MONOGRÁFICO RELATO HIPERBREVE

 

 

                                                                                                                                                                       Microficción: Muestrario Modelo de Característica


Por 

©Dolores M. Koch

©Ilustración Mercedes Díaz

Dolores M. Koch nació en La Habana, Cuba. Emigró a los Estados Unidos con su familia en 1961. Completó su Maestría y Doctorado en Literatura Hispanoamericana en la City University of New York (1986). Ha enseñado a nivel secundario y universitario por muchos años. Ha publicado numerosas reseñas y estudios literarios y ha participado en congresos internacionales. También ha escrito varios textos educacionales para la enseñanza del español. En la actualidad traduce al inglés cuentos, novelas y memorias, tales como, Before Night Falls, y The Doorman, de Reinaldo Arenas; Where Light and Shadow Meet, de la viuda de Oskar Schindler; [Fidel] Castro's Daughter, de Alina Fernández; y Angel of Galilea, de la novelista colombiana Laura Restrepo. En el año 1981 presentó su primer trabajo sobre el micro-relato y continuó trabajando en el tema hasta presentar su disertación en el año l986. Nunca ha abandonado su interés por el micro-relato

Muchas de las minificciones escritas hoy se acercan a la viñeta. No poseen el aspecto narrativo de exposición, nudo y desenlace, ya sea de una serie de acciones (minicuento) o de cierto modo de pensar o de jugar con una idea (microrrelato); o la musicalidad de un lenguaje cincelado y preciso, el elemento poético sugerente, el refinado sentido del humor o el golpe de ingenio que nos permite un cambio de perspectiva, de los mejores ejemplos del siglo pasado.

                Este corto muestrario modelo (que no hace distinciones entre minicuento y microrrelato, pues su nomenclatura, al fin y al cabo, no viene al caso) quizá inspire a recobrar parte de la brillantez clásica, que debo añadir todavía se practica, pues todos estos ejemplos, bastante recientes, poseen al menos una de las tradicionales características generales. Están tomados, con alguna excepción, de escritores hispanoamericanos, aunque hoy día su práctica es internacional. No vamos a investigar aquí las causas, pero el interés creciente es un hecho innegable, dado el número de antologías publicadas en distintos continentes.

                Ahora bien, en cuanto a si son o no literatura, habrá no iniciados que piensen, al leer estos ejemplos, que por su brevedad no pueden serlo, que se acercan demasiado a la ocurrencia ingeniosa o a la greguería. Aquí debo explicar que por razón de espacio, y por esto pido perdón, he tenido que escoger para ilustrar las características principales de esta modalidad los textos más hiperbreves posibles, donde casi no puede apreciarse su cabal literaturidad. Pero si el haiku japonés es considerado literatura, no veo por qué textos hiperbreves pero bien desarrollados no puedan serlo igualmente. El texto muy breve no es una novedad, pero éstos han adquirido ya características bastante definidas. Cierto es que bastan unos minutos para leerlos, pero si quisiéramos explicarlos o parafrasearlos, nos llevarían mucho más (existe un libro completo de ensayos sobre uno de los más cortos y notorios: “El dinosario”, de Augusto Monterroso). No está de más recordar que aunque la brevedad es una característica esencial, no representa su verdadera esencia. En general, pudiera decirse que la minificción se empeña en darnos una nueva visión del mundo en un afán de originalidad e ingenio que a menudo se apoya en los conocimientos o participación del lector. Veamos algunas de estas características.

 

1. Reversiones, parodias, y alusiones de obras conocidas.

Demuestra una red de conexiones, un diálogo intertextual entre escritores, con la complicidad del lector conocedor. Esta reversión alcanza, desde luego, hasta la más famosa de todas las minificciones, como vemos en “El dinosaurio”, de Pablo Urbanyi:


                   Cuando despertó, suspiró aliviado: el dinosaurio ya no estaba allí.

                A veces las alusiones son múltiples, y en eso consiste parte de su gracia. Esta es “Contrariedad”, de Blau Carras, que juega con ésta y con una de Jorge Luis Borges que ya jugaba con un famoso filósofo.

                   Hace unas horas era una mariposa que revoloteaba sobre la cabeza de un chino dormido. Después me desperté y fui un dinosaurio. ¿Soy un dinosaurio que recuerda haber soñado que era una mariposa sobrevolando a un chino o una mariposa que sueña ahora que es el dinosaurio que lo mira dormir? Chuang Tzu, soñador de este dilema, despierta y constata molesto que el dinosaurio todavía está allí. Intuye las incasables multitudes que repetirán esta pueril solución del bello enigma y lamenta amargamente su inoportuno despertar.

