MONOGRÁFICO RELATO HIPERBREVE
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MINICUENTOS Y MINIPOEMAS
©Ilustración Rodolfo Franco
©Miguel Díez R. La
lírica y la narrativa son dos categorías genéricas
perfectamente diferenciadas. La primera incluye
aquellas obras que presentan la realidad vista
desde el propio sujeto, una visión, por lo
tanto, íntima y personal, expresión del mundo
interiorizado (sentimientos, estados de ánimo,
vivencias, etc.). La narrativa relata acciones
en un mundo de ficción creado por el autor
como si existiese fuera de él. La lírica
–recalcaban los viejos profesores- expresa
y la narrativa cuenta. Los
estudiosos del relato literario moderno, el que
nace en el siglo XIX principalmente con Edgar
Allan Poe, hablan con unánime consenso de las
dos características de todo buen cuento: la
concentración y la tensión.. La concentración
es una exigencia de un género tan breve
por definición. Supone la eliminación,
reducción y depuración de todo aquello que no
sea rigurosamente necesario: tema, motivos,
personajes, ambiente, aspecto lingüístico.
Podemos imaginar gráficamente al autor de
cuentos como un señor con unas enormes tijeras
que corta y poda sin descanso hasta dejarlos
convertidos en puro meollo narrativo, y
persigue desaforadamente, en este caso con un
tridente en ristre, el “efecto único” del
que hablaba E. A. Poe. La tensión, muy relacionada con lo
anterior, consiste en enganchar de tal manera
al lector que le sea imposible sustraerse o
desviarse del discurso narrativo. “En la
creación de un cuento, sólo hay tensión y no
tregua. Ahí radica precisamente el secreto de
su poder de atracción sobre el lector”
(Baquero Goyanes). Y Julio Cortázar dice que
“el gran cuento breve condensa la obsesión
de la alimaña, es una presencia alucinante que
se instala desde las primeras frases para
fascinar al lector... De un cuento así se sale
como de un acto de amor, agotado y fuera del
mundo circundante, al que se vuelve poco a poco
con una mirada de sorpresa, de lento
reconocimiento, muchas veces de alivio y tantas
de resignación”. Pues
bien, esa concentración y esa tensión del
cuento consiguen una especie de iluminación o
deslumbramiento que, curiosamente, relacionan
al relato moderno con el poema lírico, del que
antes lo diferenciábamos. Si en la poesía se
encuentra el grado límite de la expresión, en
el cuento se halla el de la narración, y éste,
como aquella, se concibe súbitamente, como en
un intenso resplandor; y las emociones y
sentimientos que un cuento despierta algunas
veces en el lector pueden ser muy parecidos a
los de la lectura de ciertos poemas; “un
efecto -como se ha afirmado- entre deslumbrador
y quemante”. Si
hablamos de cuentos muy breves, los denominados
microrrelatos o minicuentos, aquellos cuya
extensión va desde unas pocas palabras hasta
una o dos páginas, también podemos referirnos
como minipoemas, a poemas de muy pocos versos .
En estos dos casos la concentración, la tensión
y el consecuente deslumbramiento han de ser
todavía más intensos. Lo que Ana Mª Matute
afirma de todo buen cuento –“redondo y
gustoso como una naranja y hondo y profundo
como una navaja”-, es necesario aplicarlo con
mayor énfasis a microrrelatos y minipoemas. En
la literatura popular y tradicional española,
antigua y moderna –también, desde luego, en
la culta- nos encontramos con mucha frecuencia
con pequeños poemas (coplas, soleares,
seguidillas, villancicos, pequeños romances)
que en su brevedad y aparente simplicidad
impresionan por el mundo sugerente que con
tanta fuerza emotiva presentan. Son, en el
plano de la expresión, lo que los minicuentos
en el de la narración, y pueden denominarse,
como ya hemos indicado, minipoemas. *
* * Las
jarchas son cancioncillas mozárabes,
las más antiguas muestras líricas conservadas
en la primitiva lengua romance de la comunidad
hispánica cristiana que vivía en el
territorio dominado por los árabes, el Al-Andalus.
