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DOCUMENTOS
Traemos
a Documentos un articulo de investigación de Gregorio Morales
sobre la influencia de la Central de Inteligencia Americana en los
asuntos culturales de EEUU y España. El escritor toma como punto de
partida la aparición del libro del autor Frances Stonor que lleva
por titulo "La CIA y la guerra fría cultural" . Realiza
una serie de ejercicios de concordancia mediática e
intelectual llegando a una serie de conclusiones que plasma en
este articulo.
VERDAD
Y FICCIÓN DE LA NOVELA ESPAÑOLA CONTEMPORÁNEA
(Texto
actualizado en cursiva el 20 de Febrero 2002 fruto de nuevas
investigaciones por parte del autor)
por
©Gregorio
Morales
Es
licenciado en Filología Románica. Durante los años ochenta dirigió
la Tertulia de Creadores en el Círculo de Bellas Artes de Madrid,
exponente de lo que entonces se dio en llamar "movida madrileña"
o Posmodernidad. En el mismo tiempo, colaboró en las revistas La
luna de Madrid y en Ínsula. En 1994, cofundó y presidió el grupo
Salón de Independientes. Gregorio
Morales
El
principal objetivo de la transición fue consolidar la monarquía,
apoyada no sólo por el franquismo y países europeos, sino por USA
y sus servicios secretos. Siendo los intelectuales la conciencia de
un país y militando como militaban la mayoría en el PCE, que
preconizaba la ruptura frente al continuismo, era necesario
neutralizarlos de algún modo, y el método fue cubrirlos de
prebendas para comprar así indirectamente su silencio y
aquiescencia.
La
CIA tenía ya una larga experiencia en este campo. Desde finales de
la II Guerra Mundial y hasta los años setenta financiaron revistas
por toda Europa, organizaron congresos a los que asistían los
escritores ortodoxos de todo el mundo; en los mismísimos Estados
Unidos, manipularon periódicos, revistas y editoriales, de modo que
publicaran artículos y libros favorables a sus tesis, se sirvieron
de dignas fundaciones para transferir dinero sucio que iba a parar a
los prebendados, que nadaban en la abundancia y que pasaban más
tiempo en los aviones y cócteles que ante la máquina de
escribir.
Frances
Stonor, que ha llegado a investigar todo esto, afirma que
"tanto si les gustaba como si no, tanto si lo sabían como si
no, montones de intelectuales quedaron amarrados a la CIA por 'el
cordón umbilical del oro'". Para aquellos que no eran
"políticamente correctos", estamparon su nombre en
cientos de listas negras, utilizando además la difamación y la
censura para neutralizarlos. Por otra parte, tradujeron, apoyaron y
distribuyeron cientos de novelas favorables a sus opiniones. Se
introdujeron en el cine, poniendo sus huellas hasta en los guiones y
paralizando las películas que creían problemáticas, y ayudando a
otras que favorecían su causa.
Una
locura que nos horroriza, pero de la que no nos queda duda alguna si
leemos el magnífico libro de Frances Stonor "La CIA y la
guerra fría cultural", que ha irrumpido como una bomba en el
mundo literario y que pone ante nuestros ojos ejemplos
sobrecogedores como éstos: las traducciones a otras lenguas de
libros "ortodoxos" norteamericanos encargadas por la
División de Guerra Psicológica ascendieron a cientos de títulos,
incluidos "libros adecuados para niños en las edades en que
son más impresionables."
Los
mismos criterios se utilizaron para promocionar a escritores
europeos que se consideraban servían a la propaganda oficial, entre
ellos, André Gide, Ignacio Zilone, John Foster y Arthur Koestler.
Del libro de este último, El cero y el infinito, fueron adquiridos
50.000 ejemplares y distribuidos por el mismísimo Foreign Office.
Les bastó con enviar un agente a la editorial Little Brown, que iba
a publicar Espartaco, de Howard Fast, diciendo que el director del
FBI no quería ver la obra ni en pintura, para que la editorial lo
rechazase. ¡Y esto fue suficiente también para que lo rechazaran
siete editoriales más! Una de ellas, la Knopf, le devolvió a Fast
el manuscrito sin abrirlo siquiera, con la excusa de que no deseaban
mirar "la obra de un traidor". Después de varios años de
pesadilla, Howard Fast se vio abocado a publicar el libro de su
propio bolsillo.
