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por
Clandestino
Menéndez
MELOCOTONES INDIGESTOS
Crítica
acompasada de la novela
MELOCOTONES HELADOS
de Espido Freire
(Premio Planeta año 2000)
Entrega
I, Entrega II,
Entrega
III y Entrega
IV

Entrega
IV
Dejo
una buena porción de tontunadas por
el camino para llegar a la pag. 82.
Esteban está celoso respecto a un
posible rival, y entonces “pensó en
coger su fusil, que no había
entregado tras la guerra”.
Desde luego, lo de este Esteban es
para descubrirse. No sólo se licencia
del ejército cuando le peta sino que
se lleva a los permisos el fusil. Debió
de pensar que ya que lo tenía al
hombro... Vamos, ni en los chistes de
Gila.
Id:
El tal fusil “si no con balas, podía
emplearlo como maza”. O como marcapáginas.
A caballo regalado...
Dudo
mucho, no obstante, del amor que el
tal Esteban pudiera sentir por la
chica objeto de discordia cuando,
entre otras cosas, dice la autora (pag.
83)
que “se valió de ella como una
valeriana para calmar los nervios y
encontrar el sueño”. En resumidas cuentas, prosa de
herbolario.
Cambiamos
de escenario y época (bruscamente,
como todo en esta novelucha). Sitúasenos
hace veinte años, o tal vez más. Una
niña se ha perdido en el monte. La
gente emprende el rastreo (pag. 85). “Mientras los hombres caminaban
con linternas y un par de
cuchillos...”
dice la autora, y yo me pregunto:
¿para qué necesitarían un par de
cuchillos? Aún me pregunto más: ¿para
qué necesitarían uno solo?
La
madre de la niña perdida se consuela
pensando que (pag. 86)
“a nadie que la hubiera visto se le
hubiera ocurrido darle trabajo”.
Hasta en los momentos más trágicos,
como se ve, la autora tiene presente
el problema del paro.
La
situación, a pesar de todo, quiere
ser tensa, dramática, dolorosa. Unos
hombres buscando a una niña perdida,
la madre abajo que aguarda en compañía
de las vecinas, bebiendo anís (pongo
esto del anís porque la autora lo ha
recalcado varias veces, que a mí
personalmente me parece insignificante
y hasta contraproducente para lo trágico
del momento) Al final, y sin fruto, se
abandona la búsqueda. Los hombres (pag.
90)
“se encaminaron al pueblo, abrazaron
a la madre, ya completamente
borracha”, y se fueron.
Vamos a ver, Espido, alma de cántaro,
¿qué necesidad había de emborrachar
a la madre? ¿A santo de qué viene
eso del anís? No entiendo, de verdad.
Lo único que advierto es que sois tan
torpes, tú y la mayoría de los
bestsellerados, que no podéis
siquiera plantearos una escena en
serio hasta sus últimas
consecuencias. Todo ha de ser banal,
intrascendente, falso y de
circunstancias, como vuestra forma de
entender el arte de narrar. No sois
capaces de volcaros en lo que estáis
contando, ni os lo tomáis en serio
ni, en el fondo, os importa un bledo
vuestra historia. Sólo os interesa
como medio para conseguir nombre,
dinero, fama. No de otra manera se
comprende este grave insulto literario
a un personaje. Vosotros, que os creéis
llamados a suceder a los grandes
escritores, no llegáis siquiera a
malos mercachifles de la palabra.
En
muchas ocasiones parece, además, que
no habéis llegado ni a segundo de básica.
Pag. 93:
“La madre de Antonia acababa de
morir y había repartido salomónicamente
sus bienes: (...) una cantidad de
dinero, para dividir entre los dos, de
modo desigual. La mejor parte, como
cabía esperar, fue para el
hermano”. ¿Esto es un reparto salomónico,
Espido?
Pag.
94:
“Abrigaron bien a los niños, porque
el viaje en tren rendía lo suyo”.
Pag.
95:
“Eran los más notables. Llevaban
una seña, un sello en la frente,
contra el que no había nada que
hacer”.
La
autora nos está hablando de la tata.
En realidad, desde hace ya bastantes páginas,
el relato se ha convertido en un
simple y vulgar chismorreo familiar
acerca de sobrinos, nueras, cuñadas,
tatas, y si el cuñado gana más que
el hermano o es al revés. El caso es
que, hablando de la tata, Espido nos
dice que era una persona (pag. 96)
“propensa a la ternura”, y que
“no fue sin esfuerzo” como cortó
una relación con el médico del lugar
por ciertas habladurías. He aquí el
esfuerzo, apenas dos renglones más
abajo: “Tú sabrás por qué, tú
sabrás lo que has contado y lo que
andan diciendo por ahí. Pero a mi
lado, desde luego, no vuelvas”. Y
cuando el médico muere, víctima en
cierto modo de este desplante, “ella
no asistió a su entierro (...) La ira
fermentaba en su interior”. Un
dechado de ternura, como se puede
comprobar.
Acaba
este capítulo dedicado a la tata con
ella en la peluquería. Sirva esto
como ejemplo de los niveles literarios
a los que hemos descendido y también,
ya de paso, de los modelos de peinado
preferidos por las señoras de mediana
edad, y de los pensamientos que las
asaltan al hallarse “bajo el casco
plateado”. ¿Para esto es para lo
que has creado, Espido, un espacio
imaginario?
