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BAZAR DE
INGENIOS

©Ilustración
Rodolfo Franco
por
©Noemí
Montetes Mairal
Una de las formas más populares de este
principio de siglo ha sido la de los
microrrelatos o minicuentos. En este artículo
se hace un repaso a los antecedentes de este género
mestizo y a las razones de su gran popularidad.
Agilidad, rapidez y brevedad son los rasgos de
estas obras.
Si
nos pusiéramos grandilocuentes, académicos y
estupendos, podríamos empezar este artículo
indicando que cada época o movimiento estético
acostumbra a destacarse en el ejercicio de un género
literario específico -dos a lo sumo. Aquel -o
aquellos- que mejor se adecúan a su manera de
pensar y a su contexto histórico y cultural.
Los clásicos grecolatinos brillaron
especialmente en la tragedia y la lírica (la lírica,
sí, ese género minoritario y sutil que casi
siempre suele ser el que acostumbra a llevarse
el gato al agua en cuanto a la innovación de
tendencias estéticas se refiere). La Edad
Media destacó por la elaboración de romances
narrativos y épicos. Los Siglos de Oro -con la
gratísima excepción de la novela cervantina,
adelantada a su tiempo-, dieron un paso de
gigante renovando la lírica y el teatro, más
que la prosa, que, aunque sobresale en su
vertiente picaresca, no alcanzará altas cotas
de madurez hasta el siglo XIX. El
enciclopedista siglo XVIII -con la Ilustración
a la cabeza- privilegiará el cultivo del
ensayo como el género más adecuado para sus
intenciones didácticas. El Romanticismo, a
caballo entre el XVIII y el XIX, se ejercita
fundamentalmente en la práctica de la lírica.
El Realismo-Naturalismo recupera la herencia
cervantina y eleva la novela a cotas de calidad
literaria difícilmente superable.
El
siglo XX da comienzo a finales del XIX con la
irrupción del Modernismo. Alcanza su punto álgido
con la eclosión de las vanguardias y en los años
sucesivos se dedica a reinventar las herencias
pasadas, tratar de darles la vuelta, de
plantear los mismos temas y motivos desde
perspectivas insólitas. Es la época de la
experimentación, de la búsqueda de las últimas
fronteras, de los límites de la expresividad
lingüística: del vacío al grito, del todo y
la nada. ¿Cuál sería entonces el género o géneros
que hayan de caracterizar los atributos
singulares del siglo XX por encima de cualquier
otro? Si tratamos de pensar en las obras
cumbre, distintivas y esenciales escritas y
dadas a conocer en este siglo que todavía es
el nuestro y que condiciona totalmente nuestro
modo de ver y aprehender la realidad, la
respuesta es confusa. Es el siglo de La
tierra baldía, del Ulises,
de los caligramas, de Macondo y Yoknapatawpha,
de los caminos de Swann, de El
Aleph, de Las elegías de Duino... El siglo que
no ha creado tan grandes, inmortales personajes
de novela como sí conseguirían, con mucha
mayor brillantez, los grandes novelistas del
XIX, pero que ha llevado el lenguaje y la técnica
narrativa y lírica a los límites de la
indefinición, de la expresión humana, de la
mezcla absoluta de géneros, artes y
disciplinas: la experimentación, el mestizaje,
se convierten en sus más adecuadas señas de
identidad. La confusión, la síntesis, el
deleite por lo fragmentario, todo lo decible y
lo indecible se dan la mano en la literatura
del XX. Todo cabe.
Es
también el siglo que se mueve por las
autopistas de la información, donde la
necesidad de la comunicación rápida, concisa,
inmediata, se ha convertido en la divisa de
finales del siglo XX y de principios del XXI.
