Entrevista - Articulo 

Eugenio Montejo

por 

©María Alejandra Gutiérrez

 

Lo esencial es saber ver,

saber ver sin estar pensando,

saber ver cuando se ve,

y no pensar cuando se ve,

ni ver cuando se piensa

... ¡Tristes de nosotros que

llevamos el alma vestida!

 

Fernando Pessoa  

 

 

El diálogo con el enigma de Eugenio Montejo    

La voz del poeta Eugenio Montejo, nacido en Caracas en el año 1938, ha sido una de las más  prolíficas en el avatar literario venezolano de los últimos tiempos. Acercarse a la poesía de Montejo es enfrentarse a un paisaje que enseguida se hace nuestro, es toparnos con sensaciones, cosas, objetos, memoria que sacude, anima e invita a replegarnos del mundo que nos prende y sentirnos cómodos en la vida que habitamos.  Rica en sus manifestaciones, desde su primer libro “Élegos” (1967), la obra poética de Montejo ha hallado terreno fecundo en un universo natural, en el que se sitúa el poeta y desde donde nos invita al ritual de la contemplación, desde donde nos presenta a los árboles como seres palpitantes, donde la música de pájaros y gallos despierta nuestros oídos adormecidos, donde las piedras, remotas y quietas, rezan la paz de los tiempos y se yerguen como símbolo de permanencia contra la fugacidad de la vida, contra “esa sensación de efimeridad  de la existencia con la que se nace y se padece” como lo afirma el mismo poeta, donde finalmente lo natural se arriesga a lo visible y se afianza a la tierra, patentizando así ese otro sentimiento de raigambre que une al hombre con lo terreno y que Eugenio Montejo ha nombrado “terredad”, concepto que ha explayado a lo largo de su poesía. Dirá el poeta: “Estar aquí en la tierra: no más lejos/ que un árbol, no más inexplicables/ livianos en otoño, henchidos en verano/ con lo que somos o no somos, con la sombra/ la memoria, el deseo, hasta el fin...”

Pero el imaginario montejiano está más aun llenó de reminiscencias, de transfiguraciones, de analogías, donde hay un eco melancólico del pasado, el hogar, los que se quedaron en el camino, el tiempo:

“Los días se doblan en mi mesa/ se esparcen, rotan, se suceden/ pero ¿qué hace mi alma del tiempo?/ Iba a amanecer y ya es de noche”/ vine a la ciudad y está desierta” escribe en su poemario de 1976 “Algunas palabras”.

Ese ardor que se instala en algunas de sus poesías altera los sentimientos, hay cierta añoranza que palpita en las palabras, como en aquellas donde el espacio vacío es la casa, lugar que cobija, protege y que está “lleno de noche dentro y por fuera de nubes”  

Es inevitable, recorriendo la obra de Montejo, hablar de la poesía de los objetos, no reaccionar ante la mirada que posa el escritor sobre las cosas aparentemente inanimadas, sumergidas en una rigidez y una quietud. Así una silla regresa a su lejano árbol, una mesa “ya tiene bastante con que nada se caiga/ cuando las sillas entran en voz baja/ y en su torno se congregan”, o el café es un “amable duende que nos sigue por el mundo con densas vaharadas”

  Ecos de poetas queridos para Montejo se traslucen en su poesía. Jorge Manrique, César Vallejo o Fernando Pessoa. Sin embargo el poeta descubre su propio alfabeto, sus palabras “fuertes, francas, amarillas, otras redondas, lisas, de madera...”

Carlos fuentes dijo alguna vez que la poesía era hacerle el amor a  las palabras, se podría agregar que Eugenio Montejo le hace el amor a las palabras con belleza, con esplendor: el sentido de la forma nunca ahogará los significados más profundos, mas sin embargo tampoco hallaremos imágenes deshilvanadas, ninguna visión sin melodía.  

La poesía de Eugenio Montejo se ha enriquecido además con la presencia de varios heterónimos liderados por el enigmático Blas Coll, figura extravagante que pretende una reforma de la lengua castellana y a cuyo cobijo se reúnen un grupo de discípulos, entre ellos Sergio Sandoval, quien ha publicado “Guitarra del horizonte”, conjunto de coplas con comentarios del autor, Tomás Linden, poeta sueco autor de un conjunto de sonetos llamado “El hacha de seda”, Eduardo Polo, quien ha escrito un poemario para niños inédito titulado “Chamario” y así otros que aun no salen a la luz, pero aguardan atentos en medio de las tertulias de la aldea de Puerto Malo.

