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por
Clandestino
Menéndez
ÚLTIMAS NOTICIAS DEL LIMBO
Crítica
acompasada de la novela
ÚLTIMAS NOTICIAS DEL PARAÍSO
de Clara Sánchez
(Premio Alfaguara año 2000)
Entrega
I, Entrega
II, Entrega III
y Entrega IV

Entrega
IV
Antes
de pasar adelante con la novela
quisiera opinar sobre cierto argumento
que, sin duda, será el de mayor
utilización por críticos pazguatos,
cuyo interés se cifra en disculpar lo
indisculpable y presentarnos como línea
de pensamiento lo que no es más que
garabato de estulticia. Se aducirá,
lo sé, lo han hecho muchas veces, que
la inmensa, inagotable trivialidad,
tanto de ideas como de palabras, que
empapa toda esta novela, como muchas
otras, no es un defecto en sí, sino
un a propósito, un recurso destinado
a denunciar la existencia inerte y sin
sentido del hombre cotidiano. Algo así
como un reflejar sobre el papel lo fútil
de la vida actual. Lo insustancial del
hombre. El imperio de la nada. Llevan
soltándonos tal género de cantinela
desde 1975, aproximadamente, año
glorioso en que el vizconde de Polanco
decidió dejar el negocio familiar de
fabricación de churros y aplicarse a
este otro, que parecía más rentable.
Y el caso es que, de ser verdad (que
no lo es, repito, es una coartada)
esto que aducen, de ser verdad...
resultaría peor. Pues si no crees, oh
escritor lechuzo y convidado, en que
la vida de los hombres a tu alrededor
tenga algo de reseñable, ni su
existencia un valor... ¿a qué coño
tomas una pluma y emborronas papeles y
nos largas capítulos? ¿Es sólo
porque el oficio de escritor te parece
más cómodo, mejor pagado y con mejor
horario, que el de evaluador de
restaurantes de la Guía Michelín?
Pues sabe, necio, que si algo honra al
verdadero escritor es su respeto (pese
a todo) por el hombre. Muéstrelo
encerrado en una caverna, luchando
contra molinos o esperando a Godot, píntelo
aturdido, vencido, extraviado, engañado,
cobarde, incluso ruin... detrás de
todo (si de una obra literaria
hablamos) hay una fascinación por las
personas. ¿Qué tú, Clarita, y como
tú otros tantos, no conseguís
sentirla? Pues no hace falta que
consultes a Rappel, ya te lo digo yo:
no eres artista. Basta ya de pensar
que de las pedorreras vacuas de esta
gente polanquina, y otra por un
estilo, tenemos la culpa nosotros, que
no les inspiramos. Meteos esto en la
cabeza, lechuguinos: la gente no es ni
más ni menos trascendente ahora que
antes; es sólo que ahora tiene peores
escritores.
Alien
no se siente satisfecho con la
conferencia porque (pag.
72) algunas
personas de la primera y quinta filas
habían estado distraídas. Sólo
gente como Clara Sánchez y los
Polanco´s boys and girls, tan
acostumbrados al aplauso concertado y
a la clac, son capaces de fijarse en
quién, de la quinta fila de
asistentes a una presentación, no ha
ovacionado a su debido tiempo, para ir
a chivárselo al jefe.
Decía
Aldous Huxley que se hace difícil
admitir que una persona que emplea
frases hechas sea inteligente. Los
bestsellerados españoles las utilizan
tan por sistema, y sin pararse a
pensar en lo que significan, que
muchas veces no ya en lo grotesco,
pero caen en lo absolutamente ridículo.
Es el caso de la pag. 73. Alien pese a ser muy sabio
era muy limpio (eso parece que nos
quiere decir la autora), tanto que en
las orejas se podía comer.
Todo
el misterio de la muerta encontrada en
el lago lo soluciona Alien en un
santiamén, que diría A.Gala. Resulta
que, cada año o así, alguien ve una
muerta. Sugestión colectiva, ¿qué
pasa? Ya está resuelto el enigma. La policía recomienda a los que la ven
que no se lo cuenten a nadie para que
no los tomen por locos, aunque en
realidad es para que no cunda el pánico
y el lago se convierta en un lugar
maldito (...), esto podría devaluar
la zona. ¡Qué agudeza simpar! ¡Qué
perspicacia la de la nuestra autora!
¡Qué bien pensado está todo! Lástima
(por poner un pero) que la redacción
sea de primero de parvulario en un
colegio de monjas ursulinas.
Así
pues, solventado el asunto, Míster
Piernas, que era el principal
sospechoso, puede seguir con su vida: correr
unos diez kilómetros diarios hecho
una pera en dulce y (tirarse) a mi
madre porque la tenía a mano en el
gimnasio. Todo esto ocurre en la pag.
74, y de ello dejo constancia,
quebrantando el propósito que me
hiciera no hace mucho de ir espaciando
la crítica. Y cómo veo que señalando
sólo los errores escandalosos también
las páginas pueden ser excesivas, de
aquí en más señalaré sólo los de
juzgado de primera instancia e
instrucción. De los otros (leves,
menos graves y graves) sepa el lector
que quedan a centenares por marcar.
Pag.
89: Al muchacho protagonista de la
novela le deja la novia por un gángster
(cosas que pasan) y el se toma una
botella de vino de
mil pelas con su madre. De pronto,
sin razón alguna, comienza a reírse.
Me
reí mucho porque necesitaba que algo
del estómago saliese por la boca y no
al revés. Esta forma de escribir,
en verdad, produce arcadas.
Pag.
91: Conservaba guardada la bata como recuerdo.
No la va a conservar perdida, ni a
guardar sin tenerla. En fin, que
sepas, Clarita, que “conservaba
guardada” es un pleonasmo. O
conservaba la bata o guardaba la bata,
ya está, punto. A veces escribir es más
fácil de lo que parece.
Como
agavillando tales asuntos, que
dice Sanz Villanueva en su crítica de
El
Gutural... en este caso, como
agavillando en lo torpe que es esta
gente al escribir, haciendo difícil
lo que es fácil, e imposible lo que
es difícil, téngase este ejemplo (pag.
92): Cuando se marchaba de viaje a algún
simposio, y se quedaba sola en la clínica
(...) mi madre tuvo ratos de
felicidad. El lector debe mirar el
párrafo con el libro delante, donde
resalta con extrema fuerza la confusión
(para el que tiene buen oído) entre
distintas personas, por el simple
hecho de no utilizar los pronombres él
y ella respectivamente, que aquí no
debían haber sido elípticos. Doce
renglones más adelante: su bata abotonada hasta el último botón.
