¿Sabías qué?

 












 
 

 

     

 

 

 

 

 
 

 

por

Clandestino Menéndez

MELOCOTONES INDIGESTOS

 Crítica acompasada de la novela

MELOCOTONES HELADOS

de Espido Freire

(Premio Planeta año 2000)

 

Entrega I

 

¡Pues empezamos bien! Pag. 11, primera del texto. Primer renglón. Primera línea. Espido quería arrancar, sin duda, con una frase contundente., y aquí nos larga ésta: “Existen muchos modos de matar a una persona y escapar sin culpa”. No suena mal, pero ocurre que es absolutamente falso. Porque culpa existe siempre, si se actúa con voluntariedad; de lo que acaso se puede librar uno es del castigo (o pena).

Siguiente frase (ilustrativa de lo dicho anteriormente): “es fácil deslizar una seta venenosa entre un plato de inofensivos hongos”. Se supone, Espido, que los hongos son inofensivos, no hace falta aclararlo. Porque no es costumbre comerlos de otra forma pero, aunque así fuera, entonces ¿a qué deslizar un níscalo, por ejemplo, nocivo en medio de otros tantos? Aparte de esto, aún estoy por ver el restaurante donde se sirvan hongos a la plancha, u hongos con jamón. Lo que se sirve y lo que se come se llama setas, y el hongo queda más propio como aditamento tóxico.

En el mismo párrafo o comienzo glorioso: (Es posible) “asesinarla (a la víctima) mediante puñal o bala en un lugar tranquilo”. Dejando a un lado que a ningún presunto asesino bien leído se le ocurriría finiquitar a alguien mediante tales instrumentos, ¿cuánto de tranquilo tiene que ser el sitio? ¿Un museo está bien?, ¿una biblioteca?, ¿un piano pub? ¿No querrías decir, Espido, un lugar “apartado”? Y, ya puestos, para de ahora en adelante te aconsejo matar a tus personajes de una puñalada o de un disparo, que queda como más contundente, más literario, más verdadero, menos insulso y funcionarial.

No he salido todavía del parrafito —y eso que, lector indómito y efervescente, aunque parezca mentira, voy haciendo vista gorda— cuando hallo que también puede matarse a una persona de una “paliza por sorpresa”. No digo yo que sea una frase inaceptable, porque en castellano, lo que se dice en castellano, escrita está. Pero atienda, quien le guste sentir garra y percibir talento en lo que lee, a la endeblez de la expresión y lo melifluo del estilo. Una paliza por sorpresa sólo puede escribirse sobre papel con motivos navideños, infantiles o florales.

El caso es que, con este primer parágrafo, tan horrendo como aquel ya clásico de  “Nadie piensa nunca conocer el rostro cuyo nombre recuerda”, o algo así que dijera el otro, la señorita Freire nos viene a mal-decir que olvidar a una persona es también una manera de darla muerte. Y nos ilustra de cómo se olvida (en la misma y memorable pag 11): “Todo el pueblo se esfuerza en dejar atrás lo sucedido con los puños apretados y la voluntad decidida”. Verdaderamente, cuán rico es nuestro país en festejos y tradiciones populares.

Pasamos finalmente de página y advertimos, por lo pronto, que la autora va a situar la acción de su novela en un espacio imaginario, en un pueblo (o quizás ciudad) llamado Duino. Nada hay que objetar a esto, antes por contra este recurso a la localización ficticia ha aportado desde siempre mucho juego literario... pero también es verdad que lleva aparejado cierto riesgo. Porque cuando un escritor emplaza su novela en lugar ficticio lo hace con la intención (al menos la intención) de que los personajes y situaciones que allí se desarrollen tengan aplicación ya no digo universal, pero sí atemporal, o a lo menos amplia. Desmarcándose de la exacta concreción de sitio y hora lo que el autor pretende, en último grado, es que su invención sea valida para el mayor número de personas el mayor tiempo posible. Crear un Espacio Mítico, y lo resalto con mayúsculas, donde las distintas situaciones y caracteres adquieran significación (un algo siquiera) por encima de la realidad. Por todo ello, mucho más que un mero truco, la elección de un escenario simbólico es una fuerte apuesta, y en tal sentido me gustaría pensar que la señorita Freire sabe dónde se está metiendo, y que no ha elegido un sitio irreal llamado Duino simplemente porque le sonaba bien el nombre.

