
y convulsos años del fin de la Dictadura. Y cuando hablo de
revivirlos, no quiero decir que los haya vivido, sino del efecto catártico
que de los mismos ejercieron en nosotros. ¿No resulta la novela una
liberación de Joaquín Leguina, como si tuviera que echar ciertos
fantasmas que aún hoy en día viven en su interior?.
J.L.
Yo
lo que quería era recuperar esa etapa pero sin batallitas,
y sobretodo sin idealidades. Yo creo que la gente de mi
generación cuando cuenta su juventud, lo hace con un sentido muy
poco realista, y excesivamente idealizado. Y eso no me parece que
sea una forma de recuperar una etapa tan trascendental. Eso es lo
que intenté hacer con la novela, a partir de unos personajes de
ficción que viven en un ambiente determinado y muy realista. La
novela es desde ese punto de vista costumbrista si se quiere,.
P.-
En literatura ocurre una cosa muy curiosa, al igual
que por ejemplo en el cine. Y es que cuando aparece una novela como
la suya, con un tema determinado de fondo, aparece a la vez otra de
otro autor que de alguna forma trata los mismos temas. En su caso
coincidió con la de Cebrián, La ternura del dragón...
J.L.-
Fue a la vez que la de Cebrian y a la vez que
la de Chirbes, aunque en ámbos casos con matices. La de Cebrián se
desarrolla en una época posterior a la mía, y la de Chirbes es el
último día de la vida de Franco, aunque claro, hay constantes
saltos hacia atrás. Pero las tres novelas muy diferentes.
P.
Hay un pasaje recurrente en El corazón del
viento, y es la constante referencia a modo de homenaje, a
la novela Campo de almendros de Max Aub. ¿Qué le
debe Joaquín Leguina y todos los de su generación a Max Aub?.
J.L.
Es de la saga de Galdós y me parece uno de los
mejores escritores de su generación, aunque haya sido de los que
menos han escrito. El laberinto mágico es una de las
grandes novelas castellanas de este siglo. Es un homenaje, al igual
que hay homenajes a Baroja. Mi personaje se llama igual que el
protagonista de Cesar o nada... Hay constantes guiños
al lector.
P. Usted estuvo directamente involucrado en los trágicos
acontecimientos del Chile de 1973, algo que no todos saben. ¿Qué
siente cuando visiona una y otra vez por la televisión aquel
Palacio de la Moneda en llamas?.
J.L.
Directamente estuvimos todos, incluso las piedras. Lo
jodido no es verlo en una película, es verlo en directo. Yo
no estaba en El Palacio de la Moneda. Yo era militante de base del
Partido Socialista, pero sí que tenía una historia con uno de los
ayudantes de Allende, concretamente con Juan Garcés, alguien que se
hizo famoso últimamente por llevar el peso del asunto londinense de
Pinochet. Y este hombre, que sí que estaba en el Palacio, salió y
vino a mi casa.
P.
Su historia de aquella época resulta tan atractiva para
tanta gente que daría para un libro de memorias. ¿No se lo ha
planteado?.
J.L.- Un libro de
memorias tiene otro abordaje.
P.-
Pero también un libro de memorias se puede disfrazar como un
diario, como por ejemplo la novela Días y noches de Trapiello..
J.L.-
Pero eso es otro estilo. Lo que hace Trapiello es otra
cosa... Pero lo cierto es que no me encuentro sicológicamente
preparado para escribir un libro de memorias. Puedo contar una
historia de personal, pero no pudo huir de ellas. En la novela no.
Hay algunos detalles que son personales, pero en general la historia
es ficticia.
P.-
¿Qué fue primero, el político o el escritor?
J.L.-
El escritor, por supuesto, aunque yo he estado en política
desde los dieciocho años.
P.-
En
una entrevista hace años abogabas por la eliminación de las
fronteras y anuncias quizás de una forma apocalíptica esta
emigración del sur hacia el norte, de la pobreza a la
"riqueza". Hablabas entones, y mantenías que teníamos
que empezar a acostumbrarnos a vivir en una Europa multirracial y
multicultural. ¿Cómo
ve desde esa perspectiva la Europa del III Milenio?.
J.L.- Mal, muy
mal. Bueno, yo en realidad me he dedicado durante bastantes años a
una disciplina, la demografía, acostumbrada a realizar análisis a
largo plazo. Y esto que está pasando era bastante previsible.
Recuerdo un viaje a Ghana, a Centro África, en el que fui a un
Congreso que nunca existió. Dado que como ya estaba allí, me quedé
una semana. Conocí a gente, la Embajada me facilitó un guía, y
cuando volví a España en avión, vía Roma,
venía con el que durante mi estancia en aquel país había
hecho las veces de guía. Y yo le decía,
-¿Y a que
vienes tú a Europa?.
-A lo que
sea, me contestó.
-Pero,
conocerás a alguien en Roma, le pregunté.
-A nadie.
-¿Llevas
dinero?
-Cien dólares.
Y
era un hombre estudiado, con una cultura. Pero ya entonces se
comenzaba a ver, de ahí esta anécdota No era la emigración que
habíamos vivido los españoles en los años sesenta y setenta hacia
Europa, donde había
primero una distancia menor, unos enlaces familiares o de amistad.
No. Esta gente no tenía nada de eso. Ahora comienzan a tener esas
condiciones los nuevos emigrantes. La demografía es un poco como
decía un clásico una ciencia que puede destruir
un edificio como las terminas. Trabajamos a muy largo plazo
frente a los economicistas.
P.
¿Qué tal la versión cinematográfica de tu anterior
novela?. ¿Cómo resultó?.
J.L.
Bueno, yo tengo una experiencia ambigua en
torno a ese tema. Por una lado la convicción de que la película no
es mía. Es del Director, en este caso Directora, del guionista, de
los actores... Además
es muy difícil que una novela quepa en una película. Pero vista la
primera vez, te llevas el disgusto inicial, y a medida que la ves más
veces, te das cuenta que tampoco está tan mal llevada. Fue la última
`película que dirigió Pilar Miró, y algunos de los personajes están
construidos con mucha fidelidad de fondo a la novela. Incluso
algunos hasta físicamente me los podía imaginar así. Pilar trabajó
mucho en la novela, le gustaba mucho, pero tuvo mala suerte la película
porque coincidió en el mercado con otra suya de enorme éxito, con El
perro del hortelano. Porque el riesgo que corrió llevando
una obra de teatro en verso, al cine, fue tremendo. De hecho, pocos,
incluido yo, creían en el éxito de ello.
P.
¿Qué estás escribiendo ahora?.
J.L.
Bueno,
estoy terminando una colección de relatos, un género que dicen no
tiene mucho mercado, pero me da igual. Es un género que me permite
más versatilidad. Una novela no te permite cambiar el estilo, y sin
embargo en una colección de cuentos puedes tener tantos estilos
como relatos. Diferentes abordajes, etc.
P.
¿Cómo se va a titular?.
J.L. Bueno, en principio el título va a ser Cuernos, porque
los cuentos giran en torno a infidelidades no necesariamente
sentimentales.
Andrés
Neuman
Por
©Luis
García
Buenos
Aires 1977- Argentina. Nacionalizado español, vive en Granada.
Filología Hispánica. Ganador del certamen 'Los Nuevos de
Alfaguara', incluyéndose su relato en Otras voces (Alfaguara,
1995), y ha publicado el libro de cuentos Pertenecí (sureste
Narrativa, Granada, 1977). Como poeta, ha publicado Métodos de
la noche (I Premio de Poesía Joven Antonio Carvajal, Hiperión,
1998), ha obtenido el Premio Federico García Lorca 1999 (en
colaboración con Ramón Repiso) y ha sido incluido por José Luis
García Martín en su antología La generación del 99 sobre la
joven poesía española. Bariloche es su primera novela

Introducción.-
Cuando Andrés Neuman resultó finalista del Premio
Herralde de Narrativa con su novela Bariloche, dejaba entrever
que estábamos ante un autor dispuesto a abrirse camino en el
terreno de la literatura, por más dificultades que pudiera
encontrar. Poeta antes que narrador, fue incluido por derecho propio
en la Antología de 99 que
preparara José Luis García Martín y que tantas espinas levantara.
Pero por encima de todo heredero de una concepción literaria que
entronca con la tradición del Cono Sur Americano: Borges, Cortazar,
Arreola, Monterroso, Piñera...,
que no hace sino que revivamos la pasión por la buena
literatura, y que nos predispone para disfrutar de su nuevo libro de
relatos, El
que espera. ¿Se puede pedir algo más?.
Pregunta.-
Afirmas vivir una particular esquizofrenia (así es como
gustas de llamarla), la que te produce el vivir la realidad desde
dos vertientes o conciencias paralelas y diferentes: desde la poesía
y desde la narrativa. ¿Qué se formó primero, el Neuman poeta o el
Neuman narrador?.
