Fue
tan grande el interés de los colombianos por ver y escuchar al
premio Nobel de Literatura José Saramago, durante su permanencia de
72 horas en Colombia, que "los árboles no dejaron ver el
bosque": tras la aparente impasibilidad de su rostro y el vuelo
de las palabras en sus manos, se esconde un niño que piensa en una
estrella que le acompaña a donde quiera que va.
Parece
que no le quedara bien a un marxista confeso hablar de una estrella
de la infancia que de alguna manera se relaciona con la estrella de
Belén, que guió a los reyes magos en el camino a la cuna de Jesús.
A José Saramago, el escritor portugués, autor de numerosos libros de enorme
éxito y repercusión mundial, le ocurre, con una pequeña
diferencia: es, en efecto, un mago, pero de las palabras; la
estrella es el vivo y permanente recuerdo de su infancia y la
orientación para la búsqueda, no fue para el hallazgo del hijo de
María y José, sino de otro polémico redentor de la humanidad: el
libro.
En
una maratón incontenible que persiguió sin tregua al autor del Evangelio según Jesucristo durante su rauda visita a Bogotá para
presentar su novela La caverna,
auditores y periodistas, críticos y curiosos sólo le prestaron
atención al insistente izquierdista que alela a muchedumbres con el
prodigio de su elocuencia, que por supuesto agita los temas actuales
del neoliberalismo, la globalización, el consumismo, los
supermercados, los códigos de metamorfosis naturales que se
producen en el encuentro de milenios como el que ahora andamos, pero
que también recalca la necesidad de acceder al mundo de los libros,
"donde todo nos espera".
En
Bogotá, en una súbita rendija de tiempo encontrado para hablar de
la importancia del libro, Saramago hizo una hermosa evocación de su
infancia y de los elementos y avatares en su destino de escritor. A
eso ningún comentarista le prestó atención; y en esa indiferencia
frente al otro yo de Saramago, parece que "los árboles no
dejaron ver el bosque". Sólo la HJCK, el mundo en Bogotá, una
emisora que lleva 50 años promoviendo la cultura, le dedicó un
espacio breve en su edición especial de los domingos.
Con
esa música de fado
—mezcla de saudade con alegría— que identifica a la charla de
los portugueses que hablan bien el español, José Saramago se mostró muy
orgulloso de provenir del más agreste campo de su tierra lusitana:
"de un pueblo de gente sencilla", dijo, y recalcó el
inmenso capital humano que mora en el espíritu de los campesinos,
especialmente de aquellos que pasan la vida en los pueblos anónimos
cuyos nombres casi nadie conoce y a veces ni figuran en los mapas.
Dedos
en las llagas
"Todos
analfabetos, pastores, elementales y buenos", según dijo
levantando levemente las manos hasta tocarse con ellas la frente, en
un ademán de aquellos que todos los seres humanos acostumbramos
cuando sentimos que fluyen los recuerdos.
Habló
entonces de los inmigrantes, los desplazados, esos seres acosados
por la miseria o perseguidos por la indiferencia de los gobiernos,
deslumbrados a veces por las luces de la ciudad, pero siempre vacíos
de lugar, porque los campesinos son la misma tierra, en cualquier
sitio del mundo. Sus campesinos portugueses. Nuestros desplazados
campesinos colombianos.
"Mis
padres se fueron a Lisboa, emigraron de la aldea a la capital. Y yo
tuve, hasta la edad adulta, una relación muy fuerte, muy intensa,
con el campo. Y por eso comprendo a la gente que se queda sin nada
cuando por cualquier razón tiene que irse".
En
Colombia, país de desplazados, de territorios evacuados para la
"distensión" que se convierte en la tensión del
desgobernado pueblo, esas palabras hubiesen podido calar más que
sus disertaciones una y mil veces repetidas acerca de la globalización
o de los otros fenómenos postmodernos que vendrán con su pan bajo
el brazo, como ha ocurrido siempre en los vericuetos de la historia.
Pero no. Nadie prestó atención al significado de semejantes dedos
en las llagas.
Deberíamos recordar, por
ejemplo, cuando en México, en 1998, año en el cual le concedieron
el Nobel un vocero oficial mexicano le advirtió al novelista
radicado en las "tierras" volcánicas de Lanzarote, España:
«que se limite a hablar sobre cuestiones específicas de
literatura.» Y agregó después: « se mantenga dentro de las leyes
de México, tierra en la que responderá muchas preguntas, para que
no tenga problemas". Aquí, en situación por lo menos similar,
pero de todas formas más aguda por el fragor de la guerra, nadie
tuvo en cuenta el poder político del personaje, de quien los medios
simplemente destacaron su visualización de la aldea global que
quisiera detener y cuyas claves y símbolos palpitantes en sus
confesiones personales, al parecer nadie advierte.