No es por tanto baladí que se esté volviendo
a replantear la muerte de la novela en el
momento en el que también reaparece la moda,
el gusto por el relato hiperbreve, el
microrrelato, el micro o minicuento, las
historias mínimas, el cuento o relato mínimo
o brevísimo (porque de todas estas formas ha
sido denominado, y su dificultad para ser
definido no es más que una característica
sintomática de la dificultad que entraña
precisar su naturaleza polimórfica). Y no es
tampoco gratuito que cuando la generación de
Ortega postulaba la muerte de la novela a
principios de siglo fuese también un momento
especialmente brillante y saludable de este
extraño género híbrido que nos ocupa, y que
entonces despuntaba de la mano de los autores
que coqueteaban con la poesía, la greguería,
el aforismo, el ensayo o el artículo corto.
Como ahora, poco más o menos.
Porque probablemente la característica más
específica del género del microrrelato sea
precisamente esta -como hemos indicado unas líneas
más arriba- la seña de identidad, asimismo, más
distintiva del siglo XX: el mestizaje entre los
géneros, las artes, las disciplinas. Y así el
microrrelato, que coquetea con el relato
propiamente dicho, pero también con el poema,
la prosa poética, el aforismo, la greguería,
la máxima, el haiku, el artículo periodístico,
el relato fantástico, el chiste, la
adivinanza, la fábula, el apólogo, el ensayo
breve, la pieza teatral, el guión cinematográfico,
el lenguaje de la publicidad (o incluso,
rizando el rizo, también, por qué no, con el
estilo telegráfico de muchos e-mails o con el
lenguaje escueto de los mensajes entre teléfonos
móviles), se convierte en el género mestizo
por antonomasia. Un género híbrido,
manejable, moldeable y, por tanto, ambiguo,
impreciso: de difícil catalogación y definición.
Características todas ellas que responden
perfectamente, por su agilidad, rapidez y
brevedad, a los signos de nuestros tiempos.
Incluso se podría llegar a aventurar quizá,
por qué no, que siendo uno de los géneros más
prometedores del XX, se trate del que mejor
llegue a definir y caracterizar los rasgos del
XXI. Quién sabe. Sea como fuere tampoco
resulta una teoría muy disparatada, y, si no,
léanse las Seis
propuestas para el próximo mileno de Italo
Calvino y veremos si resulta o no demasiado
arriesgado, al menos, sugerirlo.
Y
es que no hay más que estar un poco atento a
los anaqueles de las librerías donde se
exhiben las últimas novedades que se publican
para comprobarlo. Pero no busquemos sólo en
las tiendas de libros. El auge de los
microrrelatos se advierte sobre todo en la
prensa periódica y especialmente en internet.
O en los dos soportes a la vez. Lo cierto es
que no podría ser de otra manera: la misma
naturaleza del género convierte estos medios
de difusión en su instrumento más adecuado, más
afín al carácter del género.
Para muestra un botón, un ejemplo, y cito este
como podría haber escogido cualquier otro: el
18 de junio del 2002 el diario El Mundo publicó en sus páginas
culturales esta noticia: "Más de 2.000
textos han participado en el VIII Concurso de
Microrrelatos Digitales elmundo.es, que se ha
celebrado durante la Feria del Libro en la
edición electrónica de este diario". Lo
cual nos informa por un lado del auge del género
tanto en la prensa periódica como digital, y
por otro del elevado número de adeptos
(autores y lectores), a razón tanto del
volumen de textos presentados como de que ya se
trataba de la VIII convocatoria del concurso.
Un auténtico logro, desde luego.
Pasémonos ahora a la competencia, al diario El
País. En las páginas de su suplemento
dominical en numerosas ocasiones se han
publicado varias entregas de microrrelatos,
tanto de escritores consagrados como de simples
aficionados que hacían sus pinitos en el género,
logrando resultados ciertamente notables.