Andrés Neuman.-
Primero se formó el Neuman lector, claro, que era lector de cuentos,
como corresponde a un país como Argentina. Así que lo primero que
escribí -que plagié- fueron cuentos fantásticos, desde Allan Poe
hasta Julio Cortázar o cualquier autor que me cruzase. Eso sería
por el año 1988, cuando yo tenía unos once años. Llegué con ese
bagaje a España, y una vez que me adapté a Granada, empecé a
escribir regularmente poesía, cosa que hasta entonces había hecho
muy de tarde en tarde. Ahora no distingo prioridades: ¡como buen
esquizofrénico, ambas facetas me resultan igual de imprescindibles!
P.-
A pesar de tu juventud, (23 años), tu madurez como
escritor enlaza con la tradición literaria más castiza, sintiéndote
heredero tanto de las diferentes Generaciones (la de los Cincuenta,
la de los Setenta...) como adscrito a la Generación
del 99. ¿Eres un autor ecléctico?
A.N..-
Bueno,
yo no me creo merecedor de ninguna herencia ilustre. Creo que todos procesamos las tradiciones que más nos convencen de
un modo personal, no creo que haya "mayorazgos" en
literatura. Quizá por eso mismo no me siento obligado a escoger
entre supuesto extremos, ni
entre experiencia o cultura ni entre 50 o Novísimos. En ese
sentido, sí es cierto que me considero ecléctico. Lo cual no
resulta incompatible con la exigencia: me gustan todos los buenos
poetas. Me gusta lo mejor de cada tradición, no todo de todas.
Creo, además que nuestra época nos
señala ese camino, con sus riquezas y sus riesgos. En cuanto a la
Generación del 99, es un conjunto de poetas individuales, como
todas las generaciones. No creo que haya más marca común que la de
época, que
acabo de describir. Afortunadamente.
P.-
Hace pocos meses, una articulista de un suplemento
literario atacaba con dureza a La
Poesía y a los Poetas de la Experiencia, algunos de cuyos
representantes son compañeros de viaje tuyos en dicha Antología.
Pero, ¿qué es la Poesía
de la Experiencia?. ¿Cómo la definirías?.
A.N..-
No
me interesan los ataques personales, ni siquiera los que se
camuflan de
querellas académicas. La poesía de la experiencia, si es que
existe tal cosa, es una manera de pensar y decir lo próximo en términos
poéticos, un experimento con la lengua coloquial y un saludable
ejercicio de modestia, cálculo y construcción en el poema.
Pero yo no la veo incompatible con esa "otra" poesía que
supuestamente se le opone, la poesía
culturalista y la generación
del setenta siempre
me ha interesado por su voluntad de trasgresión, de inconformismo,
de desafío lingüístico y de apertura de fronteras. No sé por qué
nos empeñamos en empobrecernos con disyuntivas artificiales. Ya
bastante
poco cabe en una sola vida de lector como para encima andar añadiéndonos
limitaciones y prejuicios. Un ejemplo: tan cosmopolita (y anglófila)
es la generación novísima como la de los ochenta.
P.-
Has ganado entre otros el premio José
Antonio Carvajal de poesía, lo que hizo que tu obra
comenzara a ser divulgada y conocida, pero fue el haber resultado
finalista del Premio
Herralde de Narrativa con Bariloche,
el que habría de lanzarte al estrellato. ¿Sentiste vértigo en algún
momento?.
A.N..-
No. Supongo que el vértigo lo sienten los escritores
que no escriben.
Si trabajas con regularidad, nada puede realmente desviar tu atención
de lo que importa: trabajar, corregir. O, en todo caso, el vértigo
para mí es siempre el mismo: empezar a escribir.
P.-
Bariloche
no es sino la historia de un hombre sencillo, Demetrio Rota, que
busca e intenta construir afanosamente por las tardes ese necesario
equilibrio que le ayude a ir a cumplir con su trabajo de barrendero.
¿Fue casual la elección del oficio para recrear la Parábola del
deterioro personal al que se ve sometido?
A. N.-
Yo diría que la elección de su oficio fue totalmente
deliberada y metafórica. Aunque Demetrio funcione en la novela como
un barrendero
auténtico, creo
que el asunto está en pensar qué hacemos con la basura, de quién
es, adónde va, a quién le pedimos que se la lleve. Quién
produce la mierda, quiénes la compartimos, cómo la escondemos.
P.-
La novela no puede escaparse a mantener un tono poético
con tintes melodramáticos. ¿Te ayudó tu formación como poeta a
la hora de concebirla?.
A. N.-
En "Bariloche" hay fragmentos deliberadamente poéticos,
y una de las voces (la
del paisaje del sur) está escrita desde el ritmo y la voluntad de
la poesía. Ahora bien, eso debe ser un recurso, no una
interferencia involuntaria. Espero que haya sido así. Por lo demás,
lo del melodrama viene muy a cuento porque hay una cierta estructura
de tango en la historia de Demetrio y Verónica. Además, la novela
tiene
una cita de Sur, hermoso
tango de Homero Manzi.
P.-
¿No es la historia de Demetrio Rota, la de un viajero cuyas
circunstancias lo condujeron al sedentarismo?.
A. N.-
No lo creo. El era tan sedentario en el sur como en la
capital. El problema es que el primero era un espacio
abierto, más libre, y la ciudad se convierte para él en una cárcel.
No es un problema de movilidad, sino de felicidad.
P.-.
Demetrio vive y trabaja en Buenos Aires, pero podría hacerlo
en Madrid, Sevilla, Oviedo o Barcelona. ¿De verdad las ciudades te
parecen evocar una existencia tan miserable?.
A. N.-
Bueno, es verdad que cualquier ciudad más o menos populosa
del mundo occidental tiene los mismos vicios alienantes. Pero no te
imaginas lo terrible que puede llegar a ser vivir en una ciudad de
diez millones de habitantes, en medio de una sociedad que se
descompone por
el centro y de la crisis económica. La ciudad de Bariloche es muchas ciudades pero, desde cierto punto de vista, es sólo
Buenos Aires o está sólo en Latinoamérica.
P.-
¿Te identificaste en algún momento con su personalidad?.
A. N.-
La relación del autor con sus personajes es muy similar a la
del actor con sus papeles. Nunca hay más identificación que esa,
ni es posible que haya menos. Pones mucho de ti mismo para ser otro
distinto.
P.-
Soy de los que mantienen que el género literario por
excelencia es el del relato corto, y vas tú y presentas en sociedad
El que espera, un libro de relatos. ¿Fueron escritos antes o
después de Bariloche?.
A. N.-
La defensa del cuento me parece una tarea urgente en España.
Los cuentos de El que espera
fueron escritos antes y durante la escritura de Bariloche,
y me llevaron casi cinco años.
P.-
Es inevitable que tras la lectura de algunos de los relatos,
uno recuerde al dinosaurio de
Monterroso. ¿Tan fuerte resulta su estela?.
A.N.-
En realidad, para ser sincero, creo que no. El
microcuento del dinosaurio ha sido muy difundido, quizá demasiado
para los propios intereses del gran narrador que es Monterroso. En
primer lugar, porque se trata más bien de una excepción en su
obra, no de una constante (de hecho, entre los escasísimos
microcuentos equivalentes que pueden
encontrarse en su obra, no hay ninguno de esa brillantez y capacidad
de sugerencia; es lo que sucede, por ejemplo, con
"Fecundidad"). Es que es muy difícil superar el chiste o
el aforismo en una línea y media.Monterroso no se ha dedicado
especialmente a eso (yo, por el momento, tampoco) y sin embargo, no
sé por qué, se ha tomado "El dinosaurio" como referente
simbólico de su obra, lo cual es falso, y también como referente
de la micronarrativa. Lo cual también es falso y, además, ha
propiciado una cierta banalización del género. Un microcuento no
tiene por qué tener una línea y, de hecho, la mayoría de los que
tienen esa extensión acaban resultando más una pretenciosa tontería
que otra cosa. En cuanto a "El que espera", hasta donde
alcanzo, sólo hay dos o tres textos (de los 35 que lo componen) que
puedan relacionarse con el
mencionado de Monterroso.
P.-
Me ha llamado la atención en El
que espera, agradablemente por otra parte, el epílogo-manifiesto
final en el que es inevitable recordar el Decálogo
del Perfecto Cuentista de Horacio Quiroga, o la Tesis
sobre el cuento de Ricardo Piglia. Esto, unido a la férrea
defensa que realizas del micro relato, te augura un lugar de
privilegio dentro del género, lo cual como lector integrista de
relatos que soy no puedo por menos que mostrar mi alegría. Pero, ¿dónde
está la frontera entre el relato breve, el poema en prosa y el
aforismo, dado que a veces tienden a inmiscuirse unos géneros en el
terreno de los otros?.