El
mecánico que se nobelizó
En
Bogotá, Saramago repitió que los más fuertes y trascendentales
recuerdos de su vida son los relacionados con el tiempo en que
permaneció en la aldea. Y aunque es en apariencia un hombre
citadino, la energía que proyecta cuando se refiere a ella es como
si le produjera una instantánea transformación del alma. Ese
hombre cicunspecto, rígido, de muy seria apariencia, que acepta
repetir conferencias, aburridas y fatigosas sesiones de firma de sus
libros o enfrentarse a nubes de reporteros que siempre le preguntan
lo mismo, de verdad se transfigura en un niño cuando habla, por
ejemplo, del tiempo que vivió con sus abuelos en la campiña
portuguesa y menciona su destino como algo que aún no comprende
bien.
"Porque
en mi casa no había ni siquiera un libro y porque además, como ya
lo señalé, los habitantes de mi pueblo no sabían leer". Se
siente afortunado de haber hecho la primaria y accedido al Liceo (el
bachillerato), pero cuenta asimismo que nunca pudo asistir a la
universidad, "por pura pobreza", porque los campesinos
nunca tienen más que la comida que les da la tierra.
"Finalmente,
me quedé con una preparación técnica, de mecánico". Y todo
eso ocurría en la casa de sus padres, donde no había ni un libro y
donde Saramago aprendió a leer prestando atención a las formas
como las letras configuraban palabras en los escasos periódicos que
llegaban al villorrio o preguntando en qué consistían los
misterios de la lectura a las pocas personas que los conocían, así
fuera de manera superficial.
"Así
aprendí a leer como a los siete años. Y luego, cuando tenía 16,
ya en la ciudad, descubrí las bibliotecas, que me inspiraron
natural respeto y reverencia. Y en ellas me quedaba todo el día y
hasta la hora de la noche en que estuvieran abiertas y me fuera
permitido permanecer allí. Era habitual que no entendiera nada,
pero no me importaba, porque sabía que estaba en un proceso que había
de llevarme a desentrañar un enigma. Aunque no entendiera, me
gustaba estar en ese continente prohibido. Me sentía un navegador
por el océano del libro, donde todo era nuevo, donde se me
provocaba la sed del conocimiento, que es una sed extraña porque
aunque no se calma nunca, tampoco mortifica".
Los
primeros libros que tuvo Saramago, entre 10 y 15, según recalca,
"pude adquirirlos con dinero ajeno. Un amigo que me llevaba
como veinte años, me lo prestó, viendo el afán que yo tenía por
sentirme dueño de algún volumen, de algún título. Esa fue mi
primera biblioteca, la mejor, la más querida. Hoy, que poseo tantos
libros que compro, que me regalan y que me llegan, aquella
biblioteca sigue siendo mi preferida. No me pregunten cuáles libros
eran. Eran libros, es todo. En cambio, sí recuerdo cómo miraba
casi con reverencia los catálogos que encontraba y cuyos títulos
anunciados no podía adquirir. Y comenzaba entonces la aventura que
yo ni siquiera sabía que estaba viviendo. Por eso ni siquiera ahora
me explico cómo fue aquello de haberme hecho escritor cuando yo lo
que quería era leer. Mi vida era ser mecánico todo el tiempo del día
y en cada oportunidad, incluyendo el tiempo que debía al sueño,
pasar las noches leyendo, levantarme y volver a leer. Nada
extraordinario".
Monólogo
de los de afuera
Ni
los dos mil colombianos que se acomodaron la noche del jueves 22 de
febrero del año 2001 en las butacas del teatro Jorge Eliécer Gaitán
de Bogotá, ni los mil que no pudieron entrar porque ya no cabían,
pero que de todas maneras permanecieron todo el tiempo a las puertas
del teatro, como si tuvieran la esperanza de ver y oír a través de
los muros, se enteraron de las evocaciones
que de la infancia y de los libros, del campo y la ciudad,
los miserables desplazados y los civilizados ricos aquí les hemos
relatado.
