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EL
QUE TIENE UN POETA, TIENE UN CAMINO

por
©Ángeles
López
“No
vengo yo en este momento, para cumplir un
rito gastado. No vengo tampoco dispuesto a
que mi voz la lleve el aire para recibir en
cambio, como tantas veces, una bandeja de
aplausos. Yo vengo para saludar con
reverencia y entusiasmo a mi “capillita”
de poeta, quizá la mejor capilla poética
de Europa”. Así
reverenciaba a Luis Cernuda, Federico –el
Grande-. Condiscípulo de generación, amigo
de paisanaje y gloria y acento, co-lírico
del delicadísimo misterio y de la
monumental frustración de la carne,
correligionario de la otredad y el deseo.
“He
luchado a brazo partido con su libro”
-proseguía el lorquiano discurso- sin haber
mejor modo de explicar que, para abrazar el
hecho poético, hay que sudar crustáceos de
sangre, hay que amansar las tormentas de
arena del cerebro, y hay que doler tenues y
terribles gotas de grandísimo veneno.
Abrasado él, como yo –como todos- de la
magnífica tempestad del verbo.
(...La
lucha armada contra el libro, pertrechados
hasta los dientes de los toros azules del
silencio...)
También
yo, como Federico –el Grande- he sentido
“ese poquito de odio que sentimos
contra los autores de obras perfectas”
leyendo al Cernuda secreto, con su poso de
desesperanza. Federico tuvo la virtud de
crecer de golpe, mientras que Cernuda, a
consecuencia de su idioma salido de no-se-dónde
– tan bronco, tan áspero, tan
indomable-, ha ido haciéndose grande
en cada uno de nosotros, con el paso del
tiempo... Como un ukari, con la mirada vacía
de calcio, con la virtud de hacernos
respirar lateralmente... Aquí me encuentro,
viendo como crece dentro de mí, en la
perfección de un silencio de tontos.
Dicen
que si poeta ético, que si heredero
genético-metafórico becqueriano, que si
poeta de los paraísos perdidos, que si
elegido, que si maldito, que si sutil, que
si sevillano, que si naturólogo, que
si poeta de la infancia, que si maricón...
Yo digo que delicado y terrible. Dolido.
Doliente. Con la cara violenta de violencia
e inaceptación. Dotado de un esqueleto exógeno,
que le hacía vibrar al son de un dolor
universal, que es el dolor de unos pocos,
pero es el dolor de todos. Aunando en su lírica
la soledad, el aislamiento, el perdón, la
marginación, la más sublime exquisitez y
el sentimiento de diferencia. ¡Qué difícil
resulta vivir, ser, estar... distinto! Y
Cernuda lo era. Distinto de Alberti,
distinto de Aleixandre, distinto de Salinas
y de Guillén... Distinto de Federico...
distinto de sí mismo, en tanto que aunaba
lo inaunable: rebeldía y
mansedumbre.
Tengo
para mí, las largas noches de duelo
sangriento con sus tristezas de sevillano,
impelido por la marginalidad de la carne y
la dificultad del espíritu. Diferentes
formas de amar que convergían bajo una única
piel: la suya. Filisteo y mariscal. Cabrón
y ángel. Contumaz y murmurador... La de
poeta dolorido con espada, dispuesto a
combatir la hipocresía. La de poeta
escocido por su automarginación. La de
poeta con careta, dispuesto a retar,
pasivamente, el imperfecto mundo y sus
imperfectas formas. Poeta de la deconstrucción
–y la autoinmolación- que mira hacia el
lugar exacto en el que se enclava un Avalon
imposible e impensable, hacia el que no
existen modos y maneras para llegar.
“No
es hora de que yo estudie el libro de Luis
Cernuda, pero sí es la hora de que lo
cante. Que cante su espera inútil, su
impiedad y su llanto, y su desvío...”.
Sí es momento de pedirle perdón, por tanto
Federico, por mí derramado, sobre las sábanas
de mi desesperanza. Por tanto Federico, por
mí venerado, en las augusta piedras frías
de mi crecimiento emocional. Por tanto, y
tanto, Federico emulado, hasta la saciedad
colmada únicamente, por más Federico. Es
hora de inclinarse ante Cernuda. Hora de
pedirle cuentas a todas las sinestesias del
mundo, a las ferreterías de la poética,
por toda la belleza rebosada en tantas páginas
salobres –las suyas-, y tanta fuerza
consumada –y consumida- en su antebrazo de
poeta, ya acuñado cernudiano, antes
del nacimiento del término mismo. Perdón
angosto, perdón tardío, perdón sincero,
querido Luis, poeta y maestro. Perdón por
ser el tímido bailarín del mundo y sus
esquinas y haber crecido en mí, de a poco.
Perdón, mil veces por segundo... Porque hoy
sé, sólo hoy sé que “no hallaremos a
Cernuda, sino en todas partes”.
©Ángeles
López 2002. Es
poeta y directora de la editorial Ekoty
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