Haber dicho “casi hasta el
cuello”, Clarita, o algo por el
estilo; se te hubiera perdonado, sin
duda, lo impreciso con tal de haber
evitado la tremenda cacofonía
botoneril.
Como
agavillando tales asuntos, y no me
canso de repetir, en la siguiente página:
Que
se joda, dijo, con un pasado
actualizado que actualizaba su odio. ¡Hay
que esmerarse más en la redacción,
Clarita! ¿Qué van a decir los de
Westminster, California?
Lo
peor, con todo, es cuando Clareta se
pone en literata y pretende hacer
descripciones líricas. Las
copas de los árboles arrojaban sobre
la ventana claroscuros, dice en la
pag. 103,
así, con toda la gracia y la
delicadeza de quien cumple un trámite
administrativo. Y sigue: De
los baños salía olor a pino de los
Alpes suizos, los zapatos crujían en
el piso encerado, en la cocina apenas
había provisiones, salvo las pizzas
que yo suministraba. Ah, si el
maestro Azorín levantara la cabeza y
leyera este palabrerío sin
sustancia...
Al
protagonista y a su madre les abandona
el padre (de él, o sea, esposo de ésta...
temo que me esté contagiando del
estilo sanchicino) y en medio de este
trance ambos se encuentran en la
cafetería del Híper con Alien, que
es muy sabio, como ya se dijo: Este
oye lo sucedido y sentencia (pag.
106): Tenéis
que procurar poner orden en el caos.
Es el momento en que debéis demostrar
vuestro poder (...) No penséis como débiles
humanos. Más que un intelectual
experto en cosas metafísicas, como
quisiera Clara, parece R2-D2.
Como
agavillando en esto de la metafísica
insiste la autora en que Fran (el
protagonista) es muy reflexionador. De
hecho, ya de pequeño, después de
darse un baño durante el cual jugaba
un rato con unos ponis de goma (así
dice en la pag. 111, no me invento nada), luego
se ponía al albornoz, se iba al salón,
se fijaba en un farol de la calle y si lo miraba mucho me daba la impresión
de que yo ni siquiera existía, de que
nadie sabía que estaba allí. Es
decir, que en un determinado momento
Fran se siente extraño a los demás y
víctima del paso del tiempo. Pues muy
bien. ¿Y qué? ¿Es en esto en lo que
se basan los críticos a la violeta
para aseverar, como hace Sanz
Villanueva, que si
no pareciera un algo perturbador de la
limpidez anecdótica de
Clara Sánchez (limpidez anecdótica
es el eufemismo culturalmente correcto
para calificar la falta de imaginación
y la escritura niporesas) diría
que nos
hallamos ante una narrativa metafísica?
¿O para decir, como García Guión
Posada, que esta novelucha aporta
un pequeño disentimiento, o quizás
no tan pequeño (bien sabido es
que G-P no se moja ni en la piscina de
su chalete), a
cierta poética ginocéntrica, muy en
boga, que limita, si no clausura, el
alcance de la realidad humana?
Pues verán ustedes, señores
criticotes de cagapoquito, ocurre que
el sentimiento dicho de extrañeza y
contingencia es más antiguo que las
gafas de Umbral; valido, sí, para
construir en torno de él una novela,
a condición de que se haga con estilo
y clase. Pero presentárnoslo como el
descubrimiento de la brújula a estas
alturas es vender filosofía en un
baratillo y sentimientos en un todo a
cien.
Pag.
113: Comenzó el escucharla alejarse... Abucheo
generalizado.
Pag.
114: Apareció Marina marcada por la ausencia
de otras vidas. Eso es marca, y no
la del Zorro.
Pag.
118: Vuelve Alien. No sé por qué,
cada vez que este personaje prorrumpe
en escena a mí me entran escalofríos
por toda la geografía humana, que diría
uno de estos. En esta ocasión se
encuentra con Fran, y la conversación
que se sigue entre los dos es tan
forzada (enfocada claramente a que el
tal Alien diga lo que tenga que decir)
que parece la entrevista a un político.
¿Tú qué opinas de esto?, ¿tú qué
opinas de lo otro?, y cosas así. A
Fran al fin se le ocurre preguntarle (pag.
120) si él consideraba que era atractiva un
poco de agresividad en el amor. Pregunta
bien común donde las haya, sólo que
utilizando correctamente el género
masculino. En fin, sea como fuere,
Alien lanza su tercer (o cuarto)
discursito precocinado sobre el amor. La
técnica a piñón fijo es un error (recomienda
ahora a los varones). Deja
que ella te inspire. Déjate llevar.
Entra en su juego (...) Cada gesto,
cada mirada, cada respuesta te
conducirá milagrosamente por ella.
Piensa que cualquier aspecto de su
cuerpo y de su espíritu es
interesante (...) Es lo primero que
siempre digo: el tiempo se queda fuera
del amor. Esto lo lee una
pastorcilla que anda por aquellos
montes con su hato de ganado, y se
derrite; al resto de los mortales nos
llena de vergüenza ajena.
¿Y
el protagonista, por cierto? ¿Qué
dice ante las declaraciones de éste
su entrevistado? Decir nada, pero su
corazón le latía (pag.
121) como
si fuera a planear en parapente.
(Clara
Sánchez) se zambulle hasta el fondo
(en las turbias aguas de la vida)
donde reposa un mensaje nihilista
apabullante Pero lo hace a su hermosa
y convincente manera, sin griteríos
ni estridencias, sin turbulencias
psicológicas desmesuradas. La mirada
implacable, neutra y lúcida, casi
ajena a los hechos, de Fran, produce
un efecto destructivo, dictaminó
Sanz Villanueva en su artículo.
Destructiva sí que es, hay que
reconocerlo.
Gran
revelación de Fran, el protagonista,
en la pag.
122: Siempre
había soñado con saber chino. ¿A
que no sabe el lector tamarindo y
gerifalte a qué obedece este deseo?
Pues a que... es duro decirlo... ¡a
que de pequeño iba a un restaurante
chino y le gustaba mucho! Esto nos
cuenta Clara sin el menor rubor, y
después, durante cuatro páginas, nos
describe como era el dicho
restaurante, cómo iban vestidos los
camareros, ¡qué era lo mejor del menú!,
y cosas así. Insólito, inaudito. A
Fran le gustaba una de las hijas del
dueño pero
dejé de ver a Wei Ping porque nos
cansamos de la comida china. Y ya
está. ¡Como construye sus
personalidades! ¡Qué profundidad la
de los personajes de Clarita!