Si bien su obra ha sido muy pródiga, es ahora cuando las palabras de amor de Eugenio Montejo hallan morada en un poemario titulado “Papiros amorosos”, recientemente publicado en España por la editorial Pre-Textos. En él la grandeza del amor ocupa el mundo, es el espejo donde se retrata el ser amado, presente o lejano, pero siempre objeto y fin del sentimiento. En “Papiros amorosos” la emotividad se constituye en eje, signo y escenario del entendimiento, de la lucidez, la serenidad que llega cuando se conoce profundamente a aquel que amamos, cuando el amor se torna forma, color, cuerpo y tierra.

Escribe el poeta: “Y ser hasta el fin el que he nacido/ éste que por tu amor vino a al tierra”

“Se dice poco el amor en estos tiempos” ha dicho el poeta, tal vez por ello nos ofrece esta poética pletórica de intensidad, un espacio donde podemos jugar a descubrir el amor ancestral, en oportunidades tan esquivo mas siempre tan cierto.

 A propósito de este libro Eugenio Montejo nos habla de sus poemas de amor y de algunas apreciaciones sobre su obra.

 María Alejandra Gutiérrez.- ¿Es “Papiros amorosos” el testimonio de esa presencia constante del amor en su vida, esa visión reposada de los sentimientos que otorgan los años?

 Eugenio Montejo.- Papiros amorosos es un conjunto de poemas que incluye unos cuantos  poemas anteriormente publicados y el resto inédito. Se trata de un viejo proyecto que ahora logra concretarse y que  probablemente crezca un tanto más. De joven escribí pocos poemas de amor, y publiqué menos. Siempre pensé que se trata de un texto difícil, que demanda no poca destreza verbal, por lo que no conviene precipitarse. Al encarar su escritura no resulta fácil pasar de la orilla de la palabra a la orilla de la memoria. Y sin ese pasaje no hay poema que valga. Es verdad que este riesgo es común a la hechura de todo poema, pero en el texto amoroso hay que tener presente que cuanto interesa a una pareja no siempre interesa al lector. Su tono debe esquivar el riego del lugar común y la nadería. Por lo demás, deseaba que en este poemario no se sacrificara la entonación  más o menos común a mi poesía, que conservara su impronta. Algunos poemas escritos hace más de treinta años y aún  no publicados, no obstante considerarlos válidos todavía, no los incluí en esta colección porque sentí que se abrían a un diálogo distinto, se apartaban de la unidad tonal del libro, o tal me parecía. En fin, en este poemario es visible, tal vez, la tendencia a recuperar la emoción desde un estado más sereno, “la emoción recordada en reposo”, de que hablaba Wordsworth. Hace poco me preguntaron acerca de la impresión que me había dejado la escritura de este libro, y  respondí que, contrariamente a lo que antes  suponía, he terminado por aceptar que el amor es tan misterioso, si no más, que la muerte. Es misterioso y así mismo subversivo, tan subversivo que atenta contra el yo, la piedra angular de la personalidad social. No en vano las sociedades se han cuidado en todo tiempo  de afirmar instituciones para controlarlo. Venimos saliendo de un siglo terrible, de grandes ambiciones totalitarias, no es raro que el amor se diga poco en nuestro tiempo. ¿Qué podrían significar las palabras amorosas de Ana Ajmátova para ese proyecto de control absoluto de  los seres que representó el comunismo?

Pregunta.- Siento su poesía nostálgica, de añoranza por el pasado, por los que nos están. ¿Sirven las palabras para convocar el pasado y hacer que las cosas trasciendan en el tiempo?

  Eugenio Montejo.- No sé si la palabra correcta sea nostalgia. A Blas Coll no le gustaba esta palabra, decía que el sentimiento de añoranza debe mencionarse con una sola sílaba, de lo contrario ninguna añoranza es verdadera. Pero volviendo a su pregunta, creo que ello tiene que ver, más que con la nostalgia del tiempo ido, con una  percepción de la simultaneidad de la horas, digamos de un tratamiento no lineal, sino circular, del tiempo; tal vez sea esto lo que nos lleva a evocar un instante y sentirlo en simultaneidad con otro que ya ha ocurrido o va a ocurrir más tarde. Se trata de una visión que debemos a la psicología de los amerindios y de los africanos, es decir, que no sólo nos valemos de los hábitos perceptivos que nos legaron los europeos, sino que con mayor asiduidad solemos percibir el tiempo como circular y simultáneo; en el fondo ello viene a  representar cierto “cubismo” del tiempo, donde todas las horas, las de ayer, las de mañana y las de hoy, conviven en nuestra imaginación simultáneamente.

