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Entrevista
David
Torres

©Fotografía
Pep Vicens por gentileza de La Bolsa
de Pipas
por
©Miguel
Baquero
David
Torres (1966) es Licenciado en
Filología Hispánica por la
Universidad Autónoma de Madrid, ha
publicado diversos relatos y poemas en
las revistas Cartographica, Poeta de
Cabra y Ariadna. "Nanga Parbat",
ganadora del Premio Desnivel 1999 de
Literatura de Montaña, Viajes y
Aventura, es su primera novela.
Recientemente ha sido galardonado
también con el Premio de Narrativa
convocado por la Editorial SIAL, por
su relato "Donde no irán los
navegantes". Ha sido
finalista de la 59ª edición
del Premio Nadal 2003 en España
con su novela "El gran
silencio". El protagonista de
esta novela negra es un ex campeón de
boxeo.
Introducción
"No
es bueno que un hombre pelee
solo", reza la última frase de
"El gran silencio". Hacía
mucho tiempo que uno no sentía esa
especie de pequeña lástima que
produce acabar un buen libro, esa minúscula
pena que provoca abandonar un sueño
que nos ha atrapado durante varios días.
"No es bueno que un hombre pelee
solo", concluye esta formidable
historia enraizada en el mundo del
boxeo; y justo cuando cierro el libro,
con la figura del protagonista,
Roberto Esteban, aún revoloteando en
la memoria, cuando todavía puedo ver
a ese personaje sincero, dolido, y
profundamente humano arrinconado
contra las cuerdas, soportando el
castigo, suena la campanilla de la
puerta del bar, con un vago eco al
gong que da inicio a la pelea, y en el
umbral se recorta la figura de David
Torres. Puntual como los púgiles que
se entrenan diariamente, se dirige
hacia mí con una amplia sonrisa, me
saluda de manera muy cordial y,
tomando una silla, se sienta en ella (¿un
gesto reflejo?) casi a horcajadas,
como los combatientes en su rincón
durante un descanso del combate. Después
de las felicitaciones (obligadas y
sinceras) por su condición de
finalista del Nadal, pero, sobre todo,
por su magnífica novela, la primera
pregunta es casi preceptiva:
Miguel
Baquero.- "El gran
silencio" está protagonizado por
un ex boxeador, y en su desarrollo
aparecen numerosas y acertadas
referencias al ambiente del boxeo. ¿A
qué se debe tu interés por este
mundo y desde cuando? ¿Has practicado
o conocido a gente que practicara este
deporte?
David
Torres.- No he practicado el
pugilismo desde los 12 años, en que
me usaban de saco de boxeo los matones
del colegio, así que mi afición por
el noble arte es estrictamente
literaria, cinéfila y fotográfica.
Salvo el jazz, ninguna otra disciplina
ha generado tanta belleza en fotografías
(si exceptuamos las revistas eróticas,
claro). Del cine para qué te voy a
hablar, están Más
dura será la caída,
Fat
City o
Toro
salvaje,
tres películas que guardan en sus
entrañas tanta compasión como
hermosura.
En
cuanto a la literatura, hay en el
siglo XX toda una tradición narrativa
que va desde los grandiosos cuentos de
Jack London ("Por un
filete") hasta las sagas negras
de Norman Mailer. Recuerdo que leí El
rey de la montaña,
el reportaje sobre el primer combate
entre Mohamed Alí y Joe Frazier, de
un tirón, asombrado y perplejo,
hipnotizado por el reflujo poderoso y
bestial de la prosa de Mailer. De Cortázar
recuerdo "Torito", el monólogo
sobre un boxeador en desgracia, un
cuento que sólo recordarlo hace que
se me llenen los ojos de lágrimas.
Para los que hablan de machismo, no
hay que olvidar que Del
boxeo,
quizá el más bello ensayo que se ha
escrito sobre este deporte, fue
escrito por una mujer, Joyce Carol
Oates. Y el año pasado descubrí a
Thom Jones, ex combatiente de Vietnam
y ex boxeador con más de 150 combates
a sus espaldas, lo cual no le impidió
escribir un libro de cuentos, El
púgil en reposo,
del que lo menos que puedo decir es
que no es indigno de su título.
Pregunta.-
Hombres
que no reconocen su verdadera cara en
el espejo después de una pelea, tipos
quienes sus aparatosos guantes, que no
se pueden poner ni quitar por sí
mismo, les impiden manejarse... El
boxeo, sin duda, puede proporcionar
excelentes metáforas sobre el ser
humano...
David
Torres.- Decía
Oates, en el librito que te comentaba,
que el boxeo puede servir de metáfora
sobre cualquier cosa, porque se parece
prácticamente a cualquier cosa, pero
que no hay nada que se parezca al
boxeo. Personalmente, lo que me llama
la atención del boxeo es que se trata
de una apuesta existencial absoluta
encarnada en términos muy primitivos.
