|
|
José
Jiménez Lozano
Premio
Cervantes 2003

Texto
que nos envió José Jiménez
Lozano a Literaturas.com
cuando le solicitamos su discurso para
reproducirlo íntegramente en
nuestra publicación electrónica y
que agradecemos profundamente:
"Mis
estimados amigos, con mucho gusto les
remito el discurso del Cervantes, y
soy yo el que tiene que estarles
agradecido. Esta muy bien que ustedes
sean algo así como "la casa de
la literatura", todo con minúsculas
y acogedor. GRACIAS".
Muy
cordialmente,
José
J.Lozano.
Discurso
Integro
Día
23 de abril, Universidad de Alcalá de
Henares (Madrid) en presencia de
sus Majestades los Reyes de España
Señor,
Señora:
Ocupo en estos momentos de la
recepción del Premio
Cervantes esta prestigiosísima cátedra
del Aula Magna de esta Universidad de
Alcalá, de un tan alto grosor y peso
en la historia intelectual y cultural
de España, porque en ella me ha
instalado por unos momentos la
gratuidad de dicho honor y distinción,
para agradecerlos, y mostrarme
comprometido a hacerles honor en la
medida de mis fuerzas. Y las necesitaré
porque, en este caso concreto del Premio
Cervantes, hay ciertamente, para
quien lo recibe, un plus
de deuda y exigencia más allá de la
literatura. Lo que queda explicitado,
con sólo aludir a la entidad y
significación del nombre de dicho
galardón, y de las manos de quienes
se recibe.
Por su obra entera, en efecto,
y de modo muy especial por el uso que
de la lengua hace, se ha convertido
Cervantes en símbolo o hasta
encarnación de España, y la Corona
lo es por la naturaleza y significado
mismos de la institución y su
historia, que han estado ligadas, como
va de suyo, a esta empresa de la
lengua. Y ello, tanto por conciencia
de lo que la lengua implica en la
comunidad de la que la Corona es
cabeza, como por la atención personal
de los monarcas, manifestada
ampliamente en patrocinios,
mecenazgos, protecciones, ayudas y
espoleos; y de una manera muy
singular, y como recogiendo toda esa
herencia, se muestra en la preocupada
atención de los actuales Reyes de
España. Y no únicamente en el ámbito
de ésta, sino en el otro magno ámbito
de las naciones que hablan español, y
componen una como provincia entera de
la cultura humana, por encima y por
debajo de la diversidad política u
otras diferenciaciones de cualquier
tipo. El español nos rige.
La realidad es ciertamente de estas
dimensiones, y, consciente de ello,
quizás me conviniera callarme con la
mera enunciación de mi agradecimiento
y mi disponibilidad personal, como ya
he hecho, que poca cosa es, aunque la
única hacedera para mí. Lo que pasa
es que ser escritor – o escribidor como me gusta decir para
quitar empaque a un oficio que al fin
y al cabo es tan modesto – supone
andar metido en todas esas
responsabilidades de la lengua para
nombrar al mundo, como desde lo que
llamamos literatura se nombra, y John
Keats nos explica tan hermosamente
cuando nos dice que hay que hacerlo,
teniendo los pies en el jardín de
casa, y tocando con un dedo en las
esferas del cielo. Con estas
pretensiones y necesarias
auto-exigencias vive un escribidor,
aunque nunca las logre, y, porque sabe
esto, a algún árbol tiene entonces
que arrimarse, que dé sombra a esta
empresa. Y, en esta gran provincia
universal del español que antes decía,
tenemos al señor Miguel de Cervantes,
que es nombre y olmo altos, y cuenta y
pesa en los pensares y sentires
universales y hondos.
En las viejas y algo destartaladas
escuelas rurales, y en las otra aulas
de luego estudios medios y superiores,
a veces de no mucho mayor acomodo,
sucedía, sin embargo, algo tan
extraordinario como en el cuento de la
Cenicienta, cuando ésta se queda en
casa a realizar las azanas más
serviles de ella, mientras su
madrastra y sus hermanas asisten a una
brillante fiesta en un palacio. Esto
es, sucedía que aparecía una carroza
de cristal en la que iba un príncipe,
nos invitaba a subir a la carroza, y
partíamos. No sabíamos adónde, y ni
siquiera si regresaríamos.
Tal y tan fantástico, en efecto, es, en
el acto de leer, el encuentro primero
y radical con un escritor y una
escritura, que se nos hacen admirar,
cuando tenemos intacta todavía
nuestra capacidad de maravillarnos,
incluso si entonces no le entendemos a
derechas, ni podríamos entenderlo.
