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DOCUMENTOS
El escritor Luis Mateo Díez,
nacido en Villablino (León) en 1942, tomó posesión el pasado 20
de mayo como miembro de número de la Real Academia Española.
Ocupará el sillón I, vacante desde el fallecimiento de Claudio
Rodríguez. Este es su discurso de entrada en la Real Academia
Española de la Lengua.
Madrid, 20 de mayo de 2001
Señores
Académicos:
Es
difícil que yo pueda hacer esta tarde un recuento completo de los
agradecimientos que debo y, sin embargo, es desde el agradecimiento
desde donde mejor puedo encontrar sentido a mi entrada en la Real
Academia.
Agradecimiento
en primer lugar a ustedes, que decidieron elegirme para compartir
una responsabilidad y un trabajo que tienen como destino la palabra;
trabajo y responsabilidad que vendrán a incrementar, y seguro que
también a enriquecer, mi ya largo compromiso con las palabras de la
vida y con las palabras de la imaginación, con la lengua que, a fin
de cuentas, sustancia el propio compromiso del escritor.
Y
agradecimiento a tantas personas, a tantos amigos, que avalan mi
historia de escritor, de la que soy protagonista, dueño de mis
novelas y, a la vez, deudor de tantos alientos y alicientes.
He
tenido la suerte de compartir desde siempre la literatura con la
amistad, hasta el punto de que puedo decir no ya que escribo para
tener amigos sino que los tuve para escribir, que en ellos, en su
proximidad y atención, encontré la suerte imprescindible de la
palabra compartida, que es siempre una suerte generosa. Nunca me
sentí un escritor solitario, siempre acompañado, y la cita diaria
de la amistad ha formado parte de la costumbre de mi trabajo, no sólo
del literario, también del que encuentro en lo que me gusta llamar
la oficina de la vida un compromiso con la realidad que tanto ha
enriquecido mi experiencia.
Poco
me debo a mí mismo al pie de lo que debo a los demás, y en
correspondencia a tantas cosas recibidas me van a permitir ustedes
algunas necesarias menciones.
La
primera al ámbito de vecindad donde de niño encontré la palabra más
antigua, la que en seguida comenzó a subyugarme desde su herencia
narradora. He dicho muchas veces que fue en la oralidad donde hice
el aprendizaje de lo imaginario, y en los viejos ritos de la
oralidad de mi Valle de nacimiento, el Valle de Laciana, reconozco
la huella agradecida de ese primitivo valor de la palabra y de la
imaginación.
La
vecindad marcaba el escenario de esos ritos, el aliciente de una
costumbre narradora y socializadora, el valor de la palabra como
bien común.
Y
mi suerte, mi condición de niño privilegiado, compaginaba ese
escenario vecinal con la biblioteca familiar, ya que mi padre velaba
muy especialmente porque los clásicos, los griegos, los latinos,
los de nuestro Siglo de Oro, suscitaran lo antes posible la
curiosidad y atención de sus cinco hijos. He repetido más de una
vez que entre los más vivos recuerdos de mi infancia está el
camino que un niño de posguerra emprendía cada jornada hacia la
escuela rural, donde algún viejo maestro leía al pie de la estufa
de serrín las aventuras de don Alonso Quijano, cuando todavía ese
niño no había olvidado la emoción nocturna de una leyenda, un
cuento, un romance anónimo en la voz de sus paisanos.
El
recuerdo familiar, la gratitud filial, también me devuelve la
palabra como prueba de un amor profundo a la literatura y a la vida,
a las palabras de la vida, al nombre de las cosas, ya que mi padre
valoraba antes que nada el patrimonio de las palabras, su propiedad.
La
amistad estricta tiene muchos nombres para el agradecimiento, y no
puedo rememorarlos todos. La amistad ha sido también, por suerte,
el ámbito de la ejemplaridad, los buenos amigos estaban y siguen
estando conmigo, escribí con ellos, escribo gracias a ellos.
Pertenezco
a una generación bastante huérfana a la hora de reconocer maestros
y, sin embargo, siempre sentí que la ejemplaridad y el magisterio
eran valores importantes. Algún encuentro tardío remedió en
alguna proporción esa carencia, y este es el mejor momento para que
yo recuerde a un maestro y amigo, Ricardo Gullón, que también
compartió tareas en esta Real Academia.
Debió
de ser ese sentimiento de orfandad el que motivó que algunos hiciéramos
caso a Juan de Mairena, que incitaba a sus alumnos a que se
inventaran los maestros que la vida no les proporcionase. En la
figura de Sabino Ordás se cifra el magisterio de quienes, desde la
amistad y el compromiso de tantas ilusiones comunes, buscamos un
espejo de lucidez, una metáfora compartida que contuviera la
ejemplaridad literaria, intelectual y moral, que necesitábamos. A
veces se repone desde la ficción lo que la vida no proporciona, de
sobra sabemos que con frecuencia es en lo imaginario donde se cubren
las carencias de la realidad.
Comenzaba
agradeciéndoles a ustedes mi elección, la responsabilidad de
asumir un trabajo de tanto compromiso, y esa responsabilidad
adquiere además una especial relevancia al tener que ocupar el sillón
que quedó vacante con la desaparición de Claudio Rodríguez.
No
voy a repetir ahora lo que todos sabemos sobre la significación de
la obra de Claudio Rodríguez y su importancia en la poesía
contemporánea. Claudio Rodríguez es un poeta de lo sagrado, un
poeta del misterio, de la tierra, del secreto de los seres y de las
cosas, un poeta con el don insondable de las imágenes y las
emociones más indelebles, de las palabras más puras y hermosas.
A
Claudio Rodríguez lo he tenido siempre como un poeta de compañía,
alguien cuya obra me ha acompañado y alimentado en el tiempo y
seguirá haciéndolo, uno de esos poetas que conquistan palabras de
eternidad, brillos de emoción y consuelo, alimento del alma. La
compañía de un poeta, esa huella impagable de su insistencia,
acaba siendo sin remedio un dato de nuestra vida, una iluminación,
por oscura que sea, de nuestro interior. Con la palabra sagrada y
misteriosa de Claudio Rodríguez, tengo un débito que no sabría
evaluar, aunque estoy seguro de que es esa palabra la que resuena en
algunos de mis territorios imaginarios.
