MONOGRÁFICO RELATO HIPERBREVE

 

 

                                                                                                                                                                       

MINICUENTOS Y MINIPOEMAS

©Ilustración Rodolfo Franco


Por

 ©Miguel Díez R.

Autor de Antología del cuento literarioAntología de la poesía española del siglo XX, ha publicado en Austral la  edición de Jardin Umbrio, de Valle-Inclán, y La Memoria de los Cuentos, en colaboración con Paz Díez Taboada. Su último libro es una recopilación de textos sobre el cuento y la microficción que lleva por título Antología de Cuento e Historias Mínimas (siglos XIX y XX)

La lírica y la narrativa son dos categorías genéricas perfectamente diferenciadas. La primera incluye aquellas obras que presentan la realidad vista desde el propio sujeto, una visión, por lo tanto, íntima y personal, expresión del mundo interiorizado (sentimientos, estados de ánimo, vivencias, etc.). La narrativa relata acciones en un mundo de ficción creado por el autor como si existiese fuera de él. La lírica –recalcaban los viejos profesores- expresa y la narrativa cuenta.

Los estudiosos del relato literario moderno, el que nace en el siglo XIX principalmente con Edgar Allan Poe, hablan con unánime consenso de las dos características de todo buen cuento: la concentración y la tensión.. La concentración es una exigencia de un género tan breve por definición. Supone la eliminación, reducción y depuración de todo aquello que no sea rigurosamente necesario: tema, motivos, personajes, ambiente, aspecto lingüístico. Podemos imaginar gráficamente al autor de cuentos como un señor con unas enormes tijeras que corta y poda sin descanso hasta dejarlos convertidos en puro meollo narrativo, y persigue desaforadamente, en este caso con un tridente en ristre, el “efecto único” del que hablaba E. A. Poe. La tensión, muy relacionada con lo anterior, consiste en enganchar de tal manera al lector que le sea imposible sustraerse o desviarse del discurso narrativo. “En la creación de un cuento, sólo hay tensión y no tregua. Ahí radica precisamente el secreto de su poder de atracción sobre el lector” (Baquero Goyanes). Y Julio Cortázar dice que “el gran cuento breve condensa la obsesión de la alimaña, es una presencia alucinante que se instala desde las primeras frases para fascinar al lector... De un cuento así se sale como de un acto de amor, agotado y fuera del mundo circundante, al que se vuelve poco a poco con una mirada de sorpresa, de lento reconocimiento, muchas veces de alivio y tantas de resignación”.

Pues bien, esa concentración y esa tensión del cuento consiguen una especie de iluminación o deslumbramiento que, curiosamente, relacionan al relato moderno con el poema lírico, del que antes lo diferenciábamos. Si en la poesía se encuentra el grado límite de la expresión, en el cuento se halla el de la narración, y éste, como aquella, se concibe súbitamente, como en un intenso resplandor; y las emociones y sentimientos que un cuento despierta algunas veces en el lector pueden ser muy parecidos a los de la lectura de ciertos poemas; “un efecto -como se ha afirmado- entre deslumbrador y quemante”.

Si hablamos de cuentos muy breves, los denominados microrrelatos o minicuentos, aquellos cuya extensión va desde unas pocas palabras hasta una o dos páginas, también podemos referirnos como minipoemas, a poemas de muy pocos versos . En estos dos casos la concentración, la tensión y el consecuente deslumbramiento han de ser todavía más intensos. Lo que Ana Mª Matute afirma de todo buen cuento –“redondo y gustoso como una naranja y hondo y profundo como una navaja”-, es necesario aplicarlo con mayor énfasis a microrrelatos y minipoemas.

En la literatura popular y tradicional española, antigua y moderna –también, desde luego, en la culta- nos encontramos con mucha frecuencia con pequeños poemas (coplas, soleares, seguidillas, villancicos, pequeños romances) que en su brevedad y aparente simplicidad impresionan por el mundo sugerente que con tanta fuerza emotiva presentan. Son, en el plano de la expresión, lo que los minicuentos en el de la narración, y pueden denominarse, como ya hemos indicado, minipoemas.