La más antigua, datada en el siglo XI, pero
que seguramente ya la cantaba el pueblo desde
mucho antes, es un bellísimo poema, pura
expresión del más profundo amor, puesta en
boca de una muchacha. 1.
Tanto amare, tanto amare, habid,
tanto amare, enfermaron
olios nidios e
dolen tan male. (¡Tanto
amar, tanto amar,/ amigo, tanto amar,/
enfermaron los ojos brillantes/ y me duelen
mucho!) *
* * A
propósito de esta otra jarcha, escribió Dámaso
Alonso :”De una lobreguez de siglos llega a
nuestra embotada sensibilidad de hombres del
siglo XX [XXI] una voz fresca y desgarrada, nítida
y exacta, como si brotara ahora mismo de una
garganta juvenil, y lo que nos conmueve es su
desnuda, su trémula , su impregnante
belleza”. 2.
Vaise mio
corazón de mib. ¿Ya,
Rab, si se me tornarád? ¡Tan
mal me doled li –l-habid! Enfermo
yed, ¿cuándo sanarad? (
Se
va mi corazón de mí./ ¡Ay Señor!, ¿acaso
se me tornará?/ ¡Cuánto me duele por el
amado!/Enfermo está, ¿cuándo sanará?) *
* * Un
famoso villancico castellano, probablemente del
siglo XV, presenta, en lograda síntesis
popular, todos los elementos necesarios para
comprender la trágica situación de la
muchacha, que llora a su amado muerto, en el
olivar donde antes tenían sus encuentros
amorosos. Su dolor es tan intenso que -en una
trasposición muy eficaz poéticamente- sus
gritos y lloros desesperados conmueven incluso
a la misma naturaleza. 3.
Gritos
daba la morenica so
el olivar, que
las ramas hace temblar. La
niña cuerpo garrido, morenica,
cuerpo garrido, lloraba
su muerto amigo so
el olivar, que
las ramas hace temblar. *
* * En
el Cancionero Musical de Palacio (finales del
siglo XV o principios del XVI) llama la atención
una cancioncilla anónima de tan sólo cinco
versos. Todo en este poema ha sido reducido, drástica
pero intensamente, a un verbo, mataron, y a un lugar obsesivamente
repetido, en Ávila. No hay nada más –ni
menos-; sobra cualquier elemento ornamental
para que nada distraiga la atención. Como diría
Juan Ramón Jiménez, “basta lo
suficiente”. De esta manera, tan escueta y
desnuda, se expresa el sentimiento doloroso de
una mujer (¿quién?) por el asesinato (¿quiénes
y por qué) de su amante (¿quién?). Un
ejemplo del más puro y despojado lirismo. ¿Se
puede ser más expresivo con menos palabras? 4.
En Ávila,
mis ojos, dentro
en Ávila. En
Ávila del Río, mataron
a mi amigo, dentro
en Ávila. [
Rafael Alberti, en Marinero
en tierra (1925), como homenaje a la
anterior cancioncilla del siglo XV, la recreó
en su conocido y también bellísimo poema MI
CORZA : Mi
corza, buen amigo,/ mi corza blanca./ Los lobos
la mataron/ al pie del agua./ Los lobos, buen
amigo,/ que huyeron por el río./ Los lobos la
mataron/ dentro del agua.] *
* * La
lírica popular ha llegado casi hasta nuestros
días con nuevas aportaciones, pero manteniendo
las dos características de las primeras
manifestaciones: La concentración y la
expresividad. En esta seguidilla burgalesa se
presente, en contraste paralelo, el
arrobamiento propio de la vivencia amorosa y la
visión , tan intensa en el mundo natural, del
movimiento de los árboles mecidos por el
viento. 5.