Además,
tuve la suerte de conocer su obra desde mi juventud. Uno de los
primeros libros de poesía que compré en mi vida se titulaba
"Don de la Ebriedad", probablemente con las "Elegías
de Duino" de Rilke el libro de poemas que más veces he leído,
y que mayor novedad y fascinación despierta en cada nueva lectura.
No hay mayor fascinación que la que comporta ese trasunto de
misterio que irradian los poetas puros, la inquietud y el secreto,
lo que las palabras rescatan de un fondo oscuro que sólo en ellas
brilla y palpita.
Luego,
algunos años después, cuando los amigos con que ya contaba para
escribir, aquellos a quienes más debo, me comprometieron en la
revista "Claraboya", fui el encargado de pedirle un inédito
a Claudio, y no es posible olvidar la atenta comunicación que puso
en mis manos uno de sus más bellos poemas, que luego formaría
parte de su libro "Alianza y Condena".
Supongo
que también es el poema de Claudio Rodríguez que más veces he leído
en mi vida, y no resisto la tentación de recordarlo ahora, porque
no se me ocurre nada mejor que cifrar en sus palabras mi admiración
y agradecimiento, y el honor de tener que ocupar su sillón en esta
Real Academia.
El
poema se titula "Ajeno" y dice así:
Largo se le hace el día a quien no ama
y él lo sabe. Y él oye ese tañido
corto y duro del cuerpo, su cascada
canción, siempre sonando a lejanía.
Cierra su puerta y queda bien cerrada;
sale y, por un momento, sus rodillas
se le van hacia el suelo. Pero el alba
con peligrosa generosidad,
le refresca y le yergue. Está muy clara
su calle, y la pasea con pie oscuro
y cojea en seguida porque anda
sólo con su fatiga. Y dice aire:
palabras muertas en su boca viva.
Prisionero por no querer, abraza
su propia soledad. Y está seguro,
más seguro que nadie porque nada
poseerá; y él bien sabe que nunca
vivirá aquí en la tierra. A quien no ama,
¿cómo podemos conocer o cómo
perdonar? Día largo y aun más larga
la noche. Mentirá al sacar la llave.
Entrará. Y nunca habitará su casa.
..................................
Voy
a comenzar contándoles a ustedes un recuerdo y un sueño.
Es
un recuerdo de infancia, de ese tiempo mítico de las personas que,
como decía Cesare Pavese, reproduce en la experiencia de cada uno
el tiempo mítico de la humanidad. Se trata, pues, de un recuerdo
significativo, si entendemos que todo lo que procede de esa memoria
originaria, primordial, es particularmente revelador o elocuente.
Soy
un niño, estoy sentado en un peldaño de la fuente que hay en el
centro de la plaza de mi pueblo, meriendo una rebanada de pan untado
con mantequilla y salpicado de azúcar. Es una tarde de estío,
supongo que mis amigos se fueron a sus respectivas casas a reclamar
también la merienda.
Viene
un vagabundo, bebe en un caño de la fuente y se sienta a mi lado.
No es un mendigo, es un vagabundo, y no es una persona desconocida
en el pueblo, se llama Cribas, aparece y desaparece de estación en
estación, a veces de año en año. Apenas tiene trato con la gente,
que consiente su presencia sin prestarle demasiado interés. Nunca
pide, pero acepta una ayuda, jamás una limosna. A los niños ni
siquiera nos causa curiosidad.
Pero
esa tarde se sienta a mi lado, me observa un segundo comer la
rebanada y antes de que yo reaccione, con la incomodidad de su
absurda cercanía, comienza a hablar. No conozco la voz de Cribas,
nunca la oí, hasta podría sospechar que fuese mudo, el silencio
siempre acompañó su figura hosca, lejana.
-Voy
a decirte una cosa, chaval... -escucho, y son palabras que tienen un
timbre de sosiego y confidencia pero que esparcen el temor en su
mismo aviso, como si el recelo de oírlas ya suscitara el temblor
suficiente para amargar el azúcar de mi merienda- En este pueblo no
hay más vivos que muertos, del mismo modo que no hay más críos
que crías, ni más gatos que perros. Siempre os creísteis más de
lo que sois y sois muy poco. Cualquier forastero lo sabe...
El
vagabundo me estropeó la merienda y yo guardé el secreto de lo que
me había dicho, entre otras cosas porque tuvo que pasar bastante
tiempo hasta que percibiera el sentido de sus palabras.
Probablemente si hubiese intentado contarlo, no lo hubiese logrado
y, a buen seguro, mis amigos ni siquiera me hubieran creído.
Lo
que más me impresionaba de sus palabras era la referencia a lo que
cualquier forastero sabía, eso incrementaba la inquietud de la
extraña evaluación de muertos y vivos, niños y niñas, gatos y
perros. La figura del forastero tenía en mi infancia una aureola de
extrañeza y misterio, el que no era de nuestro pueblo o de algún
otro pueblo reconocible no parecía de ningún sitio, y ese debía
de ser el mejor modo de saber más que nadie, de patrimonializar lo
desconocido. Era una aureola de experiencia y lejanía, la misma que
probablemente de forma degradada tenía el vagabundo.
También
el sueño que voy a contarles pertenece a mi infancia, aunque como
tal sueño, con algunas variantes, se reiteró en mi adolescencia.
Seguro que su rastro está más modificado que el del recuerdo, la
remembranza de un sueño a la fuerza tiene que resultar más
evanescente. Dicen que los recuerdos se inscriben en la piedra y los
sueños en el agua, las lápidas de la memoria equivalen a los líquidos
del durmiente.
Viene
un hombre y se sienta a los pies de mi cama. Estoy dormido, pero
estoy despierto, quiero decir que soy dueño de esa doble conciencia
que tanto ayuda a la estrategia del soñador.
El
hombre acaricia mi frente, luego me llama por mi nombre. Me levanto
y me voy con él o, al menos, doy unos pasos indecisos por la
habitación para acompañarle, probablemente hasta consiento que me
coja de la mano. Entonces me doy cuenta de que estoy solo. El hombre
ya no está conmigo.
