
por
Clandestino
Menéndez
UNA
CANCIÓN DESAFINADA
Crítica
acompasada del libro
LA
CANCIÓN DE DOROTEA
de Rosa
Regás
(Premio
Planeta 50ª Aniversario 2001)
Entrega
I, Entrega
II y Entrega
III
Entrega
II
Pag.
44:
La
protagonista desconfía de Adelita. Entonces la interroga muy
sutilmente. El interrogatorio se centra en sus hijos y aquí el
estilo regasiano se zambulle ya en el puro chismorreo y charla de
vecindario: que si uno de los hijos está pintando la casa, que si
las motos las compraron de segunda mano, que si el otro era albañil
pero le despidieron, que si el mayor está casado y vive en...
Esto es lo que tiene la literatura de consumo, que le consume a
uno.
Bromas
aparte, la novela hasta aquí ha sido mala, pero en este tramo
resulta nefasta. Los ímprobos esfuerzos de la Regás por crear
una trama tal que de misterio en torno a la desaparición de una
sortija causan vergüenza por delegación. La conversación al
estilo de las novelas policiacas que sostienen la protagonista y
el sargento de la Guardia Civil
a quien va a denunciar el robo (a todo esto, porque se lo
recomiendan por teléfono, que a ella no se le había ocurrido)
es, sencillamente, demencial. Renuncio a comentarla; me limito a
transcribir una frase de ella para que se haga el lector una idea
del tenor general: “Quien tan bien sabía que yo estaba ausente
sabría también que en mi casa saben siempre dónde estoy” (pag.
50).
Si
la conversación con el guardia civil no había sido bastante, va
también a hablar con la policía. Al encontrarse ante el
comisario (pag. 53) “luché por dar a mi mirada un aire de normalidad”.
Aparte de la expresión horrenda, ¿por qué hacer esto? ¿Por qué
aparentar normalidad en una
comisaria, cuando precisamente si uno
va a comisaria es porque ha ocurrido algo excepcional? ¿Y cómo
se aparenta esa normalidad? ¿Mirando de reojo? Cuánta memez, San
Peroncio Bendito.
En esta misma página: Conversación con el policía. Ella sentada, él de
pie, “dándose golpecitos en la mano con un abrecartas”
(topicazo excelso). “Yo lo seguía con la vista y torcía la
cabeza cuando no alcanzaba a verlo porque caminaba a mi espalda”
(contorsionismo sublime).
Después
de tres páginas enteras de un diálogo de percebes, la
protagonista, al fin, sale muy contenta de comisaría en la página
56 “porque este policía se valdría de sus hilos ocultos y
me devolvería la sortija y la paz”. Una novicia que se hubiera
dedicado toda su vida a hacer almendras garrapiñadas no tendría
esta visión tan candorosa de la policía. Ni redactaría de modo
tan melifluo.
La
protagonista, después de denunciar el robo, se pierde durante un
par de páginas en consideraciones de este estilo: “Por una
parte, no podía decirle (a Adelita) lo que sabía porque había
que procurar que fuera ella la que confesara por sí misma (no
conozco yo ningún caso en que alguien haya confesado por boca de
otro, pero bueno). Por otra, no decírselo me parecía
improcedente, porque no hacía más que mantener esta situación
absurda en la que ella, yo estaba segura, sabía que yo sabía”.
Eso de “saber que yo sé” se conoce que lo oyó la Regás en
un teleflín y le gustó mucho, porque va ya para la cuarta vez
que emplea esta expresión o parecida. Por lo demás, éste es el
tipo de dudas chorridentas que asaltan a los personajes de cartón
piedra que no tienen ni la más mínima conexión con la realidad.
Pag. 60: En esas consideraciones chirles van camino de
darle las uvas. Efectivamente, “ésa sería la penúltima noche
del año, pero ninguna señal había en el cielo que anticipara el
cambio de cifras que traería consigo el año próximo”. Pero cómo
que “pero no había”, Rosa,
joder, ¿desde cuándo ha habido
en el cielo señal alguna de cambio de fecha? Deja ya de hablar
por hablar, coño.
Pag. 61: A Adelita la cúbica le da como un ataque epiléptico.
“Se había convertido en un amasijo de bultos indescifrables que
buscaba en vano su lugar y su forma en aquella penumbra”. Mira
por donde, y sin querer, la señora Regás me ha dado la definición
exacta para el estilo de este libro: un bulto indescifrable.
Pag. 63: El sargento del puesto llama a la protagonista a una hora intempestiva para decirle que Adelita
está allí. “Ya sabe, añadió con voz de entendido, el
criminal siempre vuelve al lugar del crimen”.
Esto
ya ha pasado de oscuro a tétrico. Esto ofende la inteligencia de
un niño de tres años. Esto es un engaño, un timo, un insulto en
toda regla al público, a quien se está presentando “esta
cosa” como lo más señalado del panorama novelístico actual,
auspiciado por todos los gerifaltes culturales y alharacado desde
todos los medios de comunicación. Este libro bastaría, por sí sólo,
como señal de alarma contra todos esos negociantes sin escrúpulos
de la cultura, directores de suplementos, críticos que hacen la
estatua, escritores cobistas y zalameros que han sumido a la novelística
española en un auténtico lodazal. Bastaría, sí, si aún
quedara un amago de decencia, pero esta señal de alarma no se oirá.
Pasará ante el silencio cómplice de la crítica cucharera y
fondona, como pasó “lo de” Maruja, “lo de” Montero, “lo
de” Gala, “lo de” Umbral...
Sigo,
en fin, con esta crítica, irónica en la medida de lo posible.
Pero quisiera hacer constar que, en el fondo, la cosa no tiene ni
puta gracia.
Pag. 70: “¿Qué será de mí ahora?”, exclama Adelita
luego de confesar su delito. “¿Dónde han quedado mi honor, mi
vergüenza?”. La referencia al honor y el tono de la invocación
(sólo le falta decir ¡oh, cielos!) es, como verá cualquier
lector atento, algo muy propio de los tiempos que vivimos.
Pag. 74: Los
sentimientos de la protagonista-narradora hacia
Adelita, su
criada, tal como están contados, carecen de toda lógica y
coherencia. Con anterioridad, y al menos durante doce páginas,
nos la ha estado tildando de embustera, y ha confesado que,
aguantar sus bolas, “era el precio que tenía que pagar por
estar bien atendida”. Es decir, que hay establecida entre ellas
una relación jefa-empleada de lo más vulgar. Justo después de
decir esto, a la señora le desaparece una sortija (algo también
de lo más vulgar, Rosa Regás, por más que quieras presentarlo
como un misterio insondable de reminiscencias cósmicas), se
descubre que la ha birlado Adelita, y allá que va el cubo de
Rubik al talego. ¿Es lógico que ante esto la protagonista
exclame a renglón seguido: “La noche era tenebrosa. Como mi espíritu”?