A los árboles
altos los
lleva el viento y
a los enamorados el
pensamiento. *
* * En
otra seguidilla del cancionero popular moderno
de la montaña leonesa, en contraste con la
aseveración impersonal y descalificadora de
los pastores en general, la voz de una muchacha
enamorada defiende el perfume fresco y natural
de su amante: dicen,
frente a lo que ella personalmente afirma; pastores,
en general, convertido en pastorcito,
diminutivo cariñoso y singularizador; sebo,
atribución negativa –olor desagradable a
grasa animal-, contrapuesto a romero,
el aroma natural de una planta del campo. 6.
Dicen que
los pastores huelen
a sebo, pastorcito
es mi amante, huele
a romero. *
* * Para
terminar este fugaz recorrido por los
cantarcillos populares españoles, recogemos
dos muestras
del rico folclore andaluz. Antonio Machado en Juan
de Mairena decía que estas coplas, como la
primera, podrían hacerlas suyas muchos
enamorados, los cuales no acertarían a
expresar su sentir mejor que aquí se expresa,
y añadía, “a esto llamo yo poesia popular,
para distinguirla de la erudita o poesía de
tropos superfluos y eufemismos de negro catedrático”.
La última cancioncilla confirma irónica e
irrefutablemente lo que en principio se niega. 7.
Tengo una
pena, una pena, que
casi puedo decir que
yo no tengo la pena: la
pena me tiene a mí. 8.
Dices que no la quieres ni
quieres verla, pero
la vereíta de
tu casa a la suya no
cría yerba. *
* * Como
pequeño homenaje a la lírica popular que se
expresa también en nuestra lengua, allende los
mares, recordamos una cancioncilla de la
tradición moderna argentina. ¿Es posible
–nos preguntamos-manifestar más intensamente
y con menos palabras la soledad amorosa del
hombre? 9.
En mi
pago me llaman el
pobresito, porque
tiendo el recado, duermo
solito. *
* * El
romancero popular constituye la poesía
nacional por excelencia. En palabras de J.L.
Alborg, “un inmenso poema disperso y popular
que representa una de esas pocas cumbres
excelsas en la literatura de todos los países,
capaces de llegar al alma de todo un pueblo sin
distinción de clases ni de preparación
intelectual”. El
siguiente romance procede de uno de Juan del
Encina, muy divulgado en el siglo XVI,
reelaborado por la voz popular hasta
convertirlo en un singular esbozo dramático de
amor y muerte, en el que destaca la rapidez
narrativa, la viveza del diálogo y la
alternancia de primera y tercera personas
narrativas; consiguiéndose así un angustioso
clímax que culmina en los versos finales,
cumpliéndose inexorablemente el fatïdico
encuentro. 10.
EL ENAMORADO Y LA MUERTE Un
sueño soñaba anoche soñito
del alma mía, soñaba
con mis amores que
en mis brazos los tenía. Vi
entrar señora tan blanca muy
más que la nieve fría. -¿Por
dónde has entrado, amor? ¿Como
has entrado, mi vida? Las
puertas están cerradas, ventanas
y celosías. -No
soy el amor, amante; la
Muerte que Dios te envía. -¡Ay,
Muerte tan rigurosa, déjame
vivir un día! -Un
día no puede ser, una
hora tienes de vida. Muy
deprisa se calzaba, más
deprisa se vestía; ya
se va para la calle, en
donde su amor vivía. -¡Ábreme
la puerta, blanca, ábreme
la puerta, niña! -¿Cómo
te podré yo abrir si
la ocasión no es venida? Mi
padre no fue al palacio, mi
madre no está dormida. -Si
no me abres esta noche, ya
no me abrirás, querida; la
Muerte me está buscando, junto
a ti vida sería. -Vete
bajo la ventana donde
labraba y cosía, te
echaré cordón de seda para
que subas arriba, y
si el cordón no alcanzare mis
trenzas añadiría. La
fina seda se rompe; la
Muerte que allí venía: -Vamos,
el enamorado, que
la hora ya está cumplida. *
* * El
infante Arnaldos es
una obra maestra del romancero por el clima
fantástico, misterioso y tan sugerente, creado
con procedimientos sumamente expresivos. Una
característica muy frecuente de los romances
populares es lo que se conoce por fragmentarismo,
es decir, entrar directamente en el tema, sin
preliminares, o, como en este caso, cortar en
el momento más importante, de tal manera que
sea el oyente o el lector quien tenga que
completarlo imaginativamente. Obsérvese el
movimiento casi de cámara cinematográfica en
la descripción de la galera, el marinero, el
mar, los vientos, lo peces y las aves. Todo
aspecto novelesco se suprime al concentrarse en
la misteriosa canción del marinero para cuyo
desvelamiento es necesario afrontar el riesgo
de una aventura desconocida y misteriosa. 11.
