ENTREVISTAS 2000 -2002



Lorenzo Silva

Por

  ©Luis García 

Lorenzo Silva. Madrid 1966. Ha sido proclamado ganador del Premio Nadal 2000 con El alquimista impaciente. En 1997 quedó finalista del mismo premio con La flaqueza del bolchevique. Es autor también de algunas obras para el público juvenil, y de las novelas La sustancia interior, El lejano país de los estanques, con la que obtuvo el premio Ojo crítico en la modalidad de narrativa, El ángel oculto y El urinario. Autor de Del Rif al Yebalà. Viaje al sueño y a la pesadilla de Marruecos (Destino, 2001). Más información en su página personal www.lorenzo-silva.com 

 

lorenzo silva

 

Introducción.-  Es Lorenzo Silva, Premio Nadal 2000 por su novela El alquimista impaciente, el creador de una de las parejas de investigadores mas castizas y peculiares de cuantas se hayan podido dar en los últimos años. El sargento Bevilacqua y la Guardia Chamorro, que ya van por su segunda entrega, dan lo mejor y lo peor del Cuerpo e inevitablemente de quien les procuró la vida (literaria). Falta hacía que la renovación de las letras alcanzase al género negro, uno de los mas denostados y menos valorados de la literatura. Y aunque no hay mal que cien años dure, que para eso se encarga la Semana Negra de Gijón, Lorenzo Silva lleva camino de convertirse en un clásico. El tiempo lo dirá. 

Luis García.-            Empecemos por el principio. ¿Cómo ha visto la             Semana Negra de Gijón 2001?. 

Lorenzo Silva.- La he visto interesante y alocada, como de costumbre. Creo que son sus dos rasgos distintivos. Interesante por la variedad de los escritores invitados (desde el guionista de Theo Angelopoulos hasta un ex militar argelino, pasando por un policía antimafia siciliano en activo). Alocada porque la semana parece siempre un caos, aunque quizá lo sea más aparente que real.   

 L.G.-   Se lo pregunta porque me consta que existe mucho "purista" que la encuentra un tanto... prostituida y desvirtuada de sus orígenes. 

L.S.-             Siempre me han importado un bledo los puristas, con perdón. La vida es bastarda. 

L.G.-   El lejano jardín de los estanques, El alquimista impaciente.... ¿Cómo nació la pareja protagonista?. Quiero decir, ¿qué le hizo a usted fijarse en dos tricornios como arquetipo de investigador hispano?. 

L.S.-    En primer lugar, la lógica. El primer crimen que seme ocurrió sucedía en una zona rural. La policía legalmente encargada de eso es la Guardia Civil. Después por dificultad y novedad: a ningún escritor español (salvo quizá, Aldecoa) le había dado por escribir de guardias civiles más que para denigrarlos. Y tercero, por interés: un cuerpo jerarquizado, militar, en el que acaba de entrar la mujer, y que lidia con los asuntos que lidia, es una fuente inagotable de situaciones novelescas. 

L.G.-            ¿Entraba en sus planes el ganar el Nadal con una novela negra?. 

L.S.-    En mis planes nunca entró nada más que escribir, y en eso llevo ya más de veinte años. Pero ¿por qué no podía ser? La novela negra, o policial, o de misterio, o como quieran llamarla, puede ser tan digna como cualquier otra. Como decía Raymond Chandler, depende del escritor y de lo que tenga adentro para escribir. 

L.G.-   Porque no es precisamente un Certamen que premio ese tipo de novela... 

L.S.-    Pues no, pero tampoco soy el primero. Ya lo ganó García Pavón con "Las hemranas coloradas", una novela de su detective Plinio, hace mucho tiempo. 

L.G.-            Sorprende la frescura de su narrativa, de sus diálogos, aunque por otra parte muchos otros lo ven mas como un defecto que como una virtud. ¿Cree que está el género negro infravalorado?. 

L.S.-             Infravalorado, depende por quién. Por los críticos ceñudos, tal vez. Por los lectores, no lo creo. Mis novelas policíacas son con mucha diferencia las que más lectores han conseguido. Me interesan naturalmente otras historias, y por eso las escribo, pero no puedo dejar de constatar lo que es un hecho. Y visto ese hecho, lo de los ceñudos se vuelve bastante irrelevante. Y si alguno cree que la frescura es un problema, bueno, hay mucha literatura polvorienta en la que zambullirse. Cada uno debe buscar su inclinación. 

L.G.-   Y son asimismo novelas muy cinematográficas. De hecho se van a llevar al cine y está usted colaborando en los guiones. ¿Le atrae ese mundo?. 

L.S.-    ¿A quién no le atrae el cine? O dicho de otro modo: ¿A quién, interesado por la narración, puede no atraerle la forma en la que se cuenta hoy historias al mayor número de personas? En todo caso, acepto que son dos mundos diferentes, y el mío es el de la literatura. Asisto con curiosidad a estas películas, y mi excursión como coguionista de una de ellas es un experimento personal que me apeteció hacer (y quizá me apetezca repetir), pero no quiere decir que vaya a cambiar mis prioridades creativas. 

L.G.- ¿Cuáles son los referentes literarios de Lorenzo Silva, que seguro tendrá?. 

L.S.-    Alguno tengo, sí. No por haber escrito algunas novelas policiacas soy analfabeto, como algunos deben de creer. No quiero aburrir a nadie con listas largas u obvias: puedes citar a Kafka, Chandler, Proust, Sender, Stendhal, Sabato, Conrad, etcétera. 

L.G.-               ¿Le ayuda su verdadera profesión (abogado) a la hora de escribir sus novelas, o es de los que se definen como abogado en sus ratos libres?. 