¿Es coherente que se pase media noche en vela con preguntas como:
“¿Qué pasaría con ella? ¿Volvería o no volvería? Y, ¿qué
tenía que hacer yo? ¿Tenía que despedir a la mujer...?”
Pag. 76: Cansada de hacerse
preguntas tan inútiles como
impropias de la situación, decide irse a dormir. “Una vez
en la cama me puse a leer El
peregrino secreto, de John Le Carré que debía de estar allí”.
¡Coño, qué sorpresa! ¡Eso sí que no me lo esperaba! ¡Pídele
un autógrafo! Y, de paso, dile que te enseñe a utilizar las
comas.
En la página siguiente comienza a hablarnos la protagonista-narradora de
su padre. Y, como la mayoría de los novelistas hodiernos, Rosa
Regás se limita a “decirnos”, así a secas, como es (en este
caso, como era) el anciano, pero no nos lo presenta, no nos lo
hace vivo, no nos da siquiera sea una muestra del carácter hosco
y el comportamiento huraño que se supone tenía el viejo.
Menguada hasta lo más extremo de imaginación para componer
hubiera bastado con una escena, reveladora de la atrabiliaria
personalidad del viejo, hemos de conformarnos a cambio con toda
una balumba de palabras (casi cuatro páginas) y sentencias,
dichas todas en un tono falsamente literario, impostado y ridículo.
Cuatro páginas hablando de “su imperio (que) no había muerto
con él”, de “esa torre de autoridad y trueno que yacería un
día desmoronada a mi merced”, de “sus arrebatos, su ira, su
afán justiciero”. Cuatro páginas, en fin, de humo y monserga
vacua, del peor rollo literario, que acaban por hacer saltar en
defensa del anciano a cualquier lector neutral y
mansurrento: Pero
bueno, si a este hombre, quitando allá la brasa que les suelta a
sus compañeros de dominó, no le hemos visto en ningún rincón
del libro hacer nada “tiránico” ni ejercer ningún
“imperio” ¿Por qué se pone usted así con él?
Pero
el alter ego de Rosita es tan buena que, en la página 80, todo este rencor se le ha olvidado. La embarga entonces
la melancolía y su pluma se derrite en merengue batido. “No
sabemos que amamos hasta que desaparece el ser amado. O, mejor
dicho (sí, a ver, explícate mejor), no sentimos la verdadera
profundidad del amor hasta que se ha ido, por breve y escaso que
haya sido ese amor”. ¿Y qué me dices, Rosa, de los largos y
pesados que acaban en divorcio? Pero nada, ella ha tomado
carrerilla y sigue, sigue por este absurdo camino de frases hechas
sobre el amor y de ideas
empiringotadas, que le ahorran el trabajo
de pararse a recapacitar sobre lo que está diciendo. “¡Qué fácil
nos habría sido una caricia! ¡Qué poco me habría costado
acariciarle la calva!” Y en este tono de poesía acariciante
sigue la exposición hasta que autora, protagonista y lectores
caen rendidos por el más profundo sopor.
Es
Regás la que se levanta primero y despierta a su protagonista
“Tenía que estar en el juzgado a las doce”. Camino del
juzgado, en la página 82, “un espejo en la pared me devolvió la imagen de mi
rostro. Era el mío (convenía puntualizarlo), pero ahora me parecía
el rostro de una desconocida”.
Y al hilo de esto se lanza Rosa a una descripción de la
protagonista que sonroja al lector, tal es la incapacidad total,
absoluta y lamentable de esta mujer para construir el retrato de
una persona. En este caso balbucea cuatro sandeces de lo más
vulgar: “había descubierto el primer cabello blanco”, “la
piel era morena, lo mismo en invierno que en verano, aunque no
tomara el sol”, “me encontraba horrible”, “¿no podrías
ir a la peluquería, como todo el mundo, al menos una vez por
semana?” (esto se lo dice una voz interior), “¿cuántos años
me echaría la gente”. En fin, de escándalo.
Página 83: Adelita llega al juzgado. “Llegó en un furgón
del que descendió con dos guardias civiles, uno a cada lado”.
Así dicho, tal parecen los picoletos dos garrafas de aceite que
transportarse la mujer en jarras. Además, Rosa, ¿no te parece un
poco exagerado este despliegue policial para una criada que ha
robado una sortija? Y no lo digo porque usaran un furgón, que, a
ver qué iban a hacer, si la mujer era de complexión cuadrangular
y no cabía en un simple coche...
Página 84: “Y allí estaba otra vez el hombre del sombrero
negro”. Ocurre que, a lo largo de lo que llevamos de novela, la
narradora-protagonista ha tenido varios encuentros y fugaces
visiones de un hombre pues, lo dicho, con sombrero negro. Con
varias quiero decir quince o dieciséis, a veces dos por página,
de una manera tan frecuente y usual que todo el aire inquietante
que Rosa pretendiere darle a esa figura acaba por diluirse.
Porque, efectivamente, alguien debería explicarle a esta mujer
que cuando uno se encuentra repetidas veces con un individuo en
las inmediaciones de su casa no es un tipo misterioso y enigmático.
Es un vecino.
Pag. 87: Un individuo a quien ha encontrado con una navaja
en la mano le sugiere a Rosa Regás una escena bucólica: bien
pudiera ser que estuviera empleando el cuchillo para comer “la
naranja o el queso. Así comían los pastores de tierra
adentro”. Los pastores de mar adentro sabido es por todos que
comen pescado.
Mientras
tanto, la criada ha quedado en libertad provisional (pag. 88), bien advertida de que no puede salir del país. Rosa
aprovecha el momento para hacernos un retrato de la mujer tras su
estancia entre rejas, con lo cual, y lo visto por experiencias
descriptivas anteriores, no creemos que la pobre Adelita haya
salido ganando con la decisión del juez. “Los ricitos de su
cabeza (...) eran opacos, vidriosos, casi grasientos (...), pensé
que no debía de haber podido lavarse el pelo”. Como será el
tono cochambroso del retrato que al final la criada no puede por
menos de saltar: “Acabemos pronto; yo lo he tenido todo en
contra: soy baja, soy fea” y descrita por
Regás, le falta añadir.
El consuelo que le ofrece la protagonista es para demandarla por
crueldad: “Adelita, cálmese; es bajita, es cierto, pero no es
fea, no diga eso”.
En
el trayecto hacia la casa, en la página
91, Adelita se decide a hablar. La protagonista detiene el
coche “con un frenazo que por poco nos estampa contra el
cristal”. Pocas veces he leído, de verdad, frase más
cazurra.
