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POÉTICA
El
día que descubrí que alguien podía tener
siete corazones y no encontrar el suyo; o
que un hombre podía, sencillamente,
cansarse, a veces, de ser un hombre; el día
que descubrí países en los que ser feliz
consiste, simplemente en ser feliz, que
llegué a intuir aquello que el labio virgen
no sabe y a temer esos golpes tan fuertes,
como del odio de Dios, que abren zanjas
oscuras hasta en el rostro más fiero, ese día...,
yo no sé, comprendí que las palabras podían
ser suaves y posarse y no hacer daño, o
aguzar su filo y abrir la carne de la
realidad como un bisturí cogido por mano en
casos temblorosa, en otros experta.
Las
palabras moldeadas como un barro sumiso,
pulidas y puestas a secar al sol, las
palabras como esquirlas lanzadas al aire, o
incluso como bumeranes que se vuelven sobre
nosotros por la espalda. Las palabras,
siempre como un dudoso fin en sí mismas,
casi siempre macizas por mucho que
pretendamos ponerles alas.
Si el hombre fuese verdaderamente una
pasión inútil, ¿en qué lugar tendríamos
que colocar a las palabras? Más consolador
resulta pensar, como también dijo el mismo
Sartre, alguien por otra parte negado para
la poesía, que «el mundo puede
prescindir perfectamente de la literatura»,
pero... ―continúa―,
«puede prescindir del hombre
todavía mejor». Por lo tanto, mientras
exista el hombre existirá la literatura. Y
mientras ésta se perpetúe, siempre habrá
lugar para la poesía, O al menos, como decía
Alfonso Reyes, mientras exista una palabra
hermosa, incluso, esto ya lo digo yo, después
de Auschwitz. Aún está por demostrar que
la poesía haga mejor a los hombres.
Particularmente creo que no hace mejor ni al
que la crea. Un vistazo al último siglo
debería de bastarnos para saberlo. Queda
por demostrar también que la poesía cumpla
alguna función específica dentro de la
sociedad, que pueda llegar a ser un medio
para alcanzar un objetivo determinado. Croce
supo ver con claridad que «el arte que
depende de la moral, del placer o de la
filosofía, será filosofía, placer o
moral, pero no arte». Lessing, mucho
antes, aduciendo el ejemplo de los griegos,
no había dudado en preguntar: «¿y qué
tiene que ver el arte con la necesidad?
Y posiblemente ambos estuvieran en lo
cierto. Pero, ¿es entonces el arte, o la
poesía, sobre la que discurrimos ahora, un
simple juego? ¿Un divertimento, una mera
afición, tal vez? No habrá poeta en el
mundo que pueda responder afirmativamente a
esta pregunta. De hacerlo, ya no sería
poeta. Y si al preguntarle por qué escribe
clavara su mirada fijamente en el vacío
para balbucir al cabo: “No sé como podría
explicarlo”, o un más lacónico “Yo no
sé”, no habría razones tampoco para
echarse las manos a la cabeza. La poesía,
imagino que como la pintura, o el cine o las
matemáticas, quién sabe, es una suerte de
pasión, no precisamente inútil, que se
apodera del poeta no dejándole tiempo para
pensar en otra cosa que... en el poema.
Sucede así que cuando preguntan por
mi incipiente poesía, eso que llaman poética,
mi mente se nubla y es asaltada por un
pensamiento: ¿Pero tengo de eso? Un
pensamiento muy simple, ya lo sé, pero que
enmascara resortes porque desplaza el foco
de mi interés, que no es ahora ya pensar en
el poema, como una obrita acabada,
pretenciosamente insustituible, sino pensar
en mi poesía usurpando el puesto del
lector, porque siempre hay un lector, aquel
para el que se escribe, aunque no haya
nacido todavía. Podría decir, lo cual no
es decir nada, que la mía es una poesía
del yo. Subjetiva (cómo no podría serlo),
subjetivista, solipsista, tal vez, la ensoñación
de un paseante solitario (a lo Rousseau), de
un preguntador a la busca de respuestas o de
un respondón que no precisa de preguntas.
Podría enmendarle la plana al mismísimo
Hegel y afirmar que la poesía (y no la
filosofía) es la época aprehendida en
pensamiento, y que por eso decimos de la
poesía que es evocadora, que escarba más
hondo que la geología, que vuela más alto
que los satélites, que explora y expresa lo
más próximo, lo más lejano con mayor
clarividencia que
cualquier otra actividad humana, que
es catacrética porque nombra lo
innombrable, tautológica porque se arma sólo
con palabras. Podría, repito, decir todo
esto y puede que ni siquiera anduviese
descaminado, y seguiría sin decir nada.
Pero se me invita a hablar de mi poesía y
no es de recibo rechazar tal propuesta,
aunque vaya ya por la cuarta copa y haga
media hora que tendría que estar en casa.
Mis poemas son modestos: únicamente aspiran
a gustarme. Mi vanidad reside en pensar que
lo que a mí me pueda parecer bien, haya de
parecerle igualmente bien a otros. En
ese sentido la poesía no puede privarse de
cumplir con una premisa muy básica: ha de
comunicar. Pensar ya en interpretaciones más
o menos homogéneas ya es otra historia. Un
lector, un crítico. Un crítico, una
interpretación. Luego están las fuentes,
de dónde se nutren los poemas, y donde
parecería que nos adentramos en una cuestión
compleja todo se vuelve de lo más sencillo.
La fuente es Todo. O al menos todo lo que me
roza, ni siquiera lo que me interesa. Un
cigarrillo, la última conversación, una
mujer que vende periódicos, la farola sobre
la que descansa su espalda, el automóvil
que sube los cristales cuando ésta se
acerca (¿la mujer o la farola? Tal vez la
espalda). No puedo presumir de que
Shakespeare me haya influenciado más que el
informativo de las 14:30. Ni Vallejo en
mayor medida que la mujer a quien le compro
el pan, y de la que ni siquiera conozco el
nombre. Ni siquiera puedo envanecerme de
afirmar que los cuadros de El Greco me han
marcado más que los ojos de mi sobrino
pequeño, por mucho que recuerde a Hölderlin
cada vez que en su rostro se dibuja una
sonrisa. ¿Será esto una poética? Por si
así fuese añadiré que no me importaría
que mis poemas diesen forma a una poesía
impura, contaminada, ancha, caprichosa, en
muchos casos molesta, y supongo que alérgica
a cierta clase imprecisa de desorden,
enmarcada bajo con un vago ideal de belleza.
Y no porque así lo pretenda. Sino porque así
es como yo la veo. Poesía sin tablas de
piedra pero que no puede resistirse a la
tentación del mármol, sabiéndose
perfectamente imperfecta. Poesía titubeante
o bravucona, que pide permiso o directamente
se cuela, grandilocuente o chiquitita, poesía
sobre la que poder decir muchas, cosas, o
tal vez nada, comprometida o evasiva, gasa o
sangre, puñal y venda. Poesía del
instante, poesía que aspira a ser eterna,
poesía sobre la que, por encima de todas
las cosas, poder volver y escupir con labios
apretados, como el Virgilio de Broch: «y
sin embargo, poesía...».
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