L.S.- Mi verdadera profesión es la de escritor. Durante mucho tiempo, sin perjuicio de lo anterior, me he ganado la vida como abogado, y eso me ha ayudado mucho en varios sentidos. Siempre he escrito lo que creía que debía escribir. No he escrito una sola línea por dinero en toda mi vida. Y creo que eso es un privilegio. Por otra parte, tener una profesión en el "mundo real" me ha protegido del ensimismamiento estúpido al que a veces puede conducir la exclusiva dedicación a la literatura. 

L.G.- Siempre mantuve que el género negro, junto con el cómic, era uno de los más adecuados para incentivar a la lectura a una juventud excesivamente dependiente del videojuego y de la televisión. Sin embargo, ¿a que cree que se debe ese desinterés de las Editoriales por el género?. 

L.S.- Estoy de acuerdo en que el género negro, por su amenidad y por el recurso de la intriga, es ideal para estimular la lectura. Y no sólo de la juventud. Yo no sé si hay desinterés de las editoriales por el género. Si tomo mi caso, no he percibido ese desinterés respecto de mis novelas policiacas. Creo que lo que no hay es un interés organizado e institucionalizado, tipo Série Noir en Francia. Pero no sé si eso es bueno o si es una etiqueta artificial que propicia la inercia escritora y editorial. 

L.G.- ¿Ayudó la Semana Negra de Gijón a dignificar el género?. 

L.S.- Ayudó a difundirlo, a propiciar que se hablara de él en serio, y no con condescendencia. Por lo demás, a dignificarlo ayudan los buenos libros, que los hay. 

L.G.- ¿Para cuando la tercera entrega de la serie?. 

L.S.- Sin prisa, esto no es ni quiere ser una fábrica de churros. Escribí la primera novela en el 95, la segunda en el 99, y creo que hay que dejar que madure una idea diferente, que los personajes evolucionen. Es posible que el año que viene esté la cosa madura y pueda salir una tercera. Estoy en ello. Pero quiero que sorprenda, no quiero reeditar lo ya hecho en busca de los frutos inmediatos. No me importa mucho la gloria literaria, que sus expendedores la administren como mejor les parezca, pero sí quisiera que el lector que ya lo es, y los nuevos, percibieran que en el empeño, dure los años y los libros que dure, hay honestidad, rigor y respeto hacia ellos.  

L.G.- Leyendo El nombre de los nuestros, su última obra publicada, sorprende la variación del registro utilizado, así como el conocimiento de una de las épocas mas olvidadas de la historia de España. ¿Cómo nació la novela?. ¿Cuál fue su génesis?. 

L.S.- Es que yo no creo que un escritor deba tener un registro. Cada historia tiene su registro, y el escritor debe adaptarse a ella, y no a la inversa. A mí me aburren los escritores que suenan igual cuando cuentan una historia de gángsteres o una expedición al Kilimanjaro;  esos que pretenden imponer su sonsonete más que servir con lealtad y eficacia a la historia que cuentan. La novela nació hace muchos años, cuando mi abuelo, veterano de la guerra de África, le contó a su hijo, que era mi padre y todavía un niño, muchas de las cosas que allí vivió. Luego esas historias me llegaron a mí, también de niño, en parte a través de mi propio abuelo pero sobre todo a través de mi padre. De ahí nació el interés. Luego estudié y leí todo lo que pude y busqué la historia concreta para esta novela. Sin prisa, a lo largo de muchos años. Era una deuda demasiado importante con los míos como para improvisar las cosas. 

L.G.- Usted, como hijo y nieto de militares que es, ¿se sintió en algún momento condicionado por ello a la hora de elaborarla?. 

L.S.- Me sentí favorecido. Mi padre nunca me inculcó un respeto reverencial por nada, sino una visión crítica de las cosas, basada en el razonamiento y en la exigencia ética. Eso quiere decir que no me cuesta nada criticar lo mucho que de criticable tenía aquel ejército. Pero por otra parte, tener militares en la familia me permite conocerlos mejor, y sobre todo, no participar de la visión a veces un poco simplista que se tiene de ellos. El ejército no es un monolito. Hay una razonable biodiversidad dentro de él.  

L.G.- Es una novela dura, que arranca con un hecho dramático que sorprende por su crudeza. ¿Se la podría considerar antibelicista?. 

L.S.- ¿Qué imbécil puede contar una guerra y dejar de deplorarla? 

LG.- ¿Cómo eligió a los personajes?. 

L.S.- No diré que me eligieron ellos a mí, pero casi. Son representativos de los españoles de aquel tiempo y de los que allí fueron enviados. El sargento Molina representa la extracción de mi abuelo, por ejemplo, un campesino andaluz enviado allí a la fuerza y que por razones probablemente inexplicables decide quedarse. Otros representan a los oficiales, a quienes siguieron siendo hostiles a quienes los mandaban mientras empuñaban el fusil y luchaban sólo por su vida, a los héroes, a los cobardes, incluso a los miserables que sacaban tajada de aquello. Quise que todos tuvieran voz. 

L.G.- También se ha introducido en la novela juvenil. ¿Cómo se encuentra en ese terreno?. 

L.S.- Me encuentro extraordinariamente a gusto. Los jóvenes son magníficos lectores, no sólo generosos, sino también intensos y profundos. Se los conoce poco, y se hace poco por conocerlos. Cuando sales a su encuentro, y cuando sienten que no los defraudas ni intentas utilizarlos, sino que te los tomas en serio, responden siempre. 

L.G.- ¿Para cuando un libro de relatos, que seguro que tendrá guardado en algún cajón?. 