A.N.-
El Decálogo de Quiroga, siendo de una verdad
y una precisión admirables, se refiere quizá más al cuento clásico
moderno (es decir, el que se escribe a partir de Poe, referente de
Quiroga por otra parte) que al microcuento. En cuanto a la confusión
de géneros, es que precisamente la micronarrativa nace a partir de
ella, hibridando su naturaleza hasta generar un subgénero nuevo.
Pero eso no significa que
no pueda distinguirse con relativa fiabilidad de esas fuentes de las
que bebe. En mi opinión, el relato breve no suele ser tan
condensado, ni tan fragmentario, ni tan esquemático como el
microcuento; el aforismo no es narrativo (como suele ser el
microcuento), sino especulativo o moral, en todo caso; en cuanto al
poema en prosa, por su simbolismo y su estructura, tal vez sea el
subgénero del que más bebe
el microcuento, y de hecho a veces pueden superponerse, sobre todo
cuando el poema no está escrito en versículos sino con la prosodia
normal de la prosa. No obstante, para mí sigue existiendo un cierto
territorio de la acción, puramente narrativo, en el que sólo
entraría
la micronarrativa y no la poesía.
P.-
Una confidencia: ¿es real o imaginaria la pareja que
protagoniza el relato Despecho?.
A.N.-
Otra confidencia: ¿concebiste esta pregunta que me
haces en pareja, o trabajas mejor solo?
P.-
¿Cómo vive un argentino afincado en España la realidad
social de su Argentina natal?.
A. N.-
Con dolor, con impotencia, con alarma. Con muchos recuerdos
para los seres queridos que aún están allí.
P.-
Asistimos a un desembarco de autores argentinos de primer
orden, entre los que he descubierto con agrado al antes mencionado
Ricardo Piglia, treinta y siete años mayor que tú. ¿Lo habías leído
anteriormente?.
A. N.- Piglia,
junto con Juan José Saer, Ana María Shúa, Marcos Aguinis, Willfog,
Abelardo Castillo, César Aira, Osvaldo Soriano y dos o tres más,
son algunos de los narradores más conocidos de Argentina, aunque
por supuesto hay muchos más y muy buenos de otras generaciones más
jóvenes (Fresán, De Santis, Brizuela...).
Piglia está siendo descubierto ahora en España, y me temo
que por razones cinematográficas, pero en Argentina es un referente
fundamental desde hace años.
P.-
¿Qué autores mantienes, que seguro que los habrá,
una y otra vez de cabecera de cama, tanto de poesía como de
narrativa?.
A.N.-
Junto a mi cama, las compañías van cambiando a menudo. La
verdad, más que mantener referentes fijos, voy por ciclos,
regresando y renegando de determinados autores. Respecto a las
deudas literarias, como escribió el poeta argentino Santiago
Sylvester, una cosa es admirar
a alguien, y otra muy distinta deberle algo.
P.-.
¿Hay algún poeta actual, joven, al que sigas
especialmente?.
A.N.
Sigo sobre todo a mis amigos, que afortunadamente son
bastantes. Leo y quiero a Pablo García Casado, Eduardo García,
Martín López-Vega, Silvia Ugidos, Juan Carlos Reche, Juan Antonio
Bernier, Ramón Repiso, José Andrés Cerrillo, Luis Muñoz, Rafael
Espejo... También me gustan mucho otros como Juan Antonio González
Iglesias, Aurora Luque... ¡Hay tantos! Pido excusas por las
omisiones.
P.-
¿Y narrador?. ¿Te emparejas con alguna corriente
específica?.
A.N.-
Las corrientes son fenómenos marítimos.
P.-
Y ya por último, ¿en qué proyecto estás metido
actualmente?.
A.N.- Además de esperar la publicación
de un libro de poemas titulado El
jugador de billar, que saldrá en unos meses en Pre-textos,
estoy intentando empezar una novela, trabajando en un conjunto de
cuentos que se llamará El
malestar, y también escribiendo unos poemas. No sé. Un caos.
Saludable.

CARE
SANTOS
Por
©Luis
García
Mataro 1970,
Barcelona-España. Derecho en la Universidad de Barcelona. Colabora
en el suplemento El Cultural del diario El Mundo. Ha publicado los
libros de relatos Cuentos cítricos (1995) e Intemperie
(Premio Ciudad de Alcalá de Narrativa 1996). También es autora de La
muerte de Kurt Cobain (1997) y Okupada (1997). Con su
primera novela larga, El tango del perdedor (1997), inició
una prometedora trayectoria literaria, confirmada con la concesión
del IV Premio de Novela "Ateneo Joven" (1999) Trigal de
cuervos
Introducción.- Tres novelas, una de ellas ganadora del
Premio Ateneo Joven en 1999, tres mas juveniles, y cuatro libros de
relatos constituyen el bagaje literario de una mujer emprendedora
incansable y atenta, que llama la atención además de por su calma
intelectual, por su calidad humana. Care Santos. ¿Qué decir de
ella?.
Pregunta.-
Te asomas semanalmente desde las
paginas de El Cultural del diario El Mundo (España) con tu sección
Opera Prima, lo que ha llevado a que muchos de
nosotros descubramos a autores que de otra forma pasaran
desapercibidos. ¿Como te sientes en tu faceta de "descubridora
de talentos"?.
Care Santos -
Me siento pasada al enemigo. Si lo que
es escribir una novela, y también que es igual de difícil escribir
una novela buena que una novela mala. Por eso procuro hacer mi
trabajo desde el respeto y el rigor.
P.- Ganadora del Ateneo
Joven de Sevilla con tu novela Trigal de cuervos,
fundadora de la Asociación de Jóvenes escritores..., ¿existe
tanta inquietud literaria en la España del siglo XXI?
C.S.- Esta claro que si. Sólo
hay que visitar una librería para darse cuenta. Hay, incluso,
demasiada inquietud literaria. Publicar es muy fácil y resulta
normal, aunque no inevitable, que mucha gente joven se precipite.
Pero a esos se les disculpa. Quienes no tienen disculpa posible son
quienes menos deberían perder los papeles, y quienes mas lo hacen:
los editores.
P.- Pasas por ser una cáustica
observadora de la vida diaria, lo que te legitima para ponderar
cuanto en ella acontece. Gusten o no, tus reseñas en El
Cultural llaman la atención, y suelen tener buena acogida.
¿Como lo interpretas?.
C.S.- ¿Buena acogida? No
tengo conciencia de eso. Solo de que si existe un solo lector -uno
solo- que me lea y compre o deje de comprar libros guiándose por mi
criterio, estoy obligada a ser lo mas rigurosa y honesta posible.
Eso trato de hacer.
P.- Tres novelas
juveniles, tres mas de "adultos", cuatro libros de
relatos..., hacen que a tu edad ( treinta años) seas una de las
autoras mas prolíficas del actual panorama literario. ¿Vivimos
tiempos de esplendor expresivo o es mera casualidad?.
C.S.- ¿Casualidad? Nada de
eso. Es fruto del mucho trabajo, durante muchos años -todos los que
tengo- y de no poca buena suerte. ?Esplendor expresivo? No si. Con
tu permiso, eso se lo dejo a los verdaderos críticos.
P.- ¿En qué terreno te desenvuelves con mas tranquilidad?
C.S.- En el del relato corto,
que es mi género favorito, como lectora y como autora también.
Siento que es donde doy lo mejor de mm.
P.- Vivimos tiempos
de sequía literaria en cuanto a los temas a tratar, y a los
puntos de vista a adoptar en una determinada novela. En realidad, y
tal y como afirman algunos autores, parece que esta cerca el fin de
la novela. ¿Coincides con esa reflexión?
C.S.- Mira, del fin de la
novela se habla desde el nacimiento de la novela. No coincido, por
supuesto: mientras haya quien quiera que le cuenten una historia y
quien desee contarla, habrá novelas, novelistas y devoradores de
novelas.
P.- Se te podría definir
como una escritora "rápida", entendiendo por ello el que
en el plazo de dos años hayas entregado a la imprenta diez obras.
Tengo un amigo, escritor también, que defiende que detrás de la
rapidez en las publicaciones sólo queda eso: rapidez. ?Coincides
con dicha reflexión?
C.S.- ¿Dos años? Mas bien
10. No hay que confundir nunca fecha de publicación con fecha de
escritura. Por eso yo soy muy meticulosa datando todos y cada uno de
mis libros. Si revisas las fechas que aparecen en cada uno veras que
el primero empecé a escribirlo en 1990. Al margen de esto, la
rapidez no es un indicativo de nada. Probablemente yo necesite menos
tiempo que unos y mas que otros. Lo importante no es lo que tardas
en hacer algo, sino como queda después. Es el resultado lo que se
valora en Literatura, en Arte, en general. Lo demás, como decía
Machado, no importa.
P.- ¿No parece existir
una literatura de consumo rápida, con unos criterios muy amplios a
la hora de su elaboración?. Pocas paginas, temas de rabiosa
actualidad, el sexo como argumento literario...
