ENTREVISTAS 2000 -2002



Lorenzo Silva

Por

  ©Luis García 

Lorenzo Silva. Madrid 1966. Ha sido proclamado ganador del Premio Nadal 2000 con El alquimista impaciente. En 1997 quedó finalista del mismo premio con La flaqueza del bolchevique. Es autor también de algunas obras para el público juvenil, y de las novelas La sustancia interior, El lejano país de los estanques, con la que obtuvo el premio Ojo crítico en la modalidad de narrativa, El ángel oculto y El urinario. Autor de Del Rif al Yebalà. Viaje al sueño y a la pesadilla de Marruecos (Destino, 2001). Más información en su página personal www.lorenzo-silva.com 

 

lorenzo silva

 

Introducción.-  Es Lorenzo Silva, Premio Nadal 2000 por su novela El alquimista impaciente, el creador de una de las parejas de investigadores mas castizas y peculiares de cuantas se hayan podido dar en los últimos años. El sargento Bevilacqua y la Guardia Chamorro, que ya van por su segunda entrega, dan lo mejor y lo peor del Cuerpo e inevitablemente de quien les procuró la vida (literaria). Falta hacía que la renovación de las letras alcanzase al género negro, uno de los mas denostados y menos valorados de la literatura. Y aunque no hay mal que cien años dure, que para eso se encarga la Semana Negra de Gijón, Lorenzo Silva lleva camino de convertirse en un clásico. El tiempo lo dirá. 

Luis García.-            Empecemos por el principio. ¿Cómo ha visto la             Semana Negra de Gijón 2001?. 

Lorenzo Silva.- La he visto interesante y alocada, como de costumbre. Creo que son sus dos rasgos distintivos. Interesante por la variedad de los escritores invitados (desde el guionista de Theo Angelopoulos hasta un ex militar argelino, pasando por un policía antimafia siciliano en activo). Alocada porque la semana parece siempre un caos, aunque quizá lo sea más aparente que real.   

 L.G.-   Se lo pregunta porque me consta que existe mucho "purista" que la encuentra un tanto... prostituida y desvirtuada de sus orígenes. 

L.S.-             Siempre me han importado un bledo los puristas, con perdón. La vida es bastarda. 

L.G.-   El lejano jardín de los estanques, El alquimista impaciente.... ¿Cómo nació la pareja protagonista?. Quiero decir, ¿qué le hizo a usted fijarse en dos tricornios como arquetipo de investigador hispano?. 

L.S.-    En primer lugar, la lógica. El primer crimen que seme ocurrió sucedía en una zona rural. La policía legalmente encargada de eso es la Guardia Civil. Después por dificultad y novedad: a ningún escritor español (salvo quizá, Aldecoa) le había dado por escribir de guardias civiles más que para denigrarlos. Y tercero, por interés: un cuerpo jerarquizado, militar, en el que acaba de entrar la mujer, y que lidia con los asuntos que lidia, es una fuente inagotable de situaciones novelescas. 

L.G.-            ¿Entraba en sus planes el ganar el Nadal con una novela negra?. 

L.S.-    En mis planes nunca entró nada más que escribir, y en eso llevo ya más de veinte años. Pero ¿por qué no podía ser? La novela negra, o policial, o de misterio, o como quieran llamarla, puede ser tan digna como cualquier otra. Como decía Raymond Chandler, depende del escritor y de lo que tenga adentro para escribir. 

L.G.-   Porque no es precisamente un Certamen que premio ese tipo de novela... 

L.S.-    Pues no, pero tampoco soy el primero. Ya lo ganó García Pavón con "Las hemranas coloradas", una novela de su detective Plinio, hace mucho tiempo. 

L.G.-            Sorprende la frescura de su narrativa, de sus diálogos, aunque por otra parte muchos otros lo ven mas como un defecto que como una virtud. ¿Cree que está el género negro infravalorado?. 

L.S.-             Infravalorado, depende por quién. Por los críticos ceñudos, tal vez. Por los lectores, no lo creo. Mis novelas policíacas son con mucha diferencia las que más lectores han conseguido. Me interesan naturalmente otras historias, y por eso las escribo, pero no puedo dejar de constatar lo que es un hecho. Y visto ese hecho, lo de los ceñudos se vuelve bastante irrelevante. Y si alguno cree que la frescura es un problema, bueno, hay mucha literatura polvorienta en la que zambullirse. Cada uno debe buscar su inclinación. 

L.G.-   Y son asimismo novelas muy cinematográficas. De hecho se van a llevar al cine y está usted colaborando en los guiones. ¿Le atrae ese mundo?. 

L.S.-    ¿A quién no le atrae el cine? O dicho de otro modo: ¿A quién, interesado por la narración, puede no atraerle la forma en la que se cuenta hoy historias al mayor número de personas? En todo caso, acepto que son dos mundos diferentes, y el mío es el de la literatura. Asisto con curiosidad a estas películas, y mi excursión como coguionista de una de ellas es un experimento personal que me apeteció hacer (y quizá me apetezca repetir), pero no quiere decir que vaya a cambiar mis prioridades creativas. 

L.G.- ¿Cuáles son los referentes literarios de Lorenzo Silva, que seguro tendrá?. 

L.S.-    Alguno tengo, sí. No por haber escrito algunas novelas policiacas soy analfabeto, como algunos deben de creer. No quiero aburrir a nadie con listas largas u obvias: puedes citar a Kafka, Chandler, Proust, Sender, Stendhal, Sabato, Conrad, etcétera. 

L.G.-               ¿Le ayuda su verdadera profesión (abogado) a la hora de escribir sus novelas, o es de los que se definen como abogado en sus ratos libres?. 

L.S.- Mi verdadera profesión es la de escritor. Durante mucho tiempo, sin perjuicio de lo anterior, me he ganado la vida como abogado, y eso me ha ayudado mucho en varios sentidos. Siempre he escrito lo que creía que debía escribir. No he escrito una sola línea por dinero en toda mi vida. Y creo que eso es un privilegio. Por otra parte, tener una profesión en el "mundo real" me ha protegido del ensimismamiento estúpido al que a veces puede conducir la exclusiva dedicación a la literatura. 

L.G.- Siempre mantuve que el género negro, junto con el cómic, era uno de los más adecuados para incentivar a la lectura a una juventud excesivamente dependiente del videojuego y de la televisión. Sin embargo, ¿a que cree que se debe ese desinterés de las Editoriales por el género?. 

L.S.- Estoy de acuerdo en que el género negro, por su amenidad y por el recurso de la intriga, es ideal para estimular la lectura. Y no sólo de la juventud. Yo no sé si hay desinterés de las editoriales por el género. Si tomo mi caso, no he percibido ese desinterés respecto de mis novelas policiacas. Creo que lo que no hay es un interés organizado e institucionalizado, tipo Série Noir en Francia. Pero no sé si eso es bueno o si es una etiqueta artificial que propicia la inercia escritora y editorial. 

L.G.- ¿Ayudó la Semana Negra de Gijón a dignificar el género?. 

L.S.- Ayudó a difundirlo, a propiciar que se hablara de él en serio, y no con condescendencia. Por lo demás, a dignificarlo ayudan los buenos libros, que los hay. 

L.G.- ¿Para cuando la tercera entrega de la serie?. 

L.S.- Sin prisa, esto no es ni quiere ser una fábrica de churros. Escribí la primera novela en el 95, la segunda en el 99, y creo que hay que dejar que madure una idea diferente, que los personajes evolucionen. Es posible que el año que viene esté la cosa madura y pueda salir una tercera. Estoy en ello. Pero quiero que sorprenda, no quiero reeditar lo ya hecho en busca de los frutos inmediatos. No me importa mucho la gloria literaria, que sus expendedores la administren como mejor les parezca, pero sí quisiera que el lector que ya lo es, y los nuevos, percibieran que en el empeño, dure los años y los libros que dure, hay honestidad, rigor y respeto hacia ellos.  

L.G.- Leyendo El nombre de los nuestros, su última obra publicada, sorprende la variación del registro utilizado, así como el conocimiento de una de las épocas mas olvidadas de la historia de España. ¿Cómo nació la novela?. ¿Cuál fue su génesis?. 

L.S.- Es que yo no creo que un escritor deba tener un registro. Cada historia tiene su registro, y el escritor debe adaptarse a ella, y no a la inversa. A mí me aburren los escritores que suenan igual cuando cuentan una historia de gángsteres o una expedición al Kilimanjaro;  esos que pretenden imponer su sonsonete más que servir con lealtad y eficacia a la historia que cuentan. La novela nació hace muchos años, cuando mi abuelo, veterano de la guerra de África, le contó a su hijo, que era mi padre y todavía un niño, muchas de las cosas que allí vivió. Luego esas historias me llegaron a mí, también de niño, en parte a través de mi propio abuelo pero sobre todo a través de mi padre. De ahí nació el interés. Luego estudié y leí todo lo que pude y busqué la historia concreta para esta novela. Sin prisa, a lo largo de muchos años. Era una deuda demasiado importante con los míos como para improvisar las cosas. 

L.G.- Usted, como hijo y nieto de militares que es, ¿se sintió en algún momento condicionado por ello a la hora de elaborarla?. 

L.S.- Me sentí favorecido. Mi padre nunca me inculcó un respeto reverencial por nada, sino una visión crítica de las cosas, basada en el razonamiento y en la exigencia ética. Eso quiere decir que no me cuesta nada criticar lo mucho que de criticable tenía aquel ejército. Pero por otra parte, tener militares en la familia me permite conocerlos mejor, y sobre todo, no participar de la visión a veces un poco simplista que se tiene de ellos. El ejército no es un monolito. Hay una razonable biodiversidad dentro de él.  

L.G.- Es una novela dura, que arranca con un hecho dramático que sorprende por su crudeza. ¿Se la podría considerar antibelicista?. 

L.S.- ¿Qué imbécil puede contar una guerra y dejar de deplorarla? 

LG.- ¿Cómo eligió a los personajes?. 

L.S.- No diré que me eligieron ellos a mí, pero casi. Son representativos de los españoles de aquel tiempo y de los que allí fueron enviados. El sargento Molina representa la extracción de mi abuelo, por ejemplo, un campesino andaluz enviado allí a la fuerza y que por razones probablemente inexplicables decide quedarse. Otros representan a los oficiales, a quienes siguieron siendo hostiles a quienes los mandaban mientras empuñaban el fusil y luchaban sólo por su vida, a los héroes, a los cobardes, incluso a los miserables que sacaban tajada de aquello. Quise que todos tuvieran voz. 

L.G.- También se ha introducido en la novela juvenil. ¿Cómo se encuentra en ese terreno?. 

L.S.- Me encuentro extraordinariamente a gusto. Los jóvenes son magníficos lectores, no sólo generosos, sino también intensos y profundos. Se los conoce poco, y se hace poco por conocerlos. Cuando sales a su encuentro, y cuando sienten que no los defraudas ni intentas utilizarlos, sino que te los tomas en serio, responden siempre. 

L.G.- ¿Para cuando un libro de relatos, que seguro que tendrá guardado en algún cajón?. 

L.S.- Tengo relatos guardados en el cajón. Pero no me considero un buen cuentista. Sólo practico el relato corto por compromiso, y con esto quiero decir cuando me ofrecen alguna historia interesante por algún motivo particular o me lo pide un amigo. Por eso soy escéptico respecto de la conveniencia de publicar ese libro de relatos, aunque incluso tengo un título para él. Lleva mucho tiempo durmiendo en el cajón, creciendo lentamente, y puede que siga todavía bastante tiempo ahí.  Quizá para siempre.

 


 

José Maria Guelbenzu

Por

  ©Luis García 

Madrid 14 de Abril de 1944. Estudios universitarios de Derecho y Dirección de Empresas, que abandonó en 1964. Trabajó en la revista Cuadernos para el Diálogo y como jefe de producción de la editorial. Codirector de cineclub Imagen, comenzó a colaborar en diversos periódicos y evistas literarias. En 1967 fue finalista del Premio Biblioteca Breve con El Mercurio, su primera novela. Ha publicado hasta la fecha diez novelas, La noche en casa (1977), El esperado (1984), La mirada (1987), La tierra prometida (1991, Premio Plaza & Janés), El sentimiento (1995) y Un peso en el mundo (Alfaguara, 1999), El río de la luna fue galardonada con el Premio de la Crítica 1981 y La Tierra Prometida (Alfaguara, 2001).

 

 

Introducción.-                       Es José María Guelbenzu un autor que inspira el respeto de un profesor. Quizás sea su académico porte (recortada barba incluida) lo que le confiere ese aspecto de hombre ilustrado recién salido de algún manual de historia. Autor de una extensa obra literaria que iniciara con El Mercurio en 1968, novela que habría de quedar finalista el año anterior en el Premio Biblioteca Breve, no se puede decir que goce del fervor popular de otros colegas. No es un asiduo de los saraos ni de las tertulias literarias, y como otros, generalmente los grandes, prefiere quedarse en un segundo plano y demostrar su talento escribiendo. Si que es cierto que puede que no resulte un escritor fácil de leer, ya que une a su cripticismo un bagaje de novelista experimental que poco o nada ayuda a popularizar su obra. No importa. Fiel a su esquema, han tenido que pasar casi treinta años y varias novelas para que se le reconociera en la arena aquello que ya se le había otorgado en otros foros. La novela Un peso en el mundo pasará a la historia, a su pequeña historia, como la del definitivo pistoletazo de salida de un escritor con oficio que seguro aún tiene mucho que contar.

 Luis García .- José María Guelbenzu, un nombre propio dentro de la narrativa española de los últimos años, y sin embargo un perfecto desconocido, salvando a cuatro puristas, hasta que publicara en 1999 la novela Un peso en el mundo. ¿Por qué es tan cruel a menudo el mundo de la farándula literaria?. No se entiende muy bien, porque creo recordar que usted ya se había alzado con el Premio Plaza y Janes...

 José María Guelbenzu.-            Creo que exagera usted un poco con ese salto tan fulminante. De hecho hay muchas más ediciones de otros libros míos que de Un peso en el mundo. No puedo considerar la idea de crueldad en el trato porque no es mi caso, no la he sentido nunca; estupidez, sí; crueldad, no. En fin, en todo caso creo que debemos diferenciar entre popularidad y éxito; y lo mismo que hay éxitos populares, yo le diría que Un peso en el mundo ha sido un éxito no-popular en la misma medida que lo fue en su día El río de la luna.

                                              

P..-                     Leí su novela Un peso en el mundo con el escepticismo de quien desconoce su obra anterior (tan sólo la conocía a ella y usted de referencias, y de la Escuela de Letras de Madrid) y la sorpresa que me causó fue proporcional a la polvareda que levantó en todos los círculos literarios de este país. ¿Sintió que por fin alcanzaba aquello que se le había negado durante tanto tiempo?. El ser un escritor público, la fama...,

 J.M.G.-                   Yo lo único que deseo alcanzar es un libro, un solo libro, del que me quede satisfecho; y aún no lo he conseguido. El resto me resulta indiferente. Pero le voy a recordar una frase de José Lezama Lima que para mí ha sido una regla de oro y de prevención. Le preguntaron, tras el éxito de Paradiso, qué era lo que sentía ahora, como famoso; y Lezama contestó: “Como soporté la indiferencia con total dignidad, soporto la fama con total indiferencia

 P..                        Hay una frase en la novela, que a mi juicio es demoledora, de esas susceptibles de convertirse en máximas. "Si no puedes cambiar el mundo, entonces cambia de conversación". ¿Hasta que punto se identifica con ella?.

J.M.G..-                   Prefiero no identificarme con ella; es una frase cínica, lúcida y amarga. Es la frase de alguien que, vencido, al menos no se resigna a perder el humor ni la lucidez. Yo todavía no me he dejado derrotar

 P..-                      1968 es para usted un año mágico: Acababa de quedar finalista del Premio Biblioteca Breve con El mercurio (le superó Carlos Fuentes con Cambio de piel). Era El mercurio una novela nueva (vanguardista se diría ahora) que enlazaba con Tiempo de silencio de Luis Martín Santos y que aventuraba una regeneración literaria que llegaría mas tarde junto a otros autores como Félix de Azua o Javier Marías. ¿Cómo se ve esa su primer obra ahora desde la distancia?.

 J.M.G.-            Como la obra de un escritor que lo que prometía con ella aún no ha sido capaz de cumplirlo. Pero, aparte de eso –las expectativas siempre son más generosas que la realidad- la recuerdo como un momento mágico, maravilloso, irrepetible, porque en esa escritura y en su entorno había una ingenuidad tan generosa como el acto mismo de la creación. Y una ilusión semejante a la de Sir Perceval cuando llegó a Camelot.

  P..-                      Salvando algunos títulos de transición,      La noche en casa, El esperado y La tierra prometida aventuraban su primer éxito, pequeño pero éxito, con El río de la luna, novela con la que ganaría el Premio de la Crítica. Ahora que aprovechando el tirón de Un peso en el mundo comienzan a reeditarse estas novelas, ¿no siente la tentación de rescribir alguna de ellas?.

J.M.G..-            Es imposible reescribir una novela. Es posible escribirla de nuevo, pero no reescribirla. En todo caso, a mí, en cuanto a mi obra de creación, sólo me interesa lo que está por delante. Lo que sí he hecho es ir fijando ediciones definitivas, que contienen correcciones y ajustes que en nada alteran la novela en sí, de El mercurio, El río de la luna y La tierra prometida.  Para volver a escribir una novela tendría que concebirla de nuevo y eso sería siempre otra novela: entonces, sí; entonces lo haría.

P..-                    Siempre se ha sentido admirador de la obra de Juan Benet, a quien considera como uno de los "grandes" narradores españoles de este siglo. ¿Cuál fue su gran aportación a la literatura española?.

 J.M.G..-            Juan Benet fue, ante todo, algo que se ha perdido en parte con su muerte: fue un referente para la narrativa española; el único novelista que, en su escritura, no estaba preso del mal del encierro, de la autarquía (también la literaria) en que desgraciadamente vivía España, lo cual quiere decir que pudo ser un ejemplo y una referencia desde el castellano para quienes vinimos detrás, pues al fin disponíamos de un gran autor no necesariamente extranjero ni necesariamente latinoamericano que podía medirse con la mejor literatura de nuestro tiempo. Además, no ha habido nadie que haya unido cultura y escritura en una misma persona como lo hizo él. Y, por fin, hizo entrar en España, no por la vía de la traducción sino de la lengua castellana misma, a dos figuras seminales de la literatura moderna como son Proust y Faulkner, perfectamente asimilados en su propia escritura. 

 P.-                       Si eso es así, ¿por qué fue tan maltratado por la crítica?. ¿O cuando menos relegado a un segundo puesto?.

 J.M.G..-            Porque la crítica en España es mayoritariamente naturalista y está incapacitada para entender un texto de Benet o de cualquier otro escritor posterior al naturalismo y que no sea un mero imitador de éste. El crítico, por lo general,. prefiere insultar, despreciar o rebajar lo que no comprende, como le ocurre a cualquier bruto. El criterio de la mayoría de los críticos es: “lo bueno es lo que yo entiendo”. Como la literatura española es de lo más naturalista en general, pues disfrutan muchísimo los unos con los otros y se exasperan ante quien venga a romper el idilio.

 

P.-                      ¿Qué novela suya rescataría e impondría como lectura obligatoria a los bachilleres de este país?.

 J.M.G..-            ¿Imponer?. No me creerá usted capaz de eso...  Yo estaría dispuesto a enseñar a leer a cualquiera que lo deseara, siempre que me den un aula y me paguen, claro está. Y entonces no tendría que imponer nada, no sería necesario. Tengo bastante experiencia en este asunto. Leer es un problema de curiosidad, disciplina y concentración; y no es difícil engancharse a ese esfuerzo si la oferta es capaz de mostrar sus encantos. El problema es cómo hacer el enganche y, créame, no será leyendo cosas obligadas; es más: yo empezaría haciéndoles escribir para poder explicarles cómo escriben; no cómo se  escribe, sino cómo escriben ellos.

 P.-                        Usted, fue novelista a la par que editor. Si conjugamos ambas facetas con la de lector, se produce un cóctel de impredecibles consecuencias. ¿Cómo se conjugan las tres profesiones?. Se lo pregunto porque salvando las distancias, cuando un escritor se mete a editor es un poco como un jugador de fútbol que se mete a entrenador, y combina las dos profesiones, algo que está muy de moda últimamente, creando una imagen nueva dentro del deporte. Pero uno siempre se pregunta dónde termina el entrenador / figura y comienza el futbolista / figura.

Porque de profesiones estamos hablando.

J.M.G..-            Leer no es una profesión, al menos para mí, de manera que quedan dos. Y la solución es fácil: ¿Ha leído usted “Dr. Jekyll y Mr. Hyde”?. Pues sólo le queda adivinar quién es el editor y quién el autor.

P.-                   Y cuando se disponía a leer un manuscrito,a valorar su futura publicación, ¿el ser escritor, novelista en su caso, le confería cierta ventaja a la hora de rechazarlo o aceptarlo?.

 J.M.G..-            Un buen editor no es más que alguien con criterio suficiente como para rodearse de buenos lectores, ayudantes, directores de colección y colaboradores. Yo tuve, entrené y exigí a lectores muy variados y sólo tomaba las decisiones cuando, tras la o las lecturas previas, leía yo el manuscrito o el libro de que se tratase. Quiero decir que lo que llegaba a mis manos estaba ya trabajado, por eso la importancia del equipo. En algunos casos ni leía los libros porque ya sabía lo que eran y significaban y por qué los buscaba. Un editor se ocupa de crear un proyecto cultural y una imagen que lo represente. En todo caso, le recuerdo que yo fui, sobre todo, editor de ensayo en Taurus. Mi incursión en la literatura, al frente de Alfaguara, fue sólo de cinco años.

 P..-                      También estuvo vinculado en sus inicios con la Escuela de Letras de Madrid junto a Alejandro Gándara, Juan José Millas, etc. ¿Cómo fue su experiencia como "profesor"?.

 J.M.G..-       Buena mientras tuvo sentido el proyecto pedagógico.Luego lo dejé.

 P..-               Cuando un novelista como es su caso, se transforma en lector, que                       seguro que lo hará en algunos momentos, ¿le resulta complicado el                        metamorfosearse?.

 J.M.G..-           No. ¿Por qué?. Es como si me dijera que un director de cine sufre alguna especie de transformación al ir al cine. O que Duke Ellington tenía que hacer violencia sobre sí mismo para escuchar a Woody Herman. Para mía son dos operaciones perfectamente diferenciadas.

 P..-                 Usted es autor de novelas sobremanera, es decir, no suele escribir, o al menos publicar, relato corto. Dice Luis Landero, otro gran novelista que tampoco se prodiga en el relato corto, que esto es debido a que é es un autor de mundos novelescos. ¿Es ese su caso?.

 J.M.G..-            En efecto; cuando tengo una idea –y no creo que vaya a tener muchas a largo de mi vida- prefiero aprovecharla para una novela. Pero, hablando en serio: yo creo que una novela es la representación literaria de una idea, de una idea poética, se entiende. Una regla de oro de la novela es que en ella debe de haber pensamiento “pero no se le debe notar”. Y cuando hablo de una idea poética me refiero, por tanto, a aquella que se manifiesta por medio de una imagen sugerente y abarcadora, no de un discurso lógico. En cuanto a la representación, pues, para mí, es algo que necesita espacio y desarrollo. Yo no sé escribir cuentos; quizá algún día aprenda, cuando me canse de escribir novelas. Pero los leo con mucho gusto. 