En una página de la novela se habla
de que el púgil ha decidido
prescindir de las armas y las ventajas
de la civilización para regresar a la
edad de piedra, y en otra página se
comenta que el boxeo es una versión
acelerada de la vida: "La gloria
de un boxeador es como el fuego de una
vela: brilla lo que dura. El apellido
se consume con la misma rapidez que la
cera, mientras la cara se va llenando
de churretes, las cejas, la nariz, la
frente, igual que una vela
consumida".
Pregunta.-
La evolución novelística
de Roberto Esteban, el protagonista de
"El gran silencio", es una
continúa progresión en el desencanto
y el cinismo. Un camino por el que
acabará, irremediablemente, aislándose
del mundo, como bien se apunta a lo
largo de la novela con una hermosa metáfora...
David
Torres.- No
veo tan clara esa progresión de la
que hablas... En mi opinión (claro
que la mía sólo es una más)
Roberto, que ha perdido su alma en un
combate terrible, va reconstruyéndose
a pedazos con la ayuda de los otros
personajes. Recobra la ternura al lado
de Laura, el coraje frente a Raimundo
Cerero, la rabia junto al Cáncer, el
miedo con el juez, la decencia con
Chacón, de manera que, al final, está
listo para otro combate, para otra
vida... De ahí, la forma dialéctica
de la novela, los sucesivos diálogos
de Esteban con los otros personajes,
que funcionan como espejos que le
devuelven su rostro magullado.
Pregunta.-
Son
abundantes las referencias, a lo largo
de la novela, a leyendas de la mitología
griega, que el protagonista admira
porque en ellas no hay buenos ni
malos, sino que todos, hasta los
dioses más olímpicos, son unos auténticos
hijos de puta. Al hilo de esto,
criticas las historias de consumo al
uso, llenas de buenos y malos y final
feliz...
David
Torres.- Claro,
los buenos y los malos, según la
terminología al uso. El bien y el mal
puros no existen, salvo en el vacío
craneal de Aznar o de Bush. Toda
novela, decía Kundera, viene a
decirnos: fíjate bien, las cosas no
son tan simples como pensabas. Toda
novela que merezca ese nombre es una fábrica
de preguntas, una nueva interrogación
sobre los eternos problemas del hombre
y una manera de advertir que las cosas
son más complejas de lo que parecen o
de lo que rebuznan el progre o el
neoliberal de turno. Por eso, a
Esteban le gusta el mito del laberinto
y por eso prefiere los dioses de los
griegos, tan humanos, a las horrendas
abstracciones judeo-cristianas. Porque
sabe que hasta él tiene una madre y
porque va a descubrir que un matón
tan inmundo como el Cáncer es capaz
de tener un hijo, de quererlo y
cuidarlo.
Pregunta.-
La novela se desarrolla
sobre el fondo de los extrarradios
madrileños, de los barrios humildes
de una gran ciudad. ¿Crees que éste
es, actualmente, el lugar de donde
pueden surgir los mejores argumentos
literarios?
David
Torres.- No
necesariamente. Los grandes argumentos
literarios deben nacer de la
sinceridad de la ficción y del coraje
del escritor para hablar de uno mismo.
Proust era increíblemente sincero
cuando hablaba de esa alta sociedad
perfumada y egoísta que retrata como
nadie, tanto como Joyce cuando se mete
en una cervecería apestosa o Faulkner
calzándose unas botas, escupiéndose
en las manos y cogiendo un azadón. Lo
importante es que el escritor
encuentre su propio camino, se ponga
sus propias máscaras y funde su
propio territorio, que no hable del
Ritz o del Palace porque quiera ser
Proust, o se disfrace de rústico
analfabeto para emular a Benet o a
Faulkner.
Pregunta.-
Hablemos un poco de tus
modelos a la hora de construir
"El gran silencio". Pienso,
quizás, en Jack London, pienso en los
clásicos de la novela negra
norteamericana: Chandler, Hammet,
Chester Himes...
David
Torres.- Confieso que he leído
muy poca novela negra: algo de
Chandler, un poco de Ellroy... A
muchos de los grandes clásicos ni
siquiera les he hincado el diente, no
por nada, sino por falta de
oportunidad. Yo creo que los modelos
de El
gran silencio están
más bien en el cine y, una vez
terminada la novela, me acordé de una
película que se me había quedado en
el fondo del subconsciente y que quizá
actuó con una especie de fuerza
embrionaria primitiva. Pero no te voy
a decir el nombre de esa película
(muy famosa por otra parte), porque
eso sería quitarle trabajo a los críticos,
que para eso están.
Pregunta.-
"El gran
silencio" es una historia
directa, como la derecha de un buen
pegador, con golpes secos al hígado y
fulminantes crochets. Pese a ello, el
lenguaje es como un buen juego de
piernas, está revestido de una lírica
especial, de una poética propia. Yo
creo que te has planteado un
importante reto, al querer aunar la
belleza de la palabra y la
contundencia de las situaciones...