C.S.- Siempre existirá,
debemos resignarnos. El mundo se divide en dos categorías: los
mediocres, que abundan por todas partes, en todos los ámbitos; y
los que hacen las cosas bien, que a menudo son incomprendidos,
apartados o repudiados. Son las reglas del juego. Lo que hay que
intentar por todos los medios es pertenecer al segundo grupo.
P.- Háblame de Trigal
de Cuervos, novela con la que te diste a conocer al ganar el
Ateneo Joven. Como nace
C.S.- Naces a partir de la
sensibilidad por la historia del pueblo armenio y de un interés
previo por escribir algo que fuera parábola del siglo XX, aunque
suene pretencioso. Eso, a grandes trazos. Los pequeños creo que
deben hablar de pasión, que es motor de mi vida en todos los ámbitos.
Hay en este libro algunas pasiones: literarias, históricas,
personales... Espero que el lector se contagie de ellas.
P.- He visto como otro
joven escritor a quien tu reseñaste y a quien ya conocía a través
de la revista Calamar, se alzaba con el mismo premio.
Se trata, como no, de Oscar Esquivias y su novela El suelo
bendito. ¿Estamos asistiendo a un renacimiento de las
letras, a un relevo generacional que pide paso a sus maestros?
C.S.- Mal iríamos, si no.
Siempre hay relevos. Lo que sucede es que no todos son como Ocar,
por desgracia. Si pensara mas a menudo en lo buen escritor que es
tal vez no le querría tanto, pero ya es tarde para eso. Por ahora,
soy feliz de coincidir con él en el mismo catalogo. Si dentro de
unos años sigo estando donde él esté, me consideraré afortunada.
P.- Puede resultar
curiosa, o incluso excéntrica, tu iniciativa de publicar Ciertos
testimonios en una Editorial Venezolana, pero me consta que
nada mas alejado de la realidad., ¿Que motivo te llevó a publicar
con ellos?
C.S.- Uno de los mas
poderosos: la amistad. Israel Centeno y Graciela Bonnet, los
editores de Memorias de Altagracia, me pidieron un original para una
colección que estaban dirigiendo con muchos esfuerzos y mucha ilusión.
Se lo mande, les gusto y me falto tiempo para aceptar su iniciativa
de publicarlo allí. Era, además, un libro muy latinoamericano, y
me ilusiones mucho que se publicara, precisamente, en América
Latina.
P.- El cuento, el relato
corto, se rige por unos postulados muy claros y diferentes a los de
la novela. Hay están el Decálogo de Quiroga, la Tesis
sobre el cuento de Piglia... En el relato ni falta ni sobra
nada, y como decía el propio Quiroga, si vas a "poner una
escopeta, hazla disparar". ¿Que formula utilizas en la
elaboración de un relato?
C.S.- Probablemente, si
conociera la formula dejaría de escribir relatos. No se puede
conocer completamente aquello que se ama. De todos modos, lo mejor
que se puede hacer para emular a los tan reverenciables autores de
todo tipo de decálogos de escritor es olvidarse de los decálogos e
incluso de los escritores. Hay que matar al padre para crecer, eso
es elemental en Literatura.
P.- ¿Como surgió la idea
de la Asociación de Jóvenes Escritores?. ¿Que
objetivos perseguías?.
C.S.- Surgió de la necesidad
conjunta de compartir experiencias creativas. El objetivo mas
importante era la publicación de obra de autores inéditos. Editábamos
una revista, que primero dirigía yo y después el poeta Toni
Montesinos. Descubrimos muchos nombres. Estuvo bien. Pero con los años
he aprendido que pertenecer a un club no te vuelve lo que quieres
ser. Y que escribir es una labor en solitario.
P.- Te comento esto porque
parece que exista un colchón importante de jóvenes y no tan jóvenes
escritores, un tanto desorientados a la hora de enfocar su
"carrera". ¿Qué les sugerirías?
C.S.- Ante todo, que se
repitan cada mañana estos versos de
Machado:
Sabe esperar / aguarda que la marea
fluya / -así en la costa un barco- sin que el partir te inquiete. /
Todo el que aguarda sabe / que la victoria es suya / porque la vida
es larga / y el arte es un juguete. / Y si la vida es corta / y no
llega la mar a tu galera / aguarda sin partir y siempre espera / que
el arte es largo y, además, no importa.
Mientras los van asimilando les
recomendaría leer -mucho y, sobre todo, bien-, escribir
siempre y tener mucha, mucha paciencia.
P.- ¿Por qué murió
la Asociación?. Es decir, siempre se afirma que en la
unión radica la fuerza. ¿Por qué su desaparición en unos
momentos de esplendor en las letras?. (Todos los diarios mantienen
suplementos literarios, abundan las revistas y publicaciones...).
C.S.- Para ser rápida: la
maté porque era mía. Tocó techo, o lo toque yo, no sé. O lo
tocamos las dos personas que mas trabajábamos en ella: Toni y yo
misma. Llegó el día en que aquello no tenía sentido. Tampoco había
relevo. La vida nos pidió que eligiéramos entre aquel
corporativismo o nuestras propias carreras literarias. Y la elección
fue fácil.
P.- ¿Cual es tu opinión
sobre la critica literaria en nuestro país?. ¿Crees que es
generosa con los autores?.
C.S.- Creo que no existe una
verdadera critica literaria en nuestro país. Nuestra critica tiende
a ser el terreno de los mediocres (y no si si yo estoy libre de
pecado o no.)
P.- A la vista de quienes
publican reseñas en los suplementos culturales, ¿no te parece que
la "crítica literaria" adolece de cierto
apoltronamiento?
C.S.- ¿Apoltronamiento? No seamos suaves: mediocridad.
P.- ¿Te sientes heredero de algún autor en concreto?
C.S.- Me siento heredera de
toda mi tradición literaria, de mi experiencia vital, de esos malos
ratos que tanto enseñan a escribir, de todo lo que he escrito hasta
ahora, de la gente a quien quiero... Heredamos cosas todos los días.
Y que así sea.
P.- ?Te arrepientes de
alguna de tus novelas?. Es decir. Ahora que ya han pasado por el
inevitable filtro del tiempo, ?reharías alguna de ellas?
C.S.- ¿Han pasado por
el inevitable filtro del tiempo? Que miedo, ? tú crees?
Arrepentirme... No me gusta arrepentirme de nada de lo que he hecho.
Otra cosa sería que volviera a hacer lo mismo. Todo hay que
entenderlo en su contexto. Yo soy yo, y mis circunstancias son
mudables. Cada libro obedece a unas determinadas circunstancias. Por
eso todos son yo misma.
P.- ¿Qué estas preparando en la actualidad?
C.S.- Demasiadas cosas
como para no abrumar a quien nos lea. Termino estos días una novela
breve, pienso en una no tan breve, imagino cuentos como quien no
cumple su obligación, y hasta me queda tiempo para escribir poemas
malísimos que nunca publicare. Mi sistema de trabajo se basa en la
dispersión y la acumulación. Es un defecto, pero ya no hay
remedio.

Carmen
Ruíz Tilve
Por
©Luis
García
"El
caballero del chaleco floreado, aquella tarde, era caballero
andante, pues como le dijo a la niña, sin mirarla más que a través
del azogue, partía a un largo viaje, hasta la orilla del mar, y
regresaría pronto con un gran regalo para ella: una mamá
nueva..."

Introducción.-
Cuatro novelas, dos recopilaciones de artículos, así
como una docena de libros de divulgación constituyen el bagaje de
una mujer, emprendedora, incansable y atenta, que llama la atención
más allá de por su valía intelectual, por su calidad humana.
Carmen Ruiz Tilve. ¿Qué decir de ella?.
Pregunta.-
Te asomas todos los lunes y martes desde las páginas de la
Nueva España con su sección lo que ha hecho que te hallas
convertido en una amiga para mucha gente. Pero,
¿cómo nacieron Pliegos de cordel?.
Carmen
Ruiz Tilve.- Pues mira, a mí la afición a las cosas de
Oviedo me surgió desde siempre, pero sobretodo a raíz de hacer la
tesis doctoral sobre Dolores Medio.
Me di cuenta que había un Oviedo de los años veinte y
treinta que me era más desconocido que el Oviedo Prerrománico o
Medieval. Que había un Oviedo cercano en el tiempo y en el espacio
que conocíamos muy poco. Y así comencé con Pliegos de cordel,
recuperando unos años de mitad de siglo en que los mismos se vendían
por las calles, y eran leídos por los ciegos. Y comencé a
escribirlos en La Nueva España
un poco de casualidad. Y ahí siguen.
P.-
Yo que soy un gran aficionado al relato corto, hiperbreve se
dice ahora desde lo de Monterroso, no puedo evitar el ver tus Pliegos de cordel como relatos cortos. ¿Cómo eliges de que
escribir?.