Pero
el protagonista, que cada vez es más
reflexionador, concluye este capítulo
mandarín (pag.
126) con esta sentencia (hablando
para sí): El
futuro era un gran océano lleno de
posibilidades y riquezas que aún no
existían y que no sabia dónde se
encontraba. Algo así, pero sin
error gramatical en el número ni de
sintaxis y lógica en el tiempo
verbal, ya había anunciado Alien, el
inefable Alien, sólo tres líneas más
arriba con esta enorme (por lo
trascendente) frase: El
futuro acaba siendo el pasado. No
me dijera más el profeta Perogrullo.
Como apunté anteriormente, esto es
filosofía de baratillo.
Pag.
129: Fran va a ver a su padre. Estaba
muy bien la sensación de tener padre
y así no tenerla de que me faltase
algo para siempre. Una vez más:
pensamiento pueril combinado con
redacción de parvulario.
Clara
es una pánfila irrecuperable. Tal se
desprende de este pensamiento (pag. 130): Creo
que sólo algunos padres representan a
su vez la idea de padre, como algunas
esposas la idea de esposa y algunos
empleados de grandes almacenes la idea
de empleado de grandes almacenes.
Porque nada más que unas cuantas
personas son las elegidas para
simbolizar al resto de las personas. Pues
aprovechando tu estúpido
planteamiento te diré, Clara, que tú
bien puedes “representar la idea”,
que dices tú, del bestsellerado
hodierno: aupado por la cara, famoso
antes que bueno, irresponsable y
atrevido hasta el ridículo...
Acaba
con este momentáneo enfado la parte I.
Quitando aquel amago de “algo” con
la muerta del lago, nada,
absolutamente nada. Un vacío
interestelar. Pura pamplina. Los
sucesos cotidianos, presentados con
una aparente falta de trascendencia,
alimentan una literatura de
pensamiento que posee la virtud de
convertirse en revelación de la
existencia. De tal manera
justifica Sanz Villanueva éste
bodrio. La materia sobre la que se erige
“Ultimas noticias...” es
absolutamente coetánea. Hay una
grisura y sensación de inmediatez en
el texto tan evidentes que resulta
imposible conjeturar que puedan ser
gratuitas, aplaude García-Posada.
Yo, sin embargo, creo que es lícito o
bien tratar los grandes, eternos temas
de la Humanidad, desde una óptica
cotidiana, como hicieron en su día
los grandes escritores realistas y
naturalistas (Zola, Balzac...), o bien
tratar la posible sin sustancia
cotidiana a cambio de un lenguaje
nuevo, experimental, brillante, como
se ha venido haciendo a lo largo del
siglo XX. Pero hacer una novela, como
Clara y como tantos otros, sobre la
vida cotidiana con un lenguaje
cotidiano es simplemente, que diría
mi abuela, pan con pan, comida de
tontos.
Empieza
bien (pag.
135) la segunda parte. No
he visto una idea mejor plasmada que
el dueño del videoclub donde trabajo.
Es la representación perfecta de sí
mismo. Cosas veredes, amigo
Sancho. Un hombre que se parece
asombrosamente a sí mismo. ¡Qué
tiempos estos! Y después de esta
suprema sandez viene ¡una disertación
sobre lo que suele alquilar la gente
en los videoclubs! ¡De casi dos páginas
Pero
de nuevo Clara, por boca de su
protagonista (pag.
137), vuelve a ponerse poética.
Me interno en el párrafo no sin
cierto temor, pues ignoro si las
posibles lesiones las cubrirá el
seguro. ¿De donde ha salido tanta gente en una
tarde polar?, se pregunta Fran. Y,
entre otros sitios: de
jardines errantes por las sombras. De
las cocinas y los salones excavados en
el infinito. Al leer esto, algo se
rompe en mi interior.
Hay
clientes del videoclub (pag.
141) que
se las dan de cinéfilos y que me
piden películas de las que no he oído
hablar, pero que me suenan a buenas.
Desde luego me las veo antes de entregárselas.
Pero, ¿tú sabes lo qué esta
diciendo tu personaje, Clarita? ¿Sabes
lo que es un videoclub siquiera? ¿Cómo
brrrr (me enfurezco) va a verse la película
antes que ellos si se la ESTÁN
pidiendo? ¿Acaso es que los tiene allí,
esperando en el mostrador, mientras la
ve y da su visto bueno? Es muy
posible, sí, ahora que lo pienso...
Nueva
cagadita filosófica (pag.
146): El
tiempo, la idea absoluta de tiempo que
dividimos en presente, pasado y
futuro, debe de ser algo así como la
memoria de Dios. En esta ocasión
suelta tal sentencia Eduardo, que era
el único de los personajes
importantes (es un decir) que todavía
no había dicho ninguna memez. La
reacción de Fran ante esto la que
cabe esperar: llega a su casa, se
tumba en el sofá y, en lugar de ver
la tele, comienza a leer la Biblia. Su
madre, no sé por qué, se extraña.
Que
en el siglo de Mauriac, de Bernanos,
de Unamuno sin ir más lejos, se nos
planteé de esta forma un posible
conflicto religioso debería de ser
motivo, más que sobrado, para la
consternación, el sonrojo y el
harakiri colectivo.
En
la página
147 el protagonista recibe una
llave. Tiene, según él, aspecto
de abrir una puerta. Hombre, no
digo que no haya llaves de encendido
de coches, llaves inglesas y llaves
Allen, entre otras. Pero de cualquier
modo, la observación me parece de un
tontorrón...
Pag.
151: El protagonista de esta crónica,
Fran Simplicisimus, va mucho por la
Filmoteca. Asi viste para tales
eventos: Yo
ahora funciono con un gabán alemán
de segunda mano con capucha. No se
aclara si funciona a pilas o conectado
a la luz. Allí, en la sala oscura,
sueña con hacerse director de cine.
¿Cómo lo conseguirá? Me gustaría encontrarme en la filmo con
alguna chica que viniese sola como yo
(...), que me comprendiese, que
quisiera ayudarme y que luego
resultara que es la hija de un gran
productor. Al salir pienso con fuerza
en esta posibilidad. Yo no llamaría
a esto “posibilidad”, Claruca. Lo
llamaría sencillamente “bobada
infantiloide propia de una mente
subnormal”.
Pag.
