OPINION - COLABORACIONES 2001


LAS DIFICULTADES DE TRADUCCION DEL Señor PETER MENHARDT  

por 

©Fernando Ainsa

 A J.L.Borges, in memoriam

No comprendo porque me han pedido escribir un artículo sobre las dificultades de la traducción. No lo comprendo por dos razones muy simples. En primer lugar, porque sospecho que en realidad no se trata de escribir sino de traducir un ensayo de la reconocida especialista Norma Janés, actualmente secretaria del Comité de Dudas Idiomáticas de la Federación Internacional de Traductores. Pero, sobre todo, no comprendo porque me piden a mí que escriba un artículo en español, cuando desconozco esa lengua. Por si fuera poca mi confusión al abordar el tema, debo precisar que si estoy traduciendo al español este texto, la tarea me parece aún más de cuidado, porque estas páginas han sido escritas originalmente en esa lengua y no en francés como se me había dicho. Mi papel sería entonces el de un mero copista de signos incomprensibles, como hacían los monjes en la Edad Media y ahora los operarios asiáticos, marroquíes y colombianos que informatizan textos por sueldos miserables.  

De cualquier manera debo precisar que una traducción al español no es nunca fácil. El español es rugoso, aunque se pretenda claro y contundente, límpido y tajante. Por el contrario, el francés tiene nuances y se regodea en el placer de los neologismos que inventa a fur et à mesure de la necesidad de complicar el texto. Trasponer la deliberada confusión de Janés a la pretendida claridad del español, especialmente cuando el texto ha sido escrito en español, me parece una tarea de la que no me siento capaz. Una dificultad que no puede olvidar el hecho de que me han pedido a mí, traductor de profesión, un breve ensayo sobre esas mismas dificultades que abordo ahora con desconcierto.

Es verdad que soy un modesto traductor free-lance del inglés al francés, que trabaja a destajo donde y cuando puede. La vida de los traductores no es simple, sobre todo en esta época en que hasta los ordenadores tienen programas para traducir, aunque felizmente no los tengan todavía para escribir artículos sobre las dificultades de la traducción.

Digo que soy un modesto traductor, aunque en el fondo soy un escritor que no ha tenido suerte. Si vivo ahora en París es porque en Londres no tenía ningún porvenir. No tengo orígenes hindúes, pakistanies o de las West  Indias, para ser justamente apreciado por el stablishment literario. Mi nombre sajón Peter no puede disimular mi apellido de origen alemán, Menhardt. Alemán a secas –aclaro– porque no sólo los judíos emigraron de Alemania en los años treinta. También tuvieron ese triste privilegio muchos izquierdistas perseguidos por sus ideas. Tal fue el caso de mis padres, aunque nunca pudieron superar la nostalgia del Heimat familiar, ese Heimveh que los embargó hasta el día de sus respectivas muertes, apenas separadas por los diez días de duelo de mi pobre madre. Demás está decir que ninguno de ellos pudo nunca aprender a hablar el inglés en forma correcta.

Debo confesar, además, que mis conocimientos de alemán, en lugar de facilitar la tarea de esta traducción, la complican todavía más. Creo que se dice con demasiada ligereza que “sabiendo inglés” se aprende más rápidamente el alemán. Se lo aclaro a mis alumnos de alemán, con cuyas clases redondeo los fines de mes, en la mesa del fondo a la derecha del Café de la esquina de las calles Volontaires y Lecourbe, no lejos del Liceo Bouffon. Tal vez por esa dificultad suplementaria cada vez son menos los que vienen a mis cursos. Ya se sabe: el pesimismo se contagia más fácilmente que el optimismo.

Pero hay más. Los problemas de la traducción se agravan cuando el texto ya traducido proviene de una de las “variantes” que toda lengua vehicular tiene. Tal es el caso de este artículo con pretensiones de ensayo. Norma Janés, aunque sea francesa de nacionalidad y una reconocida especialista internacional en las Dudas Idiomáticas, es hija de madre española y padre uruguayo, un curioso mestizaje que no facilita la redacción de este texto.

En efecto, al abordar la traducción al español de este texto he descubierto con sobresalto que a la contundencia hispana de herencia materna, Janés ha incorporado típicas imprecisiones, discordancias y circunloquios rioplatenses de origen paterno. No me atrevo a hablar de auténticos uruguayismos, dado mi total desconocimiento (por no decir rechazo) de lo hispánico en general y lo Hispanic en particular. No es un misterio que en los países periféricos no se respetan las reglas gramaticales y las lenguas se descomponen y se vuelven imprecisas como sus gentes, aunque se pretendan ricas y barrocas, por no decir “real maravillosas”.

Mi ascendencia alemán y mi educación británica no han necesitado nunca de esos complementos de la identidad en la que se solazan muchos de mis compatriotas o ascendientes que han hecho de España y América Latina, tanto el campo de sus investigaciones como el lugar donde pasar las  vacaciones. Yo veraneo en un pueblo de Bretaña, no muy lejos de la isla de Jersey y creo que soy feliz.

Sospecho además que en el texto francés de Norma Janés se esconde otro problema de traducción no resuelto. El problema no es técnico; es político.

Me explico.

Más que estar escrito en español, por muy imperfecto que sea por los aportes espurios del rioplatense diluido en París, este texto está en realidad redactado en castellano. Una lengua que sólo en apariencia es idéntica al español. Una trampa en la que caen muchos de mis colegas al creer que se puede traducir impunemente del español al castellano o viceversa. Firman contratos de traducción por sumas irrisorias, confiados en lo fácil de la tarea que emprenden alegremente y se encuentran sumergidos en las sutiles disquisiciones políticas en que se debaten los expertos de la península ibérica. Deben perder su tiempo consultando los nuevos Diccionarios que se han publicado estos últimos años, a partir del reconocimiento de la lengua española como una variante degradada del castellano, según unos y, lo contrario, según otros.

Lo más grave es que esos Diccionarios se editan en Barcelona, capital –como todos saben– de Cataluña, nación en la que no quiere hablarse ni español ni castellano. Los traductores que han aceptado esos trabajos deben canalizar variantes, buscar subterfugios idiomáticos que justifiquen el uso de una u otra palabra y comprometerse políticamente. En definitiva, se embarcan en una aventura de la que no siempre salen airosos.

A medida que avanzo en mi artículo sobre las dificultades de la traducción sospecho que Norma Janés no las tuvo en cuenta cuando decidió escribir directamente en castellano la traducción al español de su texto en francés. Se ha confundido aún más de lo que había pretendido al principio, cuando –como buena francesa– decidió abordar un problema añadiéndole otros adicionales. Pourquoi être simple, quand on peut-etre compliqué?, sostiene con orgullo en el curso sobre Dudas Idiomáticas que dicta en la Sorbonne, al que asisten en forma beata unos doscientos estudiantes.

A esta altura, alguno podrá decirse que este breve ensayo sobre las dificultades de traducción que me han pedido se está transformando en un reglement de comptes de un frustrado escritor, paniaguado traductor free-lance, contra una reconocida experta en la materia. Otros dirán que son celos profesionales entre colegas que apenas se pueden ver. Otros, finalmente, dirán con más fundada razón, que son la expresión de celos conyugales.

De acuerdo, tal vez sea así, pero no olviden que lo más probable es que no estoy escribiendo ni traduciendo un texto, sino trascribiendo con minucia los signos incomprensibles de otro. Un texto que seguramente ya fue traducido por la propia Norma a una lengua que, una vez más debo recordar, desconozco por completo y que no tengo ningún interés en aprender.

Por ahora, en todo caso. 

© Fernando Ainsa es critico, novelista y ensayista.