¿Sabías qué?

 












 
 

 

     

 

 

 

 

 
 

 

por

Clandestino Menéndez

MELOCOTONES INDIGESTOS

 Crítica acompasada de la novela

MELOCOTONES HELADOS

de Espido Freire

(Premio Planeta año 2000)

 

Entrega I, Entrega II, Entrega III y Entrega IV

 

Entrega IV 

Dejo una buena porción de tontunadas por el camino para llegar a la pag. 82. Esteban está celoso respecto a un posible rival, y entonces “pensó en coger su fusil, que no había entregado tras la guerra”. Desde luego, lo de este Esteban es para descubrirse. No sólo se licencia del ejército cuando le peta sino que se lleva a los permisos el fusil. Debió de pensar que ya que lo tenía al hombro... Vamos, ni en los chistes de Gila.

Id: El tal fusil “si no con balas, podía emplearlo como maza”. O como marcapáginas. A caballo regalado...

Dudo mucho, no obstante, del amor que el tal Esteban pudiera sentir por la chica objeto de discordia cuando, entre otras cosas, dice la autora (pag. 83) que “se valió de ella como una valeriana para calmar los nervios y encontrar el sueño”. En resumidas cuentas, prosa de herbolario.

Cambiamos de escenario y época (bruscamente, como todo en esta novelucha). Sitúasenos hace veinte años, o tal vez más. Una niña se ha perdido en el monte. La gente emprende el rastreo (pag. 85). “Mientras los hombres caminaban con linternas y un par de cuchillos...” dice la autora, y yo me pregunto: ¿para qué necesitarían un par de cuchillos? Aún me pregunto más: ¿para qué necesitarían uno solo?

La madre de la niña perdida se consuela pensando que (pag. 86) “a nadie que la hubiera visto se le hubiera ocurrido darle trabajo”. Hasta en los momentos más trágicos, como se ve, la autora tiene presente el problema del paro.

La situación, a pesar de todo, quiere ser tensa, dramática, dolorosa. Unos hombres buscando a una niña perdida, la madre abajo que aguarda en compañía de las vecinas, bebiendo anís (pongo esto del anís porque la autora lo ha recalcado varias veces, que a mí personalmente me parece insignificante y hasta contraproducente para lo trágico del momento) Al final, y sin fruto, se abandona la búsqueda. Los hombres (pag. 90) “se encaminaron al pueblo, abrazaron a la madre, ya completamente borracha”, y se fueron. Vamos a ver, Espido, alma de cántaro, ¿qué necesidad había de emborrachar a la madre? ¿A santo de qué viene eso del anís? No entiendo, de verdad. Lo único que advierto es que sois tan torpes, tú y la mayoría de los bestsellerados, que no podéis siquiera plantearos una escena en serio hasta sus últimas consecuencias. Todo ha de ser banal, intrascendente, falso y de circunstancias, como vuestra forma de entender el arte de narrar. No sois capaces de volcaros en lo que estáis contando, ni os lo tomáis en serio ni, en el fondo, os importa un bledo vuestra historia. Sólo os interesa como medio para conseguir nombre, dinero, fama. No de otra manera se comprende este grave insulto literario a un personaje. Vosotros, que os creéis llamados a suceder a los grandes escritores, no llegáis siquiera a malos mercachifles de la palabra.

En muchas ocasiones parece, además, que no habéis llegado ni a segundo de básica. Pag. 93: “La madre de Antonia acababa de morir y había repartido salomónicamente sus bienes: (...) una cantidad de dinero, para dividir entre los dos, de modo desigual. La mejor parte, como cabía esperar, fue para el hermano”. ¿Esto es un reparto salomónico, Espido?

Pag. 94: “Abrigaron bien a los niños, porque el viaje en tren rendía lo suyo”.

Pag. 95: “Eran los más notables. Llevaban una seña, un sello en la frente, contra el que no había nada que hacer”.

La autora nos está hablando de la tata. En realidad, desde hace ya bastantes páginas, el relato se ha convertido en un simple y vulgar chismorreo familiar acerca de sobrinos, nueras, cuñadas, tatas, y si el cuñado gana más que el hermano o es al revés. El caso es que, hablando de la tata, Espido nos dice que era una persona (pag. 96) “propensa a la ternura”, y que “no fue sin esfuerzo” como cortó una relación con el médico del lugar por ciertas habladurías. He aquí el esfuerzo, apenas dos renglones más abajo: “Tú sabrás por qué, tú sabrás lo que has contado y lo que andan diciendo por ahí. Pero a mi lado, desde luego, no vuelvas”. Y cuando el médico muere, víctima en cierto modo de este desplante, “ella no asistió a su entierro (...) La ira fermentaba en su interior”. Un dechado de ternura, como se puede comprobar.

Acaba este capítulo dedicado a la tata con ella en la peluquería. Sirva esto como ejemplo de los niveles literarios a los que hemos descendido y también, ya de paso, de los modelos de peinado preferidos por las señoras de mediana edad, y de los pensamientos que las asaltan al hallarse “bajo el casco plateado”. ¿Para esto es para lo que has creado, Espido, un espacio imaginario?