Nos bastaba saber que aquellos hombres
eran grandes para rendirles nuestro
respeto y entregarles nuestra fiducia.
Y había que hacerlo, y lo hacíamos
sobre todo con uno de ellos, un señor
Miguel de Cervantes que era titulado Príncipe
de los Ingenios, pero del que sabíamos
su verdad, tal y como Mayans y Siscar
la enunciaba al escribir que, viviendo
fue un valiente soldado aunque muy
desvalido, y escritor muy célebre
pero sin favor alguno. Y aún
peor, porque, a fin de cuentas, era, y
es, escribidor, que ponía y pone a
sus lectores en esa misma situación
que él mismo describió cuando decía
que lo único importante era caer en
la cuenta de que se tiene un ánima, y
esto es en lo último en que queremos
caer en la cuenta cada uno de
nosotros, porque si
la locura de la sinceridad se
apropiara del mundo ¿qué quedaría
del mundo?, y, cuando
me tome la locura de la sinceridad, ¿qué
quedará de mí?, nos preguntamos
todos, consciente o inconscientemente,
con Marcel Jouhandeau.
¡Dios
sabe lo que diría el señor Miguel de
Cervantes de las cosas y aventuras de
ahora! Él es uno de los antiguos
rostros pálidos europeos de los que,
según la modernidad, no puede
importarnos nada, y del que para nada
necesitamos desde la altura de estos
tiempos; de manera que no es que esté
escondido por amedrentado con estas
altanerías, sigue por donde siempre
sus pasos y costumbres fueron; y no es
que no sea reconocible, sino que no
tendríamos nada que conversar con él,
si nos lo encontráramos como en otro
tiempo. Pongamos por caso en una
posada o mesón, charlando o jugando a
las cartas, yendo a pie, o jinete en
asno o mula de eclesiástico, en algún
alto de un viaje, o, desde luego,
escribiendo en un aposento de su casa,
con la mano entumida apoyada en su
mejilla y en la otra la pluma, y con
la mirada pasmada buscando palabra
exacta, carnal y verdadera, para lo
que trata de escribir.
Mi hermano trata de sus
cosas en su cámara,
decía su hermana Andrea, cuando por
el señor Miguel de Cervantes se
preguntaba, en su casa de Valladolid.
Porque mi
hermano, por ser hombre que escribe e
trata negocios, e que, por su buena
habilidad, tiene muchos amigos.
Y
sus
cosas eran que tenía visitas de
banqueros de Portugal y Caballeros de
Santiago, o andaba en sus figuraciones
de escritura, y negocio de las palabras, como diría
ahora mismo el Maestro Luis de León,
que por estas aulas alcalaínas pasó
aprendiendo. Y trataba este negocio de
las palabras el señor Miguel de
Cervantes, cuando tenía tiempo, o el
tiempo le sobraba porque ya no tenía
empleo como no fuera el de tratar con
impresores, o quizás de ver como se
arreglarían las viejas cuentas de los
tiempos de sus recaudaciones
andaluzas, o de forjar y armar algún
negocio, en la medida en que un
banquero ha de hacer negocios con
quien no tiene dineros, aunque sí
melancolías de Italia y hasta quizás
de Portugal sólo entrevisto. Porque
también las tenía de las ínsulas y
navegaciones de los mares del Norte, y
nunca había estado en ellos, pero
guardaba amores y laceraciones allí
ocurridas en esas mismas tierras y
mares de su ánima, que ya serían, en
adelante, verdaderos para todos
nosotros.
No
era seguro siquiera que el señor
Miguel de Cervantes tuviese una
estancia para sí mismo, siendo tan
estrecha la vivienda y viviendo el allí
con cinco mujeres, sus deudos, y
vecinos de vidas pobres y dobladas.
Quizás nunca tuvo esa estancia para sí
mismo que Virginia Wolf y Teresa de
Avila querían para ser, y ser ellas
mismas, salvo cuando en Sevilla su
amigo Tomás Gutiérrez, un antiguo cómico,
se la cedía en aquella su posada
principesca. Toda la vida debió de
estar buscando tal estancia. Es decir,
lugar para estar y escribir, que fuese
de condición apartadiza y con
silencio, desde el que no se oyeran
voces ni ruidos descompasados, y en el
que todo no fuera un entrar y salir, y
un decir continuo de voy
a por esto, me he dejado lo otro,
preguntan a la puerta por vuesamerced,
ha llegado una carta y hay que pagar
su porte. La casa de Tócame
Roque era aquella casa de
Valladolid, aunque quizás la
recordase luego cuando la tranquilidad
de su otra casa de Madrid estaba hecha
no del silencio como
de Cartuja, sino de silencios de
olvidos, y de
pesares que pesan, y no dejan
hablar ni escribir, con ellos sobre el
ánima. Pero de ésta, del ánima,
hizo casa bien segura, y desde ella
respondía. y responde siempre, porque
historia a historia, se hila y se
recuerda.
