| POESÍA
I
Los
rostros moldean su aspereza
en
las delicias.
Empalagan
la ciega efigie
al
saciar el gusto en las formas.
¿acaso
vagan en los manantiales del vino?
Son
el mismo barro forjado de sal
y
alba.
II
El
amanecer...
El
calor une a las miradas tras los corredores
que
una vez condujeron a mis venas.
Lejos
el
deseo esconde uno a uno
a
los siervos del agua,
círculo
de espadas emanando los sitiales,
inmolando
en las piedras el reflejo de la luz.
Medusa
calla...
y
danza en los vitrales.
III
El
árido suelo cubre mis huesos,
la
niebla se espesa y propaga.
Los
cobertizos sellan el aire
que
podría entrar en mis pulmones.
Espero
el morir de los árboles,
me
refundo en noches de luna llena
y
búhos de madera.
Escojo
mi propio olvido en un suspiro
Profano,
escarbo
mi lecho de cadáveres malditos...,
me
encierro en la desgracia,
la
escribo con tintes gris oscuro
en
obituarios y lápidas resquebrajadas por el
tiempo.
En
la agonía del viento,
recuesto
mi cráneo sobre la tierra,
los
gusanos carcomen mi espíritu,
los
depredadores nocturnos me ensucian de
sangre,
la
maleza me cubre con sus raíces.
Ya
no puedo decir nada...
aquella
rosa que vigilaba mi silencio ha muerto,
¡yo
me he ido con ella!
y
conmigo el despertar de la noche.
iv
El
silencio oculta al vacío
proyectando
sus sombras
en
retratos enmohecidos,
detrás
del metal cortante
de
catacumbas y sótanos.
Las
aldabas chocan
agudas.
las
lápidas camina en fechas rotas
acaso
los muertos
aguarden
silenciosos.
Ellas
decapitan
cada noche,
se
hacen relatos
rasgados.
Solo
la memoria deshuesada
mezcla
al polvo con las telarañas,
sin
respeto,
sin
lamento,
sin
despertar al tiempo.
Los
duendes cabalgan solos,
sepultan
sus restos en ollas de barro.
La
penumbra se ha desencadenado
en
poros de cal y piedra.
Miradas
desfiguradas,
formas
yacentes..., muertas.
Los
fantasmas
imploran
piedad
tras
el cristal cortado.
¡Solo
sus deshechos han quedado!
©David
Sánchez Santillán
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