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OPINION -
COLABORACIONES 2001
Reinventar
a Pessoa
por © Luis
García Fernández
Hoy he visto a
Pessoa pasear por las calles de mi ciudad, y tengo que reconocer que
no sentí nada especial. Tengo amigos para los que el simple hecho
de tomar un café o una cerveza con el poeta luso, o con cualquiera
de sus apócrifos, sería motivo más que de orgullo y satisfacción,
de veneración eterna y de recuerdo perpetuo. Igual, hasta fomentarían
la colocación de una placa en el lugar en el que supuestamente habrían
estado con él degustando un café con su correspondiente vaso de
agua.. Yo no. ¿Saben por qué?. Porque yo no pertenezco a la secta
de Pessoa.

Muchas veces me he
preguntado el por qué de esa forma de comportarse de aquellos "pessonianos",
y siempre llego a la misma conclusión. Ellos son a Pessoa, lo que
cualquier poeta lusitano a Machado, Juan Ramón Jiménez o García
Lorca. Pero de ahí a venerarlo como a un Dios a quien se le negó
injustamente el pan y la sal en forma de Premio Nóbel (junto
a aquel argentino ilustre de apellido avellanado) dista un largo
camino. Muchas veces me he preguntado el por qué de esa manía que
tienen los escritores de rejuntarse de una forma endogámica creando
capillas y capillitas, que no son sino malas copias de las capillas,
o en su defecto sectas de carácter masónico en las que se les
exige fidelidad eterna a sus gurus, so menoscabo de verse apartados
y marginados. Recuerdo sin ir más lejos un artículo que publicara
en su día un cotizado autor al hilo de la secta congetiana, es
decir la de aquellos devotos y seguidores de José María Conget,
quien a su vez publicara en su día un artículo sobre la secta
monterresina, quien a su vez publicara... Vamos, que todo
escritor, o articulista que se precie pertenece o ha pertenecido a
alguna secta en algún momento de su carrera. Y sólo cuando ese
autor al que veneran con denuedo se populariza, cuando sale al
exterior con luz y taquígrafos es cuando la secta pierde su sentido
y es abandonada por sus acólitos quienes buscarán con denuedo otro
a quien rendir tributo y adorar. Me imagino que aún no le ha
llegado el turno de la jubilación al genial poeta portugués, que
lo cortés no quita lo valiente, o a mi admirado Jorge Luis Borges.
Mira por donde, sin saberlo, yo formo parte desde mis años de
adolescencia, desde que descubriera con apenas dieciséis años
aquellos fantásticos relatos que habrían de perturbarme durante no
pocos años, de la secta borgiana. Una secta que
aprovechando las ramificaciones de la red se extiende por el
universo electrónico de una forma geométrica casi alarmante. ¡La
de veces que habré soñado con El libro de arena, o
con su laberíntica Biblioteca de Babel, oportuna y gráficamente
recuperada por Umberto Eco en El nombre de la rosa!.
Por cierto, me figuro que Borges a su vez debió de pertenecer a la
secta de los satélites de Herbert George Wells, no en vano su célebre
El Aleph se lo debe a su relato El huevo de
cristal.
Pero volvamos al inicio
del artículo. Hoy he visto a Pessoa pasear por las calles de mi
ciudad. ¿O no era Pessoa?. Algunos creerán haberle visto, dado que
su fe ciega, rayando casi en el fanatismo, les inducirá a cometer
una y otra vez tan flagrante error. Yo, desde mi modestia, sólo
puedo decir que al que sí que vi paseando por Oviedo fue al genial
escritor Antonio Tabucchi, italiano de nacimiento, portugués de
adopción y uno de los que mejor conocen la obra del poeta luso y de
los que más lo admiran hasta el extremo de que su parecido físico
con él raya casi la insolencia. Pero era Tabucchi, lo juro, que
vino a Asturias a presenciar el rodaje cinematográfico de su novela
Dama de Porto Pim, dirigida por Toni Salgot y
protagonizada entre otros por Emma Suárez y Antonio Resines. ¿Qué
decir de Tabucci?. Pues que yo pertenezco a la secta tabuchiana
desde que lo descubriera en mis años de estudiante en la
Universidad. Y puedo dar fe, de que yo le conozco por sus relatos y
novelas y no por su pasión pessoniana. Que le vamos a hacer.
©Luis
García Fernández es Critico Literario.


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