Otro
brusco vaivén. La novia que dejó
Esteban al irse a la guerra está un
poco mosca porque no vuelve
(recordemos que dicho Esteban se
encontraba retenido por una amante, más
o menos como Ulises, salvando unas minúsculas
distancias). La mujer no se atreve a
ir al cuartel a preguntar y “de vez
en cuando (como en la pag. 101)
se acercaba a su hermano. —No tendrás
que acercarte al cuartel para algo, ¿verdad?
—No. ¿Por qué? —Por nada...”
Diálogo entre hermanos besuguiles.
Dejo
constancia aquí de esto porque me
hizo gracia. Pag. 106:
“El caballero de la armadura
reluciente se embarcaba en discusiones
interminables con los monjes de la
abadía para conseguir el chocolate en
ladrillos”.
Volvemos
al caso de la niña que se perdió en
el bosque. A todo el mundo le extrañó
porque era una niña muy juiciosa y
tranquila, obediente y buenecita. Sin
embargo, en la pag. 109
la autora dice que “se escapaba de
su madre y de la tata no bien volvían
la cabeza”.
¿En qué quedamos?
A
propósito de lo mismo. La tal Elsita
“aunque era simpática y sociable sólo
había logrado trabar amistad con
Leonor” (otra niña del pueblo) Pues vaya
simpatía y qué sociabilidad. La
frase es tan atentatoria contra la
buena lógica cual sería ésta, por
ejemplo: Aunque era muy limpia, no se
lavaba nunca.
Se
nos habla de la infancia de esta
Elsita y de la infancia de otros
protagonistas de la novela: cómo
jugaban en la plaza del pueblo, sus
travesuras, sus clases, etc. Y ello ni
está contado con gracia ni viene al
caso en realidad. Porque si todavía
nos relatara Espido todo esto para
mostrar algún detalle significativo
de la acción, o un temprano rasgo del
carácter de sus personajes, bueno y
va. Pero no sucede así. Simplemente
juegan. En su caso a las canicas, pero
hubiera dado lo mismo al rescate o al
pañuelo. Para colmo, los juegos son
descritos de una manera distanciada e
insulsa, propia de quien los mira
desde la ventana de un quinto piso,
durante un descanso de la redacción
de la novela que va a suponerle el
premio, el dinero, la gloria. He aquí
un ejemplo (pag. 118):
“Ajenas a los avatares caniqueros,
las niñas tomaban el banco bajo los
árboles, el que quedaba más a la
sombra, y se ocupaban en sus
juegos”.
Cuatro
páginas vienen ahora sobre pasteles,
dulces, chocolates, todos ellos
refinadísimos. Burda, socorrida y
mala imitación de Laura Esquivel, que
no provoca otra cosa sino la indigestión
del lector.
La
niña Elsita tiene amigos invisibles.
Como es este un tema abonado para la
cursilería y la afectación, extremos
ambos a los que Espido es muy dada,
decido, lo confieso, pasar de largo y
pedirle a una vecina que me avise
cuando haya cesado tanta melifluidad.
Pag.
153:
“Y muchos años después (...)
mientras faltaban aún un par de años
para que esta historia
comenzase...”.
¿Me comprendes ahora, lector
bacigalupe y antenórida, cuando digo
que ubicarse temporalmente en esta
novela sencillamente es una tortura?
Elsa
pequeña (no Elsita ni Elsa grande,
sino otra) está metida en la secta de
la Orden del Grial, anteriormente
mentada. Nos refiere Espido con
profusión los ritos, las ordenanzas,
la manera que tenía dicha secta de
acercarse a los incautos, pero no dice
ni tanto así acerca de en qué
basaban sus mentiras, cuál era su
filosofía tramposa y a que mitos
arteramente recurrían. Como es norma
en esta novela, todo queda en la
superficie; cosa que, en temas como éste,
se convierte en un flagrante delito y
una carencia insoslayable.
La
chica escapa de la secta, la denuncia
y la lleva a juicio. Y resulta que le
cuesta harto trabajo encontrar a
alguien que la apoye en su denuncia,
cuando al principio y otras veces
Espido nos contó que un amplio grupo
de ciudadanos (“los cruzados”) había
tomado posiciones en contra de esta
secta. Claro que podría aducirse que
ello fue después de la denuncia de la
protagonista, o que por aquel entonces
se estaba formando, o cualquier cosa;
a esto es a lo que conduce escribir
con tan terrible indefinición
temporal, con tanto ruido de épocas
durante toda la novela.
La
escena del juicio contra los
grialistas (páginas 176
y 177) es para enmarcarla. Basada, estoy
seguro, en cualquier película
americana de serie Z, la protagonista
“pidió permiso para dirigirse,
antes del juicio, a los pocos
testigos”. Los testigos, que contra
toda costumbre jurídica se
encontraban en la sala (igual quiso
decir los miembros del jurado) han de
oír este glorioso principio: “La
vida no es, como nos han enseñado,
una página escrita que nos aguarda.
Cada día, a cada momento, escogemos
lo que somos, lo que sentimos y lo que
creemos bla bla bla”. Que a
comienzos del siglo XXI se nos
presente como tema candente y reflexión
novedosa definir si el hombre está
condicionado por un destino o dispone
por el contrario de libre albedrío es
tan absolutamente ridículo e
insensato que dan ganas de llorar de
pena. Señorita Freire, ese discurso
está ya más que superado, y no digo
ayer ni hoy, sino desde hace varios
siglos, y la existencia o no de un
destino trazado no constituye tema
serio de polémica ni siquiera en la
consulta del mas aprovechado futurólogo.