                Desde luego, jugar con personajes conocidos de otras obras es también un recurso para lograr la brevedad, pues no requiere descripciones. Veamos “Instrucciones para no perderse en el Infierno”, de René Avilés Fabila.

                   Tome fuertemente la mano de Beatriz y no la suelte pase lo que pase.

                Borges, que nos hizo mirar la literatura de diferente modo en sus minificciones pioneras, es objeto de toda clase de alusiones. Ana María Shua le da una vuelta a la tuerca en “El jardín de los senderos:”

                   Si nunca me extravié en el jardín de los senderos que se bifurcan es porque fui fiel al antiguo proverbio que exige: en la encrucijada, divídete. Sin embargo, a veces me pregunto: la felicidad, ¿no es elegir y perderse?

 

2. Hacer uso de personajes históricos, bíblicos, o de la cultura popular, además de los literarios.

Múltiples microrrelatos se han escrito sobre personajes, y en particular sobre Adán y Eva (y sobre las manzanas). La finalidad es frecuentemente desacralizadora. Ni Dios ha logrado escapar. Veamos una muestra de Avilés Fabila, sin título.

                   Si Dios creó a la humanidad, entonces El es el primer doctor Frankenstein de la Historia.

                Sobre la tentación, tenemos uno de Raúl Brasca, “Polimorfismo”.

                   Sentado en la rama del árbol vecino, el chico miraba con codicia la manzana más madura. Tendió la mano para arrancarla y en el mismo momento recordó el pecado original que acababan de enseñarle en catecismo. Retiró la mano indeciso y buscó la serpiente enroscada en el tronco. No estaba. Son puras mentiras, se dijo y, como tantas otras veces, arrancó la manzana, la lustró frotándola contra la camisa y la mordió. Mientras masticaba, miró distraídamente la fruta mordida. Se paralizó. Escupió espantado lo que tenía en la boca y arrojó lejos el trozo que le quedaba. Había visto un pequeño gusano que emergía de la pulpa. Con el diablo nunca se sabe, pensó.

                Un personaje conocido del lector puede combinarse a veces con un formato nuevo no literario, para lograr la desfamiliaridad. Avilés Fabila nos proporciona otro ejemplo en “Anuncio”.

                   Oriundo de Hamelin, soy flautista y alquilo mis servicios: puedo sacar las ratas de una ciudad o, si se prefiere, a los niños de un país sobrepoblado.

 

3. Hacer uso de formatos antiguos como bestiarios,  leyendas y cuentos folklóricos

Como puede verse por el ejemplo anterior, muchos microrrelatos combinan varias características, y escritores de distintas épocas parecen responderse unos a otros, no sólo con los dinosaurios, sino con las jirafas, los monos, las sirenas. El formato de bestiario o de leyenda obliga a una musicalidad de canto rodado que recuerda el proverbio y el dicho popular. Excepcionales son aquí los de Juan José Arreola y Augusto Monterroso, si bien parten de distinta base que los bestiarios antiguos, pues tienden a adjudicar cualidades animales a los humanos. El propósito es frecuentemente humorístico, como en esta reversión, de Juan Armando Epple,  de un cuento infantil tradicional, “Para mirarte mejor”.

                   Aunque te aceche con las mismas ansias, rondando siempre tu esquina, hoy no podríamos reconocernos como antes. Tú ya no usas esa capita roja que causaba revuelos cuando pasabas por la feria del Parque Forestal, hojeando libros o admirando cuadros, y yo no me atrevo ni a sonreírte, con esta boca desdentada.

                La personificación de objetos comunes requiere un despliegue de ingenio, aunque pudiera decirse que éste es un requisito esencial del microrrelato. “Bodas de fuego” es un buen ejemplo, de Guillermo Samperio.

                   Un cerillo, ataviado de novio, sale hacia la iglesia. Al llegar se entera, por boca de los cerillos parientes, que la novia escapó en compañía de un cerillo vestido de amante. El novio frota su cabeza y aparece un pequeño bozo ardiendo bajo el cigarro.

                Veamos uno, que vagamente nos recuerda al haiku, de César Antonio Alurralde, “Lagrimones”.

                   Un llanto insonoro denunciaba su triste palidez sin emitir un gemido. Sus ojos parpadeaban apurados y un lagrimón tras otro rodaba irremediablemente por las mejillas. En un rincón, el cirio se consumía con la noche.