En
1953, fueron censuradas y eliminadas de las librerías del país y
de las legaciones y centros culturales extranjeros, obras de Sartre,
Dashiell Hammett, Howard Fast, William Foster, Máximo Gorki, Herman
Melville, Thomas Mann, Albert Einstein, Sigmund Freud, William
Carlos Williams... Hasta en las guías de viaje se había
introducido la CIA. En ocasiones, las críticas de libros del New
York Times o de otros respetados periódicos, estaban realizadas por
escritores contratados por la CIA.
El
expresionismo abstracto fue hiperdesarrollado y explotado por la
Agencia, simplemente porque, por su abstracción, se oponía al
realismo socialista. En España, también actuaron, y con mucha
mayor facilidad, pues el franquismo defendía muchos de sus
objetivos. Sabemos que, a finales de los cuarenta-principios de los
50, toda una familia -los Mellon- espió para la Agencia en Madrid.
Uno de sus miembros, Paul Mellon, fue el creador de los premios
Bollingen-Mellon, dotados cada uno con 20.000 dólares, porque,
siguiendo el consejo de su amigo Allen Tate, "los escritores
siempre necesitan dinero y es necesario convocar becas, premios o
cualquier otra cosa que los haga más felices y menos proclives a la
revolución."
De
lo que no cabe la más mínima duda es de que la CIA quedó
constituida en Granada (de la misma forma que, sin duda, pasó en
otras ciudades españolas). Como prueba, vaya la siguiente anécdota,
que, además de borgiana, resulta estremecedora y claramente
indicativa de hasta qué punto nuestra cultura fue controlada en la
transición. El poeta José G. Ladrón de Guevara (Granada, 1929)
escribió unas divertidas y corrosivas sátiras con motivo de la
muerte de Francisco Franco. Eran aquellos unos tiempos turbulentos,
llenos de incertidumbre y tremendamente peligrosos, puesto que la
extrema derecha, que dominaba los más importantes centros de poder
del país, había decidido cerrar a fuego y sangre la apertura que
se intuía en España, siendo una de sus más siniestras actuaciones
la llamada matanza de Atocha, cuando el 24 de enero de 1977 fueron
asesinados cinco abogados laboralistas. En este ambiente, los amigos
de Ladrón de Guevara le aconsejaron que destruyera las sátiras, lo
que hizo no sin antes grabarlas en cinta magnetofónica durante una
velada con varias colegas, entre los que se encontraba el
desaparecido Javier Egea. Pero el peligro seguía siendo prácticamente
el mismo, puesto que la cinta representaba también una incriminación
contra su autor. Ladrón de Guevara no quería destruirla, sino, en
todo caso, ponerla a buen recaudo. Cuando poco después se encontró
con un amigo (omitimos por prudencia el nombre) que era profesor de
Filología Inglesa en la Universidad y que posteriormente llegaría
a dirigir el Instituto de Idiomas de Granada, le comentó el
problema que tenía y éste se ofreció inmediatamente para
guardarle la cinta.
-De mí no sospecharán afirmó.
Ladrón de Guevara pensó lo mismo y se la entregó.
Pasó
el tiempo y el autor se olvidó del asunto. Años después, alguien
se lo recordaría y él le preguntaría al mentado profesor por el
paradero de la grabación, respondiéndole éste que ya no lo
recordaba.
En
1996, Jesús Méndez, un profesor de Historia, también amigo de
Ladrón de Guevara, marchó a Estados Unidos a realizar una
investigación en la Biblioteca del Congreso. Consultando los catálogos,
le llamó la atención el título Letrillas sobre la muerte de
Franco. Por simple curiosidad, pidió que le sirvieran el material
que respondía a ese nombre, poniendo el funcionario ante él una
cinta magnetofónica. Mientras la escuchaba, reconoció asombrado
que quien recitaba era nada más y nada menos ¡que su amigo José
G. Ladrón de Guevara! Hizo una copia y, ya de regreso a España, le
comentó admirado a éste:
-No sabía que fueras tan famoso. ¡He escuchado tus
letrillas en Estados Unidos!