Otro brusco vaivén. La novia que dejó Esteban al irse a la guerra está un poco mosca porque no vuelve (recordemos que dicho Esteban se encontraba retenido por una amante, más o menos como Ulises, salvando unas minúsculas distancias). La mujer no se atreve a ir al cuartel a preguntar y “de vez en cuando (como en la pag. 101) se acercaba a su hermano. —No tendrás que acercarte al cuartel para algo, ¿verdad? —No. ¿Por qué? —Por nada...” Diálogo entre hermanos besuguiles.

Dejo constancia aquí de esto porque me hizo gracia. Pag. 106: “El caballero de la armadura reluciente se embarcaba en discusiones interminables con los monjes de la abadía para conseguir el chocolate en ladrillos”.

Volvemos al caso de la niña que se perdió en el bosque. A todo el mundo le extrañó porque era una niña muy juiciosa y tranquila, obediente y buenecita. Sin embargo, en la pag. 109 la autora dice que “se escapaba de su madre y de la tata no bien volvían la cabeza”. ¿En qué quedamos?

A propósito de lo mismo. La tal Elsita “aunque era simpática y sociable sólo había logrado trabar amistad con Leonor” (otra niña del pueblo) Pues vaya simpatía y qué sociabilidad. La frase es tan atentatoria contra la buena lógica cual sería ésta, por ejemplo: Aunque era muy limpia, no se lavaba nunca.

Se nos habla de la infancia de esta Elsita y de la infancia de otros protagonistas de la novela: cómo jugaban en la plaza del pueblo, sus travesuras, sus clases, etc. Y ello ni está contado con gracia ni viene al caso en realidad. Porque si todavía nos relatara Espido todo esto para mostrar algún detalle significativo de la acción, o un temprano rasgo del carácter de sus personajes, bueno y va. Pero no sucede así. Simplemente juegan. En su caso a las canicas, pero hubiera dado lo mismo al rescate o al pañuelo. Para colmo, los juegos son descritos de una manera distanciada e insulsa, propia de quien los mira desde la ventana de un quinto piso, durante un descanso de la redacción de la novela que va a suponerle el premio, el dinero, la gloria. He aquí un ejemplo (pag. 118): “Ajenas a los avatares caniqueros, las niñas tomaban el banco bajo los árboles, el que quedaba más a la sombra, y se ocupaban en sus juegos”.

Cuatro páginas vienen ahora sobre pasteles, dulces, chocolates, todos ellos refinadísimos. Burda, socorrida y mala imitación de Laura Esquivel, que no provoca otra cosa sino la indigestión del lector.

La niña Elsita tiene amigos invisibles. Como es este un tema abonado para la cursilería y la afectación, extremos ambos a los que Espido es muy dada, decido, lo confieso, pasar de largo y pedirle a una vecina que me avise cuando haya cesado tanta melifluidad.

Pag. 153: “Y muchos años después (...) mientras faltaban aún un par de años para que esta historia comenzase...”. ¿Me comprendes ahora, lector bacigalupe y antenórida, cuando digo que ubicarse temporalmente en esta novela sencillamente es una tortura?

Elsa pequeña (no Elsita ni Elsa grande, sino otra) está metida en la secta de la Orden del Grial, anteriormente mentada. Nos refiere Espido con profusión los ritos, las ordenanzas, la manera que tenía dicha secta de acercarse a los incautos, pero no dice ni tanto así acerca de en qué basaban sus mentiras, cuál era su filosofía tramposa y a que mitos arteramente recurrían. Como es norma en esta novela, todo queda en la superficie; cosa que, en temas como éste, se convierte en un flagrante delito y una carencia insoslayable.

La chica escapa de la secta, la denuncia y la lleva a juicio. Y resulta que le cuesta harto trabajo encontrar a alguien que la apoye en su denuncia, cuando al principio y otras veces Espido nos contó que un amplio grupo de ciudadanos (“los cruzados”) había tomado posiciones en contra de esta secta. Claro que podría aducirse que ello fue después de la denuncia de la protagonista, o que por aquel entonces se estaba formando, o cualquier cosa; a esto es a lo que conduce escribir con tan terrible indefinición temporal, con tanto ruido de épocas durante toda la novela.

