|
|
OPINION -
COLABORACIONES 2001
XVII PREMIO
NACIONAL DE PERIODISMO "JULIO CAMBA" 1995
otorgó el Primer Premio a "Esa Calle de la
Victoria" articulo publicado en el diario El País - España
ESA
CALLE DE LA VICTORIA
por ©Miguel
Angel Cuadrado
Bajar y subir por la calle de la
Victoria. Una caña en la Oreja de Oro, unas gambas y otra cerveza
en El Abuelo. Pasar por delante de El Urogallo y mirar de reojo
tantos recuerdos: unos sorbos de cerveza que pusieron nubecillas,
golosas y voladoras, en los ojos del infante que escuchaba, a unos
acólitos de El Viti, palabras como temple y majestuosidad.

Cuando era joven, aquel infante hizo
interminables colas para sacar entradas en las taquillas oficiales
de la plaza de Las Ventas. Por las cercanías, musas del arroyo
taconeaban ritos y amarguras, y ácidos reventas practicaban el
vuelo raso. San Lazarillo de Tormes preside la reunión. En frente
de las taquillas, en mitad de la calle de la Victoria, está el
Pasaje de Matheu. Todo un lado del pasaje, hasta la calle Espoz y
Mina, lo ocupaban unos billares, en donde
paraban macarras, membrillos, pisaverdes, descuideros
y algún grupo pasajero de adolescentes que estaban de ruta
por el Centro. Adolescentes que entre ración de patatas bravas y
lluvía de miradas a todas las chicas del mundo, que, tarde o
temprano atraviesan la puerta de El Sol, juegan una partida de
billar con los sueños y continuan la aventura ciudadana: cada paso
es un descubrimiento. En la plaza del kilómetro cero, la DGS
custodiaba el reloj de las campanadas de fin de año.
Años
más tarde aquel infante, ya menos joven, recorre la calle de la
Victoria con la nostalgia al alcance de la mano recordatoría. Esa
imagen de los piños de oro de Manuel Agujetas que sale de tal bar,
y escuharle al Nino: " Mi hijo tiene todos tus discos..."
Y es ver, años más tarde, que las taquillas oficiales de
Las Ventas están cerradas. Y que los billares, esa superficie como
de petrolero pronta al desguace, ya no están, y en su lugar hay dos
restaurantes, uno de ellos chino, y el resto está ocupado por un
lugar llamado MASSAI. Cuando el siglo camina raudo, tumultuoso y
feroz hacia el año 2OOO, y quedan los dedos de una mano cibernética
para llegar, y nos anuncian el maná, la revolución sin fondo de
las autopistas de la información.
Nuestro personaje una noche
atraviesa las puertas de MASSAI. Y un aire cálido le envuelve los
pies: una cumbia le tiende un lazo a su sorprendida cintura y
comienza a moverse. Es viernes y por lo tanto santo. Dos gacelas
mulatas allí cerca se cimbrean de locura. El local es como un zaguán
rectangular, la parte de la izquierda ocupada en buena medida por la
barra, asistida por camareras que a todos enamoran.
Y ya se sabe, es un personaje en
busca del feliz encuentro. Está acodado en la repisa de una columna
enfundada en una especie de palmera. No es la playa ni el caribe,
pero puede parecerlo si los hados le son favorables. La gente la
goza bailando. A una guaracha le sucede una conga, después dos
merengues seguidos. Empieza entonces a oirse un estribillo salsero,
"mueve la cintura, mami, mueve la cintura", y las dos
mulatas que bailan de locura comienzan a disponer al personal en un
gran corro. Un mulato que mide uno ochenta, pelo rapado y pendiente
en la oreja, recorre en diagonal el cuasi corro, y salta alborozado.
Una voz canturrea: esto es la rueda cubana, ¡aja!, no te
confundas...
O sea, aquello es una fiesta de
música y baile, un kamasutra salsero, que algunos observan con ojos
de buey. Ningún cuerpo para de batir la cintura. El mulato del
pendiente, en el centro de la pista está emparedado por las
mulatonas, los tres forman un solo cuerpo que serpentea, se zambulle
en el frenesí y emerge con cara de satisfacción. La operación la
repiten con quienes hacen corro. Que nadie se resista. En diferentes
posturas insinuantes y marchosas.
Y llega
el turno a nuestro querido personaje, que está tan contento
en primera fila. Y sale al mismo platillo de la mano de esa
explosiva mulata que desbarata el hipo. Esta le hace ponerse boca
arriba, haciendo puente con manos y pies. La música no para, voces
y palmas jalean con fervor. La mulata se monta como horcajadas, en
mitad del cuerpo del bailador que hace arco con pies y manos, y
ambos mueven la cintura que parece que en ello fuera el movimiento
de los planetas...
Calle de la Victoria abajo un taxi
busca clientes cuando el alba está rompiendo. En la Fontana de Oro
no están apagadas del todo las
luces, hay gente que recoge enseres. Por la puerta de Massai,
los últimos impenitentes salen con el paso dulzón y a compás. Hay
un coche de policía aparcado en la esquina con la calle de la Cruz.
Por si el delincuente imprevisto, se supone.
©
Miguel Angel Cuadrado
es comentarista taurino en España


|
|