-¿Qué letrillas? –preguntó pasmado éste.
-Las que compusiste a la muerte de Franco. Están
catalogadas en la biblioteca del Congreso.
Fue justo en ese momento cuando Ladrón de Guevara
recordó a su amigo el profesor de Filología Inglesa. ¡No podía
haber sido otro! De súbito, se hizo verdad en su mente el rumor
que, desde hacía años, corría desde hacía años por la ciudad y
que tildaba este señor de miembro de la CIA. Jesús Méndez pondría
días después en su mano la copia de la cinta, la cual había
retornado, como un boomerang, a su dueño.
Aunque
no tengo pruebas, sospecho que Agustín Penón era igualmente
miembro de la CIA y que fue enviado a Granada con el objetivo de
investigar para la Agencia la muerte de García Lorca. Me consta que
le propuso ser informador al escritor local José Fernández Castro,
tal vez por su situación privilegiada, ya que trabajaba en el
Gobierno Civil, y que, como miembro del PSOE histórico, tenía
excelentes relaciones con la izquierda granadina.
Posteriormente,
gente de toda confianza me ha confirmado que no fue el único
escritor al que Penón le propuso trabajar para la Agencia Se
sospecha por otra parte que el Reader's Digest madrileño estaba de
un modo u otro relacionado también con la CIA. He examinado cuatro
ejemplares al azar, los que van de enero a abril de 1963. En ellos
encontramos, además de obsesivas referencias al mundo libre en
oposición al comunista, los siguientes artículos calientes:
"La asonada contra Nixon en Sur América", escrito por el
mismo Nixon, donde afirma que "pandillas de manifestantes,
dirigidos por los comunistas, recorrían las calles...";
"Cuando los negocios norteamericanos salen al exterior";
"¿A quién aprovecha la ganancia del capital?"; "¿Está
Finlandia jugando a la ruleta rusa" (en contra del
entendimiento entre Finlandia y la URSS); "El temible proyectil
Minuteman", subtitulado "La impresionante historia de cómo
se perfeccionó el arma que esperaba el mundo libre"; "Por
qué los europeos critican a los Estados Unidos", escrito por
André Maurois; "Cómo el Kremlim se apoderó de Cuba",
subtitulado "Historia inédita de otro gran engaño"... Es
sólo un botón de muestra.
Hay
muchos más en sólo cuatro números. Lo sobrecogedor está es que
se utiliza incluso la propaganda subliminal. En el número de abril
aparece un test que lleva por título "¿Es usted realmente
libre?" y que hace inocentes preguntas como "¿Ha
trasladado su domicilio de una ciudad a otra...", "¿Ha
dejado alguna vez un puesto para ocupar un empleo mejor?",
"¿Ha comparado precios y calidades en diversas tiendas antes
de comprar un producto?"... Cuando vamos a la evaluación,
leemos atónitos: "Cuente el número de respuestas afirmativas.
Luego piense que, si viviera tras la Cortina de Hierro, este pequeño
examen obtendría probablemente resultados nulos".
Y,
sin embargo, la anterior encuesta constituye una muestra mínima de
las muchas libertades de que gozamos a diario. Es el estilo de la
CIA, practicado también en otras revistas que hoy sabemos con
certeza estaban financiadas directamente por la Agencia, como la
británica Encounter, la francesa Preuves o la latinoamericana
Cuadernos, esta última dirigida por el español Julián Gorkin.
En
algún momento habrá que investigar la nómina completa de
escritores españoles contratados por el Reader's Digest. Esto no
quiere decir que todos fueran conscientes de la manipulación que
estaban sufriendo, pero sí que debieron de intuirla, porque alguno
de ellos ha contado cómo los habían fichado para no hacer nada, de
modo que iban un rato a la redacción y luego se volvían
tranquilamente a casa. Está claro que les pagaban para, siguiendo
los consejos de Tate, "hacerlos más felices y alejarlos de la
revolución".