Una vez más, Espido, estás hablando
por hablar y diciendo por decir. Pero
continúa la escena. Siguiente párrafo
del discursito, transcribo un
fragmento: “Si antes de tomar la
decisión de marchar contra esta gente
me hubiera muerto, ¿qué recuerdo
hubiera quedado de mí? ¿Quién
hubiera recordado a Elsa?” Esta no
es una reflexión seria, Espido. Ni
siquiera llega a juego filosófico del
estilo si mi padre no fuera mi
padre.... Es una pregunta huera,
hinchada de humo, gratuita. Prueba aún
más de lo vergonzante de la escena es
lo que ocurre al término de la
parrafada del personaje: “Las
familias, los cruzados, los dos policías
que la escoltaban hasta los juzgados
se miraron y sonrieron. Se daban por
aludidos”. Siento que se me abren
las carnes. ¿Aludidos cómo qué? ¿Cómo
olvidadores? ¿Cómo víctimas del
olvido? Y, de cualquier forma, ¿a qué
cogno viene el sonreír? Sería, sin
duda, una sonrisa de pánfilos, como
la que se le quedo a la autora después
de escribir esta supina sandez que, en
el colmo de la desfachatez y la
indigencia de pensamiento, se nos
quiere hacer tragar como reflexión
capital. Y para acabar de arreglar la
escena, en el mismo párrafo, después
de las sonrisas lelas: “Luego, los
pensamientos se dispersaron, y se
dirigieron a la comida (...) a cómo
besaría Elsa, cómo cerraría los
ojos cuando (...) Era lo que ocurría
siempre cuando una muchacha bonita
hablaba durante tanto tiempo”. Si
este fuera un país serio, por toda
esta demostración de pensamiento
tonto, y machismo más tonto aún, a
la autora se la habría expulsado a
gorrazos allende las fronteras
literarias.
Pag.
178:
Esto lo sospechaba yo, pero en el
fondo me parecía demasiado absurdo
para aceptarlo. Ahora que parece que
la memez se ha apoderado ya
abiertamente del discurso espidiano,
no tiene la autora reparo en
confiarnos que “nadie se imaginaba
que unos caballeros, con sus capas,
sus cotas de malla y sus armaduras,
pudieran hacer daño a unas
mujeres”. ¡Así que al fin es
verdad que los de la secta del Grial
vestían motu
medievali! “Nadie estaba
preparado para desconfiar de unos
caballeros”. Eso es verdad, Espido. Yo veo a un tío
vestido con armadura, espada y yelmo
por la calle y me quedó mucho más
tranquilo.
Pag.
179:
“Los hombres que hablaban pedían a
gritos que se les hiciera un retrato
en verde y negro, los colores propios
de los integrantes, de los seres sin
escrúpulos, de los sepultureros”.
Verde y negro eran, en verdad, los
colores de la barca de Caronte en La
Eneida; pero después de haber leído
el infame episodio de la tata en la
pelu me cuesta creer que Espido haya
sido capaz de “descender” a esos
niveles. Más bien creo que ha
aprovechado la ocasión para soltar
alguna inquina que guardara contra el
Futbol Club Sestao.
Pag.
184:
“Si al menos se te contagiara algo
de la alegría de vivir de Blanca
—decía mamá, mientras las dos freían
pescado”.
Yo creo que es el primer narrador
omnisciente que trata a sus personajes
de mamá y papá y les pone a freír
sardinas.
Estamos
metidos ahora en la historia de Elsa
grande. La guerra, el amor de
posguerra, las sectas, una niña
perdida, lo que tenga a bien o a mal
la señorita Freire contarnos ahora...
Me parece a mí que mucho se está
abriendo el campo temático de esta
novela. Demasiado. Es la diferencia
entre redondear una novela y escribir,
escribir y escribir hasta que se acabe
el plazo de entrega a la editorial.
Entre medias se pueden encajar escenas
referidas a la actualidad, como aquí
en que se nos presenta a una amiga de
Elsa que es bulímica y se aprovecha
para decirnos que se trata una
enfermedad muy mala. Embargado por la
emoción no se me escapa, sin embargo,
que una alacena no se puede abrir de
una patada, como hace Blanca la bulímica
en la pag. 186.
Los
padres de Elsa le insisten a su hija
en que tiene que ser más activa, más
dinámica, más vivaz. Pues bien, en
una ciudad cercana se va a organizar
un acto, y a su hija y a la amiga, a
la hora de la verdad, les cuesta lo
indecible convencerles para que las
dejen ir. Convencidos los progenitores
al fin, ellas estudian durante noches
en vela la manera de ser admitidas a
dicho acto, falsifican carnets,
ensayan disfraces, tiemblan ante la
idea de ser descubiertas. Al fin, se
deciden a acudir a dicho acto a riesgo
de las consecuencias. Las compañeras
de clase envidian su decisión. Qué
suerte, las dicen mordiéndose los
labios. Cobardes, responde una de
ellas mientras ultiman su plan. El día
D a la hora H, ambas emprenden la
aventura cogidas de la mano y
transidas de emoción. Falta por
decir, lector, cuál era el acto que
provoco tal arranque de rebeldía y
tal excitación entre la adolescencia
en general. Pues sí, efectivamente,
¡¡los cursos de una universidad de
verano!!
Sinceramente
confieso aquí que en mi vida he leído
una cosa más pavilela y ridícula.
Pag.
200:
“Pese a la gran fama que los cursos
de verano de Lorda habían logrado,
los profesores se quejaban de que el
nivel había descendido (...) Las
verdaderas razones nunca se
revelaban”. ¡Pero Espido, coño, céntrate!
