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Cuentos
Cortos

©Ilustración
Mercedes Díaz
Por
©Armando
Romero
Armando Romero.
Cali, Colombia, 1944.
Licenciado en español y literatura de la
Universidad del Valle, perteneció al grupo
inicial del Nadaísmo en Cali.
Master y doctor en literatura latinoamericana
de la Universidad de
Pittsburgh, Estados Unidos, obtuvo el grado con
una tesis sobre los poetas
que él por primera vez agrupa con el nombre de
Mito por haber colaborado en
la revista del mismo nombre, ensayo que en 1985
fue publicado en libro por
Procultura en Colombia con el nombre de Las
palabras están en situación.
Viajó y residió en varios países de América
y Europa, entre ellos Venezuela,
donde fue promotor cultural, fundó revistas
culturales, editó libros, hizo
cine. En Grecia escribió su primera novela Un
día entre las cruces.
Traductor e investigador, es actualmente
profesor de literatura
latinoamericana de la Universidad de Cincinnati,
en Estados Unidos.
Libros de poesía: Los móviles del sueño
(1976); El poeta de vidrio (Caracas,
1976); Del aire a la mano (1983); Las
combinaciones debidas (Buenos Aires,
1989) y A rienda suelta (Buenos Aires,
1991); Cuatro Líneas (México, 2001);
Hagion Oros-El monte Santo (Caracas,
2001)
Sus libros de ensayos, fuera del mencionado al
principio: El Nadaísmo
o la búsqueda de una vanguardia (1988); Gente
de pluma (1989).
Los de cuentos: El demonio y su mano (1975);
La casa de los vespertilios
(1982); La esquina del movimiento
(1992); Una mariposa en la
escalera -selección de los libros
publicados- (1993); Lenguas de juego
(1998); La raíz de las bestias; y
las novelas: Un día entre las cruces
(1993) y La piel por la piel (1997).

EL FILÓSOFO
Ya poco queda del filósofo en la cantina.
Pedazos, retazos. Le faltaba un
pie, una pierna al filósofo. Un brazo, una
mano. Pocas cosas: un cenicero,
la huella de su uña en la madera, el
rastrillar del zapato. Limitados a
verlo de esa forma era como un cristal en la
ventana descomponiendo la luz,
irritándola, arañando las paredes donde el
papel reproducía figuras
borrosas, como ahora el filósofo,
arriesgándose a no ser, a irse entre
volutas.
Las pocas personas que
prestaban atención a la presencia del
filósofo, a
más de nosotros, también desaparecieron.
Luzmila, quien una vez le dio con
el plato y su sonrisa en plena cara, se limpió
las manos en el delantal,
esos dedos rojos de lavar loza, y salió del
cuadro, y aunque se presumía que
estaba allí, ya nunca más se la pudo ver. El
árabe, conocido como el turco,
el libanés, el judío, el infiel, el maldito
que se lleva la quincena entre
las telas, también se fue con los vientos,
pasó el umbral, al sol, y se
perdió calle abajo, carreta en mano, nunca
volvió. Alonso Aguado, borracho
entre las patas de las mesas se convirtió en
tres o cuatro tapas de cerveza
cuando volteamos a mirar. Asimismo vieron al
filósofo otras personas que
encontraron la nada como un perrito amarrado al
poste del alumbrado, y por
ello sufrieron y se desvanecieron.
Que el filósofo hubiera perdido las
extremidades es una historia singular
que uno no puede narrar sin detenerse en el
pensamiento como frente a un
semáforo. La historia era que a cada idea que
tenía el filósofo le apostaba
un pedazo del cuerpo. Tan convencido estaba de
la verdad de sus argumentos.
Así, a la idea de que el viento estaba
compuesto de dos partes iguales con
distinto peso y volumen, la cual hacía
descender de los antiguos helenos, le
tiró al azar la suerte de sus dedos y por
consiguiente su mano, y la perdió
cuando el viento del amor único le traspasó
la camisa y le arrulló el
corazón. Él decía, contento, que esa vez
casi apuesta la cabeza.
Un pie por la caída de los cuerpos como razón
de la inmanencia del alma;
toda una pierna por los negocios turbios de la
fe y la esperanza; el hígado
por la transubstanciación de los cuerpos; el
apéndice por la infalibilidad
del Papa. No sabemos a qué extraña razón
apostó a Luzmila y a los otros.
Poco queda del filósofo en la cantina:
cenizas, los garabatos de su uña en
la madera, el rastrillo de un zapato contra el
suelo. Afortunadamente no
tuvo tiempo de tener una nueva idea por
nosotros, o tal vez supuso que no
valíamos el hilo de su pensamiento. Y aunque
esta reflexión es triste, nos
permite saborear el gusto de una victoria.

ÁNGEL
EN LA
ESPALDA
(CON
TIGRE TAPADO)
Etelvina lleva un ángel pegado a sus espaldas.
Es un ángel con ojos
saltones; parece una lechuza, un pájaro con
alas en la cabeza. Se le pega en
la espalda como un tatuaje, y se queda allí
entre colores y uno puede pasar
la mano sin sentir su presencia, sólo las
costillas y la columna de
Etelvina. Pero hay días en que salta de su
espalda y sale, aunque allí
continúa, sin caer al suelo. Etelvina dice que
el ángel le tiene miedo al
tigre, que lo atisba desde el poyo de la
ventana. Un día construimos un
laberinto en el patio de la casa para atraer al
ángel, pero fue el tigre el
que se perdió en él. No era un laberinto muy
grande, ni qué decir del de
Dedalus, pero era sin embargo un laberinto con
todas sus entradas y salidas
en falso, con varios minotauros saltando
traviesos por las tapias de piedra.
Hasta un pequeño Borges de plástico le
habíamos puesto como advertencia en
una encrucijada de mil y una posibilidades al
infinito. El tigre se lo llevó
en la boca, alguien dijo. Pero a Etelvina no le
gusta este cuento, y dijo de
dejarlo inconcluso, sólo con esta moraleja: No
se puede tener un ángel en la
espalda, un tigre y un laberinto al mismo
tiempo sin que nuestro pequeño
Borges de todos los días no sufra las
consecuencias.
UN
PUEBLO DE GUERREROS
La historia final de mi capitán Aristóbulo
Rengifo tendrá que narrarla algún
día alguien con mejor palabra que yo. Porque
mi capitán era el hombre más
valiente y decidido que ejército alguno
hubiera tenido en nuestra patria.
Patria de ejércitos fuertes y de héroes
grandes como usted sabe. Lo cierto
es que mi capitán Rengifo, alcalde en nuestro
pueblo, luchó toda una vida
contra los insurgentes, contra los bandoleros,
contra todos esos que ponen
en peligro la dignidad de la patria y de su
gente. Muchas fueron sus
victorias y pocas sus derrotas, como
corresponde a un hombre integérrimo y
ecuánime como él, pero la lucha se prolongó
por nuestras vidas porque los
desalmados nacían y crecían sin parar. Un
buen día, y ya estábamos bastante
viejos para ese entonces, llegó un parte de la
capital. Era directo y decía:
"Basta de jueguitos. Hay que darle en la
madre a la insurgencia". Ahí
mismito mi capitán Rengifo mandó a matar a
todas las mujeres del pueblo.
Santo remedio.
©Armando
Romero
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