156: Al videoclub donde trabaja
Fran entra una muchacha. Viene enviada
por su jefe o yo qué sé. Atención a
la escena: Así
que le pregunto si quiere tomar algo.
Dice que se tomaría una Coca-Cola,
pero que como la Coca-Cola le alteraría
los nervios, prefiere una cerveza. Le
pregunto si la quiere con o sin
alcohol. Dice que tendría que tomársela
sin, pero que por ser el momento del día
que es, la caída de la tarde, casi la
prefiere con. ¡Y que para cosas
como ésta inventara Gutenberg la
imprenta!
Al
volver Fran de por las cervezas le
ocurre algo verdaderamente formidable:
entro en su campo de visión como en un
mar de verano perdido en alguna parte
del planeta. Esto, por cierto, de
“entrar en el campo de visión” de
alguien es cosa que repiten mucho los
bestsellerados hodiernos españoles y
es la segunda cosa más ridícula,
después del piercing, que ha traído
consigo la posmodernidad.
Pag.
157: Me doy cuenta de que se está enamorando
de mí. Va a ser casi inevitable que
me la tire.
Llega
Alien al videoclub (pag.
160). Llega y se
sienta con la mitad del culo en el
mostrador. La pierna cuelga por el
mueble. No, si donde hay
confianza...Al entrar le ha dicho al
prota, entre otras lindezas, que seguro que
estás reuniendo reservas, nuevo
material para el pozo sin fondo. Luego
sigue por ese camino de pensamiento
protoplasmático. Una
y otra vez la irresistible sensación
anegando la conciencia con sus pequeños
cristales que la multiplican. Pero
el día que escribió esto Clarita no
debía de estar muy inspirada, porque
después de sólo diecisiete líneas
de este tenor el gurú anuncia que
debe marcharse, están
esperándole los alumnos de su curso
sobre el alma. Antes de irse a sus
labores exclama: El
alma, ese soplo.
Pag.
169: La llave que le han dado al
protagonista es de un apartamento a la
sazón deshabitado donde ocurren cosas
como esta: Por
las ventanas entra una claridad que no
ha existido desde que nadie la ve.
Me retiro a reflexionar sobre esto
tres horas seguidas
¿Quién
que se llame a si mismo escritor puede
decir (y lo que es peor, escribir,
como hace Clara en pag.
171) que el mal estado de una
botella de leche en el frigorífico se
puede hacer extensible a los
huevos, ciruelas, etc.? ¿O decir un
poco más abajo, que el congelador está
lleno de abundancia de productos sin
caducar?
En
la misma página, reflexiones de Fran
ante el frigorífico: Parece
que cualquier clase de pérdida exige
estar rodeada de señales de pérdida
porque de lo contrario el suceso habrá
tenido lugar en un mundo indiferente a
lo que cesa de estar en él. Pero,
Clarita, hija, ¿de qué coño estás
hablando? No entiendo nada. ¿Era
imprescindible para entender tu
mensaje, por otra parte, no poner ni
una coma?
Pag.
172: El apartamento al que ha
entrado Fran con la llave, y que está
vacio, pertenece a Eduardo. Me
enciendo un cigarrillo, dice el
protagonista,
a pesar de que no fumo para ponerme un
poco en su lugar. Lástima (sí, lástima
digo) que el dicho Eduardo no fuera
fakir, tragador de sables.
Cinco
páginas llevamos ya en el apartamento
vacío. Se
trata del lugar de alguien vacío de
ese alguien. El piso de Eduardo fuera
de la mente de Eduardo. Sus trajes sin
su cuerpo. A esta mujer se conoce
que lo de ver un traje sin persona
dentro le impresionó bastante, y es
como un trauma que se deja sentir
cuando menos se espera.
Pag.
175: La esperanza y la desesperación son
incompatibles, pero la primera conduce
a la segunda. Qué revelación.
¿Cómo
dirás, lector en Alaska, que expresa
Clara que uno, a veces, actúa sin
querer, llevado por la inercia? (por
ejemplo, a la hora de escribir
simplezas). Pues de aquesta manera (pag.
180): Al cabo del tiempo el cuerpo acaba
pensando solo.
Pag.
180: El protagonista, a propósito
de los ojos de una chica: Son los ojos más bonitos que he visto
nunca. Sólo estos mismos cuando los
vi por primera vez los pueden superar.
¿Estás queriendo decirnos,
Clara, que unos ojos sólo son
superados en belleza por esos mismos
ojos? ¿Es eso, verdad? ¿No te das
cuenta, hija, bonita, querida, que
esto es una soplapollada gigantesca y
absoluta?
La
página
184 es comienzo de capítulo y
arranca así: Durante
los días de diario... Yo a veces
creo, de verdad, que esta gente
polanquina lo hace aposta. No se puede
escribir tan mal de natural. Cualquier
persona sensata y terrícola hubiera
escrito "A diario...” y hubiera
seguido adelante. Pero esta gente no.
Esta gente tiene que escribir mal por
narices. Son ganas de destacar.
Pag.
186: Me sorprendo de que cada vez que busco la
puerta del apartamento 121 la
encuentre. Todos, Clarita, todos
nos sorprendemos contigo.
¿Quién
que se considere escritor, repito,
puede escribir, a la vista de unas
botellas mediadas, que éstas estaban en
distintas fases de consumo?
Y
en esta misma página 186, de pronto,
la puerta se abre y aparece Wei Ping.
Wei Ping, sí, aquella que era la hija
de los dueños del restaurante chino
donde... Servirse de la sorpresa en
novelística es recurso muy legal,
brillante a veces. Lo que ocurre es
que hay sorpresas y sorpresas. Hay
algunas que llegan, efectivamente,
bien por producirse en el momento
justo, bien por dirigirse en una
dirección insospechada, a suspender
el ánimo y a provocar asombro. Otras,
por el contrario, de puro exageradas y
arbitrarias, lo que provocan es risa.
Este es el caso. Y adviértase lo
arteramente buscado que está aquí
dicho efecto sorpresa en que al cabo
de sólo unos renglones se nos dice
que la persona que entró no era en
realidad Wei Ping, sino alguien que se
le parecía. Otra china. En fin, patético.
La
china en cuestión (pag.
187) habla en
un español no de aquí, sino de los
sueños importantes.
El
protagonista, repuesto de la sorpresa,
dice a la china (pag.
188): Ven,
siéntate. No te quites el abrigo,
esto es una nevera. ¿Quieres un coñac?