En
la ventana de mi habitación hay una luz blanca, un palor de luna o
el reflejo de una farola. Me asomo y lo hago con cierta prevención,
casi con miedo. La calle es muy larga, extrañamente escindida entre
una gran avenida y una carretera, casas rotas, árboles, señales de
tráfico, un camión aparcado, un carro.
El
hombre camina por ella, podría decir que camina sin moverse y no
podría asegurar si va o viene. Cuando de nuevo lo siento a mi lado,
mirando conmigo, me despierto. Tiene mi mano cogida en la suya.
Alguna vez he pensado que me despierta la fuerza que hace con sus
dedos en los míos.
El
recuerdo y el sueño que acabo de contarles conforman el sustrato de
la única historia que a lo largo de mi modesta vida de escritor, de
narrador, no he logrado escribir, por mucho que lo haya intentado
infinitas veces. En otras, mis intentos fueron negativos pero en los
resultados, quiero decir que se llevaron a cabo, aunque de mala
manera.
Hace
ya tiempo que cejé en el empeño, convencido de que tan denodado
esfuerzo ya no pagaba el tiro, y por eso puedo ahora hablar de ello,
seguro que con más lucidez que tranquilidad, ya que las historias
que se niegan alimentan una rara zozobra que perdura más de lo
debido.
¿Qué
historia podía suscitarse desde el sustrato de esa doble
experiencia compaginada; qué era exactamente lo que a mí me
hubiera gustado contar... ?
Supongo
que la historia de una aparición, porque lo que resultaba bastante
claro es que ambas experiencias se imbricaban en un obvio hilo que
daría sentido a la posible trama: el vagabundo del recuerdo sería
el hombre del sueño, aunque el lector tardara en percatarse, y ese
hombre tendría la identidad de un forastero. Ambos eran dueños de
una apariencia fantasmal, tenían la presencia indecisa de los
aparecidos.
Poca
cosa, como ven ustedes pero, al menos, un principio, no el comienzo
exacto de lo que yo podría contar, sino el sentido de lo que nutriría
la trama. Podría ser la historia de una aparición y de una
contabilidad. El forastero era el extraño, el extranjero capaz de
evaluar los muertos inminentes de esa ciudad de casas rotas, alguien
que sabía del destino de los demás o que, al menos, presumía de
ello.
Sería
un niño quien tendría la aparición, un niño que transformaba sus
sueños en presentimientos y obsesiones, un niño que un día,
cuando estaba merendando en la calle, sería abordado por un hombre
que le haría una extraña advertencia, y que él reconocería después
en el temor de sus sueños donde, además, iría constatando los
muertos cobrados, tanto entre sus familiares como en el barrio o en
los desconocidos de las esquelas, puntualmente advertidos por el
hombre.
La
historia también de una destrucción, ya que la propia ciudad se
iba rompiendo y, sobre todo, la historia de ese niño angustiado al
que se le amargó el azúcar de la merienda, que se hizo adolescente
acumulando las sospechas de que los extranjeros son dueños de un
conocimiento que nosotros no tenemos, de una sabiduría que puede
destruirnos, que son ellos quienes más saben de nuestro destino y
de por qué hay más niñas que niños y más perros que gatos.
La
historia, al fin, de una confusión, de un sinsentido y, como tal,
la radiografía de un sueño que termina como empieza, exactamente
como la historia debería haber comenzado y acabado, con un
vagabundo hambriento que observa merendar a un niño. En ese momento
ya debiéramos saber que lo que le sucede al vagabundo es que está
hambriento, que los extranjeros que más nos inquietan son los que
tienen hambre, que cuando nos observan nos amargan la mantequilla.
Como
ven ustedes, una historia imposible para cualquier escritor con dos
dedos de frente. La imposibilidad radicaba en que yo tenía
misteriosas percepciones sobre el sentido de la historia,
suficientes para nutrir su condición de fábula, pero todas mis
ocurrencias para que la trama fraguara y encontrara su destino eran
inocuas o, lo que es peor, más disolventes que significativas, más
artificiosas que verdaderas.
Nada
de lo que se me ocurría dotaba de intensidad y complejidad a lo que
quería contar, los elementos de la historia no aportaban emoción
ni dramatismo a su sentido. A veces, recordando la atadura de su
sustrato, llegaba a pensar que lo que le sobraba al recuerdo le
faltaba al sueño, que la experiencia de esa atadura no era un
acicate sino un limite para la imaginación.
Y
esto me llevó a considerar que cuando una historia se suscita tan
radicalmente desde la experiencia, cuando en ella encuentra el
obsesivo sustrato que la contiene, es más difícil de lograr, ya
que existe una mayor predeterminación en sus elementos, más
dificultades para que la imaginación recabe su libertad.
El
recuerdo y el sueño imprimían una huella excesiva, irradiaban
demasiado. La parte sustancial de la experiencia que habitualmente
yo necesito para escribir tiene que macerarse en la memoria para
poder alimentar la imaginación, y al macerarse se transformará sin
remedio. Mi recuerdo y mi sueño no habían encontrado el fulgor de
su transformación, permanecían incólumes, eran un alimento crudo.
Esa
libertad de la imaginación se contradice habitualmente cuando se
escribe una historia con fidelidad, pues de lo que se trata no es de
ser fiel al sustrato de una experiencia, sino de encontrar la
fiabilidad que sostiene la verosimilitud de lo que se cuenta. La
tensión entre ser fiel y ser fiable no suele resultar
particularmente enriquecedera a la hora de escribir, antes al
contrario suele ser fuente de desconcierto y desánimo.
El
narrador necesita estar poseído por la convicción de lo que
escribe, ser dueño de la confianza más absoluta, saber que lo que
tiene entre las manos es completamente fiable y, como tal, verosímil,
por muy fantástica o disparatada que resulte la materia del relato.
La sobrecarga que además supone ser fiel, puede resultar excesiva.
A
fin de cuentas, la fidelidad a una experiencia puede convertirse en
una carga más moral que literaria, y la moral que contiene lo
literario destilará, para bien de lo literario y de lo moral, de la
complejidad de la obra, de su misterio y belleza.