La escena del juicio contra los grialistas (páginas 176 y 177) es para enmarcarla. Basada, estoy seguro, en cualquier película americana de serie Z, la protagonista “pidió permiso para dirigirse, antes del juicio, a los pocos testigos”. Los testigos, que contra toda costumbre jurídica se encontraban en la sala (igual quiso decir los miembros del jurado) han de oír este glorioso principio: “La vida no es, como nos han enseñado, una página escrita que nos aguarda. Cada día, a cada momento, escogemos lo que somos, lo que sentimos y lo que creemos bla bla bla”. Que a comienzos del siglo XXI se nos presente como tema candente y reflexión novedosa definir si el hombre está condicionado por un destino o dispone por el contrario de libre albedrío es tan absolutamente ridículo e insensato que dan ganas de llorar de pena. Señorita Freire, ese discurso está ya más que superado, y no digo ayer ni hoy, sino desde hace varios siglos, y la existencia o no de un destino trazado no constituye tema serio de polémica ni siquiera en la consulta del mas aprovechado futurólogo. Una vez más, Espido, estás hablando por hablar y diciendo por decir. Pero continúa la escena. Siguiente párrafo del discursito, transcribo un fragmento: “Si antes de tomar la decisión de marchar contra esta gente me hubiera muerto, ¿qué recuerdo hubiera quedado de mí? ¿Quién hubiera recordado a Elsa?” Esta no es una reflexión seria, Espido. Ni siquiera llega a juego filosófico del estilo si mi padre no fuera mi padre.... Es una pregunta huera, hinchada de humo, gratuita. Prueba aún más de lo vergonzante de la escena es lo que ocurre al término de la parrafada del personaje: “Las familias, los cruzados, los dos policías que la escoltaban hasta los juzgados se miraron y sonrieron. Se daban por aludidos”. Siento que se me abren las carnes. ¿Aludidos cómo qué? ¿Cómo olvidadores? ¿Cómo víctimas del olvido? Y, de cualquier forma, ¿a qué cogno viene el sonreír? Sería, sin duda, una sonrisa de pánfilos, como la que se le quedo a la autora después de escribir esta supina sandez que, en el colmo de la desfachatez y la indigencia de pensamiento, se nos quiere hacer tragar como reflexión capital. Y para acabar de arreglar la escena, en el mismo párrafo, después de las sonrisas lelas: “Luego, los pensamientos se dispersaron, y se dirigieron a la comida (...) a cómo besaría Elsa, cómo cerraría los ojos cuando (...) Era lo que ocurría siempre cuando una muchacha bonita hablaba durante tanto tiempo”. Si este fuera un país serio, por toda esta demostración de pensamiento tonto, y machismo más tonto aún, a la autora se la habría expulsado a gorrazos allende las fronteras literarias.

Pag. 178: Esto lo sospechaba yo, pero en el fondo me parecía demasiado absurdo para aceptarlo. Ahora que parece que la memez se ha apoderado ya abiertamente del discurso espidiano, no tiene la autora reparo en confiarnos que “nadie se imaginaba que unos caballeros, con sus capas, sus cotas de malla y sus armaduras, pudieran hacer daño a unas mujeres”. ¡Así que al fin es verdad que los de la secta del Grial vestían motu medievali! “Nadie estaba preparado para desconfiar de unos caballeros”. Eso es verdad, Espido. Yo veo a un tío vestido con armadura, espada y yelmo por la calle y me quedó mucho más tranquilo.

Pag. 179: “Los hombres que hablaban pedían a gritos que se les hiciera un retrato en verde y negro, los colores propios de los integrantes, de los seres sin escrúpulos, de los sepultureros”. Verde y negro eran, en verdad, los colores de la barca de Caronte en La Eneida; pero después de haber leído el infame episodio de la tata en la pelu me cuesta creer que Espido haya sido capaz de “descender” a esos niveles. Más bien creo que ha aprovechado la ocasión para soltar alguna inquina que guardara contra el Futbol Club Sestao.

Pag. 184: “Si al menos se te contagiara algo de la alegría de vivir de Blanca —decía mamá, mientras las dos freían pescado”. Yo creo que es el primer narrador omnisciente que trata a sus personajes de mamá y papá y les pone a freír sardinas.

Estamos metidos ahora en la historia de Elsa grande. La guerra, el amor de posguerra, las sectas, una niña perdida, lo que tenga a bien o a mal la señorita Freire contarnos ahora... Me parece a mí que mucho se está abriendo el campo temático de esta novela. Demasiado. Es la diferencia entre redondear una novela y escribir, escribir y escribir hasta que se acabe el plazo de entrega a la editorial. Entre medias se pueden encajar escenas referidas a la actualidad, como aquí en que se nos presenta a una amiga de Elsa que es bulímica y se aprovecha para decirnos que se trata una enfermedad muy mala. Embargado por la emoción no se me escapa, sin embargo, que una alacena no se puede abrir de una patada, como hace Blanca la bulímica en la pag. 186.

Los padres de Elsa le insisten a su hija en que tiene que ser más activa, más dinámica, más vivaz. Pues bien, en una ciudad cercana se va a organizar un acto, y a su hija y a la amiga, a la hora de la verdad, les cuesta lo indecible convencerles para que las dejen ir. Convencidos los progenitores al fin, ellas estudian durante noches en vela la manera de ser admitidas a dicho acto, falsifican carnets, ensayan disfraces, tiemblan ante la idea de ser descubiertas. Al fin, se deciden a acudir a dicho acto a riesgo de las consecuencias. Las compañeras de clase envidian su decisión. Qué suerte, las dicen mordiéndose los labios. Cobardes, responde una de ellas mientras ultiman su plan. El día D a la hora H, ambas emprenden la aventura cogidas de la mano y transidas de emoción. Falta por decir, lector, cuál era el acto que provoco tal arranque de rebeldía y tal excitación entre la adolescencia en general. Pues sí, efectivamente, ¡¡los cursos de una universidad de verano!!

Sinceramente confieso aquí que en mi vida he leído una cosa más pavilela y ridícula.

Pag. 200: “Pese a la gran fama que los cursos de verano de Lorda habían logrado, los profesores se quejaban de que el nivel había descendido (...) Las verdaderas razones nunca se revelaban”. ¡Pero Espido, coño, céntrate! ¡Que estás llevando el misterio y el melodrama a los cursos de una universidad de verano!