L.S.- Tengo relatos guardados en el cajón. Pero no me considero un buen cuentista. Sólo practico el relato corto por compromiso, y con esto quiero decir cuando me ofrecen alguna historia interesante por algún motivo particular o me lo pide un amigo. Por eso soy escéptico respecto de la conveniencia de publicar ese libro de relatos, aunque incluso tengo un título para él. Lleva mucho tiempo durmiendo en el cajón, creciendo lentamente, y puede que siga todavía bastante tiempo ahí.  Quizá para siempre.

 


 

José Maria Guelbenzu

Por

  ©Luis García 

Madrid 14 de Abril de 1944. Estudios universitarios de Derecho y Dirección de Empresas, que abandonó en 1964. Trabajó en la revista Cuadernos para el Diálogo y como jefe de producción de la editorial. Codirector de cineclub Imagen, comenzó a colaborar en diversos periódicos y evistas literarias. En 1967 fue finalista del Premio Biblioteca Breve con El Mercurio, su primera novela. Ha publicado hasta la fecha diez novelas, La noche en casa (1977), El esperado (1984), La mirada (1987), La tierra prometida (1991, Premio Plaza & Janés), El sentimiento (1995) y Un peso en el mundo (Alfaguara, 1999), El río de la luna fue galardonada con el Premio de la Crítica 1981 y La Tierra Prometida (Alfaguara, 2001).

 

 

Introducción.-                       Es José María Guelbenzu un autor que inspira el respeto de un profesor. Quizás sea su académico porte (recortada barba incluida) lo que le confiere ese aspecto de hombre ilustrado recién salido de algún manual de historia. Autor de una extensa obra literaria que iniciara con El Mercurio en 1968, novela que habría de quedar finalista el año anterior en el Premio Biblioteca Breve, no se puede decir que goce del fervor popular de otros colegas. No es un asiduo de los saraos ni de las tertulias literarias, y como otros, generalmente los grandes, prefiere quedarse en un segundo plano y demostrar su talento escribiendo. Si que es cierto que puede que no resulte un escritor fácil de leer, ya que une a su cripticismo un bagaje de novelista experimental que poco o nada ayuda a popularizar su obra. No importa. Fiel a su esquema, han tenido que pasar casi treinta años y varias novelas para que se le reconociera en la arena aquello que ya se le había otorgado en otros foros. La novela Un peso en el mundo pasará a la historia, a su pequeña historia, como la del definitivo pistoletazo de salida de un escritor con oficio que seguro aún tiene mucho que contar.

 Luis García .- José María Guelbenzu, un nombre propio dentro de la narrativa española de los últimos años, y sin embargo un perfecto desconocido, salvando a cuatro puristas, hasta que publicara en 1999 la novela Un peso en el mundo. ¿Por qué es tan cruel a menudo el mundo de la farándula literaria?. No se entiende muy bien, porque creo recordar que usted ya se había alzado con el Premio Plaza y Janes...

 José María Guelbenzu.-            Creo que exagera usted un poco con ese salto tan fulminante. De hecho hay muchas más ediciones de otros libros míos que de Un peso en el mundo. No puedo considerar la idea de crueldad en el trato porque no es mi caso, no la he sentido nunca; estupidez, sí; crueldad, no. En fin, en todo caso creo que debemos diferenciar entre popularidad y éxito; y lo mismo que hay éxitos populares, yo le diría que Un peso en el mundo ha sido un éxito no-popular en la misma medida que lo fue en su día El río de la luna.

                                              

P..-                     Leí su novela Un peso en el mundo con el escepticismo de quien desconoce su obra anterior (tan sólo la conocía a ella y usted de referencias, y de la Escuela de Letras de Madrid) y la sorpresa que me causó fue proporcional a la polvareda que levantó en todos los círculos literarios de este país. ¿Sintió que por fin alcanzaba aquello que se le había negado durante tanto tiempo?. El ser un escritor público, la fama...,

 J.M.G.-                   Yo lo único que deseo alcanzar es un libro, un solo libro, del que me quede satisfecho; y aún no lo he conseguido. El resto me resulta indiferente. Pero le voy a recordar una frase de José Lezama Lima que para mí ha sido una regla de oro y de prevención. Le preguntaron, tras el éxito de Paradiso, qué era lo que sentía ahora, como famoso; y Lezama contestó: “Como soporté la indiferencia con total dignidad, soporto la fama con total indiferencia

 P..                        Hay una frase en la novela, que a mi juicio es demoledora, de esas susceptibles de convertirse en máximas. "Si no puedes cambiar el mundo, entonces cambia de conversación". ¿Hasta que punto se identifica con ella?.

J.M.G..-                   Prefiero no identificarme con ella; es una frase cínica, lúcida y amarga. Es la frase de alguien que, vencido, al menos no se resigna a perder el humor ni la lucidez. Yo todavía no me he dejado derrotar

 P..-                      1968 es para usted un año mágico: Acababa de quedar finalista del Premio Biblioteca Breve con El mercurio (le superó Carlos Fuentes con Cambio de piel). Era El mercurio una novela nueva (vanguardista se diría ahora) que enlazaba con Tiempo de silencio de Luis Martín Santos y que aventuraba una regeneración literaria que llegaría mas tarde junto a otros autores como Félix de Azua o Javier Marías. ¿Cómo se ve esa su primer obra ahora desde la distancia?.

 J.M.G.-            Como la obra de un escritor que lo que prometía con ella aún no ha sido capaz de cumplirlo. Pero, aparte de eso –las expectativas siempre son más generosas que la realidad- la recuerdo como un momento mágico, maravilloso, irrepetible, porque en esa escritura y en su entorno había una ingenuidad tan generosa como el acto mismo de la creación. Y una ilusión semejante a la de Sir Perceval cuando llegó a Camelot.