 P.-                 ¿Tiene algo de autobiográfico Un peso en el mundo?.

 J.M.G..-         Procuro huir de lo autobiográfico porque no me considero especialmente interesante. Lo que sí habrá, como en cualquier otro escritor desde que la escritura es la escritura, es el trabajo sobre dos experiencias: la experiencia personal de lo real  y la experiencia literaria

 P.-                No es España, aunque lo parezca, un país de tradición novelesca, al menos como se entendía  en el siglo XIX y comienzos del XX en Inglaterra y Francia. ¿A que cree que es debido?. Porque salvando dos períodos (la Generación del 27 y El Grupo poético de los 50) tampoco se puede afirmar que esto fuese debido a que estuviésemos volcados en la poesía o en el teatro.

J.M.G..-            No hay tradición novelesca y si hay tradición literaria. No hablo de mejor o peor literatura sino de tradición. ¿Por qué no hay novelas?. Yo creo que porque se consideraba un género poco noble en un país de analfabetos. Al menos la poesía y  el teatro poseían la oralidad; la novela, no. En fin, que no compensaba escribir novela. Y luego hay otras muchas razones que sería pesado de exponer para mí y tarea mucho más fácil para un buen historiador de la literatura.

P.-                Volviendo a Un peso en el mundo, he de reconocer que su lectura me ha reconfortado como pocas novelas lo habían hecho en los últimos años. Ese conflicto que se plasma desde el principio, el inesperado desenlace... ¿Para cuando tiene previsto presentar una nueva obra?.

 J.M.G..-            Creo que en este mes de Septiembre aparece una nueva novela bajo el título No acosen al asesino. Es una novela policiaca “a la inglesa”, que es un género que me enseño a leer después de los primeros escarceos con Salgari, el capitán Gilson y Richmal Crompton, y que me enseñó mucho sobre el arte de escribir. Es un homenaje que espero que no desluzca los originales. Es también en libro escrito entre medias de un proyecto muy ambicioso del que llevo la escrita una tercera parte.

 P.-                  Y ya que hablamos de esta novela, tengo la impresión de que estuvo mejor tratada por la crítica que por los lectores. No era fácil verla en las listas de las obras mas vendidas. ¿Siente alguna frustración saberse autor de una pequeña obra maestra, y que se vea incapaz de hacerla llegar a mas gente?.

 J.M.G.-             Ninguna. Un solo buen lector es suficiente. Uno sólo que vea lo que tú has querido poner ahí y, de ese modo, te reconozca y te devuelva tu trabajo, mejorado y ampliado con su lectura, te compensa sobradamente. En cuanto a lo demás, le remito al sentido de la frase de Lezama. A todo el mundo le gusta ser reconocido, claro, pero en mi caso, no por cualquier causa ni por cualquier gente. Un escritor define con su estilo al público que busca.


 

Arturo Arango

Por

  ©Luis García 

Manzanillo (Cuba) 1955. Entre 1989 y 1991 fue director de la revista Casa de las Américas. En la actualidad es jefe de redacción de la revista La Gaceta de Cuba. Es autor de un libro de ensayos, Reincidencias (1987), de los volúmenes de relatos La vida en una semana (1989), La Habana elegante (1995) y ¿Quieres vivir otra vez? (1997), así como de la novela Una lección de anatomía (1997). En El libro de la realidad (2001), Arango aborda uno de los temas más polémicos de la reciente historia de Cuba

 

 

 

Introducción.-            Vivimos tiempos de bonanza literaria dentro de la lengua hispana, de  rejuvenecimiento y regeneración. No es casual la irrupción de La Generación de Crak en el panorama internacional ni de otros movimientos similares en un momento en el que el decaimiento del boom es mas que evidente. A pesar de sus múltiples connotaciones, que las tiene, la narrativa hispanoamericana despierta pasiones, pero también recelos. Sólo así se puede entender que dentro de toda esta tendencia, a la literatura cubana siempre se las haya considerado como el patito feo, la gran olvidada de los últimos cuarenta años salvedad expresa de puntuales y tardías recuperaciones (aunque bien es cierto que nunca es tarde para ello) como el caso de Virgilio Piñera. El boom nació de la pluma de García Marquez, Vargas Llosa y Carlos Fuentes, pero también del barroquismo de Alejo Carpentier y de la precisión poética de Lezama Lima. Ahora, prestos a iniciar el nuevo siglo, nuevos y jóvenes narradores irrumpen con fuerza hasta el punto de llegar a ser considerados casi como un lobby, o dos. Ya que inmersos en plena vorágine, y posiblemente como una aventura empresarial mas, los editores diferencian entre los autores del interior y los del exterior. Si tradicionalmente los del exterior, o del exilio, eran los grandes conocidos, ahora por fin ha llegado la hora de los del interior.

 

Pregunta.- Arturo Arango, un nombre a seguir en los próximos años, aunque no por ello un perfecto desconocido. ¿Qué nos puedes contar de ti, de tus comienzos literarios?. 

Arturo Arango.- Comencé a escribir a mediado de los 70, en una época muy mala dentro de la Isla, un período de  contracción ideológica, de dogmatización extrema. Me inicié dentro de la poesía, y como parte de un grupo de poetas (muy jóvenes entonces, naturalmente) que pretendíamos renovar el género, hablar de la realidad cubana del hoy, sin idealizaciones, sin las imposiciones de la política o la ideología. Muy pronto abandoné la poesía, donde no me sentía cómodo, y comencé a escribir cuentos, y también me convertí en uno de los críticos, de los voceros de esa generación (Leonardo Padura, ya conocido en España, era otro). Aunque trabajé durante nueve años en la revista Casa de las Américas, de la que fui director entre 1989 y 1991, mi pertenencia literaria, mis relaciones, se establecían más en los cotos de la revista El Caimán Barbudo. Quizás por todos esos conflictos que caracterizaron esos años, por esos esfuerzos nuestros por lograr que los espacios de difusión se abrieran, por lograr un clima de auténtica realización literaria, mi obra inicial estuvo mucho más volcada al periodismo y a la crítica, es decir, a géneros que Alfonso Reyes llamó ancilares. Mi primer libro de cuentos data de 1989, y se titula La vida es una semana. Esa salida tardía fue algo común a los narradores de mi generación.

P.-                            Acabas de publicar novela en la Editorial Tusquets, -El libro de la realidad-. ¿Cómo te sientes?. 

A.A.-                           Feliz, como es previsible. Tusquets es una editorial ejemplar, por la seriedad de sus propuestas, por el respeto con que trata a sus autores, por la belleza de sus diseños. 

 P.-                            ¿Ha sido un parto doloroso?. 

A.A.-                           Toda escritura lo es, o debía serlo. Desconfío de la obra fácil, lo cual no quiere decir que a la vez no lo escriba para divertirme. Pero, al menos a mí, también las dificultades me divierten, me hacen feliz. No se trata de masoquismo: descubrir las dificultades me llena de angustia, de desasosiego, pero vencerlas, dejarlas atrás, me hace inmensamente feliz. 

P.-                               Es innegable la abundancia de narradores cubanos. Actualmente, me vienen a la memoria además de los ya conocidos Cabrera Infante y Zoé Valdes, los de Karla Suárez, Ronaldo Menéndez y tantos otros. ¿Cómo se vive la literatura desde el ostracismo?. 

A.A.-                           No sé exactamente a qué se refiere en la pregunta el término “ostracismo”. Yo, como la generalidad de los escritores cubanos, viajo con frecuencia fuera de la Isla (también, como es lógico, dentro de ella), he publicado libros en México e Italia, y cuentos y artículos en revistas de muchísimos países, y aparezco en una veintena de antologías de cuentistas cubanos aparecidas fuera de Cuba. He escrito, además, el guión de una película (basada en un cuento mío), “Lista de espera”, estrenada comercialmente hasta ahora no sólo en Cuba, sino además en España, Francia, Italia, Alemania, México, y que se ha presentado, entre otros, en los festivales de Cannes, Málaga, Cartagena y Chicago. De manera que la palabra ostracismo me resulta extraña. 

P.-                              ¿Te has sentido en alguna ocasión mediatizado por los narradores del exterior?. 

A.A.-                           El exilio cubano es muy diverso. Por ejemplo, admiro mucho la obra de Cabrera Infante, a quien no conozco personalmente, y de quien lamento su actitud intolerante (por ejemplo, se ha negado a figurar en un panorama del cuento cubano publicado en Cuba). Admiro también mucho la obra de Gastón Baquero,  a quien tuve la oportunidad de conocer en Madrid, poco antes de su muerte. Me deslumbra la personalidad y la obra de Reinaldo Arenas, sobre todo sus novelas El mundo alucinante y El color del verano (mientras la película Antes que anochezca me parece muy manipulada, muy falsa, a pesar de la soberbia actuación de Bardem). Le hablo de obras que he leído en Cuba, que están en mi biblioteca. Hay otro exilio de autores que son mis compañeros de generación, o cercanos a ella, y en algunos casos mis amigos, con los que mantengo la comunicación normal (o anormal) que se mantiene con los amigos o conocidos: les envío mis libros, recibo los de ellos, nos escribimos, discutimos, nos criticamos o atacamos. En la última década, en algunos espacios de la cultura cubana (yo trabajo en una revista, La Gaceta de Cuba, que ha sido paradigmática en este sentido), hemos tratado de “normalizar” nuestras relaciones con la cultura cubana que se hace fuera de la Isla, y hemos ido publicando sobre todo a aquellos escritores que se dieron a conocer fuera de Cuba, y que para nosotros eran desconocidos por completo. Por supuesto, son autores cubanos, pertenecen a nuestra literatura, a nuestra cultura, y, más que una “mediatización”, tengo con ellos una “relación”, diversa, según los casos, como son todas las relaciones.  

P.-.-                           Eres un perfecto desconocido, y sin embargo acabas de publicar en Tusquets la novela El libro de la realidad. Todo un éxito, y una apuesta de la Editorial. ¿Qué podemos encontrarnos los lectores en la misma?. 

A.A.-                           Te confieso que no me gusta intervenir en el juicio de mis posibles lectores. El libro de la realidad es una novela que ocurre en el ambiente histórico e ideológico de la Cuba de los 60. Sus protagonistas son jóvenes que viven inmersos en un estado de fe, pero cuyas existencias transcurren también, como suele ocurrirnos a las personas de carne y hueso, en la cotidianidad: con las dificultades, con los trastornos, con las pasiones que habitualmente ocupan la vida diaria de las criaturas vivas. 

P.-                             ¿No pasa por ser una novela de iniciación, un concepto muy recurrido actualmente en literatura?. Iniciación a la vida, a la realidad que te rodea... 

A.A.-                           La novela de iniciación es un tópico, casi un subgénero dentro de la novela. El libro de la realidad tiene algo de eso, como lo tienen todas las novelas cuyos protagonistas son jóvenes, personas que están todavía en edad de aprendizaje (en edad en que el aprendizaje es más intenso). Pero las novelas de iniciación suelen contar períodos muy largos de la vida de sus personajes, mientras que en ésta, por la naturaleza misma de su argumento, sólo se cuentan unos meses. La novela de iniciación suele acercarse a lo biográfico: niñez, adolescencia, juventud... Aquí es un fragmento, una instante de intensidad inusual dentro de un conjunto de vidas. 

P.-                             Una novela escrita en la Cuba de Castro sobre la Cuba de Castro, y desde el interior. ¿Es un acto de valentía, de justicia...?. 

A.A.-                           Es un acto literario, ni más ni menos. Yo te aseguraría que la inmensa mayoría de la literatura que se ha escrito en Cuba en los últimos quince años tiene como referente a la realidad cubana posterior a 1959. Y créeme que en esas obras hay todo lo humano y lo divino que suele encontrarse en cualquier literatura. 

P.-                             ¿Hasta que punto es una novela autobiográfica?. Y caso de serlo (o no) ¿con qué protagonista te identificarías?. 

A.A.-                           No es autobiográfica, aunque sí, como ocurre siempre, inevitablemente, hay allí contadas muchas experiencias que son mías. Yo soy un poco menor, en edad, que esos personajes. Cuando ellos, digamos, vivían esos episodios, a sus diecisiete o dieciocho años yo tendría unos doce o trece. Soy, digamos, su hermano menor. De ellos, me gusta la soledad de Alejandro, su fortaleza, como también el escepticismo de Rolando. Es decir, me hubiera gustado ser el hermano menor de cualquiera de ellos dos. 

P.-                              ¿Te sientes heredero de algún autor en concreto?.  

A.A.-                          Uno suele ser heredero de un conjunto de autores, de sistemas literarios, más que de un escritor en específico. Incluso, es heredero de cineastas, de pintores, de músicos: de un ambiente cultural. Yo me formé en la admiración a esa gran novelística latinoamericana que se ha llamado boom, y, en general, me siento parte de una comunidad lingüística que en la segunda mitad del siglo pasado dio obras excepcionales. Pero las afinidades literarias se establecen de otra manera: por ejemplo, Borges me interesa por encima de todos; prefiero Palinuro de México antes que La región más transparente, y me arrodillo ante Gran sertón, veredas. Y en esa comunidad espiritual también incluyo el cine de Tomás Gutiérrez Alea, las canciones de Silvio Rodríguez o de Chico Buarque, la pintura de René Portocarrero o de Julio Le Parc. Pero esa comunidad cultural puede ser más amplia: el descubrimiento de los Beatles por el adolescente que fu marcó definitivamente mi sensibilidad, como más tarde a Led Zeppelin o a Joan Manuel Serrat, o el cine de Buñuel, de Fellini o de Tarkovski. Hablo de obras formativas, y trato de darte referencias contemporáneas. 

P.-                             Literariamente te has iniciado en el relato corto, habiendo conseguido algunos premios. ¿En que terreno te mueves con mas fluidez?. 

A.A.-                           No escribo cuentos desde 1994 porque no se me ocurre ninguna idea que pueda contar en menos de cien páginas. Debe ser incapacidad, y que la novela te permite  establecer asociaciones, a inventar mundos que a mí me resultan más cómodos. Suelo estar durante varios meses preparando, almacenando dentro de mí los ingredientes de ese universo en el que voy a entrar, y después que logro conformar sus rasgos primigenios, a esbozarlo, cada vez me puedo mover mejor dentro de él. Cuando cada mañana me siento frente a la pantalla no me la encuentro en blanco: hay cosas que revisar, que rehacer, que me van llevando hacia lo que está por escribir. Esa angustia del inicio, de la primera frase, del ¿valdrá la pena?, en la novela se resuelve de una sola vez para muchos meses. Es como encontrar un contrato de trabajo a largo plazo, en un lugar hecho a tu gusto, a tu medida. Con el cuento es como salir todas las semanas a buscar empleo. 

P.-                              A pesar de ser un tema tan atractivo, no es corriente salvo en los autores cubanos del exterior el recurrir al periodo histórico revolucionario como argumento literario. ¿A que crees que es debido?. 

A.A.-                          Como te dije antes, sí es frecuente, y más que frecuente, común. Por ejemplo, todas las novelas de Padura ocurren en los 70 y 80. Lo mismo con las obras de dos autores que respeto muchísimo, como Reinaldo Montero y Miguel Mejides. En España se ha publicado también El pájaro: pincel y tinta china, de Ena Lucía Portela, que ocurre en los 90 cubanos. Lo que ocurre es que circulan muchos esquemas sobre Cuba, y su literatura se conoce mal, y se suele comprender a partir de esos esquemas.  

P.-                              ¿Qué estás preparando en estos momentos?. 

A.A.-                           Estoy trabajando una novela que se llama Muerte de nadie, y que es un proyecto largo, y complicado. Es una mezcla de tipologías diversas: novela de aventuras, policial, histórica, del dictador... 

P.-                              ¿Acudirás al Salón del Libro Hispanoamericano a celebrar en Gijón en Octubre próximo?. 

A.A.-                           No tengo idea. 

P.-                             ¿Podrías recomendarme algunos autores cubanos desconocidos para el lector español?. 

A.A.-                          Obviamente,  pienso que te refieres a los que no han sido publicados en España. Para ordenar un poco cronológicamente, me gustaría que en España conocieran las novelas de José Soler Puig, ya fallecido, y con una obra monumental, El pan dormido. De los más cercanos a mí, ya te mencioné a dos que me parecen magníficos: Reinaldo Montero y Miguel Mejides. De ellos recomendaría Las afinidades (Montero, ya que su obra principal, Misiones, alcanza las 1200 cuartillas) y Perversiones en el Prado (Mejides). En España han publicado a Padura, a Abilio Estévez (ambos en Tusquets), a Abel Prieto, a Senel Paz, Eliseo Alberto. No sé si conocen a Carlos Victoria, que vive en Miami, y es excelente. De los más jóvenes que nosotros, a Ronaldo Menéndez, Ena Lucía Portela,  Atilio Caballero y Pedro de Jesús, ya dados a conocer allá (aunque a veces en editoriales menores), habría que añadir a Waldo Pérez Cino, que vive en Madrid, y de quien me acabo de leer el manuscrito de una novela interesantísima, El puente sobre el río cual; Alberto Garrido, autor de muy buenos cuentos reunidos en El muro de las lamentaciones y una novela bellísima, La leve gracia de los desnudos. Y ahí detengo la lista de mis preferencias.

 


Rodrigo Brunori

Por

  ©Luis García 

  Como no podía ser de otro modo, uno encuentra en Rodrigo Brunori, Premio Jaén de Novela 1999, Premio Tigre Juan 2000, el perfil de un hombre pausado y tranquilo, indudablemente el de un músico. Así era también el gran narrador Daniel Moyano, con quien Rodrigo guarda muchas, quizás demasiadas, similitudes, además de su ascendencia argentina. Como él, Rodrigo también es músico, violinista en su caso. Como él, la sensualidad que trasmite al escribir va más allá de lo expuesto en esta su primera novela. Me manda Stradivarius (Editorial Debate) es ante todo una obra de iniciación, y como tal hay que verla. Pero, ¡cuántos quisieran con su primera novela alcanzar el clímax con el que el autor impregna las casi 200 páginas!. Estamos sin duda, ante alguien que dará que hablar, y mucho, en próximos años, salvo que el estigma de Bartleby, y el propio camino que elija el autor, lo aparten de la literatura. Esperemos que no.

  

Pregunta.-                Con Me manda Stradivarius has conseguido de alguna forma tocar el cielo con las manos. ¿Cómo se siente un nuevo autor ante tanto éxito? 

Rodrigo Brunori.- Es algo que se vive con mucha felicidad y con mucha emoción, porque se trata de un reconocimiento al trabajo de mucho tiempo. Ten en cuenta que, entre una cosa y otra, tardé casi siete años en escribir la novela. Además, son acontecimientos que marcan tu vida, creo que la cambian radicalmente. Esa actividad tan íntima que es escribir empieza a tener de pronto una proyección pública, y eso a mí me resulta nuevo y estimulante. Lo que sientes es que efectivamente la literatura te permite comunicarte con los demás. Yo no creo demasiado en que los escritores escribamos solo para nosotros mismos. Hay una parte que efectivamente va destinada sólo a uno mismo, a la introspección y a la exploración de su interior; pero pienso que detrás de todo eso hay un afán de comunicación, una necesidad de hablar con los demás a través de las historias que contamos. Eso es lo que ves mucho más claro cuando has publicado un libro. Sientes que te estás abriendo al mundo a través de él. 

P.-                               Pero no puedes evitar el estar envuelto en toda una suerte de fastos literarios. (Premio Jaén, Premio Tigre Juan...). ¿Se los imaginaba así? 

R.B.- Todo eso se ha quedado para mí en un nivel muy agradable. Me he encontrado siempre cómodo, entre otras cosas porque nadie me ha exigido nada. No sé cómo será la situación de un autor que empieza y, de pronto, se convierte en famoso y tiene que escribir en poco tiempo otra novela y empieza a colaborar a la vez en varios periódicos, pero desde luego no es mi caso. Creo que me espantaría por la presión que eso supone. Yo a lo único a lo que aspiro es a poder seguir escribiendo a mi ritmo, que es más bien pausado. 

P.-                           El alzarte con el Jaén debió de ser toda una sorpresa. Pero el Tigre Juan, un certamen tan sólido y respetado, y además compitiendo en la final con Pablo J. D´ors. 

R.B.-                          El Tigre Juan fue también una gran sorpresa porque la novela se había publicado hacía ya casi un año y yo nunca pensé que a estas alturas me tuviese reservadas más alegrías, estaba ya con la mente en otra cosa. Se trata, efectivamente, de un premio muy prestigioso, con una nómina muy importante de escritores a sus espaldas, y por eso es una gran satisfacción. Y luego está el asunto de la cena en la que se falla el premio, eso de que queden seis autores y se vaya eliminando a uno en cada plato. Hay una cierta tortura en el método, pero está claro que se consigue una expectación especial. 

P.-                           ¿Cómo nació  Me manda Stradivarius?. ¿Cuál es su génesis? 

R.B.-                         Originalmente era uno de los últimos capítulos de una novela que yo empecé a escribir en 1990, un verano que me quedé solo en Madrid. No había tenido hasta entonces ningún contacto con la literatura -más que el de lector, evidentemente, pero siempre he sido un lector desordenado, incluso perezoso-, y un buen día cogí la máquina de escribir y me puse a contar una historia que se me había ocurrido a partir de las experiencias de un amigo mío. Trataba de un violinista que pierde su violín en el autobús y poco después encuentra otro que acaba cambiando su vida. Al final de esa novela, debía aparecer la historia de Antonio, Maderatti y Homobono, narrada al protagonista por un personaje secundario. Lo que me ocurrió fue que, cuando llevaba ya algunos años de trabajo, me di cuenta de que la historia que a mí más me interesaba era esta última, por lo que acabé abandonando la novela original, que por supuesto nunca llegué a acabar. 

P.-                           Se trata de una novela marcadamente musical, y era de suponer su formación en dicho arte, algo que posteriormente me habrías de confirmar. De ahí que, ¿qué tiene de autobiográfica la obra? 

R.B.-                           No demasiado, la verdad. La autobiografía está en determinados sentimientos que aparecen allí más que en los hechos concretos. Yo nunca he construido un violín ni sé trabajar la madera, de hecho soy bastante torpe para ese tipo de labores manuales, pero sí tuve un profesor de violín que estaba obsesionado con defenderse del resto del mundo y que vivía los acontecimientos propios de su profesión como una amenaza; fue un hombre que me marcó mucho, que en determinado momento de mi juventud tuvo sobre mí una gran influencia y que, en cierto modo, puede parecerse a Antonio Silverius. También utilicé muchas cosas de la relación que mantuve con mi padre y recuerdos de mi infancia en Argentina, donde pasaba mucho tiempo en el campo, en un contacto con la naturaleza similar al que tiene Homobono. Pero eso no es autobiografía, simplemente son las experiencias vitales que, de una forma u otra, utilizamos todos los escritores. 

P.-                           ¿Con cuál de los dos personajes principales te identificas, no como escritor, sino como músico? 