En
cualquier caso, lo verosímil es lo que hace que lo imaginario sea
verdadero, lo que podría llevarme a afirmar con alguna exageración
que sólo lo fiable es fiel, que la fidelidad de la fábula hace
imprescindible su fiabilidad. Bien sabemos que la vida no es la
ficción, pero que lo imaginario es otro ámbito de la vida. Fieles
y fiables, pedían los viejos moralistas. Un buen relato, o el mismo
que yo intenté escribir pero no pude y que probablemente tampoco
hubiera sido bueno, debe ser honrado. La honradez es una forma de
perfección, no sólo moral, también artística.
Fui
honrado no escribiéndolo, si lo hubiese escrito con más confusión
que convencimiento, forzando la máquina con los ardides del
profesional, hubiese escrito como mucho un relato engañoso. Hubiera
sido la peor manera de no ser fiel ni fiable, de perderle el respeto
al niño que merendaba, al vagabundo y al hombre que apretó mis
dedos en el sueño.
Me
parece que la reflexión para justificar el fracaso de esa historia
es ya más que suficiente.
Buscaba
con ello testimoniar algunas de las vicisitudes con que el narrador
alimenta sus zozobras, y sé de sobra que ni siquiera estas
reflexiones pueden aportar un grado de claridad razonable para
entender por qué una historia se deja o no se deja contar, sobre
todo por qué no se deja.
Las
zozobras tamizan la indecisión y la revisten de inquietud, ayudan a
que la convicción no sea fácil, alargan el proceso de la
escritura, le dan riesgo, en ocasiones riesgo inminente de
naufragio. Forman parte imprescindible de ese proceso que suele
tener una disposición psicológica bastante obsesiva. Cuando se
escribe se suele estar inquieto y, con frecuencia, más nervioso que
sereno.
Afirmo
con frecuencia que no me gusta compaginar escritura y sufrimiento,
casi me resulta escandalosa la idea de que se pueda sufrir cuando se
escribe, de que el dolor acompañe el acto de la creación, de que
escribir sea doloroso. No estoy hablando, por supuesto, del dolor
real, de la desgracia en la vida de quien escribe, de los grandes
sufrimiento morales y físicos de tantos creadores, por otro lado
comparables como mucho a los de quienes no lo son.
Cualquier
sublimación de ese orden me repele, en comparación con el respeto
que me merecen las zozobras y penalidades que cubren los flancos de
la creación, de la escritura, ese destino del arte como consuelo de
la vida que sólo costosamente puede lograrse, ese plus de más que
en lo imaginario conquista el narrador con un esfuerzo paralelo al
de vivir. De un esfuerzo se trata, de un esfuerzo guiado por el reto
de lo que se persigue, normalmente culminar la historia que uno
quiere contar. Y hay una buena medida de consuelo en lograrlo.
Escribiendo se vive, y añadir más vida a la vida es una
consoladora conquista.
Hay
cierta actitud estética en la imagen del escritor doliente, muy
equiparable a la propia imagen elitista, distanciada, de quien se
cree tocado por el dedo de los dioses. Es una imagen fatua que, a
veces, también alimenta la de un cierto malditismo, la variante del
escritor que busca la maldición como patrimonio, cuando todos
sabemos que la maldición no se gana, es un penoso tributo de la
desgracia y la injusticia de la vida.
Una
imagen que, como digo, me repele. Supongo que mi hedonismo me ayuda
a huir de cualquier tipo de dolencia, especialmente del sufrimiento
de la escritura. Y no es que me agrade la imagen contraria, la del
placer de escribir aunque, en cualquier caso, estoy más cerca de la
idea de que el arte le da a la vida placer e intensidad, que todo
arte que se precie es placentero, por mucho dolor o sufrimiento que
exprese.
No
me gusta la idea del dolor en la escritura, puedo jurar que no sufro
cuando escribo y, sin embargo, estoy lleno de zozobras, la inquietud
es un resorte de la misma, ya que todavía menos que el sufrimiento
me gusta la complacencia. La convicción en lo que se escribe se
logra desde la contradicción, y escribir es un acto enormemente
contradictorio, que expresa muy bien no ya la agitación o la
conturbación de nuestro espíritu, también esa tensión de
hallazgo y conquista, ese impulso de descubrimiento que apacigua la
zozobra cuando se produce.
Se
dice que los seres humanos complacidos ofrecen complacencia y se
hacen complacientes, probablemente lo mismo nos suceda a los
escritores con nuestras ficciones. Complacerse es la mejor manera de
aceptar los halagos, una buena salida para huir de la contradicción
y acabar escribiendo fábulas complacidas que no contengan ningún
elemento perturbador, que estén al otro lado de la oscuridad y el
misterio, donde la vida es diáfana y entretenida y donde las cosas
están dispuestas con el orden que las justifica.
Nada
interesante hay que contar donde todo está contabilizado, no hay fábula
que pague el tiro para refrendar la paz de espíritu y de
conciencia. La contradicción devaluada produce como mucho
contrariedad, del mismo modo que nos acostumbramos con más
facilidad a lo complicado que a lo complejo. Vivimos una realidad
complicada y el espejo de la misma puede estar lleno de llevaderas
complicaciones.
La
complejidad de la vida exige en el arte otro espejo que, como poco,
irradie cierta luz en la oscuridad de vivir, que nos comprometa con
lo sustancial de nuestra existencia, no con lo accidental de la
misma.
Sé
de sobra que la imposibilidad de escribir la historia que me propuse
a partir de aquel recuerdo y aquel sueño, se relaciona con mi
incapacidad para desarrollar la fábula desde la complejidad de su
sentido, no desde la más o menos ingeniosa complicación de un
argumento.
Una
historia es siempre algo más o algo menos que un argumento, una
acción que encadena sucesos o los enuncia o hasta prescinde de
ellos para buscar la esencialidad de su significación, menos en lo
que se cuenta que en lo que se sugiere. En todo caso, una historia
discurre, transforma, imprime un destino a lo que comienza y, aunque
proponga un final abierto, un final sin final, sugiere como poco una
fisura que contiene alguna modificación, aunque sólo sea la patética
modificación de constatar que todo cambia para quedar lo mismo.
