PERSONA

José María Matás Moreno

Vélez-Málaga (Málaga) en 1976 . Licenciado en Filología Hispánica por la Universidad de Málaga, donde actualmente realiza un trabajo de investigación en torno a la obra del poeta César Vallejo. Es co-director de la revista cultural La Pluma y el Tiempo, donde ha publicado artículos sobre temas como la literatura del exilio español, Fernando Pessoa o el escritor venezolano Arturo Uslar Pietri. Además de su asistencia a multitud de cursos y congresos relacionados con las letras, el arte o la filosofía, en fecha reciente ha colaborado en la organización de un Curso sobre William Shakespeare en el marco de los Cursos de Verano de la Universidad de la Axarquía, con sede en Vélez-Málaga. Entre otras actividades se encuentra la que le llevó a co-dirigir y presentar un programa semanal sobre cultura en Radio Axarquía de la cadena SER (durante la temporada 1999/2000). En la actualidad, alterna su labor en algunos medios de prensa escrita locales con la colaboración con la productora malagueña Euromedia Consulting en temas relacionados con la promoción y difusión cultural. En próximas fechas aparecerán trabajos suyos en publicaciones culturales como Empireuma o La poesía, señor hidalgo. Tiene inéditos o en preparación, además de varios artículos, diversos libros (poesía y relato), y guiones cinematográficos, algunos de los cuales se encuentran en estos momentos en fase de pre-producción y estudio.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 POESÍA

 

11-SS

                                     En el paraíso de la traición                                     nada es verdad ni mentira.

                                    Existen cruces, lunas, judíos, talibanes

                                    y hamburgueserías.

                                    Se fuma y se bebe a escondidas.

                                     En el paraíso de la traición

                                    el jabón resulta sospechoso,

                                    el esparadrapo cierra la boca siempre a los otros,

                                    que no son, vaya a creerse, siempre los mismos,

                                    y las fachadas son además de forma

                                    fondo para las mayores ignominias.

                                     En el paraíso de la traición,

                                    no me importa repetirlo,

                                    suena a veces una ópera,

                                    aunque sólo sea para disimular,

                                    la ropa se hace de más o de menos y daña,

                                    y los aviones y los laboratorios

                                    no consiguen silenciar el eco de los ratones enjaulados.

                                     Después, es verdad, tal vez suene un piano,

                                    por encima de los pasos que llevan a las viejas escondidas.

                                    Un piano que rasga y asoma por las altas chimeneas

                                    como el humo por Navidad en casa de un muerto.

 

 

 

©José María Matás Moreno

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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POÉTICA

El día que descubrí que alguien podía tener siete corazones y no encontrar el suyo; o que un hombre podía, sencillamente, cansarse, a veces, de ser un hombre; el día que descubrí países en los que ser feliz consiste, simplemente en ser feliz, que llegué a intuir aquello que el labio virgen no sabe y a temer esos golpes tan fuertes, como del odio de Dios, que abren zanjas oscuras hasta en el rostro más fiero, ese día..., yo no sé, comprendí que las palabras podían ser suaves y posarse y no hacer daño, o aguzar su filo y abrir la carne de la realidad como un bisturí cogido por mano en casos temblorosa, en otros experta.

    Las palabras moldeadas como un barro sumiso, pulidas y puestas a secar al sol, las palabras como esquirlas lanzadas al aire, o incluso como bumeranes que se vuelven sobre nosotros por la espalda. Las palabras, siempre como un dudoso fin en sí mismas, casi siempre macizas por mucho que pretendamos ponerles alas.

    Si el hombre fuese verdaderamente una pasión inútil, ¿en qué lugar tendríamos que colocar a las palabras? Más consolador resulta pensar, como también dijo el mismo Sartre, alguien por otra parte negado para la poesía, que «el mundo puede prescindir perfectamente de la literatura», pero... ―continúa―,  «puede prescindir del hombre todavía mejor». Por lo tanto, mientras exista el hombre existirá la literatura. Y mientras ésta se perpetúe, siempre habrá lugar para la poesía, O al menos, como decía Alfonso Reyes, mientras exista una palabra hermosa, incluso, esto ya lo digo yo, después de Auschwitz. Aún está por demostrar que la poesía haga mejor a los hombres. Particularmente creo que no hace mejor ni al que la crea. Un vistazo al último siglo debería de bastarnos para saberlo. Queda por demostrar también que la poesía cumpla alguna función específica dentro de la sociedad, que pueda llegar a ser un medio para alcanzar un objetivo determinado. Croce supo ver con claridad que «el arte que depende de la moral, del placer o de la filosofía, será filosofía, placer o moral, pero no arte». Lessing, mucho antes, aduciendo el ejemplo de los griegos, no había dudado en preguntar: «¿y qué tiene que ver el arte con la necesidad? Y posiblemente ambos estuvieran en lo cierto. Pero, ¿es entonces el arte, o la poesía, sobre la que discurrimos ahora, un simple juego? ¿Un divertimento, una mera afición, tal vez? No habrá poeta en el mundo que pueda responder afirmativamente a esta pregunta. De hacerlo, ya no sería poeta. Y si al preguntarle por qué escribe clavara su mirada fijamente en el vacío para balbucir al cabo: “No sé como podría explicarlo”, o un más lacónico “Yo no sé”, no habría razones tampoco para echarse las manos a la cabeza. La poesía, imagino que como la pintura, o el cine o las matemáticas, quién sabe, es una suerte de pasión, no precisamente inútil, que se apodera del poeta no dejándole tiempo para pensar en otra cosa que... en el poema.

