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DOCUMENTOS
Traemos a Documentos un
articulo aparecido en el suplemento El Cultural que
distribuye el diario español EL MUNDO del 28 de marzo 2001. José
Antonio Marina filosofo de gran prestigio en su país aborda con
gran claridad el pulso iniciado por las nuevas tecnologías
y la cultura. Reflexiona sobre la labor de los suplementos
culturales y el espacio que deberían ocupar. Por el interés que ha
producido los reproducimos íntegramente,

SOCIEDADES
INTELIGENTES, SOCIEDADES ESTÚPIDAS
por
©José
Antonio MARINA
Debemos repensar de nuevo lo que entendemos por cultura y por
persona culta. La globalización, el mestizaje y las nuevas tecnologías
lo exigen. La palabra sufre una gran crisis
La inteligencia o la capacidad creadora o el talento científico son
facultades individuales, pero que crecen siempre en un contexto
social. Hay sociedades que fomentan su desarrollo y otras que lo
bloquean.
Aquellas
pueden llamarse “sociedades inteligentes” y estas “sociedades
estúpidas”. Una sociedad inteligente elige bien su sistema de
valores, concede prestigio a los mejores, sabe admirar, mantiene una
comunicación no sesgada, se empeña en comprender, es crítica pero
animosa, favorece la innovación, fomenta buenos estilos afectivos,
desprecia la zafiedad, estimula la autonomía comprometida.
En
resumen, amplía la cabeza y fortalece el corazón. Estos son los
rasgos que caracterizan un alto nivel cultural. Como de él depende
nuestra calidad de vida, a todos nos interesa vivir en una comunidad
inteligente.
Para
conseguirlo es preciso que se movilicen muchos protagonistas, a los
que veo ahora un poco distraídos y a lo suyo. Cada uno de ellos
–hombres de la cultura o de la educación, de la política o de la
empresa, creadores o degustadores– tiene un papel que representar
en esta gran obra. Hoy, que escribo en el suplemento cultural de un
gran diario, me gustaría reflexionar sobre cuál podría ser su
función de estos productos de la industria cultural en la
configuración de una sociedad inteligente.
Los
suplementos culturales sufren la tentación del ombliguismo
autorreferente. Protagonistas de la cultura “cinco estrellas”
hablan para los interesados en la “cultura cinco estrellas”. No
intentan ampliar el círculo, sino informar, halagar, interesar a
los que ya están dentro. Es evidente que tienen que existir los
elitismos estéticos, filosóficos, o científicos. Pero me parece
que su lugar no está en los suplementos de los medios masivos de
comunicación. Si un suplemento cultural consigue atraer tan solo a
un veinte por ciento de los lectores de un periódico, debería
replantearse su enfoque.
¿Quiere
esto decir que han de rebajarse sus niveles de rigor o de calidad?
Por supuesto que no. La calidad no es un criterio unívoco. Lo que
es elogiable en una tesis doctoral puede ser detestable en un artículo
de periódico. Lo que es bueno para Science o Nature puede ser malo
para un periódico de gran tirada. Los profesores sabemos que para
hacernos entender tenemos que acercarnos a donde están los alumnos.
Mahoma tiene que ir a la montaña. No hay en ello nada degradante,
sino al contrario, un proyecto grandioso.
El
gran humanismo, la gran cultura, han sido siempre expansivos,
movilizadores, útiles en el buen sentido de la palabra útil. Todos
queremos la democracia, pero tenemos que elegir entre una democracia
estúpida o una democracia inteligente, entre la tiranía de los
mediocres, la tiranía de los alquitarados, o el gobierno de las
mayorías ilustradas, entre un empequeñecimiento de nuestras formas
de vida o una ampliación de nuestras posibilidades vitales.
En este momento, debemos repensar de nuevo lo que entendemos por
cultura y por persona culta. La globalización, el mestizaje y las
nuevas tecnologías lo exigen. El mundo se ha hecho pequeño,
vertiginoso y complejo. La palabra, centro de la cultura y de la
inteligencia, sufre una gran crisis bajo la presión combinada de la
industria de la imagen y de la informática.
El
reciente libro de Patricia Wallace Psicología en Internet (Paidós)
proporciona datos contundentes. Parte importante de nuestros
intelectuales son tecnófobos, lo que deja por omisión el campo
libre a los tecnófilos furiosos. Pero hay algo todavía más
importante en este debate. Hace poco George Steiner, en una
entrevista que a mí me pareció dramática, decía que la cultura
–la cultura cinco estrellas– no nos salva de nada. Harold Bloom
dice lo mismo.
La
estética es un mundo autosuficiente y cerrado en sí mismo. Nadie
ha sido nunca mejor por ser culto. Umbral, en su Madrid, tribu
urbana, esa crónica de realismo espiritista tan bien escrita, me
dirige una amable admonición: “El hombre no ha asumido su zoología,
querido Marina, y esto nos llevará a la esquizofrenia, pero cada día
escribimos mejor”. Paul Johnson, en su libro Intelectuales, puño
malvado en guante de terciopelo erudito, escribe: “Parece
generalizarse la creencia de que los intelectuales no son más
sabios como mentores ni más respetables como modelos que los
hechiceros o sacerdotes de antaño.
Comparto
ese escepticismo. Pero yo iría más lejos. Una de las principales
lecciones de nuestro trágico siglo es: cuidado con los
intelectuales”.
Si esto es así, algo anda mal. La cultura cinco estrellas se
convierte en rareza para exquisitos y los museos y las bibliotecas
en colecciones de talentos circenses. La vida va por un lado y la
cultura por otro. Pero no tiene por qué ser así. Lo importante de
la cultura es que amplía nuestras posibilidades de percibir, de
sentir, de expresarnos, de comprender. Es la manifestación de la
inteligencia creadora, que hace mucho con muy poco. Es la euforia de
la libertad compartida. O esas creaciones hacen más sensibles,
interesantes y perspicaces a las personas, y más brillante y rica
la realidad, o son meros alardes de prestidigitación.
Una sociedad culta permite formas más nobles de vida, más bellas y
más divertidas. Si los museos ayudan a eso, bienvenidos sean. Si
no, sería sensato gastar el dinero en otras cosas. La beatería de
la cultura cinco estrellas es estéril por su voluntaria marginación
y peligrosa por su autosuficiencia. Creo que los suplementos
culturales, más que una guía de la exquisitez para exquisitos,
deberían ser una estimulante introducción a las grandes creaciones
para todos los ciudadanos.
©José
Antonio MARINA es filosofo


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