¡Que estás llevando el misterio y el
melodrama a los cursos de una
universidad de verano!
Ante
todo esto la pregunta es: ¿en este
pobre país no puede haber un término
medio entre las chocolocadas de la
Torres y de la Grandes y el virginal
candor de la señorita Freire? ¿Es
que nadie va a tener un poco de
compasión de los lectores?
Ejemplo
de la idea que Espidín tiene de lo
que es el arte literario (pag. 201):
Wilhemina Swordborn, madre de John
Swordborn (por estas esguorbornedeces
nos movemos, sí) era admirable porque
“acababa de publicar un precioso
tratado sobre la comunicación en el
teatro”.
Los libros, según Espido, no se
dividen en buenos o en malos, sino en
preciosos o en feos. Así nos va.
Resulta
que Blanca, la amiga de Elsa y compañera
en la vida salvaje, es muy buena
cuentista. “Transformaba
conversaciones de autobús en guiones
televisivos”, se nos encarece en la
pag. 203.
Se nota a la legua que este personaje
quiere ser un trasunto de Espidín,
capaz como ella de transformar
conversaciones de peluquería,
chismorreos familiares y sinsustancias
varias en una novela de 300 páginas.
Una de las historias que se inventa es
la de un carpintero al que le abandona
la mujer, y luego la mujer regresa
pero ya el carpintero no la quiere.
Todos los que asisten a las clases de
la universidad de verano se quedan
embelesados con estas historias, tanto
así que el profesor incluso deja que
la chica le destroce las camisas
mientras narra sus maravillosos
cuentos. Naturalmente, al final se
enamora de ella.
Pag.
207:
Dicho profesor, solo en su cuarto,
“observó sus manos, su pecho y su
espalda sin camisa”.
Imposible, Espido. A no ser que la
habitación estuviera rodeada de
espejos, nadie puede observar su
propia espalda. ¿Te das cuen?
El
profesor y la cuentista se enamoran,
ya digo. Según Espido, mucha culpa de
ello la tienen las conversaciones que
sostienen entre sí. Aquí una muestra
(en la misma pag. 207):
“paseo junto al mar, siempre lleno
de gente. —¿Es así durante el
invierno? —No, contestó John”.
Pag.
210:
Hay chanchullos en los cursos de
verano: “Becas asignadas con doble
intención (...) pero intentando no
levantar demasiado barro”.
Tú si que levantas barro, polvo y
dolor de cabeza, Espido.
Como
todo lo bueno y apasionante en esta
vida, al fin también concluyen los
cursos de la universidad de verano.
Las dos chicas vuelven (pag. 211)
“con sus amigas, que esperaban
ansiosas las aventuras de las dos
osadas durante el verano”.
Llevo
subrayadas ya cosa de veinte o treinta
aferraciones a lo largo de la novela.
Los personajes de Espido, quien que a
la vida, quien que a la esperanza,
quien que a un clavo ardiendo, quien,
como al principio, a la trascendental
idea de que si todos tuviéramos los
mismos nombres esto sería un
desbarajuste, todos se muestran harto
aferratrices. En la pag. 219
se superan: en el primer párrafo uno
se aferra a las normas, en el segundo
a la mano de su novia.
En
la misma página y siguiente: movida
en la universidad a la que van las
protagonistas espidianas. Me quedo
anonadado ante su virulencia y la
extraordinaria repercusión que
pudiera tener para el futuro
educativo. Júzguese: “Quienes
contaban, quienes ostentaban (¿?) el
poder, los profesores, los críticos,
censuraban a las jovencitas (...) lo
que no impedía que la mayor parte de
ellos se involucraran más de lo que
debieran con esas mismas muchachas”.
¿La razón por que hacen esto?
Porque, caso de que una de esas
muchachas decidiera en un futuro
sentar plaza de catedrática, “nadie
podría confiar en una profesora con
tal pasado. Estaban a salvo”. ¡Qué
plan más maquiavélico! ¡Qué bien
pensado!
Mucho
se acusa a la sociedad española de
machista, y probablemente sea cierta
la acusación. Pero algún término
debería de haber (si ya lo hay, discúlpese
mi ignorancia) para calificar a
quienes piensan, como Espido, que
todos los hombres son iguales, todos
se mueven por la misma razón, a todos
les embobece el deseo y todos pierden
el oremus por unas chicas hermosas
como, naturalmente, sus personajes,
trasuntos de ella misma. Caso de no
existir tal término yo propondría éste:
bobaliconería engreída.
Esta
chica, muchas veces, no sabe ni lo que
dice. En la pag. 223
se nos comenta que un tal Rodrigo era
muy desconfiado. “Desconfía
siempre”. Exactamente ocho renglones
más abajo el mismo Rodrigo “no
concebía que alguien pudiera cometer
alguna acción indigna o vergonzosa y
no lo dijera”.
Pag.
230:
(Las otras chicas) “del mismo modo
que no se atrevieron a ir con ellas a
los cursos de verano de Lorda no se
atrevían a nada en su vida”.
En
esta misma página un suceso ocurre
“en los días normales”.
Toda
esta historia de rebeldes bulímicas y
catedráticos pérfidos podría
resumirse con esta sentencia sacada
del mismo libro: “Era una historia
vulgar que ni siquiera merece la pena
ser contada”.
Podría, digo, pero no es así,
porque, en primer lugar, ni tiene la
categoría de historia, ni incluso la
de historieta; en segundo lugar, no
nos ha sido contada. Balbuceada, a lo
sumo.