Lo
que al fin suelta Adelita es un discurso sobre los ricos y los
pobres remanido y penoso. “Ellos (ustedes) hacen las leyes
(...). Nuestro mundo es un mundo distinto que se rige por normas
muy alejadas de la realidad de ustedes”. Y todo en este estilo
huero y refritolado que, sin embargo, hace pensar a la
protagonista (pag. 93):
“¡Qué bien se expresa! ¿De dónde habrá sacado esta teoría?
¿No pertenecerá a un partido político, a un sindicato o algo así?
¿O a una secta?”
A
todo esto (pag. 95):
“Aquella noche era la última del año. Mañana sería el primer
día de otro que llamamos nuevo”. Bueno, mujer, pero tú no
hagas caso; lo llamamos así por
chinchar.
Rosa
tiene, de vez en cuando, unas carencias gramaticales... Página 96: “Yo había oído mi voz pero no me parecía que fuera
yo la que había hablado”. Lo que quería decir tu protagonista,
Rosa, es que LE parecía que NO era ella quien había hablado,
sino otra persona. Tal como tú la haces decir, le parece que no
ha hablado, sino que, por ejemplo, ha rebuznado un burro.
Paso
por alto las profundas reflexiones que asaltan a la protagonista
en la página 99 y que
la hacen sentirse “un soplo, una invención, casi una patraña
o, mejor aún (a Rosa se la ve crecida), una marioneta en manos de
fuerzas ocultas que viven en nuestro interior y mueven nuestros
brazos y nuestras manos al margen de nuestra voluntad”. (El
idioma de Rosa, como se ve, es un idioma muy nuestro). Paso por
alto, como digo, estas profundas consideraciones porque,
comparadas con la duda metafísica (pag.
100) que asalta a la protagonista después de una conversación
telefónica, son puro humo. La mujer se pregunta, desgarrada: “¿Había
sido yo la que había colgado o había sido él?”
Pag. 101: “Al día siguiente me fui a Toldrá en busca de
un abogado”. ¡Y lo encuentra!. Si después de tanto rollo como
nos ha soltado Rosa con las señales del cielo, con la noche que
llamamos última del año, después de tanto puntillismo con las
dichosas fechas, no advierte que el día siguiente, en buena ley
gregoriana, habría de ser el de Año Nuevo, festividad hasta para
los kiosqueros y los panaderos, eso es que está escribiendo con
la cabeza en otro sitio. O metida en un cubo.
La
mujer va a Toldrá y nos describe el sitio como tiene por
costumbre, o sea, fatal. Que si casitas adosadas “que hacían
las delicias de sus habitantes”, que si rascacielos que dejaban
a los campanarios “en inferioridad de condiciones”. Horroroso
todo, incluso cuando hace una incursión en la historia del lugar,
un pueblo que había sido importante por sus mercados de ganado
“cuando las playas eran tierra entre los piratas del mar y la
población”. Quería decir, sin duda, barrera, o algo así,
porque el que las playas sean tierra no tiene nada de excepcional.
Es eso consiste su gracia precisamente. Estoy seguro de que, si
estuvieran dentro del agua, perderían su aquél.
Entrega
III
En
éstas y otras que me salto voy ya
por la página
107... ¡y siguen dándole
vueltas al robo de la sortija! Esto
no es serio, señores. Y que conste
que en ningún momento niego que
pueda hacerse gran literatura sobre
bases banales. De hecho, me acuerdo
de una novela de Gogol, El
capote o El abrigo, en la que al protagonista,
un pobre y explotado individuo, le
roban el abrigo y, a consecuencia de
ello, se alza contra el mundo. En
este bodrio, a una mujer un tanto pánfila
e insulsa le roban una sortija y, a
raíz de ello, la mujer se preocupa.
Seguramente pueda valer este ejemplo
para establecer la diferencia (sutil
pero enorme) entre la Literatura y
la nada.
Y
lo malo es que el asunto tiene pinta
de ir para largo... y para malo. Ya
la protagonista nos los advierte en
esta misma página 107: “no sabía las noches
de zozobra y descalabro que me
esperaban”. Si miraras, mujer, por
dónde vas, y dejaras de escribir,
igual no te descalabrarías.
En
la página
siguiente (108) la mujer está
en un restaurante. Allí se
encuentra, cómo no, con el hombre
del sombrero. Por la noche, luego,
antes de dormir, rememorará ese
encuentro. ¿Así de simple? No,
pardiez. “Cuando en la duermevela
que anticipa el sueño recurrí a la
sonoridad que ratificara la memoria
del encuentro...”. Este hombre se
acercó a su mesa y “se dedicó,
si la memoria no me falla, y creo
que no me falla en absoluto (vamos,
que se acuerda bien), a hacer
bolitas con las migas de pan”.
Podrá el lector encontrar todas
estas joyas en la página 109.
El
encuentro con este tontaina deja a
la mujer turulata. “El hambre y
las ganas de comer estofado habían
desaparecido”. Bien está
puntualizar esto porque hay gente
que tiene hambre pero no tiene ganas
de comer.
El
del sombrero hace unas cuantas
giliporteces durante toda la página
110, como pisarle un pie a la
protagonista, resollar, y cosas así,
hasta que una voz dice ¡Jerónimo!
y entonces sale pitando del local.
La clásica despedida a lo sioux.
“Me
dejó tan desamparada que no supe cómo
acabar la carne”. Vamos, que la
dejo tan obnubilada que se le olvidó
el uso del cuchillo y el tenedor. O
la función fisiológica de
deglutir.
Dejamos
esta ridícula escena y pasamos a
otro capítulo (página 113), que comienza (horror)
con una descripción de la
naturaleza. Y, como podía
esperarse, es tan mugrienta y
sopladerne como las descripciones
anteriores, ya fueran personas,
ciudades o cosas. En ésta: “El
cielo estaba movido a todas horas”
(a ver si iba a ser un problema más
bien de vista, Rosa, cuídate);
“no sabía que hacer con ella
(ella es belleza del campo) para
absorber tanto aroma”; “después,
sin saber qué más hacer, dejaba de
contemplarla”. ¿Cabe mayor falta
de inspiración, impotencia y prosa
de ascensorista ante un paisaje?
“Además,
estaba toda la cuestión de la
recuperación de la joya y de la
actuación de la policía que no se
aclaraba”. Llevamos, además de
muchas cacofonías y desmayos de
este estilo, más de 77 páginas con
el asunto de la sortija. Y ella
todavía está impactada por este
asunto: “Para desvelar la bruma
que envolvía mis suposiciones”,
dice en la página
115. Iba a decir que si será
redicha, pero es que al final de la
página hay otra peor, hay “una
sospecha que amenazaba con
convertirse en calamidad en cuanto
aparecieran los elementos oscuros y
turbios que envolvían la historia
de este robo” (las sospechas,
Rosa, todo lo más pasan a ser
certezas, pero no calamidades). Lo
cierto es que si a este libro le
quitamos todas las expresiones como
ésta, grandílocuas y horras, nos
quedamos con 25 páginas de redacción
escolar sobre una señora a que le
han quitado una sortija y se ha
puesto histérica, inexplicablemente
histérica, o, como dice ella,
“torturada por tanta
incertidumbre” (pero qué
incertidumbre, si ya se ha visto que
ha sido Adelita).
