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OPINION -
COLABORACIONES 2001
Cosas
de Familia
por
©María
Tena
Uno
empieza a leer de pequeño y con un poco de suerte, un buen profesor
de literatura, unos padres ocurrentes y unas lecturas bien escogidas
se le coge pronto el gustillo. Si no se abandona el vicio solitario
en época de exámenes, o en la de los amores locos, si se sigue
tomando como una medicina para las largas convalecencias y las
tardes de Domingo, se acaba descubriendo su poder curativo. No sólo
para las enfermedades del cuerpo, sino para cerrar las heridas que
dejan las pasiones y cicatrizar las señales de los tropiezos que
nos van aconteciendo.

Muy
pronto uno se da cuenta de que puede volar sin tener que esperar los
retrasos de Iberia e incluso ver países que ni siquiera existen.
Que en vez de soportar a tu suegra o a tus imposibles compañeros de
trabajo puedes hablar cada día con personas listísimas a las que
puedes escuchar sólo cuando te apetezca y que si se ponen pesados
les cortas el rollo sin quedar mal con ellos. Que te puedes tratar
de tú a tú con las estrellas y al mismo tiempo cotillear lo de los
vivos y lo de los muertos. Acabas sabiendo más de ellos que ellos
mismos, sin el menor esfuerzo, tumbado en tu cama como un señor.
La
lectura te hace creerte mejor de lo que eres, porque los hombres y
las mujeres a los que más admiras te cuentan sus amores, sus fantasías,
sus frustraciones, sus temores más secretos. Leyendo cada día
novelas, poesía, descubres que los que escriben transitan la
memoria y la infancia, la sustancia destilada de lo que fueron pero
también que con la literatura a veces consiguen tocar con la mano
aquellos juguetes que nunca les trajeron los Reyes Magos.
Esa
mezcla de recuerdos y deseos es para mí también la literatura y el
material con el que intento desde hace poco ponerme a escribir. Pero
esto ya es una historia mucho más complicada.
Uno
sabe a estas alturas que a través de los años ha ido acumulando en
una inmensa almoneda ideas, emociones, sentimientos, esperanzas y
pasiones como si fueran muebles, y que para escribir quizá sólo
sea necesario escoger uno, quitarle el polvo, pasarle despacio una
lija fina, darle un poco de cera y con un trapo suave y con mucha
paciencia sacar los brillos a la pieza. No vale para esto el barniz.
Si brilla demasiado perderá el carácter, la belleza de lo auténtico.
Tiene que conseguirse ese fulgor secreto que conserva los colores y
la veta natural. Es necesario que la madera respire. Recordará
entonces cuando fue árbol y tenía raíces y con ese trabajo cobrará
otra vida que no es exactamente la del tronco que fue. Así, lo que
escribamos, se parecerá a algo de lo que somos o fuimos, pero quizás
le habremos dado una calidad distinta y será un objeto nuevo,
restaurado por la mano cuidadosa del ebanista que es el escritor.
Pero
nos ponemos a la tarea y aparecen los problemas. Sin duda hemos leído
demasiado, se nos ha ido la mano. Todo lo que escribimos ya está
dicho mucho mejor de lo que nosotros conseguimos expresarlo, con más
sentido, con más gracia. Y, sin embargo, sentimos la necesidad de
hacerlo. Necesidad que curiosamente no va
acompañada del talento para llevarlo a cabo con dignidad.
“Saber
sentir es saber decir” leemos a nuestro bisabuelo más ilustre,
Cervantes. Y sentimos mucho y muy a menudo,
pero no nos salen más que banalidades. “El genio lo da
Dios, pero el talento nos concierne” nos susurra nuestro abuelo
francés por quien hemos llamado Gustavo a nuestro hijo. “El
talento es una larga paciencia” completa Buffon. Todo esto nos va
consolando. Sí, ahora lo hacemos mal pero con el tiempo, robando
horas a la noche, a los fines de semana, conseguiremos
alguna frase estupenda. Pero seguimos sin echarnos al ruedo,
esas recetas siguen siendo sólo lectura.
Un
día el azar o la necesidad, que nunca sabe uno porqué hace las
cosas importantes de la
vida, nos lleva a un taller literario que imparte Luis Landero.
“Todos tenemos una voz propia, nos dice con convicción, todos
tenemos algo que decir y nos recomienda a Emerson: “¡Alegría,
optimismo, confianza!” La mayor originalidad está en lo concreto,
en lo que cada uno tiene de distinto. Creemos tanto en él, nos lo
cuenta tan bien que nos sentamos a la mesa con apetito e incluso nos
creemos que a lo mejor también podemos participar en el banquete,
porque tenemos algo que decir.
Y
entonces arrancamos. No vamos a ser genios, pero hacerlo
correctamente puede que sí, con naturalidad, sin faltas de ortografía,
sin orgullo, vamos a ello.