Vuelta
a las aventuras pasionales del otro
después de la guerra, vuelta a las
vicisitudes de la chica sectaria,
vuelta a los amoríos de Elsa, vuelta
a la bulimia... Hace ya demasiado
tiempo que el relato no progresa, que
se limita a dar vueltas en redondo,
insistiendo una y otra vez sobre lo
mismo: retomando historias no para
desvelarnos algo, sino para acumular
anécdotas, detalles, puntualizaciones
de nulo interés. ¡Qué tostón!
Espido, además, le ha cogido de unas
páginas acá el gusto a terminar sus
pequeñas peroratas con frases
tajantes, del estilo a: “Sonaron
ocho campanadas”, “Elsa pequeña
se enfrentaba a la vida”, “En
realidad, no volvieron a verse
nunca”, y así hasta 140 o 150 (no
exagero), con lo cual y el retomar
innumerables veces la historia, Melocotones
helados ha caído plenamente en la
categoría del culebrón.
Igual
de anquilosados que la trama andan los
personajes. Ocurre que ellos mismos, y
unos a otros, se tienen caladísimos.
Cualquiera de ellos se pone a
recapacitar sobre su entorno y sus
circunstancias, y hácelo obedeciendo
a rajatabla unos preceptos firmes e
inamovibles, como, por caso, ser
persona inocentona, confiada, o poco
inteligente (de ahí no pasan, a decir
verdad). Sea cual sea la situación
que les corresponda nótaseles bien
aleccionados, pensando siempre y en
consecuencia lo que conviniere a su
rol. Si dos conversan, o discuten, o
se miran a los ojos, ya saben el uno
del otro sus características por
extenso y en función de eso
parlamentan, cada uno bien metido en
su papel. Son, en fin, personajes pétreos
y envarados, sin la menor profundidad
ni evolución y no digamos ya
capacidad de sorpresa. Más que vivir
ante nuestros ojos, representan su
papel, declaman un guión, pautados
por la voz en off de una narradora que
ha adoptado el papel de omnisciente no
como recurso novelístico, sino como
la manera más fácil de narrar.
Pag.
246:
“No conozco a ningún anciano a
quien no le guste contar sus
batallitas”. Valga esta topicazo
atroz como prueba de a qué punto se
nos ofrecen simplificados, mascados y
pasteurizados los tipos humanos y las
relaciones entre ellos. Todo es así:
expresiones comunes, pensamientos
vulgares, juicios pre-establecidos.
Pag.
250:
Apasionante discusión sobre si las
mujeres viven más que los hombres o
viceversa. Discusión que la tata
zanja con esta frase histórica:
“Viviremos más, pero la que se va,
se fue”.
Uno, después de leer esto, qué
duda cabe que contempla el mundo con
distintos ojos.
En
la siguiente página: “Cesar no era
invertido”. Y a santo de esto,
Espido nos larga la vida del sujeto en
cuestión y nos detalla sus labores en
el horno de la pastelería.
Se
retoma el tema de la fugada de la
secta para contarnos (pag. 255)que,
después del juicio, entró a trabajar
en una peluquería. Uno se pregunta si
detrás de esta fijación de Espido
Freire por situar a sus heroínas
“bajo el casco plateado” no se
esconderá algún trauma infantil, algún
deseo oculto que desde aquí,
sinceramente, le animamos a que
intente realizar, abandonando si
preciso fuera esto de la literatura.
Aún
así (pag. 257),
la fugada “perdio definitivamente el
apetito”.
Y se tornó anoréxica. Demasiados
trastornos alimentarios me parecen ya
para una sola novela, Espido. Aunque
estén de moda.
Es
asombrosamente común en las
escritoras bestselleradas el sublimar
en sus personajes femeninos sus
carencias personales y afectivas.
Quiero decir, que todas construyen
personajes muy guapas, sedcutoras,
atractivas, y de impresionante vida
sexual. En el caso de Espido, al
tratarse de una bestsellera más
recatada y relamida que sus homologas
la Torres y la Grandes, sus chicas no
se van tirando a todo el mundo, pero
las ocurre como a ésta, que (pag. 257)
“no podía denunciar a todos los que
le dijeran un piropo por las
calles”.
Pag
260
y siguientes: Carlos, el tío de Elsa
grande, padre de Elsa chica, hijo del
abuelo y no sé cuántos cargos
familiares más, se replantea su
matrimonio.
Último
capitulo (pag. 265).
La autora comienza a recoger velas.
Seguramente, por mandato editorial, o
porque se acababa el plazo de
presentación al premio Planeta,
porque, si por ella hubiera sido, como
se ve del apunte anterior, podría
haber seguido alargando el relato ab
aeternum, contando chismes de
peluquería y mercado, trazando diálogos
pseudomelodrámaticos y acabando párrafo
tras párrafo con una frase
supuestamente rotunda. Comoquiera que
sea, va poniendo fin a las diversas
historias que componen esta novela.
Historias que, dicho sea de paso, han
resultado ser compartimentos estancos,
sin la menor relación unos con otros,
sin el menor objeto o sentimiento común.
Cada una de estas historias ha seguido
su curso, más o menos aburrido (pero
aburrido siempre), sin tener nada que
ver con las demás... salvo el hecho
de que todos los personajes sean
familia. Pero esto no basta, Espido,
ni mucho menos. No es lo mismo
presentar a muchos personajes con un
mismo apellido que construir una saga
familiar. Para esto último ha de
haber un fin, o un principio, o una
serie de circunstancias condicionantes
que se dejen sentir a lo largo de toda
la obra. En ésta nada tiene en común
la historia sentimental del abuelo con
la persecución sectaria de la otra.
