¿Sabías qué?

 












 
 

 

     

 

 

 

 

 
 

 

por

Clandestino Menéndez

 ÚLTIMAS NOTICIAS DEL LIMBO

 Crítica acompasada de la novela

ÚLTIMAS NOTICIAS DEL PARAÍSO

de Clara Sánchez

(Premio Alfaguara año 2000)

 

Entrega I, Entrega II, Entrega III y Entrega IV

Entrega IV

Antes de pasar adelante con la novela quisiera opinar sobre cierto argumento que, sin duda, será el de mayor utilización por críticos pazguatos, cuyo interés se cifra en disculpar lo indisculpable y presentarnos como línea de pensamiento lo que no es más que garabato de estulticia. Se aducirá, lo sé, lo han hecho muchas veces, que la inmensa, inagotable trivialidad, tanto de ideas como de palabras, que empapa toda esta novela, como muchas otras, no es un defecto en sí, sino un a propósito, un recurso destinado a denunciar la existencia inerte y sin sentido del hombre cotidiano. Algo así como un reflejar sobre el papel lo fútil de la vida actual. Lo insustancial del hombre. El imperio de la nada. Llevan soltándonos tal género de cantinela desde 1975, aproximadamente, año glorioso en que el vizconde de Polanco decidió dejar el negocio familiar de fabricación de churros y aplicarse a este otro, que parecía más rentable. Y el caso es que, de ser verdad (que no lo es, repito, es una coartada) esto que aducen, de ser verdad... resultaría peor. Pues si no crees, oh escritor lechuzo y convidado, en que la vida de los hombres a tu alrededor tenga algo de reseñable, ni su existencia un valor... ¿a qué coño tomas una pluma y emborronas papeles y nos largas capítulos? ¿Es sólo porque el oficio de escritor te parece más cómodo, mejor pagado y con mejor horario, que el de evaluador de restaurantes de la Guía Michelín? Pues sabe, necio, que si algo honra al verdadero escritor es su respeto (pese a todo) por el hombre. Muéstrelo encerrado en una caverna, luchando contra molinos o esperando a Godot, píntelo aturdido, vencido, extraviado, engañado, cobarde, incluso ruin... detrás de todo (si de una obra literaria hablamos) hay una fascinación por las personas. ¿Qué tú, Clarita, y como tú otros tantos, no conseguís sentirla? Pues no hace falta que consultes a Rappel, ya te lo digo yo: no eres artista. Basta ya de pensar que de las pedorreras vacuas de esta gente polanquina, y otra por un estilo, tenemos la culpa nosotros, que no les inspiramos. Meteos esto en la cabeza, lechuguinos: la gente no es ni más ni menos trascendente ahora que antes; es sólo que ahora tiene peores escritores.

Alien no se siente satisfecho con la conferencia porque (pag. 72) algunas personas de la primera y quinta filas habían estado distraídas. Sólo gente como Clara Sánchez y los Polanco´s boys and girls, tan acostumbrados al aplauso concertado y a la clac, son capaces de fijarse en quién, de la quinta fila de asistentes a una presentación, no ha ovacionado a su debido tiempo, para ir a chivárselo al jefe.

Decía Aldous Huxley que se hace difícil admitir que una persona que emplea frases hechas sea inteligente. Los bestsellerados españoles las utilizan tan por sistema, y sin pararse a pensar en lo que significan, que muchas veces no ya en lo grotesco, pero caen en lo absolutamente ridículo. Es el caso de la pag. 73. Alien pese a ser muy sabio era muy limpio (eso parece que nos quiere decir la autora), tanto que en las orejas se podía comer.

Todo el misterio de la muerta encontrada en el lago lo soluciona Alien en un santiamén, que diría A.Gala. Resulta que, cada año o así, alguien ve una muerta. Sugestión colectiva, ¿qué pasa? Ya está resuelto el enigma. La policía recomienda a los que la ven que no se lo cuenten a nadie para que no los tomen por locos, aunque en realidad es para que no cunda el pánico y el lago se convierta en un lugar maldito (...), esto podría devaluar la zona. ¡Qué agudeza simpar! ¡Qué perspicacia la de la nuestra autora! ¡Qué bien pensado está todo! Lástima (por poner un pero) que la redacción sea de primero de parvulario en un colegio de monjas ursulinas.

Así pues, solventado el asunto, Míster Piernas, que era el principal sospechoso, puede seguir con su vida: correr unos diez kilómetros diarios hecho una pera en dulce y (tirarse) a mi madre porque la tenía a mano en el gimnasio. Todo esto ocurre en la pag. 74, y de ello dejo constancia, quebrantando el propósito que me hiciera no hace mucho de ir espaciando la crítica. Y cómo veo que señalando sólo los errores escandalosos también las páginas pueden ser excesivas, de aquí en más señalaré sólo los de juzgado de primera instancia e instrucción. De los otros (leves, menos graves y graves) sepa el lector que quedan a centenares por marcar.

Pag. 89: Al muchacho protagonista de la novela le deja la novia por un gángster (cosas que pasan) y el se toma una botella de vino de mil pelas con su madre. De pronto, sin razón alguna, comienza a reírse. Me reí mucho porque necesitaba que algo del estómago saliese por la boca y no al revés. Esta forma de escribir, en verdad, produce arcadas.

Pag. 91: Conservaba guardada la bata como recuerdo. No la va a conservar perdida, ni a guardar sin tenerla. En fin, que sepas, Clarita, que “conservaba guardada” es un pleonasmo. O conservaba la bata o guardaba la bata, ya está, punto. A veces escribir es más fácil de lo que parece.

Como agavillando tales asuntos, que dice Sanz Villanueva en su crítica de El Gutural... en este caso, como agavillando en lo torpe que es esta gente al escribir, haciendo difícil lo que es fácil, e imposible lo que es difícil, téngase este ejemplo (pag. 92): Cuando se marchaba de viaje a algún simposio, y se quedaba sola en la clínica (...) mi madre tuvo ratos de felicidad. El lector debe mirar el párrafo con el libro delante, donde resalta con extrema fuerza la confusión (para el que tiene buen oído) entre distintas personas, por el simple hecho de no utilizar los pronombres él y ella respectivamente, que aquí no debían haber sido elípticos. Doce renglones más adelante: su bata abotonada hasta el último botón. Haber dicho “casi hasta el cuello”, Clarita, o algo por el estilo; se te hubiera perdonado, sin duda, lo impreciso con tal de haber evitado la tremenda cacofonía botoneril.