Así
que, recordando por mi parte, el
simplicísimo y tremendo prólogo al Persiles
en el que Cervantes
cuenta que en el camino de
Esquivias a Madrid. fue reconocido por
un estudiante que comenzó a gritar,
entusiasmado: Éste
es el manco sano, el famoso todo, el
escritor alegre, y, finalmente el
regocijo de las Musas, lo que es
resumir, por cierto, las cosas que
habitualmente seguimos diciendo de
este hombre y su escritura, y
recordando, asímismo, que él, el señor
Miguel de Cervantes, contesta que no
es eso, que ése es un error donde han
caído muchos aficionados ignorantes;
yo, señor, soy Cervantes, pero no el
regocijo
de las Musas, ni ninguna de las demás
baratijas que ha dicho, yo no
quisiera tampoco decir aquí palabra
que el propio señor Miguel pudiera
llamar y llamara baratija, que es
decir, retórica, amplificación,
fabricación de ens fictum o realidad fingida, faux
brillant;
porque son las palabras las que
dan el sentido y no al revés, que decía
monsieur
Pascal. Y tal es la gloria y el
misterio de la literatura, que es el
alzar vida con palabras hasta de un
cuerpo muerto, y asentar en la verdad
las historias que se cuentan.
En
la escritura, nadie es grande por su
estilo, sino por su gramática; no lo
es por su crítica política, social o
de costumbres, sino por tocar la
gloria y la llaga de la naturaleza
trunca del destino humano, que parece
revelarse sólo a aquellos que, como
el señor Miguel de Cervantes, prestan
mucha atención y tienen mucha
misericordia con los hombres, y
desarman con su ironía el nudo
gordiano de las paradojas del vivir,
sus insolubles enigmas, aceptándolos
como se están y son, y contándolos
en una lengua que, en feliz formulación
de Marcel Bataillon, si
se la compara con los guisos
condimentados, y hasta
salpimentados de su tiempo aunque no sólo del
suyo, tiene la sabrosa insipidez de la leche o
del pan. Más que ningún otro
escritor [...]
él permanece fiel al ideal de
transparente sencillez que Juan de
Valdés había formulado en el Diálogo
de la lengua:
escribir como se habla.
Estética igualmente, de mis señoras
y señores de Port-Royal des Champs,
por cierto; y la misma del querido
Maestro Luis de León, según le
contestó a un denunciador suyo algo
redicho, diciéndole que así tan
simplemente hablaba y escribía, porque
no sé otro romançe que el que me
enseñaron mis amas, que es el que
ordinariamente hablamos.
Este
señor Miguel de Cervantes se alimenta
de la memoria y de la escucha, que son
la materia del contar; personas y
lugares que han herido su alma, para
que la de quienes le lean también
quede lacerada por las palabras, y dé
un vuelco; porque del ánima y sus
pasiones trata siempre un narrador de
historias, y no de otra cosa; esto es,
de la singularidad de cada vida, y su
destino. Para remover otras vidas.
El
pensamiento renacentista del que
Cervantes es hijo impregna su
escritura de todos los grandes temas y
preguntas del tiempo, y no ciertamente
como importados del pensar
especulativo y discursivo ajenos y
europeos, como ha sido la tendencia a
ver las cosas a veces, quizás
embaucados por la trampa del Prólogo
a la Primera Parte del Quijote,
sino porque él mismo, Cervantes, es
un humanista, y lleva en su propio espíritu
todo ese problematismo y sus
vivencias, pero expresa todo eso,
obviamente, como lo hace un escritor,
que es modo bien distinto del
especulativo en que se expresará
Erasmo, pongamos por caso. Pero el
Cervantes contador de historias es un
humanista más, entre los que reclaman
para la literatura el estatuto de
conocimiento, y maneja él mismo los
mismos topoi
y categorías, o imaginarios, del
tiempo; tales como la moria, los fantasmas, y el stultus,
o scurra,
a su modo de escritor, como digo; y
también están en sus pensares los
otros asuntos de la gloria de las
letras, la pertinencia de las lenguas
vulgares para nombrar el mundo y como
lenguaje de disciplina, pero, desde
luego de manera eminente, en el diario
vivir humano para verdad y eficacia
del nombrar; y están, en fin, la
dignidad, la fineza del sentir y de la
palabra de los más sencillos, y de
los seres de desgracia. Y de tal
manera esto último que Cervantes
puede, y debe, ser incluido, sumo
honor realmente, en ese pequeño número
de genios verdaderos que Simone Weil señala
como los únicos dignos y capaces de
mostrar la desgracia y la condición
de los aplastados por ella, y que no
debemos confundir con los poseedores
de talento, que es muy otra cosa; algo
brillante y ruidoso siempre desde
luego, pero, como Ernest Renan
pensaba, al fin y al cabo, sólo la
forma más baja de la inteligencia.