R.B.-                          Yo he dejado de ser músico hace mucho tiempo, y la verdad es que tampoco conseguí pasar nunca de ser un estudiante de violín entusiasta, esforzado y con muy poca suerte. Por eso, aunque reconozco que me llena de alegría que me llamen músico –es como una especie de satisfacción infantil, como un piropo que me dicen- me veo en la obligación de aclarar que no es del todo exacto. Pero, desde el punto de vista de la música, la identificación mayor es sin duda con Antonio Silverius, que no es propiamente músico, sino luthier. Lo que a mí me gusta de él su mimo al trabajar, su afán de perfección, el cuidado que pone en los detalles, esa necesidad de apostarse la vida contra esa búsqueda de la belleza. De todas formas, intentando responder a tu pregunta, sí te puedo decir que en la última fase de mis estudios musicales –cuando mi fracaso había quedado más o menos claro y ya me encontraba, por decirlo de alguna manera, en estado terminal- me dediqué de modo obsesivo a estudiar armonía, que para un estudiante de música es algo así como el primer paso de la composición. Me encerré durante un par de años a hacer ejercicios para aprender a conducir las voces sobre el papel, como si a esas altura eso fuera a valerme luego para algo, y creo que es en ese momento cuando más puedo identificarme con el afán de perfeccionismo de Antonio Silverius. Por otra parte, ese proceso fue fundamental para que más tarde aprendiese a escribir. 

P.-                        Se trata, a mi modo de ver, de una novela muy sensual, de hecho esa es una de las constantes de la música. Pero que puede en algún momento deslizarse y convertirse en una suerte de historia de amor / odio entre los tres actores del relato. ¿Nació la historia de esa forma? 

R.B.-                         Sí, es un aspecto que yo vi claro desde el primer día. Hay una historia de seducción de Cecco Maderatti hacia Antonio y Homobono. Con el viejo es una relación maestro-alumno, en la que este último empieza a pervertir las enseñanzas que recibe y a actuar de acuerdo a su personalidad y sus intereses, pero que ha sido posible porque desde el primer momento se ha tomado el trabajo de encandilar al luthier, de seducirlo. Con el hijo, en cambio, se establece para mí una relación mucho más sincera, una relación totalmente adolescente, en la que Homobono empieza a entender que hay muchas más cosas en el mundo que las que le ha enseñado su padre. El descubrimiento de la amistad, de una amistad que se parece tanto al amor, cambia por completo su vida. Cecco Maderatti es para él ese personaje que llega en un momento de nuestra vida, nos seduce, nos abre los ojos al exterior y luego se marcha. El odio que tú comentabas también existe, pero poco, es más bien desesperación, la desesperación de un viejo que ve cómo al final de su vida aparece alguien que le va a arrebatar lo poco que tiene y le va a recordar su fracaso, no como luthier pero sí como hombre. 

 P.-                          Cecco Maderatti no sólo sabe de construir violines, también de enfermedades malignas para la época. ¿Por qué introducir la epilepsia en la historia? 

R.B.-                          La enfermedad me permitió introducir todo el universo fantástico de Homobono, que me resultaba muy atractivo, en primer lugar, por las imágenes en sí mismas –los peces, los pájaros, como enviados de un mundo fascinante y aterrador-  y luego por la dimensión solitaria, ensimismada, que da al personaje. La idea surgió de una forma totalmente espontánea, casi diría que automática: estaba escribiendo y de pronto se me presentó esa imagen de los peces que vienen a buscarle. Y, aunque de pronto sentí un cierto temor porque no tenía ni idea de adónde me iba a conducir aquello, seguí escribiendo sin pensar demasiado. Luego me gustó también el contraste que creaba con el mundo tan racional de Antonio, en el que todo se compone de maderas de dimensiones muy precisas, fórmulas de barniz exactas, etc.  

P.-                           El violín nace a la vida a medida que languidece la de Antonio, el maestro, en una de las más hermosas metáforas de la novela. ¿Cómo diste con ella? 

R.B.-                           Parte de una idea que siempre me ha obsesionado un poco, la de que la felicidad de uno, o la consecución de objetivos buenos y deseables, lleva muchas veces aparejada la desgracia de otro. El violín aparece al principio como un elemento positivo, de ilusión para todos, pero pronto empieza a adquirir un carácter más ambiguo. Para Antonio, pasa de ser una de las obras más importantes de su vida a convertirse en un calvario, en una experiencia que acaba destruyendo su mundo; en el violín se refleja todo ese proceso: su pérdida de vitalidad, la traición de Maderatti hacia su proyecto inicial y también la creciente independencia de Homobono, quien, por primera vez y no por influencia de él sino de Maderatti, se apasiona con la construcción del instrumento. Por eso, se ve pronto que el hecho de llevar a buen término ese proceso que al principio todos han deseado va a suponer la ruina para algunos de ellos. Para Antonio, en primer lugar, porque entiende que es el último violín de su vida y que está perdiendo a su hijo; y también para Homobono, quien comprende que, en el momento en que el violín esté acabado, Maderatti se marchará y le dejará en la soledad en la que vivía antes.  

P.-                      ¿No parece que es un poco como aquel mito de los indios que creían que las fotografías captaban el espíritu de los fotografiados? En esta ocasión, el violín sería la fotografía. A medida que avanza su construcción. 

R.B.-                           Sí, es una idea que se le acerca bastante. Antonio se va dejando la vida en el instrumento, se vacía por completo y se queda al final sin nada, sólo con el recuerdo de un fracaso.  

P.-                          ¿Cómo ve alguien joven como tu el actual panorama literario español?. 

R.B.-                           No tengo una opinión muy formada al respecto porque tampoco leo demasiado, me gustaría pero trabajo mucho para ganarme la vida –no con la literatura, claro- y no dispongo de demasiado tiempo. Creo, no obstante, que es un panorama amplio, con muchísima gente que escribe desde posiciones totalmente distintas. Sí me parece que  a veces las cosas van demasiado rápido por cuestiones puramente comerciales y que eso no es bueno para ningún escritor. Muchos escritores publican una novela, se hacen famosos y, a partir de entonces, empiezan a sacar casi un libro al año. Eso está muy bien si pueden hacerlo manteniendo un nivel de exigencia elevado con respecto a su trabajo, pero muchas veces no es posible. A mi entender, en la literatura la prisa es mala acompañante.  

P.-                           Eres de ascendencia argentina, tierra de grandes narradores. ¿Para cuando un libro de relatos que seguro tendrás en algún cajón?

  R.B.-                          Tengo un par de relatos escritos que me gustan y no descarto escribir más y con el tiempo hacer un libro, dado que el relato es un género que me gusta mucho. De hecho, ésta era la idea que tenía hasta algunos meses, pero una historia que en principio iba a ser un cuento se ha convertido en el inicio de una novela.

 P.-                           ¿Qué estas preparando en estos momentos?

  R.B.-                           A comienzos de diciembre comencé a escribir esta novela que te comentaba. Es una historia también con músicos de por medio, pero bastante distinta de la anterior. Transcurre más o menos en la actualidad y será más larga y con bastantes personajes secundarios.

 


Roberto Bolaño

Por

  ©Luis García 

Santiago de Chile 1953.  Ha publicado Consejos de un discípulo de Morrison a un fanático de Joyce (1984), Amuleto, Llamadas Telefónicas,  Los detectives salvajes, Los Perros Románticos,  La Pista de Hielo (1992),  La senda de los elefantes (1994),  La literatura nazi en América (Seix Barral, 1996). Monsieur Pan, Nocturno de Chile,  Estrella Distante y Tres

Introducción.-  Introducción.-Quisiera poder quedar con él, pero me es imposible. Quisiera poder decirle que le  conozco literariamente desde hace... casi veinte años, en concreto desde que yo un día entrara en la Librería Morgana de Oviedo, una de esas pequeñas librerías que suplantaban fondo editorial por culto literario, y me hiciera con un ejemplar de Consejos de un discípulo de Morrison a un fanático de Joyce, (Premio Ámbitu Literario de de Narrativa 1984), una novela negra, negra, escrita en colaboración con Antoni García Porta. Quisiera poder decirle que no me extrañó que se alzara con el Premio Herralde de Novela por Los detectives salvajes, ya que la carrera literaria de Roberto Bolaño, si bien había comenzado a mis ojos a comienzos de los ochenta, está plagada de éxitos  (Premio Ciudad de Alcalá de Henares 1992 con La pista de hielo). Las comparaciones con el otro chileno exiliado ilustre son inevitables, pero tampoco vienen a cuento. Ahora, presenta dos nuevas obras, Nocturno de Chile, Editorial Anagrama, novela con el trasfondo del Chile actual, y Tres, un curioso poemario editado por El Acantilado que no ha pasado desapercibido para casi nadie.                           

 Pregunta.- Premio Herralde de novela con Los Detectives salvajes, pero pocos le recuerdan en sus comienzos con aquella obra coescrita con Antoni García Porta Consejos de un discípulo de Morrison a un fanático de Joyce. ¿Cómo recuerda aquellos inicios?.

  Roberto Bolaño.- Con una alegría un poco insana. Por aquella época trabajaba en Roses, a medio camino entre Figueras y Cadaqués, aunque mi vida no tenía nada de glamour, sobre todo si entendemos la palabra glamour tal como la entienden y la ejemplifican esos cientos de exiliados latinoamericanos, sobre todo aquellos que se dedican al arte o al espectáculo (de hecho, dudo mucho que sepan la diferencia entre arte y espectáculo). Digamos que entonces yo trabajaba vendiendo bisutería, es decir que tenía mi pequeño negocio, y vivía como un árabe de las Mil y una noches, o como un judío del ghetto de Praga, sin frecuentar el círculo de Kafka, pero aprendiendo esos nombres tan pintorescos que designan las diversas piezas de bisutería. Los mediodías solía ir a bucear a una escollera del puerto en donde aún era posible ver pulpos. Cuando los pulpos me veían se alejaban y yo los seguía, sin tocarlos, durante un buen trecho. Por las noches, después de contar las ganancias y las pérdidas del día, y anotarlas en un cuaderno muy grueso, me ponía a escribir, tirado en el suelo (no tenía mesa) y a veces pensaba en el ojo del pulpo que había visto ese mediodía y todo me parecía magnífico. Si no hubiera sido víctima de una estafa, probablemente aún seguiría en el mismo negocio.   

P.-               ¿Se siente cómodo en su papel de triunfador?. Es decir, ha pasado en veinte años (casi nada) de ser un escritor marginal a ganar el Herralde de Novela y después el Rómulo Gallegos con la misma obra. Le repito: ¿cómo se siente en dicho papel?.   

R.B.- No creo en el triunfo. Nadie, con dos dedos de frente, puede creer en eso. Creo en el tiempo. Eso es algo tangible, aunque no se sabe si real o no, pero el triunfo, no, de ninguna manera. En el campo de los triunfadores uno puede encontrar a los seres más miserables de la tierra y hasta allí yo no he llegado ni me veo con estómago para llegar.  

P.-.-               ¿Qué hace un chileno como usted en la costa gerundense?. ¿Qué le decidió a quedarse allí?.

 R.B.- Me gusta este lugar. Supongo que si viviera en otro sitio, también acabaría acostumbrándome a él y viviendo más o menos feliz. Mi familia paterna, por otra parte, es una familia de emigrantes, mi abuelo era gallego y mi abuela catalana. Mi padre, que nació en Chile, se ha convertido en un mexicano. Mi familia o parte de ella es de clase obrera, y la clase obrera sólo necesita un pequeño empujoncito para dejar de creer en la patria, que es un invento burgués, y cuando digo burgués estoy pensando tanto en la burguesía francesa como en la burguesía soviética o la burguesía china. Por otra parte tengo que aceptar que estoy casi siempre en contra de la mayoría y la patria es el lugar en donde la mayoría (los compatriotas) impone con mayor persuasión sus dogmas y sus castigos y sus premios.

 P.-.-               ¿Se siente heredero del boom, o se identifica más con la generación del crak, usted que también pasó y se quedó un tiempo en Méjico?.

R.B.-No, no, no me siento heredero del boom de ninguna manera. Aunque me estuviera muriendo de hambre no aceptaría ni la más mínima limosna del boom, aunque hay escritores muy buenos, que releo a menudo, como Cortázar o Bioy. El boom, al principio, como suele suceder en casi todo, fue muy bueno, muy estimulante, pero la herencia del boom da miedo. Por ejemplo, ¿quiénes son los herederos oficiales de García Márquez?, pues Isabel Allende, Laura Restrepo, Luis Sepúlveda y algún otro. A mí García Márquez cada día me resulta más semejante a Santos Chocano o en el mejor de los casos a Lugones. ¿Y quiénes son los herederos oficiales de Fuentes? ¿Y de Vargas Llosa? En fin, corramos un tupido velo. Como lectores hemos llegado a un punto en donde, aparentemente, no hay salidas. Como escritores hemos llegado literalmente a un precipicio. No se ve forma de cruzar, pero hay que cruzarlo y ese es nuestro trabajo, encontrar la manera de cruzarlo. Evidentemente en este punto la tradición de los padres (y de algunos abuelos) no sirve para nada, al contrario, se convierte en un lastre. Si no queremos despeñarnos en el precipicio, hay que inventar, hay que ser audaces, cosa que tampoco garantiza nada. 

 P.-.-               Suele escribir historias crudas, que resultan de difícil digestión. ¿Qué le deben sus novelas a la vida?.

R.B.- Todo. No hay nada que no le deba todo a la vida.

 P.-.-               ¿Y su poesía?. ¿De quien se siente heredero?.

 R.B.- Una obra poética suele ser el resultado de una biblioteca y de una vida, de los saltos y sobresaltos de esa vida. En ese sentido es inútil nombrar a uno o a diez poetas, son miles, y su influencia, por otra parte, siempre es relativa, está condicionada por la aventura. Cuando digo aventura no sólo quiero decir viajes y riesgos sino también enfermedades, amistades, hechos mínimos y cotidianos, y la amistad, por supuesto, que es lo único que queda de la época en que los hombres eran dioses y los dioses hombres. Bueno, no, también queda el amor, pero el amor tiene la vista un poco más delicada.

 P.-.-               ¿Cómo ve la reciente poesía española usted que ha participado en algunas Jornadas Poéticas de esas que tanto gustan a los amantes del folclore y de la diatriba?. 

 R.B.-               Para mí la poesía nueva española es, todavía,Leopoldo María Panero y Pere Gimferrer. La verdad es que la obra de Gimferrer meinteresa muchísimo, toda la obra de Gimferrer, no sólo la estrictamente poética.También me gusta Miguel Casado, un poeta que pareciera buscar la invisibilidad,aunque lo que realmente busca es la precisión. Cierto que a veces invisibilidady precisión son la misma cosa.

  P.-.-               Leí en alguna entrevista suya, que hubo un momento en que se convirtió en un profesional de los concursos literarios. De hecho, su leyenda mantiene que tenía en ellos una forma de supervivencia. ¿Qué hay de cierto en ello?.

 R.B.- Es estrictamente cierto. Participaba en todo tipo de concursos literarios para ganar dinero. Por lo tanto enviaba mis poemas y mis dos únicas novelas a cuanto concurso se ponía a tiro. Todos terminaron ganando algún premio y algunos más de dos (con títulos distintos, por cierto). Digamos que fue una actividad alimenticia. Escribí un cuento sobre este asunto, "Sensini", que aparece en "Llamadas telefónicas", en donde ponía punto final a esta etapa, que fue básicamente melancólica pero que también tuvo momentos de gran expectación que luego no he vuelto a vivir, pese a ganar algunos premios de los llamados importantes, tanto en España como en Latinoamérica.

P.-.-               Sus libros adolecen de cierto trasfondo político irrenunciable. (No podría ser de otro modo viniendo de alguien que fue acusado de terrorista en su país,  y que se considera un exiliado). Pero, ¿a que se debe que no participe activamente en España en movimientos sociales como lo hace por ejemplo Luis Sepúlveda?.

 R.B.- Bueno, a mí cuando me detuvieron en Chile me acusaron de "terrorista extranjero", porque mi acento era mexicano. Lo sentí como una medalla. Lástima que esa medalla no duró demasiado tiempo. El teniente de carabineros que me detuvo, en un control de carretera, era claramente un esquizofrénico y probablemente nadie le hacía caso. En algunas publicaciones alemanas he leído, con estupor, que estuve medio año preso. En realidad sólo fueron ocho días. Con respecto a participar en movimientos sociales, no tengo idea en qué clase de movimientos sociales participa Luis Sepúlveda, pero seguro que a mí no me dejarían entrar a ese club. Ni a ese club ni a ningún otro. Así que podría decir que no participo por cortesía, por delicadeza, para evitarles el mal trago de mi más que segura expulsión. O dicho en otras palabras: que se ocupen ellos de esa política que yo ya tengo bastante trabajo con ocuparme de la literatura y de mi política. Una última puntualización: yo jamás me he sentido un exiliado en España, como tampoco me sentí un exiliado en México, ni en Centroamérica, ni en ningún otro lugar en donde se hablara español. 

 


 

Andreu Martín

Por

  ©Luis García 

Andreu Martín. Barcelona 1949. Licenciado en Psicología. Máximo representante de la novela policíaca en España, es uno de los autores más populares entre el público juvenil: su serie del detective Flanagan, escrita con Jaume Ribera, se halla entre las novelas juveniles más vendidas. Destacar de su extensa obra Aprende y calla (1979), Prótesis (1980), Momento de difuntos (1985), El día menos pensado (1986), Barcelona connection (1988), Cuidados intensivos (1990), A martillazos, El hombre de la navaja (1992), Jugar a matar (1995), Fantasmas cotidianos (1996) o Mentiras de verdad (2000). Merecedora de numerosos galardones nacionales e internacionales (Premio Nacional de Narrativa Infantil y Juvenil de 1989 con No pidas sardinas fuera de temporada, en colaboración con Jaume Ribera). Su obra está traducida al francés, italiano, portugués, alemán y holandés. Bellísimas personas obtuvo el XXXII Premio de Novela Ateneo de Sevilla. Espera, ponte así ha obtenido el XXIII Premio La Sonrisa Vertical (2001).

Introducción.-  Hammett, Chandler, Le Carre, nombres para la historia literaria dignificados si cabe por el cine. Cuesta creerlo, pero no será hasta la incursión del Séptimo Arte cuando la Novela Negra comience a salir del ostracismo. Cuesta creerlo, digo. En España, también los tenemos. Son los Juan Madrid, los Andreu Martín, nombres que auparon la novela policíaca española hasta su lugar actual, y que sólo a base de coraje y trabajo consiguieron que ¡por fin! fuesen tratados de igual a igual al resto sus colegas por  los suplementos literarios de este país, tan cortos de vista en multitud de ocasiones. Andre Martín es un auténtico 4X4. Novela Negra, Juvenil, Guiones de televisión... y ahora, posiblemente en uno de sus más fructíferos años, Novela Erótica. Pocos podían sospechar que tras aquel seudónimo que firmaba la novela ganadora del Sonrisa Vertical 2001, se encontrase quien no hacía ni seis meses que había ganado el Ateneo de Sevilla con una obra de registro radicalmente distinto. ¿O no lo era tanto en el fondo?.Pregunta

Pregunta.-    ¿Son tan diferentes ambos géneros como a simple vista lo  parecen?.

Andreu Martín.-      Sí: son muy diferentes porque el público es diferente. Lo que el aficionado busca en la novela erótica es, evidentemente, distinto a lo que busca en la novela policíaca. Y el principal objetivo del escritor de género es satisfacer al aficionado según las reglas de juego que posee cada género. Ahí está el placer: en descubrir las reglas, en jugar bien

P.- Andreu Martín, nombre de inevitable referencia para cuantos seguimos la novela negra en España. Pero, ¿de donde le viene su pasión por dicho género?.

 AM- Me gusta decir que yo aprendí a leer (a leer catalán y a leer descubriendo el sentimiento que se esconde tras las páginas de un libro) con una formidable colección de novela policíaca que se publicaba en catalán en los años 60, La Cua de Palla, dirigida por un escritor magnífico llamado Manuel de Pedrolo. Allí descubrí (descubrimos en catalán) a la Highsmith antes de que fuera famosa, al LeCarré policíaco de Llamada para el Muerto y demás; al Ira Levin de Un Beso antes de Morir. Allí se publicó una novela excelente de Stanley Ellin, Dreamful Summit (en catalán: Cal saber encaixar: Hay que saber encajar), la primera novela que me leí de un tirón en mi vida. Me entusiasmó. Y de ella sólo se ha hecho (que yo sepa) una versión al castellano, y era pésima. En esa colección (a la que luego se añadieron la estupenda Serie Negra de Bruguera y la colección de Noguer donde apareció El Chivato de Higgins, por ejemplo, y El espía que surgió del frío), descubrí que ninguna novela  policíaca es, realmente, sólo una novela policíaca. Que, queriéndolo o no, a fuerza de hablar de la transgresión de la ley, del transgresor y sus motivos, del que persigue al transgresor, del que vigila al vigilante, de policía y de política (que tienen el mismo origen semántico) te veías forzado a hablar del mundo en que vivimos y a juzgarlo desde un punto de vista moral y, por tanto, crítico. Por todo eso, cuando me propuse escribir una novela, me salió necesariamente una novela policíaca.

P.- Es conocida y vieja dicha relación, pero no lo es tanto  (al menos hasta la fecha) por el género erótico. Su Sonrisa Vertical 2001 le atesora un brillante futuro. ¿Se sintió cómodo escribiendo Espera, ponte así?.

AM.- Me lo pasé muy bien porque, como mi primera novela policíaca, realmente no estaba pensando en publicarla. Era un experimento, una prueba. La di a leer a mi agente literaria y estuvo en sus manos cosa de cinco años antes de que atináramos a qué hacer con ella. En realidad, si fue a parar a la Sonrisa Vertical fue porque Carina Pons me preguntó: “Bueno, ¿qué hacemos con Espera ponte así?  ¿Quieres moverla o no?”. Me imagino el original en sus archivos, cubierto de polvo, estorbando. La pregunta, en realidad, era: “¿Lo tiramos o qué?”. Yo recuerdo que me encogí de hombros y le dije “Haz lo que quieras”. Con esto quiero decir que estuve muy cómodo escribiéndola: la incomodidad vino cuando tuve que darla a conocer. Me daba vergüenza.

P.- Me llamó la atención esa radiografía autodestructiva de su protagonista. ¿Cómo dio con el perfil del personaje?.

AM.- Nació así. Quise mostrar esa reacción enfermiza que suele darse ante una negativa en el terreno sexual. Después de acostarse con una mujer (o una mujer con un hombre) muchas personas dan por supuesto que ese embozo de esa cama estará ya siempre abierto para ellos. Y, ante la negativa a una segunda vez, se sienten más rechazados y ofendidos que si no se hubiera dado la primera. Es como si la otra persona si les hubiera catado y manifestara que no le gustó el sabor. Cuando la atracción no viene del afecto, de la amistad, del cariño, del amor (etc: sentimientos positivos y generosos) sino del afán de posesión y dominio, hay ocasiones en que estas actitudes depredadoras se vuelven contra el posesivo y dominante.  Y es el caso del protagonista de ESPERA PONTE ASÍ.

P.- ¿Que siente al estar ensillado en dos de los géneros más infravalorados por la crítica?.

AM.- No me siento mal, porque es elección mía. Lamento, eso sí, que la crítica cometa la estupidez de infravalorar estos géneros. Lamento que la crítica infravalore nada, porque eso sin duda empobrece nuestro panorama cultural. Dice muy poco a favor de la crítica, la verdad.