Lo mal que está resuelto este diálogo
se echa de ver en que podría tomarse
perfectamente por una presentación de
electrodomésticos que Fran le
estuviera haciendo a la sorpresiva
china.
A
la china enseguida se le pasa la vergüenza,
por otra parte, y, como era de esperar
en un personaje sancheciano, luego
comienza a decir sandeces pseudo-filosóficas.
En este caso (pag.
190): Si nos ponemos en este plan todo es extraño.
¿De dónde venimos? ¿Adónde vamos?
¿Por qué hacemos lo que hacemos? ¿Por
qué eres blanco y yo soy oriental?
Me
gusta que seas oriental, responde
Fran. Me
gusta tanto que siento remordimientos.
Yo lo que siento es bochorno por
delegación, de verdad.
El
protagonista, en la pag.
193, se sube al autobús. El
conductor comienza a hablarle de
cuando él (el protagonista) era
joven. ¡Y resulta que el tío se
conoce toda su vida! ¡Y resulta que
los otros que van en el autobús,
perfectamente desconocidos para él,
también se la conocen! Entre todos se
ponen a opinar de los suspensos que
sacaba en el instituto, de su trabajo
actual, de las relaciones
extramatrimoniales de su madre... ¿Será
este el famoso espacio
mágico donde los sucesos
extraordinarios y los habituales se
nivelan ante la mirada familiar y al
mismo tiempo reflexiva y poética de
Fran, que dice la contracubierta?
Si es así, me parece un sucedáneo
del realismo mágico bastante cutre.
Si no es así, me parece bastante
cutre a secas.
Pag.
211: No me digas, digo interesado a tope. Y
todavía hay quién se atreve a decir
que esto es literatura.
Tras
una larga, larga y como sacada de un
molde, conversación sobre..
efectivamente, el amor... se acaba el
capítulo en la pag.
215. Y de qué manera. Yu, que así
se llama la china, anuncia: vamos a entrar en el mundo del amor (...)
y deja caer el pañuelo sobre mi cara.
Luego, lo natural, pero con esta
advertencia: A ninguno de los dos se nos ha ocurrido
apagar la luz y no hemos cerrado los
ojos en ningún momento. De hecho,
llamaron a un notario para que lo
certificase.
Ya
está de nuevo aquí (pag.
231) el pesado de Alien. Nuestra
incapacidad para comprender es la que
crea el misterio, dice. Este
gilipollas integral, según la autora
(por boca del protagonista) es
admirable porque sabe captar todos los pormenores del alma
humana. Es lo malo, como decía
aquel, de las novelas de
extraterrestres. Que por mucho que se
esfuerce su autor, las criaturas alienígenas
no pueden ser más inteligentes que él.
A
Fran, el protagonista, le cierran el
videoclub donde trabaja y encima el
dueño le suelta una hostia. Él no se
lo toma a mal, sin embargo, porque
considera (pag.
238) que su jefe ha
sido instrumento de la contundencia de
la realidad. Pues mejor así.
El
Veterinario llama precisamente a Fran
por teléfono, y le dice (repito, por
teléfono), entre otras cosas ésta (pag.
242): La
interrupción total es difícil de
comprender porque sólo se vive en la
continuidad y se comprende en la
continuidad. Ahora comprendo
porque, últimamente, va tanto gente
por la calle hablando por el móvil.
Pag.
243: Me limito a decirle que me llame siempre
que quiera hablar conmigo. Y
cuando quiera hablar con otra persona,
pues también. El caso es poner muchas
palabras una detrás de otra, y hacer
un tomo grande que se venda bien.
Aliterario
es, de hecho, todo el libro, pero a
veces la cosa llega al colmo. Pag. 247: habla de unos jóvenes que
van en el autobús con
el pelo a tope y los detalles de la
vestimenta analizados con lupa. ¿Cómo
será eso de tener el pelo a tope,
calvo de mí?
Esta
chica es tan lerda, y vive tan en su
mundo de Barbie Escritora, que quiere
hacernos creer (pag.
249 y siguientes) que en el Híper
de la urbanización (un barrio de
chalets adosados) donde vive el
protagonista trabajan como cajeras
muchas antiguas compañeras suyas del
instituto, y como fruteros y
verduleros, reponedores y hasta
barrenderos, muchos hijos de vecino
del chalet de al lado. Las cajeras, en
concreto, me miran como diciendo vaya vago. Pero
Clarita, hija, ¿hasta dónde puede
llegar tu visión estupiderne de la
realidad?, ¿tu ignorancia en todo? En
nombre de las cajeras y reponedores de
supermercado, pobres mujeres y hombres
que deben hacerse cada día, sabados
inclusive y domingos, dos horas y
media de tren de cercanías para
llegar desde barrios periféricos y
suburbiales al híper de la urbanización
donde son explotados; y en nombre de
las hijas e hijos de los propietarios
de los chalets, que al día de hoy
estarán empleados, hayan estudiado más
o menos, en bufetes, despachos,
gabinetes, boutiques o el negocio de
papá; en nombre de toda esta gente...
deja de decir bobadas.
Fran,
el protagonista, se hace un tatuaje en
un cuartucho oculto tras unas cortinas
negras al final de una gruta con las
paredes de cartón (pag.
251) Además de tópico, cutre,
como dije antes.
El
protagonista entra en casa del vecino
y descubre una trampilla que da acceso
a un sótano. Baja las escaleras (pag.
256) con
algo de precaución porque al fin y al
cabo un sótano está bajo tierra.
¡La de cosas que se aprenden en los
libros alfaguarros!
Por
la tal trampa se desciende a un
laberinto de corredores subterráneos.
El protagonista reflexiona (¡otra
vez!): los
humanos nos perdemos con facilidad. Si
no pudiéramos perdernos, los
laberintos no existirían.
Según
Sanz Villanueva: Por
ese espacio cerrado —algo de su
latido recuerda el desasosegante
relato kafkiano “La madriguera”,
aunque no guarde relación directa con
él— circulan unas gentes bla bla
bla... Una vez más, una excusa a
pronto pago. En este caso, se pretende
justificar como kafkiano lo que no es
otra cosa que un absurdo involuntario,
un ambiente bochornoso, más que
irreal u opresivo, y unas situaciones
necias, que no ilógicas. Adviértase,
sin embargo, que a esta chapuza
infumable se la pone en la estela del
genial escritor checo... pero no. Se
trata de la (ya) proverbial indefinición
del crítico hispano, de la cual hemos
tenido ejemplos más arriba con lo de
“ni hiperrealizar ni subrrealizar”,
o como fuere, y lo de la “mirada lúcida
a la par que confundida”, o como
pijotas en salmuera fuese también. Un
torpe encaje de bolillos con el que
pretenden enjuagar sus conciencias
estos criticuchos, arrimados a los
placeres de la obediencia debida, pero
conscientes de la enorme, purificadora
carcajada que ya se está formando y
que un día u otro se elevará y
arrasará con todo este panorama. Están
inflando, a toda prisa, con pura
ventosidad de palabras y juicios
descomprometidos, sus botes salvavidas
para, como se dice de aquellas,
abandonar el barco los primeros, a la
que sienten el peligro.