Fallaba
la maceración, permanecía cruda la experiencia, no se producía la
necesaria metamorfosis que implicara esos elementos imprescindibles
con los que habitualmente se escriben las ficciones literarias: la
imaginación, la memoria, la palabra...
Me
gusta esa idea de la memoria como maceración de la experiencia y
una de las frases más plásticas y significativas que he oído en
los últimos tiempos es la que afirma que la imaginación no es otra
cosa que la memoria fermentada.
Para
los escritores que a la hora de definirnos, de tener que decir algo
de nosotros mismos, siempre algo de más y algo de menos, nos
declaramos escritores de la memoria, esa idea y esa frase resultan
francamente elocuentes. Se escribe desde la memoria, donde se macera
la experiencia de vivir y, al fin, lo más imprescindible que es la
imaginación, esa facultad del alma, no es otra cosa que la memoria
fermentada.
Quienes
nos declaramos escritores de la memoria encontramos un auténtico
salvoconducto para transitar por la imaginación como por casa, para
tomar conciencia de que la imaginación es el grado supremo de la
memoria, el propio fermento de nuestra vida, de nuestra
sensibilidad, de nuestras emociones y afectos, la facultad que
alimenta la combustión, la potencia que enciende nuestras
invenciones.
Un
modo de entender, aunque sea barriendo para casa, que imaginación y
memoria son la misma leña de esa hoguera que calienta la ficción y
que, al fin, desde la experiencia de vivir hasta la experiencia de
escribir ficciones el mismo salvoconducto permite cruzar todos los
territorios sin que en ninguna frontera nos tomen por lo que no
somos.
Siempre
pensé que la memoria del narrador es el depósito que mejor
contiene los elementos literarios de su experiencia, ese humus que
salva del olvido lo que merece perpetuarse en la escritura mientras
se macera, que rescata lo más significativo de lo que vivimos y
recordamos para poder nutrir la fabulación.
Siempre
me interesó mucho esa idea de que el patrimonio imaginario de la
humanidad es, en muy buena medida, el patrimonio de su memoria, que
una parte sustancial de lo que ha sido el ser humano se encuentra en
el espejo de las ficciones, que para el conocimiento de una época,
de una sociedad, para encontrar el reflejo más íntimo de la misma,
el latido más secreto de quienes pudieron vivirla, hay que recurrir
a las novelas.
Precisamente
es esa memoria del interior, de lo más misterioso y secreto, la que
más intensamente albergan las ficciones, ese espejo oculto que se
contamina de lo más oscuro, de lo que probablemente nadie confesaría
a nadie.
En
la evaluación de esa memoria del ser humano que contienen las
novelas, podemos encontrar las huellas más secretas, y un recuento
de lo más hondo y misterioso de los sentimientos, de las emociones,
de las frustraciones y deseos, que el ser humano acarrea, como hijo
de su tiempo, como ejemplo de su época, sólo en las ficciones es
posible.
Lo
que avala una vieja convicción, a la que muchos narradores nos
agarramos desesperadamente, porque es la que más nos conviene y
convence: la que resume nuestro intento de escribir, de crear
ficciones literarias, nada más ni nada menos que como la pretensión
de contar la vida, si contarla supone no ya otro modo de vivirla,
también de sustanciarla, de procrearla, de extenderla, de hacer que
la experiencia de lo imaginario cobre en la palabra otra verdadera
realidad.
Una
realidad que tamiza el espejo de la escritura, desde la imaginación
y la memoria, y que se materializa precisamente en la palabra...
La
vieja pregunta que inquiere sobre el territorio de la memoria que
contiene la literatura, la novela, la ficción, sigue dando pie a
algunas reflexiones parangonables con otras destinadas a decidir lo
que supone la propia memoria de la literatura, la tradición que la
conforma, la conciencia de esa tradición a la que se pertenece, en
proporción a la propia lengua como elemento constitutivo y
expresivo de la misma.
Si
la ficción es esa otra parte de la vida que se acumula en las
conquistas imaginarias del arte de narrar, la memoria que pertenece
a esas conquistas, que las nutre y revela, tiene la peculiaridad de
un valor más ambiguo, de una verdad que pervive en el recuerdo
escrito de su fabulación, de una huella que en la verosimilitud de
lo que se cuenta marca un grado de lucidez y belleza distintos a los
que se obtienen por otros conductos.
Una
evaluación de lo que en la memoria histórica, en el devenir de los
siglos, supone la memoria literaria, la memoria narrativa, la huella
de esa verdad artística que se ha perpetuado en el universo de lo
imaginario, resultaría tan contundente que, si por un momento, pudiéramos
pensar en su pérdida o en su inexistencia, sentiríamos el terrible
vacío de lo que sólo ella contiene: ese otro resplandor del pasado
que la ficción literaria hace revivir con el latido, la intensidad
y la complejidad con que sólo el arte derrota al tiempo. Porque una
parte imprescindible de la conciencia de lo que somos está en lo
imaginario, en el espejo stendheliano o metafórico de lo que la
ficción refleja.
Y
es que la vieja pregunta sobre el territorio de la memoria que
contiene la literatura, tiene su mejor contestación en el propio
ejercicio que cada uno podemos hacer de lo que a través de la
literatura sabemos, recordamos, reconocemos, del pasado: de tantos
conocimientos que perviven y se recrean conectando nuestra
sensibilidad de lectores con los universos que encierran las
ficciones.
Aunque
la novela esté ya muy lejos de aquella prerrogativa de escuela de
vida, que obtuvo en la edad dorada del género, sus conquistas
siguen remitiendo a ese interior de la memoria que tan profundas
significaciones genera, a esa revelación de lo más hondo del alma
humana, en tantas figuras inolvidables, en tantos personajes que
viven su tiempo y llegan al nuestro habiendo roto la lejanía que
acrecienta su vida, que la sigue haciendo nuestra.
Ningún
archivo documental, histórico, puede preservar, más allá de un
caudal de datos e información sobre modos de vida, en todos los órdenes
en que la vida humana se muestra, el sentimiento profundo de la
misma, el latido que contiene sus emociones, desazones, deseos, la
mirada secreta, el placer o el dolor, de algún ser humano en un
tiempo pasado.