Página
118: Descubrimos ahora el
nombre de la protagonista. “Soy
Aurelia Fontana”, dice en una
conversación telefónica. La prima
de Palmira Gadea.
Página
120: “El sobre era
blanco, sin tampones ni
etiquetas”. Quien dice
“etiquetas” en lugar del más
común y sencillo “sellos” es
que es una hortera irredimible;
quien espera encontrar
“tampones” en la superficie de
un sobre, en lugar de marcas,
impresiones o huellas de tampón, es
que es una juntapalabras del peor
porte.
Salto
páginas dedicadas a las trolas de
Adelita y vengo a darme de bruces en
la página
127 contra otra descripción.
Esta vez del abogado Rius. Lo más
destacado de él es que le brillaba
la cara; “si estuviera en la
televisión”, pensó la
protagonista, “le pondrían polvo
transparente para los brillos”;
también dice que “tenía las
pupilas pequeñas, por la luz quizás
(o porque sufría de conjuntivitis,
o porque se había tomado un bustai,
o porque era de natural así), y que
el aro que las rodeaba (eso se llama
iris, Rosa) era del color de las
castañas” Este tipo de
comparaciones, o se acompañan de un
adjetivo (era del color meloso, por
ejemplo, o ambarino de las castañas)
que les dé suavidad, sentido y
belleza, o se usan para describir
algo que está en la naturaleza pero
que no se corresponde exactamente
con una palabra (era del color de
los hojas caídas en otoño, por
ejemplo también). Pero decir
bruscamente, “era del color de las
castañas”, como se puede decir
“era más alto que una casa” sólo
es una muestra (más) de incapacidad
expresiva.
Invito
al lector a que se detenga en las
recapacitaciones de la protagonista
sobre... no sabría decirle qué.
Comienzan en: “A veces, cuando se
complica la consecución de un
proceso que ha de llevarnos,
pensamos, a la solución de un
problema....” y acaban en “así,
desconectado de su causa primera y
de la estrategia de conjunto, nos
parece irreal”. Además de que no
se logra saber de qué está
hablando, parece tomado del libro de
instrucciones de una Black Decker.
Esto está en la página
128.
En
la página
137 (notará el lector que voy más
ligero, pero es que he decido, en
aras de mi salud mental, pasar de
largo ante tan absurdos ejercicios
de pensamiento) tenemos una muestra
flagrante de las reacciones sin
sentido, palabreras, cursis, y
literarias en el peor sentido del
termino, de la
protagonista-narradora: “Habría
dado la vida para que acabara
aquella escena, pero también la
habría dado para que durara toda la
eternidad”. Pues sí que eres
indecisa y dadivosa.
La
protagonista se ha quedado más que
prendada del hombre del sombrero.
Será por el arte con que fabricaba
bolitas de pan, porque, en realidad,
no hemos visto en el hombre ningún
comportamiento ni belleza
extraordinarias, ni en la mujer ha
podido advertirse nada que hiciera
presuponer un enamoramiento tan
visceral. Pareciera, en fin, que
todo esta hecho conforme a un rígido
(y endeble) guión, tan escasa es la
vida que transmiten los personajes y
tan novelescas ergo falsas sus
reacciones. ¿Prueba de ello? Sin
saber del hombre más que debía
llamarse Jerónimo y que usaba
sombrero, la protagonista aprovecha
toda la página
139 para largarnos un discurso
bien poco original sobre el “amour
fou”. Un discurso parlivano, en
realidad, porque la protagonista
carece de medios para saber si el
desconocido del sombrero no es, por
ejemplo, un vendedor de biblias, un
funcionario del registro, un numismático,
o cualquier otro tipo sosegado,
formal y serio.
Pero
lo que importa es llegar, en
esta misma página 139, a la
postura en la que Rosa coloca a su
protagonista, asaltada por el
incontinente amor: “Permanecía
con la cabeza apoyada en la pared,
dando sorbos a una taza que llevaba
vacía mucho tiempo”. Se nota que
a Rosa le gusta, como figura
literaria, la del sufriente
enamorado que se entrega a la bebida
hasta que cierra el bar; ella ha
optado por recrear este tipo en su
protagonista, sólo que como ella,
la Regás, es de natural literario
cutre y roñoso, allí la ha dejado
apurando un cortado, por no gastar
mucho, hasta el siguiente capítulo.
Ya
en otros “Cuadernos de Crítica”
del Círculo de Fuencarral se ha
denunciado el abuso que de la frase
hecha y el lugar común hacen los
escritores hodiernos, betsellerados
y planetarios, un ejercicio de
vulgaridad estilística en el que
Antonio Gala se destaca como campeón.
Rosa Regás se inscribe en esta línea,
y así, sólo en la página
146: “enturbiar el
panorama”, “me dejó sin
palabras”, “le di algunas
indicaciones”, “cumplí mi
papel”, “lo tenía todo
presente”.... Pero, además de
esto, la Regás no se coarta a la
hora de presentarnos como originales
una serie de comparaciones resobadas
y metáforas harto tópicas, como en
esta misma página 146: “el tiempo
se había esfumado, resbalándome
entre los dedos de las manos como el
agua”, o tres páginas atrás, en
la 143:
“los celos son serpientes que se
escurren por todos los entresijos de
la imaginación y la conciencia”.
Símiles literarios, como apreciará
el lector, de primero de básica,
destrozados por quien los emplea
como mero recurso para salir del
compromiso; comparaciones
reventadas, para colmo, por la
torpeza y la falta de gracia con que
están dichas. Pues, ¿a qué viene
puntualizar que los dedos eran de
las manos, Rosa? ¡Ya nos imaginamos
que no se va a escapar el tiempo
entre los dedos de los pies! ¿El
agua se esfuma, como pareces decir?
¿A qué equivale exactamente la
expresión “entresijo de la
conciencia”? ¿No había otro término,
por cierto, menos bruto que
“entresijo”? Lo malo de todo
esto es que, de los 230.000 lectores
(o compradores) de este bolodro,
seguramente muchísimos de ellos
tendrán estos balbucientes remedos
de metáforas ya dichas (e
infinitamente mejor) por otros
autores como el sumo de la
originalidad y el arte literarios;
no en vano, pensarán, están
premiadas con 100 millones. A tanto
se ha hecho descender, en beneficio
del número, el nivel medio del
lector en nuestro país, tanto se ha
subvertido su criterio y anulado su
sentido crítico.