Asimismo en Babelia, el suplemento cultural del
mismo periódico, y desde hace varias semanas,
Juan José Millás, un experto en el género de
los articuentos
(como a él le agrada definir los textos que
pergeña, y ya ha publicado algún volumen
reuniendo los mejores de su vasta producción)
dirige una sección en la que los numerosos
oyentes del programa radiofónico de la cadena
Ser, La
ventana, tienen la oportunidad de que sus
relatos breves sean leídos en antena y de que
posteriormente estén entre los escogidos por
Millás para ser publicados en las páginas de Babelia.
El fenómeno de los microrrelatos, y cabe
insistir en ello, no ha hecho más que empezar.
Tampoco quisiera pasar por alto la publicación
de un volumen que, pese a ceñirse más bien al
género del relato corto más que al del
microrrelato, también nos indica hasta qué
punto está extendido popular e
internacionalmente el gusto por este nuevo género.
Me refiero a la recopilación de historias de
oyentes que el destacado escritor neoyorquino
Paul Auster ha recogido en su recomendable
volumen Creía
que mi padre era Dios. Para entendernos, se
trata más o menos del mismo procedimiento
seguido por Millás en España: una emisora de
radio norteamericana le sugirió a Auster que
leyese relatos suyos por radio. Él pensó en
declinar la oferta, hasta que su mujer, la
escritora Siri Hustvedt, le propuso que en vez
de leer sus propios textos brindara a los
oyentes la oportunidad de ser ellos mismos los
que escribiesen relatos breves, impactantes, ágiles,
entre los que él elegiría los mejores para
ser leídos en antena. El experimento fue un éxito
rotundo. Tanto, que decidió realizar una
segunda criba y recoger -de entre aquellas
narraciones que fueron leídas- las de mayor
calidad literaria para su publicación. El
resultado es Creía
que mi padre era Dios (subtitulado Relatos
verídicos de la vida americana), una
recopilación que, a fuer de su editor, retrata
como pocos libros la idiosincrasia íntima, auténtica,
la manera de ser y comportarse de los
ciudadanos de su país. Y si de americanos
hablamos -aunque no sea este el contexto más
adecuado para alargarme sobre ello- no podemos
dejar de apuntar que en el fenómeno de los
microrrelatos los norteamericanos son
destacados cultivadores del género, y que
ellos sí se han puesto de acuerdo en una
definición genérica, la cual, si bien no
acaba de resultar muy convincente, al menos no
lleva a la confusión en la que estamos sumidos
los lectores en el ámbito hispánico: los
denominan short-short stories, y al género, sudden fiction.
Centrémonos, por tanto, en los escritores del
ámbito hispánico. Como claros precursores de
este nuevo género cabe señalar a principios
del siglo XX a Ramón Gómez de la Serna (con
sus caprichos,
o sus greguerías)
y también a Juan Ramón Jiménez, Jorge Luis
Borges, Adolfo Bioy Casares, Julio Cortázar,
Enrique Anderson Imbert, Juan José Arreola,
Max Aub (ejemplares sus Crímenes
ejemplares para ser incluidos en cualquier
antología del género que se precie), Ana María
Matute, Juan Eduardo Cirlot, Ignacio Aldecoa,
José Ángel Valente o Rafael Pérez Estrada,
por citar sólo algunos entre los mayores.
Y a Augusto Monterroso (probablemente quien más
haya hecho por popularizar el género,
consiguiendo que su famoso Dinosaurio haya
traspasado toda frontera), Luis Mateo Díez,
Javier Tomeo, Juan José Millás, Hipólito G.
Navarro o Juan Eduardo Zúñiga entre los que
todavía continúan cultivando la escritura de
microcuentos con asiduidad.
En los últimos diez o doce años se han ido
publicando, además, diversas antologías que
también han contribuido a fortalecer y
difundir el género. Nunca está de más citar
al menos tres o cuatro títulos. Primero y
principal, el volumen quizá más citado y
desgraciadamente inencontrable en librerías:
se trata de la compilación de Antonio Fernández
Ferrer, cuyo título remite precisamente a un
microrrelato de Juan Ramón Jiménez: La
mano de la hormiga. Los cuentos más breves del
mundo y de las literaturas hispánicas, Ed.