Estamos hablando de quienes no
producen las genialidades y
esplendores del talento, sino que se
asoman a pozos y a abismos, o desposan
sencillamente los susurros y la
misericordia. De manera que no podemos
ofender el lenguaje de Cervantes,
declarándole por nuestra cuenta
dechado y falsilla de la buena prosa,
porque baratija sería; se trata
del lenguaje, - armonía
y dulzura, para utilizar otra fórmula
frayluisiana -, que hace que vivamos y
desperemos, que nos lacera, o por el
que nos llena de alegría aquello que
leemos y una escritura dice; esto es,
realmente una lengua carnal y
verdadera, y no una alquimia o juego
de palabras, pura técnica del
ars dicendi, un aspecto en el que
Cervantes se apartaría del pensar,
del sentir y del uso de su tiempo, que
pertenece a un nivel de realidad, al
fin y al cabo, formal e instrumental,
incluso si es soberbiamente retórico.
Y aquí me remito a una especie de
palabras fundantes al respecto del
profesor Lázaro Carreter, cuando
escribe que don Quijote es un
héroe novelesco enteramente insólito,
inimaginable en época anterior: un
enfermo por la mala calidad del idioma
consumido; y la mala calidad es la
de toda lengua que no nombra, por
coruscante que sea y nos deslumbre. Y
lo es la de la lengua instrumental y ahí-a-la-mano,
banalizada y sin sonoridad a ser
humano y a grosor de siglos, o la
lengua encanallada por los dos grandes
totalitarismos y la comercialidad de
nuestro tiempo, que ciertamente nos
llevan a la locura y al crimen -
porque en la base de ambos está,
desde luego, la gramática -
y nos impiden el conocimiento y
el autocomprendernos en el mundo, que
es para lo que se escribe. Herr Martin
Heidegger describía a la palabra como
la
casa del ser; pero nosotros,
aunque mucho más modestamente,
podemos alzar nuestra experiencia de
este negocio
cervantino de las palabras que
nombran, comprobando, en verdad, que sólo
ellas nos instalan en el conocimiento
y abrigaño en los adentros, y nos
permiten no permanecer en la pura
instrumentación y desamparo.
En
la casa levantada con palabras por el
señor Miguel de Cervantes, y ahora
mismo, podemos nosotros escuchar esas
voces que hablan de nosotros, y de los
hombres de cada tiempo, como ocurre
siempre con los personajes y las voces
de las grandes creaciones literarias,
incluso si un tiempo como el nuestro
no quiere saber nada de historia, ni
de historias de hombre, y el oficio de novelista es una tarea
profundamente misteriosa que molesta
al mundo moderno, como comprobaba,
hace ya cuatro décadas, la novelista
norteamericana, Flannery O´Connor.
Pero aquí, Cervantes nos repite,
ahora, no con ninguna clase de
autoridad postiza que jamás tuvo,
sino con su antigua palabra susurrada
y poderosa, que él nunca quiso irse con
la corriente del uso. Porque los
usos pasan, y van a dar a la mar,
derechos a se acabar y consumir,
pero los hombres necesitan siempre una
gran misericordia y viático de ironía,
para vivir apacible y serenamente, y
como hombres, incluso en medio de
desazones y tormentas. Y de armar
historias, para nuestro conocimiento y
consuelo precisamente, se ocupaba el
señor Miguel de Cervantes, en la cámara
de su casa, en su mechinal de posada,
o en su baño de Argel, o incluso
cuando ya la muerte le dio cita y
plazo, que no otra cosa es ese
castillo de cristal del Persiles,
tallado como un diamante oscuro,
porque es como un resumen, - la
fragancia del vaso, que Azorín
diría admirablemente -
de todos los sueños y enigmas
de los hombres; una callada armonía
de voces y decires, historias de mil
vidas que, al decirse, implican otras
vidas, y otros tiempos, y todos los
anhelos del vivir desviviéndose, en
ínsulas extrañas, las de los
adentros, en las que aquellas
historias se sajan y revelan; o quedan
en el misterio enquistadas. Y todo
ello contado con tan suave cuidado y
dolorido sentir, tanta misericordia,
en una lengua antigua y tan sin
tiempo, como Bach componía con sus
anacronismos sus caprichos de
alabanza o piedad; como candelas para
luz del alma, que eran a las que volvía
sus ojos don Quijote, a la hora de
morir, queriendo entonces hacerse
caballero de una Caballería
perdurable.