Ante todo esto la pregunta es: ¿en este pobre país no puede haber un término medio entre las chocolocadas de la Torres y de la Grandes y el virginal candor de la señorita Freire? ¿Es que nadie va a tener un poco de compasión de los lectores?

Ejemplo de la idea que Espidín tiene de lo que es el arte literario (pag. 201): Wilhemina Swordborn, madre de John Swordborn (por estas esguorbornedeces nos movemos, sí) era admirable porque “acababa de publicar un precioso tratado sobre la comunicación en el teatro”. Los libros, según Espido, no se dividen en buenos o en malos, sino en preciosos o en feos. Así nos va.

Resulta que Blanca, la amiga de Elsa y compañera en la vida salvaje, es muy buena cuentista. “Transformaba conversaciones de autobús en guiones televisivos”, se nos encarece en la pag. 203. Se nota a la legua que este personaje quiere ser un trasunto de Espidín, capaz como ella de transformar conversaciones de peluquería, chismorreos familiares y sinsustancias varias en una novela de 300 páginas. Una de las historias que se inventa es la de un carpintero al que le abandona la mujer, y luego la mujer regresa pero ya el carpintero no la quiere. Todos los que asisten a las clases de la universidad de verano se quedan embelesados con estas historias, tanto así que el profesor incluso deja que la chica le destroce las camisas mientras narra sus maravillosos cuentos. Naturalmente, al final se enamora de ella.

Pag. 207: Dicho profesor, solo en su cuarto, “observó sus manos, su pecho y su espalda sin camisa”. Imposible, Espido. A no ser que la habitación estuviera rodeada de espejos, nadie puede observar su propia espalda. ¿Te das cuen?

El profesor y la cuentista se enamoran, ya digo. Según Espido, mucha culpa de ello la tienen las conversaciones que sostienen entre sí. Aquí una muestra (en la misma pag. 207): “paseo junto al mar, siempre lleno de gente. —¿Es así durante el invierno? —No, contestó John”.

Pag. 210: Hay chanchullos en los cursos de verano: “Becas asignadas con doble intención (...) pero intentando no levantar demasiado barro”. Tú si que levantas barro, polvo y dolor de cabeza, Espido.

Como todo lo bueno y apasionante en esta vida, al fin también concluyen los cursos de la universidad de verano. Las dos chicas vuelven (pag. 211) “con sus amigas, que esperaban ansiosas las aventuras de las dos osadas durante el verano”.

Llevo subrayadas ya cosa de veinte o treinta aferraciones a lo largo de la novela. Los personajes de Espido, quien que a la vida, quien que a la esperanza, quien que a un clavo ardiendo, quien, como al principio, a la trascendental idea de que si todos tuviéramos los mismos nombres esto sería un desbarajuste, todos se muestran harto aferratrices. En la pag. 219 se superan: en el primer párrafo uno se aferra a las normas, en el segundo a la mano de su novia.

En la misma página y siguiente: movida en la universidad a la que van las protagonistas espidianas. Me quedo anonadado ante su virulencia y la extraordinaria repercusión que pudiera tener para el futuro educativo. Júzguese: “Quienes contaban, quienes ostentaban (¿?) el poder, los profesores, los críticos, censuraban a las jovencitas (...) lo que no impedía que la mayor parte de ellos se involucraran más de lo que debieran con esas mismas muchachas”. ¿La razón por que hacen esto? Porque, caso de que una de esas muchachas decidiera en un futuro sentar plaza de catedrática, “nadie podría confiar en una profesora con tal pasado. Estaban a salvo”. ¡Qué plan más maquiavélico! ¡Qué bien pensado!

Mucho se acusa a la sociedad española de machista, y probablemente sea cierta la acusación. Pero algún término debería de haber (si ya lo hay, discúlpese mi ignorancia) para calificar a quienes piensan, como Espido, que todos los hombres son iguales, todos se mueven por la misma razón, a todos les embobece el deseo y todos pierden el oremus por unas chicas hermosas como, naturalmente, sus personajes, trasuntos de ella misma. Caso de no existir tal término yo propondría éste: bobaliconería engreída.

Esta chica, muchas veces, no sabe ni lo que dice. En la pag. 223 se nos comenta que un tal Rodrigo era muy desconfiado. “Desconfía siempre”. Exactamente ocho renglones más abajo el mismo Rodrigo “no concebía que alguien pudiera cometer alguna acción indigna o vergonzosa y no lo dijera”.

Pag. 230: (Las otras chicas) “del mismo modo que no se atrevieron a ir con ellas a los cursos de verano de Lorda no se atrevían a nada en su vida”.

En esta misma página un suceso ocurre “en los días normales”.

Toda esta historia de rebeldes bulímicas y catedráticos pérfidos podría resumirse con esta sentencia sacada del mismo libro: “Era una historia vulgar que ni siquiera merece la pena ser contada”. Podría, digo, pero no es así, porque, en primer lugar, ni tiene la categoría de historia, ni incluso la de historieta; en segundo lugar, no nos ha sido contada. Balbuceada, a lo sumo.