 

4. Ofrecer nuevas perspectivas.

Hay algo de rebeldía y de afán de salirse del campo trillado en la mayoría de los micro-relatistas.

Se basan en perplejidades, paradojas y cambios de perspectiva que nos obligan a una nueva manera de mirar al mundo. El asunto es a veces obvio, pero oscurecido por la rutina o la falta de juicio crítico. De Alvaro Yunke, tenemos “La ciencia”.

                   Yo ladro como vos  y, sin embargo, el hombre a mí me persigue.

                   Y el perro contesta al lobo.

                   –Pero, ¿olvidas que yo, además de ladrar, sé lamer la mano.

                Una de las ventajas de leer o escribir minificciones que nos dan un cambio de percepción es que desarrollan el juicio crítico. Nos recuerdan la sabiduría popular o la libresca pascaliana. De Augusto Monterroso, “Carne y espíritu”.

                   Es cierto, la carne es débil; pero no seamos hipócritas: el espíritu lo es más.

                El uso de la paradoja es frecuente. Veamos “Hombres de maíz”, de Juan Armando Epple.

                   Creció entre los choclos de una modesta chacra de Limache leyendo novelas de vaqueros y soñando con las doradas praderas del lejano Oeste norteamericano. Cuando lo expulsaron del país fue a parar a un pueblito de Ohio. Allí trabajó varios años en una tediosa fábrica procesadora de maíz, añorando los verdes campos de Limache. Ahora vive en una granja de Limache, fastidiando a los vecinos con sus historias sobre la fabulosa extensión de los maizales dorados de Ohio.

                A veces presentar una nueva manera de ver las cosas requiere un salto mayor. Este, sin título, es de Luisa Valenzuela.

                   La verdadera crueldad de las espinas no reside en tenerlas sino en irlas perdiendo, dejándolas prendidas en la azorada piel de quien tenga la osadía de acercársenos.

                La médula del microrrelato queda afuera a veces, y es el lector quien tiene que llenar algunos espacios vacíos. De Ana María Shua, “La Que No Está”.

                   Ninguna tiene tanto éxito como La Que No Está. Aunque todavía es joven, muchos aÁos de práctica consciente la han perfeccionado en el sutilísimo arte de la ausencia. Los que preguntan por ella terminan por conformarse con otra cualquiera, a la que toman distraídos, tratando de imaginar que tienen entre sus brazos a la mejor, a la única, a La Que No Está.

                Algunos escritores se empeñan en hacernos pensar. De Augusto Monterroso, tenemos “Caballo imaginando a Dios”.

                   A pesar de lo que digan, la idea de un cielo habitado por Caballos y presidido por un Dios con figura equina repugna al buen gusto y a la lógica más elemental, razonaba los otros días el Caballo. Todo el mundo sabe – continuaba en su razonamiento – que si los Caballos fuéramos capaces de imaginar a Dios, lo imaginaríamos en forma de Jinete.

                Ciertos visos poéticos, que acercan el microrreato al poema en prosa, permiten a veces hacer una meditación  más explícita. Como ejemplo, “Nudos en el pañuelo”, de Ernesto Santana.

                   Me dijeron que así no olvidaría. Viendo el nudo, recordaría enseguida lo que no debía olvidar. Hoy, mi único pañuelo es un nudo de nudos que nada significa. Como otras veces, empiezo por deshacer el nudo, y entonces es como si resultara al fin aquello por lo cual hice esa marca.. Cuando el pañuelo queda libre de nudos, estrujado pero leve, lo contemplo un rato sobre mi mano con cierta inquietud, como si fuera un ave rara que sabe algo que yo no sé, pero que nunca podrá decírmelo.

 

5. Hacer uso de un final ambivalente.

Un final ambivalente, sugerente al mismo tiempo de otra verdad, se debe quizá, al menos en algunos casos, a la influencia del haiku japonés, cuya brevedad fue además popularizada en México por José Juan Tablada. Tenemos aquí uno, inédito, de Lázaro Gómez Carriles, “Sobre la verde y húmeda yerba”.

                   Hojeando un poemario en una espléndida tarde de verano, el poeta se deleitaba despreocupado sobre la yerba. Se había arremangado los pantalones, y refrescaba sus pies desnudos en las serenas aguas del río. Como una tormenta que se desata de imprevisto, un gomioso caimán –  respondiendo a un instinto natural – lo agarró por una pierna y desapareció entre las turbulentas aguas. Allí quedó el libro de poemas sobre la verde y húmeda yerba.

                El doble significado se logra por implicación, como en “Función de la crítica”, de Marco Denevi.

                   “Períptero”, escribe el artista.