De
pasada constatar que, en la página
144, la protagonista-narradora
dice que “yo apenas tenía más oídos
que para mis propias preguntas”, y
en la 146 que “de todos modos,
fuera cual fuere lo que yo
esperaba...”
En
un descanso de estas peleas con el
idioma (página
147), la protagonista se da
cuenta, de pronto, de que Adelita
lleva mucho tiempo en libertad
provisional, y le pregunta que, por
cierto, cuándo va a ser el juicio
por el robo de la sortija. Adelita
le responde que el juicio ya se ha
sobreseído y la otra se extraña,
pero no por mucho tiempo, porque en
la página
149 “algo más profundo, más
inconfesable, me impidió seguir
recapacitando”. Tan inconfesable
era, de hecho, que no nos dice en qué
consiste; es de suponer que se le
cayó una teja en la cabeza o algo
así, porque en la siguiente frase
nos dice que se alejó de la mansión
“envuelta aún en el asombro y el
descalabro”.
“¿Qué
significaba esa nueva serie de
imbricados y secretos
acontecimientos?”, se pregunta la
protagonista nada más iniciarse el
capítulo siguiente, página
151, una vez que le han puesto
unas lañas en la más cercana Casa
de Socorro. Igual que, como en otros
“Cuadernos de Crítica” y
boletines de “La Fiera” se ha
dicho, la mayoría de los modernos
novelistas de las diversas cuadras
confunden novelar con ponerse a
contar cosas, habría que señalar
también como, para la mayoría de
estos cuadrúpedos, fabricar una
intriga significa embrollar las
cosas hasta la mitad del libro y
desembrollarlas luego. Con el
agravante de que, a la hora de liar,
tienen tan poco escrúpulo para
acumular situaciones extrañas, para
hacer nudo sobre nudo con tal de
“enganchar” al lector; y a la
hora de desliar tienen tan poco tino
y están tan confundidos ellos
mismos por lo embarullado del
asunto, que al fin, incapaces de
deshacer lógicamente la trama,
acaban cortando por donde sea y
convirtiendo la resolución en una
auténtica chapuza.
Página
152: Pues, efectivamente,
parece ser que el caso del robo de
la sortija ha sido sobreseído por
el juez. Y la protagonista, que al
fin y al cabo es la denunciante, no
ha tenido noticia de esta resolución
sino tres meses después, y de
casualidad. Para mí tengo que hasta
Idi Amín, el presidente caníbal
del Congo, estaba más enterado del
funcionamiento de la justicia que
Rosa Regás.
Dejo
atrás
veinte páginas, veinte, dedicadas
a relatarnos, con profusión de
detalles (y abundancia de
descripciones, con lo que ello
significa en la Regás), el despido
de Adelita. En la página
174, y después de habernos
descargado semejante rollo, ya la
protagonista-narradora se encuentra
más tranquila... hasta que suena el
teléfono. Entonces “en un
instante, con el poder automático
de la tecla del ordenador que
recupera el texto perdido, reapareció
aquella maraña de la que había creído
desprenderme”. Eso del poder automático,
Rosa, la verdad, suena a anuncio de
Vim antibacterias. Pero, en fin, lo
importante es el momento de emoción
que nos has hecho pasar,
compartiendo contigo los esfuerzos
denodados, ímprobos, que hacías
por vencer tu estreñimiento
expresivo y crear una metáfora
nueva. Aunque, finalmente, te haya
salido esa cagadita.
Seguida,
eso sí, por una gran ventosidad. Pásmese
el lector ante ella, aquí se la
transcribo entera: “¿Fue esta
coincidencia la que convocó la vaga
sospecha que pugnaba por brotar y
manifestarse, un pensamiento informe
aún pero con un significado preciso
aunque definido en un código sin
descifrar? Como la inquietud que
origina la palabra que estamos
viendo con la imaginación y que,
sin embargo, somos incapaces de
traducir al lenguaje convencional de
los signos y los sonidos, la
suspicacia y la impotencia crecían
ciegas dentro de mí y, tal vez
obedeciendo las leyes de su
despertar o insuflando en mi
inteligencia al hacerlo una
perspicacia policial nueva, oí la
voz de mi respuesta”. ¿Verdad,
lector, que en tu vida has oído
pedo literario más estruendoso?, ¿ventosidad
más larga y sostenida? Y no, no
intentes encontrarle significado
alguno, porque ya lo he intentado yo
y no lo tiene. Es pura flatulencia.
Rosa
debía tener, por cierto, cuando
escribió estas páginas, un gran
problema de gases. Al asombroso
cuesco anterior, y a otros
subsidiarios que le han acompañado,
viene a rematar lo siguiente, en la página 177: “La palabra Jerónimo
en mis labios, aunque fuera en un
susurro, cobraba una sonoridad que,
sin respetar las fronteras de la
distancia, atravesaba las paredes y
se extendía por el mundo
vibrando”. Hombre, Rosa, por
favor, ten un poco de modales. Yo no
sé de qué te asombras si a tu
protagonista, en esta misma página,
la deja el novio.
En
la página
179 la protagonista descubre que
Adelita era prostituta. “Dorotea
era su nombre de guerra”. Puestos
a usar frases hechas, dime, Rosa, ¿qué
fue lo que te impulsó a utilizar
esta expresión
de “nombre de guerra”, y
no la otra igual de común de
“nombre artístico”?
El
hecho de que Adelita fuera meretriz
causa en la protagonista “una
sensación de envidia” en la página
181. “Y no es que yo le
envidiara las citas con hombres
desconocidos” (se apresura a
decir). Lo que la envidiaba era:
“que se movía como una anguila
entre todos los laberintos que
conformaban su vida y, con toda
certeza, sus sueños y sus deseos
que para ella serían tan ciertos
como los atributos que arrastraba
desde la cuna”. Bueno es dejar las
cosas claras.
“¿Dónde
estaba (se pregunta nada más
desembocar en la página 182) el motor que la
empujaba y la llevaba cada vez más
lejos en una carrera imparable a la
que no se le veía el fin?” Si mal
no entiendo lo que se pregunta es qué
habrá pasado con la mobilette.
Viene
a partir de aquí y hasta la página
186 la escena de una cita de la
protagonista con un posible cliente
de Adelita: Ernesto. Aunque “no
debía de llamarse Ernesto, Ernesto
era su nombre de guerra”. Se
encuentran en un bar y la conversación
que se sigue entre ellos es
absolutamente ridícula. Baste decir
que ya a la segunda intervención el
hombre proclama: “quiero mucho a
mi mujer, no crea, lo que pasa es
que un rato de distracción se
agradece”; y sobre decir que una
de las preguntas de la protagonista
es “para quién prestaba Adelita
sus servicios”.