Como agavillando tales asuntos, y no me canso de repetir, en la siguiente página: Que se joda, dijo, con un pasado actualizado que actualizaba su odio. ¡Hay que esmerarse más en la redacción, Clarita! ¿Qué van a decir los de Westminster, California?

Lo peor, con todo, es cuando Clareta se pone en literata y pretende hacer descripciones líricas. Las copas de los árboles arrojaban sobre la ventana claroscuros, dice en la pag. 103, así, con toda la gracia y la delicadeza de quien cumple un trámite administrativo. Y sigue: De los baños salía olor a pino de los Alpes suizos, los zapatos crujían en el piso encerado, en la cocina apenas había provisiones, salvo las pizzas que yo suministraba. Ah, si el maestro Azorín levantara la cabeza y leyera este palabrerío sin sustancia...

Al protagonista y a su madre les abandona el padre (de él, o sea, esposo de ésta... temo que me esté contagiando del estilo sanchicino) y en medio de este trance ambos se encuentran en la cafetería del Híper con Alien, que es muy sabio, como ya se dijo: Este oye lo sucedido y sentencia (pag. 106): Tenéis que procurar poner orden en el caos. Es el momento en que debéis demostrar vuestro poder (...) No penséis como débiles humanos. Más que un intelectual experto en cosas metafísicas, como quisiera Clara, parece R2-D2.

Como agavillando en esto de la metafísica insiste la autora en que Fran (el protagonista) es muy reflexionador. De hecho, ya de pequeño, después de darse un baño durante el cual jugaba un rato con unos ponis de goma (así dice en la pag. 111, no me invento nada), luego se ponía al albornoz, se iba al salón, se fijaba en un farol de la calle y si lo miraba mucho me daba la impresión de que yo ni siquiera existía, de que nadie sabía que estaba allí. Es decir, que en un determinado momento Fran se siente extraño a los demás y víctima del paso del tiempo. Pues muy bien. ¿Y qué? ¿Es en esto en lo que se basan los críticos a la violeta para aseverar, como hace Sanz Villanueva, que si no pareciera un algo perturbador de la limpidez anecdótica de Clara Sánchez (limpidez anecdótica es el eufemismo culturalmente correcto para calificar la falta de imaginación y la escritura niporesas) diría que nos hallamos ante una narrativa metafísica? ¿O para decir, como García Guión Posada, que esta novelucha aporta un pequeño disentimiento, o quizás no tan pequeño (bien sabido es que G-P no se moja ni en la piscina de su chalete), a cierta poética ginocéntrica, muy en boga, que limita, si no clausura, el alcance de la realidad humana? Pues verán ustedes, señores criticotes de cagapoquito, ocurre que el sentimiento dicho de extrañeza y contingencia es más antiguo que las gafas de Umbral; valido, sí, para construir en torno de él una novela, a condición de que se haga con estilo y clase. Pero presentárnoslo como el descubrimiento de la brújula a estas alturas es vender filosofía en un baratillo y sentimientos en un todo a cien.

Pag. 113: Comenzó el escucharla alejarse... Abucheo generalizado.

Pag. 114: Apareció Marina marcada por la ausencia de otras vidas. Eso es marca, y no la del Zorro.

Pag. 118: Vuelve Alien. No sé por qué, cada vez que este personaje prorrumpe en escena a mí me entran escalofríos por toda la geografía humana, que diría uno de estos. En esta ocasión se encuentra con Fran, y la conversación que se sigue entre los dos es tan forzada (enfocada claramente a que el tal Alien diga lo que tenga que decir) que parece la entrevista a un político. ¿Tú qué opinas de esto?, ¿tú qué opinas de lo otro?, y cosas así. A Fran al fin se le ocurre preguntarle (pag. 120) si él consideraba que era atractiva un poco de agresividad en el amor. Pregunta bien común donde las haya, sólo que utilizando correctamente el género masculino. En fin, sea como fuere, Alien lanza su tercer (o cuarto) discursito precocinado sobre el amor. La técnica a piñón fijo es un error (recomienda ahora a los varones). Deja que ella te inspire. Déjate llevar. Entra en su juego (...) Cada gesto, cada mirada, cada respuesta te conducirá milagrosamente por ella. Piensa que cualquier aspecto de su cuerpo y de su espíritu es interesante (...) Es lo primero que siempre digo: el tiempo se queda fuera del amor. Esto lo lee una pastorcilla que anda por aquellos montes con su hato de ganado, y se derrite; al resto de los mortales nos llena de vergüenza ajena.

¿Y el protagonista, por cierto? ¿Qué dice ante las declaraciones de éste su entrevistado? Decir nada, pero su corazón le latía (pag. 121) como si fuera a planear en parapente.

(Clara Sánchez) se zambulle hasta el fondo (en las turbias aguas de la vida) donde reposa un mensaje nihilista apabullante Pero lo hace a su hermosa y convincente manera, sin griteríos ni estridencias, sin turbulencias psicológicas desmesuradas. La mirada implacable, neutra y lúcida, casi ajena a los hechos, de Fran, produce un efecto destructivo, dictaminó Sanz Villanueva en su artículo. Destructiva sí que es, hay que reconocerlo.

Gran revelación de Fran, el protagonista, en la pag. 122: Siempre había soñado con saber chino. ¿A que no sabe el lector tamarindo y gerifalte a qué obedece este deseo? Pues a que... es duro decirlo... ¡a que de pequeño iba a un restaurante chino y le gustaba mucho! Esto nos cuenta Clara sin el menor rubor, y después, durante cuatro páginas, nos describe como era el dicho restaurante, cómo iban vestidos los camareros, ¡qué era lo mejor del menú!, y cosas así. Insólito, inaudito. A Fran le gustaba una de las hijas del dueño pero dejé de ver a Wei Ping porque nos cansamos de la comida china. Y ya está. ¡Como construye sus personalidades! ¡Qué profundidad la de los personajes de Clarita!

