MONOGRÁFICO RELATO HIPERBREVE

 

 

                                                                                                                                                                       

"Ropa Usada"

©Ilustración Rodolfo Franco


Por

 ©Pia Barros

 

  Dirige los Talleres Literarios Ergo Sum.Esditora de libros objeto de la Editorial Asterión.

Profesora del Programa para Chile de la Humboldt State University, California. Docencia Es Profesora de Técnicas Narrativas en la Escuela de Periodismo de la Universidad Bolivariana. Otros Sus libros se encuentran traducidos al inglés, y algunos de sus cuentos al italiano, ruso y alemán. Publicaciones Miedos Transitorios, 1985, cuentos.A Horcajadas, 1990, cuentos. El Tono Menor del Deseo, 1991, novela. Signos Bajo la Piel, 1995, cuentos. Ropa usada, cuentos, 2000.Lo que ya nos encontró, 2001, novela interactiva en CD car.

Los que sobran, cuentos, 2002. Aparece en una treintena de antologías tanto en Chile como en el extranjero.

Ha dictado clases en universidades de Estados Unidos y Alemania.  Es panelista estable del programa político de TV, “EL Termómetro”, Chilevisión.

 


 Ropa Usada I
 (A Ana Madre)


 Un hombre entra a la tienda. La chaqueta de cuero, gastada, sucia,
atrapa su mirada de inmediato. La dependienta musita un precio ridículo,
como si quisiera regalársela. Sólo porque tiene un orificio justo en el
corazón. Sólo porque tras el cuero, el chiporro blanco tiene una mancha
rojiza que ningún detergente ha podido sacar. El hombre sale feliz a la
calle.
A pocos pasos, unos enmascarados disparan desde un callejón. Una
bala hace un giro en ciento ochenta grados de su destino original. Se
diría que la bala tiene memoria. Se desvía y avanza, gozosa, hasta la
chaqueta. Ingresa, conocedora, en el orificio. El hombre congela la
sonrisa ante el impacto.
La dependienta, corre a desvestirlo y a colgar nuevamente la
chaqueta en el perchero.
 Lima sus uñas distraída, aguardando.

 Ropa usada II
 (A Edith)

 La cita inesperada es a las ocho. No hay tiempo para cruzar la
 ciudad, llegar a casa y ponerse el atuendo para la ocasión. La tienda de
 ropa usada, la dependienta de la lima de uñas, los colgadores atestados. A
 la muchacha el vestido azul se le clava en las pupilas. Pide una bolsa y
 va al probador. Se enfunda en la gasa trasparente. Toda ella un hálito de
 azul. Recoge el pelo en un moño apretado, dibuja una línea en el párpado.
 Sale del probador lista para la cita.
 El hombre que la aguarda se levanta de su silla al verla entrar. Al
 hombre, el corazón le da un vuelco extraño en el pecho.
 La muchacha lo observa comer ansioso. Se mira las uñas descascaradas
 que no van con el atuendo.
 El hombre se atraganta con la carne. El color de su piel pasa del
 enrojecimiento profundo, al gris.
 La muchacha mira una vez más sus uñas y piensa molesta:"Mierda, debí
 haber comprado el negro".

 Ropa usada III
 (A mis amigos de Arrieta; Martita y Manuela, José y los demás)


 Ella es fea desde el primer instante, desde el primer recuerdo.
 Encogida, casi oculta, entra a la tienda; hace demasiado frío y
 necesita algo con qué abrigarse, con qué ocultarse de esas ráfagas de
 conciencia de sí misma que la acusan en cada vidriera.
 Y los abrigos están allí, en fila, suaves, llamativos, clásicos:
 todo un despliegue de belleza hecho tela en diferentes décadas.
 Entristecida, comprueba una vez más, con el dolor de un latigazo,
 que nada en este mundo está hecho para ella. Los lugares comunes desfilan
 uno tras otro, "Córrete fea" "Engendro" "aunque la mona se vista de
 seda"... los escucha sin oír, desgarrada.
 La dependienta se lima las uñas, estira los dedos, la deja rebuscar.
 Compadecida, indica con la uña del índice un lugar al fondo de la tienda.
 Allí se apilan las sobras de las sobras.
 Camina como siempre, casi oculta hasta de sí misma y entonces lo
 descubre: es el abrigo más feo que exista sobre el planeta.
 Lo acaricia, lo arrulla compasiva, se envuelve en él. Radiante,
 estira el billete a la dependienta que deja la lima para recibirlo..
 El cruce de los lenguajes mudos y el milagro: a plena luz de la
 mañana, se ha producido la belleza.
 La dependienta sabe que la belleza es algo impensado.