Al
ejercicio de la prostitución por
parte de su criada le llama Rosa
“menesteres extralaborales” (página
187)
Estas
revelaciones, sin embargo, no dejan
atrás el apasionante asunto del
robo de la sortija. Hasta la página
195 está la protagonista
hablando con su abogado sobre
ciertos pormenores de la recuperación
y analizando detalladamente la
actuación del joyero. Cuánta será
la pesadez que el mismo personaje
del abogado le advierte a la mujer
que es un poco latosa. ¿La reacción
de la protagonista? Agárrate,
lector, al asiento porque aquí va:
“¿No estamos (pregunta) en un
liberalismo económico según el
cual lo más importante es la
propiedad privada, precisamente? Me
está usted hablando como si estuviéramos
en Cuba, señor Prats”. A esta
brutal gilipollez y trabucada a
deshora le llama Rosa: “iniciar
una discusión sobre los valores de
la civilización occidental que yo
(la protagonista) había puesto en
entredicho”. Pero tú, Rosa, ni
tus personajes, ¿qué coño vais a
poner en entredicho, salvo la lógica
y el sentido común? ¿Tú te crees,
de verdad, que esta chorrada es
reflexión?, ¿que esto es agudeza?,
¿que esto es serio?
Lo
que sigue ahora es catastrófico.
Absolutamente catastrófico.
Mientras la novela era una simple
memez sobre una señora a la que
roban una sortija y su criada puta
la cosa movía al pitorreo y, cuando
las tonterías se sucedían
demasiado, al cabreo y la mesadura
de cabellos. A partir de la página 196 la cosa es indignante.
Porque, al hilo de esa
observación oligofrénica sobre
Cuba y la propiedad privada que Rosa
ha llamado, sin pudor alguno, sin la
más mínima vergüenza “poner en
entredicho los valores de la
civilización occidental”, sigue
un retrato político de la
protagonista que ya no sólo es que
no venga a caso alguno, sino que está
hecho desde la más injustificable
tontería, banalidad, frivolidad y
desfachatez. Y que es tanto más
impresentable cuanto, encima, Rosa
lo quiere hacer pasar por el retrato
político de una generación.
Absolutamente demencial. Hago
constar las siguientes frases para
vergüenza de esta señora
licenciada en Filosofía y Letras:
“la evolución del país en la última
década ya no me afectaba; el cambio
de partido en el gobierno, menos aún”;
“la transición había barrido de
un plumazo la lucha contra la
dictadura”; “sí, yo también
había luchado cuando estaba en la
universidad durante la dictadura
franquista, e incluso después,
también fui a manifestaciones y
corrí ante la policía” (ante la
policía y, por lo visto, Rosa,
también ante los maestros que
pretendían enseñarte algo); “ni
sé siquiera por qué precisamente
nosotros, tan socialmente ácratas
como habíamos sido, fuimos al
altar. Todo está confuso en mi
mente”. Y así, con tan poca vergüenza
novelística, emplea la Regás
cuatro páginas para darse, por boca
de su personaje, pote de luchadora,
y rellenar el preceptivo expediente
filoizquierdista. Cualquiera pensaría,
al leerla, que cumplir este trámite
es, hoy en día, obligatorio en un
escritor.
Después
de su confesión política, y ya
puestos a destrozar todo lo que sea
coherencia narrativa, la Regás
dedica otras cuantas páginas a
informarnos sobre la vida
profesional de su protagonista, como
si en ello tuviéramos algún interés.
Porque, además, es una vida
aburrida por extenso (aunque muy
chic, eso sí, que es lo que a Rosa
se nota que le priva). Es bióloga,
o no sé qué, y hace trabajos para
el suplemento de salud de un periódico
(como Rosa para El País Semanal, o
dondequiera que haya metido la
cabeza) y además estaba terminando
“un libro que me había pedido la
misma editorial que había publicado
mi libro anterior, también de
divulgación, también sobre
infecciones virales”.
Otra
característica de los novelistas
hodiernos es que los protagonistas
de sus novelas son, casi sin excepción,
escritores como ellos, tan poca
imaginación tienen para imaginar la
vida de otras personas. O tan
pagados y envanecidos están de sí
mismos. A veces, en un último
arranque de pudor, los disfrazan y,
en lugar de escritores, los
presentan como directores de cine o
músicos; otros, por el contrario,
como Marías, salen sin el menor
recato, con su propio nombre, a
mostrarle al mundo entero sus monerías.
Pero, en todo caso, ellos mismos son
y sus pequeñas circunstancias. En
el caso presente, la Regás ha
querido darle seriedad a su
personaje y la ha hecho igual que
ella, claro, pero experta en
infecciones virales. No se le ocurría
nada más rimbombante. De verdad,
son tan ridículos...
En
la página
209 la protagonista confiesa:
“No estoy hecha para la fiesta, no
estoy hecha para el ocio, no sé qué
hacer con él”. Pues no se lo
fastidies a los demás, mujer.
No
sé cómo calificar esto de la página
210. Ya hemos visto las
descripciones regasianas y lo
atroces que pueden llegar a ser.
Pues imagínese el lector zarandeado
y puñonrostro cómo será la
descripción de un sueño. No hablo
más, aquí se la transcribo: “un
terrorífico ensueño donde se
mezclaban rostros dulces y cuerpos
deformes, gritos de policías y
camionetas grises, ladrones bizcos
de rasgos conocidos y personajes de
mi pasado convertidos en degenerados
y viciosos seres que se lamentaban
gimiendo en su viscosa transformación,
me perseguían y me ultrajaban”.
La
protagonista cae en una depresión.
Ya sabemos que, en la vida real,
muchas veces las depresiones
sobrevienen de forma repentina y a
veces sin motivo, pero eso no
significa que en la literatura esté
permitido entristecer a un personaje
súbitamente, sin causa ni razón. Y
mucho menos para no ir a ninguna
parte, porque en esta novelucha la
protagonista se deprime, está
durante varias páginas contándonos
pesadillas como la descrita y
diciendo “que había perdido por
completo la fe en la legitimidad de
mis (sus) emociones y
sentimientos”, y luego ya en la
página 215 se recupera y a otra
cosa. ¿Para qué ha servido,
literariamente hablando, ese
intervalo depresivo? Absolutamente
para nada. O bueno, sí, para
asistir abochornados a cómo la Regás
hacia vanos esfuerzos por lucirse.
Página
216: Recuperada ya de su
enfermedad y mientras piensa “en
la incongruencia de una casa de
campo que, sin embargo, exigía
jardines británicos”, ve llegar
un coche y dos personas bajan de él.