* * *

Las jarchas son cancioncillas mozárabes, las más antiguas muestras líricas conservadas en la primitiva lengua romance de la comunidad hispánica cristiana que vivía en el territorio dominado por los árabes, el Al-Andalus. La más antigua, datada en el siglo XI, pero que seguramente ya la cantaba el pueblo desde mucho antes, es un bellísimo poema, pura expresión del más profundo amor, puesta en boca de una muchacha.

1. Tanto amare, tanto amare,

habid, tanto amare,

enfermaron olios nidios

e dolen tan male.

(¡Tanto amar, tanto amar,/ amigo, tanto amar,/ enfermaron los ojos brillantes/ y me duelen mucho!)

* * *

A propósito de esta otra jarcha, escribió Dámaso Alonso :”De una lobreguez de siglos llega a nuestra embotada sensibilidad de hombres del siglo XX [XXI] una voz fresca y desgarrada, nítida y exacta, como si brotara ahora mismo de una garganta juvenil, y lo que nos conmueve es su desnuda, su trémula , su impregnante belleza”.

2. Vaise mio corazón de mib.

¿Ya, Rab, si se me tornarád?

¡Tan mal me doled li –l-habid!

Enfermo yed, ¿cuándo sanarad?

( Se va mi corazón de mí./ ¡Ay Señor!, ¿acaso se me tornará?/ ¡Cuánto me duele por el amado!/Enfermo está, ¿cuándo sanará?)

* * *

Un famoso villancico castellano, probablemente del siglo XV, presenta, en lograda síntesis popular, todos los elementos necesarios para comprender la trágica situación de la muchacha, que llora a su amado muerto, en el olivar donde antes tenían sus encuentros amorosos. Su dolor es tan intenso que -en una trasposición muy eficaz poéticamente- sus gritos y lloros desesperados conmueven incluso a la misma naturaleza.

3. Gritos daba la morenica

so el olivar,

que las ramas hace temblar.

La niña cuerpo garrido,

morenica, cuerpo garrido,

lloraba su muerto amigo

so el olivar,

que las ramas hace temblar.

* * *

En el Cancionero Musical de Palacio (finales del siglo XV o principios del XVI) llama la atención una cancioncilla anónima de tan sólo cinco versos. Todo en este poema ha sido reducido, drástica pero intensamente, a un verbo, mataron, y a un lugar obsesivamente repetido, en Ávila. No hay nada más –ni menos-; sobra cualquier elemento ornamental para que nada distraiga la atención. Como diría Juan Ramón Jiménez, “basta lo suficiente”. De esta manera, tan escueta y desnuda, se expresa el sentimiento doloroso de una mujer (¿quién?) por el asesinato (¿quiénes y por qué) de su amante (¿quién?). Un ejemplo del más puro y despojado lirismo. ¿Se puede ser más expresivo con menos palabras?

4. En Ávila, mis ojos,

dentro en Ávila.

En Ávila del Río,

mataron a mi amigo,

dentro en Ávila.

[ Rafael Alberti, en Marinero en tierra (1925), como homenaje a la anterior cancioncilla del siglo XV, la recreó en su conocido y también bellísimo poema MI CORZA : Mi corza, buen amigo,/ mi corza blanca./ Los lobos la mataron/ al pie del agua./ Los lobos, buen amigo,/ que huyeron por el río./ Los lobos la mataron/ dentro del agua.]

* * *

La lírica popular ha llegado casi hasta nuestros días con nuevas aportaciones, pero manteniendo las dos características de las primeras manifestaciones: La concentración y la expresividad. En esta seguidilla burgalesa se presente, en contraste paralelo, el arrobamiento propio de la vivencia amorosa y la visión , tan intensa en el mundo natural, del movimiento de los árboles mecidos por el viento.

5. A los árboles altos

los lleva el viento

y a los enamorados

el pensamiento.