Pero el protagonista, que cada vez es más reflexionador, concluye este capítulo mandarín (pag. 126) con esta sentencia (hablando para sí): El futuro era un gran océano lleno de posibilidades y riquezas que aún no existían y que no sabia dónde se encontraba. Algo así, pero sin error gramatical en el número ni de sintaxis y lógica en el tiempo verbal, ya había anunciado Alien, el inefable Alien, sólo tres líneas más arriba con esta enorme (por lo trascendente) frase: El futuro acaba siendo el pasado. No me dijera más el profeta Perogrullo. Como apunté anteriormente, esto es filosofía de baratillo.

Pag. 129: Fran va a ver a su padre. Estaba muy bien la sensación de tener padre y así no tenerla de que me faltase algo para siempre. Una vez más: pensamiento pueril combinado con redacción de parvulario.

Clara es una pánfila irrecuperable. Tal se desprende de este pensamiento (pag. 130): Creo que sólo algunos padres representan a su vez la idea de padre, como algunas esposas la idea de esposa y algunos empleados de grandes almacenes la idea de empleado de grandes almacenes. Porque nada más que unas cuantas personas son las elegidas para simbolizar al resto de las personas. Pues aprovechando tu estúpido planteamiento te diré, Clara, que tú bien puedes “representar la idea”, que dices tú, del bestsellerado hodierno: aupado por la cara, famoso antes que bueno, irresponsable y atrevido hasta el ridículo...

Acaba con este momentáneo enfado la parte I. Quitando aquel amago de “algo” con la muerta del lago, nada, absolutamente nada. Un vacío interestelar. Pura pamplina. Los sucesos cotidianos, presentados con una aparente falta de trascendencia, alimentan una literatura de pensamiento que posee la virtud de convertirse en revelación de la existencia. De tal manera justifica Sanz Villanueva éste bodrio. La materia sobre la que se erige “Ultimas noticias...” es absolutamente coetánea. Hay una grisura y sensación de inmediatez en el texto tan evidentes que resulta imposible conjeturar que puedan ser gratuitas, aplaude García-Posada. Yo, sin embargo, creo que es lícito o bien tratar los grandes, eternos temas de la Humanidad, desde una óptica cotidiana, como hicieron en su día los grandes escritores realistas y naturalistas (Zola, Balzac...), o bien tratar la posible sin sustancia cotidiana a cambio de un lenguaje nuevo, experimental, brillante, como se ha venido haciendo a lo largo del siglo XX. Pero hacer una novela, como Clara y como tantos otros, sobre la vida cotidiana con un lenguaje cotidiano es simplemente, que diría mi abuela, pan con pan, comida de tontos.

Empieza bien (pag. 135) la segunda parte. No he visto una idea mejor plasmada que el dueño del videoclub donde trabajo. Es la representación perfecta de sí mismo. Cosas veredes, amigo Sancho. Un hombre que se parece asombrosamente a sí mismo. ¡Qué tiempos estos! Y después de esta suprema sandez viene ¡una disertación sobre lo que suele alquilar la gente en los videoclubs! ¡De casi dos páginas

Pero de nuevo Clara, por boca de su protagonista (pag. 137), vuelve a ponerse poética. Me interno en el párrafo no sin cierto temor, pues ignoro si las posibles lesiones las cubrirá el seguro. ¿De donde ha salido tanta gente en una tarde polar?, se pregunta Fran. Y, entre otros sitios: de jardines errantes por las sombras. De las cocinas y los salones excavados en el infinito. Al leer esto, algo se rompe en mi interior.

Hay clientes del videoclub (pag. 141) que se las dan de cinéfilos y que me piden películas de las que no he oído hablar, pero que me suenan a buenas. Desde luego me las veo antes de entregárselas. Pero, ¿tú sabes lo qué esta diciendo tu personaje, Clarita? ¿Sabes lo que es un videoclub siquiera? ¿Cómo brrrr (me enfurezco) va a verse la película antes que ellos si se la ESTÁN pidiendo? ¿Acaso es que los tiene allí, esperando en el mostrador, mientras la ve y da su visto bueno? Es muy posible, sí, ahora que lo pienso...

Nueva cagadita filosófica (pag. 146): El tiempo, la idea absoluta de tiempo que dividimos en presente, pasado y futuro, debe de ser algo así como la memoria de Dios. En esta ocasión suelta tal sentencia Eduardo, que era el único de los personajes importantes (es un decir) que todavía no había dicho ninguna memez. La reacción de Fran ante esto la que cabe esperar: llega a su casa, se tumba en el sofá y, en lugar de ver la tele, comienza a leer la Biblia. Su madre, no sé por qué, se extraña.

Que en el siglo de Mauriac, de Bernanos, de Unamuno sin ir más lejos, se nos planteé de esta forma un posible conflicto religioso debería de ser motivo, más que sobrado, para la consternación, el sonrojo y el harakiri colectivo.

En la página 147 el protagonista recibe una llave. Tiene, según él, aspecto de abrir una puerta. Hombre, no digo que no haya llaves de encendido de coches, llaves inglesas y llaves Allen, entre otras. Pero de cualquier modo, la observación me parece de un tontorrón...

Pag. 151: El protagonista de esta crónica, Fran Simplicisimus, va mucho por la Filmoteca. Asi viste para tales eventos: Yo ahora funciono con un gabán alemán de segunda mano con capucha. No se aclara si funciona a pilas o conectado a la luz. Allí, en la sala oscura, sueña con hacerse director de cine. ¿Cómo lo conseguirá? Me gustaría encontrarme en la filmo con alguna chica que viniese sola como yo (...), que me comprendiese, que quisiera ayudarme y que luego resultara que es la hija de un gran productor. Al salir pienso con fuerza en esta posibilidad. Yo no llamaría a esto “posibilidad”, Claruca. Lo llamaría sencillamente “bobada infantiloide propia de una mente subnormal”.