“Eran evidentemente amigos o
conocidos o colegas”. Pues menos
mal que era una cosa evidente. De
todas maneras, Rosa, que ganas
tontas de puntualizar y darle
vueltas a lo obvio: dos personas en
un coche algo tienen que ser, mujer,
no te preocupes.
“Somos
los dos representantes de las Máquinas
de Coser La Puntual”. ¿Lo ves?
Desvelado el gran enigma.
Como
caídos del cielo, dichos dos
representantes comienzan, a partir
de la página
219, a resolver todos los
misterios que se escondían a lo
largo de la narración y que, dada
la impotencia narradora de la Regás,
era imposible que se hubieran
solucionado por sí mismos, Se
sientan, se sirven un whisky y se
ponen a largar, a resolver y a
zanjar. Recurso más barato y malo,
sinceramente, no he visto nunca. De
vez en cuando se paran en el curso
de las revelaciones (los tíos lo
saben absolutamente todo) para hacer
una reflexión sobre algún tema
tangencial, con un marcado tono de
presunción más propio de
contertulio del programa de Luís
del Olmo que de ser humano normal y
representante. Así, en la página
222, ¡descubren! la corrupción
policial. “Hay toda clase de policías,
claro, pero no tienes más que leer
los periódicos para enterarte de
los chanchullos que se llevan con
los robos, con las joyas, con las
mafias, sean de tabaco, de drogas o
de inmigrantes ¿No te parece raro
que sólo se detenga a los
camioneros que entran marroquíes y
nunca, por ejemplo, a los que entran
a gentes del este de Europa? Y los
que llegan por el aeropuerto, que
son la mayoría y todos organizados
por mafias, ¿por qué pasan sin
dificultad?...” Razonamientos
regasianos y espongiformes a micrófono
abierto.
Siguen
los dos representantes revelando
cosas y bebiendo whisky. Bebían,
dice la Regás en la pag.
232, “al estilo del oeste.
Levantaban el vasito lleno, decían
“yo en tu lugar no lo haría,
forastero” y se echaban el whisky
al gollete de una vez, con la cabeza
hacia atrás”. Esta mujer es más
pija, más moña, más pánfila, más
cursi, y tiene menos mundo que un
boy-scout con varicela.
Las
revelaciones de los dos enterados
van alcanzando su punto culminante.
Resulta que Adelita tenía montado
un putiferio en casa de la
protagonista. Por lo visto, la mujer
geométrica, aunque ya hemos visto
en la primera página que sufría de
“coincidencia de medidas entre la
longitud y la anchura”, era muy
apreciada en el tema sexual y podía,
incluso, “ser tan deseable como
una mujer de una pintura de Rubens”,
dice uno de los representantes en la
página
238. Y a renglón seguido la
protagonista le pregunta: “Y tú,
¿cómo sabes tanto de Rubens”.
Quien, como Rosa, considera
“tanto” saber que Rubens pintaba
mujeres orondas es que anda con una
culturita muy de Trivial y, lo que
es peor, la luce orgullosa.
Lo
que sigue, en
esta misma página, está dicho
en tono serio. Los representantes
hablan de Adelita y de “lo mucho
que su cuerpo exaltaba al concejal
de urbanismo”.
El
caso es que, entre whiskys y brindis
tontos, los dos sabelotodos van
informando a la mujer de cómo, en
su masía, durante sus ausencias, se
celebraban orgías y en ellas
participaban miembros de la ley. La
protagonista, en cuanto oye esto (pag.
239), como buena progresista de
pastel se escandaliza y a punto es
del desmayo. “¡Policías en mi
cama!”, exclama ofendida. Y una
vez recuperada del sofoco se hace
esta serie de preguntas de gran
calado y trascendencia (pag.
241): “¿Estarían desnudos
ya? ¿Dónde se deja la pistola
cuando uno se desnuda? ¿Cómo en
las películas del oeste? Salen
corriendo siempre abrochándose el
cinturón de la pistola. ¿Se llama
cartuchera?” Hace falta ser muy
simple de mente, además de no tener
el menor respeto por los lectores,
para escribir esto. Y hace falta ser
muy cínico o muy inepto para
premiarlo, editarlo, ensalzarlo, y
para, en general, presentar a la
gente esta patochada como un
producto artístico.
Porque,
en cuanto uno recapacita un poco, no
puede por menos de echarse a reír
con la más despectiva risa que le
permiten sus ijares. Nos está
contando Rosa que, en casa de la
protagonista, y aprovechando sus
ausencias, se celebraban bacanales
en las que participaban policías,
jueces, alcaldes y hasta miembros de
la Generalitat. “Traficantes o
negociantes o políticos (...) que
se habían apropiado de mi casa para
montar orgías en sus horas
libres”. Pero, alma de cántaro,
¿de verdad quieres hacernos creer
que esa gente, podrida de dinero, va
a estar pendiente de cuándo una
mujer deja su casa para colarse en
ella a hacer guarreridas, tal que si
fueran los Albóndigas en remojo o
cualquier otra banda de adolescentes
en celo? ¿Que van a conchabarse con
la criada para que ésta les avise
si su señora no está, para
entonces entrar de rondón a
montarse una juerga? ¿Que van a
tener a alguien vigilando, no vaya a
ser que acaso vuelva la dueña de la
casa y les sorprenda? ¿Que, siendo
redes de prostitución y gente de
altas esferas, no van a poder
alquilar una mansión donde les
salga del níspero y juntarse en
ella tranquilamente cuando les
plazca, sin tener que estar
pendientes de las idas y tornadas de
una pobre infeliz? Verdaderamente me
sorprendes, Rosa. Nunca te hubiera
creído tan ingenua, tan cándida y
tan infantil.
Página
242: “El sexo reinaba
durante el día y durante la noche,
y yo entretanto en Madrid,
trabajando”. Una razón más para
luchar por la jornada de 35 horas.
¡Y
la película que se ha montado esta
pazguata con lo de su casa como
escenario de orgías! Dice en esta
misma página que formaba parte
“de una trama de organizaciones
que engloba la orgía, el tráfico
de drogas, el de armas”, y se
pregunta si “no sería sólo una
entre las miles que se extienden por
todo el país, por la tierra
entera”. Tú sí que estás puesta
en el mundo, Rosa Regás.
Los
representantes al fin (página
243), después de haber
desvelado esta soplapollez sobre la
casa que la Regás, en el colmo de
la bobaliconería, nos quiere
presentar como una revelación
impactante, se marchan un tanto
soplados. Entonces la protagonista
toma una decisión a lo Escarlata O´Hara:
“Mañana compraré otro colchón”.
Dos
páginas para describirnos la resaca
con que se levantó al día
siguiente.
