¿Sabías qué?

 












 
 

 

     

 

 

 

 

 
 

 

por

Clandestino Menéndez

 ÚLTIMAS NOTICIAS DEL LIMBO

 Crítica acompasada de la novela

ÚLTIMAS NOTICIAS DEL PARAÍSO

de Clara Sánchez

(Premio Alfaguara año 2000)

 

Entrega I

Longtemps je me suis couché de bonne heure.... , por ejemplo.

Hay novelas que, por alguna razón desconocida (la magia literaria), cautivan al lector desde la primera fase, incitándole a sumergirse en la lectura. Otras, las más, necesitan de algún tiempo, a veces bastante, para despertar el interés. Lo cual no implica, necesariamente, una menor categoría; se trata, sólo, de una cuestión de estilo. Y existen otras novelas, por último (y esto si es grave) que, ya desde el arranque, no auguran nada bueno, antes bien preparan al lector para lo peor. Es el caso de la primera frase de esta novela de Clara Sánchez, galardonada con el premio Alfaguara, año 2000: Vivíamos relativamente cerca del Híper y un poco más lejos del Zoco Minerva (...), donde me había montado mucho de pequeño en un Alfa Romeo que funcionaba con veinte duros. Se trata de algo instintivo, lo reconozco. Veo la mención al premio, leo esta frase, y algo en mi interior me advierte del peligro.

                De hecho, ya en esta primera página (pag. 9) se dice que, del otro lado de la carretera, arrancaba un enorme solar. Ocurre que, hablando a lo literario, está permitido que “arranquen”, sí, avenidas, calles y caminos, incluso situaciones, a partir de cierto punto, pero siempre teniendo claro que se trata de cosas que siguen una progresión y obedecen a un curso. Un solar, que sepa yo, no avanza hacia ninguna parte. Puede “extenderse”, “abrirse”, “ensancharse” todo lo más.

                En la página siguiente dice la autora: en las negras tardes de diciembre el fuego alumbraba nuestro salón y junto a él nos refugiábamos en medio de la intemperie. Esto, sencillamente, es imposible. Porque, si se está en el salón, no se está a la intemperie. O viceversa. A no ser que: a) el salón no tuviera techo ni paredes, o b) la señorita (o señora) Clara Sánchez no sepa lo que significa la palabra intemperie. Personalmente, me inclino por lo primero. Me parece lo más lógico.

                Pag. 15: Eduardo, un amigo del protagonista, tenía un perro que se llamaba Hugo. Su madre se llamaba Marina. Por sacudirme un poco la confusión apresuro el paso y, en la página siguiente, salgo de dudas. Marina es una mujer. Aunque, eso sí, especial, porque podía tirarse una hora charlando de pie derecho en la calle con alguna vecina. ¿Qué será eso de hablar “de pie derecho”? A pie firme sé lo que significa, aunque es lenguaje cuartelario. ¿Será acaso que la buena mujer adoptaba la posición de los flamencos? ¿Será quizás que hablaban sobre algún juanete o algún callo que la susodicha tenía en su diestra extremidad?

                La madre del tal Eduardo debía de ser, no obstante, un curioso espécimen, porque veinticinco líneas más abajo se nos dice que su hijo no soportaba verla avanzar (...) con sus andares de bailarina que se pasa la vida en el aire. Es lo que suele ocurrir con las madres levitadoras, que despiertan la antipatía de sus vástagos.

                Toda la familia de Edu es excepcional, por otra parte. El padre tenía a la puerta de su casa (pag. 17) una placa donde podía leerse: “Roberto Alfaro. Veterinario”. Así que a Roberto, el padre de Edu, lo (será le, Clarita) llamábamos el Veterinario, y a él y a su hermana los hijos del Veterinario, y a Marina, la Veterinaria, y cuando nos referíamos a toda la familia en conjunto, los del Veterinario. Apasionante. Una vez más, queda demostrado el ingenio popular a la hora de poner motes.

                Pag. 18: El lago era raro y feo. Feo no digo yo que no, pero ¿cómo leches de búfala semidesnatada puede ser “un lago raro”?

                En la urbanización donde se desarrolla la novela ocurren, de todas formas, cosas paranormales. A ver si no cómo se explica (Pag. 19) el que a los niños los recogía muy temprano un bus del colegio y los devolvía por la tarde vestidos de gris y azul marino. ¿Subían acaso desnudos por la mañana? No sé qué pensar, verdaderamente, si se trata de un caso típico de abducción o de un flagrante atentado contra la sintaxis.

                Pag. 21: En aquella confusa época de mi vida chupé mucha tele, dice en la misma pagina el protagonista. Esta expresión, impropia hasta de Paco Porras, habrá muchos criticuchos que la excusen con el argumento, tan manido y tan sui generis, de que la autora habla por boca de un adolescente y utiliza, por tanto, su mismo lenguaje. Ignoran, o hacen como que ignoran, los muy hotentotes, que el bello arte de la escritura no es ni nunca ha sido transcribir tal cual las situaciones o modos de hablar, sino “recrearlos”, elaborarlos de tal manera que de ellos se forme un “reflejo”. La diferencia entre una cosa y otra es aparentemente pequeña, pero en ella estriba la distancia, inmensa, que va de construir una novela a garabatear unas cuantas páginas sobre el servicio militar, las molestias de la menstruación o el picor de axilas, entre otros temas de la novelística española actual. ¿Se imagina usted, lector inmarcesible y espongiforme, a manera de ejemplo, el monólogo interior de Molly Bloom en la pluma de Maruja Torres, Rosa Montero, Almudena Grandes o Lucía Etxebarria...? Pero a lo que iba. Que no sé si la expresión que abre este párrafo es horrorosa por su fealdad congénita o porque parece ser preludio de males mayores. Efectivamente. Al hilo de ella doña Clara Sánchez, hija de Sánchez y nieta de Sancheces, nos habla de las series que veía en televisión, y de una vez que se fue de acampada.

 continuara... 


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