Pag. 156: Al videoclub donde trabaja Fran entra una muchacha. Viene enviada por su jefe o yo qué sé. Atención a la escena: Así que le pregunto si quiere tomar algo. Dice que se tomaría una Coca-Cola, pero que como la Coca-Cola le alteraría los nervios, prefiere una cerveza. Le pregunto si la quiere con o sin alcohol. Dice que tendría que tomársela sin, pero que por ser el momento del día que es, la caída de la tarde, casi la prefiere con. ¡Y que para cosas como ésta inventara Gutenberg la imprenta!

Al volver Fran de por las cervezas le ocurre algo verdaderamente formidable: entro en su campo de visión como en un mar de verano perdido en alguna parte del planeta. Esto, por cierto, de “entrar en el campo de visión” de alguien es cosa que repiten mucho los bestsellerados hodiernos españoles y es la segunda cosa más ridícula, después del piercing, que ha traído consigo la posmodernidad.

Pag. 157: Me doy cuenta de que se está enamorando de mí. Va a ser casi inevitable que me la tire.

Llega Alien al videoclub (pag. 160). Llega y se sienta con la mitad del culo en el mostrador. La pierna cuelga por el mueble. No, si donde hay confianza...Al entrar le ha dicho al prota, entre otras lindezas, que seguro que estás reuniendo reservas, nuevo material para el pozo sin fondo. Luego sigue por ese camino de pensamiento protoplasmático. Una y otra vez la irresistible sensación anegando la conciencia con sus pequeños cristales que la multiplican. Pero el día que escribió esto Clarita no debía de estar muy inspirada, porque después de sólo diecisiete líneas de este tenor el gurú anuncia que debe marcharse, están esperándole los alumnos de su curso sobre el alma. Antes de irse a sus labores exclama: El alma, ese soplo.

Pag. 169: La llave que le han dado al protagonista es de un apartamento a la sazón deshabitado donde ocurren cosas como esta: Por las ventanas entra una claridad que no ha existido desde que nadie la ve. Me retiro a reflexionar sobre esto tres horas seguidas

¿Quién que se llame a si mismo escritor puede decir (y lo que es peor, escribir, como hace Clara en pag. 171) que el mal estado de una botella de leche en el frigorífico se puede hacer extensible a los huevos, ciruelas, etc.? ¿O decir un poco más abajo, que el congelador está lleno de abundancia de productos sin caducar?

En la misma página, reflexiones de Fran ante el frigorífico: Parece que cualquier clase de pérdida exige estar rodeada de señales de pérdida porque de lo contrario el suceso habrá tenido lugar en un mundo indiferente a lo que cesa de estar en él. Pero, Clarita, hija, ¿de qué coño estás hablando? No entiendo nada. ¿Era imprescindible para entender tu mensaje, por otra parte, no poner ni una coma?

Pag. 172: El apartamento al que ha entrado Fran con la llave, y que está vacio, pertenece a Eduardo. Me enciendo un cigarrillo, dice el protagonista, a pesar de que no fumo para ponerme un poco en su lugar. Lástima (sí, lástima digo) que el dicho Eduardo no fuera fakir, tragador de sables.

Cinco páginas llevamos ya en el apartamento vacío. Se trata del lugar de alguien vacío de ese alguien. El piso de Eduardo fuera de la mente de Eduardo. Sus trajes sin su cuerpo. A esta mujer se conoce que lo de ver un traje sin persona dentro le impresionó bastante, y es como un trauma que se deja sentir cuando menos se espera.

Pag. 175: La esperanza y la desesperación son incompatibles, pero la primera conduce a la segunda. Qué revelación.

¿Cómo dirás, lector en Alaska, que expresa Clara que uno, a veces, actúa sin querer, llevado por la inercia? (por ejemplo, a la hora de escribir simplezas). Pues de aquesta manera (pag. 180): Al cabo del tiempo el cuerpo acaba pensando solo.

Pag. 180: El protagonista, a propósito de los ojos de una chica: Son los ojos más bonitos que he visto nunca. Sólo estos mismos cuando los vi por primera vez los pueden superar. ¿Estás queriendo decirnos, Clara, que unos ojos sólo son superados en belleza por esos mismos ojos? ¿Es eso, verdad? ¿No te das cuenta, hija, bonita, querida, que esto es una soplapollada gigantesca y absoluta?

La página 184 es comienzo de capítulo y arranca así: Durante los días de diario... Yo a veces creo, de verdad, que esta gente polanquina lo hace aposta. No se puede escribir tan mal de natural. Cualquier persona sensata y terrícola hubiera escrito "A diario...” y hubiera seguido adelante. Pero esta gente no. Esta gente tiene que escribir mal por narices. Son ganas de destacar.

Pag. 186: Me sorprendo de que cada vez que busco la puerta del apartamento 121 la encuentre. Todos, Clarita, todos nos sorprendemos contigo.

¿Quién que se considere escritor, repito, puede escribir, a la vista de unas botellas mediadas, que éstas estaban en distintas fases de consumo?

Y en esta misma página 186, de pronto, la puerta se abre y aparece Wei Ping. Wei Ping, sí, aquella que era la hija de los dueños del restaurante chino donde... Servirse de la sorpresa en novelística es recurso muy legal, brillante a veces. Lo que ocurre es que hay sorpresas y sorpresas. Hay algunas que llegan, efectivamente, bien por producirse en el momento justo, bien por dirigirse en una dirección insospechada, a suspender el ánimo y a provocar asombro. Otras, por el contrario, de puro exageradas y arbitrarias, lo que provocan es risa. Este es el caso. Y adviértase lo arteramente buscado que está aquí dicho efecto sorpresa en que al cabo de sólo unos renglones se nos dice que la persona que entró no era en realidad Wei Ping, sino alguien que se le parecía. Otra china. En fin, patético.

La china en cuestión (pag. 187) habla en un español no de aquí, sino de los sueños importantes.

El protagonista, repuesto de la sorpresa, dice a la china (pag. 188): Ven, siéntate. No te quites el abrigo, esto es una nevera. ¿Quieres un coñac? Lo mal que está resuelto este diálogo se echa de ver en que podría tomarse perfectamente por una presentación de electrodomésticos que Fran le estuviera haciendo a la sorpresiva china.