Sólo
desde lo imaginario laten y perviven, contribuyendo a una memoria de
la existencia humana de la que no queda huella tan honda en ningún
otro sitio, seres como Emma Bovary o Ana Ozores. Y al interior de
sus corazones sólo podemos llegar en las novelas que habitan, donde
su vida derrota al tiempo y sigue brotando con la intensidad eterna
de la ficción.
La
memoria imaginaria es la dueña de una sustancia muy peculiar de los
recuerdos, no sólo de unos recuerdos distintos, sino de la
pervivencia de una vida distinta que los nutre y preserva,
salvaguardados, podríamos decir, en el placer y en la emoción de
la palabra narrativa: esa que se fragua en algún misterioso
encuentro de la imaginación y la memoria.
De
la palabra es de lo que más me gusta hablar y de lo que más me
cuesta. No hay camino en la escritura sin su hallazgo, la ficción
no tiene posibilidades de llegar a buen término sin la palabra
adecuada. No sirve cualquier palabra para contar cualquier historia
y, además, la palabra con que las historias pueden contarse es una
palabra que obtiene una peculiar entidad que la convierte en palabra
narrativa.
A
lo mejor a la historia frustrada de mi recuerdo y mi sueño lo que
de veras le faltó fue la palabra estricta que la configurara, no ya
la palabra que la hiciera posible sino la que sustanciase lo que la
historia podía suponer y significar, la verdadera materia de la que
únicamente podría estar hecha. La palabra que la contara de la única
manera en que debía contarse, si entendemos que la palabra es la
materia de la narración.
Hay
palabras erradas y las hay imposibles. No sé cuánto tiempo estuve
errando, equivocándome, lo cierto es que la historia crecía en la
escritura pero no ganaba mi convicción, la escritura podía
envolverme engañosamente y yo mismo hacía un acto excesivo de
credibilidad para agarrarme a lo que fuera, cuando todavía no me
había resignado al fracaso. Me agarraba a la falsedad de aquellas
palabras que estaban erradas y, al estarlo, eran falsas o, lo que es
lo mismo, artificiosas.
Las
palabras imposibles no eran otras que aquellas que no lograba
conquistar, las que se mantenían ajenas a la virtualidad de mi
descubrimiento, las que necesitaba y no hallaba, las que de veras
precisaba la historia para acabar siendo una historia que mereciera
la pena.
Escribir
no me estaba resultando un camino de descubrimiento sino una senda
de extravío, y bien sabemos que, con frecuencia, en cualquier
actividad, cuando bajamos la guardia, por cualquier senda nos
perdemos, el engaño todavía es un aliciente para quienes no saben
lo que quieren o deciden ir a cualquier sitio, con tal de llegar
como sea.
En
las horas más bajas de aquella historia, yo andaba perdido y las
palabras anudaban el engaño de aquella pérdida que podría
convertirse en una perdición o, con más exactitud, en un fiasco.
En
fin, que tampoco las palabras me acompañaban, y era absolutamente lógica
esa falta de compañía, ya que es habitual en quien se pierde estar
solo. Mi escritura horadaba un túnel errado, la oscuridad de ese túnel
no era un aliciente de su misterio sino de su yerro, de su desvarío.
El escritor escribía exclusivamente prevalecido de su capacidad de
escritura, como el profesional de turno, pero sus palabras desmentían
los hechos, los hechos narrativos quiero decir. El artificio restaba
naturalidad, lo que al escritor le hacía tener mal cuerpo, y la
historia, como ya advertí, ni alcanzaba su sentido ni encontraba su
destino.
La
palabra narrativa es aquella que obtiene su entidad de tal, siendo
en principio una palabra más, una palabra cualquiera, cuando el
narrador la dota, o mejor la insufla, de esos otros elementos que
constituyen la ficción literaria: imaginación y memoria. La
palabra narrativa sería así una palabra imaginativa y memoriosa o,
para llevarla más lejos, fantasiosa y memorable. La palabra, al
fin, que la historia requiere para que lo imaginario exista.
El
orden y la razón de ser de esa palabra, de esas palabras, puede
acabar promoviendo un estilo, ya que el escritor acumula, cuando es
dueño de la lucidez suficiente, obsesiones comunes que destilan de
su concepción del mundo, de su mirada, de su sensibilidad y
conciencia, y que son las que irradian las fábulas que va a contar.
El
narrador conquista, cuando tiene ambición y es dueño de esa
imprescindible lucidez sobre su obra, lo que ha dado en llamarse un
mundo propio, y ese mundo propio irremediablemente se sostiene en un
estilo personal. Los grandes retos literarios suelen alimentar
precisamente la ambición de conquistar un mundo propio y un estilo
que lo sostenga. El estilo que provendría del reiterado hallazgo de
las palabras precisas para narrar con naturalidad las historias que,
al ser así narradas, alcanzan la mayor belleza y complejidad.
Tener
un mundo propio es como tener una identidad de escritor, y esa
identidad no suele responder a una vana o presuntuosa pretensión,
esa identidad se gana, y es la ganancia más ambiciosa y
comprometida de quien escribe.
De
cuando en cuando se vuelve a escuchar que el arte impone un reto,
que la escritura puede asumirse desde la facilidad o el riesgo, que
el reto descansa en la ambición y el compromiso de quien escribe.
Digo que de cuando en cuando se vuelven a escuchar consideraciones
de esta índole y, además, hay escritores que no necesitan
hacerlas, que las demuestran en su trabajo, en su obra.
Son
con frecuencia consideraciones lamentatorias, en estos tiempos en
que el arte se contamina con extrema facilidad del comercio y en los
que la palabra se somete al "marketing", de tal modo que
la ficción se suma a la venta bajo la impronta de que lo que no
vende no existe.
Es
la exageración lo que justifica esas palabras defensivas, porque
extremando esa pretensión comercializadora, sólo en el comercio el
arte lograría perpetuarse, obviamente un arte devaluado,
comercializado, una ficción halagadora y entretenida que no pudiera
apasionar ni perturbar.