David
Torres.- Gracias
por tu entusiasta metáfora. Bien,
creo que has tocado el talón de
Aquiles, el punto crucial de la
novela, el mismo al que hacía
referencia Sanz Villanueva en una crítica
en que me reprochaba la belleza de la
percepción de Esteban. Yo creo que no
se trata de belleza sino de precisión.
Dejemos a un lado toda una tradición
retórica (Homero, Shakespeare, Goethe...)
que hace hablar a un gañán con
espada con el mismo vocabulario y la
misma dicción que un gran poeta
isabelino. El vocabulario de Esteban
en sus diálogos es tan limitado como
su extracción social lo permite, pero
su visión interior es otro cantar.
Para mí, la principal función de un
novelista es la empatía, la capacidad
de introducirse en la piel de otros,
de pensar y sentir como otros. Yo tenía
que hacer real el mundo, la percepción,
la mirada de un matón de barrio y
reproducirlo de la manera más fiel
posible, aunque para ello tuviera que
recurrir a un lenguaje al que Esteban
no tuviera acceso. Pero es que yo creo
(en contra de Joyce y a favor de
Faulkner o de Chesterton) que no
pensamos sólo con palabras, que el
lenguaje no es el motor único del
pensamiento. Pensamos y sentimos y
percibimos también con olores,
colores, sonidos, sensaciones y
sentimientos no siempre (en realidad
casi nunca) traducibles a lenguaje. Si
fuera de otro modo, la experiencia de
un hombre estaría limitada por su
conocimiento del diccionario. Por
fortuna, sabemos que no es así, y por
eso un camarero, un pescador o un
labriego semi-analfabetos pueden dar,
y a menudo dan, lecciones a un académico.
Pregunta.-
Con anterioridad a "El
gran silencio" publicaste
"Nanga Parbat", una novela
ambientada en el mundo del alpinismo y
protagonizada por personajes tan
rocosos y esforzados como Roberto
Esteban. ¿Te atraen, como materia
novelística, los tipos, según suele
decirse, "de una pasta
especial", alejados del común?
David
Torres.- Me
atraen el heroísmo, el coraje físico,
tal vez porque carezco de ellos. Creo
que el siglo XX ha hecho un elogio un
tanto desmesurado del perdedor y del
fracasado, especialmente del tipo que
se queda en su casa viéndolas venir.
Quizá por reacción a mi propio
sedentarismo, he escogido montañeros
y boxeadores como protagonistas, y
quizá por mi empacho de libros, los
he convertido prácticamente en
analfabetos. Puede
ser
también una reacción alérgica a
tanta novela pseudo-borgiana,
libresca, henry-jamesiana, en el que
los personajes son siempre,
indefectiblemente, escritores,
lectores, traductores o editores.
Quienes, por cierto, están bastante más
alejados del común que mi pobre
boxeador de barrio. En San Blas al
menos.
Pregunta.-
Actualmente estás a punto
de sacar un libro de poemas, como en
un número anterior de Literaturas.com
anticipamos a nuestros lectores.
¿Podrías hablarnos un poco de ese
libro y del brusco cambio que, quizás,
puede parecernos pasar de una novela
descarnada como "El gran
silencio" a una obra poética? Y
no digas "sí, podría" y
guardes silencio, como tu personaje.
David
Torres.- Londres,
el libro al que te refieres, fue
escrito prácticamente en su totalidad
hace 4 o 5 años, y pertenece a una época
de mi vida en que, por circunstancias
especiales, sufrí una especie de
sarampión poético y salió lo que
salió. Aun así, mi vena de narrador
es tan fuerte que el libro mantiene
una estructura narrativa, con un largo
poema en forma de prólogo ("La
destrucción de la luz") y otro más
largo aún en forma de epílogo
("El puente"), que enmarcan
una historia de pasión amorosa con la
ciudad de Londres de fondo. No hay
mucho más que decir, me parece.
Aunque hay algunos buenos poemas en Londres,
no soy poeta, carezco de esa especie
de visión misteriosa que tienen los
grandes poetas. Londres
es
el testamento de un hombre que murió,
una carta enviada al pasado. Yo sólo
soy un contador de historias.
Me
hubiera gustado plantear a David
Torres un combate en regla a doce
asaltos, doce preguntas, pero las
diferencias de peso nos obligan a
apurar las cervezas y dejarlo aquí.
De camino al vestuario, aprovecho que
David Torres es colaborador de una
revista amiga en Internet, Ariadna (www.ariadna-rc.com),
donde el lector pueden encontrar
algunos excelentes artículos suyos,
para hablar sobre la literatura (muy
buena literatura) que se está
practicando en la Red. Una charla
distendida pero que pertenece al ámbito
del vestuario, un lugar inundado por
el olor a linimento, talco y buenas
novelas.
©Miguel
Baquero 2003
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