C.R.T.-
Si. Para
mí el hecho de que sean tan cortos significa todo un reto, porque
yo tiendo a escribir cosas mas largas, novelas. Y aquí creo que
encontré un poco la medida exacta. Tengo claro no meterme en ellos
con nadie ni adular a nadie, Pero por lo demás escribo sobre lo que
veo, sobre lo que creí ver o sobre lo que ven otros ven y vieron
por mí. Sobre las cosas que sucedieron y sobre las que van a
suceder... Es como un juego.
P.-
Pasas por ser una cáustica observadora de la vida de
Vetusta, lo que te legitima para ponderar cuanto en ella acontece.
Gusten o no, tus Pliegos
de cordel, las anécdotas que en ellos se cuentan, son
reconocidas por multitud de ovetenses, y algunos incluso no esperan
a la publicación de todos ellos juntos en forma de libro, sino que
los van coleccionando día a día. ¿Cómo interpretas la acogida de
los mismos?.
C.R.T.-
Te decía que Pliegos surgieron como un juego. Yo tengo otras
obligaciones profesionales al margen de estas, no vivo de esto ni
mucho menos, y además esas otras obligaciones me impiden escribir
tanto como quisiera. Pero es precisamente esa no-obligación lo que
hace que me divierta enormemente escribiendo los Pliegos. El día
que vea que dejan de divertirme los dejaré. Pero lo que si que me
consta es que hay mucha gente que los lee. No porque son buenos,
sino porque se ven reflejados en ellos. Recuerdan su infancia, su
vida en definitiva. Y mas tarde me enteré que mucha gente los
recortaba y los guardaba, y de ahí surgió la idea de editarlos en
forma de libro. Además, cuando los veo recogidos como en este último
volumen que acaba de salir, parece que me da fuerzas para continuar.
A mí me gusta que a la gente les guste. Y el día que dejen de
gustarles, se acabarán.
P.-
Cuatro novelas, dos libros de artículos, y otras doce más
académicos hacen que seas uno de los autores mas prolíficos del
actual panorama literario asturiano, sólo comparable a su buen
amigo García Martín. ¿Vivimos tiempos de esplendor expresivo o es
mera casualidad?. ¿En qué terreno re desenvuelves con más
tranquilidad?.
C.R.T.-
Mira, yo voy a hablar por mí, que ya es bastante. Empecé a
escribir hace recientemente pocos años, pero yo les tengo especial
cariño a las novelas. Son un poco como hijos predilectos. Los otros
libros son libros de divulgación, de didáctica, o sobre Asturias y
Oviedo... Pero es con las novelas donde mas libertad tengo a la hora
de escribir. Me documento... en ellas no cabe el error que puede
darse en otro tipo de libros. Tu eres dueño de los personajes, o
mas bien ellos son dueños de ti, porque una vez que nacen hacen lo
que quieren. Y ese espíritu de libertad es importantísimo.
Cuatro novelas y una quinta que estoy terminando ahora.
P.-
¿Cómo se titula?-.
C-R.T.-
Se va a titular Cuentos Encadenados. Nunca he hecho
cuentos, pero esta vez sí. Están tan enraizados unos con otros que
no sé separarlos. Me
están saliendo como una cadena, y así van a terminar.
P.-
Todas sus novelas, al igual que tus relatos y artículos,
digo relatos porque algunos de tus Pliegos
de Cordel pasan por ser eso, auténticos relatos cortos, se
desarrollan en Asturias, y tienen a Oviedo como referencia clara, lo
que hace que la identificación del lector con la obra del autor se
amplifique. Pero esa amplificación, con ser buena, corre el riesgo
de verse entorpecida de cara a "dar el salto" al panorama
literario nacional. ¿Hasta que punto te ves retraída a dar dicho
salto?.
C.R.T.-
Mira, yo creo que se puede ser universal desde lo local, y de
hecho los grandes autores, con los que ni se me ocurre compararme,
así entendían la literatura. Es decir, las circunstancias de los
individuos, sus pasiones, sus alegrías, parten de algo muy cercano,
y eso luego crece hasta lo universal. Por ello yo no renuncio a que
este sea mi universo literario y personal. El hecho de salir
fuera... La verdad es que nunca me lo propuse. Pero sí que es
verdad que en Oviedo, y
en Asturias, existen unas barreras que no sé si son físicas o
sicológicas. Se ve mejor lo de fuera, y se
tiende a infravalorar lo de dentro. A mi no me afecta. Yo
tengo muy claro que este es mi mundo.
P.-
¿Qué crees tu que queda de ese oviedín* del alma que con
tanto cariño refleja en sus libros?.
*(la ciudad de
Oviedo - España en diminutivo)
C.R.T.-
Cuando hablo de ese oviedín del alma no es que piense que
ese oviedín fue maravilloso con respecto al actual. No. Oviedo,
ayer y hoy, es una ciudad dotada de una singularidad especial. Puede
gustar, o puede no gustar. Pero me preguntas, ¿qué queda de ese
oviedín del alma?. Pues bien. Queda el talante de sus individuos.
Los ovetenses tenemos un talante, una especie de sorna, de humor,
muy nuestros. Eso es los que queda, aunque eso sí, en trance de
perderse por desgracia.
P.-
¿Te arrepientes de alguna de tus novelas?. Es decir. Ahora
que ya han pasado por el inevitable filtro del tiempo, ¿reharías
alguna de ellas?.
C.R.T.-
No, claro que no. Sean como sean, todas son mis hijas.
P.-
Estás escribiendo actualmente, pero, dado que tus novelas, relatos
y pliegos de cordel tienen un marcado carácter costumbrista, y si
quieres nostálgico del pasado, ¿crees que puedes llegar a
encasillarte en una autora de mayores por y para mayores?.
C.R.T.- Bueno, quizás lo pueda parecer.
Mucha gente cree precisamente por eso que apuntas que soy mucho
mayor de lo que soy. (Tengo cincuenta y nueve años, no es ningún
secreto) pero si que es cierto que a veces hablo como una reportera
de cosas que ya no están, que ni siquiera viví. Eso enlaza con los
mayores. Enlaza con los mayores el sentimiento por la memoria. Se
dice que la edad mayor tiene mucho que ver con los recuerdos del
pasado, pero sin embargo yo quiero mirar al futuro. Pero para mirar
al futuro, hay que conocer su pasado. La historia está ahí, que
duda cabe, y esa historia está en la cabeza de los mayores. Creo
que el reivindicar su memoria, el que nos cuenten lo que vivieron,
me parece importantísimo, y un error profundo el obviarlo.
P.-
¿Cómo ves el cambio de Oviedo hacia el futuro?. ¿Esa
trasformación?.
C.R.T.-
Bueno, como te dije antes, mientras permanezca el talante de
los ovetenses permanecerá Oviedo no como una ciudad urbanísticamente
concreta, sino como una ciudad distinta. La ciudad tiene que crecer,
sí, pero que no pierda el espíritu. Oviedo no puede pretender ser
una ciudad siempre soleada, veraniega, no. Oviedo es una ciudad
muchas veces gris, a menudo triste, y tenemos que quererla y
aceptarla así. Yo creo más en las personas que en las piedras. Lo
que lamento es cuando Oviedo se quiere parecer a Viena, Málaga o
Madrid. No. Esas ciudades tienen unas cualidades, ni mejores ni
peores. Distintas. Valoremos lo nuestro que tiene condiciones para
ser recordado, respetado y querido.
P.-
¿Que hechas en
falta a la ciudad?.
C.R.T.-
Pues mira, hay una cosa que siempre que tengo oportunidad la
reivindico porque me parece importante. Oviedo necesita, porque
carece de ello, un archivo de la ciudad. Un museo público, porque sólo
desde lo público se podría hacer, que recoja y recupere tantos y
tantos archivos que expoliados y mal vendidos aparecen Domingo tras
Domingo en el rastro. Fotos, manuscritos,
periódicos, películas, actas... Eso es de las cosas que mas
hecho de menos. Un museo de la ciudad que sea un poco la memoria
viva de Oviedo. Es una vieja reivindicación que mantengo y que
espero y confío ver cumplida algún día.
Ignacio
Martínez de Pisón
Por
©Luis
García
Zaragoza
1960-España. Reside en Barcelona, Es autor de La ternura del
dragón (Premio Casino de Míeres de novela corta, 1984), Alguien
te observa en secreto (1985), Antotágasta (1987), Nuevo
plano de la cíudad secreta (Premio Gonzalo Torrente Ballester
de novela, 1992), El fin de los buenos tiempos (1994), Carreteras
secundarías (1996) y Foto de familia (1998). Considerado
como uno de los escritores más relevantes de la nueva narrativa
española desde la publicación de su primera novela.