A la china enseguida se le pasa la vergüenza, por otra parte, y, como era de esperar en un personaje sancheciano, luego comienza a decir sandeces pseudo-filosóficas. En este caso (pag. 190): Si nos ponemos en este plan todo es extraño. ¿De dónde venimos? ¿Adónde vamos? ¿Por qué hacemos lo que hacemos? ¿Por qué eres blanco y yo soy oriental?

Me gusta que seas oriental, responde Fran. Me gusta tanto que siento remordimientos. Yo lo que siento es bochorno por delegación, de verdad.

El protagonista, en la pag. 193, se sube al autobús. El conductor comienza a hablarle de cuando él (el protagonista) era joven. ¡Y resulta que el tío se conoce toda su vida! ¡Y resulta que los otros que van en el autobús, perfectamente desconocidos para él, también se la conocen! Entre todos se ponen a opinar de los suspensos que sacaba en el instituto, de su trabajo actual, de las relaciones extramatrimoniales de su madre... ¿Será este el famoso espacio mágico donde los sucesos extraordinarios y los habituales se nivelan ante la mirada familiar y al mismo tiempo reflexiva y poética de Fran, que dice la contracubierta? Si es así, me parece un sucedáneo del realismo mágico bastante cutre. Si no es así, me parece bastante cutre a secas.

Pag. 211: No me digas, digo interesado a tope. Y todavía hay quién se atreve a decir que esto es literatura.

Tras una larga, larga y como sacada de un molde, conversación sobre.. efectivamente, el amor... se acaba el capítulo en la pag. 215. Y de qué manera. Yu, que así se llama la china, anuncia: vamos a entrar en el mundo del amor (...) y deja caer el pañuelo sobre mi cara. Luego, lo natural, pero con esta advertencia: A ninguno de los dos se nos ha ocurrido apagar la luz y no hemos cerrado los ojos en ningún momento. De hecho, llamaron a un notario para que lo certificase.

Ya está de nuevo aquí (pag. 231) el pesado de Alien. Nuestra incapacidad para comprender es la que crea el misterio, dice. Este gilipollas integral, según la autora (por boca del protagonista) es admirable porque sabe captar todos los pormenores del alma humana. Es lo malo, como decía aquel, de las novelas de extraterrestres. Que por mucho que se esfuerce su autor, las criaturas alienígenas no pueden ser más inteligentes que él.

A Fran, el protagonista, le cierran el videoclub donde trabaja y encima el dueño le suelta una hostia. Él no se lo toma a mal, sin embargo, porque considera (pag. 238) que su jefe ha sido instrumento de la contundencia de la realidad. Pues mejor así.

El Veterinario llama precisamente a Fran por teléfono, y le dice (repito, por teléfono), entre otras cosas ésta (pag. 242): La interrupción total es difícil de comprender porque sólo se vive en la continuidad y se comprende en la continuidad. Ahora comprendo porque, últimamente, va tanto gente por la calle hablando por el móvil.

Pag. 243: Me limito a decirle que me llame siempre que quiera hablar conmigo. Y cuando quiera hablar con otra persona, pues también. El caso es poner muchas palabras una detrás de otra, y hacer un tomo grande que se venda bien.

Aliterario es, de hecho, todo el libro, pero a veces la cosa llega al colmo. Pag. 247: habla de unos jóvenes que van en el autobús con el pelo a tope y los detalles de la vestimenta analizados con lupa. ¿Cómo será eso de tener el pelo a tope, calvo de mí?

Esta chica es tan lerda, y vive tan en su mundo de Barbie Escritora, que quiere hacernos creer (pag. 249 y siguientes) que en el Híper de la urbanización (un barrio de chalets adosados) donde vive el protagonista trabajan como cajeras muchas antiguas compañeras suyas del instituto, y como fruteros y verduleros, reponedores y hasta barrenderos, muchos hijos de vecino del chalet de al lado. Las cajeras, en concreto, me miran como diciendo vaya vago. Pero Clarita, hija, ¿hasta dónde puede llegar tu visión estupiderne de la realidad?, ¿tu ignorancia en todo? En nombre de las cajeras y reponedores de supermercado, pobres mujeres y hombres que deben hacerse cada día, sabados inclusive y domingos, dos horas y media de tren de cercanías para llegar desde barrios periféricos y suburbiales al híper de la urbanización donde son explotados; y en nombre de las hijas e hijos de los propietarios de los chalets, que al día de hoy estarán empleados, hayan estudiado más o menos, en bufetes, despachos, gabinetes, boutiques o el negocio de papá; en nombre de toda esta gente... deja de decir bobadas.

Fran, el protagonista, se hace un tatuaje en un cuartucho oculto tras unas cortinas negras al final de una gruta con las paredes de cartón (pag. 251) Además de tópico, cutre, como dije antes.

El protagonista entra en casa del vecino y descubre una trampilla que da acceso a un sótano. Baja las escaleras (pag. 256) con algo de precaución porque al fin y al cabo un sótano está bajo tierra. ¡La de cosas que se aprenden en los libros alfaguarros!

Por la tal trampa se desciende a un laberinto de corredores subterráneos. El protagonista reflexiona (¡otra vez!): los humanos nos perdemos con facilidad. Si no pudiéramos perdernos, los laberintos no existirían.

Según Sanz Villanueva: Por ese espacio cerrado —algo de su latido recuerda el desasosegante relato kafkiano “La madriguera”, aunque no guarde relación directa con él— circulan unas gentes bla bla bla... Una vez más, una excusa a pronto pago. En este caso, se pretende justificar como kafkiano lo que no es otra cosa que un absurdo involuntario, un ambiente bochornoso, más que irreal u opresivo, y unas situaciones necias, que no ilógicas. Adviértase, sin embargo, que a esta chapuza infumable se la pone en la estela del genial escritor checo... pero no. Se trata de la (ya) proverbial indefinición del crítico hispano, de la cual hemos tenido ejemplos más arriba con lo de “ni hiperrealizar ni subrrealizar”, o como fuere, y lo de la “mirada lúcida a la par que confundida”, o como pijotas en salmuera fuese también. Un torpe encaje de bolillos con el que pretenden enjuagar sus conciencias estos criticuchos, arrimados a los placeres de la obediencia debida, pero conscientes de la enorme, purificadora carcajada que ya se está formando y que un día u otro se elevará y arrasará con todo este panorama. Están inflando, a toda prisa, con pura ventosidad de palabras y juicios descomprometidos, sus botes salvavidas para, como se dice de aquellas, abandonar el barco los primeros, a la que sienten el peligro.