Dejamos
a nuestro protagonista metido en unas
galerías subterráneas. En una
revuelta de dichos corredores (pag.
258) se encuentra al vecino. Un
tipo que apareció allá por el medio
de la novela en un par de párrafos
como elemento meramente anecdótico, y
que ahora parece va a tener un papel
fundamental en la resolución del
libro, hacia cuyo final (alabado sea
Dios) nos encaminamos. Aquí, como
puede verse, ni estructura, ni lógica,
ni plan, ni mensaje, ni gaitas.
Palabras, palabras, traedme palabras,
dicen que exige a sus huestes el
virrey Polanco mientras mordisquea una
pierna de cordero. Pues eso, que se
encuentra al vecino en un estado
lamentable. Lo cual nos da ocasión de
descubrir (pag.
259) que el protagonista es muy
escrupulosito: le dan asco los
cocineros porque a
veces no se lavan las manos después
de mear. Lo que me ha impedido
disfrutar plenamente de las comidas
fuera de mi casa, de forma que todas
las porciones de pizza que me he
ventilado en el Híper... Pero, se
preguntarán aquellos lectores que
hayan conseguido llegar hasta ésta
altura del relato (de todo hay en la
viña del señorito) interesados por
las peripecias de los personajes, ¿qué
es lo que hacía ese hombre, el
vecino, en el sotano tirado? ...Y
lo mismo en los bares y en la
charcutería cuando caen en la palma
de la mano las lonchas de jamón de
york...
Este
repeluzno se extiende a los vecinos
del chalet de enfrente, quienes, al
parecer, andan todo el día por su
casa en pelota vasca. Mi
madre dice que deben ser nudistas o
algo así (pag. 262). Yo creo, vistos los datos,
que son algo así.
Para
nuestro protagonista un domingo sin Yu,
la china, es
flojo desde el punto de vista artístico
(pag. 275) Lo hago constar para que se
siga viendo el estilo general de la
escritura en toda la novela.
Es
curioso, pero el vecino encontrado en
el sotano, que según parece ser está
tronado, se lanza a hablar... ¡y
habla en el mismo tono pseudo-filosófico
de los demás personajes! Hay
que luchar contra la costumbre (...)
La rutina anula la atención. Lo difícil
parece fácil... (pag. 277)
Que Clara no sabe construir
personajes de carne y hueso es algo
que ya el crítico tenía claro. Que
ni siquiera sabe construir dos
personajes de estos suyos boquerones y
blandiblubs, uno distinto del otro, es
algo que sospechaba también y de lo
que ahora tiene prueba.
El
tal vecino, como que de repente, le
revela a nuestro protagonista una
clave de un banco de Ginebra, por si
le sucediese algo. El protagonista le
da a cambio unos walk-man para cuando
esté en el sótano (pag. 279)
y una cinta donde le ha grabado a Oasis,
Queen, The Animals, Bob Dylan, Deep
Purple... etcétera, etcétera. ¡Por
San Apapurcio! Y que ésta buena mujer
diga, en una entrevista en El País
—diario independentísimo de la mañana—,
del 3/8/00, que esta novela fue
una gestación de dos años, pero no
lo confundo como (será con, joder,
¿o es que existe realmente, como ya
dicen por ahí, una confabulación
prisiana de escritores, periodistas y
locutores, empeñados en cargarse el
idioma, ya que no consiguen dominarlo)
un
parto real, este es mucho más
doloroso. Tiemblo de pensar lo que
hubiera sido esta novela escrita al
tresbolillo durante un largo puente
(como así parece, por otra parte).
En
esta misma entrevista, ya que estamos,
afirma la escribidora que todos
tenemos los mismos gustos. Todos
consumimos lo mismo, el mismo cine, la
misma literatura. Eso es lo que
quisierais desde el grupo Prisa,
bonita, pero afortunadamente no. Todavía
habemus algunos sin cuadricular,
dispuestos, aun más, a denunciar el
fraude, la estulticia elevada a rango
de pensamiento, la memez convertida en
categoría artística, la ñoña moral
“a lo progre” que estáis tratando
de imponer.
Es
darle, por parte del vecino, al
protagonista la clave del banco y
desaparecer luego. Que casualidad,
joder. Si no fuera porque considero de
toda consideración a Clarita incapaz
de imaginar tales sutilezas,
cualquiera diría que el chaval le ha
dado matarile rile lon.
En
su lugar, el chico se limita a apagar
las velas de la cámara subterránea
donde estaba encerrado el vecino (pag.
281). Nos cuenta que a apagar
velas le enseñaron en el colegio. La
verdad es que cuando uno es capaz de
aprender algo puede aprender cualquier
cosa.
Bueno,
y ya está. El protagonista, con el
dinero ginebrino, se hace rico y se va
a China a buscar a la taiwanesa.
Asunto solucionado. El cadáver del
vecino aparece descuartizado, por
supuesto, no se nos dice por quién ni
de quién se sospecha, en el lago
raro. Y la madre, que era cocainómana,
cambia de vicio y se hace adicta a
Internet. Sí, sí. Todo eso.
Mira,
Clarita, plantear enigmas en una
novela y no resolverlos, o resolverlos
de aquella manera, sólo puede consentírsele
a grandes, grandes narradores en los
que la idea, el estilo, el arte,
prevalece sobre la anécdota. En ti,
hija, disculpa que te diga, es
imperdonable. Es un timo perseguible
de oficio.