P.- El Ateneo de Sevilla por Bellísimas personas (Algaida),  el Sonrisa Vertical por Espera, ponte así (Tusquets)..., ¿nos depara Andreu Martín más sorpresas en el futuro?.

AM.- A un escritor de género le gusta sorprender, sí. (Ahí está precisamente uno de los placeres del género: sorprender cuando el lector se cree que ya está curado de sorpresas. Pero ésa es otra pregunta y otra respuesta.) Si dijera lo que preparo ya no sería sorpresa. En todo caso, ya es un secreto a voces que estoy preparándome para la dirección de una película sobre Flanagan.

P.- ¿Qué opina de los cánones literarios?.

AM.- Que son la opinión de un señor y, por tanto, discutibles. Lo que pasa es que un señor que se anima a elaborar un canon se considera indiscutible y lo malo es que los papanatas que se lo aplauden también lo consideran indiscutible. ¿Queda clara mi opinión?

P.- ¿Cuáles son los referentes literarios de Andreu Martín, que seguro tendrá?.

AM.- Leo continuamente y me dejo influir por todo cuanto leo. Como ha quedado claro, no creo en los cánones ni en la infalibilidad de nadie y, por tanto, si John LeCarré es autor de una de las mejores novelas que he leído en mi vida, El espía que surgió del frío, también es autor de novelas detestables. Me da un poco de vergüenza decir cuáles son mis referentes literarios porque he sido poco influenciado por Flaubert y Dostoievski. Claro que a mis cincuenta y algo años ya tendría que quitarme manías de encima, pero tengo la sensación de que, en este ámbito cultural de papanatas, pueden borrarte de muchas agendas si reconoces que has aprendido de gente como Ed McBain, LeCarré, la Highsmith (inimitable: nunca trataría de aproximarme a ella porque su altura es excesiva para mí), Stephen King, Stanley Ellin, Jardiel Poncela y, naturalmente, Hammett y Chandler. Claro que también me han influído Baroja y Galdós (igual como me aburre profundamente Quevedo). Me divierten mucho los dramaturgos románticos (Don Álvaro o la fuerza del sino es una de mis obras cómicas preferidas, no sé a qué esperamos para hacer la película). Y, mira, para hablar de un clásico al que sí tengo respeto, te hablaré (me da un poco de vergüenza decirlo, pero...) del Quijote.  Sí, señor, el Cervantes del Quijote me parece un cachondo muy ingenioso. En fin, que de todo un poco. Ahora acabo de leer El Ilusionista de Martyn Bradford, que seguro que me influirá para un futuro. Me gustan mucho Vila-Matas, Zarraluki y toda esta patulea... Yo qué sé.

P.- Bellísimas personas tiene un cierto carácter documental, que recuerda un poco al Truman Capote de A sangre fría. ¿Cuántos meses de trabajo previo le depara una novela?.

AM.- Mira: Bellísimas Personas y A Sangre Fría sólo se parecen en que relatan un hecho real, como tantas y tantas y tantas otras novelas. Mi estilo y el de Capote no se parecen en nada, y no añado “Qué más quisiera yo”, aunque Capote me gusta mucho. Quizá en un principio, Bellísimas quiso ser como A Sangre fría pero, precisamente por eso, no me releí el libro de Capote y celebré con entusiasmo la creación del personaje (ficticio) de Nuria  que alejaba definitivamente mi novela de cualquier comparación con otra novela. A partir de la historia paralela de Nuria, lo más importante de Bellísimas ya no es el hecho periodístico sino la elucubración sobre la relación entre ficción y realidad. Creo yo. Y sí: me llevó muchísimo tiempo escribir la novela. Mucho más que cualquier otra.

P.- ¿Cómo se introduce un autor en la mente de un psicópata?.

AM.- Ante todo, sincerándose consigo mismo y descubriendo dónde tiene guardada su propia psicopatía. Es lo mismo que para meterse en la mente de una mujer (si se es hombre) o en la de un niño distinto al que fuimos o en la de un anciano que no sabemos cómo seremos. O en la de un personaje mucho más inteligente o mucho más tonto que el autor. Todos los hombres tenemos rasgos femeninos y todas las mujeres los tienen masculinos, todos tenemos un referente de la infancia y todos participamos del miedo a la muerte. Las enfermedades mentales no son más que exageraciones, hipertrofias, de mecanismos de comportamiento perfectamente normales y necesarios. Todos somos un poco paranoicos, hemos de serlo, para poder andar prevenidos por la vida (no es verdad que todo el mundo sea bueno); todos somos un poco esquizofrénicos, para poder concentrarnos en la lectura, en el estudio, para ensimismarnos en nuestros placeres y nuestro propio yo; todos somos un poco psicópatas para alcanzar nuestros objetivos con satisfacción... Es cuando ese mecanismo necesario crece y crece y predomina y nos domina que se puede decir que prevalece la locura. Bueno, pues el escritor debe a) sincerarse reconociéndose un poco psicópata (que ya es un poco difícil), b) encontrar ese aspecto repelente de sí mismo y estudiarlo bien, y c) tener la valentía de sacarlo a la luz y, eso sí, atribuírselo a otro como si no tuviera nada que ver con uno mismo.   Oye, mira. Y, ya que me he enrollado mucho en las preguntas anteriores, me permitiré la grosería de dejar sin responder tres de las que siguen. Esta primera...

P.- Siempre mantuve que el género negro, junto con el cómic, era uno de los más adecuados para incentivar a la lectura a una juventud excesivamente dependiente del videojuego y de la televisión. Sin embargo, ¿a que cree que se debe ese desinterés de las Editoriales por el género?.

AM- ... No la contesto porque la respuesta sería muy larga. Merecería un tratado amplísimo. Y, la verdad: parece que las editoriales vuelven a interesarse por el género. Al menos me han hablado de dos que están a punto de sacar colecciones policíacas. A ver qué tal lo hacen. Mira... A ver, breve: estamos en esto desde los años 80. Veinte años. Hace poco, fuimos a una radio un importante autor de novela negra español y yo, y nos preguntaron qué era la novela negra, cuáles eran los elementos esenciales del género. El otro autor tomó la palabra para decir que no se sabía, que el género negro era esencialmente un género urbano y nada más, y que no había elementos esenciales del género. Me enfadé. Si ya empezamos nosotros mismos por no analizar nuestro trabajo, ya me explicarás dónde vamos a parar. Veinte años y aún no sabemos responder a esas preguntas???  Eso explica que la vieja guardia de autores policíacos esté escribiendo lo que escribe, Y NO ME HAGAS HABLAR, NO ME HAGAS HABLAR. Suerte tenemos de nuevos y buenos valores como Martín Casariego (Mi precio es ninguno) o Suso de Toro (Ambulancia, Land-Rover, Calzados Lola...) . 

P.- ¿Ayudó la Semana Negra de Gijón a dignificar el género?.

AM.- ¿Dignificar el género?  ¿Está muy dignificado el género?  (Ésta no es respuesta, sí, ya lo sé. Pero el que avisa... es avisador.)

P.- Y ya que lo mencionamos... ¿qué le debe Andreu Martín al cómic, si es que le debe algo?.

AM.- Mucho, le debo. Más de diez años de mi vida. Pensar en imágenes. La estructura básica de mi estilo. La concisión en las descripciones. Quiero volver al cómic porque le debo, sin duda, ser como soy. Y no me disgusta ser como soy, la verdad.

P.- ¿En que proyecto o novela anda metido en estos momentos?.

AM.-   En la peli. Ando metido en la pelea. Esperando una firma que tiene que venir de TVE y que no viene y nos tiene a todos mordiéndonos las uñas. Esa firma será el pistoletazo de salida para empezar a correr en todas direcciones pegando gritos.      Espero que te sirva todo esto. He tratado de ser lo más sincero posible.

 


Cristina Fernández Cubas

Por

  ©Luis García 

Cristina  Fernández Cubas. Arenys de Mar (Cataluña) 1945. Estudió Derecho y Periodismo. En 1980 publicó su primer libro de relatos Mi hermana Elba. Otras obras de la autora, Los altillos de Brumal, El ángulo del horror, , Con Agatha en Estambul, El Año de Gracia, El columpio, Hermanas de sangre y Cosas que ya no Existen. Ha sido traducida a ocho idiomas.

Introducción.-  En 1980, se presentaba en sociedad una joven autora que lentamente fue ganándose el crédito de los lectores, que no de los críticos. Fue un trabajo lento y para mi gusto excesivamente maquillado, toda vez que como ocurre con frecuencia en la vida, los árboles a veces impiden ver el bosque. Es la trayectoria de Cristina Fernández Cubas, la de una mujer entregada a una causa en la que por encima de cualquier otra consideración se refleja un profundo amor por la mal llamada literatura gótica, eufemismo en el que se incluye no sin cierto pudor a todos los autores románticos de finales del siglo XIX, que supieron aunar una particular concepción de la vida y la literatura, las más de las veces alejados de la racionalidad que pretendía imperar el mundo del final de siglo. Cristina Fernández Cubas, autora nacida en Arenys del Mar, forma parte de esa estirpe de escritoras dotadas como pocas para el relato corto, y de sus manos han nacido algunos de los más hermosos que hasta la fecha nos ha dejado la literatura de este siglo, así como  una de las novelas más delicadamente perturbadoras de los últimos veinte años, El Columpio. Podría parecer pedante semejante afirmación, pero desde que la descubriera en unas vacaciones por el Mediterráneo en el verano de 1983, tengo que decir sin pudor que aguardo cada nueva obra suya con la impaciencia de quien espera a su primer retoño. Sin embargo, cuando uno creía saberlo casi todo sobre un autor (cuando menos lo más significativo) de repente descubre una cualidad desconocida. Cristina Fernández Cubas se mueve con igual fortuna  en los márgenes del relato ultracorto, como muy bien se puede apreciar en su relato El viaje, del libro Dos veces cuento, y en el terreno de la llamemos.... miscelánea, al hilo de su reciente libro Cosas que ya no existen. Y es que uno nunca acabará de sorprenderse.

 

 Pregunta.- Tengo que reconocer que esta entrevista es un más que motivo de orgullo para mí, ya que la vengo siguiendo desde sus inicios, concretamente desde que publicara `por 1980 Mi hermana Elba.  ¿Que ha cambiado en su literatura desde entonces, si es que ha cambiado algo?.

 Cristina Fernández Cubas.-  Supongo que he ido ampliando horizontes. Pero en esencia, el mundo es el mismo. Elba fue el primer paso.

 P.- Cuatro libros de relatos, dos novelas cortas, una obra de teatro... No se puede decir que sea usted una autora que se caracterice por la abundancia de su producción literaria. ¿Por qué esa demora a la hora de entregar sus obras?.

 C.F.C.- No lo considero demora. Es mi ritmo. Nunca me he sentido apremiada por fechas. Los libros, como la cocina, necesitan su tiempo. Y los autores también.

 P.- Sus protagonistas suelen ser mujeres que arrastran un turbio pasado. ¿Por qué?.

  C.F.C.- Muchas mujeres... y algunos hombres. Y el pasado -unas veces propio y otras ajeno- me interesa sobre todo por su empecinamiento en modificar el presente.

  P.- Recuerdo la espera de su novela, El columpio, casi como la del que espera un Paso de Semana Santa. Y no sólo no defraudó, sino que fue considerada por algún colega (opinión que comparto) como la mejor novela de la década de los ochenta. ¿Qué siente al ser tan querida, pero a la vez me atrevería a decir tan escasamente difundida?. 

 C.F.C.- Son dos preguntas distintas. Me encanta sentirme querida, claro (no soy una atravesada). En cuanto a la difusión de mis libros... ¿qué quieres qué quieres que  te diga?. No puedo quejarme. Prefiero llegar a una serie de gente que me lea, me aprecie y entre de lleno en mis propuestas literarias, a convertirme en un nombre que decora una biblioteca. Un nombre que está, pero que, a lo peor, nadie se ha molestado en saber lo que cuenta.

  P.- No es frecuente (yo al menos no lo recuerdo) el verla y leerla en los diarios, al menos en los nacionales. Esto me recuerda a las formas de otros amigos escritores cuya escasa presencia en los periódicos es directamente proporcional a su calidad cuando lo hacen. ¿Por qué no se prodiga con asiduidad en dichos medios?. ¿No le gustan?.

  C.F.C.- Aparezco cuando acabo de publicar un libro. Me parece normal. En cambio, cuando estoy en casa, encerrada con una historia, necesito soledad, sentirme fuera del mundo y que nadie me pregunte por lo que hago o dejo de hacer.

 P.- No ha ganado premio alguno, al menos de renombre, no flirtea con las capillas literarias, está al margen de polémicas... ¿Cómo lo consigue?.

  C.F.C.- Lo primero no depende de mí. Lo demás es fácil, basta con proponérselo.

 P.- ¿En qué terreno se desenvuelve mejor, en la novela o en el relato corto?.

  C.F.C.- Hasta ahora me he sentido igual en ambos géneros. Pero está claro que mis dos novelas tienen bastante de relato corto. No pienso ahora en la extensión, sino en la intensidad.

 P.- Decía un amigo argentino, escritor, ya fallecido, que si no la vas a hacer disparar, no pongas una escopeta en el relato. ¿Coincide con dicha afirmación?.

  C.F.C.- Sí, me parece un ejemplo acertadísimo. Pero tampoco hay que tomárselo al pie de la letra, A la vista de los resultados, Horacio Quiroga tiene razón. Es decir, cuando el cuento ya está hecho. Pero mientras se escribe, si al autor le da por mencionar un rifle, un jarrón o lo que sea, que lo haga. Quien sabe, a lo mejor aquel objeto, citado al azar, cobra, desde el reconocimiento de su existencia, un papel inesperado. En el proceso de la escritura suceden muchas cosas y nada es... hasta que es.

 P.- ¿Cómo nació el relato El viaje, incluido en la Antología Dos veces cuentos, a mi juicio una de las más cariño trasmiten?.

  C.F.C.- Se tarta, como explico allí, de un hecho real. Mi único mérito, quizás, esté en la mirada. La anécdota de la abadesa me pareció un gran viaje. Y así lo titulé: El viaje. 

P.- Y llegamos a Cosas que ya no existen, obra que me da la sensación que marcará un punto de inflexión en su carrera. He descubierto leyéndolo, con agrado por otra parte, la figura de una enigmática mujer a quien llamas Totó. Cuénteme algo sobre ella.

   C.F.C.- Era una mujer que dominaba el arte de la tradición oral, poseía un arsenal de historias y leyendas, y conocía, por pura intuición, todos los resortes del suspense. He hablado ya mucho de ella en mi último libro. No quiero insistir. Si se abusa de los recuerdos (bonitos, como en este caso) termina pareciéndote ajenos.

 P.- ¿No podrías ser tu un poco la reencarnación de la misma?. Se lo digo porque ahora, después de veinte años, uno descubre en la lectura de su libro que éste es como la última pieza de un puzzle  que ha estado componiendo durante todo este tiempo, en el que nosotros, los lectores, estábamos integrados de una forma activa.

  C.F.C.- Es posible que Cosas que ya no existen sea, como dice, la última pieza de un puzzle. Tengo una sensación parecida, la de haber concluido un ciclo. Pero todavía es pronto para saber si estoy en lo cierto, o no es mas que una sensación pasajera. En cuanto a lo de “reencarnación”... francamente me parece un poco exagerado. Dejémoslo en que, en mi libro, le rindo un modesto homenaje.

 P.- ¿Alguna vez imaginó que podría convertirse en una autora de culto?. Y no me diga que no lo es, porque siento, percibo que sí.

  C.F.C.- No imaginé nada. Mi mayor sorpresa fue comprobar, al publicar por primera vez, que comunicaba con muchísimos más lectores de lo que pensaba.

 P.- Todos los personajes de sus relatos y novelas, incluso de Hermanas de sangre, están inmersos en una atmósfera que raya lo terrorífico. ¿Cuáles fueron sus referentes literarios?.

  C.F.C.- Más que de referentes literarios yo hablaría de un proceso. Una situación, una idea que va desarrollándose y cobrando forma, y en la que intento no descuidar en ningún momento algo importantísimo llamado “verosimilitud”. Los hechos de Hermanas de sangre son, es cierto, aterradores. Pero posibles.

 P.- El hablar y escribir sobre tu hermana fallecida, Ana Mari, ¿estigmatiza de algún modo tus temores hacia el más allá?. 

 C.F.C.- No, en absoluto. El más allá me sigue inquietando. Lo que logré, al terminar ese capítulo, fue reconciliarme con la memoria. Someterla a un pulso. Y poder recordar a mi hermana ya sin angustia. Con todo el cariño.

  P.- Da la sensación, de que siempre estuvo de un modo implícito en sus obras: en El Columpio... ¿Es así?.

  C.F.C.- Quizás, pero no de una forma consciente. En El Columpio, como en muchas otras, es la imaginación la que prevalece.

 P.-            Al margen de este hecho, ¿qué hay de autobiográfico en sus novelas y cuentos, si es que hay algo?.

  C.F.C.- Hay atmósferas. Y un par de personajes.... Poco más. Mi único libro directamente autobiográfico es Cosas que ya no existen.

 P.-  ¿Recuerda sus comienzos?. ¿Cómo los ve con la perspectiva actual?.

  C.F.C.- Los recuerdo perfectamente. Estaba insegura. No de lo que escribía, sino de que aquello pudiera interesar a alguien más que a tres amigos complacientes. Pero, como te he contado ya, la acogida del primer libro me supuso un gran estímulo. No estaba sola. Había un montón de “miembros difusos de la misma calaña” que celebraban mis historias. 

P.-               ¿Qué está escribiendo en estos momentos?. Deme una primicia...

  C.F.C.- Imposible. Cuando acabo un libro lo que menos me preocupa es lo que voy a hacer luego. Me gusta darle tiempo al tiempo. Y además ahora, quizás porque Cosas que ya no existen es para mi un libro muy especial, estoy viviendo un momento dulce. Y quiero disfrutarlo.  


 

Jorge Herralde

Por

©Rafa Rodríguez 

Editor y fundador de la editorial Anagrama.  Publica su primer libro -una traducción al catalán de Cesare Pavese- en 1969. Ha consolidado un modelo empresarial editorial  en Latinoamérica y  España. Algunos de sus títulos son bien reconocibles para sus lectores - Patricia Highsmith,  Julian Barnes, Samuel Beckett, Paul Auster, Javier Marías, Belén Gopegui, Alvaro Pombo y una larga nomina de estupendo creadores-. Autor del libro Opiniones Mohicanas (2000) donde  recoge su experiencia personal reafirmándose como editor independiente.


 

Pregunta .- ¿Qué llevó a un ingeniero industrial a adentrarse en la aventura de
editar libros?

Jorge Herralde.- Ingeniero por accidente y editor por vocación podría ser la respuesta abreviada.

P .-¿Recuerda el primer libro que editó? ¿Qué relación mantuvo con el autor?

J.H.-El primerísimo de los 1500 títulos editados fue “L’ofici de viure” de
Cesare Pavese, en una efímera colección en catalán. Mi relación con el
autor fue escasa, esataba muerto. Casi simultáneamente salió el primer
libro en castellano, “Detalles” de Hans Magnus Enzensberger, afiladísimo
intelectual y gran amigo personal, de quien he publicado muchísimos
títulos.

P .-En sus inicios, ¿tuvo algún problema con la censura franquista? ¿Piensa
que el lector de aquella época era más inquieto que el actual?

J.H.-Incontables. Innumerables libros prohibidos, ocho o nueve secuestros,
varios procesos. En fin, cosas del pasado que ni siquiera el Partido
Popular podrá resucitar. Los lectores de entonces eran más inquietos, lo
leían todo, pero eran escasos: se les podía fichar casi uno por uno en
cada ciudad, “Triunfo” en ristre. Ahora se leen más libros, pero
posiblemente con otra intensidad. Aunque, como siempre, es posible que
un libro cambie la vida de un lector.

P .- ¿Existe en Anagrama la dicotomía entre editor literario y dueño, como
puede ocurrir en otras editoriales?

J.H.-En Anagarama soy al menos bicéfalo: director editorial por vocación y
empresario por obligación. Hace años fui también, simultáneamente, jefe
de producción, jefe de prensa, telefonista, etc. O sea que el exceso de
trabajo y yo somos viejos amigos. Pero lo tengo a raya, sigo
divirtiéndome.

P .- En una ocasión creímos escucharle que usted lee previamente todo lo que
va a publicar, ¿es cierto?

J.H.-Casi. Desde luego, a todos los autores en lengua española, sin
excepción. Me “salto” ciertos ensayos especializados, o, alguna vez, por
falta de tiempo, sólo hojeo alguna novela extranjera de algún autor bien
conocido en la casa.

P .- ¿Le queda tiempo para leer autores de otras editoriales?

J.H.-Ensayos, documentos, biografías, pero cada vez más raramente novelas, ya
me quedo empachado con las propias: las publicadas y las descartadas.
Espero a que los autores que me interesan las publiquen en Anagrama. O
no, como diría Andreu Buenafuente.

P .- ¿Cuántos manuscritos con aspiraciones a convertirse en libros recibe
semanalmente? ¿Los lee todos?

J.H.-Se reciben más de 1500 manuscritos al año no solicitados y, como en
todas las editoriales, hay un equipo de lectores de preselección. Con
severas instrucciones, claro está. Yo hago la última lectura, los
últimos descartes, después del descremado.

P .- ¿Se puede hablar de una coherencia editorial en Anagrama, a pesar de
editar a autores tan dispares como Kureishi, Monzó, Echenique o Auster?

J.H.-Creo que hay coherencia dentro de la pluralidad, rigor sin rigor mortis,todos estos autores pueden defenderse con criterios de exigencia, por
razones culturales y literarias. Y se parecen muchísimo más entre sí que
a Vizcaíno Casas, Sánchez Dragó o Susana Tamaro, por ejemplo.

P .- ¿Cual es el libro que más le satisfizo publicar? ¿Por qué?

J.H.-Quizá “El heroe de las mansardas de Mansard” de Álvaro Pombo. Porque es
una novela extraordinaria y personalísima de uno de los mejores
escritores españoles de nuestro tiempo y porque tuvimos la suerte que se
presentara a nuestro primer premio de novela, en 1983. Que naturalmente
ganó.

P .- ¿Se siente descubridor de algún autor en concreto?

J.H.-Los buenos autores, a la corta o a la larga, se descubren por sí mismos.
Un editor puede acelerar el proceso.

P .- Y al contrario, ¿hay algún autor al qué pudiendo, no acabó publicando?

J.H.-Hay algún escritor rechazado que luego ha tenido un gran éxito
comercial. Me alegro por ellos, pero los motivos literarios del rechazo
siguen pareciéndome válidos. No problem.

P .- ¿A qué editores del pasado admira más? ¿Por qué?

J.H.-Admiro a muchísimos. Una lista abreviadísma: José Janes, Carlos Barral,
José Martínez (Ruedo Ibérico) o, en América Latina, Armando Ofila (Siglo
XXI). Y, naturalmente, la labor editorial de Minuit, Maspero,
Feltrinelli, Einaudi.

P .- ¿Mantiene, actualmente, relaciones amistosas con otros editores, tipo
Formentor? ¿Cree que hoy en día sería posible?