   Sucede así que cuando preguntan por mi incipiente poesía, eso que llaman poética, mi mente se nubla y es asaltada por un pensamiento: ¿Pero tengo de eso? Un pensamiento muy simple, ya lo sé, pero que enmascara resortes porque desplaza el foco de mi interés, que no es ahora ya pensar en el poema, como una obrita acabada, pretenciosamente insustituible, sino pensar en mi poesía usurpando el puesto del lector, porque siempre hay un lector, aquel para el que se escribe, aunque no haya nacido todavía. Podría decir, lo cual no es decir nada, que la mía es una poesía del yo. Subjetiva (cómo no podría serlo), subjetivista, solipsista, tal vez, la ensoñación de un paseante solitario (a lo Rousseau), de un preguntador a la busca de respuestas o de un respondón que no precisa de preguntas. Podría enmendarle la plana al mismísimo Hegel y afirmar que la poesía (y no la filosofía) es la época aprehendida en pensamiento, y que por eso decimos de la poesía que es evocadora, que escarba más hondo que la geología, que vuela más alto que los satélites, que explora y expresa lo más próximo, lo más lejano con mayor clarividencia que  cualquier otra actividad humana, que es catacrética porque nombra lo innombrable, tautológica porque se arma sólo con palabras. Podría, repito, decir todo esto y puede que ni siquiera anduviese descaminado, y seguiría sin decir nada. Pero se me invita a hablar de mi poesía y no es de recibo rechazar tal propuesta, aunque vaya ya por la cuarta copa y haga media hora que tendría que estar en casa. Mis poemas son modestos: únicamente aspiran a gustarme. Mi vanidad reside en pensar que lo que a mí me pueda parecer bien, haya de parecerle igualmente bien a otros. En ese sentido la poesía no puede privarse de cumplir con una premisa muy básica: ha de comunicar. Pensar ya en interpretaciones más o menos homogéneas ya es otra historia. Un lector, un crítico. Un crítico, una interpretación. Luego están las fuentes, de dónde se nutren los poemas, y donde parecería que nos adentramos en una cuestión compleja todo se vuelve de lo más sencillo. La fuente es Todo. O al menos todo lo que me roza, ni siquiera lo que me interesa. Un cigarrillo, la última conversación, una mujer que vende periódicos, la farola sobre la que descansa su espalda, el automóvil que sube los cristales cuando ésta se acerca (¿la mujer o la farola? Tal vez la espalda). No puedo presumir de que Shakespeare me haya influenciado más que el informativo de las 14:30. Ni Vallejo en mayor medida que la mujer a quien le compro el pan, y de la que ni siquiera conozco el nombre. Ni siquiera puedo envanecerme de afirmar que los cuadros de El Greco me han marcado más que los ojos de mi sobrino pequeño, por mucho que recuerde a Hölderlin cada vez que en su rostro se dibuja una sonrisa. ¿Será esto una poética? Por si así fuese añadiré que no me importaría que mis poemas diesen forma a una poesía impura, contaminada, ancha, caprichosa, en muchos casos molesta, y supongo que alérgica a cierta clase imprecisa de desorden, enmarcada bajo con un vago ideal de belleza. Y no porque así lo pretenda. Sino porque así es como yo la veo. Poesía sin tablas de piedra pero que no puede resistirse a la tentación del mármol, sabiéndose perfectamente imperfecta. Poesía titubeante o bravucona, que pide permiso o directamente se cuela, grandilocuente o chiquitita, poesía sobre la que poder decir muchas, cosas, o tal vez nada, comprometida o evasiva, gasa o sangre, puñal y venda. Poesía del instante, poesía que aspira a ser eterna, poesía sobre la que, por encima de todas las cosas, poder volver y escupir con labios apretados, como el Virgilio de Broch: «y sin embargo, poesía...».