Introducción.-
Es, la carrera literaria de Ignacio Martínez de Pisón, la
de un corredor de fondo que sin temor al equívoco o a la crítica
despliega su buen quehacer desde hace unos veinte años, en concreto
desde que se alzara con el Premio Casino de Mieres con su primera
obra, La
ternura del dragón. Desde entonces, su trayectoria es
seguida por cuantos confiamos en él como un firme baluarte de
nuestra letras. Varias novelas y libros de relatos le avalan hasta
que llegó la que para muchos es su obra de madurez hasta la fecha: Carreteras
secundarias. Ahora, presenta en sociedad María
bonita, una bonita novela de iniciación cargada de sueños
infantiles y con un trasfondo social de innegable presencia.
Pregunta.-
Vivimos
tiempos
de sequía literaria
en cuanto a los temas a tratar, y a los puntos de vista a adoptar en
una determinada novela. En realidad, y tal y como afirman algunos
autores, parece que está cerca el fin de la novela. ¿Coincides con
esa reflexión?.
Ignacio Mtnez.
de Pisón.-
Yo disfruto
leyendo novelas y relatos. De hecho, me resulta
imposible imaginar un mundo sin novelas. Lo del fin de la
novela es una de esas profecías que cada cierto tiempo vuelven,
como la gripe o los piojos en los colegios. Pero los que hacen esas
profecías suelen ser gente a la que nunca le han gustado las
novelas. Yo, desde luego, no pertenezco a ese club. Para mí poder
leer una buena novela es lo más parecido a la felicidad.
P.-
Te
hago esta pregunta, porque María
bonita me ha sorprendido gratamente. En apenas ciento
cincuenta páginas has condensado una historia que otros habrían
contado con cincuenta, o con cuatrocientas. Sin embargo, de ahí el
mérito, lo has hecho con ciento cincuenta y además consiguiendo
que ni sobre ni falte una sola. ¿Nació la novela con esa
estructura o la modificaste a medida que la escribías?.
I.M.P.-
Las historias van tomando poco a poco forma en tu cabeza. Luego, cuando
te sientas a escribir, ya sabes si esa historia da para un cuento,
una novela corta, una novela extensa. En el caso de María
bonita, yo sabía que las dimensiones no podían ser otras
que ésas: las de una novela corta, en la que todo tiene que
funcionar como un mecanismo de relojería y en la que, por tanto, no
puede faltar ni sobrar ninguna pieza. De ahí el efecto de
concentración y economía narrativas que el libro transmite.
P.-
Pareces moverse con mayor comodidad en el espacio del
relato o novela corta. De hecho, tus novelas adolecen, excepto Carreteras
secundarias, de esa condición. ¿A que crees que es
debido?.
I.M.P.-
Para mí los personajes de un relato o una novela son como invitados con
los que tienes que convivir durante una temporada. Por muy buenos
amigos tuyos que sean, llega un momento en que prefieres quedarte
solo unos cuantos días. Por eso, los personajes de los relatos
breves nunca llegan a resultar pesados, mientras que con los de las
novelas necesitas tomarte un largo respiro de vez en cuando. Carreteras secundarias me costó unos tres años de trabajo, en
parte por culpa de esos respiros. Ahora estoy metido en la redacción
de otra novela larga, que se llamará El
tiempo de las mujeres. La empecé hace tres años y todavía
me quedan uno o dos más. De hecho, María
bonita es producto de uno de esos "respiros".
E.P.-
¿Te sientes heredero de algún autor en concreto?
I.M.P.-
Me siento
heredero de todos los autores cuyos libros me han hecho disfrutar.
Muchos de ellos son norteamericanos: Saul Bellow, Truman Capote,
John Cheever.... Pero también hay muchos que escribieron en nuestro
idioma. Entre mis cuentistas favoritos están por ejemplo Juan
Carlos Onetti o Julio Ramón Ribeyro. De los españoles mayores, el
que más me ha interesado siempre es Juan Marsé.
P.-
La
tensión narrativa de María
bonita no decae en ningún momento, y a mi entender
consigues que no sólo se mantenga inalterable a lo largo de la
novela, sino que además nos lleguemos a identificar con el
personaje central, con su protagonista. ¿Cómo nació
literariamente María?
I.M.P.-
María nació de una serie de conversaciones con una amiga directora de
cine que me pidió ayuda para un guión que debía partir de la
siguiente pregunta: ¿por qué no puede una niña elegir a sus
propios padres? Luego mi amiga siguió escribiendo por su cuenta y
yo por la mía, y lo que finalmente escribí tenía ya muy poco que
ver con todo lo que ella y yo habíamos hablado.
P.-
Cuando comenzaste en 1984 tu andadura
literaria, pocos apostaban por aquel mozalbete maño que se había
alzado con el Casino de Mieres. Sin embargo, y salvo aquel Premio,
no eres usted un autor de certámenes. ¿A que crees que es debido?.
I.M.P.-
La verdad es que luego sí que gané otro premio. Fue
en el año 92, con una novela titulada "Nuevo plano de la
ciudad secreta". El premio era el Torrente Ballester. Luego no
me he vuelto a presentar a ningún premio. Creo que eso hay que dejárselo
a los que empiezan, y yo ya llevo diecisiete años publicando.
P.-
Afirmas tener influencias del cine en algunas de tus
novelas. ¿También María
bonita es una novela cinematográfica?.
I.M.P.-
Todas mis historias parten de una inspiración que es
eminentemente visual. María
bonita no es ninguna excepción.
P.-
Lo que si que no puede negar es que a su manera es
una novela de aprendizaje, que abarca ese periodo que va desde la niñez
a la madurez, al igual que en su momento lo fue Carreteras
secundarias. Este parece ser un tema recurrente en los
autores de hoy en día, baste leer por ejemplo lo último que ha
escrito Gustavo Martín garzo, y a su manera Angeles Caso. ¿A que
crees que es debido esta coincidencia?. ¿Te parece casual?.
I.M.P.-
Somos
muchos los escritores que nunca podremos desprendernos totalmente de
nuestra infancia. Bastantes de mis personajes protagonistas son niños
o adolescentes. Supongo que no puedo evitar acudir de vez en cuando
a mi infancia y mi adolescencia en busca de inspiración. Pero eso
no quiere decir que en mis libros aparezcan muchos elementos tomados
directamente de mi infancia. Si hiciera eso, si mis libros tuvieran
un carácter autobiográfico, la veta se agotaría enseguida.
P.-
Ahondando en lo que te decía al principio, ¿no se
podría interpretar que asistimos a una suerte de crisis de la
novela, como en su día pronosticara, precisamente en 1984, Juan José
Millas?.
I.M.P.-Lo
que con frecuencia está en crisis no es la novela sino el
talento
de los novelistas.
P.-
La novela se lee de un tirón, y deja al terminarla un sabor agridulce
que te acompaña durante unos días. Una amiga a quien se la
recomendé, me comentaba que su identificación con ella era total,
pero no sabía decirme con cual personaje. Sin embargo, ese mismo
sabor agridulce te hace saborear lo bueno y lo malo de la misma.
Vayamos a lo malo. ¿No se cierra la historia de una forma
apresurada?.
I.M.P.-
El
final es tan seco y cortante como yo había imaginado desde el
principio. Si lo hubiera suavizado o alargado, creo que no tendría
ese efecto contundente que a mi juicio tiene.
P.-
Y ahora vayamos a lo bueno. ¿Cómo conseguiste perfilar la sicología
de la madre, ese carácter tan lleno de contradicciones?.
I.M.P.-
La
madre es un personaje que procede de lo más siniestro de la
posguerra. Tiene algo de bruja, porque la novela misma tiene también
algo de cuento infantil, pero esa clase de brujas existen en la
realidad.
P.-
Cambiando
de tercio. ¿A qué autor español sigues con especial interés?.
I.M.P.-
Podría
darte una lista bastante larga. Me limitaré a darte el nombre de un
novelista que a mí me parece excelente y muy poca gente conoce: José
María Conget. Quien lea, por ejemplo, su Palabras
de familia se llevará una grata sorpresa.
P.- ¿En
qué estás trabajando actualmente?
I.M.P.-
En una novela que lleva por título... El
tiempo de las mujeres. Ya veremos.
Por
©Luis
García
Alburquerque
1948. Badajoz. España. En 1960 se trasladó con su familia a
Madrid. Estudió Filología Hispánica en la Universidad Complutense
y es profesor en la Escuela de Arte Dramático de Madrid. Tras la
irrupción triunfal de Juegos de la edad tardía (Andanzas
102 y Fábula 2) en el mundo de las letras, novela que recibió el
Premio Nacional y el de la Crítica en 1991, Landero trabajo 5 años
en su segunda novela, Caballeros de fortuna, que le ha
consagrado como uno de los mejores novelistas en lengua española.
Otros libros del autor son El mágico aprendiz, Entre líneas y
Quince Líneas como prologuista además de autor de tres
relatos hiprebreves con el seudónimo de Faroni. En
preparación El Guitarrista. Sale en abril Entre líneas:
El cuento de la vida.