Últimas
noticias del paraíso es,
en resumen, un libro torpe y
deslavazado, pésimo en la forma y en
el fondo. Alguno quizás protestará,
acusándome de estricto y puntilloso,
pero con muchas menos faltas que las
de este libro (las apuntadas son sólo
una pequeña muestra) y con tener más
chispa, muchos autores barbilampiños
y principiantes ven rechazado su
original en las editoriales de
Groenlandia. Aquí, por el contrario,
éste librito es galardonado con un
premio... sabiendo todos lo que eso
significa en nuestro país. ¿Para qué
engañarnos? En la Españeta de
nuestros pesares, como bien la definió
Carlos Rojas, no lee ni Blas. Mas como
existe, de vez en cuando, alguna campaña
publicitaria a favor de la lectura, y
al fin y al cabo es un hábito que da
prestigio, la gente cree obligatorio
cumplimentar el debido trámite
intelectual, y para ello, ¿va a
complicarse mucho la vida? Quita allá,
compra el primer tomillo que se le
ponga a mano, mejor si es con premio,
pues no alberga dudas de que está
comprando entonces una obra escogida
(no en balde la elección del
galardonado fue anunciada en televisión,
y acudió al evento ni más o menos
que la actriz de moda); compra el
bodrio, como digo, que le quieran
envolver en una faja, y no hay peligro
de que llegue a sus oídos las
posibles críticas que, algún
indocumentado, pueda hacer contra el
perpetrador de tal basura. Pues, ¿a
qué engañarnos?, reitero, no tiene
pensado molestarse en leerlas. Con el
Planeta, el Alfaguara y otro más que
le regalen por Reyes, ya ha cubierto
su cuota de lector. Y así tenemos,
como es en la actualidad, una auténtica
legión de analfabetos con un libro
bajo el brazo. Y si a alguno, por esas
cosas que pasan, se le ocurriera abrir
el libro, más que nada por amortizar
la compra, ¿qué esperará encontrar?
Pues lo que le da el marqués Pedroso
de Lara, lo que le da el duque de
Polanco (¿a qué engañarnos?, vuelvo
a reiterar, son negociantes, y saben dónde
está la inversión): una historia
sencilla, un lenguaje pedestre, unos
personajes sin complicaciones. Y hete
aquí la admiración de estos
incautos, que se apretujarán haciendo
cola en una Feria del Libro, para ver,
para tocar a aquel autor maravilloso
“que habla su mismo lenguaje”,
“que parece como si me estuviera
retratando a mí”, “que sabe
reflejar la realidad con una rara
maestría”.
En
fin, que debe de ser muy duro para un
escritor advertir que hay mucha más
enjundia y mucho más estilo en esta
frase que cierra el librucho que en
todo lo anterior. Este
libro se terminó de imprimir en los
Talleres Gráficos de Mateu-Cromo S.A.
Pinto, Madrid (España) en el mes de
abril de 2000. Caduca al año.
FIN
Entrega III
Tras un breve descanso para
admirar las estrellas, los dos personajes retoman la conversación (pag. 39), en lo que Clara estoy seguro que hubiese querido que
pareciese un rapto de confesiones mutuas, pero no parece sino que
ambos polluelos estuviesen incubando la malaria. Ahora se trata del
amor (no podía faltar un breve tratado sobre el tema, según norma
de la escuela bestsellerística más hodierna)y le toca sentenciar a
la chica: el amor es cosa de dos personas concretas con
diferencias concretas. ¡Qué
concreción en el decir!
Pensé que al final había metido la pata,
reconoce el mozalbete después de otra no menos gloriosa frase de
despedida, que no hago constar aquí porque retemblarían tierra y
cielos, que se me había visto el cartón. ¡Por
las barbas de Asurbanipal, si es que ni para esto valen! Ni siquiera
dominan el lenguaje más vulgar. Verse el cartón... ¿dónde habrá
oído Clarita expresión semejante? ¿En la radio del taxi, quizás,
que la llevaba a la reunión anual de damas benéficas?
Después de conversación tan jonda y ésta especie de
desengaño, el chaval protagonista de la novela, consecuentemente,
hace una larga observación sobre el culo de la muchacha y se pasa
por la cafetería del Híper a tomarme una porción de pizza
y una Coca-Cola. Como bien advirtió
García-Posada en su crítica: la voluntad de trascender su
circunstancia (al protagonista se
refiere) está bien delineada en el texto a través de las
sucesivas peripecias existenciales por las que pasa.
A
todo esto, ¿por qué siempre escribe la autora Híper con
mayusculas? ¿Será que, como atinadamente apunta Sanz Villanueva: nos
hallamos muy cerca del “bosque de símbolos” del que hablaba
Verlaine?
En
la página 42 se nos
endosa una disertación tan soplaflaútica sobre la suerte que hace
dudar (si cupiera alguna duda) de la honestidad en la concesión del
premio Alfaguara. Me resulta imposible de creer que esta novela haya
tenido que competir, en buena ley, contra otras cuatrocientas
noventa y seis presentadas, como se nos indica al final del libro.
Imposible, porque con nada más que se hubiera presentado cualquier
otra, una sola, ésta sin duda se hubiese llevado el premio.
En
esta misma página: imaginaba el traje colgado en una percha
recordándome lo que no tenía. Esa
es una de las razones por las que yo no uso traje, Clarita, porque
luego, cuando me lo quito, no sé qué pasa que parece como si no
hubiera una persona dentro.
Pag. 45: Nunca ningún
aspecto de la urbanización había sido tan intenso. Cualquiera
que tenga como lengua materna, paterna o abuelerna el castellano
sabe que “un aspecto intenso” es antiliteario y, si me apuran,
anticonstitucional.
Pag. 46: El
muchachuelo va a visitar a la muchachuela a su chalete. Le abre el
hermano de ésta (Eduardo) y, antes siquiera de que nuestro
protagonista pueda abrir la boca, aquel le conmina a echar una
partida de futbolín. El prota se niega, el otro insiste, el prota
se reafirma y responde contundente: ¿es que la interna no
puede jugar contigo? Me imagino, oh
lector fricativo y palatal, la escena: la criada, con la cofia y el
delantal, inclinada afanosamente sobre los mangos mientras exclama,
con voz chillona a lo Gracita Morales, o dulzona a lo Mami de
Escarlata o-Hara: ¡Qué cosas tiene el señoriiiiiíto!
Toda
esta escena lleva al protagonista a reflexionar (hemos leído antes
que era muy buen reflexionador): Pensé, por pensar algo de
Eduardo que no fuese lo de siempre, que ésa (su
vena caprichosa) iba a ser su perdición. Voy
entendiendo: esto está contado desde el punto de vista de un
retrasado mental Algo así como lo que hizo Faulkner, sólo que
Clarita tiene en ello como más desenvoltura.