J.H.-Tengo gran amistad con editores “en sintonía” cultural y literaria,
algunos de los cuales son también escritores y autores de la casa como
Roberto Calasso (Adelphi), Michael Krüger (Hanser) o François Maspero.
También Christian Bourgois, Klaus Wagenbach, Christopher Mac Lehose
(Harvill), los Feltrinelli. Me temo que un premio tipo Formentor es
inviable tal como está el panorama, tan endurecido, donde las
editoriales literarias escasean cada vez más. Yo mismo participé en el
último intento hasta la fecha, con Bourgois, Feltrinelli, Wagenbach, Van
Gennep y otros, pero tuvo una vida efímera. Sólo se concedió una vez, en
1976, a “Cien poemas apátridas” del gran poeta austríaco Erich Fried.

P .- ¿Es cierto que cuando existe un excedente de libros no vendidos, la
única solución económica es quemarlos?

J.H.-Las piras de libros tienen un carácter “ejemplar”, utilizado por las
dictaduras militares. Las modernas tecnologías aconsejan trincharlos. Un
final tristísimo, desde luego: final del sueño. Aunque luego, a veces,
si no el libro, el texto resucita.

P .- ¿En qué proporción, a la hora de editar un libro, pesa más la calidad
literaria que la comercial? ¿Publicaría Anagrama un libro tipo
“Persefone” de Bofill como hizo Planeta, malo literariamente, pero con
una carrera comercial asegurada?

J.H.-Lo absolutamente fundamental es la calidad literaria. He rechazado
muchos libros de figuras populares, a veces admirables en su ámbito, que
no eran buenos escritores. En cuanto a Bofill, ni siquiera vende.

P .- Aprovechando la pregunta anterior, ¿a la hora de publicar a El Gran
Wyoming o David Trueba, pesaron más sus nombres que su valor literario?

J.H.-En sus dos novelas había humor y talento, por eso las publiqué. Dicho
sea de paso, eran mucho menos famosos que ahora, en especial David
Trueba, entonces tan sólo un joven guionista y ya se sabe el prestigio
social de los guionistas: “Existe un viejo chiste en Hollywood sobre una
starlette que era tan estúpida que creía que el mejor modo de triunfar
era acostarse con el guionista”, dice su hermano Fernando Trueba en su
“Diccionario de Cine”.

P .- En el trato personal con los autores, habrán surgido miles de anécdotas,
¿puede contarnos alguna?. Por cierto, ¿Belén Gopegui es tan tímida como
dicen?

J.H.-Así, a bote pronto, la primera anécdota que se me ocurre la protagoniza
Patricia Highsmith. Cuando visitó por primera vez España, el entonces
alcalde de Madrid, Enrique Tierno Galván, tuvo mucho interés en
conocerla y nos invitó a una cena privada. Tierno estuvo muy solícito y
encantador, pero utilizando un francés bastante indescifrable. Después
en el hotel, le comenté que Tierno había recibido al Papa hablando en
latín. La Highsmith, que por otra parte quedó encantada, comento muy
“deadpan”, con su voz aguardentosa: “Confío en que su latín sea mejor
que su francés”. En cuanto a la timidísima Belén Gopegui, la anécdota
espectacular es oír su voz. Con dedicación se consigue.

P .- ¿Sigue el mismo tipo de contacto con los autores nóveles que cuando
usted empezó a editar libros? ¿Qué papel juega para un editor la figura
de los agentes literarios?

J.H.-Empiezo con la lectura minuciosa del manuscrito, comentada después con
el autor. Luego, superviso de cerca aspectos que antes llevaba a cabo
personalmente: la producción y la promoción. La relación entre autor,
editor y agente es la de triángulo: a veces el tercero, el agente, puede
ser catastrófico; otras, con autores muy complicados, puede ser
estabilizador.

P .- ¿Ha escrito alguna vez algo? ¿Lo ha publicado? ¿Escribirá alguna vez sus
memorias?

J.H.-He “publicado” algunos artículos, bastantes notas a pie de página y
muchas contraportadas. No pienso en escribir mis memorias, sí algunos
relatos autobiográficos relacionados con mi experiencia editorial, como
podría considerarse esto que estamos haciendo.

P .- Llegó el momento de confesarse, ¿cual es el libro que nunca se atrevió a
reconocer que le gustó?

J.H.-Me han gustado y he publicado autores muy “incorrectos”, muy poco
apreciados por el “Establishment” más cejialto y cejijunto : Bukowski,
Copi, Hunter S. Thompson, Dennis Cooper, Irvine Welsh. O sea, que no
tengo problemas de confesión, lo he confesado todo en el catálogo.

P .- ¿Se guarda algún as en la manga? ¿Puede anticiparnos algún autor
extranjero que vaya a publicar?

J.H.-Necesitaría unas mangas holgadísimas. Entre otras cosas el año próximo
publicaré una cosecha de novelas y memorias de inquietantes “bad girls”:
Kathryn Harrison, A. M. Homes, Slavenka Drakulic, exploradoras audaces.
Abróchense los cinturones. Y también quiero destacar un excelente
estudio sobre el situacionista Guy Debord, el corrosivo y profético
autor de “La sociedad del espectáculo”.

P .- En los últimos cinco años, ¿qué tres autores le han sorprendido más?

J.H.-Vikram Seth, el autor de “Un buen partido”, una novela india, a la vez
monumental e ingrávida, un prodigio y una delicia. Marie Darrieussecq y
sus “Marranadas”, una voz tranquilamente insolente entre la ensimismada
narrativa francesa. Irvine Welsh y “trainspotting”: la mirada justa, la
escritura exacta, sin moralina ni “literatura”. Y en cuanto a libros aún
sin publicar: “Hand to Mouth” de Paul Auster, un texto autobiográfico
extraordinario sobre su relación con el dinero, entre el dinero y su
vocación de escritor.

P .- ¿Viaja mucho? ¿Es el avión su segundo salón de lecturas?

J.H.-Me encanta el avión: no hay teléfono. Aparte de viajes españoles y
europeos, he ido a menudo a Estados Unidos y América Latina y he leído
mucho en esos viajes trasatlánticos. Así, de regreso de San Francisco,
leí los dos primeros libros de Bukowski que me dieron en la editorial
City Lights. O en otro larguísimo viaje empecé el trato con Tom Ripley,
el protagonista de “Apleno sol” y “El amigo americano” que luego
publiqué.

P .- Como lector y editor, ¿le gustan los cuentos?, ¿le parece un género
menor?

J.H.-Como lector, me gustan muchísimo los cuentos y naturalmente no me
parecen un género menor, sino todo lo contrario. Como dijo hace poco
Julian Barnes, tras escribir “Al otro lado del Canal”, su primer libro
de cuentos: una buena novela admite baches, un cuento debe ser perfecto.
Como ejemplos de cuentistas perfectos, sí están Chéjov, Maupassant,
Borges, Carver, el mejor Hemingway o el mejor Cortazar.
Y como editor, quizá he publicado demasiados libros de cuentos, ya que
el lector español es muy reticente al género. Pese a todo, los sigo
publicando: el último, espléndido, “Amigos que no he vuelto a ver” de
Ignacio Vidal-Folch. Y en cartera, dos maestros: Álvaro Pombo y Javier
Tomeo.


 

Cristina Sánchez-Andrade

Por

  ©Luis García 

  Cristina Sánchez-Andrade 1968, Santiago de Compostela -Galicia- España. Licenciada en Periodismo y Derecho. Publicó su primera novela  Las lagartijas huelen a hierba en 1999. Trabaja como colaboradora de la prensa local gallega. Ha escrito relatos que le han valido diversos premios literarios como el de Cuentos de las Bibliotecas de la Comunidad de Madrid. En la actualidad compagina su trabajo con la escritura. Su segunda novela lleva por título Bueyes y rosas dormían (2001)


Introducción.-  ¿Cómo se descubre a un autor?. Difícil pregunta que me figuro tendría hasta complicada respuesta incluso para los lectores de manuscritos de los grandes Grupos Editoriales. Uno siempre queda asombrado y fascinado ante la capacidad de sugestión de un escritor, pero, en honor a la verdad, ese mérito debería de estar reservado para aquellos o aquellas que lo descubrieron. Sirve este pequeño homenaje, porque no es fácil descubrir a un autor o autora que haga algo distinto hoy en día, y mucho menos, "sacarlo adelante", incentivarlo, promocionarlo. Cristina Sánchez-Andrade es autora de una sola novela, Las lagartijas huelen a hierba, pero ya en ella apuntaba un oficio poco común para una supuesta primeriza. Después, puede gustar o no lo que escribe, pero en su caso el mérito viene acompañado de la innovación. Un bien escaso, por otra parte, en las turbias aguas literarias de este país.

 

 Pregunta.- Leí tu primer y única novela con el escepticismo propio de quien desconoce lo que se va a encontrar en ella, aunque avalada por un buen amigo cuyo criterio literario me merece todo el respeto del mundo. ¿Cómo fue recibida Las lagartijas huelen a hierba por la crítica?.

 Cristina.- Las críticas fueron buenas. En general coincidieron en que era una literatura original, muy cercana a los instintos y a los sentidos, una escritura que trabaja con los sentidos, cruel y tierna a la vez.

 P.- ¿Cómo nació la novela?. Esos perfiles tan definidos, esa aureola de fantástica irracionalidad... que son igualmente válidos para los de su segunda novela.

 C.S-A.- Virginia Woolf decía que una novela surge como una isla difusa que luego se va descubriendo y haciendo nítida en el proceso de escribir. En mi caso también es así. Las dos novelas surgen a partir de una nebulosa, en el caso de Las lagartijas huelen a hierba tenía la imagen de dos niños cavando en un jardín y en Bueyes y rosas dormían fue un olor lo que me impulsó a escribir: un extraño olor a pétalo de girasol que todavía tengo en la cabeza.

 P.- Y sin embargo, su novela recuerda y mucho la esencia caribeña, el realismo mágico... ¿Hasta qué punto estás influida por sus lecturas?.

  C.S-A.- No sé hasta qué punto mi literatura está influida por el realismo mágico, es difícil no dejarse influir por escritores de la talla de García Márquez. En todo caso mi intención no es hacer realismo mágico puesto que éste, o lo “real maravilloso”, tal y como lo describió Alejo Carpentier consiste en alterar la realidad, es decir en reflejar situaciones milagrosas y, salvo lo que la propia realidad tenga de situaciones mágicas y extraordinarias, creo que todo lo que yo describo tiene poco de milagroso.

 P.- ¿Cuáles son éstas lecturas o autores?.

 C.S-A Herta Müller, Agota Kristof, Thomas Bernhard, Juan Rulfo, Italo Calvino, Kenzaburo Oé, Hrabal....

 P.- ¿Tienes la sensación de ser una autora leída?

 C.S-A              No puedo tener esa sensación con sólo un libro publicado y otro a punto de salir.

 P.- Vas a permitirme una licencia. Leyendo Las lagartijas huelen a hierba no pude evitar el recordar a otra autora también de nombre Cristina, que me deslumbra con igual fuerza hace veinte años. ¿Qué crees que se van a encontrar los lectores en Rosas y bueyes dormían?

 C.S-A.- Un libro más amable que el anterior, menos cruel, pero igualmente sincero.

 P.- La historia del ahogado que regurgitó el mar, nos trae el inevitable recuerdo de El ahogado mas hermoso del mundo de García Márquez. ¿Le debes algo a dicho autor?.

 C.S-A.- Como he dicho antes, seguramente mucho, aunque no soy consciente de ello.

 P.- ¿Y a la poesía?. Se lo pregunto por el lirismo de su prosa.

  C.S-A.- Leo poesía con mucho placer aunque reconozco que, salvo en el caso de algún poeta como Cesare Pavese que, por algún motivo que yo misma desconozco, me llega más directamente, disfruto más con la narrativa.

  P.- De Lengua de Trapo a Siruela. La primera, la Editorial independiente de mayor proyección del momento, la segunda una Editorial que cuida sus libros con especial mimo y cariño, lo cual no quiere decir que la anterior no lo haga, pero no demasiada especializada en editar narradores actuales. ¿Por qué la apuesta por Siruela?.

 C.S-A.- Con mi novela y otras dos que son El camello salvaje de Philippe Jaenada y La Avenida del Sol, de Thomas Brussig, Siruela inaugura una nueva colección de narrativa que se llama “Nuevos Tiempos”. La idea es la de dirigirse a todos aquellos lectores exigentes que demuestran interés por lo que es distinto y actual y a mí este reto me apetece.

 P.- Hay una pregunta que siempre les hago a mis entrevistados. Dado que en mi opinión, el género por excelencia es el relato corto, ¿para cuando un libro de relatos cortos, que seguro tendrás en algún cajón?. Te lo pregunto porque creo recordar que en alguna ocasión resultaste ganadora o finalista de algún certamen de relatos cortos...

 C.S-A.- Es cierto que tengo relatos y no en un cajón sino en muchos. Pero  hasta que no tenga un número de ellos que me convenzan de verdad no pensaré en publicarlos.   

 P.- ¿Qué estás escribiendo en estos momentos?.

 C.S-A.- Estoy escribiendo otra novela pero todavía es una isla difusa de la que poco puedo adelantar.

 P.- Una pregunta de guión. ¿Qué opinas de esa tendencia sobre el inmediato fin de la novela como género?.

 C.S-A.- No había oído hablar de ella. En todo caso, no veo un fin inmediato a la novela entre otras cosas porque, hoy en día, el propio concepto de novela es demasiado amplio para que ésta perezca fácilmente.

 P.- ¿Y sobre la crítica en este país?. ¿Te parece objetiva?.

 C.S-A.- No mucho, la gente tiene miedo a decir lo que piensa, o simplemente no sabe muy bien lo que piensa. Si un crítico dice “este libro es magnífico” es muy probable que los demás también lo digan, aunque sea realmente infumable, porque lo peor de todo es que los críticos copian a los críticos.

 P.- En principio, tus novelas no parecen demasiado cinematográficas, al menos tal y como se concibe el cine hoy en día. ¿Te podría ese hecho restar éxito en el futuro?.

 C.S-A.- No creo. En todo caso, al menos por el momento, el tener éxito o no, no es un tema que me obsesiona mucho. 


 

Rosa Montero

Por

  ©Luis García 

Madrid- España 1951. Estudió Filosofía y Letras, Sicología y se graduó en Periodismo.  Desde 1977 trabaja en exclusiva para el diario El País, donde ha sido redactora jefe de El País Semanal. En 1970 publicó su primera novela, Crónica del desamor, a la que siguieron La función Delta (1981), Te trataré como una reina (1983), Amado Amo (1988), Temblor (1990), finalista ese año del Premio Europeo de Novela, Bella y oscura (1993) y La hija del caníbal (Premio Primavera de 1997). Su obra ha sido traducida a idiomas como el alemán, italiano, inglés, etc. Ha publicado también La vida desnuda (1994) e Historias de mujeres (Alfaguara, 1995). En 1998 publica en Alfaguara el volumen de relatos Amantes y enemigos. Cuentos de parejas.  Su última novela es  El corazón del tártaro (2001).

Introducción.- Rosa Montero es un poco, junto a otra compañera de profesión cuyo nombre obviaré en este momento, la Pepito Grillo de una generación que se acostó con la Dictadura y se desperezó con la democracia. Rosa es un poco ese Pepito Grillo que todos llevamos dentro pero al que nunca nos atrevemos a despertar, so peligro de soliviantar nuestro cómodo tránsito por la vida. Lo siento. Seguro que ya se habrá repetido en más de una ocasión, pero si Rosa (o Maruja, ahora sí voy a citarla) no existieran ni se asomaran desde esas ventanas de El País, seguro que habría que inventarlas.

 P.- Periodista y escritora. ¿Qué fue primero, el huevo o la gallina?.

Rosa Montero.-   Para mí el periodismo escrito es un género literario, así es que ,me considero una escritora que escribe narrativa, ensayo y periodismo. Empecé escribiendo narrativa, a los cinco años ya escribía cuentos de ratitas que hablaban y cosas así. Si estudié periodismo fue porque me gustaba escribir ficción, y no al contrario.

 P.- Se lo pregunto porque soy de los que mantienen que muchos de nosotros nos hicimos lectores desde el descubrimiento de columnistas como usted, que consiguieron en un tiempo récord instaurar un nuevo género que compitiese en igualdad de condiciones con el teatro, la poesía...

 R.M.- Gracias por el elogio, que me encanta, pero nosotros no instauramos nada. El periodismo como género literario es tan viejo como Larra.

 P.- Algunas de sus columnas son auténticos cuentos breves. ¿Qué le debe a dicho género?.

 R.M.-  ¿Tú crees? Yo eso lo veo más en Millás, que es un maestro del microcuento. Yo creo que mis columnas son columnas. Creo que son estrictamente periodísticas, pero ya te digo que para mí el periodismo es un género tan literario como cualquier otro, como el ensayo, el drama, la poesía...

 P.- En ellas, suele hablar de lo mundano de lo cercano, pero también de lo trascendente.  ¿Resulta la vida tan desmaquillada como para mostrárnosla así, desnuda?.

 R.M.     No sé si consigo desmaquillar del todo la vida, como dices.  Intento     contar, o entender,  lo que hay debajo del tópico. Pero a veces no es fácil hacerlo.

  P.- Se puede decir que su incursión en la novela es relativamente reciente. ¿Dónde se encuentra más a gusto?. ¿En ese género en sus columnas periodísticas?.

  R.M.-             Me encanta que te parezca relativamente reciente porque me rejuvenece, pero mi primera novela salió hace 22 años. Y antes, sin publicar, ya escribía narrativa, como te he dicho. Para mí las columnas son trabajo. Me gusta mi profesión periodística, pero no es más que eso, una profesión. La narrativa, en cambio, es algo mucho más profundo.  Es mi manera de vivir, lo que estructura mi vida.

  P.- Uno no puede evitar el solidarizarse con lo que trata en su sección Angeles y monstruos. Historias duras de gentes anónimas pero muy, muy cercanas.  ¿Cómo bucea en ellas?. ¿Se ve en su posición de Pepito Grillo, como decía al principio, removiendo conciencias?.

 R.M.-             No, no. Mi intención primera no es remover conciencias, sino aprender, entender un poco mejor la vida y el mundo, rozar la emoción de la existencia.

 P.- ¿Cómo ve a la mujer en este comienzo de milenio tan desajustado y desarbolado?.

 R.M.- Mejor que nunca. Pero todavía queda mucho camino por andar.

 P.- Personalmente hay un estrato de la población especialmente olvidado, y que sin embargo se ha demostrado que son consumados lectores. Me estoy refiriendo a la tercera edad, término que me disgusta bastante. ¿Cree en la existencia de una literatura para mayores?.

 R.M.- Ni hablar. Sólo creo en la buena y mala literatura, y también creo que hay un libro para cada persona. Si alguien no lee, si no le gusta leer, es porque todavía no ha encontrado ese libro que es su llave mágica hacia la lectura.

 P.- En estos tiempos del pensamiento único, y de desarboladas batallas e intrigas palaciegas en lo literario, ¿no le parece que hay quien pretende instaurar a su vez la novela única?.

 R.M.- Pues no. De hecho vivimos un momento posmoderno, es decir, un momento en el que no existe una única respuesta frente al mundo, ni ética ni estética. Hoy coexisten todo tipo de novelas. En otras épocas ha habido una mayor tiranía estética en cuanto al modelo de narrativa imperante.

 P.- ¿Qué opina del tan manido canon literario? 

 R.M.-       Es una tontería como cualquier otra.

  P.- Premio Nacional de Periodismo, Premio Primavera de Novela..., ¿y El Cervantes?.

 R.M.-             ¡Cielos! En estos momentos el Cervantes ni aparece por el horizonte de mi imaginación más desaforada.

  P.- ¿Qué opinión le merece, habida cuenta que pocos Premios están dotados de tanta polémica, a menudo gratuita?.

 R.M.- Todos los premios son arbitrarios, está en su naturaleza. En cuanto a la polémica, los premios más amañados son justamente los que no generan polémica. Cuando están arreglados, los jurados no debaten entre ellos.

  P.- ¿Qué está escribiendo en estos momentos?.

  R.M.-                Acabo de sacar una novela “El corazón del Tártaro”, y ahora estoy reposando las ideas. También tomo notas para una novela medieval y para un libro de ensayos literarios.

  P.- ¿Para cuando un nuevo libro de relatos, si me permite la licencia, o una nueva recopilación de artículos?.

  R.M.- Un libro de relatos va para largo; tengo una idea para uno, pero iré haciéndolo muy despacio... El anterior libro de relatos reúne cuentos escritos a lo largo de quince años, de modo que... En cuanto a la recopilación de artículos, no tengo nada pensado por el momento.

  P.- Por último, ¿siente que junto a sus colegas de columna, dignificaron un género que no pasaba por buenos momentos?.

 R.M   .-          Pues no, la verdad es que no creo eso. No eran las columnas las que pasaban por malos momentos, sino el periodismo español en general, porque salía de una época de dictadura. Pero eso no tiene que ver con el valor de las columnas o de los columnistas en sí.

 


 

Joaquín Leguina

Por

  ©Luis García 

 

Joaquín Leguina. Villaescusa (Cantabria-España) 1941, se licenció en Ciencias Económicas en la facultad de Bilbao y se doctoró en la de Madrid. Tiene publicados varios ensayos de economía, demografía,  política y novelas: La fiesta de los locos, Tu nombre envenena mis sueños , Malvadas y virtuosas: retratos de mujeres inquietantes, Historias de la calle Cádiz, Fundamentos de Demografía, La fiesta de los locos, La tierras más hermosa, 10 Relatos históricos, Carta abiertas a un lector de periódicos acorralado por la información, El corazón del viento, Años de hierro y esperanza y la exclusiva para todos los lectores de Literaturas.com el próximo libro de relatos que llevará por título Cuernos.

Introducción.-  Pocos podían sospechar cuando hace años Joaquín Leguina publicó su primer libro de relatos, Historias de la calle Cádiz, que había nacido para la literatura un escritor que eventualmente ejercía de político. La historia, sobretodo en esa franja que ocupa por derecho propio los años treinta, ha sido generosa con dicha estirpe, si por tal concepto queremos definirla. Baste para ello hablar de los Azaña, Unamuno o Azorín. Pero, salvedad expresa del primer caso, siempre estaríamos hablando de intelectuales que circunstancialmente se asomaban al patio político en unos tiempos en los que sin duda se les necesitaba. Por eso, resulta especialmente significativo el caso de Joaquin Leguina. Por eso, y por más cosas que intentaremos ir desgranando poco a poco. Pero vaya por delante mi reconocimiento público ante dos actitudes de ver la vida aparentemente contrarias, pero, a veces, afortunadamente convergentes. Y digo afortunadamente, porque guste o no, el Joaquín Leguina escritor nunca podría haber escrito El corazón del viento de no haber existido previamente el Joaquín Leguina político.

  P.- ¿Qué siente un político como usted, anterior Presidente de la Comunidad de Madrid, metido a novelista y escritor de relatos?.

 Joaquín Leguina.- Bueno, tampoco soy el primero, ni me imagino que seré el último. Ha habido muchos políticos dedicados en algún momento de sus vidas a la literatura, incluso con algún éxito. Alguno de ello llegó a ganar el Premio Nobel.