Introducción.-
Cuando
Luis Landero publicó en 1989 Juegos
de la edad tardía, yo era un estudiante de Filología que
desconocía las interioridades literarias, y que miraba con respeto
a cuantos como él, habían conseguido tocar el cielo con las manos.
No estábamos ante un autor más, en unos momentos de renovación
narrativa en nuestro país, sino ante alguien llamado con el tiempo
a marcar un antes y un después en la novela. Frente a quienes
afirman sin pudor la próxima muerte de la novela como género,
Landero nos entrega cada cuatro años un nuevo discurso narrativo
alejado de convencionalismos literarios, y nos ofrece la posibilidad
de continuar soñando con nuevas entregas. Forma parte por derecho
propio del selecto trío, junto a Antonio Muñoz Molina y Luis Mateo
Díez, que han conseguido alzarse con una novela el mismo año con
el Premio Nacional de Literatura y el Premio de la Crítica. Once años
después, y cuando está cercana la aparición de su próxima
novela, El
guitarrista, novela marcadamente autobiográfica, jamás
hubiera podido suponer que tendría la oportunidad de realizarle una
entrevista. Y es que la realidad, por suerte, supera con creces
la ficción.
Hace frío esta soleada mañana de invierno, algo que
se olvida cuando se tiene delante, junto a una buena taza de café,
al insigne escritor. ¿Quién
es Luis Landero en realidad?. ¿Quién se oculta tras el enigmático
Faroni en Juegos
de la edad tardía?. Es algo que intentamos descifrar en
esta entrevista. Posiblemente no se consiga, pero como entonces,
siempre nos quedará París.
Pregunta.-
Antes de comenzar, una sospecha, o si lo prefiere un
"cotilleo". Releyendo Juegos
de la edad tardía, me encontré con un personaje cuyo
nombre me resultaba familiar, que intuyo no fue tan inventado como
sugiere en la novela. ¿Existe en realidad Lino Uruñuela, o fue una
feliz coincidencia?.
Luis Landero.- Es que no es un personaje. Sencillamente es el nombre de alguien a quien
conozco. Lo introduje en la novela supongo que por cambiar..., por
terminar con la impostura que había creado... Un poco para quitarme
el peso de la farsa que había cultivado. De todos modos el nombre
salió porque me dijo Lino un día: "a ver si me metes en la
novela". Yo la estaba escribiendo y hasta me dio una idea.
"Puede ser que el personaje quiera cambiar de nombre" -me
dije-. Y Me ayudó, vaya si me ayudó la sugerencia de Lino, porque
yo quería dejar la novela abierta, y se supone que el tener otro
nombre iba a propiciar esa condición.
P.-
Augusto Faroni, alter ego del protagonista de su
novela Gregorio Olías, no es sino el símbolo de su generación,
como arquetipo de un modo de entender la literatura, y la vida.
Pero, ¿cómo es realidad Faroni?. Quiero decir, que ya que siempre
se afirma que la primera novela de un autor suele tener una fuerte
carga autobiográfica, ¿sería aplicable este axioma a su caso?.
L.L.-
Creo que sí. Lo que
pasa que tampoco soy muy consciente de esa carga autobiográfica. Sé
que la hay, que existe, pero no la he indagado, entre otras cosas
porque intuyo que conecta con zonas oscuras de mi personalidad. En
todo caso el supuesto carácter autobiográfico de la novela es
aplicable más a mi padre, que era un hombre campesino, sencillo, y
muy soñador. Tremendamente soñador y con muy buenas cualidades. Yo
conservo las cartas suyas de la guerra, tenía mucha gracia
escribiendo... Pero a la vez era un hombre insatisfecho y frustrado
con la suerte que le había tocado vivir, ya que le hubiera gustado
ser otra cosa que no fuera campesino. Yo viví toda esa frustración
con una mezcla de desasosiego, que hizo que al venir a Madrid
proyectase en mí todo lo que él no había podido ser. Yo creo que
la personalidad de Faroni viene un poco de ahí en cuanto al
componente autobiográfico. También está el fenómeno de la
emigración, tanto interior como exterior, algo que por suerte o por
desgracia conozco porque me tocó vivir y sufrir. Cuando veníamos
en aquellos trenes de carbón de los años sesenta, toda aquella
gente miserable de los campos a la búsqueda de un destino
mejor...iban llenos de sueños, de ilusiones... Yo creo que viene de
ahí. Pero también de mi carácter y mi capacidad de ensoñación.
Cuando me imagino una cosa me la llego a creer...Un poco de todo.
Hay un momento en que la historia que yo cuento, como todas las
historias, a las pocas páginas son autónomas, tienen sus propias
leyes y reglas.
P.-
Pero
está Faroni, él también es un soñador, un romántico...
L.L.-
Si, claro. Gregorio Olías
es un individuo que no ha acabado el bachiller, que se ha educado en
el romanticismo, Lord Byron, Espronceda, el cine de Holliwod, y
es un individuo que crea a Faroni con una serie de tópicos.
Como yo en mi infancia y juventud, no tiene amigos leídos. Como él
en la novela, mis amigos eran el aprendiz de un taller mecánico,
gente muy de la calle... Y un poco esa imagen romántica que nos
creamos en nuestra adolescencia derivó en el Faroni soñador de la
obra. Pero claro, luego con toda la ironía de un individuo con casi
cuarenta años que ha leído bastante, y que se distancia de su
pasado.
P.
La
literatura no es sino una
forma de carrera de obstáculos.
Así es como a mí me gusta verla. Pero, ¿qué le indujo a ser tan
persistente con Juegos
de la edad tardía,
sabiendo que lo único que provocaba en las Editoriales eran rechazo
y buenas palabras?.
L.L.-
No, eso no es exactamente cierto. Hay mucha leyenda sobre ese asunto. En
realidad la novela sólo fue rechazada en una ocasión, y además yo
lo supe después de que se publicase.
P.-
Faroni, cual mediático Quijote, dio lo mejor y lo
peor de sí mismo, y por extensión más de lo que en un principio
se pudiera esperar de él. ¿Imaginó en alguna ocasión que su
estela pudiera llegar a que un Círculo Cultural llevara su nombre?.
L.L.-
Jamás.
¡Cómo iba a poder suponerlo!. Cuando me escribieron y me contaron
lo del Circulo me llenó de satisfacción, porque me puso un poco en
la pista de cómo me gustaría que se leyese la novela. Reduciendo
la distancia entre la literatura y la vida. Lo del Círculo fue un
modo de certificar esa idea que yo siempre mantuve al respecto. Algo
así.
P.
Le digo esto porque me consta que muchos de sus lectores lo
fueron a partir de haber leído Quince líneas, la
selección de microrrelatos que publicó El Círculo en Tusquets, y
donde precisamente, Faroni reaparecía con algunos de ellos.
L.L.
¿Es eso cierto?. Pues
no se si me halaga o... No, lo cierto es que yo estoy muy contento
tanto con el Círculo y la labor que está desarrollando como con el
hecho de que Faroni se haya universalizado.
P.
¿Sintió en algún momento el vértigo del escritor
tras su primera novela, la sensación que lo que quería contar ya
lo había hecho en su primera novela?.
L.L. Muchas
veces. La presión de escribir una segunda novela es tremenda,
sobretodo después de que la primera haya sido un éxito. Sientes pánico,
expectación, pero se supera rápidamente. Si,
es probable que sí.
P.
Uno, a medida que sigue su carrera, a usted y a otros de su
generación, tiene la sensación de estar ante un autor de culto,
que ha conseguido con tan sólo tres novelas lo que otros han
necesitado con más tiempo. ¿A que crees que es debido?.
L.L.
¿De culto?. Yo creo
que no lo soy. Eso de ser un escritor de culto está reservado para
aquellos minoritarios pero admirados, y bueno, yo no se si soy un
autor admirado, pero desde luego no soy minoritario. Yo vendo
multitud de ejemplares.
P.
Pero la literatura de culto es un poco la perfecta simbiosis
entre autor y lector. Sin embargo, a mi entender, aún le falta para
doctorarse un libro de relatos cortos (para mí el género literario
por excelencia) que estoy seguro tendrá guardado en un cajón. ¿Para
cuando?.
L.L.
Bueno, el relato corto
me gusta, pero yo soy mas un constructor de mundos novelescos, y
mientras estos existan y tenga fuerzas
quiero aprovecharlos.
P.
¿Corriges
mucho los textos?
L.L. Cada
vez menos. Cada vez me importa menos el estilo y mas la sinceridad.
O por decirlo de otro modo, me importan los logros estéticos a
largo plazo. No me interesa la página perfecta, no me interesa el
brillo, el hallazgo parcial de una metáfora, de una imagen de un
adjetivo. Eso no es nada comparado con el de un capítulo. Los
hallazgos parciales no son nada, son cabrilleos, brillos de los
cuales huyo y a veces los encuentro y los tacho.