Vuelta a las aventuras pasionales del otro después de la guerra, vuelta a las vicisitudes de la chica sectaria, vuelta a los amoríos de Elsa, vuelta a la bulimia... Hace ya demasiado tiempo que el relato no progresa, que se limita a dar vueltas en redondo, insistiendo una y otra vez sobre lo mismo: retomando historias no para desvelarnos algo, sino para acumular anécdotas, detalles, puntualizaciones de nulo interés. ¡Qué tostón! Espido, además, le ha cogido de unas páginas acá el gusto a terminar sus pequeñas peroratas con frases tajantes, del estilo a: “Sonaron ocho campanadas”, “Elsa pequeña se enfrentaba a la vida”, “En realidad, no volvieron a verse nunca”, y así hasta 140 o 150 (no exagero), con lo cual y el retomar innumerables veces la historia, Melocotones helados ha caído plenamente en la categoría del culebrón.

Igual de anquilosados que la trama andan los personajes. Ocurre que ellos mismos, y unos a otros, se tienen caladísimos. Cualquiera de ellos se pone a recapacitar sobre su entorno y sus circunstancias, y hácelo obedeciendo a rajatabla unos preceptos firmes e inamovibles, como, por caso, ser persona inocentona, confiada, o poco inteligente (de ahí no pasan, a decir verdad). Sea cual sea la situación que les corresponda nótaseles bien aleccionados, pensando siempre y en consecuencia lo que conviniere a su rol. Si dos conversan, o discuten, o se miran a los ojos, ya saben el uno del otro sus características por extenso y en función de eso parlamentan, cada uno bien metido en su papel. Son, en fin, personajes pétreos y envarados, sin la menor profundidad ni evolución y no digamos ya capacidad de sorpresa. Más que vivir ante nuestros ojos, representan su papel, declaman un guión, pautados por la voz en off de una narradora que ha adoptado el papel de omnisciente no como recurso novelístico, sino como la manera más fácil de narrar.

Pag. 246: “No conozco a ningún anciano a quien no le guste contar sus batallitas”. Valga esta topicazo atroz como prueba de a qué punto se nos ofrecen simplificados, mascados y pasteurizados los tipos humanos y las relaciones entre ellos. Todo es así: expresiones comunes, pensamientos vulgares, juicios pre-establecidos.

Pag. 250: Apasionante discusión sobre si las mujeres viven más que los hombres o viceversa. Discusión que la tata zanja con esta frase histórica: “Viviremos más, pero la que se va, se fue”. Uno, después de leer esto, qué duda cabe que contempla el mundo con distintos ojos.

En la siguiente página: “Cesar no era invertido”. Y a santo de esto, Espido nos larga la vida del sujeto en cuestión y nos detalla sus labores en el horno de la pastelería.

Se retoma el tema de la fugada de la secta para contarnos (pag. 255)que, después del juicio, entró a trabajar en una peluquería. Uno se pregunta si detrás de esta fijación de Espido Freire por situar a sus heroínas “bajo el casco plateado” no se esconderá algún trauma infantil, algún deseo oculto que desde aquí, sinceramente, le animamos a que intente realizar, abandonando si preciso fuera esto de la literatura.

Aún así (pag. 257), la fugada “perdio definitivamente el apetito”. Y se tornó anoréxica. Demasiados trastornos alimentarios me parecen ya para una sola novela, Espido. Aunque estén de moda.

Es asombrosamente común en las escritoras bestselleradas el sublimar en sus personajes femeninos sus carencias personales y afectivas. Quiero decir, que todas construyen personajes muy guapas, sedcutoras, atractivas, y de impresionante vida sexual. En el caso de Espido, al tratarse de una bestsellera más recatada y relamida que sus homologas la Torres y la Grandes, sus chicas no se van tirando a todo el mundo, pero las ocurre como a ésta, que (pag. 257) “no podía denunciar a todos los que le dijeran un piropo por las calles”.

Pag 260 y siguientes: Carlos, el tío de Elsa grande, padre de Elsa chica, hijo del abuelo y no sé cuántos cargos familiares más, se replantea su matrimonio.

Último capitulo (pag. 265). La autora comienza a recoger velas. Seguramente, por mandato editorial, o porque se acababa el plazo de presentación al premio Planeta, porque, si por ella hubiera sido, como se ve del apunte anterior, podría haber seguido alargando el relato ab aeternum, contando chismes de peluquería y mercado, trazando diálogos pseudomelodrámaticos y acabando párrafo tras párrafo con una frase supuestamente rotunda. Comoquiera que sea, va poniendo fin a las diversas historias que componen esta novela. Historias que, dicho sea de paso, han resultado ser compartimentos estancos, sin la menor relación unos con otros, sin el menor objeto o sentimiento común. Cada una de estas historias ha seguido su curso, más o menos aburrido (pero aburrido siempre), sin tener nada que ver con las demás... salvo el hecho de que todos los personajes sean familia. Pero esto no basta, Espido, ni mucho menos. No es lo mismo presentar a muchos personajes con un mismo apellido que construir una saga familiar. Para esto último ha de haber un fin, o un principio, o una serie de circunstancias condicionantes que se dejen sentir a lo largo de toda la obra. En ésta nada tiene en común la historia sentimental del abuelo con la persecución sectaria de la otra. Nada. Son tanques de cemento enganchados unos a otros por medio de delgadas tuberías, tan finas como que son familia, como que una va a casa del otro, como que el otro le alquila la panadería al uno. En fin, comoquiera que sea esto acaba. Y escarmentado por cacaos anteriores, procedo a hacer una especie de cuadro sinóptico tanto para interés del lector como para brújula del crítico.