Tal
vez la oferta de delación de Cela con respecto a los escritores
rojos haya que situarla en este contexto de colaboración con la
CIA, buscando su generoso estipendio. Sospecho nuevamente que el
protector de Cela y director general de Prensa de la época, Juan
Aparicio, podía muy bien estar igualmente relacionado de un modo u
otro con la Agencia. Sea como fuere, sabemos que, entre 1960 y 1963,
el Instituto Internacional de Madrid (institución que sigue viva
hoy día) recibió fondos de la CIA para conservar las bibliotecas
personales de Lorca, Ortega y Fernández Almagro.
Cuando
en el 76, descubiertas por la prensa libre americana muchas de estas
actividades, se le prohibió a la CIA intervenir en cultura, quedó
expresamente claro que eso no iba para con los países extranjeros.
De ahí que, tras la muerte de Franco, y en una operación idéntica
a la llevada a cabo anteriormente en el resto de Europa, los
escritores sobre los que se "vuelca" especialmente el
nuevo régimen sean los procedentes de PCE.
A
partir de aquella época, comenzamos a ver cómo bastaba con que uno
de aquellos escritores publicase su primera novela o libro de
poemas, fuese cual fuese su calidad, para ser inmediatamente llamado
a colaborar en ABC, uno de los órganos que más ayudaron en esta
"guerra del olvido", o ser pomposamente invitado a la
tradicional recepción real con motivo del Día del Libro.
A
partir de 1989, la distorsión se hace aún más perversa. Con la caída
progresiva de los regímenes comunistas de todo el mundo,. la
amenaza roja se debilita, por lo que podría esperarse que la
igualdad de oportunidades retornara sobre sus pasos. Pero estuvo muy
lejos de suceder así. En esto debió de influir, primero, la
inercia; y, en segundo lugar, los éxitos apabullantes obtenidos en
los años anteriores, en los cuales se consiguió que el 99% de los
escritores comunistas besaran la mano del rey; por otra parte, el
aparato era perfecto para apropiárselo, no ya para la razón de
estado, sino a mayor loor y gloria del partido de turno.
De
este modo, los canales creados se usaron hasta el saciedad desde
finales de los años 80 hasta mediados de la siguiente década, llegándose
a una tergiversación, colonización y abuso sin parangón en la
cultura europea.
En
este contexto, surgió el Salón de Independientes. Sesenta
escritores de toda España aunaron su voz en la primavera de 1994
para decir que "es hora de destruir el laberinto que ha
enrarecido y mixtificado nuestro panorama literario durante las últimas
décadas poniendo justicia e imparcialidad en esta inmensa
herida." Los escritores señalaban que "el éxito
inmediato que se ha impuesto en los últimos años es un doloroso síntoma
de que no se están ofreciendo ni alternativas ni novedades al mundo
en que vivimos."
Acostumbrado
a una dócil e incondicional adhesión, una tormenta cayó sobre el
mundo literario. Las polémicas surgieron por doquier. Las más
inimaginables calumnias fueron lanzadas sobre los firmantes. Resulta
claro que el aparato no deseaba abandonar la política criticada. De
pronto, comenzaron a ocurrir las cosas más extrañas, como si
oscuras fuerzas trataran de arrebatar el movimiento a sus legítimos
protagonistas.
Al
final de aquel verano, se creó la Asociación de Periodistas
Independientes. ¡Demasiado parecido por próximo y por nombre al
Salón de Independientes! La mano de ABC estaba tras ello. No
obstante, el Salón siguió funcionando unos meses más con renovada
energía, señalando sin desmayo las lacras en que había caído la
cultura española. De pronto, apareció en un diario una sección
denominada "Salón de Independientes". Pero no, no era el
Salón de Independientes original. Ninguno de los nombres que allí
figuraban había clamado ni criticado nada. Eran nombres nuevamente
dóciles, pro-sistema... Evidentemente era una burda maniobra para
neutralizar el movimiento en el que se habían agrupado los
escritores. ¿Y cuál era el periódico que se había prestado a
esta maniobra? ¡Qué curioso! Nuevamente ABC.
Los
servicios de inteligencia suelen ser los menos inteligentes de un país.
