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DOCUMENTOS
Traemos
a Documentos un articulo del crítico y columnista literario Luis
García. Lleva por título La Secta y apareció en la revista
literaria EL PENDULO editada en Logroño- La Rioja. (E). El
autor narra con entusiasmo el descubrimiento de "el libro"
como él lo denomina, no es otro que La Caverna de José Saramago.
El articulo se va tejiendo con historias de admiraciones de
otros autores Pisón y Bonilla hacia Conget. Luis García dice que
quiere pertenecer a la secta de Saramago porque va contracorriente.
El Nóbel de literatura le responde por correo electrónico, aquí
tenéis el documento.
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Original Message -----
From: José Saramago
To: Luis García
Sent: Wednesday, April 04, 2001 5:03 PM
Subject: La secta
Estimado Luis García,
Gracias por el artículo que has publicado en El Péndulo.
Si se pudiera
introducir un contenido laico en el concepto de "cofradía",
lo prefereriría
al de secta, que es siempre una organización encerrada en sí
misma. Pero,
sea secta o sea cofradía, lo que importa es que nos sigamos
entendiendo.
Aquellos que dicen que los Centros Comerciales son
los ágoras de la
antiguedad, no saben ni de antiguedad ni de ágoras. Los Centros
Comerciales
son los únicos espacios públicos seguros que actualmente tenemos.
También
nadie estaba mas seguro que los encadenados en la caverna de Platón...
La secta
por
©
Luis García
Tengo un conocido, que recientemente
publicó un artículo en un diario nacional en el que se sentía
parte integrante junto a otros insignes colegas de una peculiar
secta que se hacía llamar a sí misma como la de los congetianos,
entendiendo por tales a los admiradores de José María Conget, según
Ignacio Martínez de Pisón, uno de los autores menos difundidos
pero más interesantes, lo que se puede interpretar el que con el
tiempo se convierta en un autor de culto.
Yo, que ni conocía ni había leído a José María Conget, no
pude por menos que mostrar mi sorpresa y extrañeza por la
confluencia en apenas siete días de dos recomendaciones de dicho
autor y ambas avaladas por dos de los más prometedores narradores
de nuestra literatura.
Pero cuál sería mi sorpresa cuando leyendo Una cita con
Borges del propio Conget, recientemente editado por Renacimiento, me
encuentro con uno de sus pasajes titulado El final de una secta, en
el que aludía a los mismos principio que llevaron a su admirador
articulista a declararse congetiano.
Se sentía José María Conget en esta ocasión ferviente
admirador de Augusto Monteroso, y culminaba su tránsito por el capítulo
reivindicando la existencia de la secta de los monterresinos al
margen de premios y oropeles.
¿Quiere esto decir que existió plagio de su admirador
literario? Pudiera pensarse que sí, y en un primer momento así lo
interpreté y se lo hice saber a mis allegados. Pero reflexionando
sobre ello, llegué a la conclusión de que el plagio no existió más
allá de la simple confluencia de una actitud vital a la hora de
afrontar una vivencia.
Bonilla, que no es otro que el autor del artículo sobre
Los Congetianos publicado en su sección semanal Las afueras, no
hizo sino homenajear a quien de alguna forma consideraba como su
maestro, si se me permite la expresión. ¿Y existe mejor manera de
hacerlo que utilizando sus propias reflexiones?
Todos de alguna manera nos sentimos partícipes de alguna secta, no
en vano la asunción de los postulados de un pensador, filósofo o
escritor pasa, además de por asumir como propios los mismos, por
sentirnos cómplices con los demás de dicha forma de entender la
vida, y, por qué no, la muerte.
Sirve esto para ilustrar, tanto la anécdota de Bonilla como
la del propio Conget a quien estoy descubriendo lenta pero
satisfactoriamente, para incitar desde estas páginas a mi propia
secta, que seguro que existirá.
La de los seguidores de Saramago, el insigne Nóbel, y
uno de los escritores más denostados por unos y más admirados por
otros. José Saramago ha sabido desde su voluntario exilio, no el físico
en Lanzarote, sino el interior, aquél al que deberíamos de
regresar todos de vez en cuando para reflexionar sobre nuestra
propia existencia, aglutinar y remover las conciencias de quienes le
escuchamos y leemos.
Porque La caverna no es sólo una novela: es La Novela, ahora
que está tan de moda hablar del partido del siglo, la madre de
todas las guerras o el concierto que nunca se habrá de repetir.
La caverna es La Novela porque aúna entre sus páginas, además
de la facultad de contar, y bien, por cierto, la de formar, algo que
se echa en falta en los escritores de este fin de siglo/milenio,
excesivamente preocupados y enfrascados en batallas e intrigas
palaciegas que poco o nada aportan al debate humano que debería de
servirse desde las páginas de los diarios, y a la literatura en
general.
La particular batalla de Cipriano Algor contra el kafkiano y
desconsolado Centro Comercial, paradigma productivo del Pensamiento
Único, y la peculiar interpretación del mito de la caverna platónico,
siempre es bueno rememorarlo ahora que los años de facultad
comienzan a pesar en exceso, nos retrotraen a un tiempo que
posiblemente ni fue mejor ni peor que el presente, pero cuando menos
diferente, y sólo por eso susceptible de ser criticado.
Porque sólo desde la educación en valores, que con el tiempo
nos permitirá censurar con justicia lo que vemos, nos convertiremos
en hombres libres.
Es posible, como algunos pretenden demostrar, que la tremenda
equivocación de Saramago parta de que no ha sabido interpretar que
los Centros Comerciales actuales son las ágoras de la antigüedad,
las plazas en las que el pueblo se reunía a departir con sus
vecinos. Es posible. Como también que Bonilla nunca tuviera la
tentación de plagiar una idea o una frase de José María Conget.
Es posible. Pero, como todo en la vida, siempre se estaría
sujeto a interpretaciones. Y sinceramente, yo prefiero nadar contra
la corriente, equivocarme cien veces y sentirme un hombre libre, que
no nadar con la corriente a favor y no equivocarme nunca. Porque con
la corriente sólo nadan los mediocres.
©
Luis
García es columnista y crítico literario


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