1)       La historia de amor del abuelo tras la guerra acaba con que la enamorada le da boleto para irse con un ricachón. El hombre se aviene, qué remedio, pero antes suelta esta parrafada (pag. 267): “Si no me he marchado antes, si no he puesto fin a esto, ha sido pensando en ti, en que no estarías mejor sin mí de lo que lo estás conmigo”. Pese a lo insulso y ñoño y sin sentido de este discurso final, el crítico tiene la impresión de que es ésta del abuelo la única historia que “podría” haber tenido cierto cuerpo novelístico. Juraría que se trata del embrión, de la historia primigenia que Espido no llegó a desarrollar. Se limitó por el contrario a (o confundió desarrollar con) acumular bazofia en torno a ella de una manera gratuita y tan descaradamente mercantil que al final ha logrado que la vulgaridad lo dominara todo.

2)       Cómo se concluye la historia de la niña desaparecida en el bosque es para pedir una indemnización por daños a terceros. Porque resulta que a lo largo de la novela se han hecho recaer sospechas sobre, lo menos, cuatro individuos, uno de los cuales se nos presenta en la comprometida situación de estar enterrando subrepticiamente el cadáver. Pues bien, lo que ocurrió fue que la niña, candorosa criatura, tenía la sana costumbre de atarse las piernas una con otra para así conseguir un andar más distinguido. En una de estas que iba por el bosque con las piernas atadas vio a su hermano y fue a correr para alcanzarle, pero se trastabilló, se cayó por un barranco y se esnafró. Estaba al lado del camino pero nadie la encontraba. Salvo el otro (pag 284) que “la enterró y calló, quién sabía por qué”.

3)       La escapada de la secta llega a la conclusión de que la humanidad está pervertida (pag. 285). Después de ello, queda con su psicóloga para ir a la discoteca, pero por el camino un miembro de la secta, que antes la había estado dando crema en la playa, junto a dos individuos fornidos, la asaltan en un callejón oscuro y la liquidan. Mentiría si dijera que no se veía venir.

4)       La que está en el pueblo, Elsa grande, comienza a dudar de su novio, Rodrigo, porque. “así eran los hombres: egoístas, interesados y dominados por la lujuria” (pag. 293). Al recibir la noticia de la muerte de su prima (pag. 300, penúltima) “entró en unos grandes almacenes, que finalizaban las ofertas de verano”, pero luego, acordándose de pronto que es un personaje literario, sale del Corte Inglés y entra en el museo, donde permanece pensando profundamente (no se nos dice qué) hasta que la echa el guardia porque van a cerrar. “Luego regresó a casa, a continuar completando su historia no contada”, concluye el libro.

Queda, en realidad, un parrafito, pero no son más que palabras una detrás de otra con el tono más afectado que pueda encontrarse. Como toda la novela, al cabo.


Post scriptum: A la hora de entregar esta crítica me encuentro con la noticia de que Espido Freire, la autora del bolodrón arriba comentado, acaba de publicar un libro titulado: Alad la blanca, que quiere ser, ni más ni menos, en palabras de la autora, que un poema épico en la línea de la Iliada, la Odisea, Virgilio, y en general los cantares medievales. Uno, pese a tener especial preferencia por los escritores audaces, no consigue comprender hasta qué extremos de ridícula insensatez puede llegar esta gente, ni por qué lejanas regiones de la inopia andan. Porque en la más profunda inopia y la más alta higuera hay que estar para pensar que a uno le han dado el premio Planeta, por ejemplo, o cualquier otro de los tantos de nuestro triste panorama literario, por sus méritos artísticos, y no por otras razones cuales su fotogenia, su buena planta, su condición de joven y ojinegra, o sencillamente porque los prospectores del mercado consideraron que el público demandaba una escritora veinteañera, de pelo lacio y aspecto triste. Así que, repórtense, por favor, los premiantes, o actúen las fuerzas del Estado contra ellos, movidas ya que no por su conciencia literaria y el estado de postración de los lectores, sí por el daño psíquico que se está causando a estos pobrecillos crédulos, quienes, como digo, por haber sido premiados en una tómbola ya se creen arrebatados por el estro y capaces de enmendar la plana a Homero. A ver si es posible que, entre todos, dejemos de hacer el ganso, porque de seguir así no me cabe duda que las generaciones venideras nos acabarán poniendo como ejemplo de descerebramiento sumo y patochada inmensa.

FIN


 

Entrega III

En páginas anteriores, y para mi perplejidad, la autora había contado que su protagonista aborrecía a los jubilados a quienes daba clases de pintura. Como todo en esta novelucha, era hablar por hablar. Ahora resulta que, como buena heroína bestselleriana, Elsa grande trabaja como voluntaria en una residencia de ancianos. Dicha residencia era (pag. 44) “un hogar exclusivo, con mensualidades altísimas”. Y la otra trabajando gratis, sin darse cuenta de que la están explotando. Sin duda, es digna hija de su pavisosa madre.