Pero
la palabra no tiene dueño, se escribe desde la propiedad más
estricta y, sin embargo, lo que se escribe es de quien lo lee, de
ese innominado destinatario que hace suya la palabra que le llega y
convence, emociona y fascina. El autor asume el reto y el lector le
secunda, siempre habrá algún lector para secundar ese reto, aunque
no sea numeroso. El "marketing", el comercio, distorsiona
y hasta extorsiona, pero no le va a quitar a la literatura lo que
tiene de ambición y compromiso. Es al escritor a quien compete
hacer la opción que le dé la gana, los cantos de sirena jamás
resuenan en el oído de los artistas que tienen claro lo que
quieren, tan claro que les resultaría imposible escuchar otra música
que no fuera la suya.
Hay
un lector, nutrido o limitado, para que los escritores asuman ese
reto hasta donde quieran, hasta donde puedan. Es el lector el mejor
aval de esa ambición, de ese compromiso, el lector que está a la
altura del autor que le interesa, que también vive y se alimenta de
sus ficciones. Todos sabemos que la gran literatura ha sobrevivido
en los grandes lectores, que son esos lectores que imponen su gusto
los que marcan una pauta, todo lo secreta que se quiera, a lo que se
escribe, lectores que, además, tienen un gusto diversificado,
suficiente para atender opciones variadas, mundos diversos, más allá
de las modas o hasta de los caprichos de quienes dictaminan lo que
hay que escribir y lo que no hay que escribir, lo que se lleva o no
se lleva.
La
palabra no tiene dueño, el auténtico propietario, que es quien la
crea, quien la escribe, se desprende de ella lo antes posible para
que alcance a quien la lee, ese otro dueño desconocido y repetido
que la hace suya, si estamos de acuerdo en que leer es un acto casi
tan creativo como escribir, ya que la palabra resuena en quien la
lee y la ficción se reconstruye, se reescribe en cada lector y en
cada lectura.
Difícil
que el comercio logre otra cosa que la distorsión o la extorsión.
Contribuye, no lo dudo, a devaluar, a trivializar, a confundir, a
empobrecer, pero los lectores que tienen claridad en lo que quieren,
en lo que piden y exigen, no van a dejarse engañar. El fenómeno de
la excesiva comercialización, en una sociedad tan exacerbada como
la que vivimos, posibilita, y no deja de ser penoso, que la novela,
o un producto parecido y empleo el término producto
intencionadamente, no necesite novelistas, que desde cualquier ámbito
de la notoriedad y el consumo se requiera el producto, con una
absoluta falta de respeto para un género que contiene, desde que
existe, una parte fundamental del patrimonio de la imaginación
humana.
El
novelista es suplantado por quien no lo es y la novela, el producto,
suele resultar una caricatura vendible, no lo dudo, pero que no
puede engañar a un lector verdadero, probablemente ni al
vergonzante lector que la compra, ese lector que habitualmente no
lee. El resultado es así de triste e irrespetuoso: novelas sin
novelistas que compran lectores que no son lectores...
Tener
un mundo propio y, en consonancia, un estilo personal, es como vengo
diciendo un buen enunciado de esa ambición del narrador, y no es
difícil escuchar entre narradores la escueta declaración de este
intento. La identidad de lo que uno es y quiere escribiendo, no
remite exclusivamente a lo que la ambición comporta y el reto
supone, también remite a la libertad que el escritor gana cuando se
adueña de ese mundo, cuando se apodera de ese estilo.
Se
dice que eso sólo se logra desde la madurez. Supongo que esa
referencia de madurez no se compagina estríctamente con la edad, más
bien con la lucidez. La madurez, la lucidez, suelen recargarse desde
la experiencia y, normalmente, la experiencia del escritor se
alcanza escribiendo. Experiencia y lucidez, me parecen dos términos
equilibrados para, al fin, iluminar ese mundo, darle el estilo, las
palabras, que lo hacen posible.
Tener
un mundo propio es también sentir, como digo, que ese mundo es
fruto del mayor grado de libertad con que un narrador puede contar
sus historias. No hay escritores más libres que los que fundaron su
propio universo y encuentran la palabra narrativa que avala esa
fundación.
A
veces ese mundo tiene especiales reclamos, la libertad se expande
porque el creador libre es el menos conformista, quien tiene y
retiene quiere dejar de retener tanto para tener más, no hay
historia que cierre ese mundo si el talante del escritor es
vitalista y expansivo. Por supuesto que ya sabemos que con muy poco
se han hecho grandes e intensos mundos, pero también con mucho.
La
ambición del escritor impone el baremo de sus retos, la lucidez
ayuda, la experiencia es un aval. Parece que se acabaron los tiempos
de los artistas ingenuos, de los escritores ingenuos, con el bagaje
del siglo que hemos clausurado todo parece posible menos la
ingenuidad, todo escritor que se precie tiene la inocencia perdida,
como todo ser humano que se precie o no.
El
único residuo estético que se percibe es el que todavía tiñe
cierto gusto posmoderno para sustituir al ingenuo por el ingenioso.
Casi todas las propuestas de ingenua ingeniosidad derivan de lo que
la literatura le da a la literatura, de lo que el arte le da al
arte, como buscando una salida brillante y escapista al dilema de
seguir o no atados a la vida a la hora de contar, o dejar de contar
para recontar los hallazgos y metáforas que provienen de la propia
literatura, un brillante solipsismo de cuño elitista, muy en
consonancia con el pensamiento débil y la levedad de la inspiración.
Entre
los especiales reclamos que derivan de la propiedad de ese mundo
imaginario, de la libertad que esa propiedad confiere, suele
resultar especialmente intenso el que incita a hacerse poseedor de
una geografía imaginaria, a sentir la necesidad de que ese mundo se
asiente en una realidad completa, en un trasunto donde nada falte,
ni siquiera los perfiles cósmicos, los paisajes naturales, urbanos
y humanos que conforman cualquier geografía de la vida.
En
esos territorios imaginarios la libertad del narrador suele ser
completa. El impulso de crearlos es sin duda un impulso de libertad,
un impulso nacido tanto de la necesidad como de la ambición, yo diría
que de una ambición necesitada de algo más y sufragada, sin duda,
por la libertad.