* * *

En otra seguidilla del cancionero popular moderno de la montaña leonesa, en contraste con la aseveración impersonal y descalificadora de los pastores en general, la voz de una muchacha enamorada defiende el perfume fresco y natural de su amante: dicen, frente a lo que ella personalmente afirma; pastores, en general, convertido en pastorcito, diminutivo cariñoso y singularizador; sebo, atribución negativa –olor desagradable a grasa animal-, contrapuesto a romero, el aroma natural de una planta del campo.

6. Dicen que los pastores

huelen a sebo,

pastorcito es mi amante,

huele a romero.

* * *

Para terminar este fugaz recorrido por los cantarcillos populares españoles, recogemos dos

muestras del rico folclore andaluz. Antonio Machado en Juan de Mairena decía que estas coplas, como la primera, podrían hacerlas suyas muchos enamorados, los cuales no acertarían a expresar su sentir mejor que aquí se expresa, y añadía, “a esto llamo yo poesia popular, para distinguirla de la erudita o poesía de tropos superfluos y eufemismos de negro catedrático”. La última cancioncilla confirma irónica e irrefutablemente lo que en principio se niega.

7. Tengo una pena, una pena,

que casi puedo decir

que yo no tengo la pena:

la pena me tiene a mí.

8. Dices que no la quieres

ni quieres verla,

pero la vereíta

de tu casa a la suya

no cría yerba.

* * *

Como pequeño homenaje a la lírica popular que se expresa también en nuestra lengua, allende los mares, recordamos una cancioncilla de la tradición moderna argentina. ¿Es posible –nos preguntamos-manifestar más intensamente y con menos palabras la soledad amorosa del hombre?

9. En mi pago me llaman

el pobresito,

porque tiendo el recado,

duermo solito.

* * *

El romancero popular constituye la poesía nacional por excelencia. En palabras de J.L. Alborg, “un inmenso poema disperso y popular que representa una de esas pocas cumbres excelsas en la literatura de todos los países, capaces de llegar al alma de todo un pueblo sin distinción de clases ni de preparación intelectual”.

El siguiente romance procede de uno de Juan del Encina, muy divulgado en el siglo XVI, reelaborado por la voz popular hasta convertirlo en un singular esbozo dramático de amor y muerte, en el que destaca la rapidez narrativa, la viveza del diálogo y la alternancia de primera y tercera personas narrativas; consiguiéndose así un angustioso clímax que culmina en los versos finales, cumpliéndose inexorablemente el fatïdico encuentro.

10. EL ENAMORADO Y LA MUERTE

Un sueño soñaba anoche

soñito del alma mía,

soñaba con mis amores

que en mis brazos los tenía.

Vi entrar señora tan blanca

muy más que la nieve fría.

-¿Por dónde has entrado, amor?

¿Como has entrado, mi vida?

Las puertas están cerradas,

ventanas y celosías.

-No soy el amor, amante;

la Muerte que Dios te envía.

-¡Ay, Muerte tan rigurosa,

déjame vivir un día!

-Un día no puede ser,

una hora tienes de vida.

Muy deprisa se calzaba,

más deprisa se vestía;

ya se va para la calle,

en donde su amor vivía.

-¡Ábreme la puerta, blanca,

ábreme la puerta, niña!

-¿Cómo te podré yo abrir

si la ocasión no es venida?

Mi padre no fue al palacio,

mi madre no está dormida.

-Si no me abres esta noche,

ya no me abrirás, querida;

la Muerte me está buscando,

junto a ti vida sería.

-Vete bajo la ventana

donde labraba y cosía,

te echaré cordón de seda

para que subas arriba,

y si el cordón no alcanzare

mis trenzas añadiría.

La fina seda se rompe;

la Muerte que allí venía:

-Vamos, el enamorado,

que la hora ya está cumplida.