 P.-  Bueno, pero Churchil fue un poco el pago a unos servicios.                         

 J.L.- Tampoco me estaba refiriendo a Churchil, sino a Echegaray. Pero ya que lo mencionas, tampoco estoy de acuerdo contigo, Léete los Diarios de la Guerra. La obra es excelente. Otra cosa es que él no se dedicara a la literatura propiamente dicha. Hay una tradición de políticos antiguos que fueron magníficos escritores.

 P.- El mismo Azaña, sin ir mas lejos, aunque mantenga el estigma de ser un poco el responsable del fracaso de La II República, ya que hay quien mantiene que fue precisamente su carácter de intelectual comprometido lo que derivaría en el Golpe de Franco.

 J.L.- Hombre, tampoco es así. El tener a uno, dos o mas intelectuales en el Gobierno debe de ser motivo de orgullo. Lo que pasa que a Azaña le tocó la época de los totalitarismos, le tocó lidiar desde la izquierda con un anarquismo potentísimo aquí en España y con un ejercito anclado en la Guerra de África, sin modernizar. No creo que Azaña cometiera mas errores que Largo caballero por poner un ejemplo.  

 P.- Afirmaba Borges, que toda novela de más de 150 páginas es autobiográfica. Aplicando dicho razonamiento a El corazón del viento, y una vez que se ha leído con detenimiento, no cabe duda de que la suya lo es. Máxime a poco que nos detengamos en el papel que desarrolla Cesar, su protagonista. ¿En o no autobiográfica?.

 J.L.                 No tampoco es exactamente así. Efectivamente, el ambiente en el que se desarrolla la novela si que es mío. Más el de Chile que el caos que se vivía en España. La fase chilena sí que es autobiográfica, aunque con reservas. No lo es la peripecia personal de Cesar, ni el resto de los protagonistas de la novela.   

 P.                 No pude evitar mientras la leía el revivir con nostalgia (a pesar de mi edad) los  trágicos y convulsos años del fin de la Dictadura. Y cuando hablo de revivirlos, no quiero decir que los haya vivido, sino del efecto catártico que de los mismos ejercieron en nosotros. ¿No resulta la novela una liberación de Joaquín Leguina, como si tuviera que echar ciertos fantasmas que aún hoy en día viven en su interior?.

J.L.                 Yo lo que quería era recuperar esa etapa pero sin batallitas,  y sobretodo sin idealidades. Yo creo que la gente de mi generación cuando cuenta su juventud, lo hace con un sentido muy poco realista, y excesivamente idealizado. Y eso no me parece que sea una forma de recuperar una etapa tan trascendental. Eso es lo que intenté hacer con la novela, a partir de unos personajes de ficción que viven en un ambiente determinado y muy realista. La novela es desde ese punto de vista costumbrista si se quiere,.

 P.- En literatura ocurre una cosa muy curiosa, al igual que por ejemplo en el cine. Y es que cuando aparece una novela como la suya, con un tema determinado de fondo, aparece a la vez otra de otro autor que de alguna forma trata los mismos temas. En su caso coincidió con la de Cebrián, La ternura del dragón...

 J.L.- Fue a la vez que la de Cebrian y a la vez que la de Chirbes, aunque en ámbos casos con matices. La de Cebrián se desarrolla en una época posterior a la mía, y la de Chirbes es el último día de la vida de Franco, aunque claro, hay constantes saltos hacia atrás. Pero las tres novelas muy diferentes.

 P. Hay un pasaje recurrente en El corazón del viento, y es la constante referencia a modo de homenaje, a la novela Campo de almendros de Max Aub. ¿Qué le debe Joaquín Leguina y todos los de su generación a Max Aub?.

 J.L. Es de la saga de Galdós y me parece uno de los mejores escritores de su generación, aunque haya sido de los que menos han escrito. El laberinto mágico es una de las grandes novelas castellanas de este siglo. Es un homenaje, al igual que hay homenajes a Baroja. Mi personaje se llama igual que el protagonista de Cesar o nada... Hay constantes guiños al lector. 

 P. Usted estuvo directamente involucrado en los trágicos acontecimientos del Chile de 1973, algo que no todos saben. ¿Qué siente cuando visiona una y otra vez por la televisión aquel Palacio de la Moneda en llamas?.

 J.L. Directamente estuvimos todos, incluso las piedras. Lo jodido no es verlo en una película, es verlo en directo. Yo no estaba en El Palacio de la Moneda. Yo era militante de base del Partido Socialista, pero sí que tenía una historia con uno de los ayudantes de Allende, concretamente con Juan Garcés, alguien que se hizo famoso últimamente por llevar el peso del asunto londinense de Pinochet. Y este hombre, que sí que estaba en el Palacio, salió y vino a mi casa.

 P. Su historia de aquella época resulta tan atractiva para tanta gente que daría para un libro de memorias. ¿No se lo ha planteado?.

   J.L.- Un libro de memorias tiene otro abordaje.

 P.- Pero también un libro de memorias se puede disfrazar como un diario, como por ejemplo la novela Días y noches de Trapiello..

 J.L.- Pero eso es otro estilo. Lo que hace Trapiello es otra cosa... Pero lo cierto es que no me encuentro sicológicamente preparado para escribir un libro de memorias. Puedo contar una historia de personal, pero no pudo huir de ellas. En la novela no. Hay algunos detalles que son personales, pero en general la historia es ficticia.

 P.- ¿Qué fue primero, el político o el escritor?

 J.L.- El escritor, por supuesto, aunque yo he estado en política desde los dieciocho años.

   P.-                En una entrevista hace años abogabas por la eliminación de las fronteras y anuncias quizás de una forma apocalíptica esta emigración del sur hacia el norte, de la pobreza a la "riqueza". Hablabas entones, y mantenías que teníamos que empezar a acostumbrarnos a vivir en una Europa multirracial y multicultural.  ¿Cómo ve desde esa perspectiva la Europa del III Milenio?.

   J.L.- Mal, muy mal. Bueno, yo en realidad me he dedicado durante bastantes años a una disciplina, la demografía, acostumbrada a realizar análisis a largo plazo. Y esto que está pasando era bastante previsible. Recuerdo un viaje a Ghana, a Centro África, en el que fui a un Congreso que nunca existió. Dado que como ya estaba allí, me quedé una semana. Conocí a gente, la Embajada me facilitó un guía, y cuando volví a España en avión, vía Roma,  venía con el que durante mi estancia en aquel país había hecho las veces de guía. Y yo le decía,

-¿Y a que vienes tú a Europa?. 

-A lo que sea, me contestó.

-Pero, conocerás a alguien en Roma, le pregunté.

             -A nadie.

-¿Llevas dinero?

-Cien dólares.

Y era un hombre estudiado, con una cultura. Pero ya entonces se comenzaba a ver, de ahí esta anécdota No era la emigración que habíamos vivido los españoles en los años sesenta y setenta hacia Europa,  donde había primero una distancia menor, unos enlaces familiares o de amistad. No. Esta gente no tenía nada de eso. Ahora comienzan a tener esas condiciones los nuevos emigrantes. La demografía es un poco como decía un clásico una ciencia que puede destruir  un edificio como las terminas. Trabajamos a muy largo plazo frente a los economicistas.

 P. ¿Qué tal la versión cinematográfica de tu anterior novela?. ¿Cómo resultó?.

 J.L. Bueno, yo tengo una experiencia ambigua en torno a ese tema. Por una lado la convicción de que la película no es mía. Es del Director, en este caso Directora, del guionista, de los actores...  Además es muy difícil que una novela quepa en una película. Pero vista la primera vez, te llevas el disgusto inicial, y a medida que la ves más veces, te das cuenta que tampoco está tan mal llevada. Fue la última `película que dirigió Pilar Miró, y algunos de los personajes están construidos con mucha fidelidad de fondo a la novela. Incluso algunos hasta físicamente me los podía imaginar así. Pilar trabajó mucho en la novela, le gustaba mucho, pero tuvo mala suerte la película porque coincidió en el mercado con otra suya de enorme éxito, con El perro del hortelano. Porque el riesgo que corrió llevando una obra de teatro en verso, al cine, fue tremendo. De hecho, pocos, incluido yo, creían en el éxito de ello.  

 P.             ¿Qué estás escribiendo ahora?.

 J.L.                 Bueno, estoy terminando una colección de relatos, un género que dicen no tiene mucho mercado, pero me da igual. Es un género que me permite más versatilidad. Una novela no te permite cambiar el estilo, y sin embargo en una colección de cuentos puedes tener tantos estilos como relatos. Diferentes abordajes, etc. 

 P. ¿Cómo se va a titular?.

J.L. Bueno, en principio el título va a ser Cuernos, porque los cuentos giran en torno a infidelidades no necesariamente sentimentales. 

 


Andrés Neuman

Por

 ©Luis García 

Buenos Aires 1977- Argentina. Nacionalizado español, vive en Granada. Filología Hispánica. Ganador del certamen 'Los Nuevos de Alfaguara', incluyéndose su relato en Otras voces (Alfaguara, 1995), y ha publicado el libro de cuentos Pertenecí (sureste Narrativa, Granada, 1977). Como poeta, ha publicado Métodos de la noche (I Premio de Poesía Joven Antonio Carvajal, Hiperión, 1998), ha obtenido el Premio Federico García Lorca 1999 (en colaboración con Ramón Repiso) y ha sido incluido por José Luis García Martín en su antología La generación del 99 sobre la joven poesía española.  Bariloche es su primera novela

 Introducción.-  Cuando Andrés Neuman resultó finalista del Premio Herralde de Narrativa con su novela Bariloche, dejaba entrever que estábamos ante un autor dispuesto a abrirse camino en el terreno de la literatura, por más dificultades que pudiera encontrar. Poeta antes que narrador, fue incluido por derecho propio en la Antología de 99 que preparara José Luis García Martín y que tantas espinas levantara. Pero por encima de todo heredero de una concepción literaria que entronca con la tradición del Cono Sur Americano: Borges, Cortazar, Arreola, Monterroso, Piñera...,  que no hace sino que revivamos la pasión por la buena literatura, y que nos predispone para disfrutar de su nuevo libro de relatos, El que espera. ¿Se puede pedir algo más?.

 

Pregunta.-      Afirmas vivir una particular esquizofrenia (así es como gustas de llamarla), la que te produce el vivir la realidad desde dos vertientes o conciencias paralelas y diferentes: desde la poesía y desde la narrativa. ¿Qué se formó primero, el Neuman poeta o el Neuman narrador?.

Andrés Neuman.-   Primero se formó el Neuman lector, claro, que era lector de cuentos, como corresponde a un país como Argentina. Así que lo primero que escribí -que plagié- fueron cuentos fantásticos, desde Allan Poe hasta Julio Cortázar o cualquier autor que me cruzase. Eso sería por el año 1988, cuando yo tenía unos once años. Llegué con ese bagaje a España, y una vez que me adapté a Granada, empecé a escribir regularmente poesía, cosa que hasta entonces había hecho muy de tarde en tarde. Ahora no distingo prioridades: ¡como buen esquizofrénico, ambas facetas me resultan igual de imprescindibles!

P.-                   A pesar de tu juventud, (23 años), tu madurez como escritor enlaza con la tradición literaria más castiza, sintiéndote heredero tanto de las diferentes Generaciones (la de los Cincuenta, la de los Setenta...) como adscrito a la Generación del 99. ¿Eres un autor ecléctico?

A.N..-              Bueno, yo no me creo merecedor de ninguna herencia ilustre. Creo que todos procesamos las tradiciones que más nos convencen de un modo personal, no creo que haya "mayorazgos" en literatura. Quizá por eso mismo no me siento obligado a escoger entre supuesto extremos, ni
entre experiencia o cultura ni entre 50 o Novísimos. En ese sentido, sí es cierto que me considero ecléctico. Lo cual no resulta incompatible con la exigencia: me gustan todos los buenos poetas. Me gusta lo mejor de cada tradición, no todo de todas. Creo, además que nuestra época nos
señala ese camino, con sus riquezas y sus riesgos. En cuanto a la Generación del 99, es un conjunto de poetas individuales, como todas las generaciones. No creo que haya más marca común que la de época, que
acabo de describir. Afortunadamente.

P.-                   Hace pocos meses, una articulista de un suplemento literario atacaba con dureza a La Poesía y a los Poetas de la Experiencia, algunos de cuyos representantes son compañeros de viaje tuyos en dicha Antología. Pero, ¿qué es la Poesía de la Experiencia?. ¿Cómo la definirías?.

A.N..-             No me interesan los ataques personales, ni siquiera los que se  camuflan de querellas académicas. La poesía de la experiencia, si es que existe tal cosa, es una manera de pensar y decir lo próximo en términos poéticos, un experimento con la lengua coloquial y un saludable ejercicio de modestia, cálculo y construcción en el poema.
Pero yo no la veo incompatible con esa "otra" poesía que supuestamente se le opone, la poesía culturalista y la generación del setenta siempre
me ha interesado por su voluntad de trasgresión, de inconformismo, de desafío lingüístico y de apertura de fronteras. No sé por qué nos empeñamos en empobrecernos con disyuntivas artificiales. Ya bastante
poco cabe en una sola vida de lector como para encima andar añadiéndonos limitaciones y prejuicios. Un ejemplo: tan cosmopolita (y anglófila) es la generación novísima como la de los ochenta.

P.-                   Has ganado entre otros el premio José Antonio Carvajal de poesía, lo que hizo que tu obra comenzara a ser divulgada y conocida, pero fue el haber resultado finalista del Premio Herralde de Narrativa con Bariloche, el que habría de lanzarte al estrellato. ¿Sentiste vértigo en algún momento?.

A.N..-                No. Supongo que el vértigo lo sienten los escritores que no  escriben. Si trabajas con regularidad, nada puede realmente desviar tu atención de lo que importa: trabajar, corregir. O, en todo caso, el vértigo para mí es siempre el mismo: empezar a escribir.

P.-                   Bariloche no es sino la historia de un hombre sencillo, Demetrio Rota, que busca e intenta construir afanosamente por las tardes ese necesario equilibrio que le ayude a ir a cumplir con su trabajo de barrendero. ¿Fue casual la elección del oficio para recrear la Parábola del deterioro personal al que se ve sometido?

A. N.-            Yo diría que la elección de su oficio fue totalmente deliberada y metafórica. Aunque Demetrio funcione en la novela como un barrendero  auténtico, creo que el asunto está en pensar qué hacemos con la basura, de quién es, adónde va, a quién le pedimos que se la lleve. Quién
produce la mierda, quiénes la compartimos, cómo la escondemos.

P.-                   La novela no puede escaparse a mantener un tono poético con tintes melodramáticos. ¿Te ayudó tu formación como poeta a la hora de concebirla?.

A. N.-             En "Bariloche" hay fragmentos deliberadamente poéticos, y una de las voces (la del paisaje del sur) está escrita desde el ritmo y la voluntad de la poesía. Ahora bien, eso debe ser un recurso, no una interferencia involuntaria. Espero que haya sido así. Por lo demás, lo del melodrama viene muy a cuento porque hay una cierta estructura de tango en la historia de Demetrio y Verónica. Además, la novela tiene
una cita de Sur, hermoso tango de Homero Manzi.

P.-                   ¿No es la historia de Demetrio Rota, la de un viajero cuyas circunstancias lo condujeron al sedentarismo?.

A. N.-            No lo creo. El era tan sedentario en el sur como en la        capital. El problema es que el primero era un espacio abierto, más libre, y la ciudad se convierte para él en una cárcel. No es un problema de movilidad, sino de felicidad.

P.-.                  Demetrio vive y trabaja en Buenos Aires, pero podría hacerlo en Madrid, Sevilla, Oviedo o Barcelona. ¿De verdad las ciudades te parecen evocar una existencia tan miserable?.

A. N.-             Bueno, es verdad que cualquier ciudad más o menos populosa del mundo occidental tiene los mismos vicios alienantes. Pero no te imaginas lo terrible que puede llegar a ser vivir en una ciudad de diez millones de habitantes, en medio de una sociedad que se descompone por
el centro y de la crisis económica. La ciudad de Bariloche es muchas ciudades pero, desde cierto punto de vista, es sólo Buenos Aires o está sólo en Latinoamérica.

P.-                   ¿Te identificaste en algún momento con su personalidad?.

A. N.-             La relación del autor con sus personajes es muy similar a la del actor con sus papeles. Nunca hay más identificación que esa, ni es posible que haya menos. Pones mucho de ti mismo para ser otro distinto.

P.-                   Soy de los que mantienen que el género literario por excelencia es el del relato corto, y vas tú y presentas en sociedad El que espera, un libro de relatos. ¿Fueron escritos antes o después de Bariloche?.

A. N.-             La defensa del cuento me parece una tarea urgente en España. Los cuentos de El que espera fueron escritos antes y durante la escritura de Bariloche, y me llevaron casi cinco años.

P.-                   Es inevitable que tras la lectura de algunos de los relatos, uno recuerde al dinosaurio de Monterroso. ¿Tan fuerte resulta su estela?.

A.N.-             En realidad, para ser sincero, creo que no. El microcuento del dinosaurio ha sido muy difundido, quizá demasiado para los propios intereses del gran narrador que es Monterroso. En primer lugar, porque se trata más bien de una excepción en su obra, no de una constante (de hecho, entre los escasísimos microcuentos equivalentes que pueden
encontrarse en su obra, no hay ninguno de esa brillantez y capacidad de sugerencia; es lo que sucede, por ejemplo, con "Fecundidad"). Es que es muy difícil superar el chiste o el aforismo en una línea y media.Monterroso no se ha dedicado especialmente a eso (yo, por el momento, tampoco) y sin embargo, no sé por qué, se ha tomado "El dinosaurio" como referente simbólico de su obra, lo cual es falso, y también como referente de la micronarrativa. Lo cual también es falso y, además, ha propiciado una cierta banalización del género. Un microcuento no tiene por qué tener una línea y, de hecho, la mayoría de los que tienen esa extensión acaban resultando más una pretenciosa tontería que otra cosa. En cuanto a "El que espera", hasta donde alcanzo, sólo hay dos o tres textos (de los 35 que lo componen) que puedan relacionarse con el
mencionado de Monterroso.

P.-                   Me ha llamado la atención en El que espera, agradablemente por otra parte, el epílogo-manifiesto final en el que es inevitable recordar el Decálogo del Perfecto Cuentista de Horacio Quiroga, o la Tesis sobre el cuento de Ricardo Piglia. Esto, unido a la férrea defensa que realizas del micro relato, te augura un lugar de privilegio dentro del género, lo cual como lector integrista de relatos que soy no puedo por menos que mostrar mi alegría. Pero, ¿dónde está la frontera entre el relato breve, el poema en prosa y el aforismo, dado que a veces tienden a inmiscuirse unos géneros en el terreno de los otros?.

 

A.N.-            El Decálogo de Quiroga, siendo de una verdad y una precisión admirables, se refiere quizá más al cuento clásico moderno (es decir, el que se escribe a partir de Poe, referente de Quiroga por otra parte) que al microcuento. En cuanto a la confusión de géneros, es que precisamente la micronarrativa nace a partir de ella, hibridando su naturaleza hasta generar un subgénero nuevo. Pero eso no significa que
no pueda distinguirse con relativa fiabilidad de esas fuentes de las que bebe. En mi opinión, el relato breve no suele ser tan condensado, ni tan fragmentario, ni tan esquemático como el microcuento; el aforismo no es narrativo (como suele ser el microcuento), sino especulativo o moral, en todo caso; en cuanto al poema en prosa, por su simbolismo y su estructura, tal vez sea el subgénero del que más bebe
el microcuento, y de hecho a veces pueden superponerse, sobre todo cuando el poema no está escrito en versículos sino con la prosodia normal de la prosa. No obstante, para mí sigue existiendo un cierto territorio de la acción, puramente narrativo, en el que sólo entraría
la micronarrativa y no la poesía.

P.-                  Una confidencia: ¿es real o imaginaria la pareja que protagoniza el relato Despecho?.

A.N.-              Otra confidencia: ¿concebiste esta pregunta que me haces en pareja, o trabajas mejor solo?

P.-                   ¿Cómo vive un argentino afincado en España la realidad social de su Argentina natal?. 

A. N.-             Con dolor, con impotencia, con alarma. Con muchos recuerdos para los seres queridos que aún están allí.

P.-                   Asistimos a un desembarco de autores argentinos de primer orden, entre los que he descubierto con agrado al antes mencionado Ricardo Piglia, treinta y siete años mayor que tú. ¿Lo habías leído anteriormente?.

A. N.-                 Piglia, junto con Juan José Saer, Ana María Shúa, Marcos Aguinis, Willfog, Abelardo Castillo, César Aira, Osvaldo Soriano y dos o tres más, son algunos de los narradores más conocidos de Argentina, aunque por supuesto hay muchos más y muy buenos de otras generaciones más jóvenes (Fresán, De Santis, Brizuela...).  Piglia está siendo descubierto ahora en España, y me temo que por razones cinematográficas, pero en Argentina es un referente fundamental desde hace años.

P.-                   ¿Qué autores mantienes, que seguro que los habrá, una y otra vez de cabecera de cama, tanto de poesía como de narrativa?.

A.N.-               Junto a mi cama, las compañías van cambiando a menudo. La verdad, más que mantener referentes fijos, voy por ciclos, regresando y renegando de determinados autores. Respecto a las deudas literarias, como escribió el poeta argentino Santiago Sylvester, una cosa es admirar
a alguien, y otra muy distinta deberle algo.

P.-.                  ¿Hay algún poeta actual, joven, al que sigas especialmente?.

A.N.                Sigo sobre todo a mis amigos, que afortunadamente son bastantes. Leo y quiero a Pablo García Casado, Eduardo García, Martín López-Vega, Silvia Ugidos, Juan Carlos Reche, Juan Antonio Bernier, Ramón Repiso, José Andrés Cerrillo, Luis Muñoz, Rafael Espejo... También me gustan mucho otros como Juan Antonio González Iglesias, Aurora Luque... ¡Hay tantos! Pido excusas por las omisiones.

P.-                   ¿Y narrador?. ¿Te emparejas con alguna corriente  específica?.

A.N.-               Las corrientes son fenómenos marítimos.

P.-                   Y ya por último, ¿en qué proyecto estás metido actualmente?.

A.N.-                     Además de esperar la publicación de un libro de poemas titulado El jugador de billar, que saldrá en unos meses en Pre-textos, estoy intentando empezar una novela, trabajando en un conjunto de cuentos que se llamará El malestar, y también escribiendo unos poemas. No sé. Un caos. Saludable.

 


 

CARE SANTOS 

Por

 ©Luis García 

 Mataro 1970, Barcelona-España. Derecho en la Universidad de Barcelona. Colabora en el suplemento El Cultural del diario El Mundo. Ha publicado los libros de relatos Cuentos cítricos (1995) e Intemperie (Premio Ciudad de Alcalá de Narrativa 1996). También es autora de La muerte de Kurt Cobain (1997) y Okupada (1997). Con su primera novela larga, El tango del perdedor (1997), inició una prometedora trayectoria literaria, confirmada con la concesión del IV Premio de Novela "Ateneo Joven" (1999) Trigal de cuervos

Introducción.- Tres novelas, una de ellas ganadora del Premio Ateneo Joven en 1999, tres mas juveniles, y cuatro libros de relatos constituyen el bagaje literario de una mujer emprendedora incansable y atenta, que llama la atención además de por su calma intelectual, por su calidad humana. Care Santos. ¿Qué decir de ella?. 