Allí,
frente al teatro, ocurrió lo que siempre sucede en el corazón de
las multitudes. La gente vociferó contra los administradores de la
sala, que no sabían cómo multiplicar las sillas ni impedir que
escribieran grafitis a veces ofensivos, a veces cómicos y a veces
airados sobre los muros de los alrededores. Era una noche de fuerte
aguacero bogotano, pero tampoco importó mucho a quienes no querían
perder la ocasión de darle la mano, pedirle un autógrafo, escuchar
o siquiera ver de lejos a la luminaria de la literatura. Sirvió,
eso sí, para escuchar los más antagónicos conceptos acerca del
arte de vivir de las palabras: "Saramago es un mago" dijo
una muchacha con abrigo de piel,
que aseguraba haber estado en Estocolmo la noche de la
"coronación" del escritor. "Yo lo adoro porque habla
muy bello", afirmó Guillermo Castellanos, un joven estilista
que peina a las señoras bien del norte de Bogotá y que además
tiene fama de ser un gran lector, "Yo en cambio lo detesto por
mamerto" aseguró Stella
Pinilla, estudiante de sicología de la Universidad Católica de
Bogotá, "pero vine a verlo para analizarlo"; "A mí
me da tristeza habérmelo perdido por llegar tan tarde" repetía
una señora que llevaba en la mano un ejemplar de La caverna. Tenía la ilusión de al menos lograr que el escritor
portugués se lo firmara a la salida, "mientras pasa este monólogo
de los de afuera".
Adentro,
Saramago tenía con la boca abierta a los afortunados que lograron
entrar. Sus palabras les conmovían de tal manera, que mirar a sus
rostros semejaba imágenes propias de los conciertos, cuando la
gente tiene muchas ganas de aplaudir pero no puede porque no han
llegado a su final y el protocolo impide interrumpir el éxtasis.
El
discurso contra la globalización, la escenificación de la vida en
los supermercados, el fuego fatuo visible por los lados del
neoliberalismo y todas esas pequeñas cosas que en el empate de los
milenios son la vida, eran el tema del Señor de Portugal. Con él,
fulgía su estrella.
Señas
de identidad
La
literatura en lengua portuguesa -en sus diversas modalidades:
portuguesa, brasileña y
portuguesa africana- presenta hoy aspectos de inusitada novedad y
propuestas muy válidas para la narrativa del siglo XXI. La riqueza
y diversidad de ambientes reflejados en estas narrativas, junto con
la plasticidad idiomática que se manifiesta en formas dialectales
de especial riqueza, hacen de la literatura creada en lengua
portuguesa una de las más sorprendentes y cargadas de novedad en el
mundo actual.
La
figura de José Saramago -nominado un año tras otro para el Premio
Nobel de Literatura, y el escritor portugués de mayor proyección
fuera de las fronteras de su país- es testimonio de esta
creatividad idiomática, riqueza y variedad de temas que
caracterizan a la narrativa portuguesa de hoy.
José
Saramago nació en 1922 en una aldea de Ribetejo, en el Portugal
profundo, en una familia de labradores y artesanos. Su carrera
literaria se inicia en 1947. Trabajaba entonces como administrativo
en una Caja de Pensiones. Había terminado en 1939 sus estudios
medios y, por dificultades económicas, no pudo proseguir los
universitarios, como nos lo cuenta en el reportaje de CRONOPIOS.
Posteriormente trabajó como traductor, asesor editorial, corrector
y periodista. Publica algunos libros que anticipan lo que va a ser
su obra fundamental a partir de 1975. José Saramago, entonces ya
notable periodista y militante conocido en el PC portugués, se quedó
sin trabajo -paradójicamente con el triunfo de la Revolución o,
por mejor decir, de la post-revolución. Fue entonces cuando se
convirtió en escritor profesional.
La
novela Manual de Pintura y Caligrafía(1977), obtiene un gran éxito
de público y de crítica, pero es Levantado do Chao (Alzado del
suelo) la obra en que revela Saramago su madurez estilística. Obra
de denuncia social centrada en la represión salazarista contra los
campesinos y los sindicatos agrarios, muestra la emergencia de un
gran escritor y su constante compromiso con los oprimidos. Seguirán
luego Memorial do Convento (1982),
Io
da morte de Ricardo Reis (1984), A Jangada de pedra(1986), fábula
en la que el autor plantea sus dudas sobre la Unión Europea y
propone una vinculación de la Península Ibérica a su área
natural de integración : a África y América. Historia do cerco de
Lisboa (1989) y Evangelio según Jesucristo, (1991), esta última
rodeada de una escandalosa polémica, obtienen premios relevantes en
todos los países donde fueron publicadas y revelan a Saramago como
uno de los narradores más interesantes y comprometidos de la
literatura europea actual.
Por