Fugaz, Madrid, 1990. Más cercanos, y
enumerados por orden cronológico cabe destacar
también los siguientes volúmenes: Quince
líneas. Relatos hiperbreves, de Varios
Autores, Ed. Tusquets, 1996; la compilación de
José Luis González, Dos
veces cuento. Antología de microrrelatos
(con prólogo de Enrique Anderson Imbert),
publicado por Ediciones Internacionales
Universitarias en 1998; y finalmente el más
reciente de los cuatro, a cargo de Lauro
Zavala: Relatos
vertiginosos.
Antología de cuentos mínimos, Ed.
Alfaguara, Madrid, 2000.
Y una vez puestos los lectores en necesarios
antecedentes, abordemos la muy reciente
publicación de varios volúmenes prácticamente
simultáneos recogiendo microrrelatos ya clásicos
o de nueva planta como son los siguientes: la Antología
de cuentos e historias mínimas (Col.
Austral), Por
favor, sea breve (Páginas de Espuma), Galería
de hiperbreves (Tusquets), o Lavapiés
(microrrelatos)
(Opera prima).
De los cuatro, el volumen más condicionado por
un criterio de selección académico o al menos
didáctico es la Antología
de cuentos e historias mínimas, editada
por Miguel Díez R.. para la colección Austral
de Espasa. Su editor, un destacado especialista
no sólo en el género del microrrelato, sino
del relato en general (se encargó asimismo de
la selección de textos para dos compilaciones
de relatos anteriores, valiosas y muy
difundidas, como fueron la Antología
del cuento literario, publicada en 1985, y La memoria de los cuentos, también en
Espasa) ofrece en este volumen treinta y tres
cuentos de extensión más o menos estándar y cuarenta y dos textos que
él prefiere denominar "historias mínimas"
de los autores más representativos del género.
Así, encontramos desde un texto de Petronio o
de Las mil y una noches a narraciones de
Calvino, Cortázar, Tagore o Manuel Vicent.
Historias mínimas de todas las épocas (aunque
prevalezcan ejemplos de textos de los siglos
XIX y XX), escogidos basándose en el simple
criterio de la calidad y del acierto literario.
Cabe destacar, por ende, el interés del prólogo
que abre la obra, por su didacticismo y su
claridad expositiva al analizar la necesidad
que siempre ha mostrado el ser humano de
explicarse a sí mismo y a su entorno con la
ayuda de la creación de ficciones; así como
también al irnos desvelando las claves de la
estructura y difusión oral y escrita de los
relatos de todos los tiempos y todas las
culturas. Por
favor, sea breve (Antología de relatos
hiperbreves), a cargo de la escritora
argentina Clara Obligado y publicado en Páginas
de Espuma también pretende ofrecer una antología
basada en la calidad de los textos, pero limitándose
esta vez al ámbito hispánico y a autores del
siglo XX. Pocos peros cabe ponerle a la selección
de relatos hiperbreves de Clara Obligado, todos
ellos muy bien escogidos. Únicamente que quizá
su compilación adolezca de una tendencia
excesivamente marcada de escoger para su
antología microcuentos de autores argentinos.
También cabe añadir como hecho relevante por
su originalidad la estructura de la selección:
los textos se ordenan según un criterio
menguante, del relato más extenso al más
breve. Idea esta que se la debe al también
destacado autor de microrrelatos Hipólito G.
Navarro, quien había escogido la misma pauta
para organizar los cuentos que recoge en su
libro Los
tigres albinos, y que, ya puestos, me
apresuro a recomendar.