Pregunta.-

Te asomas semanalmente desde las paginas de El Cultural del diario El Mundo (España) con tu sección Opera Prima, lo que ha llevado a que muchos de nosotros descubramos a autores que de otra forma pasaran desapercibidos. ¿Como te sientes en tu faceta de "descubridora de talentos"?. 

Care Santos -

Me siento pasada al enemigo. Si lo que es escribir una novela, y también que es igual de difícil escribir una novela buena que una novela mala. Por eso procuro hacer mi trabajo desde el respeto y el rigor. 

P.- Ganadora del Ateneo Joven de Sevilla con tu novela Trigal de cuervos, fundadora de la Asociación de Jóvenes escritores..., ¿existe tanta inquietud literaria en la España del siglo XXI? 

C.S.-  Esta claro que si. Sólo hay que visitar una librería para darse cuenta. Hay, incluso, demasiada inquietud literaria. Publicar es muy fácil y resulta normal, aunque no inevitable, que mucha gente joven se precipite. Pero a esos se les disculpa. Quienes no tienen disculpa posible son quienes menos deberían perder los papeles, y quienes mas lo hacen: los editores.  

P.- Pasas por ser una cáustica observadora de la vida diaria, lo que te legitima para ponderar cuanto en ella acontece. Gusten o no, tus reseñas en El Cultural llaman la atención, y suelen tener buena acogida. ¿Como lo interpretas?. 

C.S.-  ¿Buena acogida? No tengo conciencia de eso. Solo de que si existe un solo lector -uno solo- que me lea y compre o deje de comprar libros guiándose por mi criterio, estoy obligada a ser lo mas rigurosa y honesta posible. Eso trato de hacer. 

P.- Tres novelas juveniles, tres mas de "adultos", cuatro libros de relatos..., hacen que a tu edad ( treinta años) seas una de las autoras mas prolíficas del actual panorama literario. ¿Vivimos tiempos de esplendor expresivo o es mera casualidad?. 

C.S.-  ¿Casualidad? Nada de eso. Es fruto del mucho trabajo, durante muchos años -todos los que tengo- y de no poca buena suerte. ?Esplendor expresivo? No si. Con tu permiso, eso se lo dejo a los verdaderos críticos. 

            P.- ¿En qué terreno te desenvuelves con mas tranquilidad? 

C.S.-  En el del relato corto, que es mi género favorito, como lectora y como autora también. Siento que es donde doy lo mejor de mm.  

P.- Vivimos tiempos de sequía literaria en cuanto a los temas a tratar, y a los puntos de vista a adoptar en una determinada novela. En realidad, y tal y como afirman algunos autores, parece que esta cerca el fin de la novela. ¿Coincides con esa reflexión? 

C.S.-  Mira, del fin de la novela se habla desde el nacimiento de la novela. No coincido, por supuesto: mientras haya quien quiera que le cuenten una historia y quien desee contarla, habrá novelas, novelistas y devoradores de novelas.  

P.- Se te podría definir como una escritora "rápida", entendiendo por ello el que en el plazo de dos años hayas entregado a la imprenta diez obras. Tengo un amigo, escritor también, que defiende que detrás de la rapidez en las publicaciones sólo queda eso: rapidez. ?Coincides con dicha reflexión?  

C.S.-  ¿Dos años? Mas bien 10. No hay que confundir nunca fecha de publicación con fecha de escritura. Por eso yo soy muy meticulosa datando todos y cada uno de mis libros. Si revisas las fechas que aparecen en cada uno veras que el primero empecé a escribirlo en 1990. Al margen de esto, la rapidez no es un indicativo de nada. Probablemente yo necesite menos tiempo que unos y mas que otros. Lo importante no es lo que tardas en hacer algo, sino como queda después. Es el resultado lo que se valora en Literatura, en Arte, en general. Lo demás, como decía Machado, no importa. 

P.- ¿No parece existir una literatura de consumo rápida, con unos criterios muy amplios a la hora de su elaboración?. Pocas paginas, temas de rabiosa actualidad, el sexo como argumento literario... 

C.S.-  Siempre existirá, debemos resignarnos. El mundo se divide en dos categorías: los mediocres, que abundan por todas partes, en todos los ámbitos; y los que hacen las cosas bien, que a menudo son incomprendidos, apartados o repudiados. Son las reglas del juego. Lo que hay que intentar por todos los medios es pertenecer al segundo grupo. 

P.- Háblame de Trigal de Cuervos, novela con la que te diste a conocer al ganar el Ateneo Joven. Como nace 

C.S.-  Naces a partir de la sensibilidad por la historia del pueblo armenio y de un interés previo por escribir algo que fuera parábola del siglo XX, aunque suene pretencioso. Eso, a grandes trazos. Los pequeños creo que deben hablar de pasión, que es motor de mi vida en todos los ámbitos. Hay en este libro algunas pasiones: literarias, históricas, personales... Espero que el lector se contagie de ellas. 

P.- He visto como otro joven escritor a quien tu reseñaste y a quien ya conocía a través de la revista Calamar, se alzaba con el mismo premio. Se trata, como no, de Oscar Esquivias y su novela El suelo bendito. ¿Estamos asistiendo a un renacimiento de las letras, a un relevo generacional que pide paso a sus maestros? 

C.S.-  Mal iríamos, si no. Siempre hay relevos. Lo que sucede es que no todos son como Ocar, por desgracia. Si pensara mas a menudo en lo buen escritor que es tal vez no le querría tanto, pero ya es tarde para eso. Por ahora, soy feliz de coincidir con él en el mismo catalogo. Si dentro de unos años sigo estando donde él esté, me consideraré afortunada. 

P.- Puede resultar curiosa, o incluso excéntrica, tu iniciativa de publicar Ciertos testimonios en una Editorial Venezolana, pero me consta que nada mas alejado de la realidad., ¿Que motivo te llevó a publicar con ellos? 

C.S.-  Uno de los mas poderosos: la amistad. Israel Centeno y Graciela Bonnet, los editores de Memorias de Altagracia, me pidieron un original para una colección que estaban dirigiendo con muchos esfuerzos y mucha ilusión. Se lo mande, les gusto y me falto tiempo para aceptar su iniciativa de publicarlo allí. Era, además, un libro muy latinoamericano, y me ilusiones mucho que se publicara, precisamente, en América Latina. 

P.- El cuento, el relato corto, se rige por unos postulados muy claros y diferentes a los de la novela. Hay están el Decálogo de Quiroga, la Tesis sobre el cuento de Piglia... En el relato ni falta ni sobra nada, y como decía el propio Quiroga, si vas a "poner una escopeta, hazla disparar". ¿Que formula utilizas en la elaboración de un relato? 

C.S.-  Probablemente, si conociera la formula dejaría de escribir relatos. No se puede conocer completamente aquello que se ama. De todos modos, lo mejor que se puede hacer para emular a los tan reverenciables autores de todo tipo de decálogos de escritor es olvidarse de los decálogos e incluso de los escritores. Hay que matar al padre para crecer, eso es elemental en Literatura.  

P.- ¿Como surgió la idea de la Asociación de Jóvenes Escritores?. ¿Que objetivos perseguías?. 

C.S.-  Surgió de la necesidad conjunta de compartir experiencias creativas. El objetivo mas importante era la publicación de obra de autores inéditos. Editábamos una revista, que primero dirigía yo y después el poeta Toni Montesinos. Descubrimos muchos nombres. Estuvo bien. Pero con los años he aprendido que pertenecer a un club no te vuelve lo que quieres ser. Y que escribir es una labor en solitario. 

P.- Te comento esto porque parece que exista un colchón importante de jóvenes y no tan jóvenes escritores, un tanto desorientados a la hora de enfocar su "carrera". ¿Qué les sugerirías? 

C.S.-       Ante todo, que se repitan cada mañana estos versos de                                 Machado:

Sabe esperar / aguarda que la marea fluya / -así en la costa un barco- sin que el partir te inquiete. / Todo el que aguarda sabe / que la victoria es suya / porque la vida es larga / y el arte es un juguete. / Y si la vida es corta / y no llega la mar a tu galera / aguarda sin partir y siempre espera / que el arte es largo y, además, no importa.

Mientras los van asimilando les recomendaría  leer -mucho y, sobre todo, bien-, escribir siempre y tener mucha, mucha paciencia. 

P.-  ¿Por qué murió la Asociación?. Es decir, siempre se afirma que en la unión radica la fuerza. ¿Por qué su desaparición en unos momentos de esplendor en las letras?. (Todos los diarios mantienen suplementos literarios, abundan las revistas y publicaciones...). 

C.S.-  Para ser rápida: la maté porque era mía. Tocó techo, o lo toque yo, no sé. O lo tocamos las dos personas que mas trabajábamos en ella: Toni y yo misma. Llegó el día en que aquello no tenía sentido. Tampoco había relevo. La vida nos pidió que eligiéramos entre aquel corporativismo o nuestras propias carreras literarias. Y la elección fue fácil. 

P.- ¿Cual es tu opinión sobre la critica literaria en nuestro país?. ¿Crees que es generosa con los autores?. 

C.S.-  Creo que no existe una verdadera critica literaria en nuestro país. Nuestra critica tiende a ser el terreno de los mediocres (y no si si yo estoy libre de pecado o no.)  

P.- A la vista de quienes publican reseñas en los suplementos culturales, ¿no te parece que la "crítica literaria" adolece de cierto apoltronamiento? 

            C.S.- ¿Apoltronamiento? No seamos suaves: mediocridad

            P.-  ¿Te sientes heredero de algún autor en concreto? 

C.S.-  Me siento heredera de toda mi tradición literaria, de mi experiencia vital, de esos malos ratos que tanto enseñan a escribir, de todo lo que he escrito hasta ahora, de la gente a quien quiero... Heredamos cosas todos los días. Y que así sea. 

P.- ?Te arrepientes de alguna de tus novelas?. Es decir. Ahora que ya han pasado por el inevitable filtro del tiempo, ?reharías alguna de ellas? 

C.S.- ¿Han pasado por el inevitable filtro del tiempo? Que miedo, ? tú  crees? Arrepentirme... No me gusta arrepentirme de nada de lo que he hecho. Otra cosa sería que volviera a hacer lo mismo. Todo hay que entenderlo en su contexto. Yo soy yo, y mis circunstancias son mudables. Cada libro obedece a unas determinadas circunstancias. Por eso todos son yo misma. 

           P.-  ¿Qué estas preparando en la actualidad? 

C.S.- Demasiadas cosas como para no abrumar a quien nos lea. Termino estos días una novela breve, pienso en una no tan breve, imagino cuentos como quien no cumple su obligación, y hasta me queda tiempo para escribir poemas malísimos que nunca publicare. Mi sistema de trabajo se basa en la dispersión y la acumulación. Es un defecto, pero ya no hay remedio.

 

 


Carmen Ruíz Tilve

Por

 ©Luis García 

"El caballero del chaleco floreado, aquella tarde, era caballero andante, pues como le dijo a la niña, sin mirarla más que a través del azogue, partía a un largo viaje, hasta la orilla del mar, y regresaría pronto con un gran regalo para ella: una mamá nueva..."

Introducción.-  Cuatro novelas, dos recopilaciones de artículos, así como una docena de libros de divulgación constituyen el bagaje de una mujer, emprendedora, incansable y atenta, que llama la atención más allá de por su valía intelectual, por su calidad humana. Carmen Ruiz Tilve. ¿Qué decir de ella?.

Pregunta.-      Te asomas todos los lunes y martes desde las páginas de la Nueva España con su sección lo que ha hecho que te hallas convertido en una amiga para mucha gente. Pero,  ¿cómo nacieron Pliegos de cordel?.

Carmen Ruiz Tilve.- Pues mira, a mí la afición a las cosas de Oviedo me surgió desde siempre, pero sobretodo a raíz de hacer la tesis doctoral sobre Dolores Medio.  Me di cuenta que había un Oviedo de los años veinte y treinta que me era más desconocido que el Oviedo Prerrománico o Medieval. Que había un Oviedo cercano en el tiempo y en el espacio que conocíamos muy poco. Y así comencé con Pliegos de cordel, recuperando unos años de mitad de siglo en que los mismos se vendían por las calles, y eran leídos por los ciegos. Y comencé a escribirlos en La Nueva España  un poco de casualidad. Y ahí siguen.

P.-                  Yo que soy un gran aficionado al relato corto, hiperbreve se dice ahora desde lo de Monterroso, no puedo evitar el ver tus Pliegos de cordel como relatos cortos. ¿Cómo eliges de que escribir?.

C.R.T.-          Si. Para mí el hecho de que sean tan cortos significa todo un reto, porque yo tiendo a escribir cosas mas largas, novelas. Y aquí creo que encontré un poco la medida exacta. Tengo claro no meterme en ellos con nadie ni adular a nadie, Pero por lo demás escribo sobre lo que veo, sobre lo que creí ver o sobre lo que ven otros ven y vieron por mí. Sobre las cosas que sucedieron y sobre las que van a suceder... Es como un juego.

P.-                  Pasas por ser una cáustica observadora de la vida de Vetusta, lo que te legitima para ponderar cuanto en ella acontece. Gusten o no, tus Pliegos de cordel, las anécdotas que en ellos se cuentan, son reconocidas por multitud de ovetenses, y algunos incluso no esperan a la publicación de todos ellos juntos en forma de libro, sino que los van coleccionando día a día. ¿Cómo interpretas la acogida de los mismos?.

C.R.T.-          Te decía que Pliegos surgieron como un juego. Yo tengo otras obligaciones profesionales al margen de estas, no vivo de esto ni mucho menos, y además esas otras obligaciones me impiden escribir tanto como quisiera. Pero es precisamente esa no-obligación lo que hace que me divierta enormemente escribiendo los Pliegos. El día que vea que dejan de divertirme los dejaré. Pero lo que si que me consta es que hay mucha gente que los lee. No porque son buenos, sino porque se ven reflejados en ellos. Recuerdan su infancia, su vida en definitiva. Y mas tarde me enteré que mucha gente los recortaba y los guardaba, y de ahí surgió la idea de editarlos en forma de libro. Además, cuando los veo recogidos como en este último volumen que acaba de salir, parece que me da fuerzas para continuar. A mí me gusta que a la gente les guste. Y el día que dejen de gustarles, se acabarán.

P.-                  Cuatro novelas, dos libros de artículos, y otras doce más académicos hacen que seas uno de los autores mas prolíficos del actual panorama literario asturiano, sólo comparable a su buen amigo García Martín. ¿Vivimos tiempos de esplendor expresivo o es mera casualidad?. ¿En qué terreno re desenvuelves con más tranquilidad?.

C.R.T.-          Mira, yo voy a hablar por mí, que ya es bastante. Empecé a escribir hace recientemente pocos años, pero yo les tengo especial cariño a las novelas. Son un poco como hijos predilectos. Los otros libros son libros de divulgación, de didáctica, o sobre Asturias y Oviedo... Pero es con las novelas donde mas libertad tengo a la hora de escribir. Me documento... en ellas no cabe el error que puede darse en otro tipo de libros. Tu eres dueño de los personajes, o mas bien ellos son dueños de ti, porque una vez que nacen hacen lo que quieren. Y ese espíritu de libertad es importantísimo.  Cuatro novelas y una quinta que estoy terminando ahora.

P.-                 ¿Cómo se titula?-.

C-R.T.-          Se va a titular Cuentos Encadenados. Nunca he hecho cuentos, pero esta vez sí. Están tan enraizados unos con otros que no sé separarlos.  Me están saliendo como una cadena, y así van a terminar.

P.-                   Todas sus novelas, al igual que tus relatos y artículos, digo relatos porque algunos de tus Pliegos de Cordel pasan por ser eso, auténticos relatos cortos, se desarrollan en Asturias, y tienen a Oviedo como referencia clara, lo que hace que la identificación del lector con la obra del autor se amplifique. Pero esa amplificación, con ser buena, corre el riesgo de verse entorpecida de cara a "dar el salto" al panorama literario nacional. ¿Hasta que punto te ves retraída a dar dicho salto?.

C.R.T.-          Mira, yo creo que se puede ser universal desde lo local, y de hecho los grandes autores, con los que ni se me ocurre compararme, así entendían la literatura. Es decir, las circunstancias de los individuos, sus pasiones, sus alegrías, parten de algo muy cercano, y eso luego crece hasta lo universal. Por ello yo no renuncio a que este sea mi universo literario y personal. El hecho de salir fuera... La verdad es que nunca me lo propuse. Pero sí que es verdad que en Oviedo,  y en Asturias, existen unas barreras que no sé si son físicas o sicológicas. Se ve mejor lo de fuera, y se  tiende a infravalorar lo de dentro. A mi no me afecta. Yo tengo muy claro que este es mi mundo.

P.-                 ¿Qué crees tu que queda de ese oviedín* del alma que con                           tanto cariño refleja en sus libros?.

                        *(la ciudad de Oviedo - España en diminutivo)

C.R.T.-           Cuando hablo de ese oviedín del alma no es que piense que ese oviedín fue maravilloso con respecto al actual. No. Oviedo, ayer y hoy, es una ciudad dotada de una singularidad especial. Puede gustar, o puede no gustar. Pero me preguntas, ¿qué queda de ese oviedín del alma?. Pues bien. Queda el talante de sus individuos. Los ovetenses tenemos un talante, una especie de sorna, de humor, muy nuestros. Eso es los que queda, aunque eso sí, en trance de perderse por desgracia.

P.-                 ¿Te arrepientes de alguna de tus novelas?. Es decir. Ahora que ya han pasado por el inevitable filtro del tiempo, ¿reharías alguna de ellas?.

C.R.T.-            No, claro que no. Sean como sean, todas son mis hijas.

P.-                  Estás  escribiendo actualmente, pero, dado que tus novelas, relatos y pliegos de cordel tienen un marcado carácter costumbrista, y si quieres nostálgico del pasado, ¿crees que puedes llegar a encasillarte en una autora de mayores por y para mayores?.

C.R.T.-          Bueno, quizás lo pueda parecer. Mucha gente cree precisamente por eso que apuntas que soy mucho mayor de lo que soy. (Tengo cincuenta y nueve años, no es ningún secreto) pero si que es cierto que a veces hablo como una reportera de cosas que ya no están, que ni siquiera viví. Eso enlaza con los mayores. Enlaza con los mayores el sentimiento por la memoria. Se dice que la edad mayor tiene mucho que ver con los recuerdos del pasado, pero sin embargo yo quiero mirar al futuro. Pero para mirar al futuro, hay que conocer su pasado. La historia está ahí, que duda cabe, y esa historia está en la cabeza de los mayores. Creo que el reivindicar su memoria, el que nos cuenten lo que vivieron, me parece importantísimo, y un error profundo el obviarlo.

P.-                ¿Cómo ves el cambio de Oviedo hacia el futuro?. ¿Esa                       trasformación?.

C.R.T.-         Bueno, como te dije antes, mientras permanezca el talante de los ovetenses permanecerá Oviedo no como una ciudad urbanísticamente concreta, sino como una ciudad distinta. La ciudad tiene que crecer, sí, pero que no pierda el espíritu. Oviedo no puede pretender ser una ciudad siempre soleada, veraniega, no. Oviedo es una ciudad muchas veces gris, a menudo triste, y tenemos que quererla y aceptarla así. Yo creo más en las personas que en las piedras. Lo que lamento es cuando Oviedo se quiere parecer a Viena, Málaga o Madrid. No. Esas ciudades tienen unas cualidades, ni mejores ni peores. Distintas. Valoremos lo nuestro que tiene condiciones para ser recordado, respetado y querido.

P.-                   ¿Que hechas en falta a la ciudad?.

C.R.T.-          Pues mira, hay una cosa que siempre que tengo oportunidad la reivindico porque me parece importante. Oviedo necesita, porque carece de ello, un archivo de la ciudad. Un museo público, porque sólo desde lo público se podría hacer, que recoja y recupere tantos y tantos archivos que expoliados y mal vendidos aparecen Domingo tras Domingo en el rastro. Fotos, manuscritos,  periódicos, películas, actas... Eso es de las cosas que mas hecho de menos. Un museo de la ciudad que sea un poco la memoria viva de Oviedo. Es una vieja reivindicación que mantengo y que espero y confío ver cumplida algún día.

                   


Ignacio Martínez de Pisón

Por

 ©Luis García  

Zaragoza 1960-España. Reside en Barcelona, Es autor de La ternura del dragón (Premio Casino de Míeres de novela corta, 1984), Alguien te observa en secreto (1985), Antotágasta (1987), Nuevo plano de la cíudad secreta (Premio Gonzalo Torrente Ballester de novela, 1992), El fin de los buenos tiempos (1994), Carreteras secundarías (1996) y Foto de familia (1998). Considerado como uno de los escritores más relevantes de la nueva narrativa española desde la publicación de su primera novela.

                                              

 

Introducción.-      Es, la carrera literaria de Ignacio Martínez de Pisón, la de un corredor de fondo que sin temor al equívoco o a la crítica despliega su buen quehacer desde hace unos veinte años, en concreto desde que se alzara con el Premio Casino de Mieres con su primera obra, La ternura del dragón. Desde entonces, su trayectoria es seguida por cuantos confiamos en él como un firme baluarte de nuestra letras. Varias novelas y libros de relatos le avalan hasta que llegó la que para muchos es su obra de madurez hasta la fecha: Carreteras secundarias. Ahora, presenta en sociedad María bonita, una bonita novela de iniciación cargada de sueños infantiles y con un trasfondo social de innegable presencia.

Pregunta.-         Vivimos tiempos de sequía literaria en cuanto a los temas a tratar, y a los puntos de vista a adoptar en una determinada novela. En realidad, y tal y como afirman algunos autores, parece que está cerca el fin de la novela. ¿Coincides con esa reflexión?.

Ignacio Mtnez. de Pisón.- Yo disfruto leyendo novelas y relatos. De hecho, me resulta  imposible imaginar un mundo sin novelas. Lo del fin de la novela es una de esas profecías que cada cierto tiempo vuelven, como la gripe o los piojos en los colegios. Pero los que hacen esas profecías suelen ser gente a la que nunca le han gustado las novelas. Yo, desde luego, no pertenezco a ese club. Para mí poder leer una buena novela es lo más parecido a la felicidad.

P.-              Te hago esta pregunta, porque María bonita me ha sorprendido gratamente. En apenas ciento cincuenta páginas has condensado una historia que otros habrían contado con cincuenta, o con cuatrocientas. Sin embargo, de ahí el mérito, lo has hecho con ciento cincuenta y además consiguiendo que ni sobre ni falte una sola. ¿Nació la novela con esa estructura o la modificaste a medida que la escribías?.

I.M.P.-        Las historias van tomando poco a poco forma en tu cabeza. Luego, cuando te sientas a escribir, ya sabes si esa historia da para un cuento, una novela corta, una novela extensa. En el caso de María bonita, yo sabía que las dimensiones no podían ser otras que ésas: las de una novela corta, en la que todo tiene que funcionar como un mecanismo de relojería y en la que, por tanto, no puede faltar ni sobrar ninguna pieza. De ahí el efecto de concentración y economía narrativas que el libro transmite.