Sigue
dándole vueltas a lo de la casa y
figurándose las “actividades”
que allí se ejercitaban, y que
“escondían robos, extorsiones,
fraudes, sobornos, prostitución”
(página
251). Ah, triste país España,
en el que se premia con cien
millones a esta bazofia y se
proclama, orgullosamente, que van
para 230.000 los ejemplares
vendidos.
Triste país en el que, lo más
seguro, la mayoría de esos 230.000
considerarán a la Regás como un
dechado de perspicacia,
profundidad y agudeza.
Tres
páginas para limpiar la casa, para
hacer desaparecer de ella (pag.
255) “los ocultos vestigios de los
descalabros que allí se habían
cometido” Pero y dale con los
descalabros. A ver si es que también
nos vas a desvelar que en el mundo
existe una red de descalabradores.
La
revelación que se nos hace en la página
257 ya es el colmo de la memez y
la mamarrachez. Resulta que, en su
momento, cuando le robaron la
sortija y ella fue a comisaría, la
atendió un policía un tanto extraño.
Ahora vuelve y resulta que ese policía
no está. ¿Explicación? La banda
de pillos aprovechó que la comisaría
estaba en obras para montar un
decorado y embaucar a la
protagonista. Pero, en realidad,
eran policías falsos. Patético.
Ante
este nuevo descubrimiento la
protagonista se sulfura y así le
dice al comisario verdadero: “le
aseguro que investigaré hasta la última
célula toda esta corrupción que me
envuelve, que ha tenido lugar aquí
(...), y que todos los que están
mezclados en éste, y otros asuntos,
serán descubiertos y
denunciados”. Ante esta furibunda
reacción al comisario “debió de
despertársele un sentimiento de
compasión y simpatía por la víctima,
es decir, yo”. ¡No, Regás! La víctima,
es decir, nosotros: los lectores,
los indefensos timados que llevamos
aguantando toda esta sarta de
sandeces durante 260 páginas, y que
ya estamos pensando en fundar una
asociación de afectados.
Página
261: “Derrotada,
vencida, humillada, me juraba a mí
misma en la profundidad de mi
amargura que este contubernio no
quedaría impune. Entré en un café
que resultó ser una librería (¿?),
me senté a una mesa y pedí un gin-tonic”.
Una vez que se lo traen, no antes ni
mientras, se pone a reflexionar
sobre los integrantes de la red
delictiva internacional que le han
robado su sortija y acostado en su
cama, a quienes “tal vez en mi
interior más profundo, en el núcleo
más oscuro de mi conciencia, no sólo
los consideraba culpables de todos
los descalabros...” Pero joder ya
con los descalabros, Rosa, vas a
hacer que pierda mi natural flema.
En
la
página 267 la protagonista
habla de “la buena acogida de mis
triviales libros”. Pues si son
triviales los libros sobre
infecciones víricas que escribe tu
protagonista, cómo habría de
calificarse este garrafucio.
Sorpresivamente, es la misma Rosa,
por boca de su protagonista, quien
otra vez me sugiere una calificación
aproximada, cuando habla de “mi
insípida e insustancial canción”.
Y mema, y mal escrita, y chapucera,
habría que añadir para componer
siquiera un juicio generoso.
Página
274: La Regás, a veces,
y no he logrado establecer por
qué, cambia la lógica y el orden
de la buena y vieja gramática
castellana y se pone a hablar al
modo tarzanesco. En esta página
dice: “Dolor físico sentía en
las sienes”. Y cuando uno, ahora sí,
espera hallarse con un descalabro en
buena ley que hiciera justicia al
lector, lo que encuentra es que ese
dolor viene provocado porque “lo
que acababa de oír pugnaba por
entrar en mi entendimiento, que se
resistía a abrirse y aceptar la
noticia”. Lástima.
Rosa
no podía despedir el libro sin
ofrecernos otro último truco
literario de lo más cutre (pag.
275), seguro que con la
esperanza (pobre) de que apreciemos
su depurada técnica. A la
protagonista le llega el rumor de
que Adelita ha muerto y va a
preguntarle a su madre (la de la
criada). Entre ellas se produce una
conversación extraña, enigmática,
misteriosa... Al final lo que ocurre
es que la anciana está gagá y
entonces viene una vecina y se lo
explica mejor.
Adelita
ha muerto, efectivamente, pero nadie
sabe cómo con exactitud. Y no es
porque se trate de un gran enigma,
sino más bien porque, a estas
alturas, todos los personajes de la
novela están ya completamente
atolondrados, y sobre todo la
protagonista, que se imagina a
Adelita colgada de la rama de una
higuera (pag.
283). “La veo así porque
necesito un final para la
historia”.
Pero
ella misma se extraña de que haya
elegido la rama de una higuera para
ahorcarse, “siendo como es tan
endeble y quebradiza su madera. Ella
(Adelita) tendría que saberlo, que
es del campo de Albacete y en el sur
también habrá higueras”. Pues
imagínate otra cosa, mujer. Imagínate
que se cuelga de un tamarindo, o que
a la higuera le habían echado mucho
fertilizante, o que en su pueblo no
hay higueras, o que es del Valle del
Roncal, o que... Joder, Rosa, como
se nota que no estás habituada a
esto de imaginar, que tan extraño
te parece y a todo le pones pegas.
Finalmente,
será el sargento de la Guardia
Civil quien, en la página 290, la saque de dudas.
Adelita ha muerto atropellada, pero
no se sabe si ella con la moto
embistió al coche o el coche
embistió a la moto. Como iba
ocupando todo el ancho de la
calzada... “todo puede
suponerse”, opina el sargento. Lo
que está claro, siempre en opinión
del benemérito, es que “el
conductor, y los ocupantes, si es
que lo había, se dieron a la
fuga”. Y si no los había también,
señor sargento, que es usted un
lince.
Y
el último enigma que quedaba por
resolver también, de pronto, queda
solucionado. Resulta que, cierta
noche, el marido de Adelita atacó a
la protagonista con un cuchillo. ¿Por
qué hizo tal el hombre? En la página 291 se nos da la explicación:
porque tenía muchos cambios de
humor.
Y
con esto y una escena ridícula de
despedida en torno a una pistola, y
con una horrenda consideración
final sólo apta para lectores
totalmente desprovistos de paladar,
acaba esta inmensa cenutriada, el
quincuagésimo premio Planeta de los
cien millones, uno de los peores
libros, sinceramente, que he leído
en mi vida. Su autora, Rosa Regás,
el día que recibió el premio,
declaró que, con el dinero de él,
iba a dedicarse a llevar una vida
reposada y a la contemplación del
mar. Es una decisión de la cual nos
alegramos mucho y a la que le
animamos con todas nuestras fuerzas:
Rosa
Regás, ¡vete a la playa!