Pag. 49:
Quería escuchar a Alien porque lo que yo le decía a Tania
como si fuese él a ella le interesaba de verdad. Al
que no le rechinen los dientes leyendo esto es que, o bien ha
perdido el sentido estético, o bien es crítico literario.
Lo
peor es cuando Claritísima se aplica a seguir las viejas buenas
reglas de la composición literaria. Ha oído que es rasgo de fino
estilo acabar largos párrafos con una frase seca y rotunda y aquí
va ésta (pag. 50), después
de una mediana (y sosa por de más) digresión sobre el paisaje: la
costumbre es más fuerte que el ansia de renovación.
De
una cosa podemos estar seguros: que a Claroncha no la van a pillar
en flagrante plagio, como a su colega la Quintana. No hay
colaborador, ni negro, ni errores informáticos, que puedan ayudarla
a hacerlo peor.
Pag.
51: Otra pequeño sermón sobre el amor (fabricado, como hacen
todos los bestsellerados cuando tratan sobre este tema, al que son
tan caros, a base de recortes de poppy-cards y pintadas de
urinario). A destacar la siguiente frase: se
pretende que el dios creado por el amor sea nuestro esclavo.
Empieza
el siguiente capítulo (pag.53)
con esta frase: la superficie
normalizaba la vida en la urbanización. Más abajo: la
superficie estaba suficientemente poblada como para que de inmediato
se olvidase a los que habían dejado de habitarla. Hora es de
dejar constancia aquí de los nombres de los miembros del jurado que
concedieron a esta pantuflada después
de una prolongada deliberación (como se señala en un anexo al
final del libro) el III Premio Alfaguara de Novela. Son: Alfredo
Bryce Echenique (presidente), Rosa Regás (secretaria), Sealtiel
Alatriste, Icíar Bollaín, Ángel González, Darío Jaramillo
Agudelo y Héctor Tizón. Pedimos para ellos pena de galeras.
Al
dueño de la tintorería Minerva le asesina su esposa por una cuestión
de celos. Siempre hay alguien
que sobresale por cosas de este tipo, opina la madre del
protagonista (pag. 55). La gran pregunta de
mi madre era qué iba a ocurrir con la tintorería. En la
contraportada del libro se nos dice que Clara Sánchez ha obtenido,
por ésta y otras novelas, el premio ILCH (Westminster, California)
como reconocimiento. ¡Virgen de la Patarrastras, cómo tienen que
andar las cosas por Westminster, California!
Pag.
57: Ocho años más tarde ocurrió algo... Clara, mujer, si lo que querías
era presentar una concatenación de sucesos extraordinarios deberías
haber acortado un poquito el tiempo. Porque de ocho en ocho años
pasan cosas que se salen de lo común hasta en un convento recoleto
de benitos cartujos.
Id:
Llovía cuando le daba la
gana. Hombre, digo yo. Si te parece va a llover los días
impares laborables. Esto aparte, ¡qué horrenda expresión!
Pag.
58: Vamos a enterarnos, por fin, de por qué el lago del
principio era “raro”. Era
el lugar más raro del mundo porque había pajarracos que hacían
ruidos espeluznantes y plantas que tiraban para atrás. Debemos
estar metidos ya en el “bosque de símbolos” del que hablaba
Sanz-Villanueva.
Encuentran
una muerta pero antes habían encontrado unos pájaros, o fue hace años,
o yo qué sé, porque la autora va dando tumbos del presente al
pasado con tan poca destreza que el crítico, para entender algo, se
ve forzado a solicitar la presencia de un observador internacional.
Lo que quiera que sea que encuentran no es muy grato de ver, pero
Edu le insiste a nuestro protagonista con este razonamiento (pag.
62): Siempre es mejor tener en la mente una imagen clara por desagradable que
sea que no negra y confusa, lo que a larga la volvería más
desagradable todavía. Es por ésta razón precisamente,
Clarita, que la gente frecuenta los hospitales, donde piden que les
dejan entrar a ver las operaciones, las mutilaciones de cuerpos, las
disecciones de cadáveres, etc.
En
esta misma página dice que el personaje que ha dicho esta
gilipollez de grado 9 en la escala Richter era
un superdotado. Y al punto, Clara se nos lanza a describir la
vida de un superdotado. Mucho nos tememos que, como tantas otras
cosas, lo hace de oídas.
El
caso es que los dos chavales encuentran unos pájaros muertos en el
lago, pero se resisten a ir a dar parte de ello a la policía.
Sospechan que ésta (pag. 66) les someterá a un
exhaustivo interrogatorio sobre los pilares básicos del cuándo y
el cómo. Estas expresiones son más propias de un agente
inmobiliario en trámite de divorcio que de un escritor.
Encontrará
el lector, tal vez, que las acotaciones de páginas van haciéndose
cada vez más espaciadas. Ello es así no porque en estos lapsos
dejen de producirse en la novela errores gramaticales, sintácticos
o lógicos, que se producen a catorce o quince por centímetro
cuadrado, sino porque, de reseñarlos todos, iba a resultar la crítica
más abultada que la novela. Así pues, he decidido que, en
adelante, iré dejando constancia sólo de los errores escandalosos.
Pag.
68: Un señor le devuelve a una señora una
mirada suplicante con los ojos muy abiertos, las mandíbulas, los pómulos,
la frente, la boca. Verdaderamente, y como se suele decir, hay
miradas que matan.
Lleva
un tiempo apareciendo por la novela un tal Alien, tipo raro (de ahí
el apodo, tan ingenioso como el “Míster Piernas” que le ponen a
un tío que hace mucho footing) porque hablaba
del espacio-tiempo, de los agujeros negros, de puertas
interestelares, de tecnología asombrosa, de nuevas formas de vida,
de alimentación y de pensamiento, se nos ha dicho con
anterioridad. Aunque un poco desparramado, la verdad, el saber de
este sujeto, el caso es que se decide a compartirlo con otros de la
urbanización y para ello organiza una conferencia. En ella, ¿habla
acaso de Einstein, de Hawkings, de los quasares, de las supernovas?
Pues no, ni falta que hace. Habla del amor. Realmente resulta
cargante ya la manía de los betsellerados de este país por meter
en todas sus novelas siquiera sean cincuenta o sesenta líneas a
cuenta del amor. Si el discurso aun fuera original, innovador,
profundo..., pero son siempre las mismas horteradas dichas con tono
grandilocuente. En este caso (pag.
71), entre medias de la papilla rosa, dícese: Nada puede haber menos poético
que la forma de vida de cualquiera de nosotros, incluidos los
artistas.
continuará...


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