EL INFANTE ARNALDOS ¡Quién
hubiera tal ventura sobre
las aguas del mar como
hubo el infante Arnaldos la
mañana de San Juan! Andando
a buscar la caza para
su falcón cebar, vio
venir una galera que
a tierra quiere llegar; las
velas trae de sedas, la
ejarcia de oro torzal, áncoras
tiene de plata, tablas
de fino coral. Marinero
que la guía, diciendo
viene un cantar, que
la mar ponía en calma, los
vientos hace amainar; los
peces que andan al hondo, arriba
los hace andar; las
aves que van volando, al
mastil vienen posar. Allí
habló el infante Arnaldos, bien
oiréis lo que dirá: -Por
tu vida, el marinero, dígasme
ora ese cantar. Respondióle
el marinero, tal
respuesta le fue a dar: -Yo
no digo mi canción sino
a quien conmigo va. * * * Tal
vez sea el siguiente romance el más breve y el
más conocido de todo el romancero viejo. En la
primera parte se describe el mundo exterior de
la naturaleza (la primavera, el nacimiento de
las plantas, las flores), el mundo animal
(calandria y ruiseñor) y el humano (los
enamorados); es decir, la vida alegre y
floreciente en todo su esplendor. En violento
contraste, el prisionero se queja tristemente
de la oscuridad y soledad de su encierro.
Solamente el canto mañanero de un pajarillo le
mantiene de alguna modo unido a la luminosa
vida que fuera se derrama. Por eso, cuando el
ballestero mata a la avecilla, ese tenue hilo
se rompe y el prisionero, hundido moralmente en
un sentimiento de angustia y desesperación ,
maldice al causante de su mal. 12.
EL PRISIONERO Que
por mayo era por mayo, cuando
hace el calor, cuando
los trigos encañan y
están los campos en flor, cuando
canta la calandria y
responde el ruiseñor, cuando
los enamorados van
a servir al amor; sino
yo, triste, cuitado, que
vivo en esta prisión; que
ni sé cuándo es de día ni
cuándo las noches son, sino
por una avecilla que
me cantaba al albor. Matómela
un ballestero; ¡dele
Dios mal galardón.! *
* * Terminamos
aquí este rápido excursus
por unos cuantos minipoemas
de la tradición popular. Como ya hemos
indicado, son el equivalente en la lírica, de
lo que los minicuentos
en la narrativa: Textos que por la brevedad y
desnudez de su belleza impresionan súbitamente
y captan intensa e inmediatamente nuestra
atención.
Bibliografía
del autor: -
Literatura
Española Textos, Crítica y Relaciones.
I: Edad Media y Siglos de Oro y II: Siglos
XVIII, XIX y XX: En colaboración con Paz Díez
Taboada y Luis de Tomás. Madrid, Alhambra,
1980 y 1984. -
Antología
del Cuento Literario.
Madrid, Alhambra, 1985. -
Antología
de la Poesía Española del Siglo XX.
En colaboración con Paz Díez Taboada..
Madrid, Istmo, 1991. -
Ed.
de Ramón del Valle-Inclán, Jardín Umbrío.
Madrid, Espasa Calpe, 1993. -
La
Memoria de los Cuentos.
En colaboración con Paz Díez Taboada. Madrid,
Espasa Calpe, 1998. - Antología de Cuentos e Historias Mínimas. Madrid, Espasa Calpe, 2002.
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