| POESÍA
LA
HUIDA
Yo
flotaba escondido
del
paso de las noches, sin ella,
sin
conciencia
más
que en una barca lejana que se mueve y duele
verla
mecerse sin que estar allí, sea la plenitud
sin
respirar el viento de su proa,
la
mágica forma de sufrir
por
lo perdido, de gozar por lo perdido
de
vivir cada instante sin un remordimiento,
un
horizonte,
las
lentas alas con que los pájaros
cogen
el cielo que anochece.
Y
una puerta al abismo, o a la luz.
Eran
tardes gozosas, monumentales tardes
de
oro entre los goznes
de
los días. Eran ojos rotundos
nada
olvidadizos,
y
era océano sus lágrimas,
su
dolor de gaviota empalada en la punta
del
pasado, y no ver
su
color,
su azul de mar redondo
su
canción rellenando mis huesos de cristal.
Todas
las cosas que sabían,
lo
que hacía reposar el aire.
Un
beso que no ha acabado nunca,
todo
allí quedó.
La
materia de los minutos,
seda
sobre la frente febril
y
sudorosa,
música
de las cosas que duermen despiertas,
la
entrada al paraíso por el pliegue
de
la arruga recién acariciada,
y
no era suficiente
algo
en el tiempo, algo en la distancia
de
esas nubes
algo
en las pestañas de las demás mujeres,
en
la forma de máscara
del
canto a la verdad sin tono o melodía,
sólo
ruido
y
el adiós
y
la huida.

EL
FINAL DE UN AMOR FOU
Habité
tu cuerpo destinado
a
lastimarme, a amarte entre las rosas,
a
espinas que se abren. En la losa
de
tu peso de muerte hube bailado.
Elegiste
el amor más desatado
y
el dolor, y la herida más morbosa
y
el suicidio de la memoria. Hermosa
fue
aquella noche en que me vi postrado
como
tu sangre de mi sangre era
anhelando
presencia de tu vientre
al
vicio o la pasión más animal,
al
recuerdo de tus ojos cuando mueras
con
mis manos en tu cuello adolescente
cuando
tu grito anticipó el final.
©Miguel
Angel García
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