
por
Clandestino
Menéndez
UNA
CANCIÓN DESAFINADA
Crítica
acompasada del libro
LA
CANCIÓN DE DOROTEA
de Rosa
Regás
(Premio
Planeta 50ª Aniversario 2001)
Entrega
I
¡50 años! ¡100 millones!
Esta fue la cantinela que, durante varias semanas,
meses incluso, pudo escucharse a todo lo largo, ancho y gordo de
nuestro país. ¡El Premio Planeta llega a su quincuagésimo
aniversario! ¡El premio más cuantioso nunca entregado! ¡100
millones! ¡Esto es importancia, y no aquellos otros
reconocimientos mindundis que se despachan con una plaquita o un
diploma enrollado! Durante varias semanas, meses incluso, las páginas
culturales de los periódicos, los suplementos y revistas
literarias, las cadenas de radio y televisión... en todas partes
se difundía la noticia, se realizaban reportajes, monográficos,
portadas, se llevaba a cabo un extenso despliegue publicitario
para un acontecimiento, al fin y a la postre, editorial y privado,
cuya promoción a cualquier otro le hubiera salido por un cataplín
pero que don José María el “Avispado” solucionó con
cincuenta kilos —que es lo que ha subido el forraje del
premio— y un par de llamadas a sus contactos en el ministerio,
que le aseguraron la presencia de los reyes, varios ministros, y
unos cuantos diputados, subsecretarios, gobernadores y demás
gente de poco más o menos con afán de figurar. Tal fue el
quincuagésimo premio Planeta de los cien millones... un gran
suceso que, como los terremotos, los incendios y otras catástrofes,
tuvo secuelas y rebrotes de menor intensidad, en forma de
presentaciones, entrevistas, fotos, coloquios con Rosa Regás, la
ganadora, de invitada, reportajes en suplementos culturales: Rosa
Regás nos enseña su casa...
Cierto día, mientras paseaba,
este crítico vio el libro ganador del Planeta: La
canción de Dorotea,
expuesto en lugar destacado en una librería y envuelto en papel
de celofán. Picado un tanto por la curiosidad entró a comprarlo.
2.900 pesetas, le dijo el dependiente sin el menor rubor. Ciscándose,
por cierto, en todos aquellos que dicen velar por el bien de la
cultura y ponen los libros a este precio absolutamente
disparatado, el crítico no obstante le tendió al dependiente el
dinero. Se aproximaban, a todo esto, las fiestas navideñas, y el
hortera (quiero decir, el dependiente) consideró acertado
preguntar: ¿se lo envuelvo para regalo, señor? No, gracias,
respondió el crítico, es para mí. Me lo voy a leer. Puso el
otro cara de extrañeza suma, y aún insistió: ¿de verdad no
quiere que se lo envuelva? No, gracias, es para leérmelo. Con
cierta sensación, no sabría decir por qué, de tipo raro,
abandonó el crítico el establecimiento con el libro bajo el
brazo, e introduciéndose en la primera cafetería, rompió el
celofán, tiró la faja que pregonaba era la quinta edición del
libro, 230.000 ejemplares vendidos, y comenzó a leer. A leer y a
anotar:
Página 9, primera del texto: La novela empieza con la descripción
de una tal Adelita. ¡Y qué descripción! El simple inicio:
“Era una mujer tan baja que...”, propio de un chiste de
colegiales, no augura nada bueno. En efecto, al poco se nos habla
de que los brazos de la mujer eran “cortos y fornidos,
disparados hacia el exterior por el tórax vigoroso”. Como el
monstruo de Frankenstein, se entiende, aunque Rosa Regás sin duda
quería decir proyectados hacia adelante, porque eso de unos
brazos “disparados hacia el exterior”... ¿Y cómo iban a
estar si no? ¿Conoce usted a alguien en este planeta, señora
Regás,
que tenga los brazos “disparados hacia el interior”? Pero
sigue, sigue el agreste retrato: dichos brazos expansivos
“remataban su aspecto de aborigen en proceso de extinción”.
Se conoce (yo no lo sabía) que el aspecto de los aborígenes
cambia dependiendo de si están en proceso de extinción o en
franco ascenso demográfico. Sigue diciendo la autora que “la
coincidencia de medidas entre la longitud y la anchura es lo que
convertía (a esta Adelita) en un ser tan singular”. ¡Coño,
tan singular! Como que, si nos fiamos de tus palabras, era un
ladrillo de la construcción andante.
Ahora en serio, a cualquier lector con un mínimo de gusto le
bastan estas 18 líneas de la tosca descripción de Adelita para
sospechar que este libro no puede ser bueno.
En esta misma página y siguiente: Se nos cuenta cómo Adelita, que
ya hemos visto era un mazacote, dada su constitución morfológica
tuvo problemas para sacarse el carnet de conducir (tendría
problemas, digo yo, para entrar en los coches). Se examinó seis
veces pero nada, “achacó los fracasos de sus exámenes a la
mala idea de los examinadores”, y al final optó por comprarse
una mobilette. Que la frivolidad impera hoy día en la novelística
española es cosa sabida, pero ni el más pesimista hubiera
esperado nunca encontrarse con un principio como éste para una
novela premiada y bendecida por los medios. ¡Las tribulaciones de
una señora bajita para sacarse el carnet de conducir!
