| POESÍA
DESIERTO
DE LOS MONEGROS
El
coche en sombra bajo el tendejón
y
flecos de maleza parda junto a las ruedas.
El
sol de mediodía percute en el asfalto
y
siembra el arenal de transparencias.
Dos
muros desdentados,
una
señal de tráfico,
restos
de chapa y neumáticos rotos
son
cuanto evoca
el
tiempo de los hombres, su transcurso.
La
botella de agua y tus gafas veladas.
Estar de paso es
de repente
este
paisaje alucinado,
esta
incredulidad de diez minutos
que
es otro modo de distancia
y
convierte la vida en memoria precoz.
Dejas
caer el agua por tu frente
y
el pelo se te encrespa, más oscuro.
Has
vuelto a abrir los ojos
y
una sonrisa rompe el maleficio,
este
breve paréntesis de insidia
que
tiembla con el aire, como humo.
La
mueca de tu alivio es una calma
y
sé reconocer su contundencia.
Veloz
hacia un destino
que
nos llama sin conocernos,
el
coche arranca y deja surcos en el arcén.
Queda
sólo esta luz,
la
aguja fiel de agosto
que
horada cuanto toca,
más
allá de nosotros.
©Jordi
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