Dejamos a nuestro protagonista metido en unas galerías subterráneas. En una revuelta de dichos corredores (pag. 258) se encuentra al vecino. Un tipo que apareció allá por el medio de la novela en un par de párrafos como elemento meramente anecdótico, y que ahora parece va a tener un papel fundamental en la resolución del libro, hacia cuyo final (alabado sea Dios) nos encaminamos. Aquí, como puede verse, ni estructura, ni lógica, ni plan, ni mensaje, ni gaitas. Palabras, palabras, traedme palabras, dicen que exige a sus huestes el virrey Polanco mientras mordisquea una pierna de cordero. Pues eso, que se encuentra al vecino en un estado lamentable. Lo cual nos da ocasión de descubrir (pag. 259) que el protagonista es muy escrupulosito: le dan asco los cocineros porque a veces no se lavan las manos después de mear. Lo que me ha impedido disfrutar plenamente de las comidas fuera de mi casa, de forma que todas las porciones de pizza que me he ventilado en el Híper... Pero, se preguntarán aquellos lectores que hayan conseguido llegar hasta ésta altura del relato (de todo hay en la viña del señorito) interesados por las peripecias de los personajes, ¿qué es lo que hacía ese hombre, el vecino, en el sotano tirado? ...Y lo mismo en los bares y en la charcutería cuando caen en la palma de la mano las lonchas de jamón de york...

Este repeluzno se extiende a los vecinos del chalet de enfrente, quienes, al parecer, andan todo el día por su casa en pelota vasca. Mi madre dice que deben ser nudistas o algo así (pag. 262). Yo creo, vistos los datos, que son algo así.

Para nuestro protagonista un domingo sin Yu, la china, es flojo desde el punto de vista artístico (pag. 275) Lo hago constar para que se siga viendo el estilo general de la escritura en toda la novela.

Es curioso, pero el vecino encontrado en el sotano, que según parece ser está tronado, se lanza a hablar... ¡y habla en el mismo tono pseudo-filosófico de los demás personajes! Hay que luchar contra la costumbre (...) La rutina anula la atención. Lo difícil parece fácil... (pag. 277) Que Clara no sabe construir personajes de carne y hueso es algo que ya el crítico tenía claro. Que ni siquiera sabe construir dos personajes de estos suyos boquerones y blandiblubs, uno distinto del otro, es algo que sospechaba también y de lo que ahora tiene prueba.

El tal vecino, como que de repente, le revela a nuestro protagonista una clave de un banco de Ginebra, por si le sucediese algo. El protagonista le da a cambio unos walk-man para cuando esté en el sótano (pag. 279) y una cinta donde le ha grabado a Oasis, Queen, The Animals, Bob Dylan, Deep Purple... etcétera, etcétera. ¡Por San Apapurcio! Y que ésta buena mujer diga, en una entrevista en El País —diario independentísimo de la mañana—, del 3/8/00, que esta novela fue una gestación de dos años, pero no lo confundo como (será con, joder, ¿o es que existe realmente, como ya dicen por ahí, una confabulación prisiana de escritores, periodistas y locutores, empeñados en cargarse el idioma, ya que no consiguen dominarlo) un parto real, este es mucho más doloroso. Tiemblo de pensar lo que hubiera sido esta novela escrita al tresbolillo durante un largo puente (como así parece, por otra parte).

En esta misma entrevista, ya que estamos, afirma la escribidora que todos tenemos los mismos gustos. Todos consumimos lo mismo, el mismo cine, la misma literatura. Eso es lo que quisierais desde el grupo Prisa, bonita, pero afortunadamente no. Todavía habemus algunos sin cuadricular, dispuestos, aun más, a denunciar el fraude, la estulticia elevada a rango de pensamiento, la memez convertida en categoría artística, la ñoña moral “a lo progre” que estáis tratando de imponer.

Es darle, por parte del vecino, al protagonista la clave del banco y desaparecer luego. Que casualidad, joder. Si no fuera porque considero de toda consideración a Clarita incapaz de imaginar tales sutilezas, cualquiera diría que el chaval le ha dado matarile rile lon.

En su lugar, el chico se limita a apagar las velas de la cámara subterránea donde estaba encerrado el vecino (pag. 281). Nos cuenta que a apagar velas le enseñaron en el colegio. La verdad es que cuando uno es capaz de aprender algo puede aprender cualquier cosa.

Bueno, y ya está. El protagonista, con el dinero ginebrino, se hace rico y se va a China a buscar a la taiwanesa. Asunto solucionado. El cadáver del vecino aparece descuartizado, por supuesto, no se nos dice por quién ni de quién se sospecha, en el lago raro. Y la madre, que era cocainómana, cambia de vicio y se hace adicta a Internet. Sí, sí. Todo eso.

Mira, Clarita, plantear enigmas en una novela y no resolverlos, o resolverlos de aquella manera, sólo puede consentírsele a grandes, grandes narradores en los que la idea, el estilo, el arte, prevalece sobre la anécdota. En ti, hija, disculpa que te diga, es imperdonable. Es un timo perseguible de oficio.