Hay
en ese sueño, que es el Persiles,
un tal atendimiento a la precisión y
armonía de la lengua, en efecto, que
ciertamente ahí se aúnan el espíritu
de fineza y el de geometría,
de los que hablaba Pascal, y componen
un discurso como el de Spinoza; y de
tal modo se torna obsesiva la cuestión
de la honestidad del pensar y el
escribir contando historias
verdaderas, que todo eso sitúa
también al señor Miguel de
Cervantes, entre ellos e inter pares, en los otros altos
momentos del pensar y el sentir
barrocos. Baruch de Spinoza tenía en
su biblioteca las Novelas Ejemplares de Cervantes, y
conocía a un hombre de letras que,
por alguna laceración en su
existencia, también se creía de
cristal como el licenciado Vidriera
cervantino; y guiños son éstos que
hace la vida como las novelas que son
vida, aunque no se ajusten a cánones
como las del señor Miguel de
Cervantes, sino que estén regidas más
bien por el spinoziano sentir de que
no se debe reír ni llorar ante la
aventura de la vida humana y su oscuro
discurrir y destino, sino sólo tratar
de comprender, y que es mejor un sueño
o esperanza gozosos que la certidumbre
de una desgracia. Lo que ni ahora ni
nunca, desde luego, va, ni irá jamás,
con
la corriente del uso.
Cervantes
sabe, y lo muestra - y esto sólo lo
saben y lo muestran los grandes que
con su gramática nombran el mundo y
las historias de los hombres como lo
hizo Adán con los animales - que todo
es nada, sólo niebla y humo, y que
también el escribir lo es. Qohélet
ya lo había avisado más de dos mil años
antes, pero también que no se dejarían
de escribir libros, porque, al fin, el
mundo y el rostro de los hombres y los
libros humo son, pero también gloria
y alegría, y hay que desposar y vivir
éstos, antes de bajar a lo oscuro,
amparados a la luz del alma. Y esto es
caer en la cuenta de que se tiene una,
como el señor Miguel decía, según
apunté más arriba, y de que ésta
está siempre inquieta por la verdad y
la hermosura. La escritura alimenta
ese anhelo, y lo satisface con sus
transfiguraciones y presencias
reales.
Las
grandes horas de España, como las de
cualquier civilización y empresa del
espíritu, siempre de la corriente del
uso se separan y desgajan. De la
tensión y entrecruce de
pensares, sentires y vivires, de la
España de las tres leyes – única
en Europa -, y de la de la interior
aventura de los conversos - que es un
hecho mayor en la cultura europea,
porque ahí nace la conciencia no del yo cartesiano sino del yo
existencial y vívidero -, se origina
el más alto esplendor de nuestra
hermosura literaria, en toda la enorme
provincia misma de la Hispanidad de la
que antes hablaba, y en las
comunidades donde se da aún la
pervivencia del judeo-español, que
nuestra ánima lleva y preserva.
Deseo,
para España y su cultura, que,
abiertas y entrecruzadas con los
sentires y saberes del mundo entero,
porque el solipsismo cultural es un
puro sinsentido, se sigan estando en
su ser mismo, y que allí donde estén
ellas, esté el centro, como, en la
gloriosa discusión sobre quién
presidiría la mesa, dijo don Quijote
a Sancho en casa de los duques; y no a
tontas ni a locas precisamente, sino
sabiendo. No a baratija, sino a ánima,
como yo quisiera haber pergeñado un
apunte o silueta, aquí, ante ustedes
y en la presencia de los Reyes de España,
acerca del señor Miguel de Cervantes,
de nuestra lengua, y de quienes en el
ancho mundo la hablan, o la entienden,
y la aman.
Majestades,
acepten este mi deseo como un voto
antiguo, al que nobleza obligaba, ya
que he quedado enrolado en este
negocio y vinculación cervantinos por
la distinción misma que se me ha
concedido. La civilidad y la
cristiandad, dice Pascal que impiden
hablar de uno mismo, y hasta
pronunciar el primer pronombre
personal; pero espero no faltar a esta
gramática, que llevo en mi propio
corazón, si sólo apunto a ese mi yo
un solo instante para decir, sencilla
y nuevamente: GRACIAS.
.
©José
JIMÉNEZ LOZANO 2003.
Volver
Página Principal



|
|