 Pregunta.- Aristóteles asociaba la melancolía con el héroe, el artista, el poeta, ¿ciertamente posee el poeta un espíritu taciturno, un temperamento melancólico?

  Eugenio Montejo.- Uno de los poetas apócrifos de quienes me he ocupado, Tomás Linden,  dice en un verso: “La belleza en la tierra se desvía de la mujer a la melancolía”. Es probable que lo que ahora me pregunta  encuentre alguna confirmación en esas palabras. En lo que escribo, sin embargo, no veo una inclinación al saturnismo muy acentuada. Ni una cosa ni la otra. Tiendo siempre a la búsqueda de un  equilibrio y  me desvivo por lograr tanto como puedo la armonía. Además, siempre he creído   que la  poesía, como la vida, se define a partir de la  esperanza. Diría, pues, que antes que el extremo representado por el saturnismo, y el de la euforia vital, opto siempre por  el  difícil y necesario equilibrio.

Pregunta.- ¿Cómo es su relación con la naturaleza, nace espontánea o deriva de vivencias o emociones de su vida, de su infancia?

 Eugenio Montejo.- Los hombres de mi edad, es decir, los venezolanos contemporáneos de la generación de 1958, fuimos involuntarios testigos  del cambio de un país agrario a un país petrolero, con todas las alteraciones y trastornos que ello supone. Vimos el crepúsculo de ese país geórgico que estaba en despedida, con su ritmo y sus formas tan distintas, formas de trato, de habla, de relaciones; no era ciertamente un país edénico, porque también en él estaban presentes los muchos  males del caudillismo criollo, pero estaba más  unido a los ritmos naturales que venían de los siglos precedentes. Con el petróleo, para bien o para mal, cambia todo, y nace nuestra apresurada modernidad, que se lleva por delante las viejas edificaciones, como también las viejas formas, para  construir en su lugar, sin mucho cálculo previo, un país nuevo, de forma adúltera, es decir, descasado con la tradición. No es extraño que sean los gendarmes militares quienes mejor se desempeñen en este propósito: se reedifica a ritmo de tambor. Con el viejo país que se despide se van también  costumbres y relaciones de  contacto más estrecho con el mundo  natural y agrario. La infancia de quienes cuentan más o menos mi edad estuvo más cerca de los árboles, los animales, el campo. El muchacho de hoy, cuando no tiene la fortuna de salir  a las aldeas, debe resignarse al mundo virtual, en el cual sólo  conoce a los animales por imágenes   Digamos que éste no es un fenómeno solamente venezolano; en nuestra época se tiende a  ser más urbano en la medida en que se afirma la ciudad nueva. Y en esa misma medida se aleja también la posibilidad de la contemplación. Ungaretti afirma en uno de sus apuntes que en nuestro tiempo ya casi no es posible la poesía porque no es posible la contemplación. En verdad, vivimos espoleados por  la prisa que impone la religión del dinero.  

Pregunta.-¿Cómo afronta usted como poeta ese mundo de hoy del que habla, cómo se nutre su poesía de esa nueva realidad?

  Eugenio Montejo.- Diría  que  se trata de una preocupación común al poeta que hoy vive en Sidney, en Madrid o en Caracas, es decir, que todo ello forma parte de la realidad que ha de afrontar cualquier artista en nuestro tiempo, sobre todo si se desempeña en los ámbitos urbanos contemporáneos. Una forma de respuesta a su pregunta estaría en la vieja boutade surrealista:“¿Por qué no construimos la ciudad en el campo?”... Por mi parte, trato de sobrellevar los ritmos antiguos y modernos “lentamente y con gran industria, separando lo sutil de lo espeso”, como decían los viejos alquimistas. Hago cuanto puedo  para que la ciudad me vulnere lo menos posible. No siempre es fácil, se trata, una vez más, de un asunto de equilibrio, de procurar que la ciudad no nos imponga su caoticidad frenética. Por otra parte, no siempre se escribe a partir de cuanto nos rodea; a veces se parte   de  remotas vivencias que imponen paradójicamente su cercanía sentimental. En tales casos, las verdaderas raíces que nutren aquello sobre lo cual se escribe están muy distantes del quehacer cotidiano del poeta.