Así de primeras (pag. 12): “los cielos se mantenían azules en Duino, barridos a fuerza de viento y helada”. Espido ha leído algo parecido a esto en alguna parte y aquí se acuerda de ello y lo pone, sin reparar en que, aunque los cielos pueden ser barridos a fuerza de viento (más propio es, sin embargo, que lo que barra el viento sean las nubes, pero bueno), ¿cómo pueden hacerlo las heladas? Pero, ¡ay de mí!, todo esto no es más que la primera frase de un (de nuevo) asombroso párrafo donde la autora pretende darnos noticia del clima duiniano. Y ocurre que hácese tal lío con lluvias, tormentas, sequías, pedriscos, granizo y chuzos de punta, que aquí el crítico decide dejarla noramala con sus meteorologadas y no hacer caso de ahora en adelante más que al satélite Meteosat

A esta Duino de clima estrambótico llega la protagonista, quien es recibida por parte de su familia (pag. 14) con mucha obsequiosidad. Uno de los detalles, por ejemplo, “la conmovió casi hasta las lágrimas”. Esta expresión es apropiada para una charla cafeteril, una conversación entre amigas, un día en el campo; desde luego, no para una novela.

Igualmente, en esta misma página, nos dice Espido que el abuelo “parecía soportar con facilidad los años nuevos y el calor”. Por lo visto hasta aquí, la señorita Freire es experta en la matización innecesaria, absurda y hasta contraproducente. ¡Quita el nuevos, mujer, que aquí no hace más que estorbar!

Dicho abuelo “conocía a medias las razones por las que Elsa Grande (la protagonista) estaba allí; sabía lo justo...” Pero sólo tres renglones más adelante (pag. 15): “importaba poco si se recuperaba de un desaire amoroso, de una enfermedad grave, o si huía de algún peligro innominado”. Pues entonces, ¿qué pugnetas sabía este hombre? ¿Qué entenderá Espidín por saber a medias y por saber lo justo?

También en la página 15: “Si Elsa Grande se asomaba a la ventana (...) podía controlar sin esfuerzo lo que ocurría en las ventanas desprotegidas del edificio de enfrente”. Esto es a lo que se llama, Espido, tener estrechez de miras. Porque si tu personaje hubiera ido un poco más allá y hubiera mirado tras las ventanas (desprotegidas, que esa es otra) quizás se hubiera encontrado con algo interesante. En las ventanas, como no observe el posarse de los pájaros...

Pag. 16: Salón de una casa, al parecer solariega, donde el abuelo antes citado lee las páginas necrológicas del diario. “Luego echaría una ojeada a los sucesos (dice la autora): asesinatos, reyertas, palizas (...) El resto del periódico guardaba entre las hojas sus historias no contadas. Ya empezamos con la moda bestsellera de engolar mucho la voz para, en el fondo, no decir nada coherente.

Pag. 17: La cosa comienza a liarse. Porque llega al pueblo una tal Elsa, pero ocurre que ésta había tenido una antecesora que se llamaba igual, y a la vez corre por ahí una prima con el mismo nombre, y una hija tocaya, o algo así he creído entender. Una de tantas Elsas, Elsa grande, se aferraba a la idea de que demasiados nombres repetidos sólo conducían al caos y a la mezcolanza. Profundo pensamiento éste al que hace bien la protagonista en aferrarse, como motor y lema de su vida.

Sigo leyendo, mas, como diría el clásico....¡qué cacao! En apenas cinco páginas de letra gorda aparecen, lo menos, ocho personajes, presentados todos ellos de una manera tan rebuscadamente enigmática que el crítico comienza a sentir mareos y vahídos. De golpe asoman, cito por orden: un par o tres o cuatro Elsas, cierta Blanca, cierto Rodrigo, Miguel, Carlos, un tal Cesar, Silvia, Antonia y alguno que se me haya quedado por ahí. Explicaciones como la siguiente (pag,. 19): “el interés se centraba en los vivos, y él se llamaba Esteban, y ni siquiera dedicaba un pensamiento a sus invisibles nietos, los nietos que estaban por venir”, no ayudan desde luego a aclarar el panorama. Con ésta y otras parecidas, este capítulo de presentaciones queda convertido en un penoso fárrago, un atentado en toda regla contra los derechos del lector. Cómo será la cosa que los mismos personajes se hacen la pisha un lío y no tienen más remedio que preguntar “¿Qué Elsa? ¿La de Miguel o de Carlos?” (pag. 21) A lo cual la tata “tiró del ovillo familiar”. Déjalo, Espido. A estas alturas he decido hacer aquello a lo que, sin duda, se vieron obligados todos los lectores de tu novela, esto es: salir con vida, y como sea, de semejante guirigay y enterarme más tarde de la cosa, si es que hay ocasión.

 continuara... 


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