Nada. Son tanques de cemento
enganchados unos a otros por medio de
delgadas tuberías, tan finas como que
son familia, como que una va a casa
del otro, como que el otro le alquila
la panadería al uno. En fin,
comoquiera que sea esto acaba. Y
escarmentado por cacaos anteriores,
procedo a hacer una especie de cuadro
sinóptico tanto para interés del
lector como para brújula del crítico.
1)
La historia de amor del abuelo
tras la guerra acaba con que la
enamorada le da boleto para irse con
un ricachón. El hombre se aviene, qué
remedio, pero antes suelta esta
parrafada (pag. 267):
“Si no me he marchado antes, si no
he puesto fin a esto, ha sido pensando
en ti, en que no estarías mejor sin mí
de lo que lo estás conmigo”.
Pese a lo insulso y ñoño y sin
sentido de este discurso final, el crítico
tiene la impresión de que es ésta
del abuelo la única historia que
“podría” haber tenido cierto
cuerpo novelístico. Juraría que se
trata del embrión, de la historia
primigenia que Espido no llegó a
desarrollar. Se limitó por el
contrario a (o confundió desarrollar
con) acumular bazofia en torno a ella
de una manera gratuita y tan
descaradamente mercantil que al final
ha logrado que la vulgaridad lo
dominara todo.
2)
Cómo se concluye la historia
de la niña desaparecida en el bosque
es para pedir una indemnización por
daños a terceros. Porque resulta que
a lo largo de la novela se han hecho
recaer sospechas sobre, lo menos,
cuatro individuos, uno de los cuales
se nos presenta en la comprometida
situación de estar enterrando
subrepticiamente el cadáver. Pues
bien, lo que ocurrió fue que la niña,
candorosa criatura, tenía la sana
costumbre de atarse las piernas una
con otra para así conseguir un andar
más distinguido. En una de estas que
iba por el bosque con las piernas
atadas vio a su hermano y fue a correr
para alcanzarle, pero se trastabilló,
se cayó por un barranco y se esnafró.
Estaba al lado del camino pero nadie
la encontraba. Salvo el otro (pag 284)
que “la enterró y calló, quién
sabía por qué”.
3)
La escapada de la secta llega a
la conclusión de que la humanidad está
pervertida (pag. 285).
Después de ello, queda con su psicóloga
para ir a la discoteca, pero por el
camino un miembro de la secta, que
antes la había estado dando crema en
la playa, junto a dos individuos
fornidos, la asaltan en un callejón
oscuro y la liquidan. Mentiría si
dijera que no se veía venir.
4)
La que está en el pueblo, Elsa
grande, comienza a dudar de su novio,
Rodrigo, porque. “así eran los
hombres: egoístas, interesados y
dominados por la lujuria” (pag. 293).
Al recibir la noticia de la muerte de
su prima (pag. 300,
penúltima) “entró en unos
grandes almacenes, que finalizaban las
ofertas de verano”, pero luego,
acordándose de pronto que es un
personaje literario, sale del Corte
Inglés y entra en el museo, donde
permanece pensando profundamente (no
se nos dice qué) hasta que la echa el
guardia porque van a cerrar. “Luego
regresó a casa, a continuar
completando su historia no contada”,
concluye el libro.
Queda,
en realidad, un parrafito, pero no son
más que palabras una detrás de otra
con el tono más afectado que pueda
encontrarse. Como toda la novela, al
cabo.
Post
scriptum: A la hora de entregar
esta crítica me encuentro con la
noticia de que Espido Freire, la
autora del bolodrón arriba comentado,
acaba de publicar un libro titulado: Alad
la blanca, que quiere ser, ni más
ni menos, en palabras de la autora,
que un poema épico en la línea de la
Iliada, la Odisea, Virgilio, y en
general los cantares medievales. Uno,
pese a tener especial preferencia por
los escritores audaces, no consigue
comprender hasta qué extremos de ridícula
insensatez puede llegar esta gente, ni
por qué lejanas regiones de la inopia
andan. Porque en la más profunda
inopia y la más alta higuera hay que
estar para pensar que a uno le han
dado el premio Planeta, por ejemplo, o
cualquier otro de los tantos de
nuestro triste panorama literario, por
sus méritos artísticos, y no por
otras razones cuales su fotogenia, su
buena planta, su condición de joven y
ojinegra, o sencillamente porque los
prospectores del mercado consideraron
que el público demandaba una
escritora veinteañera, de pelo lacio
y aspecto triste. Así que, repórtense,
por favor, los premiantes, o actúen
las fuerzas del Estado contra ellos,
movidas ya que no por su conciencia
literaria y el estado de postración
de los lectores, sí por el daño psíquico
que se está causando a estos
pobrecillos crédulos, quienes, como
digo, por haber sido premiados en una
tómbola ya se creen arrebatados por
el estro y capaces de enmendar la
plana a Homero. A ver si es posible
que, entre todos, dejemos de hacer el
ganso, porque de seguir así no me
cabe duda que las generaciones
venideras nos acabarán poniendo como
ejemplo de descerebramiento sumo y
patochada inmensa.
FIN
Entrega
III
En páginas anteriores, y para mi perplejidad,
la autora había contado que su protagonista aborrecía a los
jubilados a quienes daba clases de pintura. Como todo en esta
novelucha, era hablar por hablar. Ahora resulta que, como buena heroína
bestselleriana, Elsa grande trabaja como voluntaria en una
residencia de ancianos. Dicha residencia era (pag. 44)
“un hogar exclusivo, con mensualidades altísimas”. Y la otra
trabajando gratis, sin darse cuenta de que la están explotando. Sin
duda, es digna hija de su pavisosa madre.