Uno
conquista su mundo de ficción y a veces con él se conforma, ya que
ese mundo es suficiente para que destilen de la forma más
significativa las fábulas que se quieren escribir, esas fábulas
que albergan las obsesiones de ese mundo, el sentido y el destino de
su pensamiento y mirada.
Pero
a veces, uno siente que la conquista no basta, que el impulso de lo
que se pretende crear contando hace necesaria una colonización, que
es preciso configurar un territorio que, a la vez, albergue la metáfora
de ese sentido global de todas las historias, que delimite geográficamente
ese sentido, como si el propio territorio contuviera el hálito de
lo que en él sucede, de lo que en él se cuenta, ya que toda
geografía imaginaria es, de alguna manera, una geografía del alma,
una geografía del misterio.
La
experiencia de esa colonización no añade un plus de más al
escritor que la lleva a cabo, le añade como mucho un plus de
peculiaridad, es una opción necesaria y, como tal, significativa,
quiero decir que, como bien sabemos, no todos los grandes escritores
fueron dueños de territorios imaginarios, muchos no los
necesitaron, todos fueron dueños, por supuesto, de mundos propios,
de universos personales complejos y misteriosos.
Los
territorios imaginarios responden a necesidades que el propio
universo del escritor segrega, necesidades con frecuencia imperiosas
para que lo que se quiere contar tenga también el lugar
imprescindible que enriquezca las significaciones, que auspicie,
como ya he dicho, el sentido. Las geografías de la imaginación son
siempre geografías metafóricas y, con frecuencia, míticas, también
algunas veces simbólicas.
En
esos territorios imaginarios lo mítico suele ser un aliciente
interno del relato, un humus nada ajeno, desde su propia sustancia
de sueño y lodo, a la vida que discurre, como si esa misma
sustancia contagiara dicho discurrir y en el sentido memorable del
relato pudiéramos tener la sensación de estar viviendo un tiempo
sin tiempo, algo tan fundacional como actual, la ejemplaridad arquetípica
de un personaje, de un suceso, de una emoción, de una pasión, de
una mirada, que se eternizaron al ser primordiales, al contener toda
la pureza y el sentido de lo originario.
Acaso
eso sólo sea todavía posible en un territorio fundacional, donde
la palabra pueda seguir siendo el principio de todo, la palabra
narrativa, la que crea porque cuenta, un territorio imaginario, como
vengo diciendo, un territorio de la palabra.
Insisto
en esa tensión y hallazgo de la necesidad y la libertad. La
peculiaridad del colonizador no es otra que la del escritor que
siente esa necesidad de una morada para su mundo, ya que sin esa
morada su mundo no se completa, no alcanza el destino y el sentido.
La libertad es el resorte de esa ganancia, de esa colonización.
Cuando
el narrador atisba el territorio ya presiente que está cerca de su
tierra prometida. Pero como ya advertí hay muchos escritores que no
necesitan ni tierra ni promesa, ni siquiera la seguridad de llegar a
algún sitio. A veces la peculiaridad se gana sin salir de casa, en
un viaje sin viaje o, como a mi personalmente tanto me gusta, en una
aventura a la vuelta de la esquina...
La
historia que compaginaría el recuerdo y el sueño no fue posible.
Si lo hubiera sido, habría ahora una fábula más o menos modesta,
y es casi seguro que si la fábula existiese yo hubiera sido incapaz
de rememorar esta tarde ese sueño y ese recuerdo.
La
ficción es un punto de llegada, los elementos y materiales que la
hacen posible se diluyen cuando cumplen su cometido, que no es otro
que ese: que exista una historia escrita que alguien pueda leer.
El
narrador suele encontrar dificultades para confesar el origen de lo
que escribió, también para enumerar las emociones o sensaciones
que nutrieron su escritura, las ideas, las ocurrencias que fueron
surgiendo y sirvieron de alimento o aliciente. Esas dificultades las
provoca el desinterés. Una historia concluida es una aventura
culminada, y lo único que puede importar al narrador es la
siguiente, lo que de nuevo comienza a fraguarse en la obsesión de
lo que viene. Volver a lo que hizo posible lo escrito no parece,
además, un ejercicio estimulante, parece el efecto de una
curiosidad bastante inocua o de una redundante manía.
Pero
volver a lo que hizo imposible la historia que quise escribir y no
pude, al sueño y al recuerdo, implica retomar la inquietud, el
desasosiego, la zozobra, más allá de lo que también supone tomar
conciencia de una frustración.
Una
historia frustrada es una historia enquistada.
El
vagabundo regresa y hasta he intentado orientarlo hacia otras
ficciones donde, al menos, no desentone. Sus palabras han logrado
afianzar en mi memoria una constancia excesiva, como si la
advertencia y la admonición que contienen supusieran un sufrimiento
en mi conciencia del que no logro librarme:
-Voy
a decirte una cosa, chaval... -vuelve a repetir con la insistencia
de quien no perdona- En este pueblo no hay más vivos que muertos,
del mismo modo que no hay más críos que crías ni más gatos que
perros. Siempre os creísteis más de lo que sois y sois muy poco.
Cualquier forastero lo sabe...
El
niño merienda su amarga rebanada, y por supuesto que jamás se me
volvió a ocurrir comer pan con mantequilla y azúcar.
Desde
la ventana del sueño vuelve el hombre que estaba sentado a los pies
de mi cama y que caminó por esa calle que cada día se me parece más
a la de una ciudad bombardeada.
Dijo
mi nombre antes de irse y está conmigo cuando me despierto. Me había
cogido de la mano para que le acompañara y, al despertarme, tengo
la sensación de que aprieta mis dedos.
El
vagabundo del recuerdo es el hombre del sueño, siempre supe que ese
debía ser un elemento sustancial de la trama pero, como ya advertí,
jamás se me reveló el sentido de que eso fuese así.
El
único logro de esta historia es su título. Lo supe desde la
primera frase de la primera vez que intenté escribirla: "La
mano del sueño".
Dicen
que los buenos títulos suelen estar muy cerca de las ideas poéticas
que a veces presiden las fábulas.
A
lo mejor es que en este caso, el mismo título es la historia y con
él debo resignarme: una mano que desde el propio sueño viene a
despertarte de un mal recuerdo...
Luis Mateo Díaz


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