P.-              Pareces moverse con mayor comodidad en el espacio del relato o novela corta. De hecho, tus novelas adolecen, excepto Carreteras secundarias, de esa condición. ¿A que crees que es debido?.

I.M.P.-          Para mí los personajes de un relato o una novela son como invitados con los que tienes que convivir durante una temporada. Por muy buenos amigos tuyos que sean, llega un momento en que prefieres quedarte solo unos cuantos días. Por eso, los personajes de los relatos breves nunca llegan a resultar pesados, mientras que con los de las novelas necesitas tomarte un largo respiro de vez en cuando. Carreteras secundarias me costó unos tres años de trabajo, en parte por culpa de esos respiros. Ahora estoy metido en la redacción de otra novela larga, que se llamará El tiempo de las mujeres. La empecé hace tres años y todavía me quedan uno o dos más. De hecho, María bonita es producto de uno de esos "respiros".

E.P.-              ¿Te sientes heredero de algún autor en concreto?

I.M.P.-        Me siento heredero de todos los autores cuyos libros me han hecho disfrutar. Muchos de ellos son norteamericanos: Saul Bellow, Truman Capote, John Cheever.... Pero también hay muchos que escribieron en nuestro idioma. Entre mis cuentistas favoritos están por ejemplo Juan Carlos Onetti o Julio Ramón Ribeyro. De los españoles mayores, el que más me ha interesado siempre es Juan Marsé.

P.-              La tensión narrativa de María bonita no decae en ningún momento, y a mi entender consigues que no sólo se mantenga inalterable a lo largo de la novela, sino que además nos lleguemos a identificar con el personaje central, con su protagonista. ¿Cómo nació literariamente María?

I.M.P.-         María nació de una serie de conversaciones con una amiga directora de cine que me pidió ayuda para un guión que debía partir de la siguiente pregunta: ¿por qué no puede una niña elegir a sus propios padres? Luego mi amiga siguió escribiendo por su cuenta y yo por la mía, y lo que finalmente escribí tenía ya muy poco que ver con todo lo que ella y yo habíamos hablado.

P.-              Cuando comenzaste en 1984 tu andadura literaria, pocos apostaban por aquel mozalbete maño que se había alzado con el Casino de Mieres. Sin embargo, y salvo aquel Premio, no eres usted un autor de certámenes. ¿A que crees que es debido?.

I.M.P.-      La verdad es que luego sí que gané otro premio. Fue en el año 92, con una novela titulada "Nuevo plano de la ciudad secreta". El premio era el Torrente Ballester. Luego no me he vuelto a presentar a ningún premio. Creo que eso hay que dejárselo a los que empiezan, y yo ya llevo diecisiete años publicando.

P.-              Afirmas tener influencias del cine en algunas de tus novelas. ¿También María bonita es una novela cinematográfica?.

I.M.P.-      Todas mis historias parten de una inspiración que es eminentemente visual. María bonita no es ninguna excepción.

P.-              Lo que si que no puede negar es que a su manera es una novela de aprendizaje, que abarca ese periodo que va desde la niñez a la madurez, al igual que en su momento lo fue Carreteras secundarias. Este parece ser un tema recurrente en los autores de hoy en día, baste leer por ejemplo lo último que ha escrito Gustavo Martín garzo, y a su manera Angeles Caso. ¿A que crees que es debido esta coincidencia?. ¿Te parece casual?. 

I.M.P.-      Somos muchos los escritores que nunca podremos desprendernos totalmente de nuestra infancia. Bastantes de mis personajes protagonistas son niños o adolescentes. Supongo que no puedo evitar acudir de vez en cuando a mi infancia y mi adolescencia en busca de inspiración. Pero eso no quiere decir que en mis libros aparezcan muchos elementos tomados directamente de mi infancia. Si hiciera eso, si mis libros tuvieran un carácter autobiográfico, la veta se agotaría enseguida.

P.-              Ahondando en lo que te decía al principio, ¿no se podría interpretar que asistimos a una suerte de crisis de la novela, como en su día pronosticara, precisamente en 1984, Juan José Millas?.

I.M.P.-Lo que con frecuencia está en crisis no es la novela sino el  talento                de los novelistas.

P.-                 La novela se lee de un tirón, y deja al terminarla un sabor agridulce que te acompaña durante unos días. Una amiga a quien se la recomendé, me comentaba que su identificación con ella era total, pero no sabía decirme con cual personaje. Sin embargo, ese mismo sabor agridulce te hace saborear lo bueno y lo malo de la misma. Vayamos a lo malo. ¿No se cierra la historia de una forma apresurada?.

I.M.P.-       El final es tan seco y cortante como yo había imaginado desde el principio. Si lo hubiera suavizado o alargado, creo que no tendría ese efecto contundente que a mi juicio tiene.

P.-                 Y ahora vayamos a lo bueno. ¿Cómo conseguiste perfilar la sicología de la madre, ese carácter tan lleno de contradicciones?.

I.M.P.-       La madre es un personaje que procede de lo más siniestro de la posguerra. Tiene algo de bruja, porque la novela misma tiene también algo de cuento infantil, pero esa clase de brujas existen en la realidad.

P.-                  Cambiando de tercio. ¿A qué autor español sigues con  especial interés?.

I.M.P.-      Podría darte una lista bastante larga. Me limitaré a darte el nombre de un novelista que a mí me parece excelente y muy poca gente conoce: José María Conget. Quien lea, por ejemplo, su Palabras de familia se llevará una grata sorpresa.

P.-                ¿En qué estás trabajando actualmente?

I.M.P.-       En una novela que lleva por título... El tiempo de las mujeres. Ya veremos.

 

 


Luis Landero

Por

 ©Luis García 

Alburquerque 1948. Badajoz. España. En 1960 se trasladó con su familia a Madrid. Estudió Filología Hispánica en la Universidad Complutense y es profesor en la Escuela de Arte Dramático de Madrid. Tras la irrupción triunfal de Juegos de la edad tardía (Andanzas 102 y Fábula 2) en el mundo de las letras, novela que recibió el Premio Nacional y el de la Crítica en 1991, Landero trabajo 5 años en su segunda novela, Caballeros de fortuna, que le ha consagrado como uno de los mejores novelistas en lengua española. Otros libros del autor son El mágico aprendiz, Entre líneas Quince Líneas como prologuista además de autor de tres relatos hiprebreves con el seudónimo de FaroniEn preparación El Guitarrista. Sale en abril Entre líneas: El cuento de la vida.

 

Introducción.- Cuando Luis Landero publicó en 1989 Juegos de la edad tardía, yo era un estudiante de Filología que desconocía las interioridades literarias, y que miraba con respeto a cuantos como él, habían conseguido tocar el cielo con las manos. No estábamos ante un autor más, en unos momentos de renovación narrativa en nuestro país, sino ante alguien llamado con el tiempo a marcar un antes y un después en la novela. Frente a quienes afirman sin pudor la próxima muerte de la novela como género, Landero nos entrega cada cuatro años un nuevo discurso narrativo alejado de convencionalismos literarios, y nos ofrece la posibilidad de continuar soñando con nuevas entregas. Forma parte por derecho propio del selecto trío, junto a Antonio Muñoz Molina y Luis Mateo Díez, que han conseguido alzarse con una novela el mismo año con el Premio Nacional de Literatura y el Premio de la Crítica. Once años después, y cuando está cercana la aparición de su próxima novela, El guitarrista, novela marcadamente autobiográfica, jamás hubiera podido suponer que tendría la oportunidad de realizarle una entrevista. Y es que la realidad, por suerte, supera con creces  la ficción.

Hace frío esta soleada mañana de invierno, algo que se olvida cuando se tiene delante, junto a una buena taza de café, al insigne escritor.  ¿Quién es Luis Landero en realidad?. ¿Quién se oculta tras el enigmático Faroni en Juegos de la edad tardía?. Es algo que intentamos descifrar en esta entrevista. Posiblemente no se consiga, pero como entonces, siempre nos quedará París.

 Pregunta.- Antes de comenzar, una sospecha, o si lo prefiere un "cotilleo". Releyendo Juegos de la edad tardía, me encontré con un personaje cuyo nombre me resultaba familiar, que intuyo no fue tan inventado como sugiere en la novela. ¿Existe en realidad Lino Uruñuela, o fue una feliz coincidencia?.

 

Luis Landero.- Es que no es un personaje. Sencillamente es el nombre de alguien a quien conozco. Lo introduje en la novela supongo que por cambiar..., por terminar con la impostura que había creado... Un poco para quitarme el peso de la farsa que había cultivado. De todos modos el nombre salió porque me dijo Lino un día: "a ver si me metes en la novela". Yo la estaba escribiendo y hasta me dio una idea. "Puede ser que el personaje quiera cambiar de nombre" -me dije-. Y Me ayudó, vaya si me ayudó la sugerencia de Lino, porque yo quería dejar la novela abierta, y se supone que el tener otro nombre iba a propiciar esa condición.  

P.-                Augusto Faroni, alter ego del protagonista de su novela Gregorio Olías, no es sino el símbolo de su generación, como arquetipo de un modo de entender la literatura, y la vida. Pero, ¿cómo es realidad Faroni?. Quiero decir, que ya que siempre se afirma que la primera novela de un autor suele tener una fuerte carga autobiográfica, ¿sería aplicable este axioma a su caso?. 

          L.L.-                 Creo que sí. Lo que pasa que tampoco soy muy consciente de esa carga autobiográfica. Sé que la hay, que existe, pero no la he indagado, entre otras cosas porque intuyo que conecta con zonas oscuras de mi personalidad. En todo caso el supuesto carácter autobiográfico de la novela es aplicable más a mi padre, que era un hombre campesino, sencillo, y muy soñador. Tremendamente soñador y con muy buenas cualidades. Yo conservo las cartas suyas de la guerra, tenía mucha gracia escribiendo... Pero a la vez era un hombre insatisfecho y frustrado con la suerte que le había tocado vivir, ya que le hubiera gustado ser otra cosa que no fuera campesino. Yo viví toda esa frustración con una mezcla de desasosiego, que hizo que al venir a Madrid proyectase en mí todo lo que él no había podido ser. Yo creo que la personalidad de Faroni viene un poco de ahí en cuanto al componente autobiográfico. También está el fenómeno de la emigración, tanto interior como exterior, algo que por suerte o por desgracia conozco porque me tocó vivir y sufrir. Cuando veníamos en aquellos trenes de carbón de los años sesenta, toda aquella gente miserable de los campos a la búsqueda de un destino mejor...iban llenos de sueños, de ilusiones... Yo creo que viene de ahí. Pero también de mi carácter y mi capacidad de ensoñación. Cuando me imagino una cosa me la llego a creer...Un poco de todo. Hay un momento en que la historia que yo cuento, como todas las historias, a las pocas páginas son autónomas, tienen sus propias leyes y reglas.

 P.-                Pero está Faroni, él también es un soñador, un romántico... 

L.L.-               Si, claro. Gregorio Olías es un individuo que no ha acabado el bachiller, que se ha educado en el romanticismo, Lord Byron, Espronceda, el cine de Holliwod, y  es un individuo que crea a Faroni con una serie de tópicos. Como yo en mi infancia y juventud, no tiene amigos leídos. Como él en la novela, mis amigos eran el aprendiz de un taller mecánico, gente muy de la calle... Y un poco esa imagen romántica que nos creamos en nuestra adolescencia derivó en el Faroni soñador de la obra. Pero claro, luego con toda la ironía de un individuo con casi cuarenta años que ha leído bastante, y que se distancia de su pasado.   

P.                 La literatura no es sino una forma de carrera de obstáculos. Así es como a mí me gusta verla. Pero, ¿qué le indujo a ser tan persistente con Juegos de la edad tardía, sabiendo que lo único que provocaba en las Editoriales eran rechazo y  buenas palabras?. 

L.L.-               No, eso no es exactamente cierto. Hay mucha leyenda sobre ese asunto. En realidad la novela sólo fue rechazada en una ocasión, y además yo lo supe después de que se publicase.   

P.-                Faroni, cual mediático Quijote, dio lo mejor y lo peor de sí mismo, y por extensión más de lo que en un principio se pudiera esperar de él. ¿Imaginó en alguna ocasión que su estela pudiera llegar a que un Círculo Cultural llevara su nombre?.  

L.L.-               Jamás. ¡Cómo iba a poder suponerlo!. Cuando me escribieron y me contaron lo del Circulo me llenó de satisfacción, porque me puso un poco en la pista de cómo me gustaría que se leyese la novela. Reduciendo la distancia entre la literatura y la vida. Lo del Círculo fue un modo de certificar esa idea que yo siempre mantuve al respecto. Algo así.  

P.                 Le digo esto porque me consta que muchos de sus lectores lo fueron a partir de haber leído Quince líneas, la selección de microrrelatos que publicó El Círculo en Tusquets, y donde precisamente, Faroni reaparecía con algunos de ellos.       

L.L.                 ¿Es eso cierto?. Pues no se si me halaga o... No, lo cierto es que yo estoy muy contento tanto con el Círculo y la labor que está desarrollando como con el hecho de que Faroni se haya universalizado.  

P.                 ¿Sintió en algún momento el vértigo del escritor tras su primera novela, la sensación que lo que quería contar ya lo había hecho en su primera novela?. 

L.L. Muchas veces. La presión de escribir una segunda novela es tremenda, sobretodo después de que la primera haya sido un éxito. Sientes pánico, expectación, pero se supera rápidamente. Si, es probable que sí. 

P.                 Uno, a medida que sigue su carrera, a usted y a otros de su generación, tiene la sensación de estar ante un autor de culto, que ha conseguido con tan sólo tres novelas lo que otros han necesitado con más tiempo. ¿A que crees que es debido?. 

L.L.                 ¿De culto?. Yo creo que no lo soy. Eso de ser un escritor de culto está reservado para aquellos minoritarios pero admirados, y bueno, yo no se si soy un autor admirado, pero desde luego no soy minoritario. Yo vendo multitud de ejemplares. 

P.                 Pero la literatura de culto es un poco la perfecta simbiosis entre autor y lector. Sin embargo, a mi entender, aún le falta para doctorarse un libro de relatos cortos (para mí el género literario por excelencia) que estoy seguro tendrá guardado en un cajón. ¿Para cuando?. 

L.L.                 Bueno, el relato corto me gusta, pero yo soy mas un constructor de mundos novelescos, y mientras estos existan y tenga fuerzas  quiero aprovecharlos.  

P.                  ¿Corriges mucho los textos?

 

L.L. Cada vez menos. Cada vez me importa menos el estilo y mas la sinceridad. O por decirlo de otro modo, me importan los logros estéticos a largo plazo. No me interesa la página perfecta, no me interesa el brillo, el hallazgo parcial de una metáfora, de una imagen de un adjetivo. Eso no es nada comparado con el de un capítulo. Los hallazgos parciales no son nada, son cabrilleos, brillos de los cuales huyo y a veces los encuentro y los tacho. 

P. Decía Saramago que tenemos que aprender a escribir sin adjetivos. ¿Compartes esa idea?. 

L.L. Bueno, sin adjetivos... Para aprender a escribir sin adjetivos hay que haber escrito con ellos previamente Yo nunca fui un autor recargado ni mucho menos, siempre huí del barroquismo, es cierto. Pero se puede ser sencillo y falso, entendiendo por sencillo la escasez de adjetivos, y se puede ser barroco y verdadero. Alejo Carpentier, que me parece un novelista extraordinario es un ejemplo de esto. En él ni sobra ni falta una palabra, un adjetivo... Es un autor auténtico. Y hay otros, supuestamente sencillos que... mejor se dedicaban a otro oficio. La sencillez no es garantía de nada. No se trata tanto de buscar y encontrar la sencillez como la esencialidad.. La esencialidad se puede expresar de un modo barroco, conceptista... 

P. Mendoza vaticinó hace algún tiempo el fin de la novela. ¿Crees que en estos tiempos tan agitados que vivimos, se tiende hacia una literatura de consumo, más rápida? 

L.L. Hace tanto que se viene vaticinando... Probablemente sí. Es posible que se esté dando un regreso hacia la reflexión, y hacia tareas... mas demoradas.  Pero también es posible que se esté generando una reacción contra toda esta prisa... la mayor parte vacía de contenido. Yo no soy muy optimista respecto al futuro de la novela, pero no por los tiempos sino por la ruptura que ha habido con el pasado. Se han roto amarras con el pasado. Amarras de gran calado. La tradición fundamentalmente era la escuela, la Universidad, el mundo académico en general...  No hay más que hablar con un profesor de la ESO para darse cuenta de esa ruptura de amarras. Lo que había era un poco el contar por el contar. Ese tejido narrativo que formaba el barrio, la gente. El contar de padres a hijos. Todo eso de lo que hablan muchos filósofos, Walter Benjamin por ejemplo habla de ello... Y de algún modo eso era un vínculo con el pasado, con la tradición. La gente hablaba, y mantenía en la memoria colectiva “el recuerdo de”..., y había la conciencia de un pasado. Y todo eso se ha roto. De manera que ahora hay una ruptura enorme. Y lo que tenemos es una vocación suicida de vivir el presente. Está muy bien vivir el presente, eso se viene diciendo desde Petrarca....  

P.-                Carpe diem... 

L.L. Sí, “carpe diem”, lo que pasa es que ahora ya no es vivir el presente, es devorar el presente, consumir el presente... 

P.                 ¿Qué nos puede adelantar de Vacía invención?. ¿Para cuando estará en las librerías?. 

L.L.                 Bueno, en realidad se trata del libro Entre líneas ya publicado, al que le he añadido algunos artículos. Lo de Vacía invención es un recurso muy común que se utiliza cuando aún no está el título definido.  

P.                 Una vez, un amigo también escritor, le recordaba por una conferencia que había pronunciado en la Universidad de Oviedo bajo el título de El laberinto de papel. En ella aludía a un viaje poético-musical por diferentes universidades de EEUU recitando a Federico García Lorca. ¿Es cierto que en dicho viaje una estudiante norteamericana le confundió con el propio Federico, en la creencia de que era éste un poeta contemporáneo?. 

L.L.                 Sí, es cierto, Totalmente cierto. 

P.                 Y ya que hablamos de aquel país, ¿cómo fue su experiencia de profesor?. 

L.L.                 Pues al principio me sentí sólo, muy sólo. Un poco como en la mili. ¿Quién me ha mandado venir aquí, me decía. Porque a la mili te obligan, pero aquí... Pero después recogí el aire, la soledad, y al final lo pasé bien. Escribía, paseaba, iba a Nueva York, la ciudad que mas me gusta del mundo... Y no estuvo mal la experiencia al final. 

P.                        ¿Cómo eran sus estudiantes?. 

L.L.                 La ciudad se notaba que había sido rica, muy rica, pero estaba en plena decadencia postindustrial. Se veían las fábricas abandonadas, vacías, y en el centro de todo esto estaba la Universidad de Yale. ¿Los estudiantes?. Que te voy a contar. Eran los mejores estudiantes de EEUU, que no es poco.  Por un lado les daba clase a los postgraduados, que eran filólogos, y ya se sabe que los filólogos son iguales en todas partes del mundo. Están pervertidos por la interpretación literaria, y en general por la falsedad cultural actual. Y luego estaba otro grupo de alumnos que eran físicos, matemáticos... Eran gente muy lista, muy inteligente, que comentaban a Lorca, a Buñuel, desde un punto de vista desprejuiciado con total inocencia. Y es precisamente esa falta de prejuicios lo que crea figuras tremendas. Y cuando el talento se cruzaba con la falta de prejuicios, los alumnos desarrollaban unos tipos de comentarios absolutamente renovadores y lo más importante, muy frescos.                       

P.                 ¿Qué novelas recuerdas con especial cariño?. ¿Las que mas te han marcado en tu formación como escritor y lector?. 

L.L.                 Mira, una novela que a mí me emociona profundamente es El Gran Gastby. Me llega al fondo del alma. Me parece que es pura poesía. Posiblemente haya  otras novelas que me gusten más, pero desde otro punto de vista. No se... El Gran Gastby la habré leído... infinidad de veces. Es una novela mágica, que la termino y la vuelvo a comenzar. Te puedo asegurar que me la sé de memoria, y esta no es una frase hecha. Además, es una novela que me apasiona por... 

P.                 ... por el lenguaje, por el personaje, por la estructura... 

L.L.                 Si, por todo eso. Y por la estructura, claro. Por como está escrita, con esos materiales tan leves, tan efervescentes, que hacen que parezca que la novela va a desaparecer en cualquier momento como la niebla... Y sin embargo se rehace una y otra vez. También está el tono, y yo cuando hablo del tono de una novela siempre habló del Gran Gastby como ejemplo de tono sutil. Con una distancia, una ironía, pero con una fuerza sentimental extraordinaria. Y a la vez que con la ironía, con una actitud intelectual por parte del narrador... testigo, tremenda. Porque el que escribe es testigo. Escribe en primera persona pero no cuenta su vida sino la vida de otro, de Gatsby.  Y nunca abandona esa distancia, una distancia melancólica, desengañada, y es en esa distancia de melancolía y desengaño donde reside el secreto del tono. Es muy difícil conseguir eso.  También, ya que hablamos de novelas que me hayan emocionado especialmente, alguna de  Faulkner como Luz de Agosto y El Villorrio. Para mí son sus dos mejores novelas. También Mientras agonizo, aunque esta es un poco tramposa. Hay demasiados silencios, demasiadas elusiones... 

P. A quien si que le gustaba es a García Márquez? 

L.L.-               ¿A García Márquez?. De todos modos a mí Márquez me gustó mucho en su tiempo, pero cada vez me atrae menos. Digamos que no es de mis preferidos. 

P. Retomando una respuesta tuya anterior, ¿qué es exactamente un mundo novelesco?. 

 L.L.-                        Es cuando de pronto sientes que algo empieza a funcionar como un motor. Funcionan las bielas, el cigüeñal, responde el freno y entonces... aparecen los personajes, aparecen las situaciones, aparecen los olores, el tiempo, el ambiente, el espacio... Eso es un mundo novelesco. En realidad es un trozo de vida, un enorme pedazo de vida que te atrae. El cuento no. El cuento generalmente es un matiz, una sola cosa que de pronto es como un remolino. 

P.                 ¿No es un trozo de vida el cuento? 

L.L.                 Sí, por supuesto que sí. Pero el cuento está muy definido por el contorno. Es como un disparo que no puedes fallar. En la novela disparas varias veces y no importa que falles en alguna ocasión. El mundo de la novela es un mundo de libertad, es un mundo de desestructuración. Es un mundo que no requiere la intensidad del cuento.  El cuento tiene que ser muy intenso, como un arco en tensión para que la flecha salga... En tanto que la novela no requiere esa tensión. Es un mundo mas largo. 

P.                 Y ya para terminar, ¿puede adelantarnos de que trata su próxima         novela?. 

Bueno, lleva por título, en principio, El guitarrista, y espero acabarla relativamente pronto. Esta sí que va a ser una novela remotamente autobiográfica, porque parte de experiencias muy mías, que yo viví... pero enseguida la historia adquiere autonomía. No es exactamente la historia de un guitarrista, pero si    que es verdad que esa semblanza cruza toda la novela. Es decir, está escrita en primera persona y trata de un hombre que se hace guitarrista... pero mejor no hablar mucho de ella. Sólo diré que parte de experiencias muy mías, pero enseguida adquiere autonomía. En esa medida va de la vida a la literatura. Como a mí me gusta.