Últimas noticias del paraíso es, en resumen, un libro torpe y deslavazado, pésimo en la forma y en el fondo. Alguno quizás protestará, acusándome de estricto y puntilloso, pero con muchas menos faltas que las de este libro (las apuntadas son sólo una pequeña muestra) y con tener más chispa, muchos autores barbilampiños y principiantes ven rechazado su original en las editoriales de Groenlandia. Aquí, por el contrario, éste librito es galardonado con un premio... sabiendo todos lo que eso significa en nuestro país. ¿Para qué engañarnos? En la Españeta de nuestros pesares, como bien la definió Carlos Rojas, no lee ni Blas. Mas como existe, de vez en cuando, alguna campaña publicitaria a favor de la lectura, y al fin y al cabo es un hábito que da prestigio, la gente cree obligatorio cumplimentar el debido trámite intelectual, y para ello, ¿va a complicarse mucho la vida? Quita allá, compra el primer tomillo que se le ponga a mano, mejor si es con premio, pues no alberga dudas de que está comprando entonces una obra escogida (no en balde la elección del galardonado fue anunciada en televisión, y acudió al evento ni más o menos que la actriz de moda); compra el bodrio, como digo, que le quieran envolver en una faja, y no hay peligro de que llegue a sus oídos las posibles críticas que, algún indocumentado, pueda hacer contra el perpetrador de tal basura. Pues, ¿a qué engañarnos?, reitero, no tiene pensado molestarse en leerlas. Con el Planeta, el Alfaguara y otro más que le regalen por Reyes, ya ha cubierto su cuota de lector. Y así tenemos, como es en la actualidad, una auténtica legión de analfabetos con un libro bajo el brazo. Y si a alguno, por esas cosas que pasan, se le ocurriera abrir el libro, más que nada por amortizar la compra, ¿qué esperará encontrar? Pues lo que le da el marqués Pedroso de Lara, lo que le da el duque de Polanco (¿a qué engañarnos?, vuelvo a reiterar, son negociantes, y saben dónde está la inversión): una historia sencilla, un lenguaje pedestre, unos personajes sin complicaciones. Y hete aquí la admiración de estos incautos, que se apretujarán haciendo cola en una Feria del Libro, para ver, para tocar a aquel autor maravilloso “que habla su mismo lenguaje”, “que parece como si me estuviera retratando a mí”, “que sabe reflejar la realidad con una rara maestría”.

En fin, que debe de ser muy duro para un escritor advertir que hay mucha más enjundia y mucho más estilo en esta frase que cierra el librucho que en todo lo anterior. Este libro se terminó de imprimir en los Talleres Gráficos de Mateu-Cromo S.A. Pinto, Madrid (España) en el mes de abril de 2000. Caduca al año.

 

FIN


 

Entrega III

                Tras un breve descanso para admirar las estrellas, los dos personajes retoman la conversación (pag. 39), en lo que Clara estoy seguro que hubiese querido que pareciese un rapto de confesiones mutuas, pero no parece sino que ambos polluelos estuviesen incubando la malaria. Ahora se trata del amor (no podía faltar un breve tratado sobre el tema, según norma de la escuela bestsellerística más hodierna)y le toca sentenciar a la chica: el amor es cosa de dos personas concretas con diferencias concretas. ¡Qué concreción en el decir!      Pensé que al final había metido la pata, reconoce el mozalbete después de otra no menos gloriosa frase de despedida, que no hago constar aquí porque retemblarían tierra y cielos, que se me había visto el cartón. ¡Por las barbas de Asurbanipal, si es que ni para esto valen! Ni siquiera dominan el lenguaje más vulgar. Verse el cartón... ¿dónde habrá oído Clarita expresión semejante? ¿En la radio del taxi, quizás, que la llevaba a la reunión anual de damas benéficas?

                Después de conversación tan jonda y ésta especie de desengaño, el chaval protagonista de la novela, consecuentemente, hace una larga observación sobre el culo de la muchacha y se pasa por la cafetería del Híper a tomarme una porción de pizza y una Coca-Cola. Como bien advirtió García-Posada en su crítica: la voluntad de trascender su circunstancia (al protagonista se refiere) está bien delineada en el texto a través de las sucesivas peripecias existenciales por las que pasa.

A todo esto, ¿por qué siempre escribe la autora Híper con mayusculas? ¿Será que, como atinadamente apunta Sanz Villanueva: nos hallamos muy cerca del “bosque de símbolos” del que hablaba Verlaine?

En la página 42 se nos endosa una disertación tan soplaflaútica sobre la suerte que hace dudar (si cupiera alguna duda) de la honestidad en la concesión del premio Alfaguara. Me resulta imposible de creer que esta novela haya tenido que competir, en buena ley, contra otras cuatrocientas noventa y seis presentadas, como se nos indica al final del libro. Imposible, porque con nada más que se hubiera presentado cualquier otra, una sola, ésta sin duda se hubiese llevado el premio.

En esta misma página: imaginaba el traje colgado en una percha recordándome lo que no tenía. Esa es una de las razones por las que yo no uso traje, Clarita, porque luego, cuando me lo quito, no sé qué pasa que parece como si no hubiera una persona dentro.

Pag. 45: Nunca ningún aspecto de la urbanización había sido tan intenso. Cualquiera que tenga como lengua materna, paterna o abuelerna el castellano sabe que “un aspecto intenso” es antiliteario y, si me apuran, anticonstitucional.

Pag. 46: El muchachuelo va a visitar a la muchachuela a su chalete. Le abre el hermano de ésta (Eduardo) y, antes siquiera de que nuestro protagonista pueda abrir la boca, aquel le conmina a echar una partida de futbolín. El prota se niega, el otro insiste, el prota se reafirma y responde contundente: ¿es que la interna no puede jugar contigo? Me imagino, oh lector fricativo y palatal, la escena: la criada, con la cofia y el delantal, inclinada afanosamente sobre los mangos mientras exclama, con voz chillona a lo Gracita Morales, o dulzona a lo Mami de Escarlata o-Hara: ¡Qué cosas tiene el señoriiiiiíto!

Toda esta escena lleva al protagonista a reflexionar (hemos leído antes que era muy buen reflexionador): Pensé, por pensar algo de Eduardo que no fuese lo de siempre, que ésa (su vena caprichosa) iba a ser su perdición. Voy entendiendo: esto está contado desde el punto de vista de un retrasado mental Algo así como lo que hizo Faulkner, sólo que Clarita tiene en ello como más desenvoltura.

Pag. 49: Quería escuchar a Alien porque lo que yo le decía a Tania como si fuese él a ella le interesaba de verdad. Al que no le rechinen los dientes leyendo esto es que, o bien ha perdido el sentido estético, o bien es crítico literario.