  Pregunta.- Acá en Venezuela vivimos en un “trópico absoluto”, sin embargo usted siente cierta añoranza por la nieve ¿De qué se trata ese deseo por algo que no tenemos?

   Eugenio Montejo.- Tal vez ello se incluye dentro de las búsquedas de nuestras realidades complementarias. Para el hombre de los trópicos  la nieve es algo con cuya carencia, sin resignarse del todo,  se acostumbra desde niño a dialogar, pues no son pocos las leyendas y cuentos infantiles donde ella  es parte esencial del paisaje. Ese diálogo prosigue a lo largo de la vida, aunque ella  falte en  nuestra geografía, pues constituye  un  apócrifo complemento de nuestro imaginario. Siempre la nieve está allí, aunque no caiga ni pueda palparse, como está el sol para los habitantes de las tierras nórdicas.  Entre los alemanes se habla del “complejo del sur”, lo que explica  una  cierta añoranza de la regiones meridionales y la frecuencia, entre sus artistas, de obras  compuestas en Italia, por ejemplo. Tal vez a los hombres del sur corresponda una añoranza inversa, y la presencia de la evocación de la nieve  forme parte de ella.

  Pregunta.- ¿Cómo surgió en su obra el juego de los heterónimos?

   Eugenio Montejo.- A principios del siglo XX, y de modo un tanto inexplicable,  se manifestó una gran atracción por la heteronimia. Algunos grandes poetas, sin conocerse entre ellos, cultivaron  la escritura apócrifa, como se denomina en castellano, o heteronímica como la llamó Pessoa, o bien la escritura  oblicua, como prefiero nombrarla. El caso es que Antonio Machado, el gran poeta español, contribuyó de modo notable a la creación de obras apócrifas sin tener nada que ver con Pessoa, su contemporáneo, que por entonces, como también algunos otros, se ocupaba lo mismo. Unos años antes se había manifestado otro no menos importante, el poeta francés Valéry Larbaud, cuyo alter ego se llama A. O. Barnabouth, dado a conocer en 1909, antes que Pessoa. El recurso de la escritura apócrifa, por sí solo, nada garantiza; es el genio de Pessoa, de Valéry Larbaud o de Machado el que le da vida a sus memorables creaciones. En el caso mío, guardando todas las distancia, partí de un personaje, Blas Coll, de quien publico un  pequeño cuaderno. Su tentativa algo disparatada apunta nada menos que a la modificación de la lengua, tratando de recomendar fórmulas más sucintas que supuestamente la defiendan ante el predominio de otras lenguas más sintéticas. En el taller de su tipografía se reúnen amigos, discípulos, contertulios, una “infame turba” que terminan por ser los “colígrafos”, los discípulos de Blas Coll. Ya han aparecido un par de cuadernos de estos amigos.

  Pregunta.- Hay un poema de Álvaro Mutis que dice: “Sólo una palabra/ una palabra y se inicia la danza/ de una febril miseria¿Qué es para usted la palabra?

   Eugenio Montejo.- Para quien escribe, y ciertamente no sólo para él, la palabra es el valor preferente pues ocupa el centro del ser. Nunca será bastante la importancia que le prestemos a la palabra y, por ende, al lenguaje como rasgo individuante de nuestra especie. El lenguaje y la risa, según Aristóteles, nos distinguen de los animales. En el caso de los versos citados, se deben a uno de los poetas que más quiero y admiro, Álvaro Mutis. Creo que la palabra a que aluden sus versos participa por igual de lo verbal y lo averbal y requiere, por tanto, de un alfabeto mágico.

Pregunta.- ¿Y la poesía, qué es para usted?

 Eugenio Montejo.- La definición que damos de la poesía suele cambiar a lo largo de los años. Y esos cambios tal vez subrayen nuestra  incertidumbre ante lo que es por esencia indefinible. Hoy tiendo a decir, quizá  privilegiando su rasgo de diálogo con el enigma, que se trata de un melodioso ajedrez que jugamos con Dios en solitario. Me doy cuenta ahora, sin embargo, de que en el juego de ajedrez se procura a toda costa ser ganador. En este otro ajedrez que menciono nada se desea  ganar ni perder, y tal vez por ello resulte tan atractivo.  

©María Alejandra Gutiérrez. Escritora y colaboradora en varios medios impresos en Caracas (Venezuela)