 Ropa usada IV
 (A Pedro Lemebel)


 Han entrado a la tienda con unos minutos de diferencia. Si hubiesen
 cruzado la misma esquina entre los millones de rostros de la ciudad,
 habría sido a mucho tiempo de distancia. Si fuera por las estadísticas,
 jamás se hubieran encontrado.
 La piel morena, la palidez hasta la transparencia. De un lado, el
 dedo blanquecino, casi lunar, atraído por la chaqueta que tiene un
 orificio de bala justo frente al corazón. Del otro lado, el dedo oscuro,
 prieto, acaricia la misma prenda y adivina el chiporro y ese lamento
 entibiador de la muerte.
 Los dedos se llaman en susurros silenciosos, se alcanza, se tocan,
 se quedan quietos, ambos, en el roce, el pálido lunar y el oscuro prieto.
 Los dedos llevan a la mirada también a tocarse y la claridad azul se
 sumerge en el castaño casi negro.
 Sin aviso, sin palabras, los dedos sin despegarse del roce van hasta
 los probadores.
 La dependienta lima sus uñas pensando que el deseo es un verbo tan
 extraño.
 Más tarde, irá a cubrir la desnudez de los muchachos con la capa del
 quinto probador, y sonreirá sigilosa al ver las paredes llenas de susurros
 sin palabras.
 Y cuando sea ya la hora del cierre, les dirá que se levanten, que echen a
 andar.



 Ropa usada V
 (A Paz)


 Camina un poco aturdido ante lo excesivo de la oferta. El muchacho es
 tímido, algo lento en las decisiones.
 Le marea la variedad de colores y formas, los ganchos atestados, lo sobrio
 junto a la vulgaridad. "esto es el nuevo milenio", piensa con aires de
 intelectual y sonríe ante lo pedante de su pensamiento, aunque es joven y
 puede permitirse ese lujo.
 Se prueba la chaqueta gris, observando cómo parece adecuarse a su cuerpo.
 Juraría que hace unos instantes, era más grande. Los hombros se aprietan,
 ofreciendo un calce perfecto.
 No sabe por qué, pero camina decidido hasta el tercer gancho y coge sin
 ver los pantalones haciendo juego. Va hasta el probador, se pone los
 pantalones y sale certero hasta el cuarto pasillo, donde el suéter parece
 llamarle a gritos. De ahí, pasa raudo junto a la dependienta y en el
 cajón atestado, mete la mano a la que se adhiere una corbata de tonos
 oscuros.
 Algo en el fondo del cerebro le avisa que no puede pagarlo, pero, con las
 ropas que traía, va hasta la caja. La muchacha lo mira con una tristeza
 infinita en las pupilas.
 El muchacho es ahora arrogante, severo, duro como una piedra de cascada.
 Por un instante parece dudar y ella asoma una cierta y vaga esperanza a la
 mirada.
 Pero no, vuelve a pararse imperioso ante ella.
 "Busque en el bolsillo interior de la chaqueta"- susurra ella, conocedora.
 El hombre ahora, mete la mano y saca una chequera atiborrada.
 Extiende los billetes y sin mirarla ni despedirse, sale a la calle.
 Una mujer al verlo, se echa a llorar. El hombre camina, prepotente, por la
 vereda.
 ""Tú, tú golpeaste a mi hijo hasta morir", susurra otra, a su paso.
 El hombre sigue. La ciudad le pertenece.
 Es que los trajes de los torturadores nos calzan bien a todos, piensa la
 vendedora limándose las uñas, derrotada.

 Ropa usada VI
 (A Abril, Miranda, Tania, Daniela y las demás)


 La niña camina con el paquete y se detiene ante la tienda.
 Entra y se empina para que la muchacha pueda verla tras el
 mostrador.
 Deja la lima para preguntarle qué quiere, si la puede ayudar, aunque
 no tiene monedas para darle, le aclara.
 La niña ríe y la claridad pareciera inundarlo todo tras su risa.
 No, dice, yo te he traído un regalo. Cuando ya no se usa algo, mi
 mamá dice que debemos darlo, y yo te lo traje. Cuélgalo, se verá lindo.
 La dependienta deja caer las lágrimas, una a una, y besa las manos
 de la niña, que se aleja a saltitos acompasados por la vereda.
 Aún llorosa, cuelga la Alegría en el primer probador, aguardando a
 que alguien la desee.


 Ropa Usada IX
 (A Maruxa)

 La tienda, vacía, sin compradores. La dependienta deja la lima a un
 lado. El vestido antiguo, de terciopelo verde y la tarde para jugar a una
 ella que no es.
 La dependienta cierra las puertas, la cortina metálica y la caja con
 llaves.
 Se introduce en el vestido verde, que deja sus hombros al
 descubierto. Glamorosa, se inclina en una reverencia ante el tercer frac
 del quinto perchero. El frac se inclina ante ella.
 De todos los colgadores, la ropa vuela y poco a poco aparecen los
 rostros de cada tarde; mendigos, actrices, duques, borrachas callejeras,
 putas de otros siglos, sepultureros tristes, domadores, enmascarados,
 viajeros empolvados de tiempo.
 El vals tácito y las ropas en sus antiguos dueños. Una aire de
 festejo y de tragedia. De desencanto y euforia.
 La tienda es un salón de baile callado, luminoso.
 Mañana, los fantasmas a sus lugares de siempre. Futuros compradores
 se pelearán en los percheros por los trajes que ocuparon.


 ©Pia Barros

 

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