  P..-                      Salvando algunos títulos de transición,      La noche en casa, El esperado y La tierra prometida aventuraban su primer éxito, pequeño pero éxito, con El río de la luna, novela con la que ganaría el Premio de la Crítica. Ahora que aprovechando el tirón de Un peso en el mundo comienzan a reeditarse estas novelas, ¿no siente la tentación de rescribir alguna de ellas?.

J.M.G..-            Es imposible reescribir una novela. Es posible escribirla de nuevo, pero no reescribirla. En todo caso, a mí, en cuanto a mi obra de creación, sólo me interesa lo que está por delante. Lo que sí he hecho es ir fijando ediciones definitivas, que contienen correcciones y ajustes que en nada alteran la novela en sí, de El mercurio, El río de la luna y La tierra prometida.  Para volver a escribir una novela tendría que concebirla de nuevo y eso sería siempre otra novela: entonces, sí; entonces lo haría.

P..-                    Siempre se ha sentido admirador de la obra de Juan Benet, a quien considera como uno de los "grandes" narradores españoles de este siglo. ¿Cuál fue su gran aportación a la literatura española?.

 J.M.G..-            Juan Benet fue, ante todo, algo que se ha perdido en parte con su muerte: fue un referente para la narrativa española; el único novelista que, en su escritura, no estaba preso del mal del encierro, de la autarquía (también la literaria) en que desgraciadamente vivía España, lo cual quiere decir que pudo ser un ejemplo y una referencia desde el castellano para quienes vinimos detrás, pues al fin disponíamos de un gran autor no necesariamente extranjero ni necesariamente latinoamericano que podía medirse con la mejor literatura de nuestro tiempo. Además, no ha habido nadie que haya unido cultura y escritura en una misma persona como lo hizo él. Y, por fin, hizo entrar en España, no por la vía de la traducción sino de la lengua castellana misma, a dos figuras seminales de la literatura moderna como son Proust y Faulkner, perfectamente asimilados en su propia escritura. 

 P.-                       Si eso es así, ¿por qué fue tan maltratado por la crítica?. ¿O cuando menos relegado a un segundo puesto?.

 J.M.G..-            Porque la crítica en España es mayoritariamente naturalista y está incapacitada para entender un texto de Benet o de cualquier otro escritor posterior al naturalismo y que no sea un mero imitador de éste. El crítico, por lo general,. prefiere insultar, despreciar o rebajar lo que no comprende, como le ocurre a cualquier bruto. El criterio de la mayoría de los críticos es: “lo bueno es lo que yo entiendo”. Como la literatura española es de lo más naturalista en general, pues disfrutan muchísimo los unos con los otros y se exasperan ante quien venga a romper el idilio.

 

P.-                      ¿Qué novela suya rescataría e impondría como lectura obligatoria a los bachilleres de este país?.

 J.M.G..-            ¿Imponer?. No me creerá usted capaz de eso...  Yo estaría dispuesto a enseñar a leer a cualquiera que lo deseara, siempre que me den un aula y me paguen, claro está. Y entonces no tendría que imponer nada, no sería necesario. Tengo bastante experiencia en este asunto. Leer es un problema de curiosidad, disciplina y concentración; y no es difícil engancharse a ese esfuerzo si la oferta es capaz de mostrar sus encantos. El problema es cómo hacer el enganche y, créame, no será leyendo cosas obligadas; es más: yo empezaría haciéndoles escribir para poder explicarles cómo escriben; no cómo se  escribe, sino cómo escriben ellos.

 P.-                        Usted, fue novelista a la par que editor. Si conjugamos ambas facetas con la de lector, se produce un cóctel de impredecibles consecuencias. ¿Cómo se conjugan las tres profesiones?. Se lo pregunto porque salvando las distancias, cuando un escritor se mete a editor es un poco como un jugador de fútbol que se mete a entrenador, y combina las dos profesiones, algo que está muy de moda últimamente, creando una imagen nueva dentro del deporte. Pero uno siempre se pregunta dónde termina el entrenador / figura y comienza el futbolista / figura.

Porque de profesiones estamos hablando.

J.M.G..-            Leer no es una profesión, al menos para mí, de manera que quedan dos. Y la solución es fácil: ¿Ha leído usted “Dr. Jekyll y Mr. Hyde”?. Pues sólo le queda adivinar quién es el editor y quién el autor.

P.-                   Y cuando se disponía a leer un manuscrito,a valorar su futura publicación, ¿el ser escritor, novelista en su caso, le confería cierta ventaja a la hora de rechazarlo o aceptarlo?.

 J.M.G..-            Un buen editor no es más que alguien con criterio suficiente como para rodearse de buenos lectores, ayudantes, directores de colección y colaboradores. Yo tuve, entrené y exigí a lectores muy variados y sólo tomaba las decisiones cuando, tras la o las lecturas previas, leía yo el manuscrito o el libro de que se tratase. Quiero decir que lo que llegaba a mis manos estaba ya trabajado, por eso la importancia del equipo. En algunos casos ni leía los libros porque ya sabía lo que eran y significaban y por qué los buscaba. Un editor se ocupa de crear un proyecto cultural y una imagen que lo represente. En todo caso, le recuerdo que yo fui, sobre todo, editor de ensayo en Taurus. Mi incursión en la literatura, al frente de Alfaguara, fue sólo de cinco años.