Pero...
¿sobre qué? En este trance se nos había
perdido la historia, se nos olvidaba que además, hay que
tener imaginación. Entonces volvemos a pedir ayuda a los parientes.
El primo checo de los Kundera de Praga nos cuenta “La novela no
examina la realidad, sino la existencia. Y la existencia no es lo
que ya ha ocurrido, la existencia es el campo de las posibilidades
humanas…” Y, de nuevo, el abuelo Gustavo: “Antes se creía que
sólo podía extraerse
azúcar de la caña de azúcar ahora se extrae de casi todo; lo
mismo ocurre con la poesía. Extraigámosla de cualquier cosa, ya
que ella se encuentra en todo y por doquier: no hay ni un átomo de materia que no contenga la posibilidad de un
pensamiento...” Así que no nos orientan nada sobre el tema,
cualquiera vale, pero hay que saber escoger el que más nos inspire,
el que saque de nosotros eso que el trabajo cotidiano nos oculta.
Y
parece que para encontrar ese tesoro, ese hilo, esas ideas, hace
falta algún otro ingrediente: para eso acudimos a nuestra tía
también francesa que nos dejó una herencia de pequeños textos
exquisitos, que se llamaba Margarita y que tuvo un amante chino que
luego salió en una película: ”La soledad de la escritura es una
soledad sin la que escribir no se produce ” O sea que encima
tenemos que hacerlo solitos. El papel blanco y el desierto
alrededor. Sin el silencio las palabras no salen.
Pero
entonces ¿Para qué escribir?
Dice
entonces Carlos Fuentes nuestro tío mexicano”Amo y escribo para
obtener una victoria pasajera sobre la inmensa, poderosísima
reserva de lo que está ahí pero no se manifiesta... Sé que el
triunfo es fugitivo” Y en el periódico, Caballero Bonald
“Escribir nunca ha sido tortura, sino dicha. Para mí escribir ha
supuesto una especie de legítima defensa. Escribir en legítima
defensa contra las ofensas de la vida”
Así
que era eso.
Pero
entonces recordamos el verso de Borges “Eres también aquello que
has perdido” y pensamos que quizás es ese mundo perdido lo que
buscamos al escribir y vamos de nuevo a nuestro tío Luis: “…
resulta muy difícil inventar algo sobre nosotros mismos (si la
invención es coherente o sincera) que no esté ya sugerido en el
pasado, que la memoria (ella y no la imaginación, es la verdadera
loca de la casa) no haya convertido en una certeza más o menos
remota. Del mismo modo que un relámpago en la noche le muestra al
viajero el abismo por cuyo borde camina, a veces la memoria nos
ofrece la visión fulgurante de los vestigios del paraíso que un día
fue nuestro y que perdimos...”
Aunque
la memoria nos juegue alguna vez una mala pasada como cuenta al
final de la novela el lector de Bernhard Schinlink:
“Al
principio quise escribir la historia para liberarme de ella. Pero la
memoria se negó a colaborar. Luego me di cuenta que la historia se
me escapaba, pero eso tampoco hizo surgir los recuerdos…
Los
estratos de nuestra vida reposan tan juntos los unos sobre los otros
que en lo actual siempre advertimos la presencia de lo antiguo, y no
como algo desechado y acabado, sino presente y vívido. Lo comprendo
pero a veces me parece casi insoportable. Quizá sí escribí la
historia para librarme de ella aunque sé que no puedo.”
O
quizás,“Porque hay que aprender a narrarse a sí mismos. Porque sólo
podemos ser nosotros mismos mediante un relato que resulte verosímil
y comprensible para los demás. Vivimos nuestra propia novela y la
escribimos cada día” escribe nuestro primo Félix, el más guapo
de todos, desde el mejor barrio de la Barcelona burguesa.
¿Y
eso cómo se hace? Sabiendo mirar, nos decía Luis Landero,
atendiendo a la invención, mirando las cosas concretas y a la vez,
escribiendo con luz larga. Escribiendo las cosas como si las nombráramos
por primera vez. Aquí no pongo comillas porque él
decía mucho más y lo decía mejor de lo que yo ahora lo
escribo.
Sí
es así. Me refugio esta tarde en estas citas de algunos de los
escritores que igual que una familia me ayudan a enfrentarme con el
cuaderno de hule y mi necesidad de escribir, aunque tengan que pasar
los días para que la memoria sea aún más larga de lo que es
ahora.
Y
pienso en ellos luchando con sus palabras contra el tiempo, desde
distintas edades, desde distintos lugares y talentos, sabiendo que
una vida apenas alcanza a un balbuceo y en la suerte que tengo de
haberles conocido desde hace tantos años y de haber crecido oyendo
la algarabía silenciosa
de sus voces.
Sí,
quizá esta tarde me atreva a intentarlo...
©María
Tena


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