Página
11: La protagonista-narradora nos cuenta que, como luego advirtió,
y contrariamente al resto de las personas, la tal Adelita tenía
la costumbre de mirar fijamente a los ojos de su interlocutor cada
vez que mentía, y de bajar la cabeza avergonzada cuando decía la
verdad. Inefablemente. Es una cosa de la que se dio cuenta, dice,
“mucho más tarde, casi al final de la historia”. Sin embargo,
nos lo cuenta ahora. Fácil es imaginar por qué. Ya me veo cómo,
a lo largo de toda la novela, cada vez que la autora converse con
esta rarísima Adelita, nos hará la pertinente acotación: ora me
miraba de frente, ora miraba al suelo. Un modo de trazar psicologías
y tensión en las escenas sencillamente burdo.
Pag. 12: Las debidas presentaciones entre Adelita y la autora, quien la va a emplear en su casa como
asistenta. El bodoque le da como referencia que ha estado
sirviendo en la casa de los señores Álvarez. “¿Los Álvarez
de Álvarez y Bonmatí?, pregunté”. Ya estamos haciendo gala
del porte alcurne y aristocrático que últimamente les ha dado
por adoptar a todos estos nuevos ricos de la literatura. La
Grandes, por ejemplo, no pierde ocasión de recordar que ella
pertenece a la noble familia de los Alcántara y Churrasco, la
Etxebarría a la que puede suelta que ella ha estudiado en el
Liceo Anglosajón, la Freire, más modosita, habla de las fincas
de sus abuelos. Parecen aquellos cristianos nuevos desenterrando y
traficando con osamentas, que denunciara Quevedo. A ésta le ha
dado por los Álvarez de Álvarez. “Sí, esos, ¿los conoce?”,
responde Adelita, “y me miró fijamente un instante”. ¿No te
digo yo, lector? Vamos a estar con esta tontería de me miró, no
me miró, hasta el final de la novela.
Pag.
13: A ver si estamos a lo que estamos, Rosita. En las novelas,
por muy a la transilvana que se hagan, hay que guardar un cierto
tono sostenido. No puede ser que en un párrafo un personaje esté
mirando el paisaje “con esa melancolía que dulcifica el espíritu
y se empeña en esconder la inquietud que lo ronda”, al
siguiente se nos presente a Adelita encima de la mobilette de un
modo grotesco (“el casco dominaba la figura que se hundía en el
asiento”), más o menos como la hormiga atómica. y al otro párrafo
la autora retome el tono ridículamente ampuloso para decir “no
era tranquila la voz de mi conciencia”. O se narra (mal) a lo
cursi, o se narra (mal) a lo chusco, pero no pueden ser las dos
cosas a un tiempo. Salvo que exista una profunda ironía, pero
(ay, Rosita, ¿verdad?) no es este el caso.
Pag.
15: Una muestra del cuidado estilo regasiano:
“(Adelita) me subía una taza de té que yo le agradecía
del mismo modo que lo hacía...”. Un poco más abajo, una
muestra de cómo la autora no es una experta precisamente en la
puntuación: de “un reconocimiento” hasta “siguientes”, 35
palabras, que en total forman cinco oraciones, con adverbios y demás,
y ni una sola coma entre ellas.
En
esta misma página: Parida memorable, claro ejemplo
de lo que es escribir sin cabeza. Adelita es muy eficiente en el
cuidado del anciano padre de la protagonista: lo lavaba, lo
afeitaba, “una perla”. Tanto es así de laboriosa y abnegada
que, el día que murió el padre, “fue ella la que se ocupó de
limpiar el cadáver y amortajarlo, y organizar el entierro (...),
sustituyendo en su labor a los empleados de la funeraria, que no
pusieron objeción ninguna a que alguien les hiciera el
trabajo”. Queda ahí para las antologías del parto.
Pag. 16: El anciano
padre de la protagonista “era mayor y estaba un tanto
atropellado”. Por eso debió de ser que se fue de Barcelona
buscando la paz de un pueblo en las montañas.
Pag.
17 (o, lo que es lo mismo, ni una sin chorradas): El padre de
la protagonista tenía contratados
a unos pastores “que andaban por los campos en barbecho o
en las lindes de los caminos y los bosques con la radio a todo
volumen ahuyentando a los motoristas que cruzaban los prados en
busca de peligros”. Ante esto cabe preguntar: ¿por qué andaban
los pastores por las lindes y no por los caminos? ¿Por qué la
radio ahuyentaba a los motoristas? ¿Tan mala era la música? Y si
unos andaban por los barbechos y otros por los prados, ¿qué les
importaba a cada cual del otro? ¿Y cuáles son los peligros que
hay para un motorista en un prado? ¿Y por qué los buscaban? Y así
mil preguntas, todas causadas por la indigencia del lenguaje, el
estilo y la lógica.