Más
inocente que una perdiz en escabeche, la protagonista le cuenta al
director (ese explotador) su intención de emigrar. Y éste
responde: “nos dejas en una situación muy desairada”. El
lenguaje de este tío (morro aparte) es de director espiritual
allende el siglo XVI.
Los personajes espidianos, en general, piensan, hablan y se
comportan conforme a unos patrones inverosímiles de puro rancios,
vetustos, literarios en el peor sentido. Así la joven Elsa tenía
como uno de sus objetivos (pag. 48)
“salir con honor de la universidad”; y su señor abuelo (pag. 51)
prefería a Antonio “porque como único varón transmitiría el
apellido”. A partir de esta frase vergonzante (pues que está
dicha, transcrita y reflejada con total seriedad) entramos en un
mundo fin de siglo (XIX) que nos obliga a andar con una mano en el
libro y con la otra apartándonos telarañas de la cara. Se nos
describe la casa de los abuelos, llena de muebles antiguos. La
autora emplea tres páginas en hacernos el inventario, desde “el
tapete de la mesa camilla, con sus flecos de seda” a las
“mesitas panzudas”.
La autora se deleita en ello, el lector no tanto, y no por lo
antiguo en sí del conjunto sino por su falta de espíritu. Parece
que se nos está mostrando la tienda de un anticuario, no un salón
donde en otros tiempos hubiese existido vida. De un cajón de esta
última mesita panzuda saca la protagonista un antiguo tarjetón de
invitación a un festejo. “De postín”, aclara Espido. Un
banquete a cuyos postres se servían melocotones helados. Y al hilo
de estos melocotones helados se nos introduce en la época en que el
abuelo se fue a la guerra, hace muchos años.
Espido, al parecer, ha considerado sumamente virguero este
modo de efectuar un salto temporal; no en vano Melocotones helados ha titulado su libro. Pero ocurre que, en opinión del crítico,
desde Proust acá, de puro manidas, este tipo de transiciones
temporales carecen ya de valor. Y son moneda tanto más falsa cuanto
que, en el caso de la novela de Espido, no rememora el abuelo, ni
fabula la protagonista, ni se retrotrae ningún otro personaje
motivado a ello, sino que lo hace una narradora omnisciente que
hasta ahora siempre ha adoptado un tono sumamente neutral (digo
neutral por no decir sosaina). Con lo que los melocotones quedan al
fin en un simple recurso, y, además, bastante traído por los
pelos.
Como sea, tenemos ya al abuelo en la guerra,
“camino a un lugar secreto (pag. 58)
donde recibirían una instrucción mínima”. ¿Y por qué ha de
ser secreto el lugar, Espido, estando en guerra, y mucho más si la
instrucción que van a recibir los soldados es mínima?
La autora lo que quiere, en realidad, después
de una sarta de sandeces, todas por un estilo a la de arriba, y
frases hechas sobre la guerra, lo mala que es y lo horroroso de las
batallas, es introducirnos en las conversaciones de los soldados
acerca de sus novias. Resulta que el abuelo de la protagonista se
echó una antes de marchar al frente. El fragmento es para echarse a
reír, o a llorar, o ambas cosas a la vez, de puro feble e
impostado. Lo transcribo (pag. 61):
(Ella) “permitió que le estrechara la mano, tal vez para que
reparara en el guante de cabritilla (...) Espero verle de nuevo, había
dicho, y luego hizo que sus pestañas aletearan como una mariposa
mareada antes de alejarse de la heladería”.
El camarada a quien el abuelo le contó esta escena muere a
las pocas páginas (en la 64
concretamente), no se nos dice si en acción de guerra o a causa de
la emoción. El abuelo “se juró entonces no intimar con nadie más”.
Sin embargo, paginas antes la autora nos ha contado que a
Miguel, hijo del abuelo, cuando llegó con la maleta medio vacía en
ristre a la ciudad, le ayudaron a montar su negocio unos cuantos
compañeros de su padre, a los que había conocido en la guerra.
Esto no encaja, Espido, o encaja muy forzadamente. Detalles como
estos marcan la diferencia entre contar, decir, rellenar páginas
con voz afectada, y construir una novela.
El
relato, por otra parte, aunque de sobra deslavazado, ni siquiera es
fluido. Se zarandea al lector de manera infame, trasladándole de un
párrafo en la guerra a otro en que aquella novia del abuelo, y
abuela al correr del tiempo, está en su lecho de muerte, y de ahí
a cuando se casaron, y en el párrafo siguiente se nos devuelve a la
actualidad, pero es para reintegrarnos al pasado bélico al primer
punto y aparte. El lector hiperclorado y transitivo que pretende,
aunque sólo sea, divertirse un rato con la lectura se encuentra
ante un laberinto de hormigón armado, que la autora ha querido
mostrar como el sumo de la técnica y el arte. Estupefacto, el crítico
se pregunta: aun aceptando (incluso aceptando) que la literatura es
un negocio y de lo que se trata es de conseguir lectores a granel,
¿cómo es posible que se fomenten y premien estas obras que
convierten el leer en una tortura? El pobre incauto que, aguijoneado
por la publicidad, decida cultivarse un poco y enfrentarse por
primera vez a una novela, coge esto y se retracta de sus buenos propósitos
para siempre jamás.