Galería
de hiperbreves es una antología de
microrrelatos seleccionada y editada por el Círculo
Cultural Faroni, una agrupación de amigos que
un buen día decidieron ir reuniéndose de
cafetería en tasca, y de esta en taberna, para
fundar un club de aficionados a este género
(en cuya dirección encontramos a un autor de
la categoría y el reconocimiento literario que
ostenta Luis Landero, entre otros. No en vano
el nombre del Club toma su denominación de un
personaje de la novela de Landero Juegos
de la edad tardía). Fueron ellos los
responsables de la publicación del volumen de
microrrelatos citado con anterioridad, Quince líneas (Tusquets, 1996). El título
alude a la obligatoriedad de que ninguno de los
textos presentados sobrepasaran esa extensión.
Con motivo precisamente del décimo aniversario
de su creación, en 1992, decidieron reunir una
segunda compilación de microcuentos con los
textos de los ganadores y finalistas de las últimas
cinco convocatorias del Premio Internacional
del relato Hiperbreve, promovido por el citado
Club. El volumen, por tanto, recoge sesenta
relatos mínimos entre los más brillantes
presentados a este premio. La mayoría de sus
autores son casi desconocidos, pero ello no es
óbice para que el volumen destaque por la
calidad de sus textos, y confirma que no
siempre los escritores conocidos y galardonados
son los autores mejores y más representativos
de este género literario.
Lavapiés
(microrrelatos) es la apuesta de una
editorial, Opera Prima, que empezó con lo
puesto pero que cada vez está logrando mayor
prestigio en el ámbito de la edición
independiente en España. La idea de formar un
volumen con los textos de treinta y cinco
autores españoles y extranjeros recreando el
ambiente de barrios mestizos como Lavapiés
parte de la propia directiva editorial. En esta
antología se dan cita autores como Benjamín
Prado, Lorenzo Silva, Alfonso Sastre, Jorge
Consiglio, José Luis Sampedro y otros tantos
-hasta treinta y cinco- menos conocidos por el
gran público, con recreaciones de universos
plurales como son los populares barrios de la
Boca, el Raval, y rincones oscuros y cambiantes
de Nueva York o Granada. En tiempos mestizos
como los nuestros nunca esta de más plasmar la
vida de universos heterogéneos y cambiantes,
haciendo uso de un género híbrido y de tan
difícil catalogación como el microrrelato.
Sirva como ejemplo unas líneas escogidas de
uno de estos relatos hiperbreves, "Estación
mestizaje", de Gonzalo Bartomeu:
"Cruzas por Fe y apareces en su plaza:
guitarras, un radiocasete con salsa, tambores,
pies negros, manifestación, movida; pocos
policías. Los ritmos y las caras se confunden
en el metro -estación Mestizaje- (...) Te
paras y te preguntas: ¿de dónde ha salido
esta gente tan distinta? Me atrae. Algo extraño
pasa aquí y no sé bien qué es. ¿Lo sabes tú?".
¿Qué ocurre en el planeta literario?
"Algo extraño pasa aquí y no sé bien qué
es. ¿Lo sabes tú?" podríamos asimismo
cuestionarnos. Quién sabe. No ha muerto ningún
género. Descreamos de los augures que anuncian
la muerte de la novela cuando su creciente número
de lectores y autores, las estadísticas e
incluso cualquier visita a un vagón de metro
escogido al azar nos lo desmienten. Pero sí es
cierto que asistimos, si no al nacimiento, sí
a la eclosión de un género nuevo. Bienvenido
sea.
Díez R., Miguel (ed.),
Antología de cuentos e historias mínimas,
Ed. Espasa-Calpe, Col. Austral, Madrid, 2002.
Obligado, Clara (ed.), Por favor, sea breve, Ed. Páginas de
Espuma, Madrid, 2001. Círculo Cultural Faroni
(ed.), Galería
de hiperbreves, Ed. Tusquets, Barcelona,
2001. AAVV, Lavapiés (microrrelatos), Ed. Opera
Prima, Madrid, 2001.
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