Más inocente que una perdiz en escabeche, la protagonista le cuenta al director (ese explotador) su intención de emigrar. Y éste responde: “nos dejas en una situación muy desairada”. El lenguaje de este tío (morro aparte) es de director espiritual allende el siglo XVI.

Los personajes espidianos, en general, piensan, hablan y se comportan conforme a unos patrones inverosímiles de puro rancios, vetustos, literarios en el peor sentido. Así la joven Elsa tenía como uno de sus objetivos (pag. 48) “salir con honor de la universidad”; y su señor abuelo (pag. 51) prefería a Antonio “porque como único varón transmitiría el apellido”. A partir de esta frase vergonzante (pues que está dicha, transcrita y reflejada con total seriedad) entramos en un mundo fin de siglo (XIX) que nos obliga a andar con una mano en el libro y con la otra apartándonos telarañas de la cara. Se nos describe la casa de los abuelos, llena de muebles antiguos. La autora emplea tres páginas en hacernos el inventario, desde “el tapete de la mesa camilla, con sus flecos de seda” a las “mesitas panzudas”. La autora se deleita en ello, el lector no tanto, y no por lo antiguo en sí del conjunto sino por su falta de espíritu. Parece que se nos está mostrando la tienda de un anticuario, no un salón donde en otros tiempos hubiese existido vida. De un cajón de esta última mesita panzuda saca la protagonista un antiguo tarjetón de invitación a un festejo. “De postín”, aclara Espido. Un banquete a cuyos postres se servían melocotones helados. Y al hilo de estos melocotones helados se nos introduce en la época en que el abuelo se fue a la guerra, hace muchos años.

Espido, al parecer, ha considerado sumamente virguero este modo de efectuar un salto temporal; no en vano Melocotones helados ha titulado su libro. Pero ocurre que, en opinión del crítico, desde Proust acá, de puro manidas, este tipo de transiciones temporales carecen ya de valor. Y son moneda tanto más falsa cuanto que, en el caso de la novela de Espido, no rememora el abuelo, ni fabula la protagonista, ni se retrotrae ningún otro personaje motivado a ello, sino que lo hace una narradora omnisciente que hasta ahora siempre ha adoptado un tono sumamente neutral (digo neutral por no decir sosaina). Con lo que los melocotones quedan al fin en un simple recurso, y, además, bastante traído por los pelos.

Como sea, tenemos ya al abuelo en la guerra, “camino a un lugar secreto (pag. 58) donde recibirían una instrucción mínima”. ¿Y por qué ha de ser secreto el lugar, Espido, estando en guerra, y mucho más si la instrucción que van a recibir los soldados es mínima?

La autora lo que quiere, en realidad, después de una sarta de sandeces, todas por un estilo a la de arriba, y frases hechas sobre la guerra, lo mala que es y lo horroroso de las batallas, es introducirnos en las conversaciones de los soldados acerca de sus novias. Resulta que el abuelo de la protagonista se echó una antes de marchar al frente. El fragmento es para echarse a reír, o a llorar, o ambas cosas a la vez, de puro feble e impostado. Lo transcribo (pag. 61): (Ella) “permitió que le estrechara la mano, tal vez para que reparara en el guante de cabritilla (...) Espero verle de nuevo, había dicho, y luego hizo que sus pestañas aletearan como una mariposa mareada antes de alejarse de la heladería”.

El camarada a quien el abuelo le contó esta escena muere a las pocas páginas (en la 64 concretamente), no se nos dice si en acción de guerra o a causa de la emoción. El abuelo “se juró entonces no intimar con nadie más”. Sin embargo, paginas antes la autora nos ha contado que a Miguel, hijo del abuelo, cuando llegó con la maleta medio vacía en ristre a la ciudad, le ayudaron a montar su negocio unos cuantos compañeros de su padre, a los que había conocido en la guerra. Esto no encaja, Espido, o encaja muy forzadamente. Detalles como estos marcan la diferencia entre contar, decir, rellenar páginas con voz afectada, y construir una novela.

El relato, por otra parte, aunque de sobra deslavazado, ni siquiera es fluido. Se zarandea al lector de manera infame, trasladándole de un párrafo en la guerra a otro en que aquella novia del abuelo, y abuela al correr del tiempo, está en su lecho de muerte, y de ahí a cuando se casaron, y en el párrafo siguiente se nos devuelve a la actualidad, pero es para reintegrarnos al pasado bélico al primer punto y aparte. El lector hiperclorado y transitivo que pretende, aunque sólo sea, divertirse un rato con la lectura se encuentra ante un laberinto de hormigón armado, que la autora ha querido mostrar como el sumo de la técnica y el arte. Estupefacto, el crítico se pregunta: aun aceptando (incluso aceptando) que la literatura es un negocio y de lo que se trata es de conseguir lectores a granel, ¿cómo es posible que se fomenten y premien estas obras que convierten el leer en una tortura? El pobre incauto que, aguijoneado por la publicidad, decida cultivarse un poco y enfrentarse por primera vez a una novela, coge esto y se retracta de sus buenos propósitos para siempre jamás.