Lo peor es cuando Claritísima se aplica a seguir las viejas buenas reglas de la composición literaria. Ha oído que es rasgo de fino estilo acabar largos párrafos con una frase seca y rotunda y aquí va ésta (pag. 50), después de una mediana (y sosa por de más) digresión sobre el paisaje: la costumbre es más fuerte que el ansia de renovación.

De una cosa podemos estar seguros: que a Claroncha no la van a pillar en flagrante plagio, como a su colega la Quintana. No hay colaborador, ni negro, ni errores informáticos, que puedan ayudarla a hacerlo peor.

Pag. 51: Otra pequeño sermón sobre el amor (fabricado, como hacen todos los bestsellerados cuando tratan sobre este tema, al que son tan caros, a base de recortes de poppy-cards y pintadas de urinario). A destacar la siguiente frase: se pretende que el dios creado por el amor sea nuestro esclavo.

Empieza el siguiente capítulo (pag.53) con esta frase: la superficie normalizaba la vida en la urbanización. Más abajo: la superficie estaba suficientemente poblada como para que de inmediato se olvidase a los que habían dejado de habitarla. Hora es de dejar constancia aquí de los nombres de los miembros del jurado que concedieron a esta pantuflada después de una prolongada deliberación (como se señala en un anexo al final del libro) el III Premio Alfaguara de Novela. Son: Alfredo Bryce Echenique (presidente), Rosa Regás (secretaria), Sealtiel Alatriste, Icíar Bollaín, Ángel González, Darío Jaramillo Agudelo y Héctor Tizón. Pedimos para ellos pena de galeras.

Al dueño de la tintorería Minerva le asesina su esposa por una cuestión de celos. Siempre hay alguien que sobresale por cosas de este tipo, opina la madre del protagonista (pag. 55). La gran pregunta de mi madre era qué iba a ocurrir con la tintorería. En la contraportada del libro se nos dice que Clara Sánchez ha obtenido, por ésta y otras novelas, el premio ILCH (Westminster, California) como reconocimiento. ¡Virgen de la Patarrastras, cómo tienen que andar las cosas por Westminster, California!

Pag. 57: Ocho años más tarde ocurrió algo... Clara, mujer, si lo que querías era presentar una concatenación de sucesos extraordinarios deberías haber acortado un poquito el tiempo. Porque de ocho en ocho años pasan cosas que se salen de lo común hasta en un convento recoleto de benitos cartujos.

Id: Llovía cuando le daba la gana. Hombre, digo yo. Si te parece va a llover los días impares laborables. Esto aparte, ¡qué horrenda expresión!

Pag. 58: Vamos a enterarnos, por fin, de por qué el lago del principio era “raro”. Era el lugar más raro del mundo porque había pajarracos que hacían ruidos espeluznantes y plantas que tiraban para atrás. Debemos estar metidos ya en el “bosque de símbolos” del que hablaba Sanz-Villanueva.

Encuentran una muerta pero antes habían encontrado unos pájaros, o fue hace años, o yo qué sé, porque la autora va dando tumbos del presente al pasado con tan poca destreza que el crítico, para entender algo, se ve forzado a solicitar la presencia de un observador internacional. Lo que quiera que sea que encuentran no es muy grato de ver, pero Edu le insiste a nuestro protagonista con este razonamiento (pag. 62): Siempre es mejor tener en la mente una imagen clara por desagradable que sea que no negra y confusa, lo que a larga la volvería más desagradable todavía. Es por ésta razón precisamente, Clarita, que la gente frecuenta los hospitales, donde piden que les dejan entrar a ver las operaciones, las mutilaciones de cuerpos, las disecciones de cadáveres, etc.

En esta misma página dice que el personaje que ha dicho esta gilipollez de grado 9 en la escala Richter era un superdotado. Y al punto, Clara se nos lanza a describir la vida de un superdotado. Mucho nos tememos que, como tantas otras cosas, lo hace de oídas.

El caso es que los dos chavales encuentran unos pájaros muertos en el lago, pero se resisten a ir a dar parte de ello a la policía. Sospechan que ésta (pag. 66) les someterá a un exhaustivo interrogatorio sobre los pilares básicos del cuándo y el cómo. Estas expresiones son más propias de un agente inmobiliario en trámite de divorcio que de un escritor.

Encontrará el lector, tal vez, que las acotaciones de páginas van haciéndose cada vez más espaciadas. Ello es así no porque en estos lapsos dejen de producirse en la novela errores gramaticales, sintácticos o lógicos, que se producen a catorce o quince por centímetro cuadrado, sino porque, de reseñarlos todos, iba a resultar la crítica más abultada que la novela. Así pues, he decidido que, en adelante, iré dejando constancia sólo de los errores escandalosos.

Pag. 68: Un señor le devuelve a una señora una mirada suplicante con los ojos muy abiertos, las mandíbulas, los pómulos, la frente, la boca. Verdaderamente, y como se suele decir, hay miradas que matan.

Lleva un tiempo apareciendo por la novela un tal Alien, tipo raro (de ahí el apodo, tan ingenioso como el “Míster Piernas” que le ponen a un tío que hace mucho footing) porque hablaba del espacio-tiempo, de los agujeros negros, de puertas interestelares, de tecnología asombrosa, de nuevas formas de vida, de alimentación y de pensamiento, se nos ha dicho con anterioridad. Aunque un poco desparramado, la verdad, el saber de este sujeto, el caso es que se decide a compartirlo con otros de la urbanización y para ello organiza una conferencia. En ella, ¿habla acaso de Einstein, de Hawkings, de los quasares, de las supernovas? Pues no, ni falta que hace. Habla del amor. Realmente resulta cargante ya la manía de los betsellerados de este país por meter en todas sus novelas siquiera sean cincuenta o sesenta líneas a cuenta del amor. Si el discurso aun fuera original, innovador, profundo..., pero son siempre las mismas horteradas dichas con tono grandilocuente. En este caso (pag. 71), entre medias de la papilla rosa, dícese: Nada puede haber menos poético que la forma de vida de cualquiera de nosotros, incluidos los artistas.

 continuará... 


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