Lejos de considerarse la eclosión del Salón de Independientes como
síntoma de una enfermedad a la que había que poner remedio, los
halcones se cerraron aún más en banda, estrechando el control
sobre instituciones, suplementos, revistas y editoriales. En estas
últimas, los responsables de las colecciones literarias comenzaron
a reclutarse entre los miembros de la más estricta ortodoxia.
Para
que haya una lista negra, no es necesario que el nombre incriminado
figure en ningún papel. Basta con la memoria del comisario político,
que suele ser portentosa. Basta con el lodo vertido en cualquier
campaña difamatoria, encubierta o pública. Basta con pedir
informes al cabecilla de la literatura local. Basta con achacar el
silencio de un autor al fracaso. Basta con eliminar su nombre de los
listados oficiales. Pero, a pesar de que esto se practica hasta la
saciedad, también existen materialmente hablando listas
negras.
En
una reciente conversación, uno de los más brillantes poetas de la
generación novísima me comentaba que había visto varias de ellas.
De esta manera, la unanimidad y uniformidad presentes en el mundo
literario han llegado a ser tan enormes, que algunos hemos comenzado
a pensar, no sin cierta sorna, que, una vez consolidada la monarquía
y sin peligro de que se desestabilice, hace tiempo que la CIA le ha
pasado la batuta al CESID (en el futuro, CNI) y que éste se ha
hecho, directa o indirectamente, con el entramado cultural Nunca
como aquí y ahora se han escamoteado de tal forma verdad y ficción.
La verdad parece ficción. La ficción, verdad.
La
verdad es que la novela española se está escribiendo en las
tinieblas. Y que lo que "reluce", forma en su mayoría
parte de la ficción. Esta inversión perversa es propia de los
totalitarismos disfrazados de democracia: ocurrió en la Rusia soviética.
Ocurrió en los Estados Unidos. Está ocurriendo ahora mismo en España.
©Gregorio
Morales

Gregorio
Morales nació en Granada. Sus ideas creativas se hallan
contenidas en El cadáver de Balzac (De Cervantes Ediciones,
Alicante, 1998). Pertenece al Grupo de Estética Cuántica . Ha
publicado las novelas Y Hesperia fue hecha (Swan, Madrid, 1982),
Puntos de vista (Libertarias, Madrid,1985; edición revisada: 1992),
La cuarta locura (Grijalbo-Mondadori, Barcelona,1989), El amor
ausente (La General, Granada, 1990), El pecado del adivino (Grijalbo-Mondadori,
Madrid, 1992), Ella. Él (Epígono Ediciones, Alicante, 1999) y los
volúmenes de relatos Erótica sagrada (Siddharth Mehta Ediciones,
Madrid, 1989), Razón de amor (Universidad de Granada, 1987) y
Cuentos de terror (Grijalbo-Mondadori, Barcelona, 1989) -estos dos
últimos, colectivos-. Es también autor de El juego del viento y la
luna. Antología de la literatura erótica (Espasa, Madrid, 1998).
Está incluido en las antologías La novela española dentro de España
(Antonio Fernández Heliodoro Ed, Burgos, 1987); Narradores
andaluces contemporáneos (Manuel García Viñó Ed., Madrid, Ibérico
Europea de Ediciones, 1988); Miscari nocturne. Proza spaniola
actuala (Antologie si traducere de A. Vladescu si Coman Lupu),
Calarasi (Romania), Alas, 1992; Literatura en Granada. 1898-1998 (Amelina
Correa Ed., Granada, Diputación Provincial, 1999) e Intermezzo
granadino (Francisco Peralto Ed., Málaga, Corona del Sur, 2000). Es
autor del primer capítulo de la obra colectiva El mundo de la
cultura cuántica, que lanzarán simultáneamente a comienzos del
2002 la editorial norteamericana Greenwood (en inglés y en su sello
Praeger) y la española Port-Royal Ediciones (en castellano). Su última
obra aparecida es el volumen de relatos El devorador de sombras
(cuentos de suspense y terror), Granada, Port-Royal Ediciones, 2000.
Por otra parte, la editorial virtual novalibro.com ha reeditado Erótica
Sagrada (2001).Gregorio
Morales
literaturas@literaturas.com



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