En un aparte de la guerra (o sea, una de estas veces en que Espido nos devuelve al presente no se sabe muy bien para qué) se nos aclara que muchos de los platos, y sobre todo los melocotones helados, que figuraban en aquellos tarjetones de menú que Elsa encontró en la mesilla no podían componerse ya al acabar la guerra. “El secreto de los melocotones se había esfumado”, nos dice más adelante (pag. 67). Y resulta que el critico vuelve atrás y ve que uno de los tarjetones donde la protagonista encontró esos platos legendarios era ¡el de un almuerzo de la hermandad de excombatientes del río Besra! Ante esto caben dos preguntas: 1) ¿Es posible que haya una hermandad de excombatientes ANTES de una guerra? 2) A esta gente bestsellera, ¿le da pereza corregir sus textos o es que aquí todo da igual?

El abuelo durante (o después, o antes, no sabría decir) de la guerra se echa una amante, una jovencita a quien le gustaba (pag. 68), desnuda en la cama, “verterse chocolate caliente por la boca y el pecho (...). Más, decía. Todo termina tan pronto... quiero más”, nos cuenta la autora. Esta escena, para la que sin duda Espido hizo acopio de toda sus fantasías sexuales, es tan palmariamente inverosímil, tan de cartón piedra y tan de cara a la galería de liberadillos sexuales cual es el lectorado actual de bestselleres, que dan ganas de llevarla a la práctica, pero mejor que con chocolate con engrudo o con pez, y sobre la figura de la autora y todos los críticos que han alabado aquesta novelucha.

En la misma página: “Esteban (el abuelo) malinterpretaba el salvaje deseo de Silvia (la chica) por el lujo”. Gilipollez tras gilipollez, ésta es de las más gordas. Malinterpretar un salvaje deseo, aparte de lo feo de la expresión, es igual de estupiderne que pensar que detrás de la actividad de un asesino se esconde algo fuera de la ley.

Prueba del poco talento, poca chispa y poco instinto narrativo de la señorita Freire, que empapa toda la novela, es esta escena de la pag. 70, en que Esteban va a la ciudad asolada por la guerra a buscar a la novia de su camarada muerto. Pues bien, en vez de caminar entre las ruinas humeantes con los ojos abiertos y un pensamiento profundo en progresión, el personaje va con la mirada baja, absorto en la interpretación de un mapa “en el que no figuraban los cambios que la guerra había infringido a Desrein”, señala Espido con cierto tono descalificatorio hacia el callejero. Qué poca altura, qué falta de aptitud, de raza, de carácter, de lo más elemental.

Al fin logra que un paseante “le indicara una puerta medio desapercibida”. Aparte de que no es lo mismo apercibir que advertir, en buena prosa literaria están prohibidas expresiones como medio desapercibida, medio prohibida o medio embarazada.

La novia del antiguo camarada, y su hija sobre todo, cautivan al citado Esteban. Ellas se dan cuenta y “si hubieran podido (dice la autora en pag. 72) habrían mostrado a Esteban como objeto de su propiedad, como a un mastín guardián al que pasearan con correa por los callejones destartalados”. Pues vaya forma de mostrar a una persona: por los callejones apartados y oscuros, donde nadie puede verlo. Imagino que a eso se referirá el adjetivo “destartalado”, aunque de Espido, la verdad, yo ya empiezo a esperarme cualquier cosa.

Acaba la guerra. Así, de pronto. Atención a esta escena (pag. 72 y siguientes): “la gente salió a la calle y encendió hogueras para quemar los malos recuerdos (...). movían la cabeza, aun poblada de pesadillas. ¡Victoria! ¡Victoria! Durante esa noche las prisiones se abrieron y los oscuros agujeros (vomitaron) desertores y cobardes (...) Se formaron largas hileras de bailarines...” Oh, lector trapacero y aqueménida, dime, ¿dónde se ha visto una descripción más infantil y ridícula del final de una guerra? Sin que haya habido conquista ni liberación de la ciudad se acaba la guerra y entonces las cárceles se abren. ¿Por qué no antes, Espido? ¿O por qué han de abrirse? ¿Eres tan inocentona como para creer que el fin de una guerra significa que “ya todos son amigos”? Así será, sin duda, porque, según dices, salieron también entonces a la luz desertores y cobardes. ¿No entiendes, Espidín, que es justo acabada una guerra cuando más les interesa a desertores y cobardes permanecer ocultos y calladitos? Tocante a eso de que unos y otros salgan de cárceles y agujeros bailando la conga me da vergüenza hasta comentarlo, de puro simplón.

Aunque más simplón si cabe es esto, en el párrafo siguiente. Ahondando en la visión chorriderne y tontibaba que la señorita Freire tiene de la guerra dice que su personaje Esteban, que estaba de permiso, ante esta tesitura de acabarse la guerra “no sabía qué hacer, si debía regresar a su división o marcharse sin pensar hacia su antigua vida”. No es éste precisamente el dilema que asaltaría a un soldado al acabar la guerra, es, traspasado alegremente al papel, el dilema que asalta a una escritora llegada al punto en que no tiene ni pugnetera idea de lo que está hablando.

Al final el hombre se queda, entre otras cosas, (pag. 75) pensando “en los problemas que habría que soslayar”. Será solventar, mujer, que soslayar es todo lo contrario.


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