                   –Períptero– acota el crítico–es lo que rodea la cella. ¿Está claro?

6. Hacer uso de un final sorpresivo.

Sorprender al lector al final es una de las características más notables del cuento, y por tanto, del minicuento. El tema de la literatura reflejándose en sí misma es a veces fértil. De Alvaro Barnagán García, “Epílogo”.

                   Cuando escribió la palabra “fin” se dio cuenta de que su personaje aún respiraba, pero ya era tarde para ayudarlo, así que cerró la pluma y lo dejó morir.

                Para que sea más literario, debe alejarse un poco del chiste y la anécdota, pero su frecuente  propósito humorístico a veces lo traiciona. Veamos un ejemplo, “Corrección cinematográfica”, otra vez de Avilés Fabila.

                   Cuando el aterrado público esperaba ver al inmenso King-Kong tomar entre sus manazas a la hermosa Fay Wray, el gorila con paso firme salió de la pantalla, y pisoteando gente que no atinaba a ponerse a salvo, buscó por las calles neoyorquinas hasta que por fin dio con una película de Tarzán. Sin titubeos – y sin comprar boleto – con toda fiereza, destrozando butacas y matando espectadores, se introdujo en el film y una vez dentro ansiosamente buscó a su verdadero amor: Chita.

                De Victorio Lichy tenemos otro ejemplo, “Sin título”.

                   Un día oscuro de otoño de un oscuro año, llegó a una oscura estación de tren de un oscuro pueblo de provincia, un oscuro personaje que llevaba oscuras intenciones. Justo apareció un bichito de luz y le arruinó los planes.

 

7. Crear una nueva realidad.

En busca de novedad, puede crearse una nueva realidad, ya sea poética, fantástica o absurda.

Veamos una de Jesús Ortega, “Ebrias”.

                   Las mariposas al volar lo hacen muy erráticamente debido al néctar que beben en las flores. El néctar las mantiene embriagadas de manera permanente. Las personas de aguda capacidad auditiva refieren que en el silencio es posible el leve sonido de su hipo a cada desviación en la trayectoria de su vuelo.

                Si la nueva realidad es muy absurda y resulta difícil interpretar su sentido, nos recuerda una pintura moderna, pero cabe meditar sobre su autenticidad literaria. Esta nueva realidad puede ser fantástica, y cualquier modalidad del cuento clásico puede ejercitarse. Hay muchos ejemplos de minicuentos policíacos, pero voy a incluir uno fantástico, “Búsqueda”, de Julia Otxoa,

                   Ella andaba siempre de aquí para allá, preguntando por alguien a quien nadie conocía. Hasta que un avispado paseante le dio pelos y señales del lugar donde encontrar a quien buscaba. Entonces supo que aquel ser monstruoso, producto de su imaginación, se había hecho realidad. Tenía nombre y apellido. Esperaba en una concreta dirección de la ciudad a que ella, inevitablemente condenada, llamara a su puerta.

8. Juegos de lenguaje.

Un golpe de ingenio, basado en el juego entre las ideas y un lenguaje imaginativo, da origen a algunas minificciones. Veamos “Confesión esdrújula”, de Luisa Valenzuela.

                     Penélope, nictálope y noctámbula, teje redes para atrapar un cíclope.

De Ana María Shua, que nos ha regalado con tantos micro-relatos ingeniosos, tenemos “Naufragio”.

                   ¡Arriad el foque!, ordena el capitán.¡Arriad el foque!, repite el segundo. ¡Orzad a estribor!, grita el capitán. ¡Orzad a estribor!, repite el segundo. ¡Cuidado con el bauprés!, grita el capitán. ¡El bauprés!, repite el segundo. ¡Abatid el palo de mesana!, grita el capitán. ¡El palo de mesana!, repite el segundo. Entretanto, la tormenta arrecia y los marineros corremos de un lado a otro de la cubierta, desconcertados. Si no encontramos pronto un diccionario, nos vamos a pique sin remedio.

                Y para terminar con una sonrisa, Guillermo Cabrera Infante, tan dado a los juegos de palabras, nos ofrece una pequeña obra maestra de concisión, si se me permite, aunque no sea apta para menores, “Canción cubana”, en la que de la frase inicial se pierde una última palabra en cada línea.

                ¡Ay, José, así no se puede!

                ¡Ay, José, así no sé!

                ¡Ay, José, así no!

                ¡Ay, José, así!

                ¡Ay, José!

                ¡Ay!

 Dolores M. Koch

New York, 7 de mayo de 2002

 

 

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