* * *

El infante Arnaldos es una obra maestra del romancero por el clima fantástico, misterioso y tan sugerente, creado con procedimientos sumamente expresivos. Una característica muy frecuente de los romances populares es lo que se conoce por fragmentarismo, es decir, entrar directamente en el tema, sin preliminares, o, como en este caso, cortar en el momento más importante, de tal manera que sea el oyente o el lector quien tenga que completarlo imaginativamente. Obsérvese el movimiento casi de cámara cinematográfica en la descripción de la galera, el marinero, el mar, los vientos, lo peces y las aves. Todo aspecto novelesco se suprime al concentrarse en la misteriosa canción del marinero para cuyo desvelamiento es necesario afrontar el riesgo de una aventura desconocida y misteriosa.

11. EL INFANTE ARNALDOS

¡Quién hubiera tal ventura

sobre las aguas del mar

como hubo el infante Arnaldos

la mañana de San Juan!

Andando a buscar la caza

para su falcón cebar,

vio venir una galera

que a tierra quiere llegar;

las velas trae de sedas,

la ejarcia de oro torzal,

áncoras tiene de plata,

tablas de fino coral.

Marinero que la guía,

diciendo viene un cantar,

que la mar ponía en calma,

los vientos hace amainar;

los peces que andan al hondo,

arriba los hace andar;

las aves que van volando,

al mastil vienen posar.

Allí habló el infante Arnaldos,

bien oiréis lo que dirá:

-Por tu vida, el marinero,

dígasme ora ese cantar.

Respondióle el marinero,

tal respuesta le fue a dar:

-Yo no digo mi canción

sino a quien conmigo va.

* * *

Tal vez sea el siguiente romance el más breve y el más conocido de todo el romancero viejo. En la primera parte se describe el mundo exterior de la naturaleza (la primavera, el nacimiento de las plantas, las flores), el mundo animal (calandria y ruiseñor) y el humano (los enamorados); es decir, la vida alegre y floreciente en todo su esplendor. En violento contraste, el prisionero se queja tristemente de la oscuridad y soledad de su encierro. Solamente el canto mañanero de un pajarillo le mantiene de alguna modo unido a la luminosa vida que fuera se derrama. Por eso, cuando el ballestero mata a la avecilla, ese tenue hilo se rompe y el prisionero, hundido moralmente en un sentimiento de angustia y desesperación , maldice al causante de su mal.

12. EL PRISIONERO

Que por mayo era por mayo,

cuando hace el calor,

cuando los trigos encañan

y están los campos en flor,

cuando canta la calandria

y responde el ruiseñor,

cuando los enamorados

van a servir al amor;

sino yo, triste, cuitado,

que vivo en esta prisión;

que ni sé cuándo es de día

ni cuándo las noches son,

sino por una avecilla

que me cantaba al albor.

Matómela un ballestero;

¡dele Dios mal galardón.!

* * *

Terminamos aquí este rápido excursus por unos cuantos minipoemas de la tradición popular. Como ya hemos indicado, son el equivalente en la lírica, de lo que los minicuentos en la narrativa: Textos que por la brevedad y desnudez de su belleza impresionan súbitamente y captan intensa e inmediatamente nuestra atención.

 ©Miguel Díez R. 2002

 

Bibliografía del autor:

- Literatura Española Textos, Crítica y Relaciones. I: Edad Media y Siglos de Oro y II: Siglos XVIII, XIX y XX: En colaboración con Paz Díez Taboada y Luis de Tomás. Madrid, Alhambra, 1980 y 1984.

- Antología del Cuento Literario. Madrid, Alhambra, 1985.

- Antología de la Poesía Española del Siglo XX. En colaboración con Paz Díez Taboada.. Madrid, Istmo, 1991.

- Ed. de Ramón del Valle-Inclán, Jardín Umbrío. Madrid, Espasa Calpe, 1993.

- La Memoria de los Cuentos. En colaboración con Paz Díez Taboada. Madrid, Espasa Calpe, 1998.

- Antología de Cuentos e Historias Mínimas. Madrid, Espasa Calpe, 2002.

 

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