MONOGRÁFICO RELATO HIPERBREVE
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"El Explorador"
©Ilustración Mercedes Díaz
©Jim Heinrich
Jim Heinrich recibió su licenciatura magna cum laude en Español y su maestría en Literatura Española en la University of Oregon. Ha vivido y dirigido programas de estudios en España y México para Seattle University y la University of Oregon. Actualmente imparte clases de lengua en Humboldt State University, donde también es Director del Laboratorio de Lenguas Modernas. El profesor Heinrich se ha abocado sistemáticamente a desarrollar métodos de enseñanzas de lengua y cultura para los estudiantes norteamericanos. Su preocupación por la integración de la tecnología y la enseñanza se traduce en su participación en varios proyectos de carácter nacional. Ha participado con equipos de profesores en varios proyectos educacionales subsidiados por el National Endowment for the Humanities. Es el director técnico de la revista electrónica El Cuento en Red.
Con el alba, el explorador abrió los ojos. Al principio no sabía dónde estaba, pero entonces recordó lo de anoche. Había andado durante horas, perdido en la oscuridad, esperando encontrar alguna salida. Entonces, muy lejos, había visto esa luz extraña, diáfana, y se había dirigido a ella. El frío y la humedad de la cueva le habían molestado mucho, pero no les había prestado atención. Por pura casualidad había encontrado la grieta. Creía que nunca habría podido salir por un espacio tan reducido, pero por fin salió fuera de la cueva, libre. Anduvo hasta que no pudo más y se paró para descansar. Rendido sin fuerzas ni para pensar, permitió que el sueño le llegara. Ahora, desde lo alto del acantilado, miró a su alrededor. Descubrió un terreno que se extendía sin horizonte, desierto y hostil, cubierto de un blanco frío. Desenrrolló su cuerda y empezó a descender la cuesta escarpada con cuidado e inquietud. Al llegar al fondo del ancho cañón, lo vio aún más estéril que desde arriba: No veía ni una planta ni oía ningún sonido, ni siquiera los ecos de sus propios pasos sobre la tierra dura. Ya estaba lejos del nicho donde había pasado la noche, se lo había perdido de vista. Encontró un pequeño charco de agua clara y bebió profundamente. Creyó sentir una sombra que lo sobrepasó, pero al mirar hacia arriba, no había nada. Oyó el agua a lo lejos, callada al principio, convirtiéndose en un torrente furioso que crecía con fuerza y que sonaba más cerca cada momento, hasta que hizo tanto ruido que casi le ensordecía. Luego, la vio: Una ola arrebatada que llenó el cañón y venía hacia él. Del montón de agua se elevaban tenues volutas de vapor y él se quedó paralizado por un momento, pero luego rompió el encantamiento y empezó a correr, correr tan rápido como sus piernas extenuadas le permitían. Vio el agua aún más cerca, como alguna bestia salvaje y brutal que buscaba su muerte. Ya sabiendo que era inútil, se rindió, y el torrente lo alcanzó, lo abofeteó, lo cubrió. Y la última cosa que vio antes de perder la conciencia fue una gran sombra sobre él. "Carmen," dijo Pablo, " puedes tomar el baño ahora, maté la araña".
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