En
un aparte de la guerra (o sea, una de estas veces en que Espido nos
devuelve al presente no se sabe muy bien para qué) se nos aclara
que muchos de los platos, y sobre todo los melocotones helados, que
figuraban en aquellos tarjetones de menú que Elsa encontró en la
mesilla no podían componerse ya al acabar la guerra. “El secreto
de los melocotones se había esfumado”,
nos dice más adelante (pag. 67).
Y resulta que el critico vuelve atrás y ve que uno de los
tarjetones donde la protagonista encontró esos platos legendarios
era ¡el de un almuerzo de la hermandad de excombatientes del río
Besra! Ante esto caben dos preguntas: 1) ¿Es posible que haya una
hermandad de excombatientes ANTES de una guerra? 2) A esta gente
bestsellera, ¿le da pereza corregir sus textos o es que aquí todo
da igual?
El
abuelo durante (o después, o antes, no sabría decir) de la guerra
se echa una amante, una jovencita a quien le gustaba (pag. 68), desnuda en la cama, “verterse chocolate caliente por la boca
y el pecho (...). Más, decía. Todo termina tan pronto... quiero más”,
nos cuenta la autora. Esta escena, para la que sin duda Espido hizo
acopio de toda sus fantasías sexuales, es tan palmariamente inverosímil,
tan de cartón piedra y tan de cara a la galería de liberadillos
sexuales cual es el lectorado actual de bestselleres, que dan ganas
de llevarla a la práctica, pero mejor que con chocolate con engrudo
o con pez, y sobre la figura de la autora y todos los críticos que
han alabado aquesta novelucha.
En
la misma página: “Esteban (el abuelo) malinterpretaba el salvaje
deseo de Silvia (la chica) por el lujo”. Gilipollez tras
gilipollez, ésta es de las más gordas. Malinterpretar un salvaje
deseo, aparte de lo feo de la expresión, es igual de estupiderne
que pensar que detrás de la actividad de un asesino se esconde algo
fuera de la ley.
Prueba
del poco talento, poca chispa y poco instinto narrativo de la señorita
Freire, que empapa toda la novela, es esta escena de la pag. 70,
en que Esteban va a la ciudad asolada por la guerra a buscar a la
novia de su camarada muerto. Pues bien, en vez de caminar entre las
ruinas humeantes con los ojos abiertos y un pensamiento profundo en
progresión, el personaje va con la mirada baja, absorto en la
interpretación de un mapa “en el que no figuraban los cambios que
la guerra había infringido a Desrein”,
señala Espido con cierto tono descalificatorio hacia el
callejero. Qué poca altura, qué falta de aptitud, de raza, de carácter,
de lo más elemental.
Al
fin logra que un paseante “le indicara una puerta medio
desapercibida”. Aparte
de que no es lo mismo apercibir que advertir, en buena prosa
literaria están prohibidas expresiones como medio desapercibida,
medio prohibida o medio embarazada.
La
novia del antiguo camarada, y su hija sobre todo, cautivan al citado
Esteban. Ellas se dan cuenta y “si hubieran podido (dice la autora
en pag. 72) habrían
mostrado a Esteban como objeto de su propiedad, como a un mastín
guardián al que pasearan con correa por los callejones
destartalados”. Pues
vaya forma de mostrar a una persona: por los callejones apartados y
oscuros, donde nadie puede verlo. Imagino que a eso se referirá el
adjetivo “destartalado”, aunque de Espido, la verdad, yo ya
empiezo a esperarme cualquier cosa.
Acaba
la guerra. Así, de pronto. Atención a esta escena (pag. 72
y siguientes): “la gente salió a la calle y encendió hogueras
para quemar los malos recuerdos (...). movían la cabeza, aun
poblada de pesadillas. ¡Victoria! ¡Victoria! Durante esa noche las
prisiones se abrieron y los oscuros agujeros (vomitaron) desertores
y cobardes (...) Se formaron largas hileras de bailarines...” Oh, lector trapacero y aqueménida, dime, ¿dónde se ha visto una
descripción más infantil y ridícula del final de una guerra? Sin
que haya habido conquista ni liberación de la ciudad se acaba la
guerra y entonces las cárceles se abren. ¿Por qué no antes,
Espido? ¿O por qué han de abrirse? ¿Eres tan inocentona como para
creer que el fin de una guerra significa que “ya todos son
amigos”? Así será, sin duda, porque, según dices, salieron
también entonces a la luz desertores y cobardes. ¿No entiendes,
Espidín, que es justo acabada una guerra cuando más les interesa a
desertores y cobardes permanecer ocultos y calladitos? Tocante a eso
de que unos y otros salgan de cárceles y agujeros bailando la conga
me da vergüenza hasta comentarlo, de puro simplón.
Aunque
más simplón si cabe es esto, en el párrafo siguiente. Ahondando
en la visión chorriderne y tontibaba que la señorita Freire tiene
de la guerra dice que su personaje Esteban, que estaba de permiso,
ante esta tesitura de acabarse la guerra “no sabía qué hacer, si
debía regresar a su división o marcharse sin pensar hacia su
antigua vida”. No es éste
precisamente el dilema que asaltaría a un soldado al acabar la
guerra, es, traspasado alegremente al papel, el dilema que asalta a
una escritora llegada al punto en que no tiene ni pugnetera idea de
lo que está hablando.
Al
final el hombre se queda, entre otras cosas, (pag. 75)
pensando “en los problemas que habría que soslayar”. Será
solventar, mujer, que soslayar es todo lo contrario.


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