En
esta misma página y siguiente: El anciano caballero iba los
domingos al pueblo a jugar al dominó y solía ocurrir que “le
acometía uno de sus ataques de violencia verbal”. Entonces les
soltaba a sus compañeros de partida un rollo macabebe sobre su
hija, a la que ha enviado a estudiar Biología Molecular “por el
ancho mundo” (esta expresión, por cierto, Rosa, no la usan ya
ni los monjes trapenses), sobre su yerno “que era un enloquecido
artista de izquierdas” (esto de enloquecido artista es nuevo,
verdaderamente, pero casi, Rosa, que visto el resultado preferíamos
lo antiguo), sobre el estado de sus negocios, sobre mil cosas.
“El discurso podía ser interminable, pero siempre acababa con
las mismas palabras: Y si al morir dejo la hacienda mermada (¡toma
ya!), no por esto voy a sentir el menor remordimiento, también yo
tengo derecho a cantar mi propia canción”. Antes estas
disertaciones dominicales a nadie debe extrañar que los jugadores
trasladaran la partida al bar de al lado, lo más lejos posible de
este pelma.
Pag.
21: Adelita
la blocoide decide adoptar el papel de ama de llaves “como pasó a
denominarse a sí misma, según probablemente habría visto en
alguna película”. Tal chirrido de dientes me ha provocado esta
atroz expresión que todos los clientes de la cafetería se
vuelven a mirarme, asustados.
Pag.
22: Adelita la paralelepípeda, ahora en papeles de enfermera,
“se ponía alrededor de la cabeza el fonendoscopio”. Para mí
tengo que no sabía usarlo. Pero es sólo una opinión.
Pag.
29: Adelita
miente más que un futurólogo. La señora Regás, en estado de
gracia literaturil, al soltar trolas prefiere denominarlo “los
hechos no coincidían con los de su vida” (expresión, además, fatal,
porque no son hechos, Rosa, sino dichos o palabras, eso te pasa
por meterte en retóricas). Pero esto es lo de menos. Lo de más
es que, durante cerca de diez páginas, la Regás nos ha pintado
que su personaje es una mentirosa a base de hacerla soltar y
soltar y soltar embustes a cual más descabellado y siempre con la
mirada fija. Esta buena mujer ignora por completo lo que es la
sugerencia (que está emparentada con el arte), prefiere antes la
acumulación (que está emparentada con la palabrería y el
chismorreo). ¿Que hay que mostrar a un personaje como mentiroso?
Nueve páginas diciendo mentiras, a veces tan absurdas, y
punteadas, además, por lo de la mirada fija, que no es ilógico
pensar que esta mujer toma a sus lectores por tontos.
Adelita seguirá mintiendo un par de páginas más, por si
acaso quedara algún lector despistado.
Pag.
37: A la protagonista le ocurre lo siguiente:
“al ir a poner el dinero que había sacado del banco para
pagar una serie de facturas en la pequeña caja fuerte empotrada
en la pared del fondo del cuarto de armarios, que yo usaba como
vestidor, ...” Aquí los familiares de la Regás tuvieron que
separarla a viva fuerza del ordenador, en cuyas teclas se había
cebado y no había manera de hacerla parar. Lo digo en serio: esto
es imposible escribirlo a mano. Se descoyunta uno la muñeca.
Pag.
38: El caso es que dicha caja fuerte estaba abierta y por la
mente de la protagonista pasa: “una sombra de inquietud, esa
misma sombra que nos hace dudar de una situación cuando no es
exactamente igual que la que dejamos”. Cuán cierto es esto. Yo
acabo de entrar a orinar al servicio de la cafetería y, cuando al
salir he visto que uno que estaba entonces sentado está ahora
sacando tabaco de la máquina, me he llevado un sobresalto increíble.
Lo mismo me ocurre cuando llego de trabajar y veo que, un coche
que había aparcado cuando me fui, ya no está. ¡Qué
inquietudes, Rosa, estoy contigo!
Un
poco más abajo: Total, que la han robado una
sortija. “Lo había sabido con ese conocimiento vago pero firme
que sólo reconocemos como tal una vez se ha comprobado que era
cierto lo que pronosticaba aquella inicial alarma” Esto,
sencillamente, es indescifrable: conocimientos vagos pero firmes
que se reconocen cuando se comprueban... No hay lógica por
ninguna parte. Pero es que la cosa sigue, oh lector episcopaliano
y discotequero, durante seis líneas más, todo en estos términos
incomprensibles, para llegar a la sesuda conclusión de que es
“como si hubiera un orden oculto pero inmutable, según el cual,
si no se les presta atención, las cosas se esconden,
desaparecen”.
Como
habrá advertido el lector que los siga, una de las más curiosas
costumbres de los novelistas españoles actuales es ponerse a
filosofar sobre la nada para llegar a supinas tonterías. Parece
que no, pero tiene su mérito.