P. Decía Saramago
que tenemos que aprender a
escribir sin adjetivos. ¿Compartes esa idea?.
L.L. Bueno,
sin adjetivos... Para aprender a escribir sin adjetivos hay que
haber escrito con ellos previamente Yo nunca fui un autor recargado
ni mucho menos, siempre huí del barroquismo, es cierto. Pero se
puede ser sencillo y falso, entendiendo por sencillo la escasez de
adjetivos, y se puede ser barroco y verdadero. Alejo Carpentier, que
me parece un novelista extraordinario es un ejemplo de esto. En él
ni sobra ni falta una palabra, un adjetivo... Es un autor auténtico.
Y hay otros, supuestamente sencillos que... mejor se dedicaban a
otro oficio. La sencillez no es garantía de nada. No se trata tanto
de buscar y encontrar la sencillez como la esencialidad.. La
esencialidad se puede expresar de un modo barroco, conceptista...
P. Mendoza vaticinó
hace algún tiempo el fin de la novela. ¿Crees que en estos tiempos
tan agitados que vivimos, se tiende hacia una literatura de consumo,
más rápida?
L.L. Hace
tanto que se viene vaticinando... Probablemente sí. Es posible que
se esté dando un regreso hacia la reflexión, y hacia tareas... mas
demoradas. Pero también
es posible que se esté generando una reacción contra toda esta
prisa... la mayor parte vacía de contenido. Yo no soy muy optimista
respecto al futuro de la novela, pero no por los tiempos sino por la
ruptura que ha habido con el pasado. Se han roto amarras con el
pasado. Amarras de gran calado. La tradición fundamentalmente era
la escuela, la Universidad, el mundo académico en general...
No hay más que hablar con un profesor de la ESO para darse
cuenta de esa ruptura de amarras. Lo que había era un poco el
contar por el contar. Ese tejido narrativo que formaba el barrio, la
gente. El contar de padres a hijos. Todo eso de lo que hablan muchos
filósofos, Walter Benjamin por ejemplo habla de ello... Y de algún
modo eso era un vínculo con el pasado, con la tradición. La gente
hablaba, y mantenía en la memoria colectiva “el recuerdo
de”..., y había la conciencia de un pasado. Y todo eso se ha
roto. De manera que ahora hay una ruptura enorme. Y lo que tenemos
es una vocación suicida de vivir el presente. Está muy bien vivir
el presente, eso se viene diciendo desde Petrarca....
P.-
Carpe
diem...
L.L. Sí, “carpe
diem”, lo que pasa es que ahora ya no es vivir el presente, es
devorar el presente, consumir el presente...
P.
¿Qué nos puede adelantar de Vacía invención?. ¿Para cuando estará en las librerías?.
L.L.
Bueno, en realidad se
trata del libro Entre líneas
ya publicado, al que le he añadido algunos artículos. Lo de Vacía
invención es un recurso muy común que se utiliza cuando aún
no está el título definido.
P.
Una vez, un amigo también escritor, le recordaba por una
conferencia que había pronunciado en la Universidad de Oviedo bajo
el título de El laberinto de papel. En ella aludía a un viaje poético-musical
por diferentes universidades de EEUU recitando a Federico García
Lorca. ¿Es cierto que en dicho viaje una estudiante norteamericana
le confundió con el propio Federico, en la creencia de que era éste
un poeta contemporáneo?.
L.L.
Sí, es cierto,
Totalmente cierto.
P.
Y ya que hablamos de aquel país, ¿cómo fue su experiencia
de profesor?.
L.L.
Pues al principio me
sentí sólo, muy sólo. Un poco como en la mili. ¿Quién me ha
mandado venir aquí, me decía. Porque a la mili te obligan, pero
aquí... Pero después recogí el aire, la soledad, y al final lo
pasé bien. Escribía, paseaba, iba a Nueva York, la ciudad que mas
me gusta del mundo... Y no estuvo mal la experiencia al final.
P.
¿Cómo
eran sus estudiantes?.
L.L.
La ciudad se notaba que
había sido rica, muy rica, pero estaba en plena decadencia
postindustrial. Se veían las fábricas abandonadas, vacías, y en
el centro de todo esto estaba la Universidad de Yale. ¿Los
estudiantes?. Que te voy a contar. Eran los mejores estudiantes de
EEUU, que no es poco. Por
un lado les daba clase a los postgraduados, que eran filólogos, y
ya se sabe que los filólogos son iguales en todas partes del mundo.
Están pervertidos por la interpretación literaria, y en general
por la falsedad cultural actual. Y luego estaba otro grupo de
alumnos que eran físicos, matemáticos... Eran gente muy lista, muy
inteligente, que comentaban a Lorca, a Buñuel, desde un punto de
vista desprejuiciado con total inocencia. Y es precisamente esa
falta de prejuicios lo que crea figuras tremendas. Y cuando el
talento se cruzaba con la falta de prejuicios, los alumnos
desarrollaban unos tipos de comentarios absolutamente renovadores y
lo más importante, muy frescos.
P.
¿Qué novelas recuerdas con especial cariño?. ¿Las
que mas te han marcado en tu formación como escritor y lector?.
L.L.
Mira, una novela que a
mí me emociona profundamente es El Gran Gastby. Me llega al fondo del alma. Me parece que es pura
poesía. Posiblemente haya otras
novelas que me gusten más, pero desde otro punto de vista. No se...
El Gran Gastby la habré
leído... infinidad de veces. Es una novela mágica, que la termino
y la vuelvo a comenzar. Te puedo asegurar que me la sé de memoria,
y esta no es una frase hecha. Además, es una novela que me apasiona
por...
P.
... por el lenguaje, por el personaje, por la estructura...
L.L.
Si, por todo eso. Y por
la estructura, claro. Por como está escrita, con esos materiales
tan leves, tan efervescentes, que hacen que parezca que la novela va
a desaparecer en cualquier momento como la niebla... Y sin embargo
se rehace una y otra vez. También está el tono, y yo cuando hablo
del tono de una novela siempre habló del Gran Gastby como ejemplo
de tono sutil. Con una distancia, una ironía, pero con una fuerza
sentimental extraordinaria. Y a la vez que con la ironía, con una
actitud intelectual por parte del narrador... testigo, tremenda.
Porque el que escribe es testigo. Escribe en primera persona pero no
cuenta su vida sino la vida de otro, de Gatsby. Y nunca abandona esa distancia, una distancia melancólica,
desengañada, y es en esa distancia de melancolía y desengaño
donde reside el secreto del tono. Es muy difícil conseguir eso. También, ya que hablamos de novelas que me hayan emocionado
especialmente, alguna de Faulkner
como Luz de Agosto y El
Villorrio. Para mí son sus dos mejores novelas. También Mientras
agonizo, aunque esta es un poco tramposa. Hay demasiados
silencios, demasiadas elusiones...
P. A quien si que
le gustaba es a García Márquez?
L.L.-
¿A García Márquez?.
De todos modos a mí Márquez me
gustó mucho en su tiempo, pero cada vez me atrae menos. Digamos que
no es de mis preferidos.
P. Retomando una
respuesta tuya anterior, ¿qué es exactamente un mundo novelesco?.
L.L.-
Es cuando de pronto sientes que algo empieza a funcionar como un motor.
Funcionan las bielas, el cigüeñal, responde el freno y entonces...
aparecen los personajes, aparecen las situaciones, aparecen los
olores, el tiempo, el ambiente, el espacio... Eso es un mundo
novelesco. En realidad es un trozo de vida, un enorme pedazo de vida
que te atrae. El cuento no. El cuento generalmente es un matiz, una
sola cosa que de pronto es como un remolino.
P.
¿No es un trozo de vida el cuento?
L.L.
Sí, por supuesto que sí.
Pero el cuento está muy definido por el contorno. Es como un
disparo que no puedes fallar. En la novela disparas varias veces y
no importa que falles en alguna ocasión. El mundo de la novela es
un mundo de libertad, es un mundo de desestructuración. Es un mundo
que no requiere la intensidad del cuento.
El cuento tiene que ser muy intenso, como un arco en tensión
para que la flecha salga... En tanto que la novela no requiere esa
tensión. Es un mundo mas largo.
P.
Y ya para terminar, ¿puede adelantarnos de que trata su próxima
novela?.
Bueno, lleva por título, en
principio, El guitarrista, y espero acabarla relativamente pronto. Esta sí que
va a ser una novela remotamente autobiográfica, porque parte de
experiencias muy mías, que yo viví... pero enseguida la historia
adquiere autonomía. No es exactamente la historia de un
guitarrista, pero si
que es verdad que esa
semblanza cruza toda la novela. Es decir, está escrita en primera
persona y trata de un hombre que se hace guitarrista... pero mejor
no hablar mucho de ella. Sólo diré que parte de experiencias muy mías,
pero enseguida adquiere autonomía. En esa medida va de la vida a la
literatura. Como a mí me gusta.


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