 P..-                      También estuvo vinculado en sus inicios con la Escuela de Letras de Madrid junto a Alejandro Gándara, Juan José Millas, etc. ¿Cómo fue su experiencia como "profesor"?.

 J.M.G..-       Buena mientras tuvo sentido el proyecto pedagógico.Luego lo dejé.

 P..-               Cuando un novelista como es su caso, se transforma en lector, que                       seguro que lo hará en algunos momentos, ¿le resulta complicado el                        metamorfosearse?.

 J.M.G..-           No. ¿Por qué?. Es como si me dijera que un director de cine sufre alguna especie de transformación al ir al cine. O que Duke Ellington tenía que hacer violencia sobre sí mismo para escuchar a Woody Herman. Para mía son dos operaciones perfectamente diferenciadas.

 P..-                 Usted es autor de novelas sobremanera, es decir, no suele escribir, o al menos publicar, relato corto. Dice Luis Landero, otro gran novelista que tampoco se prodiga en el relato corto, que esto es debido a que é es un autor de mundos novelescos. ¿Es ese su caso?.

 J.M.G..-            En efecto; cuando tengo una idea –y no creo que vaya a tener muchas a largo de mi vida- prefiero aprovecharla para una novela. Pero, hablando en serio: yo creo que una novela es la representación literaria de una idea, de una idea poética, se entiende. Una regla de oro de la novela es que en ella debe de haber pensamiento “pero no se le debe notar”. Y cuando hablo de una idea poética me refiero, por tanto, a aquella que se manifiesta por medio de una imagen sugerente y abarcadora, no de un discurso lógico. En cuanto a la representación, pues, para mí, es algo que necesita espacio y desarrollo. Yo no sé escribir cuentos; quizá algún día aprenda, cuando me canse de escribir novelas. Pero los leo con mucho gusto. 

 P.-                 ¿Tiene algo de autobiográfico Un peso en el mundo?.

 J.M.G..-         Procuro huir de lo autobiográfico porque no me considero especialmente interesante. Lo que sí habrá, como en cualquier otro escritor desde que la escritura es la escritura, es el trabajo sobre dos experiencias: la experiencia personal de lo real  y la experiencia literaria

 P.-                No es España, aunque lo parezca, un país de tradición novelesca, al menos como se entendía  en el siglo XIX y comienzos del XX en Inglaterra y Francia. ¿A que cree que es debido?. Porque salvando dos períodos (la Generación del 27 y El Grupo poético de los 50) tampoco se puede afirmar que esto fuese debido a que estuviésemos volcados en la poesía o en el teatro.

J.M.G..-            No hay tradición novelesca y si hay tradición literaria. No hablo de mejor o peor literatura sino de tradición. ¿Por qué no hay novelas?. Yo creo que porque se consideraba un género poco noble en un país de analfabetos. Al menos la poesía y  el teatro poseían la oralidad; la novela, no. En fin, que no compensaba escribir novela. Y luego hay otras muchas razones que sería pesado de exponer para mí y tarea mucho más fácil para un buen historiador de la literatura.

P.-                Volviendo a Un peso en el mundo, he de reconocer que su lectura me ha reconfortado como pocas novelas lo habían hecho en los últimos años. Ese conflicto que se plasma desde el principio, el inesperado desenlace... ¿Para cuando tiene previsto presentar una nueva obra?.

 J.M.G..-            Creo que en este mes de Septiembre aparece una nueva novela bajo el título No acosen al asesino. Es una novela policiaca “a la inglesa”, que es un género que me enseño a leer después de los primeros escarceos con Salgari, el capitán Gilson y Richmal Crompton, y que me enseñó mucho sobre el arte de escribir. Es un homenaje que espero que no desluzca los originales. Es también en libro escrito entre medias de un proyecto muy ambicioso del que llevo la escrita una tercera parte.

 P.-                  Y ya que hablamos de esta novela, tengo la impresión de que estuvo mejor tratada por la crítica que por los lectores. No era fácil verla en las listas de las obras mas vendidas. ¿Siente alguna frustración saberse autor de una pequeña obra maestra, y que se vea incapaz de hacerla llegar a mas gente?.

 J.M.G.-             Ninguna. Un solo buen lector es suficiente. Uno sólo que vea lo que tú has querido poner ahí y, de ese modo, te reconozca y te devuelva tu trabajo, mejorado y ampliado con su lectura, te compensa sobradamente. En cuanto a lo demás, le remito al sentido de la frase de Lezama. A todo el mundo le gusta ser reconocido, claro, pero en mi caso, no por cualquier causa ni por cualquier gente. Un escritor define con su estilo al público que busca.


 

Arturo Arango

Por

  ©Luis García 

Manzanillo (Cuba) 1955. Entre 1989 y 1991 fue director de la revista Casa de las Américas. En la actualidad es jefe de redacción de la revista La Gaceta de Cuba. Es autor de un libro de ensayos, Reincidencias (1987), de los volúmenes de relatos La vida en una semana (1989), La Habana elegante (1995) y ¿Quieres vivir otra vez? (1997), así como de la novela Una lección de anatomía (1997). En El libro de la realidad (2001), Arango aborda uno de los temas más polémicos de la reciente historia de Cuba

 

 

 

Introducción.-            Vivimos tiempos de bonanza literaria dentro de la lengua hispana, de  rejuvenecimiento y regeneración. No es casual la irrupción de La Generación de Crak en el panorama internacional ni de otros movimientos similares en un momento en el que el decaimiento del boom es mas que evidente. A pesar de sus múltiples connotaciones, que las tiene, la narrativa hispanoamericana despierta pasiones, pero también recelos. Sólo así se puede entender que dentro de toda esta tendencia, a la literatura cubana siempre se las haya considerado como el patito feo, la gran olvidada de los últimos cuarenta años salvedad expresa de puntuales y tardías recuperaciones (aunque bien es cierto que nunca es tarde para ello) como el caso de Virgilio Piñera. El boom nació de la pluma de García Marquez, Vargas Llosa y Carlos Fuentes, pero también del barroquismo de Alejo Carpentier y de la precisión poética de Lezama Lima. Ahora, prestos a iniciar el nuevo siglo, nuevos y jóvenes narradores irrumpen con fuerza hasta el punto de llegar a ser considerados casi como un lobby, o dos. Ya que inmersos en plena vorágine, y posiblemente como una aventura empresarial mas, los editores diferencian entre los autores del interior y los del exterior. Si tradicionalmente los del exterior, o del exilio, eran los grandes conocidos, ahora por fin ha llegado la hora de los del interior.

 

Pregunta.- Arturo Arango, un nombre a seguir en los próximos años, aunque no por ello un perfecto desconocido. ¿Qué nos puedes contar de ti, de tus comienzos literarios?. 

Arturo Arango.- Comencé a escribir a mediado de los 70, en una época muy mala dentro de la Isla, un período de  contracción ideológica, de dogmatización extrema. Me inicié dentro de la poesía, y como parte de un grupo de poetas (muy jóvenes entonces, naturalmente) que pretendíamos renovar el género, hablar de la realidad cubana del hoy, sin idealizaciones, sin las imposiciones de la política o la ideología. Muy pronto abandoné la poesía, donde no me sentía cómodo, y comencé a escribir cuentos, y también me convertí en uno de los críticos, de los voceros de esa generación (Leonardo Padura, ya conocido en España, era otro). Aunque trabajé durante nueve años en la revista Casa de las Américas, de la que fui director entre 1989 y 1991, mi pertenencia literaria, mis relaciones, se establecían más en los cotos de la revista El Caimán Barbudo. Quizás por todos esos conflictos que caracterizaron esos años, por esos esfuerzos nuestros por lograr que los espacios de difusión se abrieran, por lograr un clima de auténtica realización literaria, mi obra inicial estuvo mucho más volcada al periodismo y a la crítica, es decir, a géneros que Alfonso Reyes llamó ancilares. Mi primer libro de cuentos data de 1989, y se titula La vida es una semana. Esa salida tardía fue algo común a los narradores de mi generación.

P.-                            Acabas de publicar novela en la Editorial Tusquets, -El libro de la realidad-. ¿Cómo te sientes?. 

A.A.-                           Feliz, como es previsible. Tusquets es una editorial ejemplar, por la seriedad de sus propuestas, por el respeto con que trata a sus autores, por la belleza de sus diseños. 

 P.-                            ¿Ha sido un parto doloroso?. 

A.A.-                           Toda escritura lo es, o debía serlo. Desconfío de la obra fácil, lo cual no quiere decir que a la vez no lo escriba para divertirme. Pero, al menos a mí, también las dificultades me divierten, me hacen feliz. No se trata de masoquismo: descubrir las dificultades me llena de angustia, de desasosiego, pero vencerlas, dejarlas atrás, me hace inmensamente feliz. 

P.-                               Es innegable la abundancia de narradores cubanos. Actualmente, me vienen a la memoria además de los ya conocidos Cabrera Infante y Zoé Valdes, los de Karla Suárez, Ronaldo Menéndez y tantos otros. ¿Cómo se vive la literatura desde el ostracismo?. 

A.A.-                           No sé exactamente a qué se refiere en la pregunta el término “ostracismo”. Yo, como la generalidad de los escritores cubanos, viajo con frecuencia fuera de la Isla (también, como es lógico, dentro de ella), he publicado libros en México e Italia, y cuentos y artículos en revistas de muchísimos países, y aparezco en una veintena de antologías de cuentistas cubanos aparecidas fuera de Cuba. He escrito, además, el guión de una película (basada en un cuento mío), “Lista de espera”, estrenada comercialmente hasta ahora no sólo en Cuba, sino además en España, Francia, Italia, Alemania, México, y que se ha presentado, entre otros, en los festivales de Cannes, Málaga, Cartagena y Chicago. De manera que la palabra ostracismo me resulta extraña. 

P.-                              ¿Te has sentido en alguna ocasión mediatizado por los narradores del exterior?. 

A.A.-                           El exilio cubano es muy diverso. Por ejemplo, admiro mucho la obra de Cabrera Infante, a quien no conozco personalmente, y de quien lamento su actitud intolerante (por ejemplo, se ha negado a figurar en un panorama del cuento cubano publicado en Cuba). Admiro también mucho la obra de Gastón Baquero,  a quien tuve la oportunidad de conocer en Madrid, poco antes de su muerte. Me deslumbra la personalidad y la obra de Reinaldo Arenas, sobre todo sus novelas El mundo alucinante y El color del verano (mientras la película Antes que anochezca me parece muy manipulada, muy falsa, a pesar de la soberbia actuación de Bardem). Le hablo de obras que he leído en Cuba, que están en mi biblioteca. Hay otro exilio de autores que son mis compañeros de generación, o cercanos a ella, y en algunos casos mis amigos, con los que mantengo la comunicación normal (o anormal) que se mantiene con los amigos o conocidos: les envío mis libros, recibo los de ellos, nos escribimos, discutimos, nos criticamos o atacamos. En la última década, en algunos espacios de la cultura cubana (yo trabajo en una revista, La Gaceta de Cuba, que ha sido paradigmática en este sentido), hemos tratado de “normalizar” nuestras relaciones con la cultura cubana que se hace fuera de la Isla, y hemos ido publicando sobre todo a aquellos escritores que se dieron a conocer fuera de Cuba, y que para nosotros eran desconocidos por completo. Por supuesto, son autores cubanos, pertenecen a nuestra literatura, a nuestra cultura, y, más que una “mediatización”, tengo con ellos una “relación”, diversa, según los casos, como son todas las relaciones.  

P.-.-                           Eres un perfecto desconocido, y sin embargo acabas de publicar en Tusquets la novela El libro de la realidad. Todo un éxito, y una apuesta de la Editorial. ¿Qué podemos encontrarnos los lectores en la misma?. 

A.A.-                           Te confieso que no me gusta intervenir en el juicio de mis posibles lectores. El libro de la realidad es una novela que ocurre en el ambiente histórico e ideológico de la Cuba de los 60. Sus protagonistas son jóvenes que viven inmersos en un estado de fe, pero cuyas existencias transcurren también, como suele ocurrirnos a las personas de carne y hueso, en la cotidianidad: con las dificultades, con los trastornos, con las pasiones que habitualmente ocupan la vida diaria de las criaturas vivas. 

P.-                             ¿No pasa por ser una novela de iniciación, un concepto muy recurrido actualmente en literatura?. Iniciación a la vida, a la realidad que te rodea... 

A.A.-                           La novela de iniciación es un tópico, casi un subgénero dentro de la novela. El libro de la realidad tiene algo de eso, como lo tienen todas las novelas cuyos protagonistas son jóvenes, personas que están todavía en edad de aprendizaje (en edad en que el aprendizaje es más intenso). Pero las novelas de iniciación suelen contar períodos muy largos de la vida de sus personajes, mientras que en ésta, por la naturaleza misma de su argumento, sólo se cuentan unos meses. La novela de iniciación suele acercarse a lo biográfico: niñez, adolescencia, juventud... Aquí es un fragmento, una instante de intensidad inusual dentro de un conjunto de vidas. 

P.-                             Una novela escrita en la Cuba de Castro sobre la Cuba de Castro, y desde el interior. ¿Es un acto de valentía, de justicia...?. 

A.A.-                           Es un acto literario, ni más ni menos. Yo te aseguraría que la inmensa mayoría de la literatura que se ha escrito en Cuba en los últimos quince años tiene como referente a la realidad cubana posterior a 1959. Y créeme que en esas obras hay todo lo humano y lo divino que suele encontrarse en cualquier literatura. 

P.-                             ¿Hasta que punto es una novela autobiográfica?. Y caso de serlo (o no) ¿con qué protagonista te identificarías?. 

A.A.-                           No es autobiográfica, aunque sí, como ocurre siempre, inevitablemente, hay allí contadas muchas experiencias que son mías. Yo soy un poco menor, en edad, que esos personajes. Cuando ellos, digamos, vivían esos episodios, a sus diecisiete o dieciocho años yo tendría unos doce o trece. Soy, digamos, su hermano menor. De ellos, me gusta la soledad de Alejandro, su fortaleza, como también el escepticismo de Rolando. Es decir, me hubiera gustado ser el hermano menor de cualquiera de ellos dos. 

P.-                              ¿Te sientes heredero de algún autor en concreto?.  

A.A.-                          Uno suele ser heredero de un conjunto de autores, de sistemas literarios, más que de un escritor en específico. Incluso, es heredero de cineastas, de pintores, de músicos: de un ambiente cultural. Yo me formé en la admiración a esa gran novelística latinoamericana que se ha llamado boom, y, en general, me siento parte de una comunidad lingüística que en la segunda mitad del siglo pasado dio obras excepcionales. Pero las afinidades literarias se establecen de otra manera: por ejemplo, Borges me interesa por encima de todos; prefiero Palinuro de México antes que La región más transparente, y me arrodillo ante Gran sertón, veredas. Y en esa comunidad espiritual también incluyo el cine de Tomás Gutiérrez Alea, las canciones de Silvio Rodríguez o de Chico Buarque, la pintura de René Portocarrero o de Julio Le Parc. Pero esa comunidad cultural puede ser más amplia: el descubrimiento de los Beatles por el adolescente que fu marcó definitivamente mi sensibilidad, como más tarde a Led Zeppelin o a Joan Manuel Serrat, o el cine de Buñuel, de Fellini o de Tarkovski. Hablo de obras formativas, y trato de darte referencias contemporáneas. 

P.-                             Literariamente te has iniciado en el relato corto, habiendo conseguido algunos premios. ¿En que terreno te mueves con mas fluidez?. 

A.A.-                           No escribo cuentos desde 1994 porque no se me ocurre ninguna idea que pueda contar en menos de cien páginas. Debe ser incapacidad, y que la novela te permite  establecer asociaciones, a inventar mundos que a mí me resultan más cómodos. Suelo estar durante varios meses preparando, almacenando dentro de mí los ingredientes de ese universo en el que voy a entrar, y después que logro conformar sus rasgos primigenios, a esbozarlo, cada vez me puedo mover mejor dentro de él. Cuando cada mañana me siento frente a la pantalla no me la encuentro en blanco: hay cosas que revisar, que rehacer, que me van llevando hacia lo que está por escribir. Esa angustia del inicio, de la primera frase, del ¿valdrá la pena?, en la novela se resuelve de una sola vez para muchos meses. Es como encontrar un contrato de trabajo a largo plazo, en un lugar hecho a tu gusto, a tu medida. Con el cuento es como salir todas las semanas a buscar empleo. 

P.-                              A pesar de ser un tema tan atractivo, no es corriente salvo en los autores cubanos del exterior el recurrir al periodo histórico revolucionario como argumento literario. ¿A que crees que es debido?. 

A.A.-                          Como te dije antes, sí es frecuente, y más que frecuente, común. Por ejemplo, todas las novelas de Padura ocurren en los 70 y 80. Lo mismo con las obras de dos autores que respeto muchísimo, como Reinaldo Montero y Miguel Mejides. En España se ha publicado también El pájaro: pincel y tinta china, de Ena Lucía Portela, que ocurre en los 90 cubanos. Lo que ocurre es que circulan muchos esquemas sobre Cuba, y su literatura se conoce mal, y se suele comprender a partir de esos esquemas.  

P.-                              ¿Qué estás preparando en estos momentos?. 

A.A.-                           Estoy trabajando una novela que se llama Muerte de nadie, y que es un proyecto largo, y complicado. Es una mezcla de tipologías diversas: novela de aventuras, policial, histórica, del dictador... 

P.-                              ¿Acudirás al Salón del Libro Hispanoamericano a celebrar en Gijón en Octubre próximo?. 

A.A.-                           No tengo idea. 

P.-                             ¿Podrías recomendarme algunos autores cubanos desconocidos para el lector español?. 

A.A.-                          Obviamente,  pienso que te refieres a los que no han sido publicados en España. Para ordenar un poco cronológicamente, me gustaría que en España conocieran las novelas de José Soler Puig, ya fallecido, y con una obra monumental, El pan dormido. De los más cercanos a mí, ya te mencioné a dos que me parecen magníficos: Reinaldo Montero y Miguel Mejides. De ellos recomendaría Las afinidades (Montero, ya que su obra principal, Misiones, alcanza las 1200 cuartillas) y Perversiones en el Prado (Mejides). En España han publicado a Padura, a Abilio Estévez (ambos en Tusquets), a Abel Prieto, a Senel Paz, Eliseo Alberto. No sé si conocen a Carlos Victoria, que vive en Miami, y es excelente. De los más jóvenes que nosotros, a Ronaldo Menéndez, Ena Lucía Portela,  Atilio Caballero y Pedro de Jesús, ya dados a conocer allá (aunque a veces en editoriales menores), habría que añadir a Waldo Pérez Cino, que vive en Madrid, y de quien me acabo de leer el manuscrito de una novela interesantísima, El puente sobre el río cual; Alberto Garrido, autor de muy buenos cuentos reunidos en El muro de las lamentaciones y una novela bellísima, La leve gracia de los desnudos. Y ahí detengo la lista de mis preferencias.

 


Rodrigo Brunori

Por

  ©Luis García 

  Como no podía ser de otro modo, uno encuentra en Rodrigo Brunori, Premio Jaén de Novela 1999, Premio Tigre Juan 2000, el perfil de un hombre pausado y tranquilo, indudablemente el de un músico. Así era también el gran narrador Daniel Moyano, con quien Rodrigo guarda muchas, quizás demasiadas, similitudes, además de su ascendencia argentina. Como él, Rodrigo también es músico, violinista en su caso. Como él, la sensualidad que trasmite al escribir va más allá de lo expuesto en esta su primera novela. Me manda Stradivarius (Editorial Debate) es ante todo una obra de iniciación, y como tal hay que verla. Pero, ¡cuántos quisieran con su primera novela alcanzar el clímax con el que el autor impregna las casi 200 páginas!. Estamos sin duda, ante alguien que dará que hablar, y mucho, en próximos años, salvo que el estigma de Bartleby, y el propio camino que elija el autor, lo aparten de la literatura. Esperemos que no.

  

Pregunta.-                Con Me manda Stradivarius has conseguido de alguna forma tocar el cielo con las manos. ¿Cómo se siente un nuevo autor ante tanto éxito? 

Rodrigo Brunori.- Es algo que se vive con mucha felicidad y con mucha emoción, porque se trata de un reconocimiento al trabajo de mucho tiempo. Ten en cuenta que, entre una cosa y otra, tardé casi siete años en escribir la novela. Además, son acontecimientos que marcan tu vida, creo que la cambian radicalmente. Esa actividad tan íntima que es escribir empieza a tener de pronto una proyección pública, y eso a mí me resulta nuevo y estimulante. Lo que sientes es que efectivamente la literatura te permite comunicarte con los demás. Yo no creo demasiado en que los escritores escribamos solo para nosotros mismos. Hay una parte que efectivamente va destinada sólo a uno mismo, a la introspección y a la exploración de su interior; pero pienso que detrás de todo eso hay un afán de comunicación, una necesidad de hablar con los demás a través de las historias que contamos. Eso es lo que ves mucho más claro cuando has publicado un libro. Sientes que te estás abriendo al mundo a través de él. 

P.-                               Pero no puedes evitar el estar envuelto en toda una suerte de fastos literarios. (Premio Jaén, Premio Tigre Juan...). ¿Se los imaginaba así? 

R.B.- Todo eso se ha quedado para mí en un nivel muy agradable. Me he encontrado siempre cómodo, entre otras cosas porque nadie me ha exigido nada. No sé cómo será la situación de un autor que empieza y, de pronto, se convierte en famoso y tiene que escribir en poco tiempo otra novela y empieza a colaborar a la vez en varios periódicos, pero desde luego no es mi caso. Creo que me espantaría por la presión que eso supone. Yo a lo único a lo que aspiro es a poder seguir escribiendo a mi ritmo, que es más bien pausado. 

P.-                           El alzarte con el Jaén debió de ser toda una sorpresa. Pero el Tigre Juan, un certamen tan sólido y respetado